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M-Clan en Madrid: “Treinta años de buenas canciones no caducan”
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Que M-Clan llene las Noches del Botánico en el año de su gira del 30 aniversario, aunque Tarque reconoció desde el escenario que llevan 32 girando, no es un accidente, es la consecuencia lógica de tres décadas construyendo canciones que la gente no olvida, banda sonora del personal. Las entradas volaron en 24 horas. Sold out, pistas y gradas a rebosar. Todo junto una bonita foto para una gran noche de rock and roll.

El Botánico es un lugar que ayuda, temperatura perfecta, el jardín hace su trabajo a pesar del llenazo. Familias enteras, padres con hijos, gente de mediana edad que se sabe la letra de cada canción desde hace veinte años. No había pogo, no había mosh, solo gente cantando unida y bailando con entrega. Se podía respirar el cariño por la banda y sus canciones.

Entré al foso en la segunda canción. Tres temas para disparar, “Para no ver el final”, “Llamando a la tierra” y “Souvenir”. Nueve músicos. Piano, bajo, dos guitarras, tres de viento (gran acierto incluirlos, aportan muchísimo al estilo del grupo y su actitud fue contagiosa), Tarque en el centro con el micrófono y las panderetas. No sé cuántas tenía. Cada vez que le venía en gana, lanzaba una al público y aparecía otra, probablemente devuelta, no lo puedo asegurar. El nivel técnico era alto desde el primer acorde, esto no es una banda que sobrevive de sus éxitos. Es una banda que sabe exactamente lo que hace.

Desde la grada, después de salir del foso, el espectáculo ganaba todavía más perspectiva. Sin pantalla, solo un telón negro enorme de fondo, pero no la eché de menos en ningún momento, el juego de luces era tan cuidado, tan parte de la música, que la pantalla habría sobrado. Haces de luz para el fondo, una capa uniforme y generosa para los músicos. Agradecido para fotografiar, agradecido de ver. Desde lo alto de la grada se disfrutaba por completo del trabajo artístico detrás de ese diseño de iluminación.

El setlist fue un recorrido limpio por tres décadas. “Basta de blues”, “Perdido en la ciudad”, “Roto por dentro”, “Las palabras”. El público cantaba todas y se entregaba en los coros, comprando cada reacción de Tarque o Ruiperezo. Para mí hubo tres momentos que merecen la pena destacar.

“Chilaba y cachimba” apareció transformada. Más funk, algo más lenta, con un groove que no esperabas y que funcionó exactamente por eso. La banda la estiró, la amasó y el resultado fue distinto al original sin traicionarlo. Luego llegó “Miedo”. Hay canciones que en directo hacen algo que no deberían poder hacer: dejarte los pelos de punta aunque te la sepas de memoria. Todo el Botánico cantando, grupos de amigos abrazados, una madre con su hija en brazos sin parar de sonreír. La voz de Tarque rasgada. Un momento para recordar.

Y después “Las calles están ardiendo”. El anticlímax de la noche, en el mejor sentido posible. La banda la estiró hasta hacer de ella otra cosa. Pasajes musicales que subían y bajaban. Un tramo que derivó en “Rockin’ in the Free World” de Neil Young sin pedirle permiso a nadie, varios momentos en los que parecía que todo terminaba para arrancar de nuevo con fuerza renovada. A veces despacio, construyendo, otras con un ataque abrupto que te pillaba desprevenido, todo natural y fluido, música de altos vuelos. Si el concierto hubiera terminado ahí, la entrada habría estado más que justificada. Sencillamente espectacular.

Tarque mezcla el español con el inglés con total naturalidad, medio en broma. A veces se lanzaba con un beatbox o soltaba líneas como un rapero. Su carisma es contagioso. Siempre en movimiento, siempre conectando con la banda. Dirigiendo las pausas de la banda para marcar un silencio y que el público tome el protagonismo en el coro. En algún momento de la noche se arrancó con “Another One Bites the Dust” de Queen, integrado en el flujo del show como si siempre hubiera estado ahí. Lo que no me convenció tanto fueron los momentos en los que cambiaba el ritmo de sus propias letras o alargaba palabras de formas que no esperabas. Entiendo que es una forma de darle vida propia a cada directo, pero a mí me sacaba del tema en lugar de llevarlo a otro sitio. Tampoco me enamoró su paseo por la pista durante “Maggie”, la versión de Rod Stewart quedó muy lejos del resto de temas del concierto. El propio Tarque bromeó durante la ejecución del paseo con un rotundo: “en el ensayo nos quedó mejor”. Un pequeño borrón para el escriba.

Los encores llegaron con sorpresas. En “Usar y tirar” aparecieron en escena Iñigo Uribe, ex teclista del grupo, y Alejo Stivel acompañando en la voz. La reacción del Botánico fue de alegría pura, y el tema les quedó redondo con sus tramos de piano y las dos voces en alternancia. El primer encore cerró con “Quédate a dormir”, super celebrada, bailada y coreada a pulmón. Con el segundo, lo que todos esperaban y nadie quería que llegara porque eso significaba que se acababa: “Carolina” primero, que se pasó fugazmente con la enorme energía del Botánico, el público entero cantándola como un himno colectivo, y “Concierto Salvaje” para cerrar. Dos horas en total. Sin fisuras. Espectacular.

M-Clan no necesita demostrar nada a estas alturas. Treinta años, o treinta y dos según a quién le preguntes. Da igual. Lo que importa es que siguen ahí, que las canciones aguantan el peso y que el Botánico entero se fue a casa con sus temas en la cabeza. Yo desde luego me fui cantando.

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M-Clan en Madrid: “Treinta años de buenas canciones no caducan”
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Que M-Clan llene las Noches del Botánico en el año de su gira del 30 aniversario, aunque Tarque reconoció desde el escenario que llevan 32 girando, no es un accidente, es la consecuencia lógica de tres décadas construyendo canciones que la gente no olvida, banda sonora del personal. Las entradas volaron en 24 horas. Sold out, pistas y gradas a rebosar. Todo junto una bonita foto para una gran noche de rock and roll.

El Botánico es un lugar que ayuda, temperatura perfecta, el jardín hace su trabajo a pesar del llenazo. Familias enteras, padres con hijos, gente de mediana edad que se sabe la letra de cada canción desde hace veinte años. No había pogo, no había mosh, solo gente cantando unida y bailando con entrega. Se podía respirar el cariño por la banda y sus canciones.

Entré al foso en la segunda canción. Tres temas para disparar, “Para no ver el final”, “Llamando a la tierra” y “Souvenir”. Nueve músicos. Piano, bajo, dos guitarras, tres de viento (gran acierto incluirlos, aportan muchísimo al estilo del grupo y su actitud fue contagiosa), Tarque en el centro con el micrófono y las panderetas. No sé cuántas tenía. Cada vez que le venía en gana, lanzaba una al público y aparecía otra, probablemente devuelta, no lo puedo asegurar. El nivel técnico era alto desde el primer acorde, esto no es una banda que sobrevive de sus éxitos. Es una banda que sabe exactamente lo que hace.

Desde la grada, después de salir del foso, el espectáculo ganaba todavía más perspectiva. Sin pantalla, solo un telón negro enorme de fondo, pero no la eché de menos en ningún momento, el juego de luces era tan cuidado, tan parte de la música, que la pantalla habría sobrado. Haces de luz para el fondo, una capa uniforme y generosa para los músicos. Agradecido para fotografiar, agradecido de ver. Desde lo alto de la grada se disfrutaba por completo del trabajo artístico detrás de ese diseño de iluminación.

El setlist fue un recorrido limpio por tres décadas. “Basta de blues”, “Perdido en la ciudad”, “Roto por dentro”, “Las palabras”. El público cantaba todas y se entregaba en los coros, comprando cada reacción de Tarque o Ruiperezo. Para mí hubo tres momentos que merecen la pena destacar.

“Chilaba y cachimba” apareció transformada. Más funk, algo más lenta, con un groove que no esperabas y que funcionó exactamente por eso. La banda la estiró, la amasó y el resultado fue distinto al original sin traicionarlo. Luego llegó “Miedo”. Hay canciones que en directo hacen algo que no deberían poder hacer: dejarte los pelos de punta aunque te la sepas de memoria. Todo el Botánico cantando, grupos de amigos abrazados, una madre con su hija en brazos sin parar de sonreír. La voz de Tarque rasgada. Un momento para recordar.

Y después “Las calles están ardiendo”. El anticlímax de la noche, en el mejor sentido posible. La banda la estiró hasta hacer de ella otra cosa. Pasajes musicales que subían y bajaban. Un tramo que derivó en “Rockin’ in the Free World” de Neil Young sin pedirle permiso a nadie, varios momentos en los que parecía que todo terminaba para arrancar de nuevo con fuerza renovada. A veces despacio, construyendo, otras con un ataque abrupto que te pillaba desprevenido, todo natural y fluido, música de altos vuelos. Si el concierto hubiera terminado ahí, la entrada habría estado más que justificada. Sencillamente espectacular.

Tarque mezcla el español con el inglés con total naturalidad, medio en broma. A veces se lanzaba con un beatbox o soltaba líneas como un rapero. Su carisma es contagioso. Siempre en movimiento, siempre conectando con la banda. Dirigiendo las pausas de la banda para marcar un silencio y que el público tome el protagonismo en el coro. En algún momento de la noche se arrancó con “Another One Bites the Dust” de Queen, integrado en el flujo del show como si siempre hubiera estado ahí. Lo que no me convenció tanto fueron los momentos en los que cambiaba el ritmo de sus propias letras o alargaba palabras de formas que no esperabas. Entiendo que es una forma de darle vida propia a cada directo, pero a mí me sacaba del tema en lugar de llevarlo a otro sitio. Tampoco me enamoró su paseo por la pista durante “Maggie”, la versión de Rod Stewart quedó muy lejos del resto de temas del concierto. El propio Tarque bromeó durante la ejecución del paseo con un rotundo: “en el ensayo nos quedó mejor”. Un pequeño borrón para el escriba.

Los encores llegaron con sorpresas. En “Usar y tirar” aparecieron en escena Iñigo Uribe, ex teclista del grupo, y Alejo Stivel acompañando en la voz. La reacción del Botánico fue de alegría pura, y el tema les quedó redondo con sus tramos de piano y las dos voces en alternancia. El primer encore cerró con “Quédate a dormir”, super celebrada, bailada y coreada a pulmón. Con el segundo, lo que todos esperaban y nadie quería que llegara porque eso significaba que se acababa: “Carolina” primero, que se pasó fugazmente con la enorme energía del Botánico, el público entero cantándola como un himno colectivo, y “Concierto Salvaje” para cerrar. Dos horas en total. Sin fisuras. Espectacular.

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