

Otro año más en el que pusimos el rumbo con dirección a Clisson para ser testigos de otra edición del Hellfest, esta leyenda de los festivales metaleros que en cada uno de sus cuatro días reúne a un público ocho veces mayor que el de esta pequeña comuna en el oeste de Francia, peleando mano a mano con el Wacken alemán con su mezcla de metal, rock, punk y todo lo que haya en el medio.
Este 2026, el Hellfest tuvo la mala suerte de coincidir con el inicio de la segunda ola de calor que asoló Europa durante esos días, con gran parte de las presentaciones teniendo que hacerse con una temperatura de 35 grados bajo el sol, con la misma organización del evento teniendo que advertir a la gente. A pesar de ello, el jueves 18 de junio decidimos hacerle frente al calor, recorriendo el camino rodeado por los paisajes rurales del oeste francés para llegar a la entrada del festival. Cerca de ahí, se podía ver la entrada al sector VIP, caracterizado como si fuera un enorme amplificador Orange, como para darse una idea de lo que sería este evento.
El primer día sería una versión más condensada del resto, con las primeras bandas comenzando a tocar a las 16:00, seis horas más tarde que en el resto de los días, pero sirviendo perfectamente como aperitivo de lo que se venía en las siguientes jornadas.
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Siendo un festival con más de 180 bandas y seis escenarios diferentes, el Hellfest es la clase de evento donde uno tiene que planearse todo un itinerario para poder ver todo lo posible en cada día. Así que decidí arrancar este primer día yendo al escenario Altar para hacerle frente al calor dándome un chapuzón en el “death metal acuático” de los franceses Skaphos. Claro que la relación de la propuesta del cuarteto de Lyon con el agua tiene menos que ver con una fiesta playera y más con las profundidades oceánicas donde rondan los dioses antiguos del universo lovecraftiano, pero de cualquier manera fue una manera espectacular de comenzar nuestro recorrido, con las guitarras podridas, la batería hiperactiva y la voz que parece salir de alguna bestia encerrada en lo profundo de una caverna. “Horror Squid” fue un espectáculo, y no tendría problema en decir que su sonido es un buen reemplazo de Behemoth mientras los polacos sigan olvidándose de cómo sacar buenos discos.
Terminado lo de Skaphos, nos fuimos rápido al Mainstage 02, donde una tonelada de gente se había acumulado para ver a la leyenda Mikkey Dee llevando a cabo su tributo a las canciones de Motörhead, la banda con la que estuviera detrás de los platillos por casi 25 años. La idea del autotributo puede estar un tanto quemada en estos días, pero considerando que el grecosueco hace también lo suyo junto a Scorpions entonces creo que hace rato se ganó el derecho a hacer giras tocando lo que se le cante.
Acompañado por el bajista Viktor Skatt (quien en las pantallas grandes a los lados se veía como una cruza de Lemmy con Dimebag Darrell) y el guitarrista William Dickborn, el power trío rindió tributo a la banda madre del baterista con una selección de clásicos: “Love Me Like A Reptile”, “Born To Raise Hell”, “Overkill”, “Ace of Spades”, todo más cantado que el Feliz Cumpleaños pero no por eso menos bienvenido. Un buen set para pasarla bien, como puede asegurar la multitud que se había reunido para verlos.
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Volviendo al escenario Altar, seguimos con la brutalidad de la mano de los italianos Devangelic, cuarteto de Roma con un sonido brutal. Aunque no sé si estoy de acuerdo con lo dicho por el cantante Paolo Chiti acerca de que Devangelic fuera “la primera banda de death metal en presentarse en esta edición” (¿Qué onda con Skaphos antes? ¿Demasiada influencia black?), lo de los tanos fue una patada en la cara a pura distorsión y riffs para imaginarse sacrificios humanos a deidades paganas, bien para los fans del death más podrido y jodido. Tal vez me hubiera gustado un par de canciones más de antes de Xul, su último disco, pero lo entregado es bueno de cualquier manera, y “Eyes of Abzû” tuvo a muchos revoleando la melena.
No todo es metal per se en el Hellfest, como vamos a estar viendo a lo largo de este repaso de los acontecimientos sucedidos en tierras francesas, y recorriendo un buen trecho desde el Altar llegamos al escenario Warzone, dedicado casi de manera exclusiva al punk y al hardcore. Ahí tendríamos el privilegio de ver a Shelter, las leyendas estadounidenses del krishnacore que salieron al escenario con la musicalización espiritual que da comienzo a su clásico “Message of the Bhagavat”. El ahora barbudo sesentón Ray Cappo sonó bastante complicado detrás del micrófono, con la voz quebrada en más de una ocasión, pero sus tres acompañantes dieron todo en la base, ofreciendo la energía necesaria para trasladar himnos hardcore punk, casi todos sacados de su clásico Mantra. Y a pesar de su garganta cansada, Cappo no tuvo problemas en alentar al público, incluso dándose un momento para bromear con la imagen straight edge de la banda y su propio interés en el yoga. Cerrando el recital con la homónima “Shelter” y su mantra hare krishna, donde al menos podemos decir que el vocalista no sonó mucho peor que al inicio y agradeció a todos los presentes y los organizadores, Shelter dejaron un buen sabor de boca, aunque siempre pensando en que el cantante pudiera mejorar su estado vocal.
Después de pasar tanto tiempo en los escenarios “chicos”, me di cuenta de que tendría que ir en algún momento a los escenarios grandes para evitar algún reclamo por parte de los jefes. Así que eché rumbo para el Mainstage 01 para ver a Breaking Benjamin, banda que si juzgo rápido diría que me parece parte de esa resaca medio infumable del post grunge yankee. Sin embargo, escuchando a todos a mi alrededor cantando a todo pulmón “I Will Not Bow” me quedó claro lo que le atrae a mucha gente, aunque no sea fan. Es la clase de banda que seguro te cambiaría la vida si eras un adolescente con hambre de música pesada pero melódica en 2006 / 2007, justo en una etapa donde escuchaba rock en español casi de manera exclusiva. ¿Me volvieron fan? Eh, para nada, pero al menos son mejores que Three Days Grace.
Tras casi tres horas volvimos al Mainstage 02, justo al lado del principal, y ahí pudimos ver a unos auténticos dinosaurios del rock con los siempre queridos Deep Purple. Sé que sonará como una repetición de lo dicho en la sección de Shelter, pero está claro que Ian Gillan tiene un desgaste muy importante en su voz, algo a esperarse con un cantante de 81 años que ya ha hablado acerca de retirarse de la música, pero el resto de los músicos es una máquina bien aceitada que produce riffs y mantiene ritmos como si habláramos de gente de un tercio de su edad. Simplemente espectacular, con la gente pasándola bien tanto en los clásicos del rock de los setentas como en un par de adelantos de su próximo SPLAT!, el álbum número 24 del quinteto. No hay mucho que decir, con los largos solos de teclados, sus riffs imperecederos y la actitud de puro rock, con el guitarrista Simon McBride (47 años, un purrete comparado con los otros) demostrando ser otra gran elección en la lista de cambios de integrantes del grupo, dejando la vida en las cuerdas mientras de fondo podíamos ver las imágenes cambiando en las pantallas con distintos gráficos. Eso sí, el contexto del festival puede ser un tanto complicado para una banda como Deep Purple, con apenas hora y monedas de tiempo dándole poco espacio para repasar su vasta obra.
Sabía que Deep Purple iban a cerrar con “Smoke On The Water”, así que supe que poco antes era un buen momento para dirigirme: perdón, pero es una canción que ya la conozco demasiado de memoria. Sin embargo, la atmósfera de los setentas no se iba a terminar, porque desde ahí tuve mi primera incursión al escenario Valley para ver a nada menos que los ingleses Uncle Acid and The Deadbeats, una de las bandas más originales de toda la movida de clones de Black Sabbath que aparecieron en los últimos quince años y monedas. Riffs que recuerdan a cine de terror, exploitation, sacrificios con sangre falsa y mucho ácido, y aunque la voz de Kevin Starrs no sea para todo el mundo es indudable la personalidad que le da al grupo. Además de sus clásicos como “I’ll Cut You Down” y “Crystal Spiders” también tuvimos “Don’t Let It Control You”, adelanto de lo que vaya a ser su nuevo álbum que parece que los tendrá de vuelta en un formato más normal tras el experimento conceptual Nell’ Ora Blu (hey, a mí me gustó).
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El fin del set del Tío Ácido fue la señal para ir al escenario Temple (perdón Alice Cooper por perderme tu set, aunque mi compañero Jaime estuvo allí y nos trae fotos), donde ya habían comenzado con su tarea los franceses Skáld. Lejos de la distorsión eléctrica de todas las bandas que venimos mencionando, Skáld es un homenaje a la antigüedad vikinga a través de sonidos ambientales, percusión y voces guturales de toque místico / ancestral. No sé qué tan “auténtico” será lo del grupo, pero es interesante como para agregar un poco de variedad a la onda del Hellfest.
Ya acercándose la medianoche, fue momento de cerrar un minuto los escenarios para que todo el mundo pudiera asistir al homenaje al “Madman” Ozzy Osbourne, poco menos de un mes antes de que se cumpliera un año de su partida. Con la estatua enorme ubicada en la entrada del festival, el espectáculo de fuegos artificiales y la música de Ozzy sonando de fondo, fue un tributo sentido al legado del cantante, más allá de sus controversias y de que su familia parezca estar empecinada en destruir todo con sus maniobras comerciales con IA últimamente.
Ah sí, es verdad que tenía que hablar de música. Volvamos a eso.
Para no dejar a Breaking Benjamin como único acto del escenario principal en la lista, fui al Mainstage 01 para ver a otro de los nombres importantes del Hellfest, con Bring Me The Horizon tomando control del escenario después del set de Papa Roach. ¿Qué puedo decir de los ingleses? De alguna manera han logrado capturar todo un nuevo público por fuera del mundo del deathcore de mediados de los 2000 y han sabido propulsarse con sonidos más rockeros y hasta electrónicos, y todo sin sonar forzados o como que están poniéndose un disfraz de algo que no son. Había una clara división entre el público que estaba ahí para escuchar algo de Count Your Blessings y el público más Tiktok / Instagram que estaba ahí para escuchar algo de los últimos discos, pero es indudable que Oli Sykes y compañía se pueden seguir poniendo brutales cuando tienen ganas, como en el largo grito del cantante en “Kingslayer”. Lo último no será muy para mí, pero es tremendo que hayan logrado mantener su relevancia después de tanto tiempo.
Y fue en ese momento, ya pasada la 1 de la mañana, que decidí retirarme, incluso teniendo todavía un par de set: el viernes las cosas se venían pesadísimas, y sabía que tendría que tomar algunas decisiones complicadas para poder disfrutar todo lo que se venía.


Otro año más en el que pusimos el rumbo con dirección a Clisson para ser testigos de otra edición del Hellfest, esta leyenda de los festivales metaleros que en cada uno de sus cuatro días reúne a un público ocho veces mayor que el de esta pequeña comuna en el oeste de Francia, peleando mano a mano con el Wacken alemán con su mezcla de metal, rock, punk y todo lo que haya en el medio.
Este 2026, el Hellfest tuvo la mala suerte de coincidir con el inicio de la segunda ola de calor que asoló Europa durante esos días, con gran parte de las presentaciones teniendo que hacerse con una temperatura de 35 grados bajo el sol, con la misma organización del evento teniendo que advertir a la gente. A pesar de ello, el jueves 18 de junio decidimos hacerle frente al calor, recorriendo el camino rodeado por los paisajes rurales del oeste francés para llegar a la entrada del festival. Cerca de ahí, se podía ver la entrada al sector VIP, caracterizado como si fuera un enorme amplificador Orange, como para darse una idea de lo que sería este evento.
El primer día sería una versión más condensada del resto, con las primeras bandas comenzando a tocar a las 16:00, seis horas más tarde que en el resto de los días, pero sirviendo perfectamente como aperitivo de lo que se venía en las siguientes jornadas.
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Siendo un festival con más de 180 bandas y seis escenarios diferentes, el Hellfest es la clase de evento donde uno tiene que planearse todo un itinerario para poder ver todo lo posible en cada día. Así que decidí arrancar este primer día yendo al escenario Altar para hacerle frente al calor dándome un chapuzón en el “death metal acuático” de los franceses Skaphos. Claro que la relación de la propuesta del cuarteto de Lyon con el agua tiene menos que ver con una fiesta playera y más con las profundidades oceánicas donde rondan los dioses antiguos del universo lovecraftiano, pero de cualquier manera fue una manera espectacular de comenzar nuestro recorrido, con las guitarras podridas, la batería hiperactiva y la voz que parece salir de alguna bestia encerrada en lo profundo de una caverna. “Horror Squid” fue un espectáculo, y no tendría problema en decir que su sonido es un buen reemplazo de Behemoth mientras los polacos sigan olvidándose de cómo sacar buenos discos.
Terminado lo de Skaphos, nos fuimos rápido al Mainstage 02, donde una tonelada de gente se había acumulado para ver a la leyenda Mikkey Dee llevando a cabo su tributo a las canciones de Motörhead, la banda con la que estuviera detrás de los platillos por casi 25 años. La idea del autotributo puede estar un tanto quemada en estos días, pero considerando que el grecosueco hace también lo suyo junto a Scorpions entonces creo que hace rato se ganó el derecho a hacer giras tocando lo que se le cante.
Acompañado por el bajista Viktor Skatt (quien en las pantallas grandes a los lados se veía como una cruza de Lemmy con Dimebag Darrell) y el guitarrista William Dickborn, el power trío rindió tributo a la banda madre del baterista con una selección de clásicos: “Love Me Like A Reptile”, “Born To Raise Hell”, “Overkill”, “Ace of Spades”, todo más cantado que el Feliz Cumpleaños pero no por eso menos bienvenido. Un buen set para pasarla bien, como puede asegurar la multitud que se había reunido para verlos.
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Volviendo al escenario Altar, seguimos con la brutalidad de la mano de los italianos Devangelic, cuarteto de Roma con un sonido brutal. Aunque no sé si estoy de acuerdo con lo dicho por el cantante Paolo Chiti acerca de que Devangelic fuera “la primera banda de death metal en presentarse en esta edición” (¿Qué onda con Skaphos antes? ¿Demasiada influencia black?), lo de los tanos fue una patada en la cara a pura distorsión y riffs para imaginarse sacrificios humanos a deidades paganas, bien para los fans del death más podrido y jodido. Tal vez me hubiera gustado un par de canciones más de antes de Xul, su último disco, pero lo entregado es bueno de cualquier manera, y “Eyes of Abzû” tuvo a muchos revoleando la melena.
No todo es metal per se en el Hellfest, como vamos a estar viendo a lo largo de este repaso de los acontecimientos sucedidos en tierras francesas, y recorriendo un buen trecho desde el Altar llegamos al escenario Warzone, dedicado casi de manera exclusiva al punk y al hardcore. Ahí tendríamos el privilegio de ver a Shelter, las leyendas estadounidenses del krishnacore que salieron al escenario con la musicalización espiritual que da comienzo a su clásico “Message of the Bhagavat”. El ahora barbudo sesentón Ray Cappo sonó bastante complicado detrás del micrófono, con la voz quebrada en más de una ocasión, pero sus tres acompañantes dieron todo en la base, ofreciendo la energía necesaria para trasladar himnos hardcore punk, casi todos sacados de su clásico Mantra. Y a pesar de su garganta cansada, Cappo no tuvo problemas en alentar al público, incluso dándose un momento para bromear con la imagen straight edge de la banda y su propio interés en el yoga. Cerrando el recital con la homónima “Shelter” y su mantra hare krishna, donde al menos podemos decir que el vocalista no sonó mucho peor que al inicio y agradeció a todos los presentes y los organizadores, Shelter dejaron un buen sabor de boca, aunque siempre pensando en que el cantante pudiera mejorar su estado vocal.
Después de pasar tanto tiempo en los escenarios “chicos”, me di cuenta de que tendría que ir en algún momento a los escenarios grandes para evitar algún reclamo por parte de los jefes. Así que eché rumbo para el Mainstage 01 para ver a Breaking Benjamin, banda que si juzgo rápido diría que me parece parte de esa resaca medio infumable del post grunge yankee. Sin embargo, escuchando a todos a mi alrededor cantando a todo pulmón “I Will Not Bow” me quedó claro lo que le atrae a mucha gente, aunque no sea fan. Es la clase de banda que seguro te cambiaría la vida si eras un adolescente con hambre de música pesada pero melódica en 2006 / 2007, justo en una etapa donde escuchaba rock en español casi de manera exclusiva. ¿Me volvieron fan? Eh, para nada, pero al menos son mejores que Three Days Grace.
Tras casi tres horas volvimos al Mainstage 02, justo al lado del principal, y ahí pudimos ver a unos auténticos dinosaurios del rock con los siempre queridos Deep Purple. Sé que sonará como una repetición de lo dicho en la sección de Shelter, pero está claro que Ian Gillan tiene un desgaste muy importante en su voz, algo a esperarse con un cantante de 81 años que ya ha hablado acerca de retirarse de la música, pero el resto de los músicos es una máquina bien aceitada que produce riffs y mantiene ritmos como si habláramos de gente de un tercio de su edad. Simplemente espectacular, con la gente pasándola bien tanto en los clásicos del rock de los setentas como en un par de adelantos de su próximo SPLAT!, el álbum número 24 del quinteto. No hay mucho que decir, con los largos solos de teclados, sus riffs imperecederos y la actitud de puro rock, con el guitarrista Simon McBride (47 años, un purrete comparado con los otros) demostrando ser otra gran elección en la lista de cambios de integrantes del grupo, dejando la vida en las cuerdas mientras de fondo podíamos ver las imágenes cambiando en las pantallas con distintos gráficos. Eso sí, el contexto del festival puede ser un tanto complicado para una banda como Deep Purple, con apenas hora y monedas de tiempo dándole poco espacio para repasar su vasta obra.
Sabía que Deep Purple iban a cerrar con “Smoke On The Water”, así que supe que poco antes era un buen momento para dirigirme: perdón, pero es una canción que ya la conozco demasiado de memoria. Sin embargo, la atmósfera de los setentas no se iba a terminar, porque desde ahí tuve mi primera incursión al escenario Valley para ver a nada menos que los ingleses Uncle Acid and The Deadbeats, una de las bandas más originales de toda la movida de clones de Black Sabbath que aparecieron en los últimos quince años y monedas. Riffs que recuerdan a cine de terror, exploitation, sacrificios con sangre falsa y mucho ácido, y aunque la voz de Kevin Starrs no sea para todo el mundo es indudable la personalidad que le da al grupo. Además de sus clásicos como “I’ll Cut You Down” y “Crystal Spiders” también tuvimos “Don’t Let It Control You”, adelanto de lo que vaya a ser su nuevo álbum que parece que los tendrá de vuelta en un formato más normal tras el experimento conceptual Nell’ Ora Blu (hey, a mí me gustó).
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El fin del set del Tío Ácido fue la señal para ir al escenario Temple (perdón Alice Cooper por perderme tu set, aunque mi compañero Jaime estuvo allí y nos trae fotos), donde ya habían comenzado con su tarea los franceses Skáld. Lejos de la distorsión eléctrica de todas las bandas que venimos mencionando, Skáld es un homenaje a la antigüedad vikinga a través de sonidos ambientales, percusión y voces guturales de toque místico / ancestral. No sé qué tan “auténtico” será lo del grupo, pero es interesante como para agregar un poco de variedad a la onda del Hellfest.
Ya acercándose la medianoche, fue momento de cerrar un minuto los escenarios para que todo el mundo pudiera asistir al homenaje al “Madman” Ozzy Osbourne, poco menos de un mes antes de que se cumpliera un año de su partida. Con la estatua enorme ubicada en la entrada del festival, el espectáculo de fuegos artificiales y la música de Ozzy sonando de fondo, fue un tributo sentido al legado del cantante, más allá de sus controversias y de que su familia parezca estar empecinada en destruir todo con sus maniobras comerciales con IA últimamente.
Ah sí, es verdad que tenía que hablar de música. Volvamos a eso.
Para no dejar a Breaking Benjamin como único acto del escenario principal en la lista, fui al Mainstage 01 para ver a otro de los nombres importantes del Hellfest, con Bring Me The Horizon tomando control del escenario después del set de Papa Roach. ¿Qué puedo decir de los ingleses? De alguna manera han logrado capturar todo un nuevo público por fuera del mundo del deathcore de mediados de los 2000 y han sabido propulsarse con sonidos más rockeros y hasta electrónicos, y todo sin sonar forzados o como que están poniéndose un disfraz de algo que no son. Había una clara división entre el público que estaba ahí para escuchar algo de Count Your Blessings y el público más Tiktok / Instagram que estaba ahí para escuchar algo de los últimos discos, pero es indudable que Oli Sykes y compañía se pueden seguir poniendo brutales cuando tienen ganas, como en el largo grito del cantante en “Kingslayer”. Lo último no será muy para mí, pero es tremendo que hayan logrado mantener su relevancia después de tanto tiempo.
Y fue en ese momento, ya pasada la 1 de la mañana, que decidí retirarme, incluso teniendo todavía un par de set: el viernes las cosas se venían pesadísimas, y sabía que tendría que tomar algunas decisiones complicadas para poder disfrutar todo lo que se venía.
















































