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Lamb of God en Copenhague: “Cuando el metal se vive con el cuerpo entero”
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El 11 de agosto, K.B. Hallen fue escenario de una de esas noches en las que el metal se termina viviendo con el cuerpo entero. El cartel ya era una declaración de intenciones: Vended, Fit For An Autopsy y Thy Art Is Murder como soportes de Lamb of God, una de las bandas más importantes que dio el metal estadounidense en las últimas décadas. La combinación prometía una noche pesada desde temprano, pero lo interesante fue cómo cada banda fue agregando una capa más de intensidad hasta que, finalmente, Lamb of God tomó el recinto y lo convirtió prácticamente en un enorme campo de batalla.

Los encargados de abrir fueron Vended, provenientes de Des Moines, Iowa, una banda que inevitablemente genera curiosidad por sus vínculos familiares: Griffin Taylor es hijo de Corey Taylor y el baterista Simon Crahan es hijo de Shawn “Clown” Crahan, ambos integrantes de Slipknot. Formados cuando todavía eran muy jóvenes, Vended viene intentando construir una identidad propia entre el Nu Metal, el Metalcore y distintas vertientes del metal moderno, una tarea que no debe ser sencilla cuando dos apellidos semejantes pesan tanto detrás de una banda.

En K.B. Hallen les tocó, además, la parte más ingrata de la jornada. Era la primera banda, todavía había poca gente dentro del recinto y el sonido no estaba en su mejor momento. El set fue corto, apenas seis canciones, y aunque Griffin Taylor mostró mucha energía y la banda salió a defender su espacio con actitud, todavía se sentía que el público estaba llegando y que la sala necesitaba terminar de despertarse.

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No fue una presentación destinada a quedar como el gran momento de la noche, pero tampoco tenía por qué serlo. Vended cumplió con la tarea de abrir la jornada y empezar a poner las primeras guitarras en movimiento.

Con Fit For An Autopsy empezó a cambiar considerablemente el ambiente. Los estadounidenses, provenientes de Jersey City, Nueva Jersey, son desde hace años uno de los nombres más respetados del Deathcore, aunque su sonido hace tiempo que supera cualquier definición sencilla. Death Metal, Hardcore, Groove y pasajes atmosféricos se mezclan en una propuesta especialmente oscura, una música que en vivo puede pasar de la tensión más pesada a una explosión de brutalidad en cuestión de segundos.

También mejoró considerablemente el sonido. Las guitarras empezaron a tener más presencia, la batería golpeaba con mucha más claridad y la banda pudo mostrar mejor esa capacidad que tiene para construir canciones que no dependen únicamente de la velocidad, sino también de la atmósfera y del peso.

El problema fue el tiempo. Tuvieron alrededor de media hora, demasiado poco para una banda que podría desarrollar su propuesta durante mucho más tiempo. Pero Fit For An Autopsy decidió aprovechar cada minuto y salió a tocar como si estuviera frente a un recinto lleno. Fue una descarga breve, pero contundente, y para ese momento ya empezaba a notarse que el público estaba entrando en calor.

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Después llegó Thy Art Is Murder y ahí la transformación fue completa. Los australianos de Blacktown, Sídney, son desde hace años una de las bandas fundamentales del Deathcore internacional. Su combinación de Death Metal, Hardcore y breakdowns demoledores parece diseñada para provocar una reacción física inmediata, y en K.B. Hallen esa fórmula funcionó a la perfección. Para entonces, el público ya había crecido considerablemente y la pista empezaba a convertirse en un hervidero.

La presentación tenía, además, un elemento de curiosidad especial: Jerry Grimefeld, el nuevo vocalista de la banda. Su incorporación se produjo en 2026, después de la etapa de Tyler Miller, quien había ocupado el puesto desde 2023 tras la salida de Chris “CJ” McMahon. Grimefeld, australiano y conocido también por su trabajo en Honest Crooks y Vengeance, apareció con Thy Art Is Murder durante la gira europea de festivales a finales de julio y pasó a ocupar el micrófono en esta nueva etapa.

En Copenhague, más allá de cualquier historia previa, Grimefeld tenía que demostrar qué podía hacer al frente de una máquina como Thy Art Is Murder, y la respuesta fue un show formidable.

El set arrancó con “Killing Season” y siguió con “The Purest Strain of Hate”, “Join Me in Armageddon”, “Death Squad Anthem” y “Slaves Beyond Death”. A esas alturas, la pista ya era un hervidero. El público se movía constantemente, los primeros circle pits crecían y cada breakdown parecía encontrar una respuesta todavía más frenética.

“Holy War” fue otro de los grandes momentos del set, seguida por “Godlike”, “Puppet Master” y “They Will Know Another”, antes de que “Reign of Darkness” pusiera el broche final. El clásico de Hate fue exactamente lo que tenía que ser: una explosión colectiva que dejó el recinto en el punto justo de ebullición. Thy Art Is Murder había conseguido su objetivo y dejaba el escenario listo para el momento que todos estaban esperando.

Y entonces llegó el momento que yo estaba esperando.

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Porque una cosa es analizar una banda y otra muy distinta es verla cuando forma parte de tu propia historia musical. Lamb of God es una de mis bandas favoritas de siempre, así que había una expectativa especial por este concierto. Es una de esas agrupaciones que no solamente disfruto escuchar: amo la energía que generan en directo, la manera en que sus canciones hacen reaccionar al público y esa sensación de que, durante un recital suyo, nadie puede quedarse completamente quieto.

Y la respuesta llegó desde el primer acorde con “Ruin”, seguida por “Laid to Rest” y, enseguida, “Now You’ve Got Something to Die For”.

Tres clásicos prácticamente uno detrás del otro y sin necesidad de ningún tipo de calentamiento. K.B. Hallen explotó inmediatamente. La gente empezó a correr, aparecieron los primeros circle pits y los wall of death, y el público parecía decidido a no dejar de moverse durante todo el concierto. No había prácticamente un segundo para respirar.

Eso es precisamente lo que más disfruto de Lamb of God en vivo: su música tiene una cualidad física. Los riffs de Mark Morton y Willie Adler no solamente suenan pesados; tienen ese groove que hace que el cuerpo reaccione. El bajo de John Campbell termina de darle profundidad a esa maquinaria y Art Cruz, detrás de la batería, sostiene todo con una pegada que permite que cada cambio de ritmo se sienta como un golpe directo al pecho.

Y en el centro de todo está Randy Blythe.

Randy es un frontman con todas las letras. No necesita estar cantando constantemente para dominar el escenario. Corre, señala, provoca, observa al público y sabe perfectamente cuándo dejar que la gente tome el control. Hay algo muy natural en su manera de manejar un concierto: parece estar reaccionando permanentemente a lo que ocurre delante suyo, en lugar de limitarse a repetir una rutina. Después de tantos años, conserva esa energía casi salvaje que una banda como Lamb of God necesita para que sus canciones funcionen como funcionan.

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El repertorio también fue uno de los puntos fuertes de la noche. Aunque la banda está presentando material reciente, el concierto no se convirtió en una sucesión de canciones nuevas. Hubo una mirada bastante amplia sobre su trayectoria y eso permitió recorrer distintas etapas de Lamb of God sin perder nunca el ritmo. “Desolation”, “512” y “Walk with Me in Hell” fueron algunos de esos momentos en los que se podía sentir que el público reconocía cada canción desde los primeros segundos y respondía inmediatamente.

El único aspecto que no terminó de acompañar a la banda fue el sonido. En determinados momentos había demasiada información concentrada sobre el escenario y las capas de guitarra tendían a pisarse entre sí. Algunas partes de la voz y el bajo también quedaban enterradas detrás de esa enorme masa sonora.

No llegó a arruinar el concierto —la potencia de Lamb of God atraviesa incluso una mezcla imperfecta—, pero sí hubo momentos en los que uno hubiera querido escuchar con mayor definición cada instrumento.

Aun así, hubo un momento que para mí terminó de convertirse en uno de los grandes recuerdos de la noche: “Blunt Force Blues”.

Es uno de mis temas favoritos del material más reciente y verlo funcionar dentro de un set cargado de clásicos fue especialmente satisfactorio. No se sintió como “el tema nuevo que hay que tocar porque estamos de gira”, sino como una canción que ya tiene su propio lugar dentro de la identidad de la banda.

Y eso también dice bastante sobre Lamb of God: después de tantos años de carrera y de tener un catálogo lleno de canciones fundamentales, todavía pueden sacar material capaz de convivir perfectamente con los clásicos sin que parezca un añadido.

Pero si algo quedó claro durante el concierto es que el público había ido preparado para los himnos.

Y para el final quedaba uno de los más grandes: “Redneck”.

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La última canción convirtió directamente la pista en un caos. El circle pit que se armó fue gigantesco, ocupando fácilmente más del 75 % del espacio disponible. No era ya un pequeño grupo de gente corriendo en el centro: prácticamente todo el piso estaba involucrado de alguna manera.

Mientras algunos corrían en círculos, otros saltaban, empujaban o intentaban encontrar algún lugar desde donde sobrevivir al último asalto de la noche. Era la canción perfecta para semejante final.

El riff empieza y el público sabe inmediatamente qué hacer. No hace falta pedir un último esfuerzo ni explicar nada. La canción lleva incorporada su propia reacción. Lamb of God tocó y la gente respondió como si hubiera estado esperando toda la noche exactamente ese momento.

Mirando la noche completa, lo mejor fue justamente cómo se construyó. Vended tuvo que enfrentarse a un recinto todavía bastante vacío y a un sonido que no ayudó demasiado; Fit For An Autopsy levantó considerablemente la intensidad y, aunque tuvo apenas media hora, dejó una impresión mucho más contundente; Thy Art Is Murder encontró una pista cada vez más activa y la convirtió en una masa de gente frenética, además de presentar una nueva etapa con Jerry Grimefeld al frente.

Todo eso terminó conduciendo al momento central de la noche.

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Cuando Lamb of God apareció, el recinto ya estaba preparado para recibirlos. Y ellos hicieron exactamente lo que uno espera de una banda de semejante calibre: tocar con una energía explosiva, apoyarse en un repertorio que recorre su historia sin vivir exclusivamente de la nostalgia y, sobre todo, generar una conexión brutal con el público.

El sonido podría haber sido mejor. Hubo guitarras que se perdieron entre capas, momentos donde la voz o el bajo quedaron demasiado atrás y una mezcla que por momentos no hizo justicia a la cantidad de músicos que estaban descargando semejante cantidad de sonido sobre el escenario.

Pero cuando Randy Blythe está al frente, Mark Morton y Willie Adler disparan riffs, John Campbell sostiene el groove y Art Cruz golpea detrás de la batería, hay algo que resulta mucho más difícil de medir técnicamente: la sensación de estar dentro de un recital que está sucediendo de verdad.

El 11 de agosto fue exactamente eso. Una noche que empezó con Vended frente a un público todavía pequeño, fue ganando peso con Fit For An Autopsy, explotó con Thy Art Is Murder y finalmente alcanzó su punto máximo con Lamb of God.

Para alguien que lleva años considerando a esta banda una de sus favoritas, terminar la noche viendo a más de tres cuartas partes de la pista convertidas en un enorme circle pit mientras sonaba “Redneck” fue mucho más que un buen cierre.

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Fue uno de esos momentos que explican por qué seguimos yendo a recitales, por qué una canción que conocemos de memoria puede volver a sentirse nueva cuando suena frente a miles de personas y por qué algunas bandas tienen una capacidad especial para transformar una sala entera.

Porque una cosa es escuchar Lamb of God.

Y otra completamente distinta es estar ahí cuando empiezan a tocar.

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Los encargados de abrir fueron Vended, provenientes de Des Moines, Iowa, una banda que inevitablemente genera curiosidad por sus vínculos familiares: Griffin Taylor es hijo de Corey Taylor y el baterista Simon Crahan es hijo de Shawn “Clown” Crahan, ambos integrantes de Slipknot. Formados cuando todavía eran muy jóvenes, Vended viene intentando construir una identidad propia entre el Nu Metal, el Metalcore y distintas vertientes del metal moderno, una tarea que no debe ser sencilla cuando dos apellidos semejantes pesan tanto detrás de una banda.

En K.B. Hallen les tocó, además, la parte más ingrata de la jornada. Era la primera banda, todavía había poca gente dentro del recinto y el sonido no estaba en su mejor momento. El set fue corto, apenas seis canciones, y aunque Griffin Taylor mostró mucha energía y la banda salió a defender su espacio con actitud, todavía se sentía que el público estaba llegando y que la sala necesitaba terminar de despertarse.

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No fue una presentación destinada a quedar como el gran momento de la noche, pero tampoco tenía por qué serlo. Vended cumplió con la tarea de abrir la jornada y empezar a poner las primeras guitarras en movimiento.

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También mejoró considerablemente el sonido. Las guitarras empezaron a tener más presencia, la batería golpeaba con mucha más claridad y la banda pudo mostrar mejor esa capacidad que tiene para construir canciones que no dependen únicamente de la velocidad, sino también de la atmósfera y del peso.

El problema fue el tiempo. Tuvieron alrededor de media hora, demasiado poco para una banda que podría desarrollar su propuesta durante mucho más tiempo. Pero Fit For An Autopsy decidió aprovechar cada minuto y salió a tocar como si estuviera frente a un recinto lleno. Fue una descarga breve, pero contundente, y para ese momento ya empezaba a notarse que el público estaba entrando en calor.

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Y la respuesta llegó desde el primer acorde con “Ruin”, seguida por “Laid to Rest” y, enseguida, “Now You’ve Got Something to Die For”.

Tres clásicos prácticamente uno detrás del otro y sin necesidad de ningún tipo de calentamiento. K.B. Hallen explotó inmediatamente. La gente empezó a correr, aparecieron los primeros circle pits y los wall of death, y el público parecía decidido a no dejar de moverse durante todo el concierto. No había prácticamente un segundo para respirar.

Eso es precisamente lo que más disfruto de Lamb of God en vivo: su música tiene una cualidad física. Los riffs de Mark Morton y Willie Adler no solamente suenan pesados; tienen ese groove que hace que el cuerpo reaccione. El bajo de John Campbell termina de darle profundidad a esa maquinaria y Art Cruz, detrás de la batería, sostiene todo con una pegada que permite que cada cambio de ritmo se sienta como un golpe directo al pecho.

Y en el centro de todo está Randy Blythe.

Randy es un frontman con todas las letras. No necesita estar cantando constantemente para dominar el escenario. Corre, señala, provoca, observa al público y sabe perfectamente cuándo dejar que la gente tome el control. Hay algo muy natural en su manera de manejar un concierto: parece estar reaccionando permanentemente a lo que ocurre delante suyo, en lugar de limitarse a repetir una rutina. Después de tantos años, conserva esa energía casi salvaje que una banda como Lamb of God necesita para que sus canciones funcionen como funcionan.

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Es uno de mis temas favoritos del material más reciente y verlo funcionar dentro de un set cargado de clásicos fue especialmente satisfactorio. No se sintió como “el tema nuevo que hay que tocar porque estamos de gira”, sino como una canción que ya tiene su propio lugar dentro de la identidad de la banda.

Y eso también dice bastante sobre Lamb of God: después de tantos años de carrera y de tener un catálogo lleno de canciones fundamentales, todavía pueden sacar material capaz de convivir perfectamente con los clásicos sin que parezca un añadido.

Pero si algo quedó claro durante el concierto es que el público había ido preparado para los himnos.

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El riff empieza y el público sabe inmediatamente qué hacer. No hace falta pedir un último esfuerzo ni explicar nada. La canción lleva incorporada su propia reacción. Lamb of God tocó y la gente respondió como si hubiera estado esperando toda la noche exactamente ese momento.

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Pero cuando Randy Blythe está al frente, Mark Morton y Willie Adler disparan riffs, John Campbell sostiene el groove y Art Cruz golpea detrás de la batería, hay algo que resulta mucho más difícil de medir técnicamente: la sensación de estar dentro de un recital que está sucediendo de verdad.

El 11 de agosto fue exactamente eso. Una noche que empezó con Vended frente a un público todavía pequeño, fue ganando peso con Fit For An Autopsy, explotó con Thy Art Is Murder y finalmente alcanzó su punto máximo con Lamb of God.

Para alguien que lleva años considerando a esta banda una de sus favoritas, terminar la noche viendo a más de tres cuartas partes de la pista convertidas en un enorme circle pit mientras sonaba “Redneck” fue mucho más que un buen cierre.

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