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Kill-Town Death Fest 2026 – Dia 3: “El Retorno de los Muertos Vivientes”
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La tercera y última jornada del Kill-Town Death Fest comenzó con una propuesta que parecía anticipar lo que sería buena parte del día: oscura, densa y atmosférica. Los finlandeses Proscription fueron los encargados de inaugurar la jornada con un excelente concierto, demostrando una vez más que Finlandia posee una escena de death metal particularmente rica e interesante.

Su death metal era oscuro, denso y atmosférico, incorporando incluso algunos elementos de black metal en determinados pasajes. La voz pasaba de un registro profundo a un ladrido poderoso de un momento a otro, mientras los coros gritados del bajista aportaban un componente épico que enriquecía todavía más las canciones.

Los ritmos alternaban entre el medio tiempo y momentos extremadamente rápidos, aunque siempre con un enfoque más orientado hacia la atmósfera que hacia la agresión pura. Las guitarras escupían riffs infernales y sumamente intrincados, mientras que la guitarra líder se encargaba además de decorar las canciones con diferentes arreglos y solos complejos, pero siempre interesantes.

Fue otra gran demostración del nivel de la escena finlandesa y una excelente manera de comenzar una jornada que, como ya había ocurrido durante el segundo día, parecía inclinarse cada vez más hacia los terrenos lentos, oscuros y atmosféricos. Todo esto funcionaba además como una suerte de anticipo de lo que vendría más adelante, ya que el domingo del festival estaba dedicado principalmente al death doom, en la jornada conocida como Gloomy Sunday.

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Los estadounidenses Civerous fueron entonces una verdadera bocanada de aire fresco. Para empezar, se trataba de la primera banda que veíamos utilizar un teclado sobre el escenario. Pero la novedad no terminaba allí: su música combinaba death metal, black metal y doom en canciones extensas, donde cada una de las ideas tenía tiempo suficiente para desarrollarse.

Las composiciones podían pasar de momentos extremadamente agresivos a otros completamente atmosféricos, en los que el teclado tomaba el protagonismo y la lentitud se apoderaba de la música. Lo interesante era que estos cambios se sentían completamente orgánicos. Nada parecía forzado y cada elemento encontraba su lugar dentro de las canciones.

La única duda que quedó flotando fue justamente el poco uso que tuvo el teclado. Si bien contó con algunos momentos donde su presencia fue fundamental, durante buena parte del concierto permaneció en un segundo plano. Es entendible que durante las secciones más extremas no siempre sea necesario, pero quizás el desafío de Civerous para futuras composiciones sea conseguir integrarlo de una manera más constante, especialmente durante aquellos momentos donde la música resulta más compleja.

Desde Canadá continuamos explorando las propuestas atmosféricas con Phobocosm, aunque en este caso el viaje tomó una dirección mucho más cósmica. Su death metal tenía claras influencias de Gorguts e Incantation, pero estaba atravesado por una sensación espacial y casi alienígena.

La música rotaba constantemente entre momentos extremadamente rápidos y otros muy lentos, llegando incluso a coquetear directamente con el doom metal. El sonido fue extraño, ya que si bien careció de cierta nitidez, terminó generando una sensación particular: por momentos parecía que la banda estaba tocando dentro de una cueva y, en otros, que el público había sido trasladado a algún lugar perdido en una galaxia.

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Los riffs eran filosos y envolventes, aunque buena parte de los arreglos terminaba siendo llevada por la batería. El baterista demostró ser particularmente creativo, no solamente en los fills y en el uso de los platillos, sino también en el manejo del tempo. Por momentos parecía adelantarse y en otros retrasarse, generando pequeños desplazamientos que aportaban matices y nuevas vueltas a las canciones.

La voz era un gutural profundo que parecía salir de la garganta de alguna criatura incomprensible, completando una propuesta que, además de ser muy buena en vivo, resultaba especialmente interesante por la identidad propia que la banda había conseguido construir.

Después de tanta densidad, llegó el momento de una propuesta mucho más directa. Of Feather and Bone venía justamente a ofrecer eso: una descarga sin concesiones. La banda comenzó su recorrido dentro del hardcore y esa raíz todavía se hace sentir claramente en su manera de entender el metal.

El concierto fue una sucesión de riffs rápidos y destructores, acompañados por una batería asesina y guturales profundos y con mucho cuerpo. Todo estaba orientado hacia adelante, sin demasiados espacios para respirar.

El principal punto flojo fue justamente la falta de matices. La fórmula funcionaba y la banda tenía la agresividad necesaria, pero hacia el final el concierto comenzó a tornarse repetitivo. Aun así, esto no impidió que convencieran a buena parte del público, que demostró una gran devoción por la agrupación.

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El turno de representar a Alemania llegó con Putridarium, que ofreció una de las propuestas que mejor funcionaban como anticipo de lo que sería Gloomy Sunday. Su death doom era extremadamente denso, grave y pesado, pero sin renunciar completamente a la velocidad.

La banda pasaba de momentos ultrarrápidos y agresivos a otros extremadamente lentos y densos prácticamente de un instante a otro, pero lo hacía sin que los cambios se sintieran apresurados o forzados. Las guitarras, extremadamente graves y macabras, conseguían que cada riff sonara malvado y poderoso. El bajo, igualmente grave, crujiente y pesado, acompañaba perfectamente esa estructura.

La batería también fue un punto fuerte. El músico podía pasar de blast beats velocísimos a ritmos mucho más interesantes y elaborados cuando la música bajaba su intensidad. Todo esto estaba coronado por un gutural de ultratumba que terminaba de completar el paisaje sonoro.

Fue un concierto excelente y, sin dudas, una de las presentaciones que mejor preparó el terreno para el domingo de doom.

Pero entonces llegó el momento más especial de todo el festival. Lo que estaba a punto de ocurrir no era simplemente otro concierto: era una reconstrucción de uno de los momentos fundamentales en la historia del death metal. Massacre volvía a subir al escenario, pero esta vez bajo el nombre de Mantas, la banda que precedió a la formación de Death.

La propuesta era tan sencilla como histórica: interpretar íntegramente el demo Death by Metal, además de otras composiciones escritas por Chuck Schuldiner durante aquella primera etapa. Antes de comenzar, durante los quince minutos previos al concierto, Kam Lee se dedicó a contar historias sobre los orígenes del death metal y sobre cómo había conocido a Chuck. Todo esto estuvo acompañado por bromas y anécdotas que hicieron del momento algo especialmente divertido. Como fan del género y de Death, era imposible no sentir que se estaba presenciando algo que quedaría guardado para siempre.

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La presentación comenzó con las clásicas “Legion of Doom” y “Evil Dead”. A partir de ahí, el caos se apoderó del lugar. Un enorme circle pit se formó frente al escenario mientras el público entero parecía compartir la misma expresión: sonrisas de oreja a oreja y ojos cargados de emoción.

Entre canción y canción, Kam continuó contando historias sobre cómo llegaron a desarrollar aquel sonido y cómo el descubrimiento de Venom les cambió la vida. Incluso recordó el origen del nombre Mantas, tomado del guitarrista de la banda inglesa, para introducir la canción que lleva precisamente ese nombre.

Pero no todo fueron bromas y recuerdos. En determinado momento, Kam realizó duras declaraciones contra las bandas que actualmente realizan tributos a Death, apuntando especialmente contra Left to Die, agrupación que recupera material de los primeros demos de Death, incluyendo varias canciones pertenecientes a la etapa de Mantas. Lee los acusó de ser ladrones y de hacer dinero a costa de un hombre muerto, cuestionando además la idea de que realmente hubieran querido y respetado a Chuck. Según sus palabras, lo dejaron morir solo.

Más allá de estas declaraciones, Kam dejó algo claro: esta presentación de Mantas era concebida como un acontecimiento único, un homenaje a Chuck Schuldiner y a los primeros pasos del género que terminaría transformándose en una de las escenas más importantes del metal extremo.

Después de semejante recorrido histórico, la presentación llegó a su final con un último recordatorio: aquella banda era Massacre. El cierre llegó con el clásico “Clangor of War”, poniendo punto final a un concierto histórico e imposible de repetir en las mismas condiciones. Para quienes estuvimos presentes, será sin dudas uno de esos shows que permanecerán en la memoria durante muchos años.

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Pero el festival todavía tenía una cuota considerable de caos para ofrecer. En el escenario pequeño se desató la locura con Snét, una banda de brutal death que parecía estar mucho más interesada en la fiesta que en cualquier tipo de solemnidad.

Los músicos estaban notablemente borrachos y haciendo lo que podían musicalmente, pero lograron algo que muchas bandas técnicamente superiores no siempre consiguen: conectar con el público. Y una vez que lo consiguieron, la fiesta se volvió incontrolable.

Gente volando por el aire, empujones y un enorme mosh pit tomaron el control del centro del escenario, mientras los propios músicos se encargaban de alimentar la situación y hacer todo lo posible para que la celebración no se detuviera. Después de unos 25 minutos de caos, los integrantes dijeron algunas cosas prácticamente inentendibles, se fueron entre aplausos y risas y dieron por terminado uno de los conciertos más desquiciados de la jornada.

En el escenario principal, mientras tanto, Murder Squad, provenientes de Estocolmo, se encargaban de cerrar la programación de ese espacio. Su propuesta era particularmente llamativa porque, aunque claramente se trataba de death metal, no sonaba como el death metal clásico que había predominado durante buena parte del festival.

La banda parecía construir su sonido a partir de una mezcla de rock setentero, hardcore, distorsión y voces propias del death metal, con algunos pasajes de blast beats que aparecían como complemento. La guitarra recordaba por momentos al primer Black Sabbath, mientras que la batería utilizaba compases y arreglos con un marcado sabor setentero.

Pero en otros momentos el hardcore tomaba completamente el control, haciendo que la crudeza y la energía invadieran el lugar. El resultado era extraño, pero muy efectivo. El sonido fue brutal y el público respondió de manera excelente a una propuesta tan particular.

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Y cuando parecía que el festival finalmente llegaba a su fin, quedaba pendiente saldar una deuda. Después de la cancelación del día anterior, Rottrevore finalmente pudo presentarse en el escenario pequeño, como última banda del festival y a una hora particularmente tardía.

El concierto estaba programado para la una de la mañana, pero comenzó alrededor de la 1:20 debido a problemas de sonido. A esto se sumaba la ausencia del bajista, quien no pudo salir de Estados Unidos por los problemas de visas que habían afectado a la banda el día anterior. Así, Rottrevore se presentó como trío.

Los problemas técnicos fueron numerosos y la falta del bajo naturalmente modificó el sonido, pero la banda decidió ponerle el pecho a las balas y ofrecer igualmente un concierto entretenido. Los riffs extremadamente técnicos y los guturales profundos dominaron el pequeño escenario, mientras los potentes blast beats desataban nuevamente el pogo entre los presentes.

Había además un dato que hacía todavía más especial la presentación: era la primera vez que Rottrevore tocaba en Europa en trece años. A pesar de todas las dificultades, la banda recuperó canciones clásicas y también presentó material nuevo perteneciente a un próximo disco. La sensación que quedó después del concierto fue que este no sería simplemente un regreso aislado, sino el comienzo de una nueva etapa, con la intención de volver a presentarse con mayor frecuencia.

Y así llegó a su fin la tercera jornada del Killtown Deathfest, probablemente la más variada de las tres. Una fecha que comenzó con el death metal oscuro y atmosférico de Proscription, atravesó el black, el doom y las propuestas más experimentales, tuvo uno de los momentos históricos del festival con Mantas, se convirtió en una fiesta descontrolada con Snét y terminó pasada la una de la mañana con el regreso europeo de Rottrevore.

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Más allá de las diferencias entre cada propuesta, el espíritu del festival volvió a quedar claro: descubrir bandas, reencontrarse con viejos conocidos y compartir durante tres días una pasión por el death metal que difícilmente encuentre un espacio tan específico en otro lugar. El público no solamente vino a ver a los nombres que ya conocía; estuvo constantemente buscando descubrir algo nuevo, preguntando por bandas, publicaciones y medios donde continuar siguiendo la escena. Y desde este lado, no podemos más que agradecer a todos los que se acercaron a preguntarnos dónde podían leer nuestras crónicas.

Tres días después, queda la sensación de haber asistido a algo mucho más grande que una simple sucesión de conciertos. Killtown Deathfest volvió a demostrar que el underground sigue teniendo una enorme capacidad para reunir a gente de todo el mundo alrededor de una música que, lejos de perder fuerza, continúa encontrando nuevas formas de expresarse.

Y ahora sí, lle

ga el momento de cerrar esta cobertura con la última jornada. Después de tres días de death metal, el festival se prepara para bajar todavía más las revoluciones y sumergirse en la oscuridad absoluta. Es hora de Gloomy Sunday.

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La tercera y última jornada del Kill-Town Death Fest comenzó con una propuesta que parecía anticipar lo que sería buena parte del día: oscura, densa y atmosférica. Los finlandeses Proscription fueron los encargados de inaugurar la jornada con un excelente concierto, demostrando una vez más que Finlandia posee una escena de death metal particularmente rica e interesante.

Su death metal era oscuro, denso y atmosférico, incorporando incluso algunos elementos de black metal en determinados pasajes. La voz pasaba de un registro profundo a un ladrido poderoso de un momento a otro, mientras los coros gritados del bajista aportaban un componente épico que enriquecía todavía más las canciones.

Los ritmos alternaban entre el medio tiempo y momentos extremadamente rápidos, aunque siempre con un enfoque más orientado hacia la atmósfera que hacia la agresión pura. Las guitarras escupían riffs infernales y sumamente intrincados, mientras que la guitarra líder se encargaba además de decorar las canciones con diferentes arreglos y solos complejos, pero siempre interesantes.

Fue otra gran demostración del nivel de la escena finlandesa y una excelente manera de comenzar una jornada que, como ya había ocurrido durante el segundo día, parecía inclinarse cada vez más hacia los terrenos lentos, oscuros y atmosféricos. Todo esto funcionaba además como una suerte de anticipo de lo que vendría más adelante, ya que el domingo del festival estaba dedicado principalmente al death doom, en la jornada conocida como Gloomy Sunday.

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Las composiciones podían pasar de momentos extremadamente agresivos a otros completamente atmosféricos, en los que el teclado tomaba el protagonismo y la lentitud se apoderaba de la música. Lo interesante era que estos cambios se sentían completamente orgánicos. Nada parecía forzado y cada elemento encontraba su lugar dentro de las canciones.

La única duda que quedó flotando fue justamente el poco uso que tuvo el teclado. Si bien contó con algunos momentos donde su presencia fue fundamental, durante buena parte del concierto permaneció en un segundo plano. Es entendible que durante las secciones más extremas no siempre sea necesario, pero quizás el desafío de Civerous para futuras composiciones sea conseguir integrarlo de una manera más constante, especialmente durante aquellos momentos donde la música resulta más compleja.

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La música rotaba constantemente entre momentos extremadamente rápidos y otros muy lentos, llegando incluso a coquetear directamente con el doom metal. El sonido fue extraño, ya que si bien careció de cierta nitidez, terminó generando una sensación particular: por momentos parecía que la banda estaba tocando dentro de una cueva y, en otros, que el público había sido trasladado a algún lugar perdido en una galaxia.

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Los riffs eran filosos y envolventes, aunque buena parte de los arreglos terminaba siendo llevada por la batería. El baterista demostró ser particularmente creativo, no solamente en los fills y en el uso de los platillos, sino también en el manejo del tempo. Por momentos parecía adelantarse y en otros retrasarse, generando pequeños desplazamientos que aportaban matices y nuevas vueltas a las canciones.

La voz era un gutural profundo que parecía salir de la garganta de alguna criatura incomprensible, completando una propuesta que, además de ser muy buena en vivo, resultaba especialmente interesante por la identidad propia que la banda había conseguido construir.

Después de tanta densidad, llegó el momento de una propuesta mucho más directa. Of Feather and Bone venía justamente a ofrecer eso: una descarga sin concesiones. La banda comenzó su recorrido dentro del hardcore y esa raíz todavía se hace sentir claramente en su manera de entender el metal.

El concierto fue una sucesión de riffs rápidos y destructores, acompañados por una batería asesina y guturales profundos y con mucho cuerpo. Todo estaba orientado hacia adelante, sin demasiados espacios para respirar.

El principal punto flojo fue justamente la falta de matices. La fórmula funcionaba y la banda tenía la agresividad necesaria, pero hacia el final el concierto comenzó a tornarse repetitivo. Aun así, esto no impidió que convencieran a buena parte del público, que demostró una gran devoción por la agrupación.

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La banda pasaba de momentos ultrarrápidos y agresivos a otros extremadamente lentos y densos prácticamente de un instante a otro, pero lo hacía sin que los cambios se sintieran apresurados o forzados. Las guitarras, extremadamente graves y macabras, conseguían que cada riff sonara malvado y poderoso. El bajo, igualmente grave, crujiente y pesado, acompañaba perfectamente esa estructura.

La batería también fue un punto fuerte. El músico podía pasar de blast beats velocísimos a ritmos mucho más interesantes y elaborados cuando la música bajaba su intensidad. Todo esto estaba coronado por un gutural de ultratumba que terminaba de completar el paisaje sonoro.

Fue un concierto excelente y, sin dudas, una de las presentaciones que mejor preparó el terreno para el domingo de doom.

Pero entonces llegó el momento más especial de todo el festival. Lo que estaba a punto de ocurrir no era simplemente otro concierto: era una reconstrucción de uno de los momentos fundamentales en la historia del death metal. Massacre volvía a subir al escenario, pero esta vez bajo el nombre de Mantas, la banda que precedió a la formación de Death.

La propuesta era tan sencilla como histórica: interpretar íntegramente el demo Death by Metal, además de otras composiciones escritas por Chuck Schuldiner durante aquella primera etapa. Antes de comenzar, durante los quince minutos previos al concierto, Kam Lee se dedicó a contar historias sobre los orígenes del death metal y sobre cómo había conocido a Chuck. Todo esto estuvo acompañado por bromas y anécdotas que hicieron del momento algo especialmente divertido. Como fan del género y de Death, era imposible no sentir que se estaba presenciando algo que quedaría guardado para siempre.

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Entre canción y canción, Kam continuó contando historias sobre cómo llegaron a desarrollar aquel sonido y cómo el descubrimiento de Venom les cambió la vida. Incluso recordó el origen del nombre Mantas, tomado del guitarrista de la banda inglesa, para introducir la canción que lleva precisamente ese nombre.

Pero no todo fueron bromas y recuerdos. En determinado momento, Kam realizó duras declaraciones contra las bandas que actualmente realizan tributos a Death, apuntando especialmente contra Left to Die, agrupación que recupera material de los primeros demos de Death, incluyendo varias canciones pertenecientes a la etapa de Mantas. Lee los acusó de ser ladrones y de hacer dinero a costa de un hombre muerto, cuestionando además la idea de que realmente hubieran querido y respetado a Chuck. Según sus palabras, lo dejaron morir solo.

Más allá de estas declaraciones, Kam dejó algo claro: esta presentación de Mantas era concebida como un acontecimiento único, un homenaje a Chuck Schuldiner y a los primeros pasos del género que terminaría transformándose en una de las escenas más importantes del metal extremo.

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La banda parecía construir su sonido a partir de una mezcla de rock setentero, hardcore, distorsión y voces propias del death metal, con algunos pasajes de blast beats que aparecían como complemento. La guitarra recordaba por momentos al primer Black Sabbath, mientras que la batería utilizaba compases y arreglos con un marcado sabor setentero.

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Había además un dato que hacía todavía más especial la presentación: era la primera vez que Rottrevore tocaba en Europa en trece años. A pesar de todas las dificultades, la banda recuperó canciones clásicas y también presentó material nuevo perteneciente a un próximo disco. La sensación que quedó después del concierto fue que este no sería simplemente un regreso aislado, sino el comienzo de una nueva etapa, con la intención de volver a presentarse con mayor frecuencia.

Y así llegó a su fin la tercera jornada del Killtown Deathfest, probablemente la más variada de las tres. Una fecha que comenzó con el death metal oscuro y atmosférico de Proscription, atravesó el black, el doom y las propuestas más experimentales, tuvo uno de los momentos históricos del festival con Mantas, se convirtió en una fiesta descontrolada con Snét y terminó pasada la una de la mañana con el regreso europeo de Rottrevore.

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