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Brutal Assault 2026 – Día 4: “Doce horas de metal sin descanso”
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Nuestro cuarto día en el Brutal Assault 2026 —quinto para el festival si contamos la preparty— comenzó temprano, con la llegada a la fortaleza de Josefov para ver a Angelus Apatrida a las 13:00. Para una hora tan temprana, los albaceteños volvieron a demostrar que su actitud no depende en absoluto de la cantidad de gente que tengan delante. Da igual que sean veinte personas o cincuenta mil: la entrega está ahí desde el primer minuto. Con un sonido potente y un repertorio basado en el thrash metal que llevan años defendiendo por todo el mundo, canciones como “One of Us”, “Indoctrinate”, “Sharpen the Guillotine” o “You Are Next” funcionaron especialmente bien en un público que, pese a la hora, respondió de manera bastante generosa. Mucho movimiento sobre el escenario, sudor y esa sensación de estar ante una banda que conoce perfectamente cómo debe afrontar un festival de estas dimensiones. No hubo tiempo para demasiadas pausas porque rápidamente tocaba desplazarse hasta el Sea Shepherd Stage para encontrarme por primera vez con Ratos de Porão. Los brasileños fueron otra historia, con João Gordo al frente y ese crossover entre hardcore punk y thrash que forma parte de su ADN desde hace décadas. “Alerta Antifascista”, “Morte ao Rei”, “Igreja Universal” y “Máquina Militar” pusieron el escenario patas arriba y dejaron uno de esos conciertos que, sin necesidad de grandes producciones, funcionan por la fuerza de las propias canciones.

Después llegaba una de esas decisiones que hacen que un festival como el Brutal Assault pueda convertirse en un auténtico dolor de cabeza: Saor o Signs of the Swarm. A los primeros ya los he visto varias veces y, aunque me gusta mucho lo que hacen, especialmente esa capacidad para construir atmósferas que te atrapan, siempre he tenido la sensación de que su propuesta gana todavía más en una sala pequeña, donde se puede entrar mucho más en ese ambiente melancólico y épico. Así que esta vez tocaba apostar por Signs of the Swarm, y viendo lo que ocurrió delante del Marshall Stage, la decisión no estuvo nada mal. Los estadounidenses salieron directamente a destrozarlo todo con su deathcore, sin apenas dejar espacio para respirar, y el público respondió con una intensidad constante durante todo el concierto. Temas como “Borrowed Time”, “Natural Selection”, “HELLMUSTFEARME”, “To Rid Myself of Truth” o “Amongst the Low & Empty” fueron recibidos con una auténtica locura delante del escenario. Es una banda que en directo gana todavía más fuerza, especialmente cuando David Simonich se pone al frente y convierte cada canción en una descarga física. Después de aquello tocaba hacer una pequeña pausa para comer, porque todavía quedaba muchísimo día por delante y el Brutal Assault apenas acababa de empezar.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Brutal Assault 2026 – Día 3: “Una jornada entre descubrimientos y viejos conocidos”

Con algo de comida en el cuerpo llegó el momento de acercarme a ver a Corrosion of Conformity, que si no me falla la memoria suponía mi primera vez frente a los veteranos estadounidenses. Su mezcla de stoner, southern metal, hard rock y ese sonido pesado tan reconocible funcionó perfectamente en el contexto del festival, especialmente en canciones como “Albatross”, “Vote With a Bullet” o “Clean My Wounds”. Sin necesidad de correr demasiado ni de montar un espectáculo exagerado, Corrosion of Conformity demostraron que llevan demasiados años haciendo esto como para necesitar demostrar nada. Después, alrededor de las 17:00, tocaba cambiar completamente de registro con Animals As Leaders. Aquí la palabra clave era precisión. Tosin Abasi y compañía ofrecieron una demostración de técnica impresionante, con esas guitarras que funcionan simultáneamente como instrumento melódico, rítmico y prácticamente percusivo, acompañadas por una batería capaz de seguir unas estructuras que por momentos parecen diseñadas para poner a prueba los límites de cualquier músico. No es una propuesta que entre de la misma manera que un concierto de thrash o death metal, pero precisamente por eso resultaba interesante dentro de un cartel tan variado.

Después tocaba acercarse al Obscure Stage para ver a Arthur Brown, una figura absolutamente particular dentro de la historia del rock y que aportó una dimensión completamente diferente a la jornada. Su presencia escénica y ese componente teatral que siempre ha acompañado su música hicieron que el concierto tuviera una personalidad propia, algo que además encajaba perfectamente con la atmósfera más underground de este escenario. Pero apenas había tiempo para disfrutarlo con tranquilidad porque media hora después tocaba volver a correr para llegar a Paleface Swiss. La banda suiza está atravesando un momento especialmente fuerte y se nota en la manera en que el público recibe cada canción. Su mezcla de deathcore, hardcore y una violencia bastante directa funcionó de maravilla en el festival, con un concierto tremendamente físico y una formación que parecía empeñada en no dejar un solo metro del escenario sin utilizar. Más allá de etiquetas, Paleface Swiss tienen actualmente una capacidad importante para generar respuesta inmediata y aquí volvieron a demostrarlo.

La siguiente parada fue Clawfinger, a quienes no veía desde Copenhell 2016, así que volver a encontrarlos casi una década después tenía su punto de nostalgia. Los suecos mantienen intacta esa combinación de rap metal, riffs industriales y bases electrónicas que los convirtió en uno de los nombres más reconocibles de los noventa, y canciones como “Recipe for Hate”, “Nothing Going On”, “Burn in Hell”, “Biggest & the Best” o “The Truth” siguen teniendo una respuesta inmediata. Hubo incluso algún problema técnico al comienzo que obligó a repetir parte del arranque, pero una vez solucionado, la banda pudo desarrollar el concierto con normalidad. Después me quedé un rato viendo a Primus, otra de esas formaciones que cuesta meter dentro de cualquier festival de metal convencional y que, precisamente por eso, aportan algo diferente. Les Claypool volvió a demostrar que tiene un universo propio, con ese bajo absolutamente protagonista y una manera de entender las canciones que hace que incluso los temas más conocidos de Primus suenen como algo completamente fuera de lo habitual.

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Y entonces llegó para mí una de las grandes joyas de todo el festival: Misþyrming interpretando Sventevith (Storming Near the Baltic) de Behemoth con Nergal al frente. La propuesta era demasiado tentadora como para dejarla pasar: recuperar el material de los primeros años de los polacos, precisamente de esa época en la que Behemoth era una banda completamente diferente a la que conocemos actualmente. Nergal apareció como vocalista, sin guitarra y sin ninguna de las grandes parafernalias que suelen acompañar a su banda principal, dejando que los islandeses se encargasen de recrear aquella etapa primitiva y mucho más cercana al black metal. Escuchar canciones de Sventevith interpretadas de esta manera fue una auténtica maravilla, sobre todo porque permitió recuperar el lado más oscuro, crudo y underground de Behemoth. Nergal estuvo completamente centrado en las voces y en ejercer de frontman, mientras Misþyrming aportaron una ejecución mucho más salvaje que cualquier intento de convertir este repertorio en un espectáculo de estadio. Para quienes llevamos años siguiendo la evolución de Behemoth, tener delante algo tan cercano a sus primeros discos era una oportunidad difícil de repetir.

Y como la noche todavía no había terminado, ni siquiera tuve que moverme del Obscure Stage para quedarme con Marduk. A esas alturas alguien podría preguntarse por qué no ir a ver a Eivør o Katatonia, que también formaban parte de la programación, pero teniendo a Nergal acabando de tocar Sventevith y a continuación a una institución del black metal sueco como Marduk, la decisión estaba bastante clara. Los suecos ofrecieron un concierto directo, agresivo y sin demasiadas concesiones, recuperando diferentes etapas de su carrera con temas como “The Blond Beast”, “Panzer Division Marduk” o “Wolves”. El Obscure Stage volvió a convertirse en el lugar perfecto para este tipo de descarga, con un público completamente entregado y una banda que no necesitó adornar demasiado su propuesta para hacer que el ambiente se volviera considerablemente más oscuro.

Para terminar la jornada todavía quedaba una última parada en el Marshall Stage con Old Man’s Child. Después de prácticamente doce horas entrando y saliendo de escenarios, cruzando la fortaleza de Josefov de un lado para otro y acumulando conciertos de estilos completamente diferentes, las piernas empezaban a pedir tregua, pero todavía había ganas de cerrar el día con el black metal melódico de Galder y compañía. Canciones como “Towards Eternity” o “King of the Dark Ages” sirvieron para poner el broche musical a una jornada especialmente larga, aunque todavía quedaba por delante el camino de salida de la fortaleza. Casi doce horas después de haber entrado para ver a Angelus Apatrida a primera hora de la tarde, tocaba abandonar finalmente el Brutal Assault.

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Brutal Assault 2026 – Día 4: “Doce horas de metal sin descanso”
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Nuestro cuarto día en el Brutal Assault 2026 —quinto para el festival si contamos la preparty— comenzó temprano, con la llegada a la fortaleza de Josefov para ver a Angelus Apatrida a las 13:00. Para una hora tan temprana, los albaceteños volvieron a demostrar que su actitud no depende en absoluto de la cantidad de gente que tengan delante. Da igual que sean veinte personas o cincuenta mil: la entrega está ahí desde el primer minuto. Con un sonido potente y un repertorio basado en el thrash metal que llevan años defendiendo por todo el mundo, canciones como “One of Us”, “Indoctrinate”, “Sharpen the Guillotine” o “You Are Next” funcionaron especialmente bien en un público que, pese a la hora, respondió de manera bastante generosa. Mucho movimiento sobre el escenario, sudor y esa sensación de estar ante una banda que conoce perfectamente cómo debe afrontar un festival de estas dimensiones. No hubo tiempo para demasiadas pausas porque rápidamente tocaba desplazarse hasta el Sea Shepherd Stage para encontrarme por primera vez con Ratos de Porão. Los brasileños fueron otra historia, con João Gordo al frente y ese crossover entre hardcore punk y thrash que forma parte de su ADN desde hace décadas. “Alerta Antifascista”, “Morte ao Rei”, “Igreja Universal” y “Máquina Militar” pusieron el escenario patas arriba y dejaron uno de esos conciertos que, sin necesidad de grandes producciones, funcionan por la fuerza de las propias canciones.

Después llegaba una de esas decisiones que hacen que un festival como el Brutal Assault pueda convertirse en un auténtico dolor de cabeza: Saor o Signs of the Swarm. A los primeros ya los he visto varias veces y, aunque me gusta mucho lo que hacen, especialmente esa capacidad para construir atmósferas que te atrapan, siempre he tenido la sensación de que su propuesta gana todavía más en una sala pequeña, donde se puede entrar mucho más en ese ambiente melancólico y épico. Así que esta vez tocaba apostar por Signs of the Swarm, y viendo lo que ocurrió delante del Marshall Stage, la decisión no estuvo nada mal. Los estadounidenses salieron directamente a destrozarlo todo con su deathcore, sin apenas dejar espacio para respirar, y el público respondió con una intensidad constante durante todo el concierto. Temas como “Borrowed Time”, “Natural Selection”, “HELLMUSTFEARME”, “To Rid Myself of Truth” o “Amongst the Low & Empty” fueron recibidos con una auténtica locura delante del escenario. Es una banda que en directo gana todavía más fuerza, especialmente cuando David Simonich se pone al frente y convierte cada canción en una descarga física. Después de aquello tocaba hacer una pequeña pausa para comer, porque todavía quedaba muchísimo día por delante y el Brutal Assault apenas acababa de empezar.

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Con algo de comida en el cuerpo llegó el momento de acercarme a ver a Corrosion of Conformity, que si no me falla la memoria suponía mi primera vez frente a los veteranos estadounidenses. Su mezcla de stoner, southern metal, hard rock y ese sonido pesado tan reconocible funcionó perfectamente en el contexto del festival, especialmente en canciones como “Albatross”, “Vote With a Bullet” o “Clean My Wounds”. Sin necesidad de correr demasiado ni de montar un espectáculo exagerado, Corrosion of Conformity demostraron que llevan demasiados años haciendo esto como para necesitar demostrar nada. Después, alrededor de las 17:00, tocaba cambiar completamente de registro con Animals As Leaders. Aquí la palabra clave era precisión. Tosin Abasi y compañía ofrecieron una demostración de técnica impresionante, con esas guitarras que funcionan simultáneamente como instrumento melódico, rítmico y prácticamente percusivo, acompañadas por una batería capaz de seguir unas estructuras que por momentos parecen diseñadas para poner a prueba los límites de cualquier músico. No es una propuesta que entre de la misma manera que un concierto de thrash o death metal, pero precisamente por eso resultaba interesante dentro de un cartel tan variado.

Después tocaba acercarse al Obscure Stage para ver a Arthur Brown, una figura absolutamente particular dentro de la historia del rock y que aportó una dimensión completamente diferente a la jornada. Su presencia escénica y ese componente teatral que siempre ha acompañado su música hicieron que el concierto tuviera una personalidad propia, algo que además encajaba perfectamente con la atmósfera más underground de este escenario. Pero apenas había tiempo para disfrutarlo con tranquilidad porque media hora después tocaba volver a correr para llegar a Paleface Swiss. La banda suiza está atravesando un momento especialmente fuerte y se nota en la manera en que el público recibe cada canción. Su mezcla de deathcore, hardcore y una violencia bastante directa funcionó de maravilla en el festival, con un concierto tremendamente físico y una formación que parecía empeñada en no dejar un solo metro del escenario sin utilizar. Más allá de etiquetas, Paleface Swiss tienen actualmente una capacidad importante para generar respuesta inmediata y aquí volvieron a demostrarlo.

La siguiente parada fue Clawfinger, a quienes no veía desde Copenhell 2016, así que volver a encontrarlos casi una década después tenía su punto de nostalgia. Los suecos mantienen intacta esa combinación de rap metal, riffs industriales y bases electrónicas que los convirtió en uno de los nombres más reconocibles de los noventa, y canciones como “Recipe for Hate”, “Nothing Going On”, “Burn in Hell”, “Biggest & the Best” o “The Truth” siguen teniendo una respuesta inmediata. Hubo incluso algún problema técnico al comienzo que obligó a repetir parte del arranque, pero una vez solucionado, la banda pudo desarrollar el concierto con normalidad. Después me quedé un rato viendo a Primus, otra de esas formaciones que cuesta meter dentro de cualquier festival de metal convencional y que, precisamente por eso, aportan algo diferente. Les Claypool volvió a demostrar que tiene un universo propio, con ese bajo absolutamente protagonista y una manera de entender las canciones que hace que incluso los temas más conocidos de Primus suenen como algo completamente fuera de lo habitual.

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Y entonces llegó para mí una de las grandes joyas de todo el festival: Misþyrming interpretando Sventevith (Storming Near the Baltic) de Behemoth con Nergal al frente. La propuesta era demasiado tentadora como para dejarla pasar: recuperar el material de los primeros años de los polacos, precisamente de esa época en la que Behemoth era una banda completamente diferente a la que conocemos actualmente. Nergal apareció como vocalista, sin guitarra y sin ninguna de las grandes parafernalias que suelen acompañar a su banda principal, dejando que los islandeses se encargasen de recrear aquella etapa primitiva y mucho más cercana al black metal. Escuchar canciones de Sventevith interpretadas de esta manera fue una auténtica maravilla, sobre todo porque permitió recuperar el lado más oscuro, crudo y underground de Behemoth. Nergal estuvo completamente centrado en las voces y en ejercer de frontman, mientras Misþyrming aportaron una ejecución mucho más salvaje que cualquier intento de convertir este repertorio en un espectáculo de estadio. Para quienes llevamos años siguiendo la evolución de Behemoth, tener delante algo tan cercano a sus primeros discos era una oportunidad difícil de repetir.

Y como la noche todavía no había terminado, ni siquiera tuve que moverme del Obscure Stage para quedarme con Marduk. A esas alturas alguien podría preguntarse por qué no ir a ver a Eivør o Katatonia, que también formaban parte de la programación, pero teniendo a Nergal acabando de tocar Sventevith y a continuación a una institución del black metal sueco como Marduk, la decisión estaba bastante clara. Los suecos ofrecieron un concierto directo, agresivo y sin demasiadas concesiones, recuperando diferentes etapas de su carrera con temas como “The Blond Beast”, “Panzer Division Marduk” o “Wolves”. El Obscure Stage volvió a convertirse en el lugar perfecto para este tipo de descarga, con un público completamente entregado y una banda que no necesitó adornar demasiado su propuesta para hacer que el ambiente se volviera considerablemente más oscuro.

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