

¿Qué tienen en común una banda alemana que reivindica el espíritu del heavy hard rock setentero, con flauta travesera, theremín y ritmos psicodélicos, y un cuarteto canadiense que construye complejas estructuras de metal progresivo entre riffs demoledores y voces guturales? A primera vista, más bien poco. Pero quizá sea precisamente esa inquietud por explorar los límites de sus respectivos estilos lo que explique que Wucan y Anciients acabaran compartiendo escenario en la sala Razzmatazz 3 de Barcelona. Eso, y la voluntad de sumar fuerzas que demuestran promotoras como Madness Live!, acostumbradas a ofrecernos carteles con varias bandas y a hacernos descubrir, concierto tras concierto, nombres que terminamos incorporando a nuestro radar musical. Los que tenemos una cierta mentalidad exploradora y disfrutamos dejándonos sorprender no podemos sino agradecer este tipo de propuestas.
Reconozco que ese efecto sorpresa fue precisamente el que me provocaron los alemanes Wucan, a quienes escuché por primera vez mientras hacía los deberes musicales antes de asistir al concierto y que, una vez sobre el escenario, se convirtieron en un auténtico descubrimiento. Llegaron a Barcelona inmersos en una gira europea con la que siguen presentando Axioms (2025), su cuarto álbum de estudio, publicado tres años después de Heretic Tongues (2022). Liderados por la carismática Francis Tobolsky, los de Dresde recorren diferentes países europeos bajo el nombre de Axioms European Release Tour 2026, reivindicando una propuesta que combina las raíces del rock clásico con una personalidad musical cada vez más definida.
Muy diferente era mi relación con los canadienses Anciients, quienes fueron, de hecho, el principal motivo que me llevó a asistir a este concierto. Los sigo desde que un compañero me recomendó su segundo álbum (benditas recomendaciones), Voice of the Void (2016), un trabajo que me abrió las puertas de su particular universo musical y que acabó llevándome a verlos en marzo de 2018 en la desaparecida sala Rocksound, un recinto todavía más pequeño que el de esta segunda visita a Barcelona. Ahora regresaban inmersos en su gira Ascent of the Fallen Ones European/UK Tour 2026, un recorrido de trece conciertos por seis países que supone su retorno a los escenarios europeos después de más de una década. En esta ocasión, el motivo era presentar Beyond the Reach of the Sun (2024), su tercer álbum de estudio, publicado tras ocho años de silencio discográfico y cambios en la formación.
Dos propuestas muy diferentes en las formas, ambas todavía poco conocidas entre el gran público español, reunidas gracias a una promotora que apostó por compartir cartel en varias fechas de sus respectivas giras. Madness Live! programó tres paradas conjuntas en nuestro país, Barcelona, Madrid y Villava (Pamplona), además de una cuarta en Portugalete que finalmente fue cancelada. Por su parte, Wucan prolongarán su paso por España con un concierto adicional el 17 de octubre en Gijón, organizado de manera independiente.
La cita barcelonesa cayó en martes, justo después de un lunes festivo, y reunió a una asistencia discreta que no llegó al centenar de personas. Una lástima, porque quienes estuvimos allí disfrutamos de una combinación tan sorprendente como estimulante, capaz de transportarnos, en una sola noche, desde un universo musical que todavía teníamos por descubrir hasta otro que ya nos resultaba familiar. Un viaje que nos llevó del hard rock más genuinamente setentero a los territorios más intensos y complejos del metal progresivo contemporáneo.
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Los alemanes Wucan fueron los encargados de abrir la noche con una propuesta, profundamente enraizada en el hard rock de los setenta, combinando una gran dosis de psicodelia, con pinceladas de funk y una buena parte de experimentación instrumental. Una fórmula que encuentra en su cantante Francis Tobolsky su principal atractivo, tanto por su voz expresiva, como por su capacidad multi instrumental y por una manera especial de moverse. A la cantante y cofundadora de la banda la acompañan Tim George, guitarrista y cofundador, que combinó riffs de inspiración setentera con solos cargados de psicodelia; Alexander Karlisch, cuyo bajo poderoso y de marcada presencia se hizo sentir a lo largo de todo el repertorio; y Philip Knöfel, que aportó una batería enérgica y muy contundente. También podemos afirmar que la estética de los cuatro cuadraba totalmente con su tipo de música y que esas camisas estampadas, los pantalones rosas, las botas rojas o el sombrero de ala encajaban perfectamente con su devenir setentero.
Fue Tim quien dio el pistoletazo de salida con el riff psicodélico que abre “Spectres of Fear”, al que se fueron incorporando progresivamente sus compañeros. Francis fue la última en sumarse, con la flauta en la mano, para completar una interpretación cargada de fuerza que dejó con cara de sorpresa a una gran parte del público que no conocía a la banda. Sin apenas conceder tregua, llegó el segundo tema, “Don’t Break the Oath”, para la que la vocalista cambió la flauta por la guitarra. Sus líneas de marcado sabor setentero fueron evolucionando hacia un pasaje más coral, antes de desembocar en un solo de guitarra que terminó de encender los ánimos de una audiencia que empezaba a darse cuenta de que el plan de haber venido a un concierto un martes por la noche iba a ser rentable.
Tras los primeros saludos y las presentaciones de rigor, “Irons in the Fire” nos recibió con otro riff poderoso y un ritmo irresistible. Esta vez Francis dejó los instrumentos a un lado para concentrarse en cantar, bailar y desplegar toda su presencia escénica, moviéndose con una sensualidad despreocupada que conectaba perfectamente con el carácter de la canción. También hubo espacio para el theremín, ese instrumento que suena sin llegar a tocarlo y que recientemente he visto tocar a Bruce Dickinson en solitario o a los finlandeses Steve ‘n’ Seagulls, pero en ninguno de los dos casos con tanto glamour como lo hace Francis.
El concierto siguió avanzando con “Far and Beyond”, una composición que comenzó pausadamente antes de transformarse en una cabalgada rockera. La cantante volvió a colgarse su Gibson SG y dejó escapar un auténtico chorro de voz, que en algunos momentos resonó prácticamente desnudo, sin apenas acompañamiento instrumental, poniendo de manifiesto sus grandes cualidades vocales. La versatilidad de Wucan volvió a quedar patente con “Wicked, Sick and Twisted”, que arrancó sobre una base de tintes tecno para derivar hacia un ritmo abiertamente funky. Francis alternó voz y guitarra, jugando con los efectos de su pedalera mientras Tim aprovechaba para desplegar un solo que añadía todavía más dinamismo al conjunto.
La flauta recuperó el protagonismo en “Kill the King”, encargada de introducir una composición que pronto desembocó en otro riff contundente. Fue uno de esos momentos en los que el sonido de los alemanes mostró toda su musculatura, con el bajo de Alexander Karlisch especialmente presente y una cantante que volvió a exhibir su extraordinaria potencia vocal.
Los redobles de la batería de Philip Knöfel anunciaron “Night to Fall”, mientras bajo y guitarra se juntaban para levantar una base instrumental sobre la que Francis volvió a dejarse llevar por el ritmo. El momento acabó dando paso a una nueva intervención con la flauta, uno de los elementos que más acercan a los alemanes a la esencia de Jethro Tull.
En uno de los pocos espacios de conversación con el público, la vocalista preguntó si alguien de la sala había estado alguna vez en Dresde, la ciudad de origen de la banda. Únicamente una persona, situada en medio de la sala, levantó la voz.
“Fette Deutsche” devolvió la energía al escenario con otra descarga rítmica y una nueva incursión en los sonidos del theremín. La actuación desembocó finalmente en “Father Storm”, una composición marcada por el protagonismo de la batería, cuyos golpes retumbaron con fuerza prácticamente de principio a fin. La melodía vocal remitía por momentos al universo de Black Sabbath, mientras el batería se entregaba a fondo para proporcionar un cierre de enorme contundencia.
Con los últimos acordes, Francis se despidió agradeciendo la acogida e invitando al público a acercarse al puesto de merchandising. Wucan habían dejado una actuación marcada por la variedad de registros, el peso de sus riffs y, sobre todo, el carisma de una frontwoman.
Eléctrico, progresivo y, tal vez, demasiado corto. Así podríamos resumir el paso de los canadienses Anciients por la sala Razzmatazz 3 de Barcelona. La banda ofreció una actuación de enorme intensidad, en la que los constantes cambios de ritmo fueron superponiéndose en forma de capas musicales, sin apenas dirigirse al público. Sin embargo, cuando el concierto parecía haber alcanzado su temperatura ideal, llegó el momento de despedirse. Ocho canciones que nos permitieron disfrutar de cerca de su extraordinario potencial, pero que supieron a poco.
El cuarteto de Vancouver salió al escenario sin apenas palabras, dejando que su música hablara por ellos. Al frente, Kenny Cook, voz y guitarra, acompañado por Brock MacInnes a la segunda guitarra, Rory O’Brien al bajo y un formidable Mike Hannay a la batería. Por su aspecto, parecía que las melenas y las barbas formaban parte del uniforme acordado para la gira. Bromas aparte, fue extraordinario poder verlos nuevamente en una sala pequeña, donde pudimos apreciar de cerca sus técnicas, movimientos y gestos. Desde el primer momento, la tremenda pegada de Hannay adquirió un protagonismo especial, mientras guitarras, bajo y voces iban tejiendo pasajes de gran contundencia con armonizaciones y desarrollos melódicos de mucha riqueza.
“Forbidden Sanctuary”, extraída de su último trabajo, Beyond the Reach of the Sun, fue la encargada de abrir fuego. Tras una introducción instrumental más calmada, Cook comenzó a cantar con la mirada perdida en el infinito, mientras MacInnes añadía unos coros que aportaban un interesante contraste. La composición fue creciendo progresivamente, con el vocalista transitando de su registro limpio a unos guturales que acentuaban su vertiente más agresiva. Sin apenas interrupción, enlazaron con “The Torch”, también del mismo álbum, aprovechando la similitud rítmica entre el final de una y el comienzo de la otra. La batería irrumpió con fuerza, acompañada de riffs doblados y complejos y una voz gutural que evocaban el universo de Opeth. Sin perder intensidad, la composición atravesó pasajes de voz limpia antes de desembocar en unos solos finales y un desenlace abrupto.
La actuación prosiguió con la extraordinaria “Following the Voice”, que abre su segundo trabajo, Voice of the Void. Los canadienses la abordaron con un ritmo acelerado, impulsado especialmente por la pegada de la batería. Tras rebajar ligeramente las revoluciones, se adentraron en un tramo final de ritmos entrecortados y voces extremas que mantuvo la tensión hasta el último instante.
Después de esta primera tormenta musical, la banda aprovechó la pausa para afinar sus instrumentos con absoluta concentración. Apenas hubo palabras, más allá de una petición de Cook para que la sala hiciera ruido, respondida con un entusiasmo moderado por los asistentes.
“Melt the Crown” comenzó con un delicado arpegio de guitarra que parecía anunciar un momento de calma. Sin embargo, la entrada de la poderosa batería de Hannay transformó rápidamente la atmósfera, dando paso a un desarrollo instrumental de gran intensidad. Cook volvió a alternar voces limpias y guturales, mientras las guitarras construían armonizaciones espectaculares. Incluso vimos al batería recurrir momentáneamente a unas mazas para reforzar su contundente interpretación. Y cuando la composición parecía encaminarse hacia la calma, volvió a crecer hasta recuperar toda su fuerza.
“Despoiled” irrumpió con un inicio arpegiado que dio paso a una de las piezas más cambiantes del repertorio. Anciients demostraron su habilidad para enlazar pasajes de enorme densidad sonora con otros más abiertos y melódicos, manteniendo la tensión a través de constantes cambios de dinámica. Un espectacular solo de guitarra coronó una interpretación que condensaba buena parte de sus virtudes: complejidad progresiva, agresividad vocal y una sensibilidad especial para construir atmósferas.
Llegados a este punto, Cook aprovechó para presentar a sus compañeros antes de afrontar “My Home, My Gallows”, cuyo arranque, de cadencia magnética y un aire cercano a Mastodon, fue ganando intensidad sobre una base rítmica creciente. Pero esto era Anciients, y la composición pronto comenzó a recorrer diferentes paisajes sonoros, alternando solos, riffs doblados, voces guturales y una batería omnipresente. Otro de los grandes momentos de la noche.
La recta final arrancó con “Cloak of the Vast and Black”, que pasó rápidamente de un inicio calmado a una nueva descarga de energía. El tema permitió seguir disfrutando de ese equilibrio entre brutalidad y melodía que caracteriza a los canadienses. Cook alternaba registros vocales con admirable naturalidad, MacInnes enriquecía el sonido con sus guitarras y, detrás de ellos, Hannay continuaba ofreciendo una auténtica exhibición de técnica, precisión y potencia.
“Buried in Sand”, nuevamente de Voice of the Void, fue la elegida para poner punto final a la actuación. Su arranque extremo, marcado por la alternancia de voces limpias y guturales, dio paso a una desaceleración que abrió espacio para un solo y un pasaje atmosférico, antes de recuperar toda su contundencia en la segunda mitad. Poco antes del final, Rory O’Brien rompió una cuerda de su bajo, lo que le obligó a dejar de tocar. Un contratiempo que no detuvo al resto de la banda, cuyos integrantes parecieron no advertir lo sucedido hasta los últimos compases.
Anciients ofrecieron un concierto de enorme intensidad, pero de recorrido demasiado breve. Su entrega instrumental fue incuestionable, y ver cómo construían en directo los giros, las estructuras y las múltiples capas de sus composiciones resultó fascinante. La potencia y complejidad de su música nos golpearon con fuerza, pero también nos transportaron a un universo sonoro repleto de matices. Con una mención especial para un Mike Hannay sencillamente descomunal, los canadienses dejaron una excelente impresión, aunque también la sensación de que una banda con tres álbumes de semejante riqueza compositiva y con premios reconocidos merecía bastante más tiempo para desplegar todo su potencial.


¿Qué tienen en común una banda alemana que reivindica el espíritu del heavy hard rock setentero, con flauta travesera, theremín y ritmos psicodélicos, y un cuarteto canadiense que construye complejas estructuras de metal progresivo entre riffs demoledores y voces guturales? A primera vista, más bien poco. Pero quizá sea precisamente esa inquietud por explorar los límites de sus respectivos estilos lo que explique que Wucan y Anciients acabaran compartiendo escenario en la sala Razzmatazz 3 de Barcelona. Eso, y la voluntad de sumar fuerzas que demuestran promotoras como Madness Live!, acostumbradas a ofrecernos carteles con varias bandas y a hacernos descubrir, concierto tras concierto, nombres que terminamos incorporando a nuestro radar musical. Los que tenemos una cierta mentalidad exploradora y disfrutamos dejándonos sorprender no podemos sino agradecer este tipo de propuestas.
Reconozco que ese efecto sorpresa fue precisamente el que me provocaron los alemanes Wucan, a quienes escuché por primera vez mientras hacía los deberes musicales antes de asistir al concierto y que, una vez sobre el escenario, se convirtieron en un auténtico descubrimiento. Llegaron a Barcelona inmersos en una gira europea con la que siguen presentando Axioms (2025), su cuarto álbum de estudio, publicado tres años después de Heretic Tongues (2022). Liderados por la carismática Francis Tobolsky, los de Dresde recorren diferentes países europeos bajo el nombre de Axioms European Release Tour 2026, reivindicando una propuesta que combina las raíces del rock clásico con una personalidad musical cada vez más definida.
Muy diferente era mi relación con los canadienses Anciients, quienes fueron, de hecho, el principal motivo que me llevó a asistir a este concierto. Los sigo desde que un compañero me recomendó su segundo álbum (benditas recomendaciones), Voice of the Void (2016), un trabajo que me abrió las puertas de su particular universo musical y que acabó llevándome a verlos en marzo de 2018 en la desaparecida sala Rocksound, un recinto todavía más pequeño que el de esta segunda visita a Barcelona. Ahora regresaban inmersos en su gira Ascent of the Fallen Ones European/UK Tour 2026, un recorrido de trece conciertos por seis países que supone su retorno a los escenarios europeos después de más de una década. En esta ocasión, el motivo era presentar Beyond the Reach of the Sun (2024), su tercer álbum de estudio, publicado tras ocho años de silencio discográfico y cambios en la formación.
Dos propuestas muy diferentes en las formas, ambas todavía poco conocidas entre el gran público español, reunidas gracias a una promotora que apostó por compartir cartel en varias fechas de sus respectivas giras. Madness Live! programó tres paradas conjuntas en nuestro país, Barcelona, Madrid y Villava (Pamplona), además de una cuarta en Portugalete que finalmente fue cancelada. Por su parte, Wucan prolongarán su paso por España con un concierto adicional el 17 de octubre en Gijón, organizado de manera independiente.
La cita barcelonesa cayó en martes, justo después de un lunes festivo, y reunió a una asistencia discreta que no llegó al centenar de personas. Una lástima, porque quienes estuvimos allí disfrutamos de una combinación tan sorprendente como estimulante, capaz de transportarnos, en una sola noche, desde un universo musical que todavía teníamos por descubrir hasta otro que ya nos resultaba familiar. Un viaje que nos llevó del hard rock más genuinamente setentero a los territorios más intensos y complejos del metal progresivo contemporáneo.
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Los alemanes Wucan fueron los encargados de abrir la noche con una propuesta, profundamente enraizada en el hard rock de los setenta, combinando una gran dosis de psicodelia, con pinceladas de funk y una buena parte de experimentación instrumental. Una fórmula que encuentra en su cantante Francis Tobolsky su principal atractivo, tanto por su voz expresiva, como por su capacidad multi instrumental y por una manera especial de moverse. A la cantante y cofundadora de la banda la acompañan Tim George, guitarrista y cofundador, que combinó riffs de inspiración setentera con solos cargados de psicodelia; Alexander Karlisch, cuyo bajo poderoso y de marcada presencia se hizo sentir a lo largo de todo el repertorio; y Philip Knöfel, que aportó una batería enérgica y muy contundente. También podemos afirmar que la estética de los cuatro cuadraba totalmente con su tipo de música y que esas camisas estampadas, los pantalones rosas, las botas rojas o el sombrero de ala encajaban perfectamente con su devenir setentero.
Fue Tim quien dio el pistoletazo de salida con el riff psicodélico que abre “Spectres of Fear”, al que se fueron incorporando progresivamente sus compañeros. Francis fue la última en sumarse, con la flauta en la mano, para completar una interpretación cargada de fuerza que dejó con cara de sorpresa a una gran parte del público que no conocía a la banda. Sin apenas conceder tregua, llegó el segundo tema, “Don’t Break the Oath”, para la que la vocalista cambió la flauta por la guitarra. Sus líneas de marcado sabor setentero fueron evolucionando hacia un pasaje más coral, antes de desembocar en un solo de guitarra que terminó de encender los ánimos de una audiencia que empezaba a darse cuenta de que el plan de haber venido a un concierto un martes por la noche iba a ser rentable.
Tras los primeros saludos y las presentaciones de rigor, “Irons in the Fire” nos recibió con otro riff poderoso y un ritmo irresistible. Esta vez Francis dejó los instrumentos a un lado para concentrarse en cantar, bailar y desplegar toda su presencia escénica, moviéndose con una sensualidad despreocupada que conectaba perfectamente con el carácter de la canción. También hubo espacio para el theremín, ese instrumento que suena sin llegar a tocarlo y que recientemente he visto tocar a Bruce Dickinson en solitario o a los finlandeses Steve ‘n’ Seagulls, pero en ninguno de los dos casos con tanto glamour como lo hace Francis.
El concierto siguió avanzando con “Far and Beyond”, una composición que comenzó pausadamente antes de transformarse en una cabalgada rockera. La cantante volvió a colgarse su Gibson SG y dejó escapar un auténtico chorro de voz, que en algunos momentos resonó prácticamente desnudo, sin apenas acompañamiento instrumental, poniendo de manifiesto sus grandes cualidades vocales. La versatilidad de Wucan volvió a quedar patente con “Wicked, Sick and Twisted”, que arrancó sobre una base de tintes tecno para derivar hacia un ritmo abiertamente funky. Francis alternó voz y guitarra, jugando con los efectos de su pedalera mientras Tim aprovechaba para desplegar un solo que añadía todavía más dinamismo al conjunto.
La flauta recuperó el protagonismo en “Kill the King”, encargada de introducir una composición que pronto desembocó en otro riff contundente. Fue uno de esos momentos en los que el sonido de los alemanes mostró toda su musculatura, con el bajo de Alexander Karlisch especialmente presente y una cantante que volvió a exhibir su extraordinaria potencia vocal.
Los redobles de la batería de Philip Knöfel anunciaron “Night to Fall”, mientras bajo y guitarra se juntaban para levantar una base instrumental sobre la que Francis volvió a dejarse llevar por el ritmo. El momento acabó dando paso a una nueva intervención con la flauta, uno de los elementos que más acercan a los alemanes a la esencia de Jethro Tull.
En uno de los pocos espacios de conversación con el público, la vocalista preguntó si alguien de la sala había estado alguna vez en Dresde, la ciudad de origen de la banda. Únicamente una persona, situada en medio de la sala, levantó la voz.
“Fette Deutsche” devolvió la energía al escenario con otra descarga rítmica y una nueva incursión en los sonidos del theremín. La actuación desembocó finalmente en “Father Storm”, una composición marcada por el protagonismo de la batería, cuyos golpes retumbaron con fuerza prácticamente de principio a fin. La melodía vocal remitía por momentos al universo de Black Sabbath, mientras el batería se entregaba a fondo para proporcionar un cierre de enorme contundencia.
Con los últimos acordes, Francis se despidió agradeciendo la acogida e invitando al público a acercarse al puesto de merchandising. Wucan habían dejado una actuación marcada por la variedad de registros, el peso de sus riffs y, sobre todo, el carisma de una frontwoman.
Eléctrico, progresivo y, tal vez, demasiado corto. Así podríamos resumir el paso de los canadienses Anciients por la sala Razzmatazz 3 de Barcelona. La banda ofreció una actuación de enorme intensidad, en la que los constantes cambios de ritmo fueron superponiéndose en forma de capas musicales, sin apenas dirigirse al público. Sin embargo, cuando el concierto parecía haber alcanzado su temperatura ideal, llegó el momento de despedirse. Ocho canciones que nos permitieron disfrutar de cerca de su extraordinario potencial, pero que supieron a poco.
El cuarteto de Vancouver salió al escenario sin apenas palabras, dejando que su música hablara por ellos. Al frente, Kenny Cook, voz y guitarra, acompañado por Brock MacInnes a la segunda guitarra, Rory O’Brien al bajo y un formidable Mike Hannay a la batería. Por su aspecto, parecía que las melenas y las barbas formaban parte del uniforme acordado para la gira. Bromas aparte, fue extraordinario poder verlos nuevamente en una sala pequeña, donde pudimos apreciar de cerca sus técnicas, movimientos y gestos. Desde el primer momento, la tremenda pegada de Hannay adquirió un protagonismo especial, mientras guitarras, bajo y voces iban tejiendo pasajes de gran contundencia con armonizaciones y desarrollos melódicos de mucha riqueza.
“Forbidden Sanctuary”, extraída de su último trabajo, Beyond the Reach of the Sun, fue la encargada de abrir fuego. Tras una introducción instrumental más calmada, Cook comenzó a cantar con la mirada perdida en el infinito, mientras MacInnes añadía unos coros que aportaban un interesante contraste. La composición fue creciendo progresivamente, con el vocalista transitando de su registro limpio a unos guturales que acentuaban su vertiente más agresiva. Sin apenas interrupción, enlazaron con “The Torch”, también del mismo álbum, aprovechando la similitud rítmica entre el final de una y el comienzo de la otra. La batería irrumpió con fuerza, acompañada de riffs doblados y complejos y una voz gutural que evocaban el universo de Opeth. Sin perder intensidad, la composición atravesó pasajes de voz limpia antes de desembocar en unos solos finales y un desenlace abrupto.
La actuación prosiguió con la extraordinaria “Following the Voice”, que abre su segundo trabajo, Voice of the Void. Los canadienses la abordaron con un ritmo acelerado, impulsado especialmente por la pegada de la batería. Tras rebajar ligeramente las revoluciones, se adentraron en un tramo final de ritmos entrecortados y voces extremas que mantuvo la tensión hasta el último instante.
Después de esta primera tormenta musical, la banda aprovechó la pausa para afinar sus instrumentos con absoluta concentración. Apenas hubo palabras, más allá de una petición de Cook para que la sala hiciera ruido, respondida con un entusiasmo moderado por los asistentes.
“Melt the Crown” comenzó con un delicado arpegio de guitarra que parecía anunciar un momento de calma. Sin embargo, la entrada de la poderosa batería de Hannay transformó rápidamente la atmósfera, dando paso a un desarrollo instrumental de gran intensidad. Cook volvió a alternar voces limpias y guturales, mientras las guitarras construían armonizaciones espectaculares. Incluso vimos al batería recurrir momentáneamente a unas mazas para reforzar su contundente interpretación. Y cuando la composición parecía encaminarse hacia la calma, volvió a crecer hasta recuperar toda su fuerza.
“Despoiled” irrumpió con un inicio arpegiado que dio paso a una de las piezas más cambiantes del repertorio. Anciients demostraron su habilidad para enlazar pasajes de enorme densidad sonora con otros más abiertos y melódicos, manteniendo la tensión a través de constantes cambios de dinámica. Un espectacular solo de guitarra coronó una interpretación que condensaba buena parte de sus virtudes: complejidad progresiva, agresividad vocal y una sensibilidad especial para construir atmósferas.
Llegados a este punto, Cook aprovechó para presentar a sus compañeros antes de afrontar “My Home, My Gallows”, cuyo arranque, de cadencia magnética y un aire cercano a Mastodon, fue ganando intensidad sobre una base rítmica creciente. Pero esto era Anciients, y la composición pronto comenzó a recorrer diferentes paisajes sonoros, alternando solos, riffs doblados, voces guturales y una batería omnipresente. Otro de los grandes momentos de la noche.
La recta final arrancó con “Cloak of the Vast and Black”, que pasó rápidamente de un inicio calmado a una nueva descarga de energía. El tema permitió seguir disfrutando de ese equilibrio entre brutalidad y melodía que caracteriza a los canadienses. Cook alternaba registros vocales con admirable naturalidad, MacInnes enriquecía el sonido con sus guitarras y, detrás de ellos, Hannay continuaba ofreciendo una auténtica exhibición de técnica, precisión y potencia.
“Buried in Sand”, nuevamente de Voice of the Void, fue la elegida para poner punto final a la actuación. Su arranque extremo, marcado por la alternancia de voces limpias y guturales, dio paso a una desaceleración que abrió espacio para un solo y un pasaje atmosférico, antes de recuperar toda su contundencia en la segunda mitad. Poco antes del final, Rory O’Brien rompió una cuerda de su bajo, lo que le obligó a dejar de tocar. Un contratiempo que no detuvo al resto de la banda, cuyos integrantes parecieron no advertir lo sucedido hasta los últimos compases.
Anciients ofrecieron un concierto de enorme intensidad, pero de recorrido demasiado breve. Su entrega instrumental fue incuestionable, y ver cómo construían en directo los giros, las estructuras y las múltiples capas de sus composiciones resultó fascinante. La potencia y complejidad de su música nos golpearon con fuerza, pero también nos transportaron a un universo sonoro repleto de matices. Con una mención especial para un Mike Hannay sencillamente descomunal, los canadienses dejaron una excelente impresión, aunque también la sensación de que una banda con tres álbumes de semejante riqueza compositiva y con premios reconocidos merecía bastante más tiempo para desplegar todo su potencial.















