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Cult of Fire en Copenhague: “Una experiencia que deja huella”
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Hoy en día, de manera general y mainstream, la música suele ser vacía y efímera. O, más bien, una excusa para vender festivales o eventos que, más que una propuesta artística, son una excusa para hacer que la gente gaste dinero en ir a divertirse y pasar el rato. Todo esto camuflado con pantallas enormes y escenografías absurdamente exageradas, que no tienen función ni cometido. Simplemente sorprender y fascinar.

Estos productos son vendidos como experiencias, pero me pregunto y reflexiono: ¿no es acaso una experiencia algo que deja un mensaje o una enseñanza? Cosa que estos eventos no cumplen. Ya que, como mencioné, solo buscan entretener y hacer que la gente gaste dinero en despejar —y envenenar— su mente.

Por suerte, siempre dentro del underground hay propuestas que entienden el verdadero sentido y significado de ofrecer una experiencia. De dar algo único, que hace que los sentidos, la mente y las emociones vuelen y recorran diferentes lugares. Y, al final, encontrar una reflexión o llegar a un nuevo puerto.

En el caso de hoy, nos vamos a centrar en Cult of Fire. Grupo de black metal melódico, con algunos arreglos épicos, que centra su propuesta en la mitología india y la filosofía hindú.

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Más allá de su música, que es súper envolvente y busca generar un clima de meditación e introspección, sus presentaciones son llamativas por el aspecto visual. Ya que los músicos se encuentran con atuendos referentes a los sacerdotes de dicha mitología y cuentan con un altar lleno de frutas, flores e instrumentos utilizados en rituales. A su vez, ambos guitarristas tocan sentados en una especie de silla con forma de cobra, lo cual hace que el show sea mucho más inmersivo y no entre solamente por los oídos.

El show no tuvo acto de apertura, por lo que apenas pasada la hora pactada se abrió el telón y comenzó el ritual. Esto fue de la mano de las canciones que abren su último trabajo, The One, Who is Made of Smoke, editado el año pasado. Estas fueron “Loss” y “Morning”. Cabe aclarar que este disco fue tocado casi en su totalidad.

Hay tantos aspectos por analizar que es difícil decidir por dónde empezar. Pero, ya que lo principal de la experiencia es la música, voy a empezar por el aspecto sonoro.

Se escuchó muy bien en general. Quizás al principio las guitarras estaban muy mezcladas y costaba distinguirlas, pero esto se solucionó rápidamente. Esto permitió apreciar los riffs principales y las bases a la vez, además de las partes donde ambas guitarras comparten el liderazgo y tocan cosas diferentes.

La ejecución fue genial. Sonó impecable y precisa. Más allá de la interpretación de los músicos, próxima a detallar, las pistas de instrumentos orientales estaban clavadas a la perfección y se mezclaban muy bien con las guitarras agudas, chillonas y espirituales. El baterista es muy creativo y técnico, por lo que los fills y distintos arreglos de platillos sumaban mucho a la experiencia ritual.

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La banda no cuenta con bajo y, si bien por momentos se nota cierta falta de peso, creo que es algo que funciona. Ya que la falta de algo grave hace que las guitarras más agudas se luzcan más y que el peso caiga en la batería. Que, como mencioné, es una aplanadora.

El vocalista merece un párrafo aparte por dos motivos. El primero es su gran labor como cantante, cumpliendo a la perfección con los gritos agudos, los guturales profundos y las voces más oscuras y ritualísticas.

Pero el segundo, y más llamativo motivo, es cómo logra cumplir con su labor musical y performática con el pesado atuendo que lleva. Su máscara es enorme, muy alta y pesada. Y quedó demostrado que incluso le disminuye la visión, ya que, a la hora de manipular objetos para los rituales, se guiaba por el tacto. Como dato curioso, cuando dejó el escenario, el técnico tuvo que ir a buscarlo y guiarlo.

Y como si todo esto no fuera suficiente para provocar la inmersión necesaria, también recurren al uso de estimulación espiritual mediante gestos, rituales y hasta fragancias que esparcen por todo el lugar. Durante todo el show se pudo oler incienso, flores y diferentes perfumes que salían del escenario. Al final del concierto no arrojaron púas ni palillos, sino las flores que perfumaron el ambiente.

Volviendo a la lista, la segunda mitad del show contó con canciones de sus discos anteriores, las cuales, honestamente, fueron todas destacables. Pero si tengo que nombrar un par: la esperada y ritualística “Kali Ma”, la cruda y poderosa “Satan Mentor” y el final con una pieza instrumental poderosa y épica.

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Esta última sirvió como despedida del vocalista, dejando solo a los músicos para despedir el concierto. Al término de esta pieza, los músicos saludaron y fue el único momento en el que se salieron un poco del personaje, haciendo gestos y arengando al público.

El recinto, que no se encontraba muy lleno, explotó en una ovación. Las caras de los asistentes demostraban una felicidad y una fascinación por el espectáculo presentado que rara vez se ve. La energía era la de haber vivido algo especial y único.

Cult of Fire da lecciones de cómo ofrecer una experiencia real. De cómo hacer sentir al espectador que está frente a algo único e inolvidable. Exprime cada recurso posible para lograrlo, con el objetivo de expresar su arte y de dejar una huella en el corazón del testigo de su ritual.

En un momento donde todo es efímero y descartable, todavía hay propuestas que apuestan por el arte duradero y verdadero. Y, si bien merecen más alcance y llegada, al menos hay un par de seres humanos que buscan lo real, lo trabajado y lo que deja marcas en el alma.

 

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Cult of Fire en Copenhague: “Una experiencia que deja huella”
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Hoy en día, de manera general y mainstream, la música suele ser vacía y efímera. O, más bien, una excusa para vender festivales o eventos que, más que una propuesta artística, son una excusa para hacer que la gente gaste dinero en ir a divertirse y pasar el rato. Todo esto camuflado con pantallas enormes y escenografías absurdamente exageradas, que no tienen función ni cometido. Simplemente sorprender y fascinar.

Estos productos son vendidos como experiencias, pero me pregunto y reflexiono: ¿no es acaso una experiencia algo que deja un mensaje o una enseñanza? Cosa que estos eventos no cumplen. Ya que, como mencioné, solo buscan entretener y hacer que la gente gaste dinero en despejar —y envenenar— su mente.

Por suerte, siempre dentro del underground hay propuestas que entienden el verdadero sentido y significado de ofrecer una experiencia. De dar algo único, que hace que los sentidos, la mente y las emociones vuelen y recorran diferentes lugares. Y, al final, encontrar una reflexión o llegar a un nuevo puerto.

En el caso de hoy, nos vamos a centrar en Cult of Fire. Grupo de black metal melódico, con algunos arreglos épicos, que centra su propuesta en la mitología india y la filosofía hindú.

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El show no tuvo acto de apertura, por lo que apenas pasada la hora pactada se abrió el telón y comenzó el ritual. Esto fue de la mano de las canciones que abren su último trabajo, The One, Who is Made of Smoke, editado el año pasado. Estas fueron “Loss” y “Morning”. Cabe aclarar que este disco fue tocado casi en su totalidad.

Hay tantos aspectos por analizar que es difícil decidir por dónde empezar. Pero, ya que lo principal de la experiencia es la música, voy a empezar por el aspecto sonoro.

Se escuchó muy bien en general. Quizás al principio las guitarras estaban muy mezcladas y costaba distinguirlas, pero esto se solucionó rápidamente. Esto permitió apreciar los riffs principales y las bases a la vez, además de las partes donde ambas guitarras comparten el liderazgo y tocan cosas diferentes.

La ejecución fue genial. Sonó impecable y precisa. Más allá de la interpretación de los músicos, próxima a detallar, las pistas de instrumentos orientales estaban clavadas a la perfección y se mezclaban muy bien con las guitarras agudas, chillonas y espirituales. El baterista es muy creativo y técnico, por lo que los fills y distintos arreglos de platillos sumaban mucho a la experiencia ritual.

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El vocalista merece un párrafo aparte por dos motivos. El primero es su gran labor como cantante, cumpliendo a la perfección con los gritos agudos, los guturales profundos y las voces más oscuras y ritualísticas.

Pero el segundo, y más llamativo motivo, es cómo logra cumplir con su labor musical y performática con el pesado atuendo que lleva. Su máscara es enorme, muy alta y pesada. Y quedó demostrado que incluso le disminuye la visión, ya que, a la hora de manipular objetos para los rituales, se guiaba por el tacto. Como dato curioso, cuando dejó el escenario, el técnico tuvo que ir a buscarlo y guiarlo.

Y como si todo esto no fuera suficiente para provocar la inmersión necesaria, también recurren al uso de estimulación espiritual mediante gestos, rituales y hasta fragancias que esparcen por todo el lugar. Durante todo el show se pudo oler incienso, flores y diferentes perfumes que salían del escenario. Al final del concierto no arrojaron púas ni palillos, sino las flores que perfumaron el ambiente.

Volviendo a la lista, la segunda mitad del show contó con canciones de sus discos anteriores, las cuales, honestamente, fueron todas destacables. Pero si tengo que nombrar un par: la esperada y ritualística “Kali Ma”, la cruda y poderosa “Satan Mentor” y el final con una pieza instrumental poderosa y épica.

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