

25 de julio de 2025, O2 Academy, Glasgow. Apenas unas nubes cubrían el cielo vespertino cuando, poco antes de las 7 de la tarde, las puertas del legendario recinto se abrieron al público. La fila ya serpenteaba por la calle desde hace rato, conformada mayormente por fanáticos de mediana edad vestidos de negro, remeras de Iron Maiden, Judas Priest y, por supuesto, W.A.S.P. El ambiente, sin embargo, era más de celebración que de nostalgia: lo que nos esperaba esa noche no era un mero show de rock, sino un viaje directo al corazón de una época, al alma misma del heavy metal ochentero.
Al ingresar a la sala, me llamó la atención un detalle que pasaría desapercibido para muchos pero que, para los iniciados, es señal inequívoca de inminencia: el pie de micrófono de Blackie Lawless ya estaba plantado en el centro del escenario. Un esqueleto mecánico, tan emblemático como el propio cantante, que parecía observarnos en silencio, esperando el momento de despertar. Mientras me acercaba al área de iluminación para tomar algunas notas, le pregunté a un miembro del equipo de producción por el horario de salida de cada banda. Su respuesta fue tan directa como inesperada: “Esta noche es sólo W.A.S.P., arrancan a las 8.”
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: W.A.S.P. En Buenos Aires: “Un viaje directo a los ’80s”
Confieso que me tomó por sorpresa. El flyer promocional había prometido un “special guest”, aunque nunca se especificó quién sería. Algunos esperaban una banda local, otros sugerían nombres conjeturales en redes sociales. Pero en definitiva, eso pasó a segundo plano. Yo estaba allí por W.A.S.P., por ese disco debut de 1984 que aún me sacude el pecho cada vez que suena en mi equipo.
Poco antes de las 8, ya ubicado en el photo pit, un miembro del staff del O2 Academy tomó el micrófono para hacer un anuncio que fue recibido con abucheos: “Esta noche, queda estrictamente prohibido el crowd surfing”. Las quejas no se hicieron esperar, aunque la situación rozaba lo absurdo: con un promedio de edad que rondaba los cincuenta y una banda que, si bien incendiaria en sus letras y actitud, no suele provocar pogos salvajes ni multitudes flotantes, era difícil imaginar una avalancha de cuerpos sobrevolando el público.
A las 20:05, sin fuegos artificiales ni proyecciones excesivas, pero con una contundencia escénica que pocas bandas conservan tras cuatro décadas, W.A.S.P. tomó el escenario. El rugido fue inmediato, como un rugido colectivo que había estado retenido durante años. Y entonces, sin preámbulos, dispararon el primer misil: “I Wanna Be Somebody”. Le siguieron, sin dar respiro, “L.O.V.E. Machine” y “The Flame”. Tres himnos, tres mazazos directos al corazón.
Durante semanas me había contenido de ver videos de la gira. Quise llegar virgen, sin spoilers, dejando que la experiencia me golpeara de frente. A veces eso conlleva el riesgo de la decepción, pero esta vez fue una elección afortunada. Lo que vivió Glasgow esa noche fue una muestra de fuerza y entrega, un testimonio de que el tiempo puede atenuar ciertos aspectos, pero no borrar la pasión cuando ésta es auténtica. Blackie, con un registro ligeramente más grave que en los años mozos, demostró que su voz sigue siendo una de las más icónicas del heavy metal. No sólo por su potencia, sino por su carácter, esa mezcla de amenaza y lamento que tan bien define el alma de W.A.S.P.
La banda interpretó en orden y de forma completa su primer álbum, celebrando los 40 años desde su lanzamiento. Piezas como “Hellion”, “Sleeping (In the Fire)” o “School Daze” fueron recibidas con devoción. Cada nota, cada riff, era un regreso a 1984, pero sin caer en el ejercicio nostálgico vacío. Había vitalidad en cada gesto, y el público lo sabía. Las pantallas laterales mostraban primeros planos de un Blackie concentrado, dando todo desde su puesto central, flanqueado por Mike Duda y Doug Blair, que se movían con soltura y complicidad, y con Aquiles Priester a la batería marcando el pulso como un metrónomo infernal.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: 40 años del debut de W.A.S.P.: “La máquina de amor”
Terminada la interpretación del álbum completo, la banda se retiró por un breve instante, sólo para volver con dos ases bajo la manga: “Wild Child” y “Blind in Texas”, por sobre algunas joyas más. La primera, un himno a la rebeldía solitaria, sonó con una intensidad que hizo vibrar el suelo. La segunda, una celebración desquiciada que convirtió la sala en un carnaval texano. Fue, sin duda, el punto más alto de la noche. La audiencia cantó cada verso, cada estribillo, como si se tratara de un juramento colectivo. No había necesidad de más.
Al finalizar, el O2 Academy explotó en ovaciones. El recinto, completamente colmado, rebosaba una energía casi táctil. Las entradas habían estado agotadas desde hacía semanas, y cada persona allí presente sabía que había sido parte de algo especial. W.A.S.P. no sólo repasó un disco clave de su carrera, sino que lo revivió con una honestidad y fuerza dignas de su leyenda.
Blackie Lawless, a sus 70 años, sigue siendo el eje de un ritual que no ha perdido su sentido. Tal vez ya no haya sangre falsa ni pirañas en el escenario, pero la esencia sigue intacta: esa mezcla de teatralidad, contundencia y autenticidad que definió a una generación y que aún encuentra eco en nuevas camadas de oyentes.
Fue una noche sin trucos ni excesos, centrada en la música y en el legado. Una celebración sin maquillaje, pero con la fuerza de un grito que, cuarenta años después, sigue resonando con la misma furia. W.A.S.P. en Glasgow no fue una postal del pasado: fue la afirmación viva de que el metal, cuando es real, no envejece. Simplemente muta, se endurece y resiste. Como Blackie. Como nosotros.
Keep on headbangin’ motherfucker!


25 de julio de 2025, O2 Academy, Glasgow. Apenas unas nubes cubrían el cielo vespertino cuando, poco antes de las 7 de la tarde, las puertas del legendario recinto se abrieron al público. La fila ya serpenteaba por la calle desde hace rato, conformada mayormente por fanáticos de mediana edad vestidos de negro, remeras de Iron Maiden, Judas Priest y, por supuesto, W.A.S.P. El ambiente, sin embargo, era más de celebración que de nostalgia: lo que nos esperaba esa noche no era un mero show de rock, sino un viaje directo al corazón de una época, al alma misma del heavy metal ochentero.
Al ingresar a la sala, me llamó la atención un detalle que pasaría desapercibido para muchos pero que, para los iniciados, es señal inequívoca de inminencia: el pie de micrófono de Blackie Lawless ya estaba plantado en el centro del escenario. Un esqueleto mecánico, tan emblemático como el propio cantante, que parecía observarnos en silencio, esperando el momento de despertar. Mientras me acercaba al área de iluminación para tomar algunas notas, le pregunté a un miembro del equipo de producción por el horario de salida de cada banda. Su respuesta fue tan directa como inesperada: “Esta noche es sólo W.A.S.P., arrancan a las 8.”
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: W.A.S.P. En Buenos Aires: “Un viaje directo a los ’80s”
Confieso que me tomó por sorpresa. El flyer promocional había prometido un “special guest”, aunque nunca se especificó quién sería. Algunos esperaban una banda local, otros sugerían nombres conjeturales en redes sociales. Pero en definitiva, eso pasó a segundo plano. Yo estaba allí por W.A.S.P., por ese disco debut de 1984 que aún me sacude el pecho cada vez que suena en mi equipo.
Poco antes de las 8, ya ubicado en el photo pit, un miembro del staff del O2 Academy tomó el micrófono para hacer un anuncio que fue recibido con abucheos: “Esta noche, queda estrictamente prohibido el crowd surfing”. Las quejas no se hicieron esperar, aunque la situación rozaba lo absurdo: con un promedio de edad que rondaba los cincuenta y una banda que, si bien incendiaria en sus letras y actitud, no suele provocar pogos salvajes ni multitudes flotantes, era difícil imaginar una avalancha de cuerpos sobrevolando el público.
A las 20:05, sin fuegos artificiales ni proyecciones excesivas, pero con una contundencia escénica que pocas bandas conservan tras cuatro décadas, W.A.S.P. tomó el escenario. El rugido fue inmediato, como un rugido colectivo que había estado retenido durante años. Y entonces, sin preámbulos, dispararon el primer misil: “I Wanna Be Somebody”. Le siguieron, sin dar respiro, “L.O.V.E. Machine” y “The Flame”. Tres himnos, tres mazazos directos al corazón.
Durante semanas me había contenido de ver videos de la gira. Quise llegar virgen, sin spoilers, dejando que la experiencia me golpeara de frente. A veces eso conlleva el riesgo de la decepción, pero esta vez fue una elección afortunada. Lo que vivió Glasgow esa noche fue una muestra de fuerza y entrega, un testimonio de que el tiempo puede atenuar ciertos aspectos, pero no borrar la pasión cuando ésta es auténtica. Blackie, con un registro ligeramente más grave que en los años mozos, demostró que su voz sigue siendo una de las más icónicas del heavy metal. No sólo por su potencia, sino por su carácter, esa mezcla de amenaza y lamento que tan bien define el alma de W.A.S.P.
La banda interpretó en orden y de forma completa su primer álbum, celebrando los 40 años desde su lanzamiento. Piezas como “Hellion”, “Sleeping (In the Fire)” o “School Daze” fueron recibidas con devoción. Cada nota, cada riff, era un regreso a 1984, pero sin caer en el ejercicio nostálgico vacío. Había vitalidad en cada gesto, y el público lo sabía. Las pantallas laterales mostraban primeros planos de un Blackie concentrado, dando todo desde su puesto central, flanqueado por Mike Duda y Doug Blair, que se movían con soltura y complicidad, y con Aquiles Priester a la batería marcando el pulso como un metrónomo infernal.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: 40 años del debut de W.A.S.P.: “La máquina de amor”
Terminada la interpretación del álbum completo, la banda se retiró por un breve instante, sólo para volver con dos ases bajo la manga: “Wild Child” y “Blind in Texas”, por sobre algunas joyas más. La primera, un himno a la rebeldía solitaria, sonó con una intensidad que hizo vibrar el suelo. La segunda, una celebración desquiciada que convirtió la sala en un carnaval texano. Fue, sin duda, el punto más alto de la noche. La audiencia cantó cada verso, cada estribillo, como si se tratara de un juramento colectivo. No había necesidad de más.
Al finalizar, el O2 Academy explotó en ovaciones. El recinto, completamente colmado, rebosaba una energía casi táctil. Las entradas habían estado agotadas desde hacía semanas, y cada persona allí presente sabía que había sido parte de algo especial. W.A.S.P. no sólo repasó un disco clave de su carrera, sino que lo revivió con una honestidad y fuerza dignas de su leyenda.
Blackie Lawless, a sus 70 años, sigue siendo el eje de un ritual que no ha perdido su sentido. Tal vez ya no haya sangre falsa ni pirañas en el escenario, pero la esencia sigue intacta: esa mezcla de teatralidad, contundencia y autenticidad que definió a una generación y que aún encuentra eco en nuevas camadas de oyentes.
Fue una noche sin trucos ni excesos, centrada en la música y en el legado. Una celebración sin maquillaje, pero con la fuerza de un grito que, cuarenta años después, sigue resonando con la misma furia. W.A.S.P. en Glasgow no fue una postal del pasado: fue la afirmación viva de que el metal, cuando es real, no envejece. Simplemente muta, se endurece y resiste. Como Blackie. Como nosotros.
Keep on headbangin’ motherfucker!