


La cita en la Sala Wolf no fue un simple concierto de guitarra, sino un despliegue de maestría y sensibilidad que arrancó con la elegancia innata de Pedro Javier González. El guitarrista barcelonés, armado únicamente con su guitarra española con cuerdas de nylon, logró lo que parecía impensable en una sala habituada al rugido del rock: imponer un silencio absoluto y reverencial desde el primer arpegio. Su set fue un viaje hipnótico por los linderos del flamenco fusión y el jazz, donde destacan composiciones propias como “Amanecer”, una pieza que evoca paisajes mediterráneos con una sutileza técnica abrumadora. Pero el momento en que terminó de meterse al público en el bolsillo llegó con sus ya icónicas adaptaciones de clásicos. En sus manos, himnos del rock abandonan los amplificadores para cobrar una nueva dimensión rítmica, demostrando que el «duende» no entiende de géneros, sino de alma.
Desde que se apagaron las luces y sonaron los primeros compases de “Reclaiming My Time”, ya se intuía que aquello iba a ser algo especial. No fue un inicio explosivo, sino todo lo contrario: una entrada elegante, casi íntima, como si Andy Timmons te invitara poco a poco a su mundo. Y cuando enlazó con “Six FM”, la atmósfera ya estaba completamente creada: ese equilibrio entre calma, emoción y expectativa que te mantiene con la piel de gallina sin saber muy bien por qué.
Entonces llegó “Deliver Us” y ahí sí… ahí todo explotó. Fue el primer gran golpe emocional de la noche. Andy, con esa sonrisa eterna y esa tranquilidad que desarma, empezó a dejar frases que no parecían tocadas, sino sentidas en tiempo real. Su Ibanez AT no era un instrumento, era una voz. Y lo mejor es que nunca estaba solo.
Porque si algo quedó claro durante toda la noche es que esto no va solo de Andy Timmons. Mike Daane y Rob Avsharian no son acompañantes, son parte esencial de la magia. Mike, con el bajo, construía un suelo firme pero a la vez lleno de matices; no se limitaba a seguir, dialogaba constantemente con Andy, rellenando huecos, aportando melodía, haciendo que todo sonara más grande. Y Rob… qué barbaridad. Su forma de tocar es puro equilibrio: tiene pegada cuando hace falta, pero también una sensibilidad brutal para sostener los momentos más delicados sin romperlos. Es el tipo de batería que no invade, pero lo llena todo.
“Helipad” y el bloque de “Elegy for Jeff/Recovery” bajaron las revoluciones para llevarnos a un terreno mucho más emocional. El homenaje a Jeff Beck fue uno de esos momentos que se te quedan dentro. Andy tocando con los ojos cerrados, completamente metido en lo que estaba haciendo, dejando que cada nota respirara… y la banda acompañando con un respeto casi reverencial. Nadie hablaba. Nadie se movía. Era como si toda la sala entendiera que estaba pasando algo importante.
Con “Love > Hate” volvieron a crecer las dinámicas, y ahí se notó lo bien engrasada que está la banda. Cada cambio, cada acento, cada silencio estaba perfectamente colocado, pero sin perder frescura. Después, “Winterland” nos sumergió en ese estado hipnótico tan característico de Andy, donde el tiempo parece ir más lento, y “Strawberry Fields” fue directamente un regalo al alma: delicada, emotiva, llena de respeto por la original de los de Liverpool pero totalmente llevada a su terreno.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Weather Systems en Buenos Aires: “Conectando el pasado con el presente”
“Take Me With You” fue otro de esos momentos de conexión pura con el público, de esos en los que miras alrededor y ves a la gente completamente metida, dejándose llevar ante la única pieza interpretada por Timmons al micro . Y justo cuando parecía que todo iba a seguir por ese camino más introspectivo, la banda decidió cambiar el guión: “Super 70’s” y “Pink Champagne” trajeron el groove, la sonrisa y el rollo más desenfadado. Aquí se vio a los tres disfrutando de verdad, mirándose, jugando, dejándose llevar. Fue imposible no moverse.
“Opener Day Begins” sirvió como ese pequeño respiro necesario antes de uno de los momentos más mágicos de la noche: “Duende”. La aparición de Pedro Javier González fue simplemente increíble. La mezcla de la guitarra de Andy con el toque flamenco creó algo que no parecía preparado, sino vivido. Dos mundos distintos encontrándose en un punto común con una naturalidad que ponía los pelos de punta. La sala entera en silencio absoluto, completamente hipnotizada.
Después llegó “Bohemian Rhapsody”, recibida con una mezcla de sorpresa y emoción colectiva, y justo a continuación el solo de bajo de Mike Daane. Y vaya solo. Ahí demostró que no solo es un pilar, sino un músico con una personalidad brutal. Groove, técnica, musicalidad… todo con un gusto exquisito. Fue uno de esos momentos que hacen que valores aún más lo que aporta a la banda.
Y entonces, sin dar demasiado margen para respirar, llegó la recta final. “Electric Gypsy” fue una descarga de energía tremenda. La banda completamente desatada, el público entregado, todo en su punto más alto. Y como broche final, “Cry for You”. No podía haber mejor cierre. Emoción, intensidad, conexión total. Andy exprimió cada nota como si fuera la última, y la banda estuvo ahí, sosteniendo ese final con una fuerza increíble.
Cuando todo terminó, no hubo sensación de “fin de concierto”. Había algo más. Esa sensación de haber vivido algo auténtico, honesto. Porque Andy Timmons no impresiona por tocar rápido o por demostrar técnica —que la tiene, y de sobra—, sino por algo mucho más difícil: por hacerte sentir. Y junto a Mike Daane y Rob Avsharian, consigue algo que muy pocas bandas logran: convertir cada canción en una experiencia.



La cita en la Sala Wolf no fue un simple concierto de guitarra, sino un despliegue de maestría y sensibilidad que arrancó con la elegancia innata de Pedro Javier González. El guitarrista barcelonés, armado únicamente con su guitarra española con cuerdas de nylon, logró lo que parecía impensable en una sala habituada al rugido del rock: imponer un silencio absoluto y reverencial desde el primer arpegio. Su set fue un viaje hipnótico por los linderos del flamenco fusión y el jazz, donde destacan composiciones propias como “Amanecer”, una pieza que evoca paisajes mediterráneos con una sutileza técnica abrumadora. Pero el momento en que terminó de meterse al público en el bolsillo llegó con sus ya icónicas adaptaciones de clásicos. En sus manos, himnos del rock abandonan los amplificadores para cobrar una nueva dimensión rítmica, demostrando que el «duende» no entiende de géneros, sino de alma.
Desde que se apagaron las luces y sonaron los primeros compases de “Reclaiming My Time”, ya se intuía que aquello iba a ser algo especial. No fue un inicio explosivo, sino todo lo contrario: una entrada elegante, casi íntima, como si Andy Timmons te invitara poco a poco a su mundo. Y cuando enlazó con “Six FM”, la atmósfera ya estaba completamente creada: ese equilibrio entre calma, emoción y expectativa que te mantiene con la piel de gallina sin saber muy bien por qué.
Entonces llegó “Deliver Us” y ahí sí… ahí todo explotó. Fue el primer gran golpe emocional de la noche. Andy, con esa sonrisa eterna y esa tranquilidad que desarma, empezó a dejar frases que no parecían tocadas, sino sentidas en tiempo real. Su Ibanez AT no era un instrumento, era una voz. Y lo mejor es que nunca estaba solo.
Porque si algo quedó claro durante toda la noche es que esto no va solo de Andy Timmons. Mike Daane y Rob Avsharian no son acompañantes, son parte esencial de la magia. Mike, con el bajo, construía un suelo firme pero a la vez lleno de matices; no se limitaba a seguir, dialogaba constantemente con Andy, rellenando huecos, aportando melodía, haciendo que todo sonara más grande. Y Rob… qué barbaridad. Su forma de tocar es puro equilibrio: tiene pegada cuando hace falta, pero también una sensibilidad brutal para sostener los momentos más delicados sin romperlos. Es el tipo de batería que no invade, pero lo llena todo.
“Helipad” y el bloque de “Elegy for Jeff/Recovery” bajaron las revoluciones para llevarnos a un terreno mucho más emocional. El homenaje a Jeff Beck fue uno de esos momentos que se te quedan dentro. Andy tocando con los ojos cerrados, completamente metido en lo que estaba haciendo, dejando que cada nota respirara… y la banda acompañando con un respeto casi reverencial. Nadie hablaba. Nadie se movía. Era como si toda la sala entendiera que estaba pasando algo importante.
Con “Love > Hate” volvieron a crecer las dinámicas, y ahí se notó lo bien engrasada que está la banda. Cada cambio, cada acento, cada silencio estaba perfectamente colocado, pero sin perder frescura. Después, “Winterland” nos sumergió en ese estado hipnótico tan característico de Andy, donde el tiempo parece ir más lento, y “Strawberry Fields” fue directamente un regalo al alma: delicada, emotiva, llena de respeto por la original de los de Liverpool pero totalmente llevada a su terreno.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Weather Systems en Buenos Aires: “Conectando el pasado con el presente”
“Take Me With You” fue otro de esos momentos de conexión pura con el público, de esos en los que miras alrededor y ves a la gente completamente metida, dejándose llevar ante la única pieza interpretada por Timmons al micro . Y justo cuando parecía que todo iba a seguir por ese camino más introspectivo, la banda decidió cambiar el guión: “Super 70’s” y “Pink Champagne” trajeron el groove, la sonrisa y el rollo más desenfadado. Aquí se vio a los tres disfrutando de verdad, mirándose, jugando, dejándose llevar. Fue imposible no moverse.
“Opener Day Begins” sirvió como ese pequeño respiro necesario antes de uno de los momentos más mágicos de la noche: “Duende”. La aparición de Pedro Javier González fue simplemente increíble. La mezcla de la guitarra de Andy con el toque flamenco creó algo que no parecía preparado, sino vivido. Dos mundos distintos encontrándose en un punto común con una naturalidad que ponía los pelos de punta. La sala entera en silencio absoluto, completamente hipnotizada.
Después llegó “Bohemian Rhapsody”, recibida con una mezcla de sorpresa y emoción colectiva, y justo a continuación el solo de bajo de Mike Daane. Y vaya solo. Ahí demostró que no solo es un pilar, sino un músico con una personalidad brutal. Groove, técnica, musicalidad… todo con un gusto exquisito. Fue uno de esos momentos que hacen que valores aún más lo que aporta a la banda.
Y entonces, sin dar demasiado margen para respirar, llegó la recta final. “Electric Gypsy” fue una descarga de energía tremenda. La banda completamente desatada, el público entregado, todo en su punto más alto. Y como broche final, “Cry for You”. No podía haber mejor cierre. Emoción, intensidad, conexión total. Andy exprimió cada nota como si fuera la última, y la banda estuvo ahí, sosteniendo ese final con una fuerza increíble.
Cuando todo terminó, no hubo sensación de “fin de concierto”. Había algo más. Esa sensación de haber vivido algo auténtico, honesto. Porque Andy Timmons no impresiona por tocar rápido o por demostrar técnica —que la tiene, y de sobra—, sino por algo mucho más difícil: por hacerte sentir. Y junto a Mike Daane y Rob Avsharian, consigue algo que muy pocas bandas logran: convertir cada canción en una experiencia.













