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Call of the Crow 2026 – Día 2: “Cuando las llamas cerraron el círculo”
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Tras un increíble primer día y una noche marcada por la lluvia, regresé a Pealie’s Barn para afrontar la segunda jornada de Call of the Crow. Desde primera hora ya podían verse grupos de asistentes recorriendo la zona de acampada, café en mano, compartiendo conversaciones y preparándose para una nueva jornada de música extrema en el corazón de North Yorkshire.

Antes de que se abrieran las puertas del escenario principal, el Courtyard, tuve la oportunidad de entrevistar a Rebecca, la persona que dio vida a este festival. Durante nuestra charla hablamos de su visión para Call of the Crow, de los elementos que considera fundamentales para su éxito y de los planes de futuro para un evento que continúa creciendo con paso firme. La entrevista estará disponible próximamente tanto en nuestra web como en YouTube, por lo que, si queréis conocer más sobre el presente y el futuro del festival, no os la podéis perder.

Antes de que comenzara la acción del segundo día, tuve que enfrentarme a una decisión sorprendentemente complicada: pedir pizza o tacos. Tras debatirlo durante al menos diez minutos, terminé optando por los tacos, una elección de la que no me arrepiento en absoluto, aunque confieso que me quedé con ganas de probar la pizza. También merece la pena destacar que tanto los precios de la comida como los de la bebida, incluido el alcohol, resultaron muy razonables para los estándares del Reino Unido, especialmente teniendo en cuenta que nos encontrábamos en una granja alejada de cualquier otra alternativa cercana. Con el estómago lleno y la cámara preparada, era momento de ponerse a trabajar. Esta vez directamente en el Courtyard, ya que el Longhall no sería utilizado durante la segunda jornada.

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Abriendo el segundo día de Call of the Crow era el turno de Their Last Stop. Procedentes de Irlanda, la banda presentó una contundente propuesta de metal extremo cargada de intensidad y agresividad. Desde el mismo instante en que subieron al escenario, la energía que desprendían era palpable y prácticamente arrolladora. Cabe mencionar que hubo algunos inconvenientes de sonido relacionados con una de las guitarras, pero el grupo continuó adelante sin mostrar la menor señal de desconcierto, demostrando una gran profesionalidad y evitando que los problemas técnicos afectaran a su actuación.

Transportándonos miles de años atrás, hasta los tiempos del Paleolítico y el Neolítico, Wyrdstaef comenzó su ritual sobre el escenario evocando las historias y tradiciones de nuestros ancestros más remotos. Sus cánticos, la percusión, la vestimenta ceremonial y cada uno de sus movimientos parecían cuidadosamente diseñados para generar una conexión profunda con la audiencia, una experiencia que iba mucho más allá de la propia música. Tras esa introducción inmersiva, la banda estalló en una descarga de agresividad extrema y la actuación terminó convirtiéndose en un auténtico trance colectivo, una comunión entre músicos y espectadores unida por el ritmo y la atmósfera.

Con Old Corpse Road, el viaje continuó hacia el medievo británico y el rico universo de leyendas y folclore que inspira gran parte de su obra. Con seis músicos ocupando prácticamente la totalidad del escenario, la banda desplegó una presencia imponente. A pesar de no contar con su vocalista habitual, el cantante sustituto realizó un trabajo fenomenal, aportando una voz poderosa y convincente.

Si durante la primera jornada el sonido había sido prácticamente impecable, Old Corpse Road fue la segunda banda del día en enfrentarse a dificultades técnicas. En esta ocasión, los problemas surgieron con los monitores de retorno, llegando incluso a verse obligados a detener una canción a mitad de ejecución al no poder escucharse entre ellos. Afortunadamente, la incidencia se resolvió rápidamente y pudieron continuar con el concierto sin más interrupciones. Lo que más me impresionó fueron las armonías generadas por las tres voces, un recurso que aportaba una enorme profundidad y riqueza a unas composiciones ya de por sí muy atmosféricas.

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Siempre pensé que era una persona dada a soltar bastantes insultos, pero ver a Burial sobre el escenario fue toda una lección de humildad. Creo sinceramente que nunca había escuchado la palabra “cunt” tantas veces en tan poco tiempo. Más allá de las bromas, la brutalidad de su blackened thrash fue recibida con entusiasmo por los asistentes. La banda supo conducir al público a la perfección, dejando patente la experiencia acumulada por sus integrantes a lo largo de los años y en sus diferentes proyectos musicales.

Uno de los momentos más singulares de toda la segunda jornada llegó cuando Helin, de Ash Magick, apareció sola sobre el escenario, acompañada únicamente de su guitarra y algunos sintetizadores. Antes de su actuación tuve la oportunidad de conversar brevemente con ella y me confesó estar bastante nerviosa, ya que era la primera vez que viajaba al Reino Unido y, por supuesto, la primera vez que actuaba allí.

Sin embargo, en cuanto se colgó la guitarra al hombro, cualquier rastro de nervios desapareció. Su interpretación nos transportó directamente a los orígenes más primitivos del black metal, con una propuesta cruda, violenta y absolutamente desprovista de artificios. No había nada más que su música, su presencia y una ejecución llena de confianza. El público permaneció prácticamente inmóvil y en silencio, completamente hipnotizado, con todas las miradas dirigidas hacia el escenario.

Cuando Black Altar tomó posición en el Courtyard, quedó claro que no se trataba simplemente de un concierto. En el centro del escenario se había preparado un altar ceremonial compuesto por calaveras, candelabros con velas negras, incienso y una figura de Baphomet. Antes incluso de interpretar una sola nota, el vocalista fue encendiendo las velas una por una, como si estuviera abriendo las puertas a un ritual oscuro.

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Cada integrante proyectaba una presencia imponente. Shadow destacaba especialmente gracias a su túnica negra, su collar compuesto por huesos y su elaborado corpse paint, mientras que el vocalista aparecía cubierto de sangre y oculto tras una máscara. Tras las tres primeras canciones se produjo un cambio de cantante, incorporándose un nuevo frontman con una estética mucho más tradicional dentro del black metal: corpse paint, muñequeras repletas de clavos y un detalle que me llamó especialmente la atención, una rata blanca atravesada por un gancho a modo de anzuelo colgando de su cintura. Sin duda, la actuación de Black Altar fue una de mis favoritas de todo el segundo día de Call of the Crow.

Si hubo una banda que dominó el escenario de principio a fin, esa fue Trivax. Shayan, con su característica cadena colgando del cuello y una simple camiseta sin mangas blanca, se adueñó completamente del Courtyard. Fundada en Teherán, Irán, hace ya diecisiete años, Trivax ha tenido que enfrentarse a situaciones que muchas veces aquello que catalogamos como “primer mundo” ni siquiera llega a imaginar. Solo por ello resulta imposible no sentir admiración por el camino recorrido por Shayan y por todo lo que ha conseguido construir junto a la banda. Sin embargo, sería injusto centrar toda la atención únicamente en él. El resto de los músicos desempeñó un papel fundamental para convertir el concierto en una auténtica demostración de fuerza. Con la reciente incorporación de Abbatoir a la guitarra, Trivax presenta una formación sólida y un sonido en directo absolutamente demoledor.

Ya entrada la noche, llegó el momento de descender al inframundo junto a Necronautical. Esta era la segunda ocasión en la que tenía la oportunidad de verlos en directo y volvieron a sorprenderme de la misma manera que la primera vez. Su capacidad para construir atmósferas y transportar emocionalmente al espectador es extraordinaria. Cada canción parece abrir una nueva puerta, conducir hacia un nuevo paisaje y despertar sensaciones diferentes, transformando el concierto en una auténtica expedición por territorios desconocidos.

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Toda esa experiencia se ve reforzada por una cuidada puesta en escena. Los músicos aparecen vestidos con indumentarias inspiradas en antiguos marineros, complementadas con corpse paint y otros elementos visuales que fortalecen la narrativa de su actuación. Puedo decir con total sinceridad que fue la banda que más logró hacerme olvidar todo lo que me rodeaba. Durante su actuación desaparecieron las preocupaciones, desapareció el entorno y solo quedó la experiencia musical. Y eso es precisamente lo que más disfruto de la música: cuando consigue arrancarte de la realidad y llevarte a otra completamente distinta.

Finalmente llegó el turno de Owls Woods Graves y, con ellos, el cierre musical de Call of the Crow 2026. Desde el mismo instante en que aparecieron sobre el escenario, el espacio frente al Courtyard ya estaba completamente abarrotado, con todos los presentes preparados para desatar el caos que inevitablemente acompaña a Owls Woods Graves. Como fotógrafo, aunque situaciones así siempre implican cierto riesgo para el equipo, hay algo especial en encontrarse en medio de la tormenta, formando parte de ella. Esa sensación de energía desatada, de movimiento constante y de absoluta imprevisibilidad es algo que me hace sentir vivo. Y eso fue exactamente lo que ofreció Owls Woods Graves.

El punk posee una energía imposible de ignorar, una fuerza que invita a saltar, bailar y perder cualquier inhibición. Cuando esa energía se fusiona con el black metal, el resultado puede ser algo realmente especial. Y vaya si estos músicos saben sacar todo eso a la superficie. El pogo que se formó frente al escenario fue uno de los momentos más memorables de todo el festival. No perdió intensidad ni un solo segundo y llegó hasta el punto de que uno de los miembros de seguridad de Pealie’s Barn decidió unirse y ser parte de la celebración.

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Cuando sonaron los acordes de Antichristian Hooligan, ya observando la escena desde una posición algo más alejada, resultó impresionante ver cómo numerosas bufandas con el nombre de la canción se alzaban por encima de la multitud. Fue una imagen que reflejaba perfectamente la conexión existente entre la banda y sus seguidores. Y sinceramente, fue una suerte que Owls Woods Graves fueran los encargados de cerrar el festival, porque después de los cuarenta y cinco minutos de absoluta entrega que ofrecieron, resultaba difícil imaginar que alguien pudiera haber conservado energía para una actuación más.

Pero la historia de esta segunda edición aún no había terminado.

Este año, Rebecca y Paul, de NeCrow Events, organizaron una ceremonia del fuego destinada a poner el broche final a Call of the Crow. Tras la actuación de Owls Woods Graves, todos los asistentes se dirigieron hacia la entrada del recinto, donde los integrantes de Wyrdstaef junto a una bailarina fueron los encargados de liderar el ritual de clausura.

Después de una impresionante danza con fuego, Shaman, vocalista de Wyrdstaef, compartió unas palabras con los presentes para explicar el significado de la ceremonia. Habló del fuego como símbolo de transformación, renacimiento, purificación y cambio. Los 250 asistentes al festival habíamos recibido un pequeño token de madera grabado al ingresar por primera vez al recinto el viernes. Ahora llegaba el momento de decidir qué hacer con él.

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Cada persona podía arrojar su token a las llamas por el motivo que considerara oportuno. Para algunos podía representar un cierre, para otros un nuevo comienzo, una despedida o una transformación personal. Tras ello, Shaman marcaba ritualmente el rostro de cada participante, completando la experiencia.

Fue un momento profundamente especial, íntimo y difícil de comparar con cualquier otro festival al que haya asistido. Si la primera edición de Call of the Crow logró diferenciarse por su personalidad y su atmósfera, esta ceremonia terminó por consolidar esa identidad de forma definitiva.

Poder formar parte de algo así es un privilegio. Por eso quiero agradecer a todos los que hicieron posible este evento: organizadores, bandas, personal técnico, responsables de merchandising, voluntarios y, por supuesto, al público. Nada de esto existiría sin cada una de esas personas.

Si la primera edición fue forjada bajo una tormenta, la segunda quedó sellada con fuego. Con llamas elevándose hacia la noche y una comunidad reunida en torno a ellas, Call of the Crow terminó demostrando que es mucho más que un festival. Es una experiencia construida por la pasión, la amistad y la música. Y después de vivirlo una vez más, estoy convencido de que ha llegado para quedarse.

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Call of the Crow 2026 – Día 2: “Cuando las llamas cerraron el círculo”
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Tras un increíble primer día y una noche marcada por la lluvia, regresé a Pealie’s Barn para afrontar la segunda jornada de Call of the Crow. Desde primera hora ya podían verse grupos de asistentes recorriendo la zona de acampada, café en mano, compartiendo conversaciones y preparándose para una nueva jornada de música extrema en el corazón de North Yorkshire.

Antes de que se abrieran las puertas del escenario principal, el Courtyard, tuve la oportunidad de entrevistar a Rebecca, la persona que dio vida a este festival. Durante nuestra charla hablamos de su visión para Call of the Crow, de los elementos que considera fundamentales para su éxito y de los planes de futuro para un evento que continúa creciendo con paso firme. La entrevista estará disponible próximamente tanto en nuestra web como en YouTube, por lo que, si queréis conocer más sobre el presente y el futuro del festival, no os la podéis perder.

Antes de que comenzara la acción del segundo día, tuve que enfrentarme a una decisión sorprendentemente complicada: pedir pizza o tacos. Tras debatirlo durante al menos diez minutos, terminé optando por los tacos, una elección de la que no me arrepiento en absoluto, aunque confieso que me quedé con ganas de probar la pizza. También merece la pena destacar que tanto los precios de la comida como los de la bebida, incluido el alcohol, resultaron muy razonables para los estándares del Reino Unido, especialmente teniendo en cuenta que nos encontrábamos en una granja alejada de cualquier otra alternativa cercana. Con el estómago lleno y la cámara preparada, era momento de ponerse a trabajar. Esta vez directamente en el Courtyard, ya que el Longhall no sería utilizado durante la segunda jornada.

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Abriendo el segundo día de Call of the Crow era el turno de Their Last Stop. Procedentes de Irlanda, la banda presentó una contundente propuesta de metal extremo cargada de intensidad y agresividad. Desde el mismo instante en que subieron al escenario, la energía que desprendían era palpable y prácticamente arrolladora. Cabe mencionar que hubo algunos inconvenientes de sonido relacionados con una de las guitarras, pero el grupo continuó adelante sin mostrar la menor señal de desconcierto, demostrando una gran profesionalidad y evitando que los problemas técnicos afectaran a su actuación.

Transportándonos miles de años atrás, hasta los tiempos del Paleolítico y el Neolítico, Wyrdstaef comenzó su ritual sobre el escenario evocando las historias y tradiciones de nuestros ancestros más remotos. Sus cánticos, la percusión, la vestimenta ceremonial y cada uno de sus movimientos parecían cuidadosamente diseñados para generar una conexión profunda con la audiencia, una experiencia que iba mucho más allá de la propia música. Tras esa introducción inmersiva, la banda estalló en una descarga de agresividad extrema y la actuación terminó convirtiéndose en un auténtico trance colectivo, una comunión entre músicos y espectadores unida por el ritmo y la atmósfera.

Con Old Corpse Road, el viaje continuó hacia el medievo británico y el rico universo de leyendas y folclore que inspira gran parte de su obra. Con seis músicos ocupando prácticamente la totalidad del escenario, la banda desplegó una presencia imponente. A pesar de no contar con su vocalista habitual, el cantante sustituto realizó un trabajo fenomenal, aportando una voz poderosa y convincente.

Si durante la primera jornada el sonido había sido prácticamente impecable, Old Corpse Road fue la segunda banda del día en enfrentarse a dificultades técnicas. En esta ocasión, los problemas surgieron con los monitores de retorno, llegando incluso a verse obligados a detener una canción a mitad de ejecución al no poder escucharse entre ellos. Afortunadamente, la incidencia se resolvió rápidamente y pudieron continuar con el concierto sin más interrupciones. Lo que más me impresionó fueron las armonías generadas por las tres voces, un recurso que aportaba una enorme profundidad y riqueza a unas composiciones ya de por sí muy atmosféricas.

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Uno de los momentos más singulares de toda la segunda jornada llegó cuando Helin, de Ash Magick, apareció sola sobre el escenario, acompañada únicamente de su guitarra y algunos sintetizadores. Antes de su actuación tuve la oportunidad de conversar brevemente con ella y me confesó estar bastante nerviosa, ya que era la primera vez que viajaba al Reino Unido y, por supuesto, la primera vez que actuaba allí.

Sin embargo, en cuanto se colgó la guitarra al hombro, cualquier rastro de nervios desapareció. Su interpretación nos transportó directamente a los orígenes más primitivos del black metal, con una propuesta cruda, violenta y absolutamente desprovista de artificios. No había nada más que su música, su presencia y una ejecución llena de confianza. El público permaneció prácticamente inmóvil y en silencio, completamente hipnotizado, con todas las miradas dirigidas hacia el escenario.

Cuando Black Altar tomó posición en el Courtyard, quedó claro que no se trataba simplemente de un concierto. En el centro del escenario se había preparado un altar ceremonial compuesto por calaveras, candelabros con velas negras, incienso y una figura de Baphomet. Antes incluso de interpretar una sola nota, el vocalista fue encendiendo las velas una por una, como si estuviera abriendo las puertas a un ritual oscuro.

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Si hubo una banda que dominó el escenario de principio a fin, esa fue Trivax. Shayan, con su característica cadena colgando del cuello y una simple camiseta sin mangas blanca, se adueñó completamente del Courtyard. Fundada en Teherán, Irán, hace ya diecisiete años, Trivax ha tenido que enfrentarse a situaciones que muchas veces aquello que catalogamos como “primer mundo” ni siquiera llega a imaginar. Solo por ello resulta imposible no sentir admiración por el camino recorrido por Shayan y por todo lo que ha conseguido construir junto a la banda. Sin embargo, sería injusto centrar toda la atención únicamente en él. El resto de los músicos desempeñó un papel fundamental para convertir el concierto en una auténtica demostración de fuerza. Con la reciente incorporación de Abbatoir a la guitarra, Trivax presenta una formación sólida y un sonido en directo absolutamente demoledor.

Ya entrada la noche, llegó el momento de descender al inframundo junto a Necronautical. Esta era la segunda ocasión en la que tenía la oportunidad de verlos en directo y volvieron a sorprenderme de la misma manera que la primera vez. Su capacidad para construir atmósferas y transportar emocionalmente al espectador es extraordinaria. Cada canción parece abrir una nueva puerta, conducir hacia un nuevo paisaje y despertar sensaciones diferentes, transformando el concierto en una auténtica expedición por territorios desconocidos.

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Finalmente llegó el turno de Owls Woods Graves y, con ellos, el cierre musical de Call of the Crow 2026. Desde el mismo instante en que aparecieron sobre el escenario, el espacio frente al Courtyard ya estaba completamente abarrotado, con todos los presentes preparados para desatar el caos que inevitablemente acompaña a Owls Woods Graves. Como fotógrafo, aunque situaciones así siempre implican cierto riesgo para el equipo, hay algo especial en encontrarse en medio de la tormenta, formando parte de ella. Esa sensación de energía desatada, de movimiento constante y de absoluta imprevisibilidad es algo que me hace sentir vivo. Y eso fue exactamente lo que ofreció Owls Woods Graves.

El punk posee una energía imposible de ignorar, una fuerza que invita a saltar, bailar y perder cualquier inhibición. Cuando esa energía se fusiona con el black metal, el resultado puede ser algo realmente especial. Y vaya si estos músicos saben sacar todo eso a la superficie. El pogo que se formó frente al escenario fue uno de los momentos más memorables de todo el festival. No perdió intensidad ni un solo segundo y llegó hasta el punto de que uno de los miembros de seguridad de Pealie’s Barn decidió unirse y ser parte de la celebración.

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Pero la historia de esta segunda edición aún no había terminado.

Este año, Rebecca y Paul, de NeCrow Events, organizaron una ceremonia del fuego destinada a poner el broche final a Call of the Crow. Tras la actuación de Owls Woods Graves, todos los asistentes se dirigieron hacia la entrada del recinto, donde los integrantes de Wyrdstaef junto a una bailarina fueron los encargados de liderar el ritual de clausura.

Después de una impresionante danza con fuego, Shaman, vocalista de Wyrdstaef, compartió unas palabras con los presentes para explicar el significado de la ceremonia. Habló del fuego como símbolo de transformación, renacimiento, purificación y cambio. Los 250 asistentes al festival habíamos recibido un pequeño token de madera grabado al ingresar por primera vez al recinto el viernes. Ahora llegaba el momento de decidir qué hacer con él.

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Fue un momento profundamente especial, íntimo y difícil de comparar con cualquier otro festival al que haya asistido. Si la primera edición de Call of the Crow logró diferenciarse por su personalidad y su atmósfera, esta ceremonia terminó por consolidar esa identidad de forma definitiva.

Poder formar parte de algo así es un privilegio. Por eso quiero agradecer a todos los que hicieron posible este evento: organizadores, bandas, personal técnico, responsables de merchandising, voluntarios y, por supuesto, al público. Nada de esto existiría sin cada una de esas personas.

Si la primera edición fue forjada bajo una tormenta, la segunda quedó sellada con fuego. Con llamas elevándose hacia la noche y una comunidad reunida en torno a ellas, Call of the Crow terminó demostrando que es mucho más que un festival. Es una experiencia construida por la pasión, la amistad y la música. Y después de vivirlo una vez más, estoy convencido de que ha llegado para quedarse.

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