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La Renga en Copenhague: “Banquete Vikingo”

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Rata Blanca en Málaga: “Los guerreros incombustibles del metal latinoamericano”

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Opal In Sky en Barcelona: “La virtud de juntar un fenómeno de redes sociales con la escena local”

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Megadeth en Valencia: “Exhibición demoledora”

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Opal in Sky en Madrid: “Sudor, bleghs! y pogos buenrolleros”

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El Death/Doom nació como un subgénero de nicho. Es la verdad. Nunca fue excesivamente popular ni atrapante para las grandes audiencias. Si bien es cierto que supo tener su momento […]

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Raven, el trío de Newcastle, liderado por John y Mark Gallagher, llevan la friolera de cincuenta y dos años prácticamente ininterrumpidos de discos y giras, en una de ellas fueron […]


Candlemass en Roskilde: “Cuarenta años de oscuridad y vigencia”
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Hay géneros que no alcanzan la masividad, pero sí una buena cantidad de fans como para que la escena pueda subsistir. En el caso del Doom Metal, es un género con muchas vertientes y una gran cantidad de adeptos en general. Este tipo de estilos suelen ser llamados “de culto”, ya que únicamente llegan a oídos de gente con el gusto adecuado para disfrutarlos. Una de las bandas más importantes de este género es Candlemass, quienes agregaron al estilo un tono teatral, sumado a letras épicas sobre magia negra, hechiceros y demonios. Esto gracias a álbumes clásicos como Nightfall y Epicus Doomicus Metallicus.

En esta oportunidad pudimos verlos en vivo, en el marco de su gira de 40 aniversario. El concierto se llevó a cabo en Gimle, hermosa sala con capacidad para 500 asistentes situada en la antigua capital danesa, Roskilde. A 30 kilómetros de Copenhague, la pequeña ciudad alberga iglesias con tesoros de los antiguos reyes vikingos y también un museo de barcos vikingos encontrados en sus costas.

El concierto comenzó demorado, pero eso no evitó que el entusiasmo por el acto soporte disminuyera. Estos fueron los daneses de Blazing Eternity, quienes en su carrera recorrieron estilos como el death/doom y el gothic rock. El sonido fue sólido y contundente, con la batería y el bajo marcando un ritmo firme y poderoso, con notas bien graves, como el género lo necesita. Las guitarras y el teclado aportaron la belleza característica del estilo, con melodías melancólicas y tristes, de esas conmovedoras que llegan al corazón. La voz era un gutural grave y sencillo, bien al estilo del primer My Dying Bride y del primer Paradise Lost, claras influencias del conjunto.

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Tras una presentación de unos 45 minutos, los locales se retiraron aplaudidos tanto por los fans que tenían entre el público como por los que ganaron tras una excelente actuación.

Llegó la hora del plato principal, por lo que la introducción de la marcha fúnebre musicalizó la entrada del grupo. Esta dio paso a su clásica “Bewitched”, puntapié inicial para un show que ya prometía. Desde el comienzo se apreciaba que el sonido era perfecto. Con la batería en el centro, se pudo escuchar con claridad cada golpe y arreglo. También, bien al frente, el bajo, corazón de Candlemass. Las canciones se fueron articulando según los riffs y las melodías del gran Leif Edling, principal compositor. El bajo sonó crujiente y poderoso.

Las guitarras se encontraban por encima en la mezcla, bien diferenciadas ambas. La guitarra rítmica acompañaba al bajo, mientras que la principal iba coloreando las canciones. El guitarrista principal, Lars Johansson, brilló en sus solos: cada uno era preciso, sin ninguna nota de más y con la duración justa. El vocalista Johan Längquist gozó de un buen sonido. Su performance fue muy buena y carismática, aunque se notaron algunos signos de cansancio y/o de la edad.

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El público, que agotó el recinto, festejó todas las canciones con gran entusiasmo: cantando las melodías de guitarra, haciendo palmas y levantando los puños en alto al lento ritmo de la batería. La lista de canciones estuvo compuesta por clásicos de su etapa ochentera, con la excepción de “Sweet Evil Sun”, la única de su época más actual. Si bien es cierto que los clásicos del grupo provienen de sus primeros álbumes, hubiera estado bueno que rescataran más canciones de su extensa carrera.

Luego de momentos altísimos como “Crystal Ball”, donde Leif hizo un solo de bajo muy potente, o “A Sorcerer’s Pledge”, donde el público cantó junto a la banda la melodía vocal final, los suecos dejaron el escenario. Por suerte hubo tiempo para tres canciones más, coronando el show con su tema más famoso: la oscura, triste y épica “Solitude”, cantada por toda la audiencia al unísono con la banda.

Al terminar este himno, Candlemass saludó muy afectuosamente a sus fans y se retiró tras haber dado un espectáculo genial. Este concierto demostró que lo mejor, en cuanto a calidad, no es necesariamente lo que llega a las masas. Hay nichos underground donde existen propuestas longevas y de un nivel excelente. Por suerte esos espacios cuentan con la audiencia necesaria para subsistir.

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Candlemass en Roskilde: “Cuarenta años de oscuridad y vigencia”
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Hay géneros que no alcanzan la masividad, pero sí una buena cantidad de fans como para que la escena pueda subsistir. En el caso del Doom Metal, es un género con muchas vertientes y una gran cantidad de adeptos en general. Este tipo de estilos suelen ser llamados “de culto”, ya que únicamente llegan a oídos de gente con el gusto adecuado para disfrutarlos. Una de las bandas más importantes de este género es Candlemass, quienes agregaron al estilo un tono teatral, sumado a letras épicas sobre magia negra, hechiceros y demonios. Esto gracias a álbumes clásicos como Nightfall y Epicus Doomicus Metallicus.

En esta oportunidad pudimos verlos en vivo, en el marco de su gira de 40 aniversario. El concierto se llevó a cabo en Gimle, hermosa sala con capacidad para 500 asistentes situada en la antigua capital danesa, Roskilde. A 30 kilómetros de Copenhague, la pequeña ciudad alberga iglesias con tesoros de los antiguos reyes vikingos y también un museo de barcos vikingos encontrados en sus costas.

El concierto comenzó demorado, pero eso no evitó que el entusiasmo por el acto soporte disminuyera. Estos fueron los daneses de Blazing Eternity, quienes en su carrera recorrieron estilos como el death/doom y el gothic rock. El sonido fue sólido y contundente, con la batería y el bajo marcando un ritmo firme y poderoso, con notas bien graves, como el género lo necesita. Las guitarras y el teclado aportaron la belleza característica del estilo, con melodías melancólicas y tristes, de esas conmovedoras que llegan al corazón. La voz era un gutural grave y sencillo, bien al estilo del primer My Dying Bride y del primer Paradise Lost, claras influencias del conjunto.

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Las guitarras se encontraban por encima en la mezcla, bien diferenciadas ambas. La guitarra rítmica acompañaba al bajo, mientras que la principal iba coloreando las canciones. El guitarrista principal, Lars Johansson, brilló en sus solos: cada uno era preciso, sin ninguna nota de más y con la duración justa. El vocalista Johan Längquist gozó de un buen sonido. Su performance fue muy buena y carismática, aunque se notaron algunos signos de cansancio y/o de la edad.

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