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Enter Shikari en Copenhague: “la tormenta británica que hizo temblar Dinamarca”
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Texto: Nerea Fernández Corte

Cuando las puertas del Pumpehuset se abrieron puntuales a las 19:00, la expectativa ya era una presencia palpable. El recinto, uno de los templos del metal y el hardcore moderno en Copenhague, se preparaba para una noche que prometía intensidad, luces, pogo y comunión. Dos generaciones de la escena británica se unían bajo un mismo techo: Lake Malice y Enter Shikari, en un sold out que transformaría la noche en una auténtica tormenta eléctrica.

A las 20:00 en punto, Lake Malice irrumpió en el escenario como una granada activada. El trío británico —Alice Guala (voz), Blake Cornwall (guitarra) y Emily Ainger (batería)— tomó el control con una energía arrolladora que desató al público desde el primer segundo. Guala, enfundada en un traje negro ajustado al estilo catwoman, dominaba el escenario con actitud y carisma; agitaba, gritaba, pedía palmas y las conseguía todas. A su lado, Cornwall descargaba riffs filosos y precisos, mientras Ainger mantenía una pegada contundente y segura.

Un leve fallo de sonido al inicio amenazó con romper la magia, pero fue apenas un tropiezo: el equipo técnico reaccionó al instante y la banda siguió con la misma ferocidad, ganándose una ovación sincera. Su media hora fue un torbellino que dejó claro que no eran una simple telonera. Lake Malice se convirtió en una revelación: una banda joven, peligrosa y con un futuro enorme dentro del metal alternativo.

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El breve descanso que siguió fue cualquier cosa menos tranquilo. La sala se llenó de murmullos, aplausos espontáneos y gritos cada vez que alguien del equipo técnico subía al escenario. El hype era casi tangible; todos sabían que lo que venía sería algo grande. Y a las 21:00, las luces se apagaron.

Un zumbido electrónico llenó el aire. Luego, un destello, una ráfaga de luz, y Enter Shikari apareció. El rugido del público fue ensordecedor. La banda abrió con “Bloodshot” y, desde ese momento, el show se convirtió en un viaje ascendente, una escalada de tensión, ritmo y catarsis que no dio tregua.

Con “{ The Dreamer’s Hotel }”, Rou Reynolds tomó el papel de predicador frenético. Su energía era inagotable: corría, saltaba, dirigía al público con los brazos como si orquestara el caos. Su carisma era absoluto. Chris Batten (bajo) no paraba de agitar, Rob Rolfe (batería) mantenía una base sólida y brutal, y Rory Clewlow (guitarra) aportaba la dosis justa de distorsión y fuerza. El sonido fue impecable: potente, nítido, con los bajos golpeando el pecho y la voz de Rou dominando por completo.

El espectáculo visual estuvo a la altura: columnas LED que cambiaban de color con cada golpe, láseres verdes cruzando la sala y visuales sincronizadas que convertían el escenario en una rave futurista. Era una mezcla perfecta entre electrónica, punk y caos controlado.

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La intensidad fue creciendo con cada canción. Temas como “Anaesthetist”, “Live Outside” y “Juggernauts” llevaron al público a un estado de euforia colectiva. Y entonces llegó el momento más esperado: “Sorry, You’re Not a Winner”, en su versión 2025 remixada por Pendulum. Apenas sonaron los tres palmoteos iniciales, el Pumpehuset explotó. El pogo fue total. Vasos volaron por el aire, la gente saltaba, gritaba y se abrazaba en una comunión perfecta. Fue uno de esos momentos en los que el público y la banda se funden en una sola energía.

En pleno caos, las vallas frente a la consola de sonido cedieron ligeramente. Rou lo notó, detuvo el show un instante y, con una sonrisa, pidió calma. “Ayuden a mis amigos de sonido, ¿OK?”, dijo. El público obedeció de inmediato. Aplausos, risas, respeto. Fue un gesto pequeño, pero mostró el control y carisma de un frontman que domina cada centímetro del escenario.

El cierre del set principal fue una avalancha. “Rabble Rouser”, “Mothership” y “The Last Garrison” elevaron la intensidad a niveles imposibles. Pero el verdadero clímax llegó con el bis: “Arguing With Thermometers”, “Destabilise” y la monumental “A Kiss for the Whole World x”, donde todo el recinto cantó con el alma, en un final apoteósico.

Lo de Enter Shikari fue una clase magistral de cómo construir un concierto in crescendo: comenzaron medidos, fueron subiendo cada tema un poco más y terminaron en un estallido absoluto de ruido, luces y emoción. La combinación de precisión técnica, despliegue visual y conexión emocional fue perfecta. Después de más de veinte años de carrera, los británicos siguen tocando con la energía de una banda recién nacida, y el público lo sintió así.

El Pumpehuset tembló. Literalmente. El público salió empapado, afónico y con una sonrisa imborrable. Enter Shikari no ofreció solo un show: desató un fenómeno.

Fotos: Mercedes Nogués

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Enter Shikari en Copenhague: “la tormenta británica que hizo temblar Dinamarca”
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Texto: Nerea Fernández Corte

Cuando las puertas del Pumpehuset se abrieron puntuales a las 19:00, la expectativa ya era una presencia palpable. El recinto, uno de los templos del metal y el hardcore moderno en Copenhague, se preparaba para una noche que prometía intensidad, luces, pogo y comunión. Dos generaciones de la escena británica se unían bajo un mismo techo: Lake Malice y Enter Shikari, en un sold out que transformaría la noche en una auténtica tormenta eléctrica.

A las 20:00 en punto, Lake Malice irrumpió en el escenario como una granada activada. El trío británico —Alice Guala (voz), Blake Cornwall (guitarra) y Emily Ainger (batería)— tomó el control con una energía arrolladora que desató al público desde el primer segundo. Guala, enfundada en un traje negro ajustado al estilo catwoman, dominaba el escenario con actitud y carisma; agitaba, gritaba, pedía palmas y las conseguía todas. A su lado, Cornwall descargaba riffs filosos y precisos, mientras Ainger mantenía una pegada contundente y segura.

Un leve fallo de sonido al inicio amenazó con romper la magia, pero fue apenas un tropiezo: el equipo técnico reaccionó al instante y la banda siguió con la misma ferocidad, ganándose una ovación sincera. Su media hora fue un torbellino que dejó claro que no eran una simple telonera. Lake Malice se convirtió en una revelación: una banda joven, peligrosa y con un futuro enorme dentro del metal alternativo.

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Un zumbido electrónico llenó el aire. Luego, un destello, una ráfaga de luz, y Enter Shikari apareció. El rugido del público fue ensordecedor. La banda abrió con “Bloodshot” y, desde ese momento, el show se convirtió en un viaje ascendente, una escalada de tensión, ritmo y catarsis que no dio tregua.

Con “{ The Dreamer’s Hotel }”, Rou Reynolds tomó el papel de predicador frenético. Su energía era inagotable: corría, saltaba, dirigía al público con los brazos como si orquestara el caos. Su carisma era absoluto. Chris Batten (bajo) no paraba de agitar, Rob Rolfe (batería) mantenía una base sólida y brutal, y Rory Clewlow (guitarra) aportaba la dosis justa de distorsión y fuerza. El sonido fue impecable: potente, nítido, con los bajos golpeando el pecho y la voz de Rou dominando por completo.

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En pleno caos, las vallas frente a la consola de sonido cedieron ligeramente. Rou lo notó, detuvo el show un instante y, con una sonrisa, pidió calma. “Ayuden a mis amigos de sonido, ¿OK?”, dijo. El público obedeció de inmediato. Aplausos, risas, respeto. Fue un gesto pequeño, pero mostró el control y carisma de un frontman que domina cada centímetro del escenario.

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