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God Is An Astronaut en Barcelona: “viaje sonoro más allá del tiempo”
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Llegué temprano a la sala. La expectación por God Is An Astronaut se palpaba en el aire, pero antes, el plato fuerte era la incomparable Jo Quail. Ver a una solista en Razzmatazz 2, armada únicamente con un chelo, un puñado de pedales y un looper, ya es un acto de valentía. Allí estaba: sola ante el mundo —o al menos ante el murmullo de quienes aún buscaban su sitio.
Pero bastó el primer roce del arco para que el bullicio se disipara y la sala quedara envuelta en un silencio reverencial.

Abrió con “Butterfly Dance”. Y sí, fue una danza, pero no ligera: el chelo de Jo Quail no es el instrumento de cámara que uno espera, sino una orquesta comprimida. Con el looper fue tejiendo capas de sonido, creando una base rítmica pulsante con el golpe del arco, superponiendo armonías sombrías y melodías vibrantes. La música ascendía, se retorcía y descendía en riffs casi metálicos. Era asombroso cómo una sola persona podía generar una textura tan densa y épica.

El viaje continuó con “Embrace”, un tema más introspectivo al inicio, pero con el mismo poder acumulativo. Los bucles de chelo levantaban una auténtica catedral sonora. Era música que te obligaba a cerrar los ojos, no por suavidad, sino porque la vista no bastaba para procesarla. Con madera y cuerdas, Quail creaba paisajes cinemáticos que crecían en intensidad hasta envolver por completo. Fue una demostración perfecta de por qué es una figura tan respetada en el circuito post-rock e instrumental.

Cerró con “Forge”, un final apoteósico. Este tema fue, literalmente, una forja sonora: sentías el peso y la presión de cada nota. Su capacidad para pasar de la delicadeza más absoluta a la intensidad más cruda es lo que la hace única. El groove de los loops era irresistible, y la melodía principal golpeaba con una carga emocional tremenda. Virtuosismo y sentimiento en estado puro.
Al terminar, la sala estalló en aplausos. En apenas tres temas, Jo Quail demostró que la soledad en el escenario no es debilidad, sino fuerza concentrada. Fue la introducción perfecta para una noche instrumental, dejándonos con la cabeza a mil y el alma preparada para el vendaval de God Is An Astronaut.

Todavía sigo flotando. Salí de Razzmatazz 2 con la sensación de haber regresado de un viaje interestelar. Ver a God Is An Astronaut no es simplemente asistir a un concierto: es una experiencia inmersiva.
El trío irlandés formado por los gemelos Kinsella —Torsten (guitarra, voz y teclados) y Niels (bajo y visuales)— junto al nuevo Anxo Silveira en la batería, regresó con un añadido de lujo: Jo Quail al chelo. Su aporte llevó el directo a otra dimensión. Llegaban presentando su más reciente trabajo, Embers, y desde el primer minuto se notó.

Las luces se apagaron, la sala —ya abarrotada— se sumió en un silencio expectante. Arrancaron con “Falling Leaves”, y fue como si se abriera una grieta luminosa en el techo. La melancolía del tema es brutal, y ver a Torsten, concentrado y dejándose llevar por las notas, te arrastra de lleno a su universo. Luego llegó la épica “Epitaph”, seguida del clásico incontestable “All Is Violent, All Is Bright”. Un himno absoluto. La energía del público se desató, con Niels moviéndose por el escenario mientras las proyecciones visuales —marca de la casa— llenaban el fondo con imágenes hipnóticas. Era el post-rock en su forma más pura: físico, emocional, expansivo.

El nuevo material encajó a la perfección. “Apparition” y la majestuosa “Odyssey” demostraron que la banda sigue explorando picos y valles sonoros con una maestría intacta. La batería de Anxo, precisa pero demoledora, fue el motor inagotable de la noche.
A mitad del set, con “Suicide by Star” y “Frozen Twilight”, la atmósfera se volvió casi irrespirable de lo cargada que estaba de emoción. No sabías si era el volumen atronador o la intensidad de los riffs, pero el alma vibraba al mismo ritmo que los altavoces.

El punto culminante llegó con la reaparición de Jo Quail en escena. El espacio se transformó en una cámara íntima de resonancia. Empezaron con “Fragile”, dedicada por Torsten a Tommy Kinsella. El chelo de Quail no era un acompañamiento: era una voz nueva, profunda y melancólica que añadía una dimensión trágica al tema. Después llegaron “Oscillation” y la monumental “Embers”, una odisea sonora de casi diez minutos que te arrastra de la calma a la tormenta. Ahí es donde God Is An Astronaut muestra todo su poder: en esos desarrollos largos, cinematográficos y perfectamente dosificados.

Para cerrar, una dedicatoria a Lloyd Hanney y la devastadora “From Dust to the Beyond”. El cuarteto estaba en total sintonía, como una única entidad sónica. El riff final, con el chelo resonando entre las guitarras, fue una despedida épica.
Salí con el típico zumbido en los oídos, pero sobre todo con la certeza de haber presenciado algo especial. God Is An Astronaut no solo interpreta canciones: te hace sentir el drama, la melancolía y la esperanza de su música. Dos décadas después, los de Glen of the Downs siguen siendo los maestros del post-rock cinemático. Un viaje sonoro impecable. Si tocan cerca, no lo dudes: es una experiencia obligatoria.

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God Is An Astronaut en Barcelona: “viaje sonoro más allá del tiempo”
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Llegué temprano a la sala. La expectación por God Is An Astronaut se palpaba en el aire, pero antes, el plato fuerte era la incomparable Jo Quail. Ver a una solista en Razzmatazz 2, armada únicamente con un chelo, un puñado de pedales y un looper, ya es un acto de valentía. Allí estaba: sola ante el mundo —o al menos ante el murmullo de quienes aún buscaban su sitio.
Pero bastó el primer roce del arco para que el bullicio se disipara y la sala quedara envuelta en un silencio reverencial.

Abrió con “Butterfly Dance”. Y sí, fue una danza, pero no ligera: el chelo de Jo Quail no es el instrumento de cámara que uno espera, sino una orquesta comprimida. Con el looper fue tejiendo capas de sonido, creando una base rítmica pulsante con el golpe del arco, superponiendo armonías sombrías y melodías vibrantes. La música ascendía, se retorcía y descendía en riffs casi metálicos. Era asombroso cómo una sola persona podía generar una textura tan densa y épica.

El viaje continuó con “Embrace”, un tema más introspectivo al inicio, pero con el mismo poder acumulativo. Los bucles de chelo levantaban una auténtica catedral sonora. Era música que te obligaba a cerrar los ojos, no por suavidad, sino porque la vista no bastaba para procesarla. Con madera y cuerdas, Quail creaba paisajes cinemáticos que crecían en intensidad hasta envolver por completo. Fue una demostración perfecta de por qué es una figura tan respetada en el circuito post-rock e instrumental.

Cerró con “Forge”, un final apoteósico. Este tema fue, literalmente, una forja sonora: sentías el peso y la presión de cada nota. Su capacidad para pasar de la delicadeza más absoluta a la intensidad más cruda es lo que la hace única. El groove de los loops era irresistible, y la melodía principal golpeaba con una carga emocional tremenda. Virtuosismo y sentimiento en estado puro.
Al terminar, la sala estalló en aplausos. En apenas tres temas, Jo Quail demostró que la soledad en el escenario no es debilidad, sino fuerza concentrada. Fue la introducción perfecta para una noche instrumental, dejándonos con la cabeza a mil y el alma preparada para el vendaval de God Is An Astronaut.

Todavía sigo flotando. Salí de Razzmatazz 2 con la sensación de haber regresado de un viaje interestelar. Ver a God Is An Astronaut no es simplemente asistir a un concierto: es una experiencia inmersiva.
El trío irlandés formado por los gemelos Kinsella —Torsten (guitarra, voz y teclados) y Niels (bajo y visuales)— junto al nuevo Anxo Silveira en la batería, regresó con un añadido de lujo: Jo Quail al chelo. Su aporte llevó el directo a otra dimensión. Llegaban presentando su más reciente trabajo, Embers, y desde el primer minuto se notó.

Las luces se apagaron, la sala —ya abarrotada— se sumió en un silencio expectante. Arrancaron con “Falling Leaves”, y fue como si se abriera una grieta luminosa en el techo. La melancolía del tema es brutal, y ver a Torsten, concentrado y dejándose llevar por las notas, te arrastra de lleno a su universo. Luego llegó la épica “Epitaph”, seguida del clásico incontestable “All Is Violent, All Is Bright”. Un himno absoluto. La energía del público se desató, con Niels moviéndose por el escenario mientras las proyecciones visuales —marca de la casa— llenaban el fondo con imágenes hipnóticas. Era el post-rock en su forma más pura: físico, emocional, expansivo.

El nuevo material encajó a la perfección. “Apparition” y la majestuosa “Odyssey” demostraron que la banda sigue explorando picos y valles sonoros con una maestría intacta. La batería de Anxo, precisa pero demoledora, fue el motor inagotable de la noche.
A mitad del set, con “Suicide by Star” y “Frozen Twilight”, la atmósfera se volvió casi irrespirable de lo cargada que estaba de emoción. No sabías si era el volumen atronador o la intensidad de los riffs, pero el alma vibraba al mismo ritmo que los altavoces.

El punto culminante llegó con la reaparición de Jo Quail en escena. El espacio se transformó en una cámara íntima de resonancia. Empezaron con “Fragile”, dedicada por Torsten a Tommy Kinsella. El chelo de Quail no era un acompañamiento: era una voz nueva, profunda y melancólica que añadía una dimensión trágica al tema. Después llegaron “Oscillation” y la monumental “Embers”, una odisea sonora de casi diez minutos que te arrastra de la calma a la tormenta. Ahí es donde God Is An Astronaut muestra todo su poder: en esos desarrollos largos, cinematográficos y perfectamente dosificados.

Para cerrar, una dedicatoria a Lloyd Hanney y la devastadora “From Dust to the Beyond”. El cuarteto estaba en total sintonía, como una única entidad sónica. El riff final, con el chelo resonando entre las guitarras, fue una despedida épica.
Salí con el típico zumbido en los oídos, pero sobre todo con la certeza de haber presenciado algo especial. God Is An Astronaut no solo interpreta canciones: te hace sentir el drama, la melancolía y la esperanza de su música. Dos décadas después, los de Glen of the Downs siguen siendo los maestros del post-rock cinemático. Un viaje sonoro impecable. Si tocan cerca, no lo dudes: es una experiencia obligatoria.

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