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Groza en Barcelona: “Entre tundras y cicatrices”
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La fría noche del jueves 4 de diciembre de 2025, cuando el otoño exhala sus últimos alientos, la sala Estraperlo de Badalona se convierte en un vórtice donde la atmósfera se desgarra al paso de los bávaros GROZA. Llegan portando la ventisca emocional de su último álbum, el apocalipsis vikingo en directo Live in Ragnarök (2025), y lo que debería ser un concierto muta en una inmersión glacial: un descenso al centro hueco del alma, donde reinan la melancolía absoluta y una soledad que corta como cuchilla oxidada. Con la que quizá sea su obra más ambiciosa, los alemanes se embarcan en una gira monstruosa que, junto a otras tres bandas, configura un póker asesino de Black Metal sin concesiones para las ciudades lo bastante afortunadas —o insensatas— como para recibirlos.

La noche abre con ANTIKVLT, una criatura salida de las entrañas creativas de Chris Marrok, quien arrastra en su currículum sombras de Harakiri for the Sky y The Vision Bleak. Su desembarco es una detonación controlada: sin imposturas, cero cartón piedra, solo Black/Death Metal afilado como un bisturí y sucio como la conciencia del género. Comparables al viejo espíritu de Bølzer o a unos Mantar completamente encabronados, despliegan un ritual inmediato: en cuanto se apagan las luces, la sala se transforma en una cámara de presión social y rabia canalizada a través de un muro de sonido implacable. Marrok, cerebro y látigo de la banda, alterna entre guitarrista poseído y frontman al borde del trance; Johansson, a la batería, marca una velocidad que hace temblar los cimientos; P. G. sella el suelo con un bajo denso y distorsionado; y U. A. remata con guitarras disonantes que actúan como cuchilladas rituales. Con un set extraído de A Revelation of Intoxication, encadenan tema tras tema como quien golpea sin dejar respirar: desde la oscuridad inicial de “What Love Can’t Buy” hasta la puñalada final de “In Dependency”, todo flota sobre una nube tóxica de crítica social y visceralidad pura. ANTIKVLT demuestra que el Black Metal todavía puede escupir fuego sin perder autenticidad.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Dmytro Kumar (1914): “No soy metalero, no soy músico, soy un nerd de la historia”

Con el ambiente ya transformado en un templo pagano, Nornír toman el relevo y la sala se hunde en una penumbra densa, casi ritualista. Estos sajones, uno de los secretos mejor guardados del Black Metal alemán, cargan con solo dos discos y un EP, pero acumulan más kilómetros que muchos veteranos. Su presentación oficial en España es un rito de paso esperado y necesario. Bajo el sello Northern Silence Productions, la banda opera como una máquina de guerra afinada al milímetro: Lethian y Angrist avanzan en primera línea como dos runas vivientes, trazando riffs helados; Matunos erige la columna vertebral desde el bajo; y Farliath, verdugo de parches en Skuld, descarga una tormenta percusiva. Su setlist se despliega como un tapiz de fatalidad, arrancando con la arrolladora “Vígr” y el grito marcial de “Krigsrop”. Sin tregua, atacan con la pestilencia bélica de “Pest” y la mística de “Galdr”, manteniendo una seriedad pétrea que potencia la inmersión. La incursión en su trilogía conceptual, con piezas como “Høst, du ville kraft” o la solemne “Dedicated to the Night”, eleva la ceremonia hacia terrenos más melancólicos y atmosféricos, demostrando la versatilidad de una banda capaz de equilibrar agresión y lirismo. El cierre es una declaración sin adornos: un golpe directo al estómago, sin artificios ni pirotecnia, solo pura intención.

Tras ellos, The Spirit se enfrentan al desafío de una sala todavía a medio despertar. Saltan al escenario con pocas almas presentes y un sonido desacompasado, pero, lejos de claudicar, inician una escalada que se convierte en reivindicación. Matthias Trautmann, compartiendo responsabilidades con Nornír, se concentra en destilar riffs afilados mientras Manuel Stephan y Markus Huber refuerzan desde la base rítmica un sonido que pide oxígeno. Poco a poco, las piezas encajan, el sonido se compacta y la banda empieza a quemar gasolina oscura, desplegando un Black/Death de aroma claramente dissectioniano. “Against Humanity” abre el camino; “Room 101” termina de ajustar las tuercas; y el dúo “Repugnant Human Scum” / “Celestial Fire” devuelve la fe a los asistentes. Con “Pillars of Doom” e “Illuminate the Night Sky” el público ya está entregado, y los últimos cortes, “Nothingness Forever” y “Cosmic Rain and Human Dust”, preparan el terreno para el mazazo final: “The Clouds of Damnation”, un directo a la mandíbula que confirma que The Spirit, con el viento a favor, pueden partir cráneos. Pese a los tropiezos iniciales, terminan siendo una de las sorpresas de la noche.

Y entonces llega GROZA, y todo lo anterior parece un prólogo. Lo que ocurre no es un simple cierre de velada: es un desplazamiento tectónico, un fenómeno emocional que entra por los oídos, perfora el pecho y configura el pulso de todos los presentes. La banda convierte la Estraperlo en un santuario de penumbra donde cada foco, cada silencio y cada respiración del público funcionan como preludio al martillazo emocional que está por caer. Los teutones conciben el Black Metal atmosférico no como un género, sino como un estado mental; y cuando suben al escenario, esa filosofía se vuelve carne, acero y vacío.

El viaje arranca con la llegada casi espectral de los músicos. Sin teatralidades vacías ni rituales prefabricados, simplemente aparecen, como si hubieran atravesado una grieta dimensional abierta directamente desde Baviera. Las primeras notas de “Asbest” caen como una manta de ceniza desnuda: un arrastre emocional que se expande por el suelo y trepa por las paredes, sofocando la sala en un letargo helado. Esa pieza, densa y expansiva, actúa como un portal; el público deja de ser público y pasa a ser una congregación sometida a un fenómeno atmosférico que lo arrastra sin remedio.

“Elegance of Irony” profundiza el trance. Aquí GROZA muestra su control quirúrgico del tempo emocional. El Atmospheric Black Metal suele basarse en la repetición hipnótica, pero ellos la dotan de un pulso vital que respira, crece y muta dentro del caos. Las guitarras de U. A. y S. R. se entrelazan como dos corrientes opuestas en un mismo río subterráneo: una exhala nostalgia, la otra frío deshumanizado. El resultado es un muro sonoro que no embiste, sino que erosiona, como viento en un desierto eterno.

P. G., en su doble rol de vocalista y bajista, sostiene la narrativa con una presencia casi monástica. No necesita moverse para dominar la escena: su voz áspera, proyectada desde un lugar donde conviven introspección y rabia contenida, basta para tensar la atmósfera. En “The Redemptive End”, su lamento ritual arrastra un groove melódico que parece conversar con un plano lejano, congelado en otro tiempo. Su bajo, grave y resonante, marca el latido de esta odisea emocional.

Con “Equal. Silent. Cold.” llega uno de los momentos definitivos. GROZA levanta una fortaleza sonora hecha de capas: guitarras que se superponen como murallas heladas, riffs que suben y bajan como respiraciones tectónicas y una percusión de T. H. Z. que actúa como fuerza inevitable. Es como contemplar una tundra abatida por una tormenta que avanza despacio pero sin piedad. En directo, el tema adquiere una dimensión física: se siente en el diafragma.

La atmósfera se extrema con “Dysthymian Dreams”, quizá la pieza donde T. H. Z. exhibe mayor precisión. Sus blast beats son pulsos eléctricos que tensan la sala hasta casi fracturarla. El tema, de esencia sombría y depresiva, se convierte en una corriente turbulenta que sacude al público hasta desembocar en un pequeño —e inesperado— pogo. GROZA está removiendo algo primario, algo que los asistentes no sabían que necesitaban liberar.

“Unified in Void” es la tormenta perfecta: guitarras, voz, percusión y presencia escénica confluyen en un punto incandescente. El público responde con un frenesí que rompe la barrera habitual del género. Algunos, en primera fila, se lanzan al choque como si el vacío mismo los empujara por la espalda. El sonido es abrasivo, casi radiante, pero sin perder la elegancia oscura que define a la banda.

“Homewards” cierra el set principal con una carga emocional que desarma. Larga y dolorosa en estudio, aquí se transforma en un epílogo espiritual. Las melodías se estiran como una grieta que por un instante deja entrar luz antes de volver a cerrarse; las guitarras llueven un lamento helado; y el golpe final de batería cae como una roca desde lo alto. La sala queda suspendida en un silencio reverencial difícil de describir.

Tras una pausa breve, llega el bis centrado en Nadir. “Deluge” irrumpe como una riada emocional, una descarga que aumenta el volumen interior sin necesidad de subir un solo decibelio externo. “Daffodils” remata la ceremonia como una catástrofe poética: empieza como una despedida suave y termina incinerándose en un final apocalíptico. Es la lápida perfecta para un ritual que ya ha cumplido su misión: desollar emociones, forjar silencios y dejar cicatrices hermosas.

Cuando las luces vuelven, la sala no es la misma. GROZA ha modificado el aire, el ánimo y el pulso. La gente sale con la mirada hundida pero satisfecha, como tras un duelo emocional colectivo. Es uno de esos conciertos que no se escuchan: se sobreviven. Un concierto apocalíptico, como Dios manda, pero también un viaje introspectivo donde el Black Metal frío revela un corazón que, contra todo pronóstico, palpita.

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La fría noche del jueves 4 de diciembre de 2025, cuando el otoño exhala sus últimos alientos, la sala Estraperlo de Badalona se convierte en un vórtice donde la atmósfera se desgarra al paso de los bávaros GROZA. Llegan portando la ventisca emocional de su último álbum, el apocalipsis vikingo en directo Live in Ragnarök (2025), y lo que debería ser un concierto muta en una inmersión glacial: un descenso al centro hueco del alma, donde reinan la melancolía absoluta y una soledad que corta como cuchilla oxidada. Con la que quizá sea su obra más ambiciosa, los alemanes se embarcan en una gira monstruosa que, junto a otras tres bandas, configura un póker asesino de Black Metal sin concesiones para las ciudades lo bastante afortunadas —o insensatas— como para recibirlos.

La noche abre con ANTIKVLT, una criatura salida de las entrañas creativas de Chris Marrok, quien arrastra en su currículum sombras de Harakiri for the Sky y The Vision Bleak. Su desembarco es una detonación controlada: sin imposturas, cero cartón piedra, solo Black/Death Metal afilado como un bisturí y sucio como la conciencia del género. Comparables al viejo espíritu de Bølzer o a unos Mantar completamente encabronados, despliegan un ritual inmediato: en cuanto se apagan las luces, la sala se transforma en una cámara de presión social y rabia canalizada a través de un muro de sonido implacable. Marrok, cerebro y látigo de la banda, alterna entre guitarrista poseído y frontman al borde del trance; Johansson, a la batería, marca una velocidad que hace temblar los cimientos; P. G. sella el suelo con un bajo denso y distorsionado; y U. A. remata con guitarras disonantes que actúan como cuchilladas rituales. Con un set extraído de A Revelation of Intoxication, encadenan tema tras tema como quien golpea sin dejar respirar: desde la oscuridad inicial de “What Love Can’t Buy” hasta la puñalada final de “In Dependency”, todo flota sobre una nube tóxica de crítica social y visceralidad pura. ANTIKVLT demuestra que el Black Metal todavía puede escupir fuego sin perder autenticidad.

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Tras ellos, The Spirit se enfrentan al desafío de una sala todavía a medio despertar. Saltan al escenario con pocas almas presentes y un sonido desacompasado, pero, lejos de claudicar, inician una escalada que se convierte en reivindicación. Matthias Trautmann, compartiendo responsabilidades con Nornír, se concentra en destilar riffs afilados mientras Manuel Stephan y Markus Huber refuerzan desde la base rítmica un sonido que pide oxígeno. Poco a poco, las piezas encajan, el sonido se compacta y la banda empieza a quemar gasolina oscura, desplegando un Black/Death de aroma claramente dissectioniano. “Against Humanity” abre el camino; “Room 101” termina de ajustar las tuercas; y el dúo “Repugnant Human Scum” / “Celestial Fire” devuelve la fe a los asistentes. Con “Pillars of Doom” e “Illuminate the Night Sky” el público ya está entregado, y los últimos cortes, “Nothingness Forever” y “Cosmic Rain and Human Dust”, preparan el terreno para el mazazo final: “The Clouds of Damnation”, un directo a la mandíbula que confirma que The Spirit, con el viento a favor, pueden partir cráneos. Pese a los tropiezos iniciales, terminan siendo una de las sorpresas de la noche.

Y entonces llega GROZA, y todo lo anterior parece un prólogo. Lo que ocurre no es un simple cierre de velada: es un desplazamiento tectónico, un fenómeno emocional que entra por los oídos, perfora el pecho y configura el pulso de todos los presentes. La banda convierte la Estraperlo en un santuario de penumbra donde cada foco, cada silencio y cada respiración del público funcionan como preludio al martillazo emocional que está por caer. Los teutones conciben el Black Metal atmosférico no como un género, sino como un estado mental; y cuando suben al escenario, esa filosofía se vuelve carne, acero y vacío.

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P. G., en su doble rol de vocalista y bajista, sostiene la narrativa con una presencia casi monástica. No necesita moverse para dominar la escena: su voz áspera, proyectada desde un lugar donde conviven introspección y rabia contenida, basta para tensar la atmósfera. En “The Redemptive End”, su lamento ritual arrastra un groove melódico que parece conversar con un plano lejano, congelado en otro tiempo. Su bajo, grave y resonante, marca el latido de esta odisea emocional.

Con “Equal. Silent. Cold.” llega uno de los momentos definitivos. GROZA levanta una fortaleza sonora hecha de capas: guitarras que se superponen como murallas heladas, riffs que suben y bajan como respiraciones tectónicas y una percusión de T. H. Z. que actúa como fuerza inevitable. Es como contemplar una tundra abatida por una tormenta que avanza despacio pero sin piedad. En directo, el tema adquiere una dimensión física: se siente en el diafragma.

La atmósfera se extrema con “Dysthymian Dreams”, quizá la pieza donde T. H. Z. exhibe mayor precisión. Sus blast beats son pulsos eléctricos que tensan la sala hasta casi fracturarla. El tema, de esencia sombría y depresiva, se convierte en una corriente turbulenta que sacude al público hasta desembocar en un pequeño —e inesperado— pogo. GROZA está removiendo algo primario, algo que los asistentes no sabían que necesitaban liberar.

“Unified in Void” es la tormenta perfecta: guitarras, voz, percusión y presencia escénica confluyen en un punto incandescente. El público responde con un frenesí que rompe la barrera habitual del género. Algunos, en primera fila, se lanzan al choque como si el vacío mismo los empujara por la espalda. El sonido es abrasivo, casi radiante, pero sin perder la elegancia oscura que define a la banda.

“Homewards” cierra el set principal con una carga emocional que desarma. Larga y dolorosa en estudio, aquí se transforma en un epílogo espiritual. Las melodías se estiran como una grieta que por un instante deja entrar luz antes de volver a cerrarse; las guitarras llueven un lamento helado; y el golpe final de batería cae como una roca desde lo alto. La sala queda suspendida en un silencio reverencial difícil de describir.

Tras una pausa breve, llega el bis centrado en Nadir. “Deluge” irrumpe como una riada emocional, una descarga que aumenta el volumen interior sin necesidad de subir un solo decibelio externo. “Daffodils” remata la ceremonia como una catástrofe poética: empieza como una despedida suave y termina incinerándose en un final apocalíptico. Es la lápida perfecta para un ritual que ya ha cumplido su misión: desollar emociones, forjar silencios y dejar cicatrices hermosas.

Cuando las luces vuelven, la sala no es la misma. GROZA ha modificado el aire, el ánimo y el pulso. La gente sale con la mirada hundida pero satisfecha, como tras un duelo emocional colectivo. Es uno de esos conciertos que no se escuchan: se sobreviven. Un concierto apocalíptico, como Dios manda, pero también un viaje introspectivo donde el Black Metal frío revela un corazón que, contra todo pronóstico, palpita.

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