


Hällas es una de esas bandas que están en boca de todo el mundo desde hace unos pocos años. Su popularidad parece no tener freno entre todo tipo de público, y su último trabajo, no ha hecho más que constatar una evolución que se veía venir desde lejos. Practicando un Heavy Rock progresivo con cantidad de guiños ochenteros, han conseguido subirse al bendito carro del moderneo, que tantísimas bandas anhelan, pero solo unas pocas consiguen hacer rodar.
En Bilbao demostraron el enorme nivel en el que se encuentran, cerrando su gira europea por todo lo alto y reafirmando su poder de convocatoria, después de la actuación que pudimos verlos en el pasado Azkena festival. No cabe duda de que la promotora ha sabido jugar muy bien sus cartas, primero presentándoles a un público muy heterogéneo en un festival ya consagrado, para después, rematar con una gira nacional en la que casi han agotado todo el papel.
La expectación era elevada llegando a un Kafe Antzokia que no llegaría a colgar el sold out, pero que acabaría registrando una entrada más que imponente, teniendo en cuenta que la fecha caía en domingo. Una expectación de la que se beneficiarían los ilustres teloneros encargados de abrir las hostilidades.
Los franceses Komodor arrancaron con la sala aun medio vacía, pero con el desparpajo que ya los habíamos visto en plazas más pequeñas. Lo suyo es apostarlo todo por la actitud, dejando que su incesante ritmo vaya golpeando cual martillo pilón y los pies vayan contagiándose con su rock and roll setentero.
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Tuvieron un leve problema de sonido nada más comenzar, pero rápidamente solventaron y se pusieron a desgranar trallazos como “Soul Tricker” o “Hard To Deal”. Su fórmula resultaría inequívocamente simple, y a ratos demasiado reiterativa, pero serviría de divertido preámbulo para el plato principal de la noche.
Tras el necesario parón con un escenario que lucia estalactitas y estalagmitas, los suecos del momento tomarían las tablas del Antzoki para defender a lo grande su última obra. Comenzando su comparecencia con la kilométrica “Above The Continuum”, mostrarían la confianza en su nuevo material y, sobre todo, en su propio potencial. A través de los más de veinte minutos que dura la obra, serían capaces de mutar varias veces sobre si mismos, dejando asomar las infinitas aristas que tiene su aparentemente sencilla carcasa.
De manera mucho más directa, encararían el primero de sus temas estrella, un “Tear Of a Traitor” que levantó la sala por primera vez y dejaría el camino despejado para que “The Emissary” encendiese la audiencia congregada en el Antzoki. Resulta increíble como un tema tan reciente, ya tenga la vitola de clásico absoluto.
Inevitable resulta mencionar como el sonido de los suecos, fue absolutamente perfecto en cada compas del concierto. La finura y delicadeza con la que rozaban sus instrumentos, sonando perfectamente acoplados, nos hizo plantear si alguna vez volveríamos a ver a un grupo tan grande, sobre un escenario tan pequeño. Su pericia instrumental y su gusto exagerado requieren campos de batalla de mayor envergadura.
Sin bajar un solo punto el nivel de intensidad, “Shadow Of The Templar” nos volvería a deslumbrar con las fantásticas guitarras dobladas que son capaces de trazar Hallas. La enorme influencia que poseen de Wishbone Ash, en otros podría resultar casi cómica, pero estos suecos tienen la suficiente personalidad como agrandar el legado de sus maestros. Amplificar las formas en las que el auténtico Heavy Rock nació a mediados de los setenta en Inglaterra y transformarlo en algo que huele a viejo, pero suena a moderno.
Con más de medio set ventilado, era hora para que la pista se convirtiese en una pista de baile y “Face Of An Angel” nos invitase a dejarnos llevar sin remedio. Otro nuevo corte que se ha convertido en clásico atemporal y que precedió al primer momento de histeria colectiva de la noche. El primero en el que muchos verdaderamente se volvieron locos gritando y cantando.
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“Carry On” es uno de esos temas que, de haber sido editada en los ochenta, hubiese llevado a la banda a llenar pabellones al instante. Su ritmo saltarín y su estribillo de película con moraleja son tan incontestablemente perfectos, como lo eran en su momento los mejores temas de Journey o de Boston.
Dejarían que el ritmo se calmase un poco para despedirse por primera vez y para ello esgrimirían “Fading Hero”, un corte que comienza como calco de Survivor, pero que va creciendo de manera espacial y que no necesita ser un clásico absoluto, para dejar a toda una sala con la miel en los labios.
Volverían rápido, con el trio de ases que normalmente acostumbran a guardarse bajo la manga. Primero, con “The Astral Sheer” rindiendo pleitesía a Wishbone Ash y a los tiempos en los que el Heavy Metal nacía en los setenta. Momento épico y brillante que solo podía ser continuado por el instante estelar absoluto.
Cuando comenzaron a sonar unas pocas notas de “Star Rider” la reacción de la sala entera sería de otro planeta. La sensación de estar presenciando un clásico moderno, sin que tenga que venir una banda tributo a interpretarlo. Un autentico himno, tocado por sus autores, en su mejor momento.
A partir de aquí solo podía estar esperando el tema homónimo de la banda para despedirnos, aunque la sensación de culmen nos habría llegado hacía unos minutos. Ese regusto maravilloso nos acompañaría hasta la puerta y hasta la calle, mientras seguíamos dándole vueltas en la cabeza, a la maravilla que acabábamos de contemplar.



Hällas es una de esas bandas que están en boca de todo el mundo desde hace unos pocos años. Su popularidad parece no tener freno entre todo tipo de público, y su último trabajo, no ha hecho más que constatar una evolución que se veía venir desde lejos. Practicando un Heavy Rock progresivo con cantidad de guiños ochenteros, han conseguido subirse al bendito carro del moderneo, que tantísimas bandas anhelan, pero solo unas pocas consiguen hacer rodar.
En Bilbao demostraron el enorme nivel en el que se encuentran, cerrando su gira europea por todo lo alto y reafirmando su poder de convocatoria, después de la actuación que pudimos verlos en el pasado Azkena festival. No cabe duda de que la promotora ha sabido jugar muy bien sus cartas, primero presentándoles a un público muy heterogéneo en un festival ya consagrado, para después, rematar con una gira nacional en la que casi han agotado todo el papel.
La expectación era elevada llegando a un Kafe Antzokia que no llegaría a colgar el sold out, pero que acabaría registrando una entrada más que imponente, teniendo en cuenta que la fecha caía en domingo. Una expectación de la que se beneficiarían los ilustres teloneros encargados de abrir las hostilidades.
Los franceses Komodor arrancaron con la sala aun medio vacía, pero con el desparpajo que ya los habíamos visto en plazas más pequeñas. Lo suyo es apostarlo todo por la actitud, dejando que su incesante ritmo vaya golpeando cual martillo pilón y los pies vayan contagiándose con su rock and roll setentero.
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Tuvieron un leve problema de sonido nada más comenzar, pero rápidamente solventaron y se pusieron a desgranar trallazos como “Soul Tricker” o “Hard To Deal”. Su fórmula resultaría inequívocamente simple, y a ratos demasiado reiterativa, pero serviría de divertido preámbulo para el plato principal de la noche.
Tras el necesario parón con un escenario que lucia estalactitas y estalagmitas, los suecos del momento tomarían las tablas del Antzoki para defender a lo grande su última obra. Comenzando su comparecencia con la kilométrica “Above The Continuum”, mostrarían la confianza en su nuevo material y, sobre todo, en su propio potencial. A través de los más de veinte minutos que dura la obra, serían capaces de mutar varias veces sobre si mismos, dejando asomar las infinitas aristas que tiene su aparentemente sencilla carcasa.
De manera mucho más directa, encararían el primero de sus temas estrella, un “Tear Of a Traitor” que levantó la sala por primera vez y dejaría el camino despejado para que “The Emissary” encendiese la audiencia congregada en el Antzoki. Resulta increíble como un tema tan reciente, ya tenga la vitola de clásico absoluto.
Inevitable resulta mencionar como el sonido de los suecos, fue absolutamente perfecto en cada compas del concierto. La finura y delicadeza con la que rozaban sus instrumentos, sonando perfectamente acoplados, nos hizo plantear si alguna vez volveríamos a ver a un grupo tan grande, sobre un escenario tan pequeño. Su pericia instrumental y su gusto exagerado requieren campos de batalla de mayor envergadura.
Sin bajar un solo punto el nivel de intensidad, “Shadow Of The Templar” nos volvería a deslumbrar con las fantásticas guitarras dobladas que son capaces de trazar Hallas. La enorme influencia que poseen de Wishbone Ash, en otros podría resultar casi cómica, pero estos suecos tienen la suficiente personalidad como agrandar el legado de sus maestros. Amplificar las formas en las que el auténtico Heavy Rock nació a mediados de los setenta en Inglaterra y transformarlo en algo que huele a viejo, pero suena a moderno.
Con más de medio set ventilado, era hora para que la pista se convirtiese en una pista de baile y “Face Of An Angel” nos invitase a dejarnos llevar sin remedio. Otro nuevo corte que se ha convertido en clásico atemporal y que precedió al primer momento de histeria colectiva de la noche. El primero en el que muchos verdaderamente se volvieron locos gritando y cantando.
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“Carry On” es uno de esos temas que, de haber sido editada en los ochenta, hubiese llevado a la banda a llenar pabellones al instante. Su ritmo saltarín y su estribillo de película con moraleja son tan incontestablemente perfectos, como lo eran en su momento los mejores temas de Journey o de Boston.
Dejarían que el ritmo se calmase un poco para despedirse por primera vez y para ello esgrimirían “Fading Hero”, un corte que comienza como calco de Survivor, pero que va creciendo de manera espacial y que no necesita ser un clásico absoluto, para dejar a toda una sala con la miel en los labios.
Volverían rápido, con el trio de ases que normalmente acostumbran a guardarse bajo la manga. Primero, con “The Astral Sheer” rindiendo pleitesía a Wishbone Ash y a los tiempos en los que el Heavy Metal nacía en los setenta. Momento épico y brillante que solo podía ser continuado por el instante estelar absoluto.
Cuando comenzaron a sonar unas pocas notas de “Star Rider” la reacción de la sala entera sería de otro planeta. La sensación de estar presenciando un clásico moderno, sin que tenga que venir una banda tributo a interpretarlo. Un autentico himno, tocado por sus autores, en su mejor momento.
A partir de aquí solo podía estar esperando el tema homónimo de la banda para despedirnos, aunque la sensación de culmen nos habría llegado hacía unos minutos. Ese regusto maravilloso nos acompañaría hasta la puerta y hasta la calle, mientras seguíamos dándole vueltas en la cabeza, a la maravilla que acabábamos de contemplar.















