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Heriot en Glasgow: “La ceremonia del caos”
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El pasado 9 de abril, The Garage Attic Bar en Glasgow fue el escenario de una noche para el recuerdo. Tres bandas con propuestas sonoras bien diferenciadas, pero unidas por la intensidad de sus presentaciones, ofrecieron un recital cargado de energía, agresividad y momentos catárticos. False Reality abrió la jornada con entrega a pesar del cansancio, Grove Street desató el caos con su crossover cargado de actitud, y Heriot cerró con un show que rozó lo ceremonial, convirtiendo el venue en un vórtice de distorsiones, luces violentas y emociones crudas.

La noche comenzó con False Reality, que a pesar de ser la banda encargada de abrir la jornada, demostró una gran actitud desde el primer acorde. La vocalista, a pesar de admitir el desgaste tras seis días consecutivos de gira, se desplazó por todo el escenario con una energía que desmentía cualquier signo de agotamiento. Saltos, gritos y una entrega que lamentablemente no encontró eco inmediato en un público que aún no colmaba la sala y se mostraba algo tímido.

El setlist fue contundente: “Chained“, “The Further“, “Pressure“, “Cranium“, “Pay the Reaper“, “Cost of Spite“, “Snake Eyes” y “Opposites React“. Temas que oscilaron entre un metalcore visceral y momentos de groove atrapante. Fue una actuación que mereció más interacción del público, pero que dejó claro el compromiso escénico del grupo y el potencial que tienen en vivo. Una banda a la que sin dudas vale la pena seguir de cerca.

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Con la llegada de Grove Street, el ambiente en The Garage Attic Bar se transformó. El lugar ya estaba notablemente más lleno, y la atmósfera comenzaba a cargarse de una tensión electrizante. Desde los primeros riffs de “Hunting Season“, la banda dejó en claro que su misión era una sola: desatar el caos.

A pesar de tener un solo álbum de larga duración, The Path to Righteousness (2023), Grove Street demostró una madurez escénica y musical envidiable. Cada breakdown se sintió como un martillazo, y fue imposible quedarse quieto ante la oleada de groove y actitud que emanaban desde el escenario. El público, ya metido de lleno en la propuesta, respondió al llamado: se armaron circle pits, se gritaron los coros, y más de uno terminó bañado en sudor y adrenalina.

La interacción con la audiencia fue constante. La banda pidió al público que se acercara al escenario, que saltaran, que formaran el pit más grande posible, y el resultado fue una verdadera liberación colectiva. El setlist fue brutal: “Hunting Season“, “Lessons“, “Ultimate Penalty“, “Divided Kingdom“, “Born 2 Lose“, “T.Y.D.O.“, “Ulterior Motives” y “Path to Righteousness“.

Fue un show donde se sintió el espíritu del hardcore más old-school, combinado con una actitud moderna y agresiva. Grove Street no solo tocó bien, sino que construyó un momento de comunidad a través de la violencia musical.

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Y entonces llegó el momento de Heriot, una banda que no para de evolucionar, y que esa noche en Glasgow se consolidó como una de las propuestas más impactantes del metal británico actual. Con 11 años de trayectoria, y apenas medio año después del lanzamiento de su aclamado debut Devoured by the Mouth of Hell, los britanicos demostraron por qué están nominados a Mejor Álbum y Mejor Artista del Reino Unido en los Heavy Music Awards 2025.

Desde el primer instante con “Sentenced to the Blade“, la sala se sumergió en un torbellino de riffs disonantes, voces desgarradoras y una puesta en escena que apelaba más a lo ritual que al formato de concierto tradicional. Las luces estroboscópicas, los colores rojizos y la constante niebla artificial envolvían cada tema en un halo de peligro y belleza grotesca.

Debbie Gough, entre gritos que cortaban el aire y expresiones visiblemente emocionadas, guió al público a través de un viaje oscuro y catártico. Su sonrisa al ver el pit crecer como una criatura indomable fue un momento que quedó grabado en la retina de todos. Heriot no da respiro. Cada canción es una declaración, una descarga emocional y física.

Entre la multitud, destacó una imagen particularmente emocionante: una pareja de chicos jóvenes, tal vez de unos 16 años, completamente absorbidos por la experiencia. Uno de ellos, con la voz entrecortada por la emoción y la euforia, gritó que era su primer recital, que no podía creer lo que estaba viviendo y que era simplemente increíble. Esa declaración espontánea, rodeada de caos y distorsión, encapsuló la magia irrepetible de un primer contacto con la música en vivo.

El setlist fue extenso y sin desperdicio: “Sentenced to the Blade“, “Enter the Flesh“, “Siege Lord“, “Near Vision“, “Demure“, “Foul Void“, “Soul Chasm“, “Solvent Gaze“, “Mourn“, “Dispirit“, “Opaline” y “Fortress“. Cada tema fue recibido como un himno, como un exorcismo compartido. El público, completamente entregado, respondía con saltos, gritos, y sobre todo, con una energía compartida que hacía del lugar un santuario momentáneo del metal extremo.

Heriot no sólo tocó su disco: lo reimaginó en vivo con una furia tan meticulosamente canalizada que por momentos se sentía más como una obra de arte performática que como un simple concierto. La sincronía entre los miembros, el enfoque visual y la potencia sonora fueron testimonio de una banda que ha entendido cómo hacer de cada presentación un momento único e irrepetible.

La noche del 9 de abril en The Garage Attic Bar fue una demostración clara de cómo distintas vertientes del metal y el hardcore pueden convivir en una misma velada sin perder autenticidad. False Reality mostró compromiso y energía pura pese a la frialdad del comienzo. Grove Street nos recordó por qué el hardcore nunca muere, y los cabeza de cartel confirmaron que estamos ante algo grande, algo que va más allá del ruido y entra directamente en el terreno de lo visceral.

No fue una noche cualquiera, fue una ceremonia compartida, donde el metal no solo se escuchó, se vivió y se sintió. Y quienes estuvieron allí, lo saben: el 9 de abril de 2025, Glasgow fue testigo de un ritual sonoro que quedará en la memoria colectiva de su escena underground.

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Heriot en Glasgow: “La ceremonia del caos”
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El pasado 9 de abril, The Garage Attic Bar en Glasgow fue el escenario de una noche para el recuerdo. Tres bandas con propuestas sonoras bien diferenciadas, pero unidas por la intensidad de sus presentaciones, ofrecieron un recital cargado de energía, agresividad y momentos catárticos. False Reality abrió la jornada con entrega a pesar del cansancio, Grove Street desató el caos con su crossover cargado de actitud, y Heriot cerró con un show que rozó lo ceremonial, convirtiendo el venue en un vórtice de distorsiones, luces violentas y emociones crudas.

La noche comenzó con False Reality, que a pesar de ser la banda encargada de abrir la jornada, demostró una gran actitud desde el primer acorde. La vocalista, a pesar de admitir el desgaste tras seis días consecutivos de gira, se desplazó por todo el escenario con una energía que desmentía cualquier signo de agotamiento. Saltos, gritos y una entrega que lamentablemente no encontró eco inmediato en un público que aún no colmaba la sala y se mostraba algo tímido.

El setlist fue contundente: “Chained“, “The Further“, “Pressure“, “Cranium“, “Pay the Reaper“, “Cost of Spite“, “Snake Eyes” y “Opposites React“. Temas que oscilaron entre un metalcore visceral y momentos de groove atrapante. Fue una actuación que mereció más interacción del público, pero que dejó claro el compromiso escénico del grupo y el potencial que tienen en vivo. Una banda a la que sin dudas vale la pena seguir de cerca.

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A pesar de tener un solo álbum de larga duración, The Path to Righteousness (2023), Grove Street demostró una madurez escénica y musical envidiable. Cada breakdown se sintió como un martillazo, y fue imposible quedarse quieto ante la oleada de groove y actitud que emanaban desde el escenario. El público, ya metido de lleno en la propuesta, respondió al llamado: se armaron circle pits, se gritaron los coros, y más de uno terminó bañado en sudor y adrenalina.

La interacción con la audiencia fue constante. La banda pidió al público que se acercara al escenario, que saltaran, que formaran el pit más grande posible, y el resultado fue una verdadera liberación colectiva. El setlist fue brutal: “Hunting Season“, “Lessons“, “Ultimate Penalty“, “Divided Kingdom“, “Born 2 Lose“, “T.Y.D.O.“, “Ulterior Motives” y “Path to Righteousness“.

Fue un show donde se sintió el espíritu del hardcore más old-school, combinado con una actitud moderna y agresiva. Grove Street no solo tocó bien, sino que construyó un momento de comunidad a través de la violencia musical.

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Debbie Gough, entre gritos que cortaban el aire y expresiones visiblemente emocionadas, guió al público a través de un viaje oscuro y catártico. Su sonrisa al ver el pit crecer como una criatura indomable fue un momento que quedó grabado en la retina de todos. Heriot no da respiro. Cada canción es una declaración, una descarga emocional y física.

Entre la multitud, destacó una imagen particularmente emocionante: una pareja de chicos jóvenes, tal vez de unos 16 años, completamente absorbidos por la experiencia. Uno de ellos, con la voz entrecortada por la emoción y la euforia, gritó que era su primer recital, que no podía creer lo que estaba viviendo y que era simplemente increíble. Esa declaración espontánea, rodeada de caos y distorsión, encapsuló la magia irrepetible de un primer contacto con la música en vivo.

El setlist fue extenso y sin desperdicio: “Sentenced to the Blade“, “Enter the Flesh“, “Siege Lord“, “Near Vision“, “Demure“, “Foul Void“, “Soul Chasm“, “Solvent Gaze“, “Mourn“, “Dispirit“, “Opaline” y “Fortress“. Cada tema fue recibido como un himno, como un exorcismo compartido. El público, completamente entregado, respondía con saltos, gritos, y sobre todo, con una energía compartida que hacía del lugar un santuario momentáneo del metal extremo.

Heriot no sólo tocó su disco: lo reimaginó en vivo con una furia tan meticulosamente canalizada que por momentos se sentía más como una obra de arte performática que como un simple concierto. La sincronía entre los miembros, el enfoque visual y la potencia sonora fueron testimonio de una banda que ha entendido cómo hacer de cada presentación un momento único e irrepetible.

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