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Igualada Rock City 2026: “A todo volumen”
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El Igualada Rock City volvió a demostrar por qué es una cita imprescindible dentro de la Festa Major d’Igualada. Se trata de un festival gratuito organizado por la Associació Rock City, con el apoyo del Ayuntamiento de Igualada, que reúne en una sola jornada a grandes referentes de la escena nacional e internacional.

Para abrir esta 12.ª edición, a las 21:30 h, en el Amfiteatre de Les Comes, la responsabilidad de romper el hielo recayó sobre Indar. La formación barcelonesa se presentó sobre el escenario con su núcleo orgánico del cuarteto —integrado por Sara a la voz, Karmen a la guitarra, Marta al bajo y Martí a la batería—, respaldado para la ocasión por un batería de apoyo en el apartado rítmico. Desde el primer momento, me encontré ante una de las propuestas más complejas e interesantes de la noche, a base de un metal moderno y progresivo que combina pasajes de death metal técnico con secciones ambientales de corte post-metal.

A pesar de actuar todavía con luz natural, la banda construyó una atmósfera intimista y de gran pegada sónica mediante riffs afinados en grave y una cuidada dinámica de «calma-tormenta», donde Sara transitó con absoluta fluidez entre voces guturales agresivas y líneas melódicas de gran sensibilidad.

A través de un repertorio impecable, compuesto por “Swallow”, “Oxyde”, “Goodbye Ground”, “Running With The Wolves”, “Thalassophobia”, “Rotten Roots” y “Udol”, la banda exhibió desarrollos rítmicos de clara influencia de referentes como Opeth, Gojira o Tool, completando un directo de altísimo impacto técnico que dejó el pabellón en lo más alto y el escenario de Les Comes perfectamente caldeado para la descarga de action punk que vendría a continuación con Deaf Devils.

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Hay conciertos que se escuchan y otros que se sufren y se disfrutan en las entrañas. Lo de Deaf Devils en el Amfiteatre de Les Comes perteneció a la segunda categoría: un látigo directo de death punk y action rock, cargado de garra, fuerza y una actitud kamikaze que demostró que el punk no solo no ha muerto, sino que tiene sangre nueva dispuesta a incendiarlo todo.

El cuarteto valenciano irrumpió en escena arrancando de cuajo la calma con “Parental Control”, “Blame” y “Dancing With the Devil”. Al frente del asalto, Lucy ejerció de auténtica diablesa: una frontwoman magnética e hiperactiva que guio la descarga entre gritos, saltos y una violencia estética al más puro estilo de The Runaways y The Damned.

Sin dar un solo segundo de respiro, Pipe, a la guitarra; Kuba, al bajo, y Eric, en la batería, engranaron una auténtica apisonadora sónica. Se sucedieron “This Is Not”, “Don’t Bother Me” y la oscura “Gates of Hell”, dejando claro que sus influencias beben de la mejor tradición escandinava de Turbonegro y The Hellacopters. Tras un feroz solo de guitarra de Pipe, la banda arremetió con “Point ’n’ Shoot”, la hirviente “Lucyfer”, “The Offer” y el ritmo machacón de “Too Much”.

Cuando parecía que el show no podía escalar a mayor temperatura con “Boom”, llegó el momento más salvaje de la noche con “Sister”. Rompiendo cualquier barrera entre escenario y pista, Pipe saltó en primer lugar para tocar en medio del público. Acto seguido, en una maniobra de puro delirium tremens, la banda entera —batería incluida junto a Eric— se instaló en el centro de la pista, rodeada por la multitud.

Lo que siguió fue un auténtico carnaval de rock and roll de alto octanaje: como si de las mismísimas Fallas de Valencia se tratara, el fuego ardió sobre el escenario y el solista terminó literalmente incendiado, convirtiendo las llamas en su combustible musical definitivo.

El broche de oro a semejante demolición fue una explosiva versión de “Kick Out the Jams”, de MC5. Exhaustos pero victoriosos, tras dejar a Les Comes con un zumbido en los oídos que durará semanas, Lucy se despidió del público bajando a pie de pista para posar en un multitudinario selfie con sus fans. Un directo de alto voltaje, adrenalina y sangre que pasará a la historia del festival.

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El ambiente en el Amfiteatre de Les Comes cambió por completo cuando la noche terminó de cerrarse. Tras su paso por Barcelona en abril, existía una expectación enorme por comprobar cómo defendía Lucifer su propuesta en esta edición del festival. Lo que presenciamos fue la constatación absoluta de que la banda no solo sigue en pie, sino que Johanna Platow se ha consolidado más que nunca como una capitana indiscutible al mando del barco, guiando el ritual con elegancia, misticismo y un dominio escénico arrollador.

El arranque fue un regalo directo al corazón de los seguidores más acérrimos: las primeras notas de “Anubis” rescataron la composición en directo por primera vez desde principio de la década, desatando el entusiasmo generalizado en Les Comes. Sin dar tregua, la banda engranó una maquinaria pesada, envolvente y de cadencia setentera al encadenar “Ghosts” y “Crucifix (I Burn for You)”.

Sobre las tablas, la química del grupo sorprendió por una cohesión impecable. A las seis cuerdas, Max Eriksson (guitarrista de The Mothercrow) aportó ese toque de hard rock crujiente y orgánico, mientras que la sueca Agnes Roslund ejerció de invitada de lujo, matando a riffs el escenario y demoliendo cada tema con una distorsión tan pesada como pulida.

En el motor rítmico, la bajista Claudia González Díaz —figura clave e imprescindible del underground catalán gracias a su trabajo al frente de Cachemira y junto a la banda de Rosalie Cunningham— jugó literalmente en casa. Su bajo denso, cálido y lleno de groove empastó a la perfección con la pegada precisa y contundente de Kevin Kuhn a la batería.

El viaje sonoro continuó sin un solo altibajo a través de la velocidad de “Riding Reaper”, la atmósfera fúnebre de “Wild Hearses”, la fuerza del tema homónimo “Lucifer”, la macabra “At the Mortuary”, la densidad baladística de “Slow Dance in a Crypt” y el pulso oscuro de “The Dead Don’t Speak”.

Al encarar “California Son”, algunos problemas técnicos con el sonido hicieron acto de presencia en el escenario. Lejos de agriar el ambiente, el contratiempo se solucionó como un rayo en cuestión de segundos, casi sin romper el hechizo, permitiendo que la pista entera terminara cantando a pleno pulmón uno de los estribillos más pegadizos y emblemáticos de la discografía del grupo.

Llegados al encore, las sorpresas terminaron de bordar una velada para el recuerdo. Tras la descarga de “Bring Me His Head”, la formación regaló una relectura magistral de “Goin’ Blind”, la atípica joya que KISS publicó en 1974. El tema sonó denso, melancólico y arrastrado, transformando el anfiteatro en una auténtica misa de proto-doom.

Fue justo en ese pasaje tan especial cuando viví uno de los momentos más auténticos y cómplices del concierto. Me encontraba situado literalmente justo detrás de la batería de Kevin, disparando fotos desde el propio escenario para capturar la perspectiva interna del show, e improvisé unos gestos de air drums siguiendo el compás del tema. Kevin, al percatarse desde los platos, me devolvió un guiño de complicidad que reflejó perfectamente el ambiente cercano y sin barreras que se respiraba sobre las tablas.

El broche final a la noche lo puso la impetuosa “Fallen Angel”. Como un verdadero ángel caído, Johanna se acercó en varias ocasiones al kit de batería para marcar los acentos finales junto a Kevin. Antes de dar el último acorde, la vocalista aprovechó para presentar con orgullo a la banda y expresar su agradecimiento al público y a la organización del festival, dedicando una mención de honor muy especial a Agnes por su demoledor trabajo a la guitarra, destrozando riffs durante toda la actuación.

Lucifer cerró así un paso brillante e histórico por el festival, dejando claro que su llama arde con más fuerza que nunca.

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El cierre de jornada en el Amfiteatre de Les Comes llevaba una firma inconfundible: la de Def Con Dos. La mítica formación estatal desembarcó en el Igualada Rock City demostrando por qué son una institución absoluta del rap metal y el crossover tras más de tres décadas de trayectoria, ofreciendo un concierto marcado por la potencia sonora, la acidez lírica y, por encima de todo, una cercanía aplastante con el público.

Desde que sonó la “Sintonía”, la expectación se disparó. Al saltar la banda al escenario atacando directamente con “Alzheimer”, la respuesta fue inmediata: desde el minuto cero, medio anfiteatro ya estaba cantando a pleno pulmón cada verso, convirtiendo Les Comes en un clamor colectivo. Sin dar tregua, “La culpa de todo la tiene Yoko Ono” desató un auténtico caos sonoro a ritmo de hip-hop y guitarras pesadas en menos de diez minutos de actuación.

Al frente del asalto vocal, la combinación de voces funcionó como una apisonadora perfectamente sincronizada. César Strawberry, capitaneando la nave desde 1988 con su inconfundible retranca e ironía, compartió micrófono con Samuel Barranco y con la incorporación más reciente a las voces, Mara Gilbert, unida a la formación en 2025. La química del trío vocal, con una energía desbordante y entrega constante, mantuvo a las primeras filas en un estado de ebullición permanente.

Tras el arranque demoledor, el repertorio avanzó a velocidad de crucero, intercalando clásicos indispensables y trallazos recientes: “Dímelo tú”, la combinación de “Muertos del Rock Vol. II / Ñampazampa 1”, la histeria de “Pánico a una muerte ridícula”, “Poco pan”, “El coche no”, “Victoria” y la atronadora “De cacería”.

El músculo instrumental de la banda fue sencillamente demoledor. Las guitarras afiladas del maestro Alberto Marín trazaron riffs pesados y solos hirientes con una precisión impecable, sostenidas por la base rítmica inamovible de J. Al Ándalus al bajo, pilar del grupo desde principios de los noventa, y la pegada brutal de Kike Tornado a la batería, al frente del kit desde 2004, marcando un tempo aplastante que invitó al pogo ininterrumpido.

El show continuó escalando en decibelios con “Pégale al ruido”, “Mi reino por un poco de caballo”, la ácida “NPC”, “Sigo siendo heterosexual”, el clásico del cine “Acción mutante”, “Demasiado humano”, la corrosiva “Tuno bueno el tuno muerto”, “A.M.V. (Agrupación de Mujeres Violentas)” y la contundencia de “Ultramemia”.

El clímax definitivo llegó al encarar el tramo final. “El día de la bestia”, himno generacional de su discografía, desató la locura absoluta en el recinto, con miles de gargantas coreando el estribillo de principio a fin. Para rematar una velada memorable, la banda cerró con la rabia colectiva de “Mineros locos (Armas pal pueblo)”.

Def Con Dos no solo ofrecieron una lección magistral de actitud y potencia crossover en Igualada, sino que volvieron a dejar claro que el vínculo con sus seguidores sigue intacto: un show directo, sin artificios y con los músicos entregados a pie de escenario de principio a fin.

No se puede cerrar esta crónica del Igualada Rock City sin hacer una mención de honor a quienes hacen posible que la magia ocurra al otro lado de las vallas. Un agradecimiento con mayúsculas a toda la organización, con Ricard al frente, y a absolutamente todo el equipo de staff, técnicos y producción.

Tratarme con tanta calidez, darme total libertad y facilidades para trabajar sin restricciones desde el foso y el escenario, y cuidar de mí con un catering impecable para mantenerme hidratado y alimentado en todo momento, fue un verdadero lujo. Cuando un festival te hace sentir como en casa y te trata como a un rey, la música y el trabajo fluyen solos.

¡Gracias totales y nos vemos en la próxima edición!

Fotos: Ambideraimon

 

 

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Igualada Rock City 2026: “A todo volumen”
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El Igualada Rock City volvió a demostrar por qué es una cita imprescindible dentro de la Festa Major d’Igualada. Se trata de un festival gratuito organizado por la Associació Rock City, con el apoyo del Ayuntamiento de Igualada, que reúne en una sola jornada a grandes referentes de la escena nacional e internacional.

Para abrir esta 12.ª edición, a las 21:30 h, en el Amfiteatre de Les Comes, la responsabilidad de romper el hielo recayó sobre Indar. La formación barcelonesa se presentó sobre el escenario con su núcleo orgánico del cuarteto —integrado por Sara a la voz, Karmen a la guitarra, Marta al bajo y Martí a la batería—, respaldado para la ocasión por un batería de apoyo en el apartado rítmico. Desde el primer momento, me encontré ante una de las propuestas más complejas e interesantes de la noche, a base de un metal moderno y progresivo que combina pasajes de death metal técnico con secciones ambientales de corte post-metal.

A pesar de actuar todavía con luz natural, la banda construyó una atmósfera intimista y de gran pegada sónica mediante riffs afinados en grave y una cuidada dinámica de «calma-tormenta», donde Sara transitó con absoluta fluidez entre voces guturales agresivas y líneas melódicas de gran sensibilidad.

A través de un repertorio impecable, compuesto por “Swallow”, “Oxyde”, “Goodbye Ground”, “Running With The Wolves”, “Thalassophobia”, “Rotten Roots” y “Udol”, la banda exhibió desarrollos rítmicos de clara influencia de referentes como Opeth, Gojira o Tool, completando un directo de altísimo impacto técnico que dejó el pabellón en lo más alto y el escenario de Les Comes perfectamente caldeado para la descarga de action punk que vendría a continuación con Deaf Devils.

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El cuarteto valenciano irrumpió en escena arrancando de cuajo la calma con “Parental Control”, “Blame” y “Dancing With the Devil”. Al frente del asalto, Lucy ejerció de auténtica diablesa: una frontwoman magnética e hiperactiva que guio la descarga entre gritos, saltos y una violencia estética al más puro estilo de The Runaways y The Damned.

Sin dar un solo segundo de respiro, Pipe, a la guitarra; Kuba, al bajo, y Eric, en la batería, engranaron una auténtica apisonadora sónica. Se sucedieron “This Is Not”, “Don’t Bother Me” y la oscura “Gates of Hell”, dejando claro que sus influencias beben de la mejor tradición escandinava de Turbonegro y The Hellacopters. Tras un feroz solo de guitarra de Pipe, la banda arremetió con “Point ’n’ Shoot”, la hirviente “Lucyfer”, “The Offer” y el ritmo machacón de “Too Much”.

Cuando parecía que el show no podía escalar a mayor temperatura con “Boom”, llegó el momento más salvaje de la noche con “Sister”. Rompiendo cualquier barrera entre escenario y pista, Pipe saltó en primer lugar para tocar en medio del público. Acto seguido, en una maniobra de puro delirium tremens, la banda entera —batería incluida junto a Eric— se instaló en el centro de la pista, rodeada por la multitud.

Lo que siguió fue un auténtico carnaval de rock and roll de alto octanaje: como si de las mismísimas Fallas de Valencia se tratara, el fuego ardió sobre el escenario y el solista terminó literalmente incendiado, convirtiendo las llamas en su combustible musical definitivo.

El broche de oro a semejante demolición fue una explosiva versión de “Kick Out the Jams”, de MC5. Exhaustos pero victoriosos, tras dejar a Les Comes con un zumbido en los oídos que durará semanas, Lucy se despidió del público bajando a pie de pista para posar en un multitudinario selfie con sus fans. Un directo de alto voltaje, adrenalina y sangre que pasará a la historia del festival.

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El arranque fue un regalo directo al corazón de los seguidores más acérrimos: las primeras notas de “Anubis” rescataron la composición en directo por primera vez desde principio de la década, desatando el entusiasmo generalizado en Les Comes. Sin dar tregua, la banda engranó una maquinaria pesada, envolvente y de cadencia setentera al encadenar “Ghosts” y “Crucifix (I Burn for You)”.

Sobre las tablas, la química del grupo sorprendió por una cohesión impecable. A las seis cuerdas, Max Eriksson (guitarrista de The Mothercrow) aportó ese toque de hard rock crujiente y orgánico, mientras que la sueca Agnes Roslund ejerció de invitada de lujo, matando a riffs el escenario y demoliendo cada tema con una distorsión tan pesada como pulida.

En el motor rítmico, la bajista Claudia González Díaz —figura clave e imprescindible del underground catalán gracias a su trabajo al frente de Cachemira y junto a la banda de Rosalie Cunningham— jugó literalmente en casa. Su bajo denso, cálido y lleno de groove empastó a la perfección con la pegada precisa y contundente de Kevin Kuhn a la batería.

El viaje sonoro continuó sin un solo altibajo a través de la velocidad de “Riding Reaper”, la atmósfera fúnebre de “Wild Hearses”, la fuerza del tema homónimo “Lucifer”, la macabra “At the Mortuary”, la densidad baladística de “Slow Dance in a Crypt” y el pulso oscuro de “The Dead Don’t Speak”.

Al encarar “California Son”, algunos problemas técnicos con el sonido hicieron acto de presencia en el escenario. Lejos de agriar el ambiente, el contratiempo se solucionó como un rayo en cuestión de segundos, casi sin romper el hechizo, permitiendo que la pista entera terminara cantando a pleno pulmón uno de los estribillos más pegadizos y emblemáticos de la discografía del grupo.

Llegados al encore, las sorpresas terminaron de bordar una velada para el recuerdo. Tras la descarga de “Bring Me His Head”, la formación regaló una relectura magistral de “Goin’ Blind”, la atípica joya que KISS publicó en 1974. El tema sonó denso, melancólico y arrastrado, transformando el anfiteatro en una auténtica misa de proto-doom.

Fue justo en ese pasaje tan especial cuando viví uno de los momentos más auténticos y cómplices del concierto. Me encontraba situado literalmente justo detrás de la batería de Kevin, disparando fotos desde el propio escenario para capturar la perspectiva interna del show, e improvisé unos gestos de air drums siguiendo el compás del tema. Kevin, al percatarse desde los platos, me devolvió un guiño de complicidad que reflejó perfectamente el ambiente cercano y sin barreras que se respiraba sobre las tablas.

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Lucifer cerró así un paso brillante e histórico por el festival, dejando claro que su llama arde con más fuerza que nunca.

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Desde que sonó la “Sintonía”, la expectación se disparó. Al saltar la banda al escenario atacando directamente con “Alzheimer”, la respuesta fue inmediata: desde el minuto cero, medio anfiteatro ya estaba cantando a pleno pulmón cada verso, convirtiendo Les Comes en un clamor colectivo. Sin dar tregua, “La culpa de todo la tiene Yoko Ono” desató un auténtico caos sonoro a ritmo de hip-hop y guitarras pesadas en menos de diez minutos de actuación.

Al frente del asalto vocal, la combinación de voces funcionó como una apisonadora perfectamente sincronizada. César Strawberry, capitaneando la nave desde 1988 con su inconfundible retranca e ironía, compartió micrófono con Samuel Barranco y con la incorporación más reciente a las voces, Mara Gilbert, unida a la formación en 2025. La química del trío vocal, con una energía desbordante y entrega constante, mantuvo a las primeras filas en un estado de ebullición permanente.

Tras el arranque demoledor, el repertorio avanzó a velocidad de crucero, intercalando clásicos indispensables y trallazos recientes: “Dímelo tú”, la combinación de “Muertos del Rock Vol. II / Ñampazampa 1”, la histeria de “Pánico a una muerte ridícula”, “Poco pan”, “El coche no”, “Victoria” y la atronadora “De cacería”.

El músculo instrumental de la banda fue sencillamente demoledor. Las guitarras afiladas del maestro Alberto Marín trazaron riffs pesados y solos hirientes con una precisión impecable, sostenidas por la base rítmica inamovible de J. Al Ándalus al bajo, pilar del grupo desde principios de los noventa, y la pegada brutal de Kike Tornado a la batería, al frente del kit desde 2004, marcando un tempo aplastante que invitó al pogo ininterrumpido.

El show continuó escalando en decibelios con “Pégale al ruido”, “Mi reino por un poco de caballo”, la ácida “NPC”, “Sigo siendo heterosexual”, el clásico del cine “Acción mutante”, “Demasiado humano”, la corrosiva “Tuno bueno el tuno muerto”, “A.M.V. (Agrupación de Mujeres Violentas)” y la contundencia de “Ultramemia”.

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Def Con Dos no solo ofrecieron una lección magistral de actitud y potencia crossover en Igualada, sino que volvieron a dejar claro que el vínculo con sus seguidores sigue intacto: un show directo, sin artificios y con los músicos entregados a pie de escenario de principio a fin.

No se puede cerrar esta crónica del Igualada Rock City sin hacer una mención de honor a quienes hacen posible que la magia ocurra al otro lado de las vallas. Un agradecimiento con mayúsculas a toda la organización, con Ricard al frente, y a absolutamente todo el equipo de staff, técnicos y producción.

Tratarme con tanta calidez, darme total libertad y facilidades para trabajar sin restricciones desde el foso y el escenario, y cuidar de mí con un catering impecable para mantenerme hidratado y alimentado en todo momento, fue un verdadero lujo. Cuando un festival te hace sentir como en casa y te trata como a un rey, la música y el trabajo fluyen solos.

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