


La segunda jornada del Kill-Town Death Fest comenzó con una noticia que nadie esperaba: la presentación de Rottrevore había sido pospuesta. Una baja importante para un festival donde cada banda parece haber sido elegida con lupa, pero que lejos de disminuir la expectativa, terminó generando todavía más ansiedad por lo que pudiera ocurrir durante el resto del día. A esto se sumaba una convocatoria cada vez mayor. Para entonces, el ambiente ya comenzaba a sentirse mucho más familiar: entre concierto y concierto, las mismas caras se repetían una y otra vez, mientras asistentes llegados desde diferentes partes del mundo se reencontraban y compartían la experiencia de estar nuevamente en uno de los festivales más específicos del death metal underground.
El segundo día arrancó como debe hacerlo una jornada de estas características: con una banda extremadamente densa y cavernosa. Los estadounidenses Seraphic Entombment fueron los encargados de abrir el escenario con una propuesta oscura y atmosférica, pero que nunca perdió su enorme peso. La banda se movió constantemente en ese terreno donde la atmósfera no significa necesariamente perder agresividad, sino todo lo contrario: cada riff parecía arrastrarse desde algún lugar profundo para construir una sensación opresiva.
El elemento más destacable fue sin dudas la voz, que salía directamente de la garganta del baterista. Un registro profundo y cavernoso que, acompañado por un efecto de reverb, adquiría todavía más presencia y terminaba de completar ese sonido sepulcral que la banda buscaba transmitir. Fue un excelente comienzo para la segunda jornada, dejando claro desde temprano que el festival todavía tenía mucho material oscuro para ofrecer.
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Representando a Sudamérica llegó después el turno de los chilenos Atomic Aggressor, una banda fundamental para entender los primeros pasos del death metal en la región. Formados a finales de los ochenta, su sonido remite directamente a los primeros años del género, cuando todavía era difícil establecer una frontera clara entre el thrash más extremo y el death metal. En su propuesta podía escucharse tanto el espíritu de Possessed como el del viejo Mantas, llevado naturalmente a una versión latinoamericana.
La banda contaba además con una importante cantidad de seguidores entre los asistentes. Muchos de ellos eran latinoamericanos y no dudaron en hacerles llegar sus gritos en español desde el público. La respuesta de los músicos fue un show contundente y conciso que, salvo por un pequeño inconveniente con una de las guitarras, se desarrolló sin mayores problemas.
También quedó claro que Atomic Aggressor atraviesa un excelente momento. La banda fue capaz de ejecutar canciones extremadamente rápidas y pesadas con la actitud y la energía necesarias, demostrando que los años no parecen haberles quitado capacidad para defender en vivo su material.
Musicalmente, el integrante que más llamó la atención fue el baterista. Con un kit enorme y de grandes dimensiones, consiguió un sonido pesado y contundente, mientras llevaba el ritmo con absoluta precisión. Pasaba de los blast beats más clásicos a determinados momentos de medio tiempo sin perder el control, y prácticamente no dejó platillo ni tom sin utilizar. Cuando una canción pedía un fill intrincado o un arreglo de platillos, ahí estaba. Ese trabajo constante enriqueció considerablemente las composiciones y evitó que la batería se limitara simplemente a sostener el ritmo.
El tremendo concierto terminó con el vocalista y bajista Alejandro arrojándose sobre el público, cerrando una presentación que dejó muy bien parada a una de las bandas históricas del death metal sudamericano.
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Desde Canadá llegó entonces Disembodiment, quienes ofrecieron un concierto correcto y entretenido. Los músicos demostraron bastante carisma, especialmente el vocalista, que no dejó de bromear con diferentes situaciones y encontró incluso espacio para hacer comentarios sobre el elevado precio de las cosas en Dinamarca.
Musicalmente, la propuesta fue bastante sencilla: un death metal directo que alternaba blast beats con pequeños cortes de medio tiempo, aunque sin demasiado desarrollo ni una gran variedad de recursos. La banda funcionó bien dentro de su fórmula, pero no llegó a ofrecer demasiadas sorpresas.
Personalmente, el punto menos convincente estuvo en la batería. En general, los bateristas canadienses dentro del metal extremo parecen tener una tendencia hacia una ejecución más tosca y menos prolija, y aquí esa característica también estuvo presente. Los golpes no siempre sonaban particularmente limpios, aunque sí eran extremadamente fuertes y contundentes. Esto le daba potencia al conjunto, aunque a costa de cierta precisión.
Mientras tanto, la ausencia de Rottrevore comenzaba a sentirse en la programación. Como consecuencia de que la banda no pudo llegar a tiempo para su presentación, Degraved, que originalmente iba a cerrar el segundo escenario, tuvo que ocupar su lugar.
Provenientes de Estados Unidos, Degraved ofreció un death metal clásico de la escuela estadounidense, con claras reminiscencias de Morbid Angel y Cannibal Corpse. La banda consiguió rápidamente ocupar el espacio que había quedado vacío y, sobre todo, evitar que la modificación del cartel afectara demasiado el ritmo de la jornada.
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La figura principal fue el vocalista y bajista, quien no solamente despachó unos guturales graves y aguerridos, sino que también se encargó de ejecutar unas líneas de bajo particularmente intrincadas e interesantes. El grupo presentó canciones de su único disco, Spectral Realm of Ruin, además de recuperar material anterior.
La recepción del público fue muy buena y Degraved consiguió cumplir una misión que, dadas las circunstancias, no era sencilla: cubrir el vacío dejado por una de las bandas más esperadas del festival.
Más tarde llegó Ectovoid, agrupación formada por miembros de Father Befouled y Seraphic Entombment, y nuevamente aparecieron las influencias de Incantation, aunque en este caso llevadas hacia un costado considerablemente más agresivo.
El concierto fue una auténtica aplanadora de riffs asesinos y blast beats veloces. El problema fue que esa misma característica terminó jugando en contra. La banda mantuvo un nivel de intensidad prácticamente constante, sin demasiadas variaciones, y después de un tiempo la propuesta comenzó a volverse monótona.
Esto también pudo percibirse en el público. Poco a poco, algunas personas comenzaron a abandonar el lugar, una señal bastante clara de que la intensidad permanente no siempre es suficiente para sostener la atención durante todo un concierto. Ectovoid demostró tener fuerza y agresividad de sobra, pero necesitó una mayor variedad para que esa potencia no terminara convirtiéndose en repetición.
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Y entonces llegó una de las verdaderas joyas de esta edición del festival. El turno fue para Abhorrence, uno de los nombres de culto del death metal finlandés. Formada a comienzos de los noventa, la banda tuvo una importancia fundamental dentro de la escena de su país y terminaría dando paso a la formación de Amorphis algunos años más tarde.
La formación que se presentó en Killtown tenía además un atractivo especial. En la guitarra se encontraba Tommi de Amorphis, mientras que detrás de la batería estaba Walteri de Opeth. Resultaba particularmente interesante ver a dos músicos acostumbrados a otros contextos trasladarse a un terreno completamente diferente.
La presencia de ambos se notó inmediatamente. Abhorrence ofreció una presentación mucho más profesional, fluida y precisa, con menos pausas y prácticamente ningún problema de sonido. Pero si hubo un músico que se destacó por encima del resto fue el baterista. Es difícil no exagerar al hablar de su nivel: si no es uno de los mejores bateristas extremos de la actualidad, seguramente está muy cerca. Todo lo que toca parece adquirir otra dimensión.
La comunicación con el público también fue uno de los puntos fuertes. Los integrantes se mostraron genuinamente felices de estar allí, tocando en un festival dedicado exclusivamente a la música que aman. Esa conexión se hizo todavía más evidente cuando dedicaron una canción al propio género que los había reunido en aquel escenario.
El cierre llegó con el clásico “Vulgar Necrolarity”, que desató el caos y la emoción entre los presentes. Fue uno de los mejores conciertos de todo el festival hasta ese momento y una de esas actuaciones que justifican por sí solas la existencia de un evento como Killtown.
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Después de semejante presentación, el turno fue para Cryptworm, una propuesta que resultaba especialmente interesante desde lo musical. Su death metal tenía un fuerte componente rítmico y contaba con un bajo particularmente técnico y hasta cierto punto funky, que se convirtió rápidamente en uno de los elementos más llamativos de la banda.
El bajista parecía capaz de hacer prácticamente cualquier cosa con su instrumento: slaps, riffs complejos, arreglos técnicos y líneas extremadamente rítmicas. Había mucho para descubrir en su manera de tocar y, sobre el papel, Cryptworm tenía todos los elementos para ofrecer uno de los conciertos más interesantes de la jornada.
Lamentablemente, el sonido terminó jugando completamente en contra. El bajo estaba excesivamente alto y saturaba de una manera que resultaba muy molesta, hasta el punto de tapar buena parte de la batería. La guitarra prácticamente desaparecía detrás de esa saturación y la batería apenas conseguía asomarse entre las frecuencias graves.
Fue una verdadera lástima, porque la propuesta de Cryptworm era de las más interesantes de la fecha, pero las condiciones de sonido hicieron imposible apreciarla como correspondía.
Para cerrar la segunda jornada llegó la banda más conocida de todo el cartel: Massacre. Fundada por Kam Lee, uno de los músicos fundamentales de los primeros años del death metal, la agrupación llegaba a Killtown con una enorme expectativa a cuestas. Sobre la importancia histórica de Lee y sus primeros pasos dentro del género habrá mucho más para hablar durante la tercera jornada, pero por el momento había que concentrarse en el concierto.
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Con un set basado casi en su totalidad en canciones de su clásico From Beyond, la locura estaba asegurada. Una verdadera horda de metaleros de la vieja escuela se encargó de transformar el centro de la sala en un pogo gigantesco, mientras el escenario recibía una descarga de death metal clásico en su máxima expresión.
Incluso hubo algún momento de tensión. Durante un intento de stagediving, uno de los asistentes tocó accidentalmente parte del equipo del guitarrista principal, quien reaccionó empujándolo. Un episodio breve dentro de un concierto marcado, en general, por una energía desbordante.
El sonido fue excelente. El bajo era una auténtica locura: pesado, crujiente y con ese carácter que uno espera encontrar en una banda de este estilo. Las guitarras estaban perfectamente distribuidas en sus funciones, con la guitarra rítmica ocupándose de construir la base mientras la principal se encargaba de las melodías y los solos. La batería, por su parte, mantuvo una estética completamente old school, alternando blast beats con ritmos más grooveros.
Pero la figura absoluta fue Kam Lee. A pesar de los años, el vocalista continúa rugiendo con una potencia sorprendente y, además, demostró un enorme carisma. No paró de hacer chistes, jugar con el público y disfrutar del caos que tenía delante.
Como si el recorrido histórico de la banda no fuera suficiente, el final incluyó un fragmento de “Raining Blood” de Slayer, dejando en evidencia la enorme influencia que aquella banda tuvo sobre el desarrollo del death metal. Después llegó “Corpse Grinder”, uno de los clásicos asociados a los primeros tiempos de Death y una canción en la que Kam Lee participó durante los inicios de aquella banda.
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Con Massacre se cerró una segunda jornada que, pese al inesperado cambio de programación provocado por la ausencia de Rottrevore, terminó siendo otra gran fecha del festival. La convocatoria había crecido, el ambiente comenzaba a sentirse cada vez más familiar y el público ya parecía formar parte de una comunidad reunida alrededor de una misma obsesión.
Entre viejos conocidos, visitantes llegados desde distintos países y una sucesión de bandas que difícilmente podrían verse juntas en otro lugar, Killtown seguía demostrando por qué tiene un lugar tan particular dentro del calendario del death metal mundial. Y si el segundo día terminó con la figura histórica de Kam Lee al frente de Massacre, el tercer día prometía profundizar todavía más en la historia del género, con nuevas sorpresas y algunos momentos que quedarían para el recuerdo.




La segunda jornada del Kill-Town Death Fest comenzó con una noticia que nadie esperaba: la presentación de Rottrevore había sido pospuesta. Una baja importante para un festival donde cada banda parece haber sido elegida con lupa, pero que lejos de disminuir la expectativa, terminó generando todavía más ansiedad por lo que pudiera ocurrir durante el resto del día. A esto se sumaba una convocatoria cada vez mayor. Para entonces, el ambiente ya comenzaba a sentirse mucho más familiar: entre concierto y concierto, las mismas caras se repetían una y otra vez, mientras asistentes llegados desde diferentes partes del mundo se reencontraban y compartían la experiencia de estar nuevamente en uno de los festivales más específicos del death metal underground.
El segundo día arrancó como debe hacerlo una jornada de estas características: con una banda extremadamente densa y cavernosa. Los estadounidenses Seraphic Entombment fueron los encargados de abrir el escenario con una propuesta oscura y atmosférica, pero que nunca perdió su enorme peso. La banda se movió constantemente en ese terreno donde la atmósfera no significa necesariamente perder agresividad, sino todo lo contrario: cada riff parecía arrastrarse desde algún lugar profundo para construir una sensación opresiva.
El elemento más destacable fue sin dudas la voz, que salía directamente de la garganta del baterista. Un registro profundo y cavernoso que, acompañado por un efecto de reverb, adquiría todavía más presencia y terminaba de completar ese sonido sepulcral que la banda buscaba transmitir. Fue un excelente comienzo para la segunda jornada, dejando claro desde temprano que el festival todavía tenía mucho material oscuro para ofrecer.
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La banda contaba además con una importante cantidad de seguidores entre los asistentes. Muchos de ellos eran latinoamericanos y no dudaron en hacerles llegar sus gritos en español desde el público. La respuesta de los músicos fue un show contundente y conciso que, salvo por un pequeño inconveniente con una de las guitarras, se desarrolló sin mayores problemas.
También quedó claro que Atomic Aggressor atraviesa un excelente momento. La banda fue capaz de ejecutar canciones extremadamente rápidas y pesadas con la actitud y la energía necesarias, demostrando que los años no parecen haberles quitado capacidad para defender en vivo su material.
Musicalmente, el integrante que más llamó la atención fue el baterista. Con un kit enorme y de grandes dimensiones, consiguió un sonido pesado y contundente, mientras llevaba el ritmo con absoluta precisión. Pasaba de los blast beats más clásicos a determinados momentos de medio tiempo sin perder el control, y prácticamente no dejó platillo ni tom sin utilizar. Cuando una canción pedía un fill intrincado o un arreglo de platillos, ahí estaba. Ese trabajo constante enriqueció considerablemente las composiciones y evitó que la batería se limitara simplemente a sostener el ritmo.
El tremendo concierto terminó con el vocalista y bajista Alejandro arrojándose sobre el público, cerrando una presentación que dejó muy bien parada a una de las bandas históricas del death metal sudamericano.
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Musicalmente, la propuesta fue bastante sencilla: un death metal directo que alternaba blast beats con pequeños cortes de medio tiempo, aunque sin demasiado desarrollo ni una gran variedad de recursos. La banda funcionó bien dentro de su fórmula, pero no llegó a ofrecer demasiadas sorpresas.
Personalmente, el punto menos convincente estuvo en la batería. En general, los bateristas canadienses dentro del metal extremo parecen tener una tendencia hacia una ejecución más tosca y menos prolija, y aquí esa característica también estuvo presente. Los golpes no siempre sonaban particularmente limpios, aunque sí eran extremadamente fuertes y contundentes. Esto le daba potencia al conjunto, aunque a costa de cierta precisión.
Mientras tanto, la ausencia de Rottrevore comenzaba a sentirse en la programación. Como consecuencia de que la banda no pudo llegar a tiempo para su presentación, Degraved, que originalmente iba a cerrar el segundo escenario, tuvo que ocupar su lugar.
Provenientes de Estados Unidos, Degraved ofreció un death metal clásico de la escuela estadounidense, con claras reminiscencias de Morbid Angel y Cannibal Corpse. La banda consiguió rápidamente ocupar el espacio que había quedado vacío y, sobre todo, evitar que la modificación del cartel afectara demasiado el ritmo de la jornada.
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La figura principal fue el vocalista y bajista, quien no solamente despachó unos guturales graves y aguerridos, sino que también se encargó de ejecutar unas líneas de bajo particularmente intrincadas e interesantes. El grupo presentó canciones de su único disco, Spectral Realm of Ruin, además de recuperar material anterior.
La recepción del público fue muy buena y Degraved consiguió cumplir una misión que, dadas las circunstancias, no era sencilla: cubrir el vacío dejado por una de las bandas más esperadas del festival.
Más tarde llegó Ectovoid, agrupación formada por miembros de Father Befouled y Seraphic Entombment, y nuevamente aparecieron las influencias de Incantation, aunque en este caso llevadas hacia un costado considerablemente más agresivo.
El concierto fue una auténtica aplanadora de riffs asesinos y blast beats veloces. El problema fue que esa misma característica terminó jugando en contra. La banda mantuvo un nivel de intensidad prácticamente constante, sin demasiadas variaciones, y después de un tiempo la propuesta comenzó a volverse monótona.
Esto también pudo percibirse en el público. Poco a poco, algunas personas comenzaron a abandonar el lugar, una señal bastante clara de que la intensidad permanente no siempre es suficiente para sostener la atención durante todo un concierto. Ectovoid demostró tener fuerza y agresividad de sobra, pero necesitó una mayor variedad para que esa potencia no terminara convirtiéndose en repetición.
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Y entonces llegó una de las verdaderas joyas de esta edición del festival. El turno fue para Abhorrence, uno de los nombres de culto del death metal finlandés. Formada a comienzos de los noventa, la banda tuvo una importancia fundamental dentro de la escena de su país y terminaría dando paso a la formación de Amorphis algunos años más tarde.
La formación que se presentó en Killtown tenía además un atractivo especial. En la guitarra se encontraba Tommi de Amorphis, mientras que detrás de la batería estaba Walteri de Opeth. Resultaba particularmente interesante ver a dos músicos acostumbrados a otros contextos trasladarse a un terreno completamente diferente.
La presencia de ambos se notó inmediatamente. Abhorrence ofreció una presentación mucho más profesional, fluida y precisa, con menos pausas y prácticamente ningún problema de sonido. Pero si hubo un músico que se destacó por encima del resto fue el baterista. Es difícil no exagerar al hablar de su nivel: si no es uno de los mejores bateristas extremos de la actualidad, seguramente está muy cerca. Todo lo que toca parece adquirir otra dimensión.
La comunicación con el público también fue uno de los puntos fuertes. Los integrantes se mostraron genuinamente felices de estar allí, tocando en un festival dedicado exclusivamente a la música que aman. Esa conexión se hizo todavía más evidente cuando dedicaron una canción al propio género que los había reunido en aquel escenario.
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El bajista parecía capaz de hacer prácticamente cualquier cosa con su instrumento: slaps, riffs complejos, arreglos técnicos y líneas extremadamente rítmicas. Había mucho para descubrir en su manera de tocar y, sobre el papel, Cryptworm tenía todos los elementos para ofrecer uno de los conciertos más interesantes de la jornada.
Lamentablemente, el sonido terminó jugando completamente en contra. El bajo estaba excesivamente alto y saturaba de una manera que resultaba muy molesta, hasta el punto de tapar buena parte de la batería. La guitarra prácticamente desaparecía detrás de esa saturación y la batería apenas conseguía asomarse entre las frecuencias graves.
Fue una verdadera lástima, porque la propuesta de Cryptworm era de las más interesantes de la fecha, pero las condiciones de sonido hicieron imposible apreciarla como correspondía.
Para cerrar la segunda jornada llegó la banda más conocida de todo el cartel: Massacre. Fundada por Kam Lee, uno de los músicos fundamentales de los primeros años del death metal, la agrupación llegaba a Killtown con una enorme expectativa a cuestas. Sobre la importancia histórica de Lee y sus primeros pasos dentro del género habrá mucho más para hablar durante la tercera jornada, pero por el momento había que concentrarse en el concierto.
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Incluso hubo algún momento de tensión. Durante un intento de stagediving, uno de los asistentes tocó accidentalmente parte del equipo del guitarrista principal, quien reaccionó empujándolo. Un episodio breve dentro de un concierto marcado, en general, por una energía desbordante.
El sonido fue excelente. El bajo era una auténtica locura: pesado, crujiente y con ese carácter que uno espera encontrar en una banda de este estilo. Las guitarras estaban perfectamente distribuidas en sus funciones, con la guitarra rítmica ocupándose de construir la base mientras la principal se encargaba de las melodías y los solos. La batería, por su parte, mantuvo una estética completamente old school, alternando blast beats con ritmos más grooveros.
Pero la figura absoluta fue Kam Lee. A pesar de los años, el vocalista continúa rugiendo con una potencia sorprendente y, además, demostró un enorme carisma. No paró de hacer chistes, jugar con el público y disfrutar del caos que tenía delante.
Como si el recorrido histórico de la banda no fuera suficiente, el final incluyó un fragmento de “Raining Blood” de Slayer, dejando en evidencia la enorme influencia que aquella banda tuvo sobre el desarrollo del death metal. Después llegó “Corpse Grinder”, uno de los clásicos asociados a los primeros tiempos de Death y una canción en la que Kam Lee participó durante los inicios de aquella banda.
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Con Massacre se cerró una segunda jornada que, pese al inesperado cambio de programación provocado por la ausencia de Rottrevore, terminó siendo otra gran fecha del festival. La convocatoria había crecido, el ambiente comenzaba a sentirse cada vez más familiar y el público ya parecía formar parte de una comunidad reunida alrededor de una misma obsesión.
Entre viejos conocidos, visitantes llegados desde distintos países y una sucesión de bandas que difícilmente podrían verse juntas en otro lugar, Killtown seguía demostrando por qué tiene un lugar tan particular dentro del calendario del death metal mundial. Y si el segundo día terminó con la figura histórica de Kam Lee al frente de Massacre, el tercer día prometía profundizar todavía más en la historia del género, con nuevas sorpresas y algunos momentos que quedarían para el recuerdo.




















