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Mushroomhead en Barcelona: “Llamando a los diablos”
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Texto y fotos: Jaume Estrada

A las 20:30 sonó por la megafonía de la sala la sintonía de Bob Esponja y respondieron unas doscientas gargantas repartidas por una pista que aguanta el triple. La cita estaba anunciada en la sala 2 de Apolo y acabó mudándose a la grande sin que nadie explicara el motivo, así que los huecos se veían el doble. Primera vez de Mushroomhead en Barcelona después de tres décadas de carrera, y les tocó un miércoles de agosto, con media escena de vacaciones o camino de Leyendas del Rock y Brutal Assault.

Cuando se apagó el último coro empezó el trabajo. “Eye to Eye”, del último disco, Call the Devil, entró con la sala en rojo y las máscaras apareciendo a contraluz: mono beige, chaleco negro, el apodo de cada uno a la espalda. En “A Requiem for Tomorrow” el rojo se fue a un azul frío que cambió el escenario de sitio, y el técnico de luces mantuvo ese pulso durante los setenta minutos sin pantallas ni vídeo de apoyo. El público, mientras tanto, seguía atrincherado en la mitad de atrás. Steve Rauckhorst tuvo que pedirlo dos veces para que la primera fila existiera.

Con “Fall in Line” apareció Jackie LaPonza y se acabó la distancia. Bajó de la tarima y cantó medio tema en volandas, con los de delante sujetándole los pies con las manos. Desde ahí el reparto de tres voces se convirtió en el argumento del concierto: un registro melódico, otro gutural y ella cruzándolos por arriba. “Qwerty” despertó a los veteranos y “Sun Doesn’t Rise” fue el primer momento en que la sala tapó a los amplificadores. En “Solitaire Unraveling”, con esas notas de teclado que imitan una caja de música, uno de los cantantes giró sobre sí mismo como una peonza antes de lanzarse sobre la gente. Los pocos que había abrieron dos pits pequeños y se los tomaron muy en serio.

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El agua hace aquí lo que el fuego en otras bandas. Los dos percusionistas se plantan al frente con sendos bidones transparentes iluminados por dentro y un sistema de inyección que convierte cada golpe en un surtidor de colores sobre las tres primeras filas. Aydin “Alien” Kerr no aflojó ni al final, alternando doble bombo con malabares de baquetas que se llevaron aplausos por sí solos, y Steve “Skinny” Felton siguió llevando el timón de la percusión y del apartado visual. La mezcla puso las guitarras de Dave “Gravy” Felton y Joe “Jenkins” Gaal por delante, con el bajo de Ryan “Dr. F” Farrell pegado al bombo. El vacío del fondo le quitaba cuerpo a los coros en las primeras canciones y eso solo se corrigió cuando la gente se juntó delante. “The Heresy” bajó las revoluciones para dejar sola a LaPonza y “Madness Within” recuperó el mecanismo de las tres voces recorriendo el escenario a saltos y patadas sincronizadas.

“Seen It All” y “Prepackaged” devolvieron el groove, “When Doves Cry” sigue siendo la mejor idea ajena de su repertorio y “12 Hundred” llegó con los siete engranados como si empezaran. Cerraron con “Born of Desire” y un injerto de “War Pigs” que la pista cazó al vuelo. Setenta minutos, sin teloneros y sin banda invitada que caliente nada. Para un estreno en la ciudad, el reloj se queda corto.

Al salir, la tarima y medio suelo de Apolo estaban encharcados. La cifra de taquilla dice más del calendario de agosto que de la banda que tocó encima. Doscientas personas se fueron sin voz de un concierto brutal y al final eso demuestra la conexión entre público y banda que es lo realmente importante.

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Mushroomhead en Barcelona: “Llamando a los diablos”
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Texto y fotos: Jaume Estrada

A las 20:30 sonó por la megafonía de la sala la sintonía de Bob Esponja y respondieron unas doscientas gargantas repartidas por una pista que aguanta el triple. La cita estaba anunciada en la sala 2 de Apolo y acabó mudándose a la grande sin que nadie explicara el motivo, así que los huecos se veían el doble. Primera vez de Mushroomhead en Barcelona después de tres décadas de carrera, y les tocó un miércoles de agosto, con media escena de vacaciones o camino de Leyendas del Rock y Brutal Assault.

Cuando se apagó el último coro empezó el trabajo. “Eye to Eye”, del último disco, Call the Devil, entró con la sala en rojo y las máscaras apareciendo a contraluz: mono beige, chaleco negro, el apodo de cada uno a la espalda. En “A Requiem for Tomorrow” el rojo se fue a un azul frío que cambió el escenario de sitio, y el técnico de luces mantuvo ese pulso durante los setenta minutos sin pantallas ni vídeo de apoyo. El público, mientras tanto, seguía atrincherado en la mitad de atrás. Steve Rauckhorst tuvo que pedirlo dos veces para que la primera fila existiera.

Con “Fall in Line” apareció Jackie LaPonza y se acabó la distancia. Bajó de la tarima y cantó medio tema en volandas, con los de delante sujetándole los pies con las manos. Desde ahí el reparto de tres voces se convirtió en el argumento del concierto: un registro melódico, otro gutural y ella cruzándolos por arriba. “Qwerty” despertó a los veteranos y “Sun Doesn’t Rise” fue el primer momento en que la sala tapó a los amplificadores. En “Solitaire Unraveling”, con esas notas de teclado que imitan una caja de música, uno de los cantantes giró sobre sí mismo como una peonza antes de lanzarse sobre la gente. Los pocos que había abrieron dos pits pequeños y se los tomaron muy en serio.

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