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Soulfly en Copenhague: “Cuando la leyenda pesa más que el presente”
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Sudamérica siempre fue una región a la que le costó triunfar fuera de sí misma. Si bien existen algunas excepciones, es extraño encontrar bandas latinoamericanas que logren triunfar en el mercado metalero estadounidense y/o europeo.

La gran excepción fue Sepultura. La banda latina que consiguió triunfar mundialmente y ganarse un lugar en el podio de las más grandes de la historia. Como ya sabemos, tras la salida de los hermanos Cavalera, la banda comenzó a bajar de categoría hasta ganarse un lugar dentro del circuito de culto. Max Cavalera, hace ya casi treinta años, formó su propia banda, Soulfly, y tuvo un destino similar. Hoy en día es un artista reconocido, pero pasó a convertirse en una figura de culto y, sobre todo, de convocatoria moderada en territorio europeo. Esto se vio reflejado en su presentación en la capital danesa, donde tocaron en Lille Vega, un recinto con capacidad para unas 500 personas que, si bien estaba bastante cargado, no llegó a agotarse.

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La banda encargada de calentar el escenario fue Mawiza, un grupo chileno muy interesante y personal. Caracterizados como indígenas mapuches, dieron inicio al concierto con una canción basada principalmente en percusión, mientras bailaban y se escondían detrás de unas llamativas máscaras de madera.

Pero pronto la distorsión tomó el escenario y pudimos apreciar una propuesta similar a la del artista principal. Una combinación de Groove Metal con música nativa latinoamericana, riffs cortos y compactos, una percusión muy sólida y marcada y gritos que recuerdan al Groove Metal de los 90.

La particularidad es que cantan en mapudungun, la lengua tradicional del pueblo mapuche, y en sus canciones reivindican su origen y luchan por los derechos de los pueblos originarios de su país. También abordan la naturaleza de la región patagónica, actualmente amenazada por distintos intereses económicos internacionales.

El sonido fue un poco extraño, ya que las guitarras estaban demasiado bajas, lo que les hizo perder bastante impacto. La base del show estuvo principalmente en la percusión y el bajo, que eran los encargados de aportar la mayor parte de la fuerza.

Dejando esto de lado, la banda logró remontar la situación gracias a un enorme carisma y a una conexión con el público realmente destacable. Consiguieron que la audiencia aplaudiera, bailara e incluso cantara en el idioma mencionado.

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El clímax del show llegó con el cover de Metallica, “Battery”. La canción fue reformulada con momentos más grooveros y rítmicos, dando como resultado una versión interesante que no se limita a copiar la original.

Los chilenos conquistaron corazones durante su presentación y, probablemente, terminen convirtiéndose en un número recurrente dentro de los festivales europeos.

Ahora sí, se abrieron las telas y quedó a la vista un escenario adornado con plantas y coronado por un telón con el nombre de Soulfly.

Los músicos entraron a escena y el último en aparecer fue el gran Max Cavalera. Tras una enorme ovación, “Back to the Primitive” convirtió el pequeño recinto en una verdadera batalla campal. Gente saltando, haciendo crowdsurf y empujándose con una enorme fuerza y energía. La locura continuó con el hit “Seek and Strike”, la deforme “No Hope = No Fear” y la groovera y poguera “Prophecy”. La intensidad del pogo no paraba de crecer.

Ahora hay que hacer una pausa para hablar de algunos detalles técnicos y ponernos minuciosos. La banda sonó muy bien. El sonido fue sólido, claro y contundente.

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Los músicos interpretaron las canciones de manera excelente. Zion Cavalera se convirtió en una auténtica bestia detrás de la batería. Tal fue así que Max pidió que lo llamaran “Octopus”, es decir, pulpo en inglés.

El bajista y el otro guitarrista también realizaron un trabajo excelente. Lo más destacable fue el contraste entre la guitarra de siete cuerdas y la de seis de Max. Esto hizo sonar a la banda más pesada y, al mismo tiempo, menos monótona.

Ahora bien, aunque duela decirlo, el eslabón más flojo fue el propio Max Cavalera. Si bien es dueño de un carisma y un aura únicas, técnicamente está un paso atrás. Nunca fue un guitarrista particularmente firme en vivo, pero esta vez solo tocó durante momentos puntuales. Sin embargo, lo más grave es su falta de voz: no tiene garganta, no tiene peso ni contundencia. Es un grito ahogado que muy pocas veces consigue tomar potencia. Incluso por momentos canta prácticamente limpio. Uno entiende que el prime ya pasó, pero haciendo una comparación con sus contemporáneos, e incluso con otros cantantes mayores que él, Max está varios escalones por debajo.

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Otro momento clave del show fue “Tribe”, donde Max tomó un instrumento tradicional brasileño y todos los presentes cantaron el coro inicial. También hubo espacio para canciones nuevas, como la furiosa “Favelas/Dystopia”, que cerró la primera parte del show. Tras saltearse varias canciones del setlist, llegó el final con “Head Up”, canción que cuenta con la colaboración de Deftones, y un fragmento de “Jump the Fuck Up”, donde participa Corey Taylor. En este momento, Max ordenó que todos se agacharan para luego saltar al comienzo del riff.

Fue uno de los momentos más increíbles del show. Y luego llegó el final con el clásico “Eye for an Eye”, festejado por todos los presentes. Tras un breve saludo, la banda se retiró. Si bien la gente se fue conforme y, honestamente, se vivió un gran momento, no puedo sacarme de la cabeza varios puntos negativos.

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Creo que Soulfly perdió convocatoria porque también perdió parte de su identidad. Del Nu Metal con arreglos folclóricos y tribales pasó al Groove Metal y, posteriormente, a un Thrash que coquetea con el Death Metal, bastante simple y poco desarrollado. Esto demuestra, al menos desde mi perspectiva, que Max se quedó sin demasiadas ideas nuevas para aportar a su proyecto. Y lo último, pero quizás más importante, es lo ya mencionado: el mal estado de su voz.

Sinceramente, creo que el principal motivo para ir hoy en día a un concierto de alguna de las bandas de Max Cavalera es la nostalgia. Es disfrutar de esas canciones que nos acompañaron durante toda la vida y volver a conectar con una época en la que Sepultura y Soulfly representaban algo mucho más grande.

La música sigue estando ahí.

La leyenda también.

Pero, lamentablemente, parece que el tiempo empieza a pesar demasiado sobre quien alguna vez fue una de las figuras más importantes del metal extremo.

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Sudamérica siempre fue una región a la que le costó triunfar fuera de sí misma. Si bien existen algunas excepciones, es extraño encontrar bandas latinoamericanas que logren triunfar en el mercado metalero estadounidense y/o europeo.

La gran excepción fue Sepultura. La banda latina que consiguió triunfar mundialmente y ganarse un lugar en el podio de las más grandes de la historia. Como ya sabemos, tras la salida de los hermanos Cavalera, la banda comenzó a bajar de categoría hasta ganarse un lugar dentro del circuito de culto. Max Cavalera, hace ya casi treinta años, formó su propia banda, Soulfly, y tuvo un destino similar. Hoy en día es un artista reconocido, pero pasó a convertirse en una figura de culto y, sobre todo, de convocatoria moderada en territorio europeo. Esto se vio reflejado en su presentación en la capital danesa, donde tocaron en Lille Vega, un recinto con capacidad para unas 500 personas que, si bien estaba bastante cargado, no llegó a agotarse.

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La banda encargada de calentar el escenario fue Mawiza, un grupo chileno muy interesante y personal. Caracterizados como indígenas mapuches, dieron inicio al concierto con una canción basada principalmente en percusión, mientras bailaban y se escondían detrás de unas llamativas máscaras de madera.

Pero pronto la distorsión tomó el escenario y pudimos apreciar una propuesta similar a la del artista principal. Una combinación de Groove Metal con música nativa latinoamericana, riffs cortos y compactos, una percusión muy sólida y marcada y gritos que recuerdan al Groove Metal de los 90.

La particularidad es que cantan en mapudungun, la lengua tradicional del pueblo mapuche, y en sus canciones reivindican su origen y luchan por los derechos de los pueblos originarios de su país. También abordan la naturaleza de la región patagónica, actualmente amenazada por distintos intereses económicos internacionales.

El sonido fue un poco extraño, ya que las guitarras estaban demasiado bajas, lo que les hizo perder bastante impacto. La base del show estuvo principalmente en la percusión y el bajo, que eran los encargados de aportar la mayor parte de la fuerza.

Dejando esto de lado, la banda logró remontar la situación gracias a un enorme carisma y a una conexión con el público realmente destacable. Consiguieron que la audiencia aplaudiera, bailara e incluso cantara en el idioma mencionado.

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Los chilenos conquistaron corazones durante su presentación y, probablemente, terminen convirtiéndose en un número recurrente dentro de los festivales europeos.

Ahora sí, se abrieron las telas y quedó a la vista un escenario adornado con plantas y coronado por un telón con el nombre de Soulfly.

Los músicos entraron a escena y el último en aparecer fue el gran Max Cavalera. Tras una enorme ovación, “Back to the Primitive” convirtió el pequeño recinto en una verdadera batalla campal. Gente saltando, haciendo crowdsurf y empujándose con una enorme fuerza y energía. La locura continuó con el hit “Seek and Strike”, la deforme “No Hope = No Fear” y la groovera y poguera “Prophecy”. La intensidad del pogo no paraba de crecer.

Ahora hay que hacer una pausa para hablar de algunos detalles técnicos y ponernos minuciosos. La banda sonó muy bien. El sonido fue sólido, claro y contundente.

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El bajista y el otro guitarrista también realizaron un trabajo excelente. Lo más destacable fue el contraste entre la guitarra de siete cuerdas y la de seis de Max. Esto hizo sonar a la banda más pesada y, al mismo tiempo, menos monótona.

Ahora bien, aunque duela decirlo, el eslabón más flojo fue el propio Max Cavalera. Si bien es dueño de un carisma y un aura únicas, técnicamente está un paso atrás. Nunca fue un guitarrista particularmente firme en vivo, pero esta vez solo tocó durante momentos puntuales. Sin embargo, lo más grave es su falta de voz: no tiene garganta, no tiene peso ni contundencia. Es un grito ahogado que muy pocas veces consigue tomar potencia. Incluso por momentos canta prácticamente limpio. Uno entiende que el prime ya pasó, pero haciendo una comparación con sus contemporáneos, e incluso con otros cantantes mayores que él, Max está varios escalones por debajo.

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Fue uno de los momentos más increíbles del show. Y luego llegó el final con el clásico “Eye for an Eye”, festejado por todos los presentes. Tras un breve saludo, la banda se retiró. Si bien la gente se fue conforme y, honestamente, se vivió un gran momento, no puedo sacarme de la cabeza varios puntos negativos.

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Sinceramente, creo que el principal motivo para ir hoy en día a un concierto de alguna de las bandas de Max Cavalera es la nostalgia. Es disfrutar de esas canciones que nos acompañaron durante toda la vida y volver a conectar con una época en la que Sepultura y Soulfly representaban algo mucho más grande.

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