


La sala The One de Sant Vicent del Raspeig (Alicante) acogió, el pasado 24 de octubre, una cita para salir con las cervicales castigadas: Eternal, Undeath, Ingested y Suffocation reunieron distintas maneras de abordar el metal extremo, desde el pulso de la vieja escuela hasta las acometidas del deathcore. Cuatro actuaciones que respetaron los horarios previstos y dejaron una noche con personalidad propia en cada relevo.
Los encargados de abrir fueron Eternal, cuyos jóvenes integrantes encontraron una respuesta considerable desde el comienzo ya que el público ocupaba ya una parte considerable de la sala. Una buena imagen para una primera actuación que merecía atención y que tuvo argumentos para tenerla.
La velocidad marcó buena parte de su descarga, alternada con tramos pesados que daban otro peso a los riffs. Entre ambas marchas aparecieron detalles de tapping y recursos técnicos que permitían fijarse en las guitarras sin perder el hilo del conjunto. Su juventud resultaba evidente sobre las tablas, pero también las ganas de defender su propuesta. Dejaron el terreno preparado para una velada que todavía tenía mucho castigo por delante.
Con Undeath llegó una conexión más inmediata con la sala. Los neoyorquinos fueron de menos a más, apoyados en un death metal americano rítmico, rápido y contundente. Las proyecciones del videojuego Doom encajaban a la perfección con ese universo de violencia, mugre y velocidad.
Su cantante, con una camiseta de Spectral Wound que aportaba la cuota visual de black metal, insistía en que moviéramos la cabeza. La invitación tenía respuesta: el ambiente se iba caldeando y los riffs hacían el resto. Los solos aparecían con cuentagotas, breves y subordinados al golpe colectivo, mientras el bajo sin trastes aportaba una ejecución impecable y detalles que merecían atención entre tanta contundencia. Undeath dejaron buenas sensaciones gracias a esa combinación de furia, conexión con el público y canciones hechas para disfrutarlas en movimiento.
Ingested cambiaron el paisaje con un inicio demoledor. Su sonido, mucho más moderno, llevó la noche hacia el cruce entre deathcore, brutal death y slam. Funcionaron como una apisonadora, encadenando acometidas veloces y bajadas de revoluciones diseñadas para descargar todo el peso sobre la pista.
Sin bajista sobre el escenario, el protagonismo recaía en las guitarras, los distintos registros vocales y un batería de aspecto juvenil cuyo doble bombo, de sonido marcadamente disparado, parecía no conceder descanso. Abajo, el público disfrutaba “recogiendo cebollas” y acompañando los breakdowns con los movimientos habituales del género.
La comunicación entre canciones resultó menos efectiva. El vocalista no facilitaba demasiado la comprensión de sus intervenciones y parte de la sala desconectaba cuando se dirigía a ella. En cuanto regresaba la música, sin embargo, recuperaban la atención a base de contundencia y cabeceos pesados. Fue una descarga física, de impacto inmediato, que elevó la intensidad antes del último turno.
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Suffocation comenzaron puntuales pese a unos pequeños problemas técnicos iniciales y, poco después del inicio, con el monitor de Charlie. Un contratiempo que acompañó los primeros momentos, pero que no terminó definiendo su actuación.
El protagonismo de los solos y el virtuosismo instrumental marcaron rápidamente la diferencia. Cada músico parecía concentrado en su cometido, con pocas interacciones entre miembros. Aun así, se percibía que disfrutaban tocando: bastaba observar como afrontaban cada pasaje.
Los graves del cantante, reforzados por la reverberación, añadían profundidad a una descarga en la que el bajo sonaba como si las cuerdas estuvieran hechas de hierro, un hierro fino e indestructible. La postura del bajista, inclinado sobre el instrumento, aportaba además una imagen inconfundible y muy característica. Las guitarras alternaban precisión, peso y solos con espacio para desarrollarse, mostrando un enfoque distinto al de las bandas anteriores.
Los cambios de luces generaban distintas atmósferas y acompañaban bien los giros de la música, aunque, por momentos, parecían olvidarse del batería.
También hubo un episodio incómodo cuando un asistente fue sacado de la sala tras hacer crowdsurfing. Al regreso del guardia de seguridad, Charlie le indicó que no repitiera la maniobra, dando el asunto por zanjado.
La felicitación de cumpleaños a un músico de las bandas anteriores y la aparición de dos compañeros de cartel, para compartir voces durante última parte del show, aportaron el contrapunto de camaradería. Así acabó de tomar forma una noche con cuatro propuestas diferenciadas y una misma exigencia física. Eternal aprovecharon la apertura, Undeath hicieron crecer la complicidad, Ingested descargaron su maquinaria y Suffocation cerraron con la precisión y la brutalidad que reclamaba el cartel.



La sala The One de Sant Vicent del Raspeig (Alicante) acogió, el pasado 24 de octubre, una cita para salir con las cervicales castigadas: Eternal, Undeath, Ingested y Suffocation reunieron distintas maneras de abordar el metal extremo, desde el pulso de la vieja escuela hasta las acometidas del deathcore. Cuatro actuaciones que respetaron los horarios previstos y dejaron una noche con personalidad propia en cada relevo.
Los encargados de abrir fueron Eternal, cuyos jóvenes integrantes encontraron una respuesta considerable desde el comienzo ya que el público ocupaba ya una parte considerable de la sala. Una buena imagen para una primera actuación que merecía atención y que tuvo argumentos para tenerla.
La velocidad marcó buena parte de su descarga, alternada con tramos pesados que daban otro peso a los riffs. Entre ambas marchas aparecieron detalles de tapping y recursos técnicos que permitían fijarse en las guitarras sin perder el hilo del conjunto. Su juventud resultaba evidente sobre las tablas, pero también las ganas de defender su propuesta. Dejaron el terreno preparado para una velada que todavía tenía mucho castigo por delante.
Con Undeath llegó una conexión más inmediata con la sala. Los neoyorquinos fueron de menos a más, apoyados en un death metal americano rítmico, rápido y contundente. Las proyecciones del videojuego Doom encajaban a la perfección con ese universo de violencia, mugre y velocidad.
Su cantante, con una camiseta de Spectral Wound que aportaba la cuota visual de black metal, insistía en que moviéramos la cabeza. La invitación tenía respuesta: el ambiente se iba caldeando y los riffs hacían el resto. Los solos aparecían con cuentagotas, breves y subordinados al golpe colectivo, mientras el bajo sin trastes aportaba una ejecución impecable y detalles que merecían atención entre tanta contundencia. Undeath dejaron buenas sensaciones gracias a esa combinación de furia, conexión con el público y canciones hechas para disfrutarlas en movimiento.
Ingested cambiaron el paisaje con un inicio demoledor. Su sonido, mucho más moderno, llevó la noche hacia el cruce entre deathcore, brutal death y slam. Funcionaron como una apisonadora, encadenando acometidas veloces y bajadas de revoluciones diseñadas para descargar todo el peso sobre la pista.
Sin bajista sobre el escenario, el protagonismo recaía en las guitarras, los distintos registros vocales y un batería de aspecto juvenil cuyo doble bombo, de sonido marcadamente disparado, parecía no conceder descanso. Abajo, el público disfrutaba “recogiendo cebollas” y acompañando los breakdowns con los movimientos habituales del género.
La comunicación entre canciones resultó menos efectiva. El vocalista no facilitaba demasiado la comprensión de sus intervenciones y parte de la sala desconectaba cuando se dirigía a ella. En cuanto regresaba la música, sin embargo, recuperaban la atención a base de contundencia y cabeceos pesados. Fue una descarga física, de impacto inmediato, que elevó la intensidad antes del último turno.
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Suffocation comenzaron puntuales pese a unos pequeños problemas técnicos iniciales y, poco después del inicio, con el monitor de Charlie. Un contratiempo que acompañó los primeros momentos, pero que no terminó definiendo su actuación.
El protagonismo de los solos y el virtuosismo instrumental marcaron rápidamente la diferencia. Cada músico parecía concentrado en su cometido, con pocas interacciones entre miembros. Aun así, se percibía que disfrutaban tocando: bastaba observar como afrontaban cada pasaje.
Los graves del cantante, reforzados por la reverberación, añadían profundidad a una descarga en la que el bajo sonaba como si las cuerdas estuvieran hechas de hierro, un hierro fino e indestructible. La postura del bajista, inclinado sobre el instrumento, aportaba además una imagen inconfundible y muy característica. Las guitarras alternaban precisión, peso y solos con espacio para desarrollarse, mostrando un enfoque distinto al de las bandas anteriores.
Los cambios de luces generaban distintas atmósferas y acompañaban bien los giros de la música, aunque, por momentos, parecían olvidarse del batería.
También hubo un episodio incómodo cuando un asistente fue sacado de la sala tras hacer crowdsurfing. Al regreso del guardia de seguridad, Charlie le indicó que no repitiera la maniobra, dando el asunto por zanjado.
La felicitación de cumpleaños a un músico de las bandas anteriores y la aparición de dos compañeros de cartel, para compartir voces durante última parte del show, aportaron el contrapunto de camaradería. Así acabó de tomar forma una noche con cuatro propuestas diferenciadas y una misma exigencia física. Eternal aprovecharon la apertura, Undeath hicieron crecer la complicidad, Ingested descargaron su maquinaria y Suffocation cerraron con la precisión y la brutalidad que reclamaba el cartel.























