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Z! Live 2026 – Dia 2: “Polvo, Sudor y Acero”
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¡Dejad de llorar por el puto calor, que esto es Metal de trinchera y aquí se viene a sudar sangre y a morder el polvo! Mientras los panfletos comerciales y la prensa bienqueda os venden crónicas edulcoradas llenas de postureo, este guerrero del obturador se mete en el foso del Recinto Ferial IFEZA para escupir la verdad más cruda de una jornada demoledora. Fue un día donde las bandas se partieron la cara contra las inclemencias del tiempo, un polvo en suspensión que secaba las gargantas y unos técnicos de sonido que, en más de una ocasión, merecerían el paredón sónico.
A pesar de los habituales desajustes de producción de los festivales medianos y de la tortura climática, lo que se vivió en el Z! Live fue un ejercicio de pura resistencia metálica. Nueve bandas, sin tregua ni piedad, se subieron a las tablas para demostrar que el cuero y las tachuelas son el único pasaporte válido para escapar de la puta realidad. A continuación, desglosamos la carnicería cronológica, minuto a minuto, de una jornada donde el underground y las viejas leyendas volvieron a ganar la batalla en tierras zamoranas.

Abrían fuego a media tarde los vallisoletanos Xeria, una banda que jugaba prácticamente en casa y que, con una aplastante trayectoria, demostró cómo se dinamita un festival a base de Hard Rock y Metal Melódico de alta escuela. Entrar a tocar a las cuatro y cuarto de la tarde, con el sol de justicia castellano cayendo a plomo sobre el asfalto del IFEZA, es un castigo divino, pero ellos lo afrontaron con una rabia y una elegancia dignas de quienes están listos para asaltar los grandes escenarios europeos.

Liderados por la imponente, limpia y a la vez desgarradora voz de Marina Amieva, que encandiló a la masa desde el primer minuto, la banda no se amilanó ante una explanada que aún empezaba a poblarse de valientes sedientos. A los flancos, el hacha de César destiló riffs compactos y solos de una limpieza técnica impecable, mientras el colchón atmosférico de los teclados de Víctor aportaba la magia sinfónica y melódica característica de su sonido. En la retaguardia, el pulso rítmico y la pegada milimétrica de Félix en la batería construyeron un muro sónico perfecto para combatir el sopor vespertino.

Tras una sugerente intro instrumental por megafonía que hizo mirar al escenario a los rezagados, arrancaron las primeras ovaciones de la tarde con la crudeza melódica de “Una Lágrima Más”, un tema que funcionó como un puñetazo directo a la mandíbula de los madrugadores. Sin solución de continuidad, fueron encadenando himnos de pura factura técnica y estribillos adictivos, destapando la elegancia de “Mi Reina” y la fuerza mística de “Edén”.

La banda se gustaba sobre las tablas, interactuando constantemente con las primeras filas que desafiaban la insolación. Continuaron desgranando su repertorio con la majestuosa “La Luna Siempre Brilla” y la incendiaria fuerza de “Fuego”, que subió aún más los termómetros del IFEZA.

Encarando la recta final de su asalto, Xeria terminó de ganarse el respeto unánime de la plaza disparando la rabiosa “Contra las Estrellas” y la melancólica intensidad de “Arena entre los Dedos”. Para el desenlace definitivo, la banda desató toda su potencia con “Tienes Miedo”, estirando las revoluciones hasta un colosal clímax final que dejó las cervicales calientes, los puños en alto y el polvo en la boca para lo que se venía encima. Un triunfo rotundo de puro Metal Melódico estatal para abrir la jornada.

Sin un maldito segundo de tregua para ir a la barra a por un minikit de supervivencia líquida, los londinenses Kardinal X asaltaron el escenario contiguo. Llegados directamente desde las profundidades del circuito underground de la capital británica, aterrizaron en Zamora como una de las apuestas más exclusivas del festival gracias a la alianza con la London Metal Coalition, una iniciativa destinada a exportar la nueva sangre del rock y metal londinense a los grandes festivales europeos. Venían con la firme intención de demostrar que el Heavy Metal clásico europeo sigue teniendo savia nueva, actitud barriobajera y mucha mala leche.

Su propuesta no engaña a nadie: es un viaje directo a los primeros años ochenta, cuando el metal se hacía con sudor, amplificadores al once y melenas al viento, evocando de lleno el sonido crudo de la NWOBHM y el hard rock de la vieja escuela. Al frente de la embestida, un imponente Jimi James se destrozó la garganta con una potente voz que recordaba a los grandes mitos del género, desafiando la física del calor zamorano desde el primer rugido. A los flancos, las estructuras rítmicas pesadas y los solos melódicos corrieron a cargo de un magistral Shaun Dunne, encargado de disparar los rifles guitarreros de la banda con una sincronización milimétrica, mientras el pulso subterráneo y robusto de Ade Kiely al bajo y los parches ejecutados con violencia por John Kane en la batería mantenían el orden militar de la descarga. El combo nos fusiló el cráneo de manera consecutiva, sin apenas discursos ni concesiones a la galería.

Abrieron fuego con la declaración de intenciones de “The Resistance”, empalmada de inmediato con la opresión sónica de “The Cage” y las vertiginosas cabalgadas rítmicas de “Wolves”. Para cuando atronaron las oscuras melodías de “Dark Waters” y el ritmo pesado de “Shadows Rising”, el foso ya presentaba un aspecto mucho más digno, con cientos de chalecos de parches coreando los estribillos y rindiéndose ante la pegada de los británicos.

La banda continuó su ofensiva sin levantar el pie del cuello del IFEZA, desatando la fuerza de “Cult of XII”, la majestuosidad de “The Empty Throne” y el contraste afilado de “Dark Light”. Terminaron su asalto definitivo de manera destructiva con “The Scourge”, un cañonazo sónico que dejó claro que el underground de las islas no ha venido a Zamora de turismo, sino a ganar la batalla por K.O. técnico. Una soberbia carta de presentación.

Llegaba uno de los platos fuertes para los amantes del metal sin adulterar. Las brujas suizas Burning Witches demostraron acto seguido que el auténtico metal se forja con fuego, azufre y una actitud que ya quisieran para sí muchos tíos que van de malotes por la vida. Eran uno de los nombres marcados en rojo por la parroquia del festival, y las expectativas no solo se cumplieron, sino que saltaron por los aires, coronándose como una de las grandes triunfadoras de toda la jornada.

Comandadas por la fundadora y hacha de la banda, Romana Kalkuhl, el concierto fue un vendaval de riffs afilados. A su lado, los salvajes e incendiarios solos de la demoledora guitarrista norteamericana Courtney Cox firmaron un clínic perfecto de cómo debe sonar el metal de la vieja escuela en pleno siglo XXI. Respaldados por el bajo atronador, gordo y crujiente de Jeanine Grob y la pegada hercúlea e incansable de Lala Frischknecht reventando los parches de la batería, la base rítmica fue un muro de hormigón que retumbó en los cimientos del IFEZA. Y al frente de la pira, la imponente Laura Guldemond una auténtica fiera escénica que maneja los agudos, los rasgados y las voces más clásicas con una autoridad insultante.

Firmaron un setlist masivo y sin prisioneros que fue una apisonadora desde el primer segundo. Tras la intro de rigor, arrancaron la ceremonia vertiendo sangre sónica con “Sanguis Hominum”, encadenando de inmediato la agresividad de “Soul Eater”, la crudeza de “Shame” y ese trallazo directo al foso que es “Dance With the Devil”. El público ya estaba totalmente entregado a su aquelarre cuando descargaron “Maiden of Steel” y las densas atmósferas de “The Dark Tower”.

La banda no bajó el pistón un solo milímetro, ametrallando el recinto con la rabia de “Inquisition” y el azote de “Release Me”. Los clásicos no dejaban de caer sobre las cabezas del público con la oscura y rítmica “Black Widow”, el macarrismo de “Evil Witch” y los vertiginosos ritmos de “Lucid Nightmare”.

El tramo final fue un auténtico delirio de cuero y tachuelas. Nos pasaron por encima con el hachazo de “Hexenhammer”, las veloces cabalgadas de “Wings of Steel” y la épica majestuosa de “The Witch of the North”. Para la traca de despedida, las suizas incendiaron definitivamente Zamora con su himno homónimo “Burning Witches” y pusieron el broche de oro con la perversa oscuridad de “Malus Maga”. Salieron por la puerta grande, dejando el listón a una altura sideral y recordándonos por qué el heavy metal tradicional sigue vivo: porque no hace prisioneros.

Y si de historia con mayúsculas va la cosa, lo de Su Ta Gar fue una puta lección de orgullo, combatividad, coherencia sónica y dignidad sobre las tablas. Los de Éibar llegaban a Zamora reivindicando sus raíces, barriendo cualquier atisbo de duda y demostrando por qué son una institución del metal peninsular. Celebrando sus tres décadas largas de pura insurgencia, la banda vasca ofreció un concierto memorable, cantado íntegramente en euskera, convirtiéndose por derecho propio en otro de los puntos álgidos indiscutibles del viernes.

La mítica formación se plantó en el escenario con la seguridad que da el saberse poseedores de un sonido propio y un estatus de culto ganado a base de kilómetros y honestidad. Al frente de la nave, un incombustible Aitor Gorosabel a las voces y la guitarra solista dio cátedra de carisma. Su voz, rota, rabiosa y cargada de una carga emotiva brutal, conectó de inmediato con un público que, aunque en su mayoría no dominara el euskera, entendió a la perfección el mensaje de lucha y resistencia implícito en cada nota. A su lado, Xabi Bastida estuvo soberbio, escupiendo fuego desde las seis cuerdas rítmicas con unos riffs que son el pilar del thrash metal euskaldun. En la retaguardia, Igor Diez clavó el tempo al bajo con una contundencia monolítica, mientras un salvaje Galder Arrillaga destrozaba las baquetas tras los platos, imprimiendo esa velocidad característica que es marca de la casa.

Desataron la locura colectiva en las primeras filas del festival zamorano, donde se apiñaban tanto seguidores veteranos como jóvenes que descubrían la apisonadora vasca por primera vez. Empezaron escupiendo sin piedad la crudeza de “Etsairik ausartena”, empalmada con la velocidad de “Zuzen” y el hachazo de “Jaiotze Basatia / Begira”, un inicio triple que fue un puñetazo directo a la mandíbula de los allí presentes. La banda no dio tregua, encadenando la rabiosa e indispensable “Sistematik ihes” y la mística “Mari”, un clásico que puso a rugir a todo el IFEZA.

Cada tema era una reivindicación de su identidad, un recordatorio de que el metal no entiende de fronteras lingüísticas cuando se hace desde las tripas. Siguieron cayendo trallazos históricos de la talla de “David eta Goliath”, la velocidad endiablada de “Zure atzetik” y la pesadez aplastante de “Oinazearen indarra”. El foso era ya un hervidero de polvo y sudor cuando la banda encaró el tramo final con “Zure aurrean makurtzen naiz” y la híper veloz “Etsi gabe”.

Para el clímax del set regular, como no podía ser de otra manera, se guardaron ese himno homónimo, inmortal e intergeneracional que es “Jo ta ke”. La canción desató los pogos más salvajes de la tarde, incendiando el recinto con su riff incendiario y ese estribillo que es un grito de guerra absoluto. Tras una brevísima pausa para tomar aire, regresaron al escenario para rematar a los supervivientes con el ‘encore’ definitivo, una destructiva “Alarma Egoera” que dejó las cervicales del público hechas trizas. Nos recordaron a todos por qué son leyendas vivas de nuestra música: por su coherencia inquebrantable. Un concierto de diez.

A las ocho y media de la tarde, con el sol empezando a dar una tregua pero dejando un ambiente cargado y asfixiante, aparecía en escena Blaze Bayley. El indomable ex-vocalista de Iron Maiden es un superviviente nato. Ha sobrevivido a infartos, a las críticas despiadadas de la industria y al olvido de los medios mayoritarios. En Zamora, se dejó la piel contra los elementos, el paso del tiempo y un sonido deficiente de mierda que rozó el boicot técnico durante los primeros veinte minutos. El inicio de su descarga sufrió de un bajo desaparecido, acoples molestos y una voz que costaba retener en la mezcla, pero a Blaze eso le importa un bledo. Él viene de la escuela británica de picar piedra.

Para esta batalla, el británico no venía solo, sino respaldado por los miembros de la banda Absolva, quienes llevan más de una década siendo su motor incansable en estudio y directo. Olvidaos de mercenarios de renombre y postureo; estos tipos demostraron una fidelidad, una hermandad y una pegada sobre el escenario que ya quisieran muchas superestrellas. Con las botas clavadas en las tablas del IFEZA, la guitarra solista y afilada de Chris Appleton lideró la ofensiva sónica escupiendo fuego, secundada a la perfección por la demoledora guitarra rítmica de su hermano Luke Appleton (ex-bajista de Iced Earth). En la retaguardia, el bajo ultra-pesado de Karl Schramm y la implacable, seca y precisa batería de Martin McNee se encargaron de levantar ese muro sónico indispensable para clavar las míticas cabalgadas rítmicas de la era de la Doncella de Hierro.

El quinteto nos recordó que este negocio es, ante todo, un ejercicio de resistencia pura y pundonor. Blaze miró a los ojos a la gente de las primeras filas, gesticuló con esa teatralidad tan suya y nos regaló un setlist de infarto centrado en gran parte en su repertorio cuando formó parte de Iron Maiden, desatando la nostalgia y la locura colectiva de la vieja guardia.

Arrancó la descarga habitual de Doctor Doctor en directo para continuar con la densidad de “The Dark”, un tema de su catálogo en solitario que sirvió para tantear el terreno y asentar los bafles tras el desastre técnico inicial. Pero la primera gran explosión de júbilo llegó de inmediato al rescatar del olvido los cortes de la injustamente infravalorada etapa del The X Factor y Virtual XI. Blaze demostró que esos himnos defienden su valía por sí mismos cuando se escupen con honestidad; sonaron inmensos, envueltos en esa épica oscura que los caracteriza.

A partir de ahí, el concierto fue un tiro. Arremetió con la fuerza powermetalera de “Valhalla”, la intimista pero potente “The Man” y las vertiginosas cabalgadas de “Shadow of the Night”. A pesar de las evidentes limitaciones vocales propias de la edad, del desgaste del circuito y de las batallas de salud superadas, el tipo lo compensó con una entrega absoluta, cantando desde las entrañas y dejándose el alma en cortes como “Wings of Steel”, la rabiosa “The Raging Kind” y la futurista “The Future”.

Para el cierre, guardó un épico final con “The Final Frontier”, dejando claro que merece muchísimo más respeto del que los críticos de salón y los “Maidenistas” de camiseta reluciente le otorgan en sus foros de internet. Blaze Bayley es uno de los nuestros, un auténtico obrero del metal que se vació sin guardarse nada sobre el escenario zamorano.

.La fiesta más descarada, melódica y electrizante llegó con el Hard Rock de alto octanaje de los suecos H.E.A.T. Cambiábamos radicalmente de tercio: del misticismo, las cabalgadas y la crudeza previa, pasábamos al desfase, los estribillos híper coreables y la energía puramente festiva. Los escandinavos pusieron el recinto del IFEZA patas arriba con un quinteto que es pura dinamita escénica, laca, actitud chulesca y macarrismo ilustrado de alta escuela.

Al frente de la banda, un desatado y eléctrico Kenny Leckremo derrochó carisma a raudales, corriendo de un lado a otro del escenario, saltando desde las tarimas de la batería y demostrando una pegada vocal brutal y una actitud chulesca al micro que contagió de inmediato a la masa. A su lado, el hacha Dave Dalone estuvo sublime, tejiendo riffs asesinos, solos neoclásicos a una velocidad de vértigo y armonías perfectas junto a las teclas del maestro Jona Tee. En el motor rítmico, Jimmy Jay al bajo no paró de azotar las frecuencias graves con una pose puramente rockera, mientras Don Crash marcaba el ritmo del desfase absoluto tras los platos, dándole a los temas esa pegada gamberra, contundente y adictiva tan propia del mejor Hard Rock escandinavo contemporáneo.
La banda ofreció un auténtico torbellino de evasión y adrenalina, disparando un setlist infalible concebido única y exclusivamente por y para reventar directos. Abrieron la veda de manera destructiva con “Disaster”, empalmada de inmediato con el ritmo infeccioso de “Rock Your Body” y el cañonazo melódico de “Dangerous Ground”. El IFEZA se convirtió en una fiesta gigante con “Hollywood” y la híper coreada “Rise”, donde era materialmente imposible dejar las cervicales quietas.

No bajaron las revoluciones ni un milímetro, atacando las primeras filas con la pegada de “Nationwide” y la emotiva intensidad de “Cry”. Uno de los grandes momentos de diversión de la noche llegó con la vacilona “Beg Beg Beg”, en la que se marcaron un brutal y macarra guiño metiendo un snippet del clásico “War Pigs” de Black Sabbath que los más viejos del lugar rugieron con el puño en alto.

El tramo final fue una auténtica exhibición de himnos encadenados: recuperaron el pulso con la tremenda “Back to the Rhythm”, nos hicieron saltar con “Running to You” y desataron la locura colectiva con su clásico incombustible “Living on the Run”. Para los bises de la trinchera, remataron la faena con la híper melódica “One by One” y ese himno definitivo de estadio que es “A Shot at Redemption”, logrando que bailara eufórico hasta el apuntador, desde los heavies más duros y cerrados de mente hasta los curiosos de última hora. Firmaron, sin discusión, uno de los bolos más unánimes, divertidos y perfectos a nivel de actitud y sonido de todo el fin de semana. Una jodida máquina de entretenimiento impecable.

¡Y entonces cayeron las tinieblas de la noche sobre Zamora para que los putos amos de la NWOBHM, Saxon, dieran un golpe de autoridad y veteranía absoluta sobre la mesa! Eran los cabezas de cartel indiscutibles de la jornada y no vinieron a pasear los galones. Salieron a morder, a demostrar por qué llevan cerca de cincuenta años en la carretera y por qué el heavy metal, en su concepción más pura, les debe media vida.

El legendario Biff Byford sigue demostrando a sus años que es el puto Rey del Metal. Con su sempiterna gabardina negra, su imponente melena blanca y una voz que milagrosamente sigue conservando un tono, una potencia y un alcance que ya quisieran muchos vocalistas con un tercio de su edad, Byford gobernó el festival con mano de hierro. Los problemas de salud del pasado son solo un mal recuerdo. Flanqueado por la guitarra histórica del infatigable Doug Scarratt y los brutales riffs del maestro Brian Tatler (el hacha de Diamond Head, totalmente asentado en la maquinaria de la banda), doblaron la distorsión cortando el aire de forma criminal. La banda británica superó cualquier carencia de la mesa de mezclas a base de tablas, actitud y una colección de himnos atemporales que forman parte de nuestro ADN musical. El bajo atronador de Nibbs Carter retumbó en los pechos de los miles de asistentes con su habitual pegada salvaje, mientras el motor incansable y destructor de Nigel Glockler tras la batería mantenía la maquinaria a revoluciones de infarto.

Tras caer la intro por megafonía de “The Prophecy”, barrieron el IFEZA con el cañonazo de su nuevo álbum, “Hell, Fire and Damnation”, un mazazo de puro metal clásico que empalmaron de inmediato con el primer himno de la noche, un atronador “Power and the Glory” que puso al festival en guardia. Sin dejarnos respirar, soltaron las pesadas rítmicas de “Dogs of War” y la histórica “And the Bands Played On”, coreada hasta la extenuación por la masa zamorana.

La banda demostró la vigencia total de su catálogo acelerando los corazones con la brutalidad de “Sacrifice”, el ritmo rompecuellos de “Solid Ball of Rock” y esa oda a la velocidad pura que es “Heavy Metal Thunder”. La traca clásica siguió cayendo como bombas de racimo con la crudeza de “Dallas 1PM”, la aplastante ley de “Strong Arm of the Law” y la emotividad desgarradora de esa joya llamada “Broken Heroes”, donde Byford firmó una interpretación vocal de piel de gallina.

Encarando la recta final a tumba abierta, desataron el cuero con “Motorcycle Man” antes de llegar al momento de mayor comunión de la velada. Fue cuando Byford anunció ese himno generacional que es “Denim and Leather”; ver a miles de personas unidas bajo el polvo castellano, cantando al unísono aquello de “jean y cuero nos unieron”, puso los pelos de punta. Sin levantar el pie del acelerador, enlazaron la mítica historia de aviación de “747 (Strangers in the Night)” y desataron el delirio colectivo con una monumental “Wheels of Steel” estirada para el disfrute del foso.

Para los bises definitivos, se guardaron la épica medieval e inmortal de “Crusader” y el cierre apoteósico con “Princess of the Night”, que nos dejó a todos con los puños en alto, la cabeza destrozada y la garganta completamente rota. Lo de Saxon no fue un concierto, fue una lección magistral de cómo se envejece con dignidad, poderío y clase sobre un escenario. Absolutos e indiscutibles triunfadores de la jornada.

Cuando la medianoche ya pesaba en las piernas, el alcohol empezaba a pasar factura y el cansancio acumulado tras tantas horas de polvo y decibelios amenazaba con hacer mella en el personal, los suizos Coroner aparecieron para destrozarnos las neuronas que nos quedaban vivas. Lo suyo no es apto para todos los paladares; no busques aquí estribillos fiesteros ni melodías accesibles. Los de Zúrich practican un Thrash Metal Técnico y vanguardista de una precisión que ríete tú de la de un cirujano suizo, ofreciendo una descarga matemática, oscura, fría y retorcida que supuso un choque sónico brutal tras la fiesta de H.E.A.T y la veteranía clásica de Saxon.

Dado que la banda asaltaba el escenario en plena madrugada su repertorio fue un viaje perverso que combinó los clásicos de su era dorada con la retorcida crudeza de su nuevo álbum, Dissonance Theory. Sobre las tablas, la formación actual funcionó como el trío de poder definitivo, manteniendo intacta la esencia de culto de la banda. Al frente del laboratorio sonoro estuvo el legendario Ron Broder (Ron Royce), destrozando las mentes con su voz gélida y escupiendo las letras con un desprecio calculado, mientras machacaba un bajo ultra-técnico, distorsionado y omnipresente que llenó cada milímetro de frecuencia grave. A su lado, el genio Tommy Vetterli (Tommy T. Baron) dio una exhibición extraterrestre a la guitarra vanguardista, disonante y ultra-compleja, moviendo los dedos por el mástil y desafiando las leyes de la anatomía. En la retaguardia, el pulso cirujano lo marcó Diego Rapacchietti, su baterista desde 2014, ejecutando una pegada milimétrica llena de contratiempos, síncopas y cambios de ritmo imposibles.

Desmembraron sin compasión piezas de auténtica orfebrería sónica, abriendo su particular manicomio mental con las intrincadas estructuras de “Oxymoron”, empalmada de inmediato con la violencia técnica de “Consequence” y la densidad de “Sacrificial Lamb”. Gran parte del público, exhausto pero hipnotizado, contemplaba la actuación con una mezcla de asombro y respeto reverencial ante semejante demostración de pericia instrumental.

Siguieron cayendo los hachazos matemáticos de su catálogo histórico. Nos fusilaron el cráneo con la majestuosidad progresiva de “Divine Step (Conspectu Mortis)” y las líneas sinuosas e hipnóticas de “Serpent Moves”, para luego desatar los pogos más técnicos y cerebrales de la noche con su clásico imperecedero “Masked Jackal”. La banda no levantaba el pie de nuestra yugular intelectual, encadenando la laberíntica “Symmetry” con la mutación sónica de “Metamorphosis”.

Para el tramo final de la carnicería, los suizos terminaron de pasarnos por la piedra con la opresiva y densa atmósfera de “Grin (Nails Hurt)”, dejando al foso completamente noqueado antes de despedirse con la rabia destructiva de “Renewal” (ese demoledor himno de Kreator que hacen completamente suyo). Coroner puso el broche de oro con un cierre desolador y milimétrico, justificando por sí solos el precio de la entrada de cualquier melómano radical que busque algo más que el sota, caballo y rey del metal comercial. Una experiencia intensa, oscura y jodidamente necesaria.

Para cerrar definitivamente la carnicería de este viernes de pasión metálica, cuando las fuerzas ya flaqueaban de manera dramática, las barras empezaban a echar el cierre y el polvo en suspensión cubría el recinto de IFEZA como una niebla de guerra, los madrileños Ekyrian salieron a defender su trinchera a las dos de la mañana. Entrar a tocar a esa hora, con el público diezmado y los supervivientes arrastrando los pies, es una tarea heroica. Sin embargo, la formación demostró una honestidad, un orgullo y una casta encomiables, desplegando su propuesta de Folk Metal épico, sinfónico y tabernero ideal para levantar a los muertos.

Liderados por el carisma y la versatilidad de su juego de voces, donde las flautas, los violines y las gaitas ponían el toque de misticismo y fiesta celta a la madrugada, la banda se vació por completo ante los supervivientes más duros de la jornada, esos “últimos de Filipinas” que se negaban a retirarse a las tiendas de campaña sin quemar el último cartucho. A la guitarra, los riffs aportaban la dureza necesaria para que la propuesta no cayera en el folk comercial y simplón, mientras el bajo sostenía la base rítmica con firmeza y la batería le daba con todo a los parches, manteniendo el pulso del concierto en todo momento a pesar del cansancio evidente de la hora.

La formación fue desgranando un repertorio rico en matices, ideal para el cierre de una jornada maratoniana. Clavaron como apertura la épica “Alza la vista”, ganándose al foso al instante, para desatar de inmediato las primeras cabalgadas con la fuerza de “Valor” y la sugerente melodía de “Kaguya”. El concierto avanzaba entre la complicidad de un público cansado pero agradecido, que respondía con los últimos puños arriba a cortes como “Angua”, antes de llevarnos a su terreno con la festiva e inesperada versión folk de “Colores en el viento”, obligando a todos a saltar y a sacar las últimas fuerzas de donde no las había.

No bajaron el pistón en el tramo final, encadenando la intensidad de “Volverte a Soñar” y la atmósfera perfecta para la hora que era de “La Danza de Los Muertos”. El clímax absoluto llegó en plena madrugada con los cañonazos de “El Alquimista” y la majestuosidad de “El Rey Blanco”, transformando el polvo del recinto en una auténtica hermandad medieval. Para el broche de oro definitivo, remataron a los caídos con su clásico coreable por excelencia, “La Balada de Wilfred el Enano”, que sirvió de despedida, saltos unánimes y agradecimiento mutuo entre banda y público.
Cuando las luces de los escenarios principales del Recinto Ferial IFEZA finalmente se apagaron y la marea humana comenzó el lento y silencioso desfile hacia la salida, el balance de la jornada quedó meridianamente claro. A pesar de los altibajos del sonido —que volvió a cebarse con los de siempre—, de las injusticias técnicas que sufren las bandas según su estatus en los papeles de los despachos y de un clima hostil que puso a prueba los pulmones de los asistentes, el balance es sumamente positivo.

La autenticidad de propuestas como el aquelarre de Burning Witches, la insurgencia en euskera de Su Ta Gar, el morder el polvo con el orgullo intacto de Blaze Bayley resucitando su era en Maiden, el torbellino de H.E.A.T, la inapelable cátedra de unos eternos Saxon, la cirugía técnica de Coroner y el fin de fiesta de Ekyrian demostraron una cosa. Demostraron que el jodido Metal de fanzine, el de verdad, el que se siente en las tripas y se suda en el foso, ¡volvió a ganar la batalla en las tierras de Zamora! Nos vemos en la siguiente trinchera.

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Z! Live 2026 – Dia 2: “Polvo, Sudor y Acero”
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¡Dejad de llorar por el puto calor, que esto es Metal de trinchera y aquí se viene a sudar sangre y a morder el polvo! Mientras los panfletos comerciales y la prensa bienqueda os venden crónicas edulcoradas llenas de postureo, este guerrero del obturador se mete en el foso del Recinto Ferial IFEZA para escupir la verdad más cruda de una jornada demoledora. Fue un día donde las bandas se partieron la cara contra las inclemencias del tiempo, un polvo en suspensión que secaba las gargantas y unos técnicos de sonido que, en más de una ocasión, merecerían el paredón sónico.
A pesar de los habituales desajustes de producción de los festivales medianos y de la tortura climática, lo que se vivió en el Z! Live fue un ejercicio de pura resistencia metálica. Nueve bandas, sin tregua ni piedad, se subieron a las tablas para demostrar que el cuero y las tachuelas son el único pasaporte válido para escapar de la puta realidad. A continuación, desglosamos la carnicería cronológica, minuto a minuto, de una jornada donde el underground y las viejas leyendas volvieron a ganar la batalla en tierras zamoranas.

Abrían fuego a media tarde los vallisoletanos Xeria, una banda que jugaba prácticamente en casa y que, con una aplastante trayectoria, demostró cómo se dinamita un festival a base de Hard Rock y Metal Melódico de alta escuela. Entrar a tocar a las cuatro y cuarto de la tarde, con el sol de justicia castellano cayendo a plomo sobre el asfalto del IFEZA, es un castigo divino, pero ellos lo afrontaron con una rabia y una elegancia dignas de quienes están listos para asaltar los grandes escenarios europeos.

Liderados por la imponente, limpia y a la vez desgarradora voz de Marina Amieva, que encandiló a la masa desde el primer minuto, la banda no se amilanó ante una explanada que aún empezaba a poblarse de valientes sedientos. A los flancos, el hacha de César destiló riffs compactos y solos de una limpieza técnica impecable, mientras el colchón atmosférico de los teclados de Víctor aportaba la magia sinfónica y melódica característica de su sonido. En la retaguardia, el pulso rítmico y la pegada milimétrica de Félix en la batería construyeron un muro sónico perfecto para combatir el sopor vespertino.

Tras una sugerente intro instrumental por megafonía que hizo mirar al escenario a los rezagados, arrancaron las primeras ovaciones de la tarde con la crudeza melódica de “Una Lágrima Más”, un tema que funcionó como un puñetazo directo a la mandíbula de los madrugadores. Sin solución de continuidad, fueron encadenando himnos de pura factura técnica y estribillos adictivos, destapando la elegancia de “Mi Reina” y la fuerza mística de “Edén”.

La banda se gustaba sobre las tablas, interactuando constantemente con las primeras filas que desafiaban la insolación. Continuaron desgranando su repertorio con la majestuosa “La Luna Siempre Brilla” y la incendiaria fuerza de “Fuego”, que subió aún más los termómetros del IFEZA.

Encarando la recta final de su asalto, Xeria terminó de ganarse el respeto unánime de la plaza disparando la rabiosa “Contra las Estrellas” y la melancólica intensidad de “Arena entre los Dedos”. Para el desenlace definitivo, la banda desató toda su potencia con “Tienes Miedo”, estirando las revoluciones hasta un colosal clímax final que dejó las cervicales calientes, los puños en alto y el polvo en la boca para lo que se venía encima. Un triunfo rotundo de puro Metal Melódico estatal para abrir la jornada.

Sin un maldito segundo de tregua para ir a la barra a por un minikit de supervivencia líquida, los londinenses Kardinal X asaltaron el escenario contiguo. Llegados directamente desde las profundidades del circuito underground de la capital británica, aterrizaron en Zamora como una de las apuestas más exclusivas del festival gracias a la alianza con la London Metal Coalition, una iniciativa destinada a exportar la nueva sangre del rock y metal londinense a los grandes festivales europeos. Venían con la firme intención de demostrar que el Heavy Metal clásico europeo sigue teniendo savia nueva, actitud barriobajera y mucha mala leche.

Su propuesta no engaña a nadie: es un viaje directo a los primeros años ochenta, cuando el metal se hacía con sudor, amplificadores al once y melenas al viento, evocando de lleno el sonido crudo de la NWOBHM y el hard rock de la vieja escuela. Al frente de la embestida, un imponente Jimi James se destrozó la garganta con una potente voz que recordaba a los grandes mitos del género, desafiando la física del calor zamorano desde el primer rugido. A los flancos, las estructuras rítmicas pesadas y los solos melódicos corrieron a cargo de un magistral Shaun Dunne, encargado de disparar los rifles guitarreros de la banda con una sincronización milimétrica, mientras el pulso subterráneo y robusto de Ade Kiely al bajo y los parches ejecutados con violencia por John Kane en la batería mantenían el orden militar de la descarga. El combo nos fusiló el cráneo de manera consecutiva, sin apenas discursos ni concesiones a la galería.

Abrieron fuego con la declaración de intenciones de “The Resistance”, empalmada de inmediato con la opresión sónica de “The Cage” y las vertiginosas cabalgadas rítmicas de “Wolves”. Para cuando atronaron las oscuras melodías de “Dark Waters” y el ritmo pesado de “Shadows Rising”, el foso ya presentaba un aspecto mucho más digno, con cientos de chalecos de parches coreando los estribillos y rindiéndose ante la pegada de los británicos.

La banda continuó su ofensiva sin levantar el pie del cuello del IFEZA, desatando la fuerza de “Cult of XII”, la majestuosidad de “The Empty Throne” y el contraste afilado de “Dark Light”. Terminaron su asalto definitivo de manera destructiva con “The Scourge”, un cañonazo sónico que dejó claro que el underground de las islas no ha venido a Zamora de turismo, sino a ganar la batalla por K.O. técnico. Una soberbia carta de presentación.

Llegaba uno de los platos fuertes para los amantes del metal sin adulterar. Las brujas suizas Burning Witches demostraron acto seguido que el auténtico metal se forja con fuego, azufre y una actitud que ya quisieran para sí muchos tíos que van de malotes por la vida. Eran uno de los nombres marcados en rojo por la parroquia del festival, y las expectativas no solo se cumplieron, sino que saltaron por los aires, coronándose como una de las grandes triunfadoras de toda la jornada.

Comandadas por la fundadora y hacha de la banda, Romana Kalkuhl, el concierto fue un vendaval de riffs afilados. A su lado, los salvajes e incendiarios solos de la demoledora guitarrista norteamericana Courtney Cox firmaron un clínic perfecto de cómo debe sonar el metal de la vieja escuela en pleno siglo XXI. Respaldados por el bajo atronador, gordo y crujiente de Jeanine Grob y la pegada hercúlea e incansable de Lala Frischknecht reventando los parches de la batería, la base rítmica fue un muro de hormigón que retumbó en los cimientos del IFEZA. Y al frente de la pira, la imponente Laura Guldemond una auténtica fiera escénica que maneja los agudos, los rasgados y las voces más clásicas con una autoridad insultante.

Firmaron un setlist masivo y sin prisioneros que fue una apisonadora desde el primer segundo. Tras la intro de rigor, arrancaron la ceremonia vertiendo sangre sónica con “Sanguis Hominum”, encadenando de inmediato la agresividad de “Soul Eater”, la crudeza de “Shame” y ese trallazo directo al foso que es “Dance With the Devil”. El público ya estaba totalmente entregado a su aquelarre cuando descargaron “Maiden of Steel” y las densas atmósferas de “The Dark Tower”.

La banda no bajó el pistón un solo milímetro, ametrallando el recinto con la rabia de “Inquisition” y el azote de “Release Me”. Los clásicos no dejaban de caer sobre las cabezas del público con la oscura y rítmica “Black Widow”, el macarrismo de “Evil Witch” y los vertiginosos ritmos de “Lucid Nightmare”.

El tramo final fue un auténtico delirio de cuero y tachuelas. Nos pasaron por encima con el hachazo de “Hexenhammer”, las veloces cabalgadas de “Wings of Steel” y la épica majestuosa de “The Witch of the North”. Para la traca de despedida, las suizas incendiaron definitivamente Zamora con su himno homónimo “Burning Witches” y pusieron el broche de oro con la perversa oscuridad de “Malus Maga”. Salieron por la puerta grande, dejando el listón a una altura sideral y recordándonos por qué el heavy metal tradicional sigue vivo: porque no hace prisioneros.

Y si de historia con mayúsculas va la cosa, lo de Su Ta Gar fue una puta lección de orgullo, combatividad, coherencia sónica y dignidad sobre las tablas. Los de Éibar llegaban a Zamora reivindicando sus raíces, barriendo cualquier atisbo de duda y demostrando por qué son una institución del metal peninsular. Celebrando sus tres décadas largas de pura insurgencia, la banda vasca ofreció un concierto memorable, cantado íntegramente en euskera, convirtiéndose por derecho propio en otro de los puntos álgidos indiscutibles del viernes.

La mítica formación se plantó en el escenario con la seguridad que da el saberse poseedores de un sonido propio y un estatus de culto ganado a base de kilómetros y honestidad. Al frente de la nave, un incombustible Aitor Gorosabel a las voces y la guitarra solista dio cátedra de carisma. Su voz, rota, rabiosa y cargada de una carga emotiva brutal, conectó de inmediato con un público que, aunque en su mayoría no dominara el euskera, entendió a la perfección el mensaje de lucha y resistencia implícito en cada nota. A su lado, Xabi Bastida estuvo soberbio, escupiendo fuego desde las seis cuerdas rítmicas con unos riffs que son el pilar del thrash metal euskaldun. En la retaguardia, Igor Diez clavó el tempo al bajo con una contundencia monolítica, mientras un salvaje Galder Arrillaga destrozaba las baquetas tras los platos, imprimiendo esa velocidad característica que es marca de la casa.

Desataron la locura colectiva en las primeras filas del festival zamorano, donde se apiñaban tanto seguidores veteranos como jóvenes que descubrían la apisonadora vasca por primera vez. Empezaron escupiendo sin piedad la crudeza de “Etsairik ausartena”, empalmada con la velocidad de “Zuzen” y el hachazo de “Jaiotze Basatia / Begira”, un inicio triple que fue un puñetazo directo a la mandíbula de los allí presentes. La banda no dio tregua, encadenando la rabiosa e indispensable “Sistematik ihes” y la mística “Mari”, un clásico que puso a rugir a todo el IFEZA.

Cada tema era una reivindicación de su identidad, un recordatorio de que el metal no entiende de fronteras lingüísticas cuando se hace desde las tripas. Siguieron cayendo trallazos históricos de la talla de “David eta Goliath”, la velocidad endiablada de “Zure atzetik” y la pesadez aplastante de “Oinazearen indarra”. El foso era ya un hervidero de polvo y sudor cuando la banda encaró el tramo final con “Zure aurrean makurtzen naiz” y la híper veloz “Etsi gabe”.

Para el clímax del set regular, como no podía ser de otra manera, se guardaron ese himno homónimo, inmortal e intergeneracional que es “Jo ta ke”. La canción desató los pogos más salvajes de la tarde, incendiando el recinto con su riff incendiario y ese estribillo que es un grito de guerra absoluto. Tras una brevísima pausa para tomar aire, regresaron al escenario para rematar a los supervivientes con el ‘encore’ definitivo, una destructiva “Alarma Egoera” que dejó las cervicales del público hechas trizas. Nos recordaron a todos por qué son leyendas vivas de nuestra música: por su coherencia inquebrantable. Un concierto de diez.

A las ocho y media de la tarde, con el sol empezando a dar una tregua pero dejando un ambiente cargado y asfixiante, aparecía en escena Blaze Bayley. El indomable ex-vocalista de Iron Maiden es un superviviente nato. Ha sobrevivido a infartos, a las críticas despiadadas de la industria y al olvido de los medios mayoritarios. En Zamora, se dejó la piel contra los elementos, el paso del tiempo y un sonido deficiente de mierda que rozó el boicot técnico durante los primeros veinte minutos. El inicio de su descarga sufrió de un bajo desaparecido, acoples molestos y una voz que costaba retener en la mezcla, pero a Blaze eso le importa un bledo. Él viene de la escuela británica de picar piedra.

Para esta batalla, el británico no venía solo, sino respaldado por los miembros de la banda Absolva, quienes llevan más de una década siendo su motor incansable en estudio y directo. Olvidaos de mercenarios de renombre y postureo; estos tipos demostraron una fidelidad, una hermandad y una pegada sobre el escenario que ya quisieran muchas superestrellas. Con las botas clavadas en las tablas del IFEZA, la guitarra solista y afilada de Chris Appleton lideró la ofensiva sónica escupiendo fuego, secundada a la perfección por la demoledora guitarra rítmica de su hermano Luke Appleton (ex-bajista de Iced Earth). En la retaguardia, el bajo ultra-pesado de Karl Schramm y la implacable, seca y precisa batería de Martin McNee se encargaron de levantar ese muro sónico indispensable para clavar las míticas cabalgadas rítmicas de la era de la Doncella de Hierro.

El quinteto nos recordó que este negocio es, ante todo, un ejercicio de resistencia pura y pundonor. Blaze miró a los ojos a la gente de las primeras filas, gesticuló con esa teatralidad tan suya y nos regaló un setlist de infarto centrado en gran parte en su repertorio cuando formó parte de Iron Maiden, desatando la nostalgia y la locura colectiva de la vieja guardia.

Arrancó la descarga habitual de Doctor Doctor en directo para continuar con la densidad de “The Dark”, un tema de su catálogo en solitario que sirvió para tantear el terreno y asentar los bafles tras el desastre técnico inicial. Pero la primera gran explosión de júbilo llegó de inmediato al rescatar del olvido los cortes de la injustamente infravalorada etapa del The X Factor y Virtual XI. Blaze demostró que esos himnos defienden su valía por sí mismos cuando se escupen con honestidad; sonaron inmensos, envueltos en esa épica oscura que los caracteriza.

A partir de ahí, el concierto fue un tiro. Arremetió con la fuerza powermetalera de “Valhalla”, la intimista pero potente “The Man” y las vertiginosas cabalgadas de “Shadow of the Night”. A pesar de las evidentes limitaciones vocales propias de la edad, del desgaste del circuito y de las batallas de salud superadas, el tipo lo compensó con una entrega absoluta, cantando desde las entrañas y dejándose el alma en cortes como “Wings of Steel”, la rabiosa “The Raging Kind” y la futurista “The Future”.

Para el cierre, guardó un épico final con “The Final Frontier”, dejando claro que merece muchísimo más respeto del que los críticos de salón y los “Maidenistas” de camiseta reluciente le otorgan en sus foros de internet. Blaze Bayley es uno de los nuestros, un auténtico obrero del metal que se vació sin guardarse nada sobre el escenario zamorano.

.La fiesta más descarada, melódica y electrizante llegó con el Hard Rock de alto octanaje de los suecos H.E.A.T. Cambiábamos radicalmente de tercio: del misticismo, las cabalgadas y la crudeza previa, pasábamos al desfase, los estribillos híper coreables y la energía puramente festiva. Los escandinavos pusieron el recinto del IFEZA patas arriba con un quinteto que es pura dinamita escénica, laca, actitud chulesca y macarrismo ilustrado de alta escuela.

Al frente de la banda, un desatado y eléctrico Kenny Leckremo derrochó carisma a raudales, corriendo de un lado a otro del escenario, saltando desde las tarimas de la batería y demostrando una pegada vocal brutal y una actitud chulesca al micro que contagió de inmediato a la masa. A su lado, el hacha Dave Dalone estuvo sublime, tejiendo riffs asesinos, solos neoclásicos a una velocidad de vértigo y armonías perfectas junto a las teclas del maestro Jona Tee. En el motor rítmico, Jimmy Jay al bajo no paró de azotar las frecuencias graves con una pose puramente rockera, mientras Don Crash marcaba el ritmo del desfase absoluto tras los platos, dándole a los temas esa pegada gamberra, contundente y adictiva tan propia del mejor Hard Rock escandinavo contemporáneo.
La banda ofreció un auténtico torbellino de evasión y adrenalina, disparando un setlist infalible concebido única y exclusivamente por y para reventar directos. Abrieron la veda de manera destructiva con “Disaster”, empalmada de inmediato con el ritmo infeccioso de “Rock Your Body” y el cañonazo melódico de “Dangerous Ground”. El IFEZA se convirtió en una fiesta gigante con “Hollywood” y la híper coreada “Rise”, donde era materialmente imposible dejar las cervicales quietas.

No bajaron las revoluciones ni un milímetro, atacando las primeras filas con la pegada de “Nationwide” y la emotiva intensidad de “Cry”. Uno de los grandes momentos de diversión de la noche llegó con la vacilona “Beg Beg Beg”, en la que se marcaron un brutal y macarra guiño metiendo un snippet del clásico “War Pigs” de Black Sabbath que los más viejos del lugar rugieron con el puño en alto.

El tramo final fue una auténtica exhibición de himnos encadenados: recuperaron el pulso con la tremenda “Back to the Rhythm”, nos hicieron saltar con “Running to You” y desataron la locura colectiva con su clásico incombustible “Living on the Run”. Para los bises de la trinchera, remataron la faena con la híper melódica “One by One” y ese himno definitivo de estadio que es “A Shot at Redemption”, logrando que bailara eufórico hasta el apuntador, desde los heavies más duros y cerrados de mente hasta los curiosos de última hora. Firmaron, sin discusión, uno de los bolos más unánimes, divertidos y perfectos a nivel de actitud y sonido de todo el fin de semana. Una jodida máquina de entretenimiento impecable.

¡Y entonces cayeron las tinieblas de la noche sobre Zamora para que los putos amos de la NWOBHM, Saxon, dieran un golpe de autoridad y veteranía absoluta sobre la mesa! Eran los cabezas de cartel indiscutibles de la jornada y no vinieron a pasear los galones. Salieron a morder, a demostrar por qué llevan cerca de cincuenta años en la carretera y por qué el heavy metal, en su concepción más pura, les debe media vida.

El legendario Biff Byford sigue demostrando a sus años que es el puto Rey del Metal. Con su sempiterna gabardina negra, su imponente melena blanca y una voz que milagrosamente sigue conservando un tono, una potencia y un alcance que ya quisieran muchos vocalistas con un tercio de su edad, Byford gobernó el festival con mano de hierro. Los problemas de salud del pasado son solo un mal recuerdo. Flanqueado por la guitarra histórica del infatigable Doug Scarratt y los brutales riffs del maestro Brian Tatler (el hacha de Diamond Head, totalmente asentado en la maquinaria de la banda), doblaron la distorsión cortando el aire de forma criminal. La banda británica superó cualquier carencia de la mesa de mezclas a base de tablas, actitud y una colección de himnos atemporales que forman parte de nuestro ADN musical. El bajo atronador de Nibbs Carter retumbó en los pechos de los miles de asistentes con su habitual pegada salvaje, mientras el motor incansable y destructor de Nigel Glockler tras la batería mantenía la maquinaria a revoluciones de infarto.

Tras caer la intro por megafonía de “The Prophecy”, barrieron el IFEZA con el cañonazo de su nuevo álbum, “Hell, Fire and Damnation”, un mazazo de puro metal clásico que empalmaron de inmediato con el primer himno de la noche, un atronador “Power and the Glory” que puso al festival en guardia. Sin dejarnos respirar, soltaron las pesadas rítmicas de “Dogs of War” y la histórica “And the Bands Played On”, coreada hasta la extenuación por la masa zamorana.

La banda demostró la vigencia total de su catálogo acelerando los corazones con la brutalidad de “Sacrifice”, el ritmo rompecuellos de “Solid Ball of Rock” y esa oda a la velocidad pura que es “Heavy Metal Thunder”. La traca clásica siguió cayendo como bombas de racimo con la crudeza de “Dallas 1PM”, la aplastante ley de “Strong Arm of the Law” y la emotividad desgarradora de esa joya llamada “Broken Heroes”, donde Byford firmó una interpretación vocal de piel de gallina.

Encarando la recta final a tumba abierta, desataron el cuero con “Motorcycle Man” antes de llegar al momento de mayor comunión de la velada. Fue cuando Byford anunció ese himno generacional que es “Denim and Leather”; ver a miles de personas unidas bajo el polvo castellano, cantando al unísono aquello de “jean y cuero nos unieron”, puso los pelos de punta. Sin levantar el pie del acelerador, enlazaron la mítica historia de aviación de “747 (Strangers in the Night)” y desataron el delirio colectivo con una monumental “Wheels of Steel” estirada para el disfrute del foso.

Para los bises definitivos, se guardaron la épica medieval e inmortal de “Crusader” y el cierre apoteósico con “Princess of the Night”, que nos dejó a todos con los puños en alto, la cabeza destrozada y la garganta completamente rota. Lo de Saxon no fue un concierto, fue una lección magistral de cómo se envejece con dignidad, poderío y clase sobre un escenario. Absolutos e indiscutibles triunfadores de la jornada.

Cuando la medianoche ya pesaba en las piernas, el alcohol empezaba a pasar factura y el cansancio acumulado tras tantas horas de polvo y decibelios amenazaba con hacer mella en el personal, los suizos Coroner aparecieron para destrozarnos las neuronas que nos quedaban vivas. Lo suyo no es apto para todos los paladares; no busques aquí estribillos fiesteros ni melodías accesibles. Los de Zúrich practican un Thrash Metal Técnico y vanguardista de una precisión que ríete tú de la de un cirujano suizo, ofreciendo una descarga matemática, oscura, fría y retorcida que supuso un choque sónico brutal tras la fiesta de H.E.A.T y la veteranía clásica de Saxon.

Dado que la banda asaltaba el escenario en plena madrugada su repertorio fue un viaje perverso que combinó los clásicos de su era dorada con la retorcida crudeza de su nuevo álbum, Dissonance Theory. Sobre las tablas, la formación actual funcionó como el trío de poder definitivo, manteniendo intacta la esencia de culto de la banda. Al frente del laboratorio sonoro estuvo el legendario Ron Broder (Ron Royce), destrozando las mentes con su voz gélida y escupiendo las letras con un desprecio calculado, mientras machacaba un bajo ultra-técnico, distorsionado y omnipresente que llenó cada milímetro de frecuencia grave. A su lado, el genio Tommy Vetterli (Tommy T. Baron) dio una exhibición extraterrestre a la guitarra vanguardista, disonante y ultra-compleja, moviendo los dedos por el mástil y desafiando las leyes de la anatomía. En la retaguardia, el pulso cirujano lo marcó Diego Rapacchietti, su baterista desde 2014, ejecutando una pegada milimétrica llena de contratiempos, síncopas y cambios de ritmo imposibles.

Desmembraron sin compasión piezas de auténtica orfebrería sónica, abriendo su particular manicomio mental con las intrincadas estructuras de “Oxymoron”, empalmada de inmediato con la violencia técnica de “Consequence” y la densidad de “Sacrificial Lamb”. Gran parte del público, exhausto pero hipnotizado, contemplaba la actuación con una mezcla de asombro y respeto reverencial ante semejante demostración de pericia instrumental.

Siguieron cayendo los hachazos matemáticos de su catálogo histórico. Nos fusilaron el cráneo con la majestuosidad progresiva de “Divine Step (Conspectu Mortis)” y las líneas sinuosas e hipnóticas de “Serpent Moves”, para luego desatar los pogos más técnicos y cerebrales de la noche con su clásico imperecedero “Masked Jackal”. La banda no levantaba el pie de nuestra yugular intelectual, encadenando la laberíntica “Symmetry” con la mutación sónica de “Metamorphosis”.

Para el tramo final de la carnicería, los suizos terminaron de pasarnos por la piedra con la opresiva y densa atmósfera de “Grin (Nails Hurt)”, dejando al foso completamente noqueado antes de despedirse con la rabia destructiva de “Renewal” (ese demoledor himno de Kreator que hacen completamente suyo). Coroner puso el broche de oro con un cierre desolador y milimétrico, justificando por sí solos el precio de la entrada de cualquier melómano radical que busque algo más que el sota, caballo y rey del metal comercial. Una experiencia intensa, oscura y jodidamente necesaria.

Para cerrar definitivamente la carnicería de este viernes de pasión metálica, cuando las fuerzas ya flaqueaban de manera dramática, las barras empezaban a echar el cierre y el polvo en suspensión cubría el recinto de IFEZA como una niebla de guerra, los madrileños Ekyrian salieron a defender su trinchera a las dos de la mañana. Entrar a tocar a esa hora, con el público diezmado y los supervivientes arrastrando los pies, es una tarea heroica. Sin embargo, la formación demostró una honestidad, un orgullo y una casta encomiables, desplegando su propuesta de Folk Metal épico, sinfónico y tabernero ideal para levantar a los muertos.

Liderados por el carisma y la versatilidad de su juego de voces, donde las flautas, los violines y las gaitas ponían el toque de misticismo y fiesta celta a la madrugada, la banda se vació por completo ante los supervivientes más duros de la jornada, esos “últimos de Filipinas” que se negaban a retirarse a las tiendas de campaña sin quemar el último cartucho. A la guitarra, los riffs aportaban la dureza necesaria para que la propuesta no cayera en el folk comercial y simplón, mientras el bajo sostenía la base rítmica con firmeza y la batería le daba con todo a los parches, manteniendo el pulso del concierto en todo momento a pesar del cansancio evidente de la hora.

La formación fue desgranando un repertorio rico en matices, ideal para el cierre de una jornada maratoniana. Clavaron como apertura la épica “Alza la vista”, ganándose al foso al instante, para desatar de inmediato las primeras cabalgadas con la fuerza de “Valor” y la sugerente melodía de “Kaguya”. El concierto avanzaba entre la complicidad de un público cansado pero agradecido, que respondía con los últimos puños arriba a cortes como “Angua”, antes de llevarnos a su terreno con la festiva e inesperada versión folk de “Colores en el viento”, obligando a todos a saltar y a sacar las últimas fuerzas de donde no las había.

No bajaron el pistón en el tramo final, encadenando la intensidad de “Volverte a Soñar” y la atmósfera perfecta para la hora que era de “La Danza de Los Muertos”. El clímax absoluto llegó en plena madrugada con los cañonazos de “El Alquimista” y la majestuosidad de “El Rey Blanco”, transformando el polvo del recinto en una auténtica hermandad medieval. Para el broche de oro definitivo, remataron a los caídos con su clásico coreable por excelencia, “La Balada de Wilfred el Enano”, que sirvió de despedida, saltos unánimes y agradecimiento mutuo entre banda y público.
Cuando las luces de los escenarios principales del Recinto Ferial IFEZA finalmente se apagaron y la marea humana comenzó el lento y silencioso desfile hacia la salida, el balance de la jornada quedó meridianamente claro. A pesar de los altibajos del sonido —que volvió a cebarse con los de siempre—, de las injusticias técnicas que sufren las bandas según su estatus en los papeles de los despachos y de un clima hostil que puso a prueba los pulmones de los asistentes, el balance es sumamente positivo.

La autenticidad de propuestas como el aquelarre de Burning Witches, la insurgencia en euskera de Su Ta Gar, el morder el polvo con el orgullo intacto de Blaze Bayley resucitando su era en Maiden, el torbellino de H.E.A.T, la inapelable cátedra de unos eternos Saxon, la cirugía técnica de Coroner y el fin de fiesta de Ekyrian demostraron una cosa. Demostraron que el jodido Metal de fanzine, el de verdad, el que se siente en las tripas y se suda en el foso, ¡volvió a ganar la batalla en las tierras de Zamora! Nos vemos en la siguiente trinchera.

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