

Crónica y fotos: Juli G. López
Aunque no abundan las noches verdaderamente negras en la capital, el pasado domingo 15 de febrero se tiñó de una oscuridad poco habitual. Los pioneros del black metal noruego, Mayhem, aterrizaban en la sala La Riviera prometiendo una velada intensa y cargada de simbolismo. Les acompañaban dos pesos pesados de la escena extrema: los estadounidenses Immolation y los suecos Marduk. El cartel no dejaba lugar a dudas: la capital sería testigo de una ceremonia sonora de primer nivel.
Mayhem sigue destacando por la potencia de sus directos y por un legado oscuro que, lejos de diluirse con el paso del tiempo, continúa creciendo. En esta gira conmemorativa de sus 40 años de carrera, la banda combina material reciente con clásicos imprescindibles, marcando un hito en la escena extrema madrileña. Lo suyo no es simplemente un concierto; es una invocación colectiva, una experiencia que trasciende lo musical.
Ir a un concierto de Mayhem es siempre un ritual. Nunca sabes exactamente qué va a suceder sobre el escenario. Hay giros inesperados, cambios de vestuario, escenografías inquietantes y una puesta en escena que roza lo teatral. Aunque históricamente no han sido banda de masas —en parte por lo histriónico y extremo de su propuesta—, La Riviera rozó el sold out. Sorprendió, además, la notable presencia de público joven. Ver rostros casi adolescentes luciendo corpsepaint con convicción y respeto por el género resulta alentador: el relevo generacional del black metal está asegurado.
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La noche arrancó con puntualidad británica a cargo de Immolation, auténticos referentes del death metal neoyorquino. Con más de tres décadas de trayectoria, los de Nueva York presentaron su devastador directo tras la publicación de su último trabajo, Acts of God. Su propuesta, técnica y sombría, sigue marcando el paso dentro del death metal mundial. Riffs densos, estructuras complejas y una ejecución impecable sirvieron para calentar motores en una sala que, desde el primer momento, respondió con entrega.
Desde Suecia, Marduk tomó el relevo aportando su intensidad blasfema y su contundencia inquebrantable. También con más de 30 años de carrera, son uno de los nombres más respetados y consistentes del black escandinavo. Con clásicos como “Panzer Division Marduk” o “Memento Mori” en el repertorio, la banda desató una tormenta de velocidad y agresividad. Su público fiel respondió con pogos y cuernos en alto, mientras las habituales luces rojas y el humo espeso envolvían la sala en un ambiente lúgubre, casi bélico, como dicta su liturgia sonora.
Finalmente, con una precisión casi milimétrica (apenas unos segundos antes de las 20:55) llegó el turno de los esperados Mayhem (The True Mayhem), en su única fecha en España. La expectación era máxima. Esta gira aniversario, acompañada de nuevo material editado recientemente, trajo consigo una puesta en escena más ambiciosa de lo habitual. El escenario, cargado de simbología, luces calculadas al detalle y una atmósfera asfixiante, reforzaba esa sensación de estar presenciando algo más que música en directo.
La banda, cuya historia ha estado marcada por el drama, la tragedia y la controversia, parece preparada para escribir un nuevo capítulo. Lejos de vivir únicamente del pasado, demuestran que siguen siendo una fuerza creativa y escénica de primer orden. Como siempre, Attila Csihar fue el epicentro del espectáculo: inquietante, impredecible y magnético. Con sus cambios de vestuario, sus gestos teatrales y su particular manera de moverse entre lo grotesco y lo místico, convirtió cada tema en una pequeña ceremonia.
Mayhem no ofrece simplemente canciones; ofrece una experiencia ritualista de noches negras. Y aunque Madrid no suela teñirse de sombras tan densas, aquella velada demostró que cuando el black metal auténtico llega a la ciudad, lo hace para dejar huella.


Crónica y fotos: Juli G. López
Aunque no abundan las noches verdaderamente negras en la capital, el pasado domingo 15 de febrero se tiñó de una oscuridad poco habitual. Los pioneros del black metal noruego, Mayhem, aterrizaban en la sala La Riviera prometiendo una velada intensa y cargada de simbolismo. Les acompañaban dos pesos pesados de la escena extrema: los estadounidenses Immolation y los suecos Marduk. El cartel no dejaba lugar a dudas: la capital sería testigo de una ceremonia sonora de primer nivel.
Mayhem sigue destacando por la potencia de sus directos y por un legado oscuro que, lejos de diluirse con el paso del tiempo, continúa creciendo. En esta gira conmemorativa de sus 40 años de carrera, la banda combina material reciente con clásicos imprescindibles, marcando un hito en la escena extrema madrileña. Lo suyo no es simplemente un concierto; es una invocación colectiva, una experiencia que trasciende lo musical.
Ir a un concierto de Mayhem es siempre un ritual. Nunca sabes exactamente qué va a suceder sobre el escenario. Hay giros inesperados, cambios de vestuario, escenografías inquietantes y una puesta en escena que roza lo teatral. Aunque históricamente no han sido banda de masas —en parte por lo histriónico y extremo de su propuesta—, La Riviera rozó el sold out. Sorprendió, además, la notable presencia de público joven. Ver rostros casi adolescentes luciendo corpsepaint con convicción y respeto por el género resulta alentador: el relevo generacional del black metal está asegurado.
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Desde Suecia, Marduk tomó el relevo aportando su intensidad blasfema y su contundencia inquebrantable. También con más de 30 años de carrera, son uno de los nombres más respetados y consistentes del black escandinavo. Con clásicos como “Panzer Division Marduk” o “Memento Mori” en el repertorio, la banda desató una tormenta de velocidad y agresividad. Su público fiel respondió con pogos y cuernos en alto, mientras las habituales luces rojas y el humo espeso envolvían la sala en un ambiente lúgubre, casi bélico, como dicta su liturgia sonora.
Finalmente, con una precisión casi milimétrica (apenas unos segundos antes de las 20:55) llegó el turno de los esperados Mayhem (The True Mayhem), en su única fecha en España. La expectación era máxima. Esta gira aniversario, acompañada de nuevo material editado recientemente, trajo consigo una puesta en escena más ambiciosa de lo habitual. El escenario, cargado de simbología, luces calculadas al detalle y una atmósfera asfixiante, reforzaba esa sensación de estar presenciando algo más que música en directo.
La banda, cuya historia ha estado marcada por el drama, la tragedia y la controversia, parece preparada para escribir un nuevo capítulo. Lejos de vivir únicamente del pasado, demuestran que siguen siendo una fuerza creativa y escénica de primer orden. Como siempre, Attila Csihar fue el epicentro del espectáculo: inquietante, impredecible y magnético. Con sus cambios de vestuario, sus gestos teatrales y su particular manera de moverse entre lo grotesco y lo místico, convirtió cada tema en una pequeña ceremonia.
Mayhem no ofrece simplemente canciones; ofrece una experiencia ritualista de noches negras. Y aunque Madrid no suela teñirse de sombras tan densas, aquella velada demostró que cuando el black metal auténtico llega a la ciudad, lo hace para dejar huella.













