


El evento, enmarcado dentro del “Ravage of Empires Spanish Tour 2026” y orquestado por Manguales, Benediction aterrizó en la sala Lennon’s Club con un cartel que completaban Unbounded Terror y Perpetual. Lamentablemente, no llegué a tiempo para presenciar la descarga de los primeros, pero lo que vino después compensó con creces cualquier ausencia.
La noche en L’Hospitalet respiraba azufre, sudor y una electricidad densa, casi palpable. No todos los días se alinean los astros para presenciar a una institución del death metal patrio como Unbounded Terror compartiendo tablas en una cita de este calibre. Y cuando la formación liderada por Vicente J. Payá tomó posiciones, quedó claro que aquello no iba a ser un simple concierto: era una declaración de guerra.
El asalto comenzó con la oscura majestuosidad de “Dreamlord”, una invocación perfecta para abrir las puertas del caos. Desde ese instante, la dupla de guitarras entre Payá y Ancor Ramírez levantó una muralla sónica infranqueable. Con “Fear” y “Dead (by Deceit)”, la sala se convirtió en una caldera a punto de estallar: el bajo de Andrew Spinosa golpeaba el pecho como un ariete mientras su voz escupía cada verso con una ferocidad primigenia.
El ritual alcanzó nuevas cotas con “Immortal Violence” y “Slaves of Suffrage”. Aquí, Engelbert Rodas se erigió como el motor implacable de la banda, desplegando una batería técnica, veloz y devastadora que sostuvo el peso de temas tan densos como “Mankind Mind” sin ceder un ápice.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Baest en Copenhague: “Death metal con alma rockera”
El tramo final fue un descenso sin retorno a las raíces más salvajes del género. “E.N.D. (Enjoyment Near Your Death)” y “Sarcastic Souls” desataron un mosh pit en ebullición, una tormenta de cuerpos y adrenalina donde la comunión entre banda y público alcanzó su punto álgido. La inclusión de “Hiding From The Light” fue celebrada como un himno, un proyectil directo al corazón que preparó el terreno para el desenlace.
El cierre, con la asfixiante “Echoes of Despair”, dejó la sala suspendida en una nube de distorsión y catarsis. Tras décadas de historia, Unbounded Terror no solo resiste: renace con una segunda juventud que suena más afilada, más hambrienta y más relevante que nunca. Payá ha sabido forjar una alineación donde la sangre nueva no sustituye al legado, sino que lo amplifica hasta hacerlo retumbar con una fuerza renovada.
Una noche de puro death metal, cruda y sin concesiones, que reafirma que en Mallorca se sigue templando el acero más pesado del país.
La noche en que la pequeña Lennon’s dejó de ser sala para convertirse en trinchera, el aire se volvió denso como plomo fundido. No era un concierto: era una invocación. En pleno 2026, el espíritu del old school death metal emergía con violencia primitiva de la mano de Benediction, guardianes de un sonido que no entiende de concesiones.
Desde Birmingham, cuna de acero y ceniza, la banda aterrizaba en uno de esos momentos donde la historia y el presente chocan sin pedir permiso. Con Ravage of Empires aún ardiendo en las entrañas del circuito y la ausencia forzada de Dave Ingram, la responsabilidad recaía sobre los hombros de Oscar Rilo, quien no vino a sustituir: vino a combatir.
El asalto comenzó con “Engines of War”, y aquello fue el primer impacto de artillería. Las guitarras de Darren Brookes y Peter Rew no sonaban: aplastaban. Un muro sónico, áspero, sin pulir, como si cada riff hubiese sido arrancado de una mina de hierro. En una sala tan pequeña, el sonido no se expandía… se acumulaba, chocando contra el pecho de cada asistente hasta obligarlo a rendirse o entrar en guerra.
“Oscar” se erguía frente a la tormenta, con la mirada clavada en la pantalla que escupía las letras como si fueran mandamientos. No había margen de error, no había red: solo respeto absoluto por un repertorio sagrado. Y lo defendió con una fiereza que no imitaba a Ingram, sino que lo honraba desde su propia garganta, rasgando el aire en “Unfound Mortality” y “The Crooked Man” como si cada verso fuera el último.
Mientras tanto, en las primeras filas, la batalla física alcanzaba niveles de ritual. Cuerpos chocando contra los monitores de retorno, golpes secos que hacían vibrar el escenario, sudor y empujones convertidos en lenguaje. Nadie retrocedía. Nadie quería.
El momento de comunión llegó entre los ecos de “Artefacted Irreligion / Subconscious Terror”. Darren, con la guitarra colgada como un arma ancestral, no podía ocultar la sonrisa. Miraba a Oscar con complicidad, con gratitud visible. No hacía falta discurso: ese intercambio de miradas era el reconocimiento de que, contra todo pronóstico, el legado estaba a salvo… y más vivo que nunca.
El centro de la sala se transformó en un vórtice de caos durante “Foetus Noose”. El wall of death, comprimido en un espacio imposible, fue una detonación a quemarropa. Dos masas humanas colisionando sin espacio ni piedad. No era espectáculo: era catarsis pura, death metal en su forma más honesta.
Con “The Grotesque” y “Crawling over Corpses”, el orden terminó de desaparecer. Las guitarras sonaban como si arrastrasen cadenas oxidadas por el suelo, mientras Nik Sampson sostenía el pulso con una base densa, casi tectónica. Todo vibraba. Todo crujía.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Left To Die en Buenos Aires: “Mímesis, muerte y Death Metal”
Y entonces llegó el final. “The Dreams You Dread”. No fue un cierre: fue un epitafio grabado a fuego. Cuando el último acorde se extinguió, la Lennon’s no aplaudió… rugió. Un grito colectivo, primitivo, de quienes sabían que habían sobrevivido a algo más que un concierto. Brazos extendidos, gargantas rotas, rostros empapados. Devoción absoluta.
Y como toda batalla digna de ser recordada, quedó inmortalizada en una photofinish final: la banda al borde del escenario, el público fundido en una sola masa sudorosa, puños en alto, rostros desencajados por la euforia. Un instante suspendido en el tiempo donde no había separación entre artista y devoto.
Entonces llegó el gesto que selló la noche: púas surcando el aire como metralla, baquetas lanzadas como reliquias de guerra. Cada objeto atrapado era un trofeo, una prueba física de haber estado allí, de haber resistido la embestida.
Darren volvió a abrazar a Oscar, y esa imagen quedó grabada como símbolo de una noche irrepetible. No fue solo un concierto. Fue una ceremonia para elegidos. Una descarga reservada únicamente para quienes tienen nervios de acero… y el corazón latiendo al ritmo del death metal más puro. Aquella noche, Benediction no solo defendió su historia. la convirtió en leyenda inmortal.



El evento, enmarcado dentro del “Ravage of Empires Spanish Tour 2026” y orquestado por Manguales, Benediction aterrizó en la sala Lennon’s Club con un cartel que completaban Unbounded Terror y Perpetual. Lamentablemente, no llegué a tiempo para presenciar la descarga de los primeros, pero lo que vino después compensó con creces cualquier ausencia.
La noche en L’Hospitalet respiraba azufre, sudor y una electricidad densa, casi palpable. No todos los días se alinean los astros para presenciar a una institución del death metal patrio como Unbounded Terror compartiendo tablas en una cita de este calibre. Y cuando la formación liderada por Vicente J. Payá tomó posiciones, quedó claro que aquello no iba a ser un simple concierto: era una declaración de guerra.
El asalto comenzó con la oscura majestuosidad de “Dreamlord”, una invocación perfecta para abrir las puertas del caos. Desde ese instante, la dupla de guitarras entre Payá y Ancor Ramírez levantó una muralla sónica infranqueable. Con “Fear” y “Dead (by Deceit)”, la sala se convirtió en una caldera a punto de estallar: el bajo de Andrew Spinosa golpeaba el pecho como un ariete mientras su voz escupía cada verso con una ferocidad primigenia.
El ritual alcanzó nuevas cotas con “Immortal Violence” y “Slaves of Suffrage”. Aquí, Engelbert Rodas se erigió como el motor implacable de la banda, desplegando una batería técnica, veloz y devastadora que sostuvo el peso de temas tan densos como “Mankind Mind” sin ceder un ápice.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Baest en Copenhague: “Death metal con alma rockera”
El tramo final fue un descenso sin retorno a las raíces más salvajes del género. “E.N.D. (Enjoyment Near Your Death)” y “Sarcastic Souls” desataron un mosh pit en ebullición, una tormenta de cuerpos y adrenalina donde la comunión entre banda y público alcanzó su punto álgido. La inclusión de “Hiding From The Light” fue celebrada como un himno, un proyectil directo al corazón que preparó el terreno para el desenlace.
El cierre, con la asfixiante “Echoes of Despair”, dejó la sala suspendida en una nube de distorsión y catarsis. Tras décadas de historia, Unbounded Terror no solo resiste: renace con una segunda juventud que suena más afilada, más hambrienta y más relevante que nunca. Payá ha sabido forjar una alineación donde la sangre nueva no sustituye al legado, sino que lo amplifica hasta hacerlo retumbar con una fuerza renovada.
Una noche de puro death metal, cruda y sin concesiones, que reafirma que en Mallorca se sigue templando el acero más pesado del país.
La noche en que la pequeña Lennon’s dejó de ser sala para convertirse en trinchera, el aire se volvió denso como plomo fundido. No era un concierto: era una invocación. En pleno 2026, el espíritu del old school death metal emergía con violencia primitiva de la mano de Benediction, guardianes de un sonido que no entiende de concesiones.
Desde Birmingham, cuna de acero y ceniza, la banda aterrizaba en uno de esos momentos donde la historia y el presente chocan sin pedir permiso. Con Ravage of Empires aún ardiendo en las entrañas del circuito y la ausencia forzada de Dave Ingram, la responsabilidad recaía sobre los hombros de Oscar Rilo, quien no vino a sustituir: vino a combatir.
El asalto comenzó con “Engines of War”, y aquello fue el primer impacto de artillería. Las guitarras de Darren Brookes y Peter Rew no sonaban: aplastaban. Un muro sónico, áspero, sin pulir, como si cada riff hubiese sido arrancado de una mina de hierro. En una sala tan pequeña, el sonido no se expandía… se acumulaba, chocando contra el pecho de cada asistente hasta obligarlo a rendirse o entrar en guerra.
“Oscar” se erguía frente a la tormenta, con la mirada clavada en la pantalla que escupía las letras como si fueran mandamientos. No había margen de error, no había red: solo respeto absoluto por un repertorio sagrado. Y lo defendió con una fiereza que no imitaba a Ingram, sino que lo honraba desde su propia garganta, rasgando el aire en “Unfound Mortality” y “The Crooked Man” como si cada verso fuera el último.
Mientras tanto, en las primeras filas, la batalla física alcanzaba niveles de ritual. Cuerpos chocando contra los monitores de retorno, golpes secos que hacían vibrar el escenario, sudor y empujones convertidos en lenguaje. Nadie retrocedía. Nadie quería.
El momento de comunión llegó entre los ecos de “Artefacted Irreligion / Subconscious Terror”. Darren, con la guitarra colgada como un arma ancestral, no podía ocultar la sonrisa. Miraba a Oscar con complicidad, con gratitud visible. No hacía falta discurso: ese intercambio de miradas era el reconocimiento de que, contra todo pronóstico, el legado estaba a salvo… y más vivo que nunca.
El centro de la sala se transformó en un vórtice de caos durante “Foetus Noose”. El wall of death, comprimido en un espacio imposible, fue una detonación a quemarropa. Dos masas humanas colisionando sin espacio ni piedad. No era espectáculo: era catarsis pura, death metal en su forma más honesta.
Con “The Grotesque” y “Crawling over Corpses”, el orden terminó de desaparecer. Las guitarras sonaban como si arrastrasen cadenas oxidadas por el suelo, mientras Nik Sampson sostenía el pulso con una base densa, casi tectónica. Todo vibraba. Todo crujía.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Left To Die en Buenos Aires: “Mímesis, muerte y Death Metal”
Y entonces llegó el final. “The Dreams You Dread”. No fue un cierre: fue un epitafio grabado a fuego. Cuando el último acorde se extinguió, la Lennon’s no aplaudió… rugió. Un grito colectivo, primitivo, de quienes sabían que habían sobrevivido a algo más que un concierto. Brazos extendidos, gargantas rotas, rostros empapados. Devoción absoluta.
Y como toda batalla digna de ser recordada, quedó inmortalizada en una photofinish final: la banda al borde del escenario, el público fundido en una sola masa sudorosa, puños en alto, rostros desencajados por la euforia. Un instante suspendido en el tiempo donde no había separación entre artista y devoto.
Entonces llegó el gesto que selló la noche: púas surcando el aire como metralla, baquetas lanzadas como reliquias de guerra. Cada objeto atrapado era un trofeo, una prueba física de haber estado allí, de haber resistido la embestida.
Darren volvió a abrazar a Oscar, y esa imagen quedó grabada como símbolo de una noche irrepetible. No fue solo un concierto. Fue una ceremonia para elegidos. Una descarga reservada únicamente para quienes tienen nervios de acero… y el corazón latiendo al ritmo del death metal más puro. Aquella noche, Benediction no solo defendió su historia. la convirtió en leyenda inmortal.

















