

En pleno inicio de agosto, con un Madrid desértico por las vacaciones estivales y con una parte importante del público metalero desplazado a Villena para la celebración del festival Leyendas del Rock, la Sala Mon rozó una entrada más que reseñable la noche del pasado 6 de agosto de 2026. No hicieron falta bandas teloneras para calentar el ambiente; la simple presencia de High On Fire en la capital española era reclamo suficiente para convocar a una legión de fieles dispuestos a dejarse los oídos ante uno de los tríos más devastadores de la historia del metal extremo.
Para entender el peso de High On Fire en la música pesada contemporánea es imprescindible viajar a Oakland, California, donde la banda fue fundada en 1998 por el guitarrista y vocalista Matt Pike tras la primera disolución de Sleep, los titanes del stoner o doom. Mientras que Sleep construía un sonido denso, hipnótico y pausado, High On Fire nació con el propósito explícito de subir los decibelios y la velocidad, creando una criatura donde el sludge metal, el thrash primigenio de la Bay Area y el heavy metal más visceral se daban la mano.
El estilo de High On Fire es inconfundible y se sustenta sobre pilares técnicos muy concretos: riffs gordos e hiperdistorsionados con afinaciones bajísimas, patrones de batería tribales que combinan la contundencia del hardcore con el groove del metal clásico y una voz rasgada que evoca el fantasma del mismísimo Lemmy Kilmister de Motörhead. Discos como Surrounded by Thieves (2002) y, muy especialmente, Blessed Black Wings (2005) los consagraron en el panorama underground. Más tarde, el lanzamiento de Snakes for the Divine (2010) los catapultó al reconocimiento masivo gracias a su tema homónimo, convertido en un auténtico himno del género con una de las intros de guitarra más icónicas del siglo XXI. El cénit de su carrera llegó con Electric Messiah (2018), trabajo conceptual dedicado a Lemmy que les valió el premio Grammy a la Mejor Interpretación de Metal en 2019, consolidando su estatus de leyenda viva.
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En cuanto a sus miembros, Matt Pike es el alma indivisible de la formación, una figura venerada por su virtuosismo sin artificios y su técnica salvaje con la púa. Al bajo Jeff Matz, un músico indispensable de técnica milimétrica incorporado en 2006, y más recientemente Ben Koller (Converge / Mutoid Man) a la batería, quien ha sabido mantener la pegada arrolladora que caracterizó al cofundador Des Kensel.
La puesta en escena en la Sala Mon presentó un esquema de iluminación cumplidor y bien planteado. Lejos de la saturación extrema de otros shows, el diseño ofreció haces rectos que aportaban profundidad, alternando tonos verdes, azules y rojos que impregnaban todo el recinto. Se agradeció especialmente el uso de focos de luz neutra, un detalle clave para la fotografía, al permitir captar el sudor y los detalles técnicos sin quemar las imágenes.
En el aspecto sonoro, el concierto arrancó con serios desajustes, una mezcla embarullada donde la voz principal sonaba notablemente baja, casi inaudible. Con el paso de los temas el sonido fue ganando empaque, aunque no llegó a solventarse del todo; la voz de Pike se mantuvo tibia en volumen y los coros a cargo del bajista Matz resultaron prácticamente inexistentes durante todo el recital.
Sin embargo, si algo caracterizó la velada fue el volumen desorbitado. Flanqueando el escenario, las torres de amplificadores formaban una auténtica muralla más propia de un escenario al aire libre que de una sala de aforo medio. Un muro sónico de pura distorsión que golpeaba directamente en el pecho y que garantizó que todos los asistentes salieran de la sala despeinados y con el habitual e ineludible silbido auditivo como recuerdo.
Donde no existió fisura alguna fue en la ejecución y la actitud de los músicos. Hablamos de una banda con multitud de tablas que devora el escenario con absoluta naturalidad. Matt Pike salió a tocar sin camiseta, su seña de identidad innegable, derrochando aura desde el primer segundo. A lo largo del concierto se entregó hasta quedar extenuado, empapado en sudor y visiblemente cansado, pero mostrando en su rostro esa sonrisa de felicidad genuina que solo reflejan los músicos que sienten verdadera pasión por su oficio.
La compenetración del trío fue perfecta. La precisión interpretativa en pasajes extremadamente complejos fue sobresaliente, comunicándose mediante miradas, complicidad velada y duelos de cuerdas sin necesidad de cruzar palabra.
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El público madrileño respondió con una entrega total. Desde las alturas de la sala, la estampa era pura esencia metalera: un mar de cabezas haciendo headbanging al unísono con cada ritmo pesado, brazos en alto en cada inicio y cierre de tema, y una ovación constante entre canciones. Los momentos álgidos de la noche llegaron con la explosión de los pogos, que se volvieron multitudinarios y salvajes en auténticos trallazos como “Rumors of War” y la monumental “Snakes for the Divine”.
Esta cita madrileña se enmarca dentro de su gira europea de presentación de su último trabajo, Cometh the Storm (2024). Un tour que dio comienzo en los primeros meses del año cruzando Norteamérica antes de desembarcar en el circuito de festivales y salas europeas más emblemáticas, habiendo dejado su huella en citas históricas como el Hellfest o el Graspop Metal Meeting. La banda continuará su periplo por la geografía europea durante las próximas semanas en recintos de Alemania y el Reino Unido, estimando la duración total del tour en más de seis meses ininterrumpidos de carretera, cuyo cierre oficial está previsto para el otoño en Estados Unidos.
Al terminar el concierto, los corrillos a las puertas de la Sala Mon coincidían en el mismo diagnóstico: la lástima del desajuste técnico en las voces y un volumen que rozaba el umbral del dolor no ensombrecieron la certeza de haber presenciado un verdadero bolazo. High On Fire demostraron que para sonar exageradamente tocho solo se necesitan tres músicos excepcionales, una fe ciega en la distorsión y una actitud indestructible. Una noche de metal hasta la médula.


En pleno inicio de agosto, con un Madrid desértico por las vacaciones estivales y con una parte importante del público metalero desplazado a Villena para la celebración del festival Leyendas del Rock, la Sala Mon rozó una entrada más que reseñable la noche del pasado 6 de agosto de 2026. No hicieron falta bandas teloneras para calentar el ambiente; la simple presencia de High On Fire en la capital española era reclamo suficiente para convocar a una legión de fieles dispuestos a dejarse los oídos ante uno de los tríos más devastadores de la historia del metal extremo.
Para entender el peso de High On Fire en la música pesada contemporánea es imprescindible viajar a Oakland, California, donde la banda fue fundada en 1998 por el guitarrista y vocalista Matt Pike tras la primera disolución de Sleep, los titanes del stoner o doom. Mientras que Sleep construía un sonido denso, hipnótico y pausado, High On Fire nació con el propósito explícito de subir los decibelios y la velocidad, creando una criatura donde el sludge metal, el thrash primigenio de la Bay Area y el heavy metal más visceral se daban la mano.
El estilo de High On Fire es inconfundible y se sustenta sobre pilares técnicos muy concretos: riffs gordos e hiperdistorsionados con afinaciones bajísimas, patrones de batería tribales que combinan la contundencia del hardcore con el groove del metal clásico y una voz rasgada que evoca el fantasma del mismísimo Lemmy Kilmister de Motörhead. Discos como Surrounded by Thieves (2002) y, muy especialmente, Blessed Black Wings (2005) los consagraron en el panorama underground. Más tarde, el lanzamiento de Snakes for the Divine (2010) los catapultó al reconocimiento masivo gracias a su tema homónimo, convertido en un auténtico himno del género con una de las intros de guitarra más icónicas del siglo XXI. El cénit de su carrera llegó con Electric Messiah (2018), trabajo conceptual dedicado a Lemmy que les valió el premio Grammy a la Mejor Interpretación de Metal en 2019, consolidando su estatus de leyenda viva.
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En cuanto a sus miembros, Matt Pike es el alma indivisible de la formación, una figura venerada por su virtuosismo sin artificios y su técnica salvaje con la púa. Al bajo Jeff Matz, un músico indispensable de técnica milimétrica incorporado en 2006, y más recientemente Ben Koller (Converge / Mutoid Man) a la batería, quien ha sabido mantener la pegada arrolladora que caracterizó al cofundador Des Kensel.
La puesta en escena en la Sala Mon presentó un esquema de iluminación cumplidor y bien planteado. Lejos de la saturación extrema de otros shows, el diseño ofreció haces rectos que aportaban profundidad, alternando tonos verdes, azules y rojos que impregnaban todo el recinto. Se agradeció especialmente el uso de focos de luz neutra, un detalle clave para la fotografía, al permitir captar el sudor y los detalles técnicos sin quemar las imágenes.
En el aspecto sonoro, el concierto arrancó con serios desajustes, una mezcla embarullada donde la voz principal sonaba notablemente baja, casi inaudible. Con el paso de los temas el sonido fue ganando empaque, aunque no llegó a solventarse del todo; la voz de Pike se mantuvo tibia en volumen y los coros a cargo del bajista Matz resultaron prácticamente inexistentes durante todo el recital.
Sin embargo, si algo caracterizó la velada fue el volumen desorbitado. Flanqueando el escenario, las torres de amplificadores formaban una auténtica muralla más propia de un escenario al aire libre que de una sala de aforo medio. Un muro sónico de pura distorsión que golpeaba directamente en el pecho y que garantizó que todos los asistentes salieran de la sala despeinados y con el habitual e ineludible silbido auditivo como recuerdo.
Donde no existió fisura alguna fue en la ejecución y la actitud de los músicos. Hablamos de una banda con multitud de tablas que devora el escenario con absoluta naturalidad. Matt Pike salió a tocar sin camiseta, su seña de identidad innegable, derrochando aura desde el primer segundo. A lo largo del concierto se entregó hasta quedar extenuado, empapado en sudor y visiblemente cansado, pero mostrando en su rostro esa sonrisa de felicidad genuina que solo reflejan los músicos que sienten verdadera pasión por su oficio.
La compenetración del trío fue perfecta. La precisión interpretativa en pasajes extremadamente complejos fue sobresaliente, comunicándose mediante miradas, complicidad velada y duelos de cuerdas sin necesidad de cruzar palabra.
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El público madrileño respondió con una entrega total. Desde las alturas de la sala, la estampa era pura esencia metalera: un mar de cabezas haciendo headbanging al unísono con cada ritmo pesado, brazos en alto en cada inicio y cierre de tema, y una ovación constante entre canciones. Los momentos álgidos de la noche llegaron con la explosión de los pogos, que se volvieron multitudinarios y salvajes en auténticos trallazos como “Rumors of War” y la monumental “Snakes for the Divine”.
Esta cita madrileña se enmarca dentro de su gira europea de presentación de su último trabajo, Cometh the Storm (2024). Un tour que dio comienzo en los primeros meses del año cruzando Norteamérica antes de desembarcar en el circuito de festivales y salas europeas más emblemáticas, habiendo dejado su huella en citas históricas como el Hellfest o el Graspop Metal Meeting. La banda continuará su periplo por la geografía europea durante las próximas semanas en recintos de Alemania y el Reino Unido, estimando la duración total del tour en más de seis meses ininterrumpidos de carretera, cuyo cierre oficial está previsto para el otoño en Estados Unidos.
Al terminar el concierto, los corrillos a las puertas de la Sala Mon coincidían en el mismo diagnóstico: la lástima del desajuste técnico en las voces y un volumen que rozaba el umbral del dolor no ensombrecieron la certeza de haber presenciado un verdadero bolazo. High On Fire demostraron que para sonar exageradamente tocho solo se necesitan tres músicos excepcionales, una fe ciega en la distorsión y una actitud indestructible. Una noche de metal hasta la médula.

















