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Fotos: Cecilia Principe Kanonenfieber no serán la primera banda enmascarada ni la primera de black/death metal con temática de la Primera Guerra Mundial, pero ha sabido hacerse de un grupo […]

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Presto Vivace en Buenos Aires: “30 años con el alienígena”

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Killswitch Engage en Copenhague: “Una noche de metalcore para la historia”

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Artillery en Barcelona: “El fuego no se apaga”
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El Estraperlo de Badalona vibra como un corazón eléctrico desde el primer acorde. Vinodium toma el escenario y el aire se convierte en fuego. Cada nota es un golpe certero, un disparo de conciencia que sacude cuerpos y pensamientos. El concierto arranca con la doble llamarada de “Creación/Destrucción”, una fusión de rabia y precisión que prende la mecha del público. El sonido es crudo, sin adornos, una avalancha que no da respiro. Con “¿En qué mundo vivimos?” el mensaje se clava en la piel como metralla: velocidad, furia y letras que huelen a realidad. “Miedo” eleva la intensidad, y el Estraperlo se transforma en una olla a presión, un ritual de cuerpos y decibelios. “Plásticos” golpea con la contundencia de un martillo de acero, mientras “Piel muerta” baja el pulso solo para envolvernos en una atmósfera densa, casi asfixiante. El cierre llega con “Reino del olvido” y “Bueno o Malo”, una combinación que deja el aire vibrando: Vinodium demuestra que el metal nacional no solo ruge, sino que también piensa, siente y arde.

Apotropaico recoge el testigo y convierte la sala en una fiesta salvaje. Desde el primer segundo, el público se rinde a su energía. “Angel Slice” abre el fuego con una descarga demoledora, y “Party of Death” transforma el suelo en un campo de batalla alegre donde reinan los pogos y las sonrisas. “Under Control” agita el caos con precisión quirúrgica, y “The Hunters” lanza un rugido animal que arrastra a todos. “My Name” se escucha como una declaración de fuerza, una carta de identidad escrita con riffs afilados. Luego llega “Primum Vivere”, que suena como una epopeya moderna, una oda a la supervivencia que une a banda y público en un mismo grito. El tramo final es pura locura: “Trapped” y “Thrash” son balas que atraviesan el aire, y “Beer” se convierte en el brindis definitivo, el cierre ideal para una noche de sudor, metal y complicidad. Apotropaico demuestra que su directo no tiene fisuras: son energía pura embotellada en distorsión.

Y entonces, cae la penumbra, y el rugido del público anuncia lo inevitable: Artillery pisa el escenario. La sala entera parece contener la respiración. Los focos cortan la oscuridad como cuchillas, y los primeros acordes de Into the Universe hacen temblar el suelo. Es el inicio de una tormenta perfecta. La banda suena compacta, afilada, como una máquina de guerra perfectamente engrasada. El vocalista, siempre sonriente, dirige la ceremonia con una mezcla de carisma y entrega que hipnotiza. Su voz rasga el aire, mientras las guitarras lanzan descargas que parecen relámpagos cayendo sobre un campo en llamas.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Angelus Apatrida en Barcelona: “Rendidos a sus pies”

“The Eternal War” llega como un vendaval; el público se transforma en una marea de cuerpos que se agitan al ritmo del bajo y la batería, un mar furioso donde cada ola es un grito. La conexión entre la banda y los asistentes es total: el escenario y la pista se funden en una sola entidad hecha de sudor y metal. Los daneses repasan su historia con la precisión de un reloj suizo y la pasión de unos adolescentes con hambre. “By Inheritance” estalla y la sala entera vibra; es más que una canción, es una invocación al pasado, una reverencia al thrash que los vio nacer. “Turn up the Rage” prende fuego a los amplis, y los riffs suenan como cuchillas girando en el aire, limpios, veloces, implacables.

El vocalista no deja de sonreír, bromea, choca las manos, invita al público a gritar con él. Cada gesto suyo enciende una nueva llamarada de entusiasmo. La banda se mueve con una energía contagiosa: los guitarristas, sincronizados, tejen armonías que cortan el aire como hélices; el bajista marca el pulso con la firmeza de un corazón metálico, y el baterista, incansable, golpea con la precisión de un martillo neumático. “The Face of Fear” y “Bombfood” mantienen la tensión en lo alto, un torbellino de notas que arrastra a todos los presentes. “10.000 Devils” llega como una ráfaga final de fuego, con un estribillo que retumba en la garganta de todos.

Y cuando parece que no queda más energía, Artillery vuelve a sorprender: bajan las luces, el público corea su nombre, y suena “Khomaniac”. Es un estallido de nostalgia y rabia; las cabezas se mueven al unísono, las manos se levantan, los ojos brillan. Le sigue “Legions”, y el Estraperlo se convierte en un ejército en trance, una multitud entregada a un mismo dios: el riff. El punto álgido llega con “Terror Squad”, que revienta el aire con su brutalidad. El público se desató, el pogo es un torbellino sin fin, y los músicos parecen alimentarse de esa locura, devolviéndola multiplicada.

Cuando el último acorde de “The Almighty” retumba, el silencio que sigue es casi sagrado. El vocalista se arrodilla, mira al público con una sonrisa sincera, y levanta el puño en señal de gratitud. Los focos iluminan sus rostros empapados de sudor, las guitarras aún vibran, y los aplausos suenan como un trueno lejano que no termina de apagarse. La banda se despide entre vítores, sabiendo que ha dejado una huella indeleble.

Artillery no da un simple concierto: invoca una fuerza ancestral. En el aire queda suspendido ese eco inconfundible del thrash más puro, una mezcla de furia y hermandad que une generaciones. Mientras el público se dispersa, aún zumban los oídos y late el corazón con cada golpe de bombo. La noche en el Estraperlo no muere: simplemente se disuelve en el aire, como una llamarada que se niega a extinguirse. Artillery demuestra, una vez más, que el tiempo no apaga el fuego del metal; solo lo hace arder con más sabiduría, más pasión y más verdad.

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Artillery en Barcelona: “El fuego no se apaga”
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El Estraperlo de Badalona vibra como un corazón eléctrico desde el primer acorde. Vinodium toma el escenario y el aire se convierte en fuego. Cada nota es un golpe certero, un disparo de conciencia que sacude cuerpos y pensamientos. El concierto arranca con la doble llamarada de “Creación/Destrucción”, una fusión de rabia y precisión que prende la mecha del público. El sonido es crudo, sin adornos, una avalancha que no da respiro. Con “¿En qué mundo vivimos?” el mensaje se clava en la piel como metralla: velocidad, furia y letras que huelen a realidad. “Miedo” eleva la intensidad, y el Estraperlo se transforma en una olla a presión, un ritual de cuerpos y decibelios. “Plásticos” golpea con la contundencia de un martillo de acero, mientras “Piel muerta” baja el pulso solo para envolvernos en una atmósfera densa, casi asfixiante. El cierre llega con “Reino del olvido” y “Bueno o Malo”, una combinación que deja el aire vibrando: Vinodium demuestra que el metal nacional no solo ruge, sino que también piensa, siente y arde.

Apotropaico recoge el testigo y convierte la sala en una fiesta salvaje. Desde el primer segundo, el público se rinde a su energía. “Angel Slice” abre el fuego con una descarga demoledora, y “Party of Death” transforma el suelo en un campo de batalla alegre donde reinan los pogos y las sonrisas. “Under Control” agita el caos con precisión quirúrgica, y “The Hunters” lanza un rugido animal que arrastra a todos. “My Name” se escucha como una declaración de fuerza, una carta de identidad escrita con riffs afilados. Luego llega “Primum Vivere”, que suena como una epopeya moderna, una oda a la supervivencia que une a banda y público en un mismo grito. El tramo final es pura locura: “Trapped” y “Thrash” son balas que atraviesan el aire, y “Beer” se convierte en el brindis definitivo, el cierre ideal para una noche de sudor, metal y complicidad. Apotropaico demuestra que su directo no tiene fisuras: son energía pura embotellada en distorsión.

Y entonces, cae la penumbra, y el rugido del público anuncia lo inevitable: Artillery pisa el escenario. La sala entera parece contener la respiración. Los focos cortan la oscuridad como cuchillas, y los primeros acordes de Into the Universe hacen temblar el suelo. Es el inicio de una tormenta perfecta. La banda suena compacta, afilada, como una máquina de guerra perfectamente engrasada. El vocalista, siempre sonriente, dirige la ceremonia con una mezcla de carisma y entrega que hipnotiza. Su voz rasga el aire, mientras las guitarras lanzan descargas que parecen relámpagos cayendo sobre un campo en llamas.

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El vocalista no deja de sonreír, bromea, choca las manos, invita al público a gritar con él. Cada gesto suyo enciende una nueva llamarada de entusiasmo. La banda se mueve con una energía contagiosa: los guitarristas, sincronizados, tejen armonías que cortan el aire como hélices; el bajista marca el pulso con la firmeza de un corazón metálico, y el baterista, incansable, golpea con la precisión de un martillo neumático. “The Face of Fear” y “Bombfood” mantienen la tensión en lo alto, un torbellino de notas que arrastra a todos los presentes. “10.000 Devils” llega como una ráfaga final de fuego, con un estribillo que retumba en la garganta de todos.

Y cuando parece que no queda más energía, Artillery vuelve a sorprender: bajan las luces, el público corea su nombre, y suena “Khomaniac”. Es un estallido de nostalgia y rabia; las cabezas se mueven al unísono, las manos se levantan, los ojos brillan. Le sigue “Legions”, y el Estraperlo se convierte en un ejército en trance, una multitud entregada a un mismo dios: el riff. El punto álgido llega con “Terror Squad”, que revienta el aire con su brutalidad. El público se desató, el pogo es un torbellino sin fin, y los músicos parecen alimentarse de esa locura, devolviéndola multiplicada.

Cuando el último acorde de “The Almighty” retumba, el silencio que sigue es casi sagrado. El vocalista se arrodilla, mira al público con una sonrisa sincera, y levanta el puño en señal de gratitud. Los focos iluminan sus rostros empapados de sudor, las guitarras aún vibran, y los aplausos suenan como un trueno lejano que no termina de apagarse. La banda se despide entre vítores, sabiendo que ha dejado una huella indeleble.

Artillery no da un simple concierto: invoca una fuerza ancestral. En el aire queda suspendido ese eco inconfundible del thrash más puro, una mezcla de furia y hermandad que une generaciones. Mientras el público se dispersa, aún zumban los oídos y late el corazón con cada golpe de bombo. La noche en el Estraperlo no muere: simplemente se disuelve en el aire, como una llamarada que se niega a extinguirse. Artillery demuestra, una vez más, que el tiempo no apaga el fuego del metal; solo lo hace arder con más sabiduría, más pasión y más verdad.

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