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Boris en Buenos Aires: “Hermoso Ruido Rosa”
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Boris no es una banda que tuviera en mi lista de “alguna vez la veré en vivo”. No porque no tuviera todas las ganas del mundo desde que los descubriera en algún blog perdido sobre música rara hace como 15 años, sino porque no creía que fuera posible: pensaba que la propuesta de la banda podría atraer hordas de nerds de la música a lo largo y ancho de la Internet, pero no era de la clase que pudiera justificar arriesgarse a organizar una presentación de estos japoneses en Argentina. Pero por suerte tenemos a la siempre confiable gente de Rueda de la Fortuna Producciones para marcarme lo equivocado que estoy, porque en el marco de la primera gira sudamericana del trío se pusieron al hombro la tarea de producir el primer desembarco de los tokiotas en Argentina, que no solo incluiría el recital típico en Buenos Aire sino un paso inesperado, al menos para mí, de la banda por Córdoba: sonaré como el porteño más porteño del mundo pero no me podía imaginar que hubiera tantos fans de Boris por ahí. La expectativa estaba el aire, encima teniendo al grupo celebrando los 20 años de su clásico Pink, por lejos de los discos más rockeros de su discografía,.

Así que el viernes 28 de noviembre, después de todo un día de calor bastante intenso que va adelantando lo que será el típico diciembre en Buenos Aires, me calcé una remera de Kamikaze de Spinetta (como para ir con la estética del disco que se recordaba) y me dirigí al Teatrito de Sarmiento 1752. Después del cacheo de rutina, estando adentro me di cuenta de que aparte de mí debía haber una o dos personas que habían decidido ir con remera rosa, haciéndome sentir como Homero en el capítulo donde va a la planta nuclear con una camisa rosa y termina en un hospital psiquiátrico. Pero lo que más me llamó la atención era la cantidad de gente, que sin llegar a un lleno completo (al menos a primera vista) era mucho mayor de la que esperaba para un recital así. Muchas remeras de Electric Wizard pero también de My Bloody Valentine, de Sonic Youth pero también una sorpresiva de Prurient e incluso de Corrupted: mucha variedad de público, pero todos unidos por la idea de disfrutar el ruido y la distorsión.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Cinco álbumes para entender a Boris antes de su visita a Argentina

La jornada era oficialmente un festival, la primera edición del llamado Buenos Aires Noise, pero no creo que sea desubicado decir que era una fecha de Boris con un par de teloneros de lujo. Para el momento en el que llegué me había perdido la presentación de los primeros teloneros Dronego, grupo que caracteriza su propuesta como “funeraldronegaze a dos bajos”, y por lo que escuché de ellos es una descripción muy acertada. Aunque no pude verlos, quiero destacar la gracia que me causó el merch de la banda, con el nombre de la banda estilizado en la forma del logo de Judas Priest.

Tras un rato de espera comenzó el set de Ararat, los últimos teloneros del concierto. El proyecto encabezado por Sergio Chotsourian, el otrora cantante y guitarrista de (Los) Natas que en su nueva aventura cambiara las seis cuerdas por las cuatro, hizo lo suyo en formato de dúo de bajo y batería a lo OM, flanqueados por columnas de amplificadores Orange. La propuesta de Ararat es ciertamente interesante, con su sonido lento, grave y distorsionado, pero puede que fuera por el contexto de ser teloneros o por un tema del sonido del mismo Teatrito que a lo de Ararat le faltara algún condimento más, en especial en el tema de aumentar la distorsión o el volumen del bajo, que muchas veces quedaba tapado por la batería. Las pocas veces que Chotsourian se acercó al micrófono el sonido estaba lejos de ser el mejor, algo que era más que obvio cuando dirigió unas palabras al público y apenas se escuchaba lo que decía. Una pena, pero son las cosas de tirar la moneda al aire en el mundo de los teloneros.

El siguiente rato fue la típica rutina de tener el lugar cada vez llenándose más, y de la gente emocionándose cada vez que venía algún ruido por detrás del telón, por más mínimo que fuera. Me había encontrado con un amigo ahí y llegó un punto donde este me comentó que “tenían que dejar de baitear al público”. Si les suena como una declaración extraña, tendrían que haber estado ahí porque tenía todo el sentido del mundo. Por suerte, a las 21:30 en punto las cosas se pusieron serias, con las luces apagándose y el telón abriéndose para revelar nuevamente todo el set de la banda, con los parlantes y la batería puesta en el medio, con la inclusión de un gong detrás como su característica más llamativa.

Poco a poco tuvimos la salida de los miembros del trío, con el baterista Atsuo destacando por la actitud más rockstar de los tres. La guitarrista Wata y el bajista/guitarrista Takeshi (con su instrumento característico de doble mástil con bajo arriba y guitarra abajo) se pusieron en posición y dieron comienzo a la lentísima “Blackout”, que en el álbum original cierra el primer lado del vinilo, y que sirvió para ir metiendo a muchos en trance y que se fueran preparando, algo que se confirmó con las numerosas nubes de humo que pudimos ver salir de entre varios puntos del públicos. Obviamente había llevado los protectores para los oídos, pero el sonido no era tan atronador como cabría esperarse de una banda como Boris, tan adicta a la distorsión y al ruido: estaba alto, pero no era insoportable. Y después de esa marcha funeraria a todo volumen, pudimos ver a Atsuo sacándose la campera con la que había entrado y escuchar a Wata tocando el riff inicial de “Pink”, y ahí sí las cosas se prendieron fuego entre el público, con muchos tratando de vocalizar el inicio de “Kizuiteru demo ore wa eranda” cantado por Takeshi y otros cabeceando al escuchar ese riff monstruoso.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: MONO en Buenos Aires: “Como luchar contra las olas”

La adrenalina continuó canalizándose con la siguiente “Woman On The Screen”, otra canción de puro rock stoner punk psicodélico distorsionado marca registrada de Boris, que tuvo más pogo y gente dejándose la garganta en cada grito. Inmediatamente después tuvimos “Nothing Special”, de las más punks del disco original y cuya energía sucia y distorsionada se traslada perfectamente al contexto en vivo. Y después de esa seguidilla de Pink tuvimos “Ibitsu”, canción de Akuma No Uta que encaja perfectamente con su mezcla de heavy, punk y psicodelia llena de energía y velocidad, la cual siguieron con “Electric”, que sería la última de esta primera etapa veloz y rockera del concierto.

Boris dirigieron algunas palabras al público en una mezcla de inglés y español, y procedieron a anunciar la siguiente canción. Muchos esperaban que sonara “A Bao a Qu”, algo que tendría sentido no sólo por ser la que venían tocando en los últimos recitales sino también porque toma su nombre de una criatura mencionada en un relato de Borges, pero Boris se sacaran una sorpresa de la manga y anunciaron un track llamado “Arco Iris” (o “Arco-íris”, como sería su nombre original en portugués): era claramente “Rainbow”, la canción del álbum del mismo nombre que editaran junto al guitarrista Michio Kurihara. Puede ser un tanto “tranquila” y demasiado “ambient” para algunos, comparado con el crescendo postrockero de “A Bao A Qu”, pero el hecho de que estuvieran años sin que la tocaran en vivo y eligieron este concierto en Buenos Aires para traerla de vuelta es algo mágico.

Hablando de crescendos y ruido, la siguiente “The Evilone Which Sobs” de Dronevil aportó la cuota dejada de distorsión dejada de lado por ese cambio, con el feedback y la atmósfera profundamente oscura y casi apocalíptica que crea este tipo de música. Boris es la clase de banda que puede pasar de rockearla a puros riffs y después llevar los riffs sabbatheros a nuevos extremos de lentitud y densidad, con muchos en el público eligiendo cerrar los ojos y dejarse llevar por las olas de ruido generadas por estos tres músicos. Claro que algunos esperaban algo más “dinámico”, y para eso tuvimos a Atsuo usando el gong de su batería para dar inicio a “Akuma No Uta”, canción que combina lo mejor de ambos mundos con su primera mitad a pura lentitud doom y la segunda a puro riff stoner pasado por el filtro punk característico de Boris.

Para el final de la sección principal tuvimos nada menos que “Just Abandoned Myself”, canción final de Pink considerada por muchos como el punto más alto de todo el álbum con su extrema duración combinada con más riffs de punk psicodélico, siendo la última canción “rápida” de la noche. Y después siguió “Farewell”, canción que originalmente es la primera de Pink pero cuya atmósfera doom bien podría dar para ver los créditos de alguna película de final ambiguo pero impactante. Tras ello, Boris dieron un saludo y se retiraron… pero siguiendo con la analogía cinematográfica, faltaba la escena post créditos.

Así que tras una vuelta rápida al escenario, Boris dio comienzo a los bises a puro drone. Pero se sacaron otra sorpresa de la galera, y en vez de interpretar un par de secciones del monumental Flood decidieron hacer otro cambio e ir por Feedbacker, otro de sus discos drone / ambient más recordados. Más olas de ruido y distorsión poniendo a la gente en trance… o dándoles una oportunidad para revisar el celular, lo que ocurriera primero. No todos los fans de Boris son fans de su material más ambient y experimental, pero la gente que sí está metida lo hace al 100%, y se notaba entre la gente esa dedicación. Es así que los bises se extendieron por poco más de media hora, cerrando la noche en una marea de feedback y distorsión, seguidos por aplausos y las muestras de cariño de la gente. Ahora sí, todo se había terminado.

Boris se manejan con un balance delicado entre su material 100% rockero, su costado doom de velocidad ultra rebajada y sus experimentos, y creo que logran hacerlo de manera bastante inteligente. Tal vez yo hubiera dejado una última canción rockera justo para el final, pero tal vez hubiera conflictuado con la estética de los bises. Más allá de eso, es indudable que lo de Boris fue un viaje a través de todas las atmósferas que su música puede crear: sin romper los tímpanos, logran sumergir a la gente en un ambiente donde todo está compuesto de ruido y uno se deja llevar sin problemas. Es mágico de cierta manera, y personalmente una gran experiencia, que esperemos que no se tomen mucho tiempo en repetir por estos lares.

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Boris en Buenos Aires: “Hermoso Ruido Rosa”
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Boris no es una banda que tuviera en mi lista de “alguna vez la veré en vivo”. No porque no tuviera todas las ganas del mundo desde que los descubriera en algún blog perdido sobre música rara hace como 15 años, sino porque no creía que fuera posible: pensaba que la propuesta de la banda podría atraer hordas de nerds de la música a lo largo y ancho de la Internet, pero no era de la clase que pudiera justificar arriesgarse a organizar una presentación de estos japoneses en Argentina. Pero por suerte tenemos a la siempre confiable gente de Rueda de la Fortuna Producciones para marcarme lo equivocado que estoy, porque en el marco de la primera gira sudamericana del trío se pusieron al hombro la tarea de producir el primer desembarco de los tokiotas en Argentina, que no solo incluiría el recital típico en Buenos Aire sino un paso inesperado, al menos para mí, de la banda por Córdoba: sonaré como el porteño más porteño del mundo pero no me podía imaginar que hubiera tantos fans de Boris por ahí. La expectativa estaba el aire, encima teniendo al grupo celebrando los 20 años de su clásico Pink, por lejos de los discos más rockeros de su discografía,.

Así que el viernes 28 de noviembre, después de todo un día de calor bastante intenso que va adelantando lo que será el típico diciembre en Buenos Aires, me calcé una remera de Kamikaze de Spinetta (como para ir con la estética del disco que se recordaba) y me dirigí al Teatrito de Sarmiento 1752. Después del cacheo de rutina, estando adentro me di cuenta de que aparte de mí debía haber una o dos personas que habían decidido ir con remera rosa, haciéndome sentir como Homero en el capítulo donde va a la planta nuclear con una camisa rosa y termina en un hospital psiquiátrico. Pero lo que más me llamó la atención era la cantidad de gente, que sin llegar a un lleno completo (al menos a primera vista) era mucho mayor de la que esperaba para un recital así. Muchas remeras de Electric Wizard pero también de My Bloody Valentine, de Sonic Youth pero también una sorpresiva de Prurient e incluso de Corrupted: mucha variedad de público, pero todos unidos por la idea de disfrutar el ruido y la distorsión.

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La jornada era oficialmente un festival, la primera edición del llamado Buenos Aires Noise, pero no creo que sea desubicado decir que era una fecha de Boris con un par de teloneros de lujo. Para el momento en el que llegué me había perdido la presentación de los primeros teloneros Dronego, grupo que caracteriza su propuesta como “funeraldronegaze a dos bajos”, y por lo que escuché de ellos es una descripción muy acertada. Aunque no pude verlos, quiero destacar la gracia que me causó el merch de la banda, con el nombre de la banda estilizado en la forma del logo de Judas Priest.

Tras un rato de espera comenzó el set de Ararat, los últimos teloneros del concierto. El proyecto encabezado por Sergio Chotsourian, el otrora cantante y guitarrista de (Los) Natas que en su nueva aventura cambiara las seis cuerdas por las cuatro, hizo lo suyo en formato de dúo de bajo y batería a lo OM, flanqueados por columnas de amplificadores Orange. La propuesta de Ararat es ciertamente interesante, con su sonido lento, grave y distorsionado, pero puede que fuera por el contexto de ser teloneros o por un tema del sonido del mismo Teatrito que a lo de Ararat le faltara algún condimento más, en especial en el tema de aumentar la distorsión o el volumen del bajo, que muchas veces quedaba tapado por la batería. Las pocas veces que Chotsourian se acercó al micrófono el sonido estaba lejos de ser el mejor, algo que era más que obvio cuando dirigió unas palabras al público y apenas se escuchaba lo que decía. Una pena, pero son las cosas de tirar la moneda al aire en el mundo de los teloneros.

El siguiente rato fue la típica rutina de tener el lugar cada vez llenándose más, y de la gente emocionándose cada vez que venía algún ruido por detrás del telón, por más mínimo que fuera. Me había encontrado con un amigo ahí y llegó un punto donde este me comentó que “tenían que dejar de baitear al público”. Si les suena como una declaración extraña, tendrían que haber estado ahí porque tenía todo el sentido del mundo. Por suerte, a las 21:30 en punto las cosas se pusieron serias, con las luces apagándose y el telón abriéndose para revelar nuevamente todo el set de la banda, con los parlantes y la batería puesta en el medio, con la inclusión de un gong detrás como su característica más llamativa.

Poco a poco tuvimos la salida de los miembros del trío, con el baterista Atsuo destacando por la actitud más rockstar de los tres. La guitarrista Wata y el bajista/guitarrista Takeshi (con su instrumento característico de doble mástil con bajo arriba y guitarra abajo) se pusieron en posición y dieron comienzo a la lentísima “Blackout”, que en el álbum original cierra el primer lado del vinilo, y que sirvió para ir metiendo a muchos en trance y que se fueran preparando, algo que se confirmó con las numerosas nubes de humo que pudimos ver salir de entre varios puntos del públicos. Obviamente había llevado los protectores para los oídos, pero el sonido no era tan atronador como cabría esperarse de una banda como Boris, tan adicta a la distorsión y al ruido: estaba alto, pero no era insoportable. Y después de esa marcha funeraria a todo volumen, pudimos ver a Atsuo sacándose la campera con la que había entrado y escuchar a Wata tocando el riff inicial de “Pink”, y ahí sí las cosas se prendieron fuego entre el público, con muchos tratando de vocalizar el inicio de “Kizuiteru demo ore wa eranda” cantado por Takeshi y otros cabeceando al escuchar ese riff monstruoso.

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Boris dirigieron algunas palabras al público en una mezcla de inglés y español, y procedieron a anunciar la siguiente canción. Muchos esperaban que sonara “A Bao a Qu”, algo que tendría sentido no sólo por ser la que venían tocando en los últimos recitales sino también porque toma su nombre de una criatura mencionada en un relato de Borges, pero Boris se sacaran una sorpresa de la manga y anunciaron un track llamado “Arco Iris” (o “Arco-íris”, como sería su nombre original en portugués): era claramente “Rainbow”, la canción del álbum del mismo nombre que editaran junto al guitarrista Michio Kurihara. Puede ser un tanto “tranquila” y demasiado “ambient” para algunos, comparado con el crescendo postrockero de “A Bao A Qu”, pero el hecho de que estuvieran años sin que la tocaran en vivo y eligieron este concierto en Buenos Aires para traerla de vuelta es algo mágico.

Hablando de crescendos y ruido, la siguiente “The Evilone Which Sobs” de Dronevil aportó la cuota dejada de distorsión dejada de lado por ese cambio, con el feedback y la atmósfera profundamente oscura y casi apocalíptica que crea este tipo de música. Boris es la clase de banda que puede pasar de rockearla a puros riffs y después llevar los riffs sabbatheros a nuevos extremos de lentitud y densidad, con muchos en el público eligiendo cerrar los ojos y dejarse llevar por las olas de ruido generadas por estos tres músicos. Claro que algunos esperaban algo más “dinámico”, y para eso tuvimos a Atsuo usando el gong de su batería para dar inicio a “Akuma No Uta”, canción que combina lo mejor de ambos mundos con su primera mitad a pura lentitud doom y la segunda a puro riff stoner pasado por el filtro punk característico de Boris.

Para el final de la sección principal tuvimos nada menos que “Just Abandoned Myself”, canción final de Pink considerada por muchos como el punto más alto de todo el álbum con su extrema duración combinada con más riffs de punk psicodélico, siendo la última canción “rápida” de la noche. Y después siguió “Farewell”, canción que originalmente es la primera de Pink pero cuya atmósfera doom bien podría dar para ver los créditos de alguna película de final ambiguo pero impactante. Tras ello, Boris dieron un saludo y se retiraron… pero siguiendo con la analogía cinematográfica, faltaba la escena post créditos.

Así que tras una vuelta rápida al escenario, Boris dio comienzo a los bises a puro drone. Pero se sacaron otra sorpresa de la galera, y en vez de interpretar un par de secciones del monumental Flood decidieron hacer otro cambio e ir por Feedbacker, otro de sus discos drone / ambient más recordados. Más olas de ruido y distorsión poniendo a la gente en trance… o dándoles una oportunidad para revisar el celular, lo que ocurriera primero. No todos los fans de Boris son fans de su material más ambient y experimental, pero la gente que sí está metida lo hace al 100%, y se notaba entre la gente esa dedicación. Es así que los bises se extendieron por poco más de media hora, cerrando la noche en una marea de feedback y distorsión, seguidos por aplausos y las muestras de cariño de la gente. Ahora sí, todo se había terminado.

Boris se manejan con un balance delicado entre su material 100% rockero, su costado doom de velocidad ultra rebajada y sus experimentos, y creo que logran hacerlo de manera bastante inteligente. Tal vez yo hubiera dejado una última canción rockera justo para el final, pero tal vez hubiera conflictuado con la estética de los bises. Más allá de eso, es indudable que lo de Boris fue un viaje a través de todas las atmósferas que su música puede crear: sin romper los tímpanos, logran sumergir a la gente en un ambiente donde todo está compuesto de ruido y uno se deja llevar sin problemas. Es mágico de cierta manera, y personalmente una gran experiencia, que esperemos que no se tomen mucho tiempo en repetir por estos lares.

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