

Madrid, 26 de diciembre de 2025 , Kabrönes llegaba a la capital para cerrar el año, y lo hacía con la autoridad que solo dan los años y el cariño incondicional de una audiencia que nunca los olvidó.
Para entender el fenómeno, hay que remontarse a la génesis del proyecto. Kabrönes nace de la unión de los cuatro pilares fundamentales de la época dorada de Mägo de Oz: José Andrëa, Frank, Carlitos y Salva. Formada para recuperar el espíritu indómito de los años 90 y principios de los 2000, la banda se configuró no como un tributo, sino como la reclamación legítima de un legado por parte de quienes lo crearon. Tras años de caminos separados, la necesidad de reencontrarse con su sonido original y con un público que anhelaba la formación clásica fue el motor que puso en marcha esta maquinaria de folk metal.
El ambiente en los alrededores de Las Ventas ya vaticinaba una noche grande. Con el cartel de “Agotado” colgado desde hace semanas, la expectación era máxima. Resultó conmovedor observar la gran variedad generacional y de género entre los asistentes: desde veteranos que lucían camisetas raídas de la gira de 1998 hasta adolescentes que descubrían por primera vez en vivo la voz de José Andrëa. La propia banda hizo hincapié en este “recorrido de generaciones”, agradeciendo cómo los padres han sabido transmitir ese “veneno” musical a sus hijos.
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Musicalmente, el concierto fue un viaje directo al año 2000. El sentimiento del álbum Finisterra sobrevoló toda la noche. Cuando sonaron los primeros acordes de “Satania” o la épica “Finisterra”, la sala se convirtió en un solo rugido. Se sintió esa energía cruda y mágica de hace dos décadas; la voz de José, recuperada y poderosa, junto a las guitarras gemelas de Frank y Carlitos y el bajo sólido de Salva, devolvieron a Madrid la esencia de una época donde el rock en castellano dominaba las listas.
Uno de los puntos más comentados fue el impecable trabajo de la pantalla trasera. El escenario se vio enriquecido por una serie de fondos que, con un claro toque de Inteligencia Artificial en su creación, mantenían un diseño artístico coherente y fascinante. Los paisajes oníricos y medievales se integraban perfectamente con el ritmo de las canciones, destacando especialmente la animación de un barco pirata que zarpaba hacia el horizonte, un guiño visual que elevó la épica de la actuación.
La velada se convirtió en una reunión de amigos con invitados que aportaron matices memorables: Chema Alonso, el guitarrista original de los inicios de Mägo de Oz, cuya presencia fue un regalo para los más puristas. Juanjo Melero, exmiebro de Sangre Azul demostró por qué es una leyenda de nuestra guitarra, aportando su elegancia habitual en “El Fin del Camino“. Diego Cisneros, en uno de los momentos más emotivos de la noche, el hijo de Sergio Cisneros “Kiskilla” tomó los teclados para rendir un sentido homenaje a su padre y al añorado Fernando Ponce de León. Todo acompañado por fotos de los homenajeados en la pantalla, muy triste y muy bonito. Dani (Lèpoka) que aportó la frescura y el vigor de la nueva hornada de folk metal nacional.
Kabrönes demostró en Madrid que, aunque pasen los años y cambien los nombres, la magia de esas canciones pertenece a quienes las dotaron de alma. Fue, en definitiva, la fiesta que Madrid merecía para despedir el 2025: una fiesta pagana, nostálgica y, por encima de todo, auténtica.
Etiquetas: Finisterra, Heavy/Folk Metal, Kabrones, Live In Las Ventas, madrid, Mago de Oz, Metal Español


Madrid, 26 de diciembre de 2025 , Kabrönes llegaba a la capital para cerrar el año, y lo hacía con la autoridad que solo dan los años y el cariño incondicional de una audiencia que nunca los olvidó.
Para entender el fenómeno, hay que remontarse a la génesis del proyecto. Kabrönes nace de la unión de los cuatro pilares fundamentales de la época dorada de Mägo de Oz: José Andrëa, Frank, Carlitos y Salva. Formada para recuperar el espíritu indómito de los años 90 y principios de los 2000, la banda se configuró no como un tributo, sino como la reclamación legítima de un legado por parte de quienes lo crearon. Tras años de caminos separados, la necesidad de reencontrarse con su sonido original y con un público que anhelaba la formación clásica fue el motor que puso en marcha esta maquinaria de folk metal.
El ambiente en los alrededores de Las Ventas ya vaticinaba una noche grande. Con el cartel de “Agotado” colgado desde hace semanas, la expectación era máxima. Resultó conmovedor observar la gran variedad generacional y de género entre los asistentes: desde veteranos que lucían camisetas raídas de la gira de 1998 hasta adolescentes que descubrían por primera vez en vivo la voz de José Andrëa. La propia banda hizo hincapié en este “recorrido de generaciones”, agradeciendo cómo los padres han sabido transmitir ese “veneno” musical a sus hijos.
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Musicalmente, el concierto fue un viaje directo al año 2000. El sentimiento del álbum Finisterra sobrevoló toda la noche. Cuando sonaron los primeros acordes de “Satania” o la épica “Finisterra”, la sala se convirtió en un solo rugido. Se sintió esa energía cruda y mágica de hace dos décadas; la voz de José, recuperada y poderosa, junto a las guitarras gemelas de Frank y Carlitos y el bajo sólido de Salva, devolvieron a Madrid la esencia de una época donde el rock en castellano dominaba las listas.
Uno de los puntos más comentados fue el impecable trabajo de la pantalla trasera. El escenario se vio enriquecido por una serie de fondos que, con un claro toque de Inteligencia Artificial en su creación, mantenían un diseño artístico coherente y fascinante. Los paisajes oníricos y medievales se integraban perfectamente con el ritmo de las canciones, destacando especialmente la animación de un barco pirata que zarpaba hacia el horizonte, un guiño visual que elevó la épica de la actuación.
La velada se convirtió en una reunión de amigos con invitados que aportaron matices memorables: Chema Alonso, el guitarrista original de los inicios de Mägo de Oz, cuya presencia fue un regalo para los más puristas. Juanjo Melero, exmiebro de Sangre Azul demostró por qué es una leyenda de nuestra guitarra, aportando su elegancia habitual en “El Fin del Camino“. Diego Cisneros, en uno de los momentos más emotivos de la noche, el hijo de Sergio Cisneros “Kiskilla” tomó los teclados para rendir un sentido homenaje a su padre y al añorado Fernando Ponce de León. Todo acompañado por fotos de los homenajeados en la pantalla, muy triste y muy bonito. Dani (Lèpoka) que aportó la frescura y el vigor de la nueva hornada de folk metal nacional.
Kabrönes demostró en Madrid que, aunque pasen los años y cambien los nombres, la magia de esas canciones pertenece a quienes las dotaron de alma. Fue, en definitiva, la fiesta que Madrid merecía para despedir el 2025: una fiesta pagana, nostálgica y, por encima de todo, auténtica.
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