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Oranssi Pazuzu y Krallice en Copenhague: “La unión hace la fuerza”
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Vega, ubicado en Vesterbro, cerca del centro de Copenhague, tiene una particularidad que lo diferencia de muchos otros recintos de la ciudad: ocupa prácticamente una manzana entera y cuenta con distintos venues independientes entre sí, que a su vez pueden utilizarse de manera conjunta. Algo que ya hemos podido comprobar, por ejemplo, en el querido festival A Colossal Weekend.

En esta ocasión sucedió algo todavía más llamativo. Dos tours de bandas que comparten buena parte de su público se cruzaron en distintos escenarios del complejo de manera completamente natural. Por un lado, los estadounidenses Krallice, grupo de culto dentro del black metal progresivo; por el otro, los fineses Oranssi Pazuzu, cuya música suele ser encasillada dentro del black metal experimental, aunque esta etiqueta se queda bastante corta para describir lo que hacen.

Los primeros se presentaron en Ideal Bar, un pequeño recinto con capacidad para alrededor de 100 personas, mientras que los fineses ocuparon Lille Vega, mucho más grande y con espacio para unas 500. Lo curioso fue que una buena parte del público —entre quienes me incluyo— comenzó a consultar los horarios para intentar asistir a ambos conciertos. La oficina general de Vega tomó nota de la situación y decidió modificar los horarios para evitar que las bandas principales se pisaran, dejando únicamente los últimos minutos de las actuaciones de los teloneros en conflicto. Además, se lanzó una promoción mediante la cual quienes tuvieran entrada para uno de los shows podían acceder al otro pagando solamente 55 coronas danesas adicionales, unos 7,35 euros aproximadamente.

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Una idea excelente y que, como era de esperarse, fue muy agradecida y valorada por los asistentes. En lugar de obligar al público a elegir entre dos propuestas similares, Vega encontró una manera sencilla de hacer que ambas funcionaran juntas.

La jornada comenzó para mí en Ideal Bar, donde los daneses Dysgnostic se encargaron de abrir la fecha. El grupo practica un blackened death metal bastante extremo y técnico, con una propuesta que, al menos sobre el escenario, sonó correcta y contundente. Sin embargo, el sonido del lugar no terminó de acompañar. Las guitarras estaban demasiado bajas y eso le quitó bastante fuerza a una música que necesita justamente de ellas para generar buena parte de su impacto.

Más allá de esto, la presentación fue buena y los músicos cumplieron, pero su propuesta me terminó resultando algo común y con cierta falta de matices. No estuvo mal, fue un show entretenido y ejecutado con solvencia, pero tampoco hubo demasiados elementos que lo hicieran destacar especialmente. De todas maneras, tuve que abandonar Ideal Bar antes de tiempo y me perdí las últimas dos canciones para llegar a Lille Vega y ver a Múr, una de las bandas que también tenía ganas de descubrir.

Los islandeses son extremadamente jóvenes y practican una especie de post metal progresivo que va alternando momentos muy atmosféricos con otros más técnicos y cargados de polirritmias. Musicalmente, algunas de estas ideas me resultaron bastante familiares, especialmente porque el recurso de construir canciones alrededor de patrones polirrítmicos está bastante trillado dentro del metal progresivo actual. Sin embargo, todo esto pasó rápidamente a un segundo plano gracias a dos factores fundamentales: un sonido excelente y una performance realmente magistral.

Y no hablo solamente de la parte técnica. Múr demostró tener un nivel escénico sorprendente para una banda cuyos integrantes son tan jóvenes. Había un carisma y un magnetismo difíciles de ignorar. Incluso cuando la música entraba en terrenos más previsibles, era complicado dejar de mirar el escenario.

Esto se hizo especialmente evidente con su vocalista, quien además tocaba un pequeño teclado portátil. Su voz potente y su presencia escénica le permitían marcar muy bien los distintos climas de las canciones, mientras que detrás de la banda una pantalla proyectaba diferentes imágenes y videos que complementaban la propuesta. Fue una presentación realmente convincente y, probablemente, una de esas bandas que con algunos años más de experiencia pueden llegar todavía mucho más lejos.

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Lamentablemente, también tuve que abandonar Lille Vega antes de tiempo. Esta vez, la razón era más que justificada: quería llegar a Ideal Bar para ver a la banda que más esperaba de toda la fecha.

Krallice comenzó incluso cinco minutos antes de lo pactado y, desde el primer instante, quedó claro que el sonido iba a ser ampliamente superior al de la banda anterior. Lo que siguió fue una auténtica locura: una hora y cuarto de metal oscuro, técnico y progresivo ejecutado con una precisión casi milimétrica.

Las canciones, largas e intrincadas, fluían con una naturalidad sorprendente. Lo que sobre el papel puede parecer una sucesión imposible de riffs, cambios y estructuras complejas, sobre el escenario sonaba tan orgánico como si se tratara de una zapada. Y creo que justamente ahí está buena parte del espíritu de Krallice: tomar la esencia del black metal y llevarla hacia lugares donde se cruza con el death metal técnico, el rock progresivo y una cantidad enorme de recursos que terminan formando algo completamente propio.

Cada músico tuvo su momento para brillar. El baterista, particularmente, dio una auténtica clase magistral de originalidad, técnica y creatividad. No se limitó a ejecutar las canciones con precisión, sino que utilizó diferentes técnicas de golpe para extraer sonidos distintos del instrumento, mientras incorporaba ritmos y arreglos completamente atípicos para el estilo. Era de esos bateristas a los que uno puede quedarse mirando durante todo el concierto intentando entender qué demonios está haciendo.

Los guitarristas también tuvieron roles muy diferenciados. Mick Barr utilizó menos efectos y se concentró principalmente en los riffs rítmicos, con una impronta mucho más old school. En el extremo opuesto estuvo Colin Marston, rodeado de una cantidad absurda de pedales y efectos. De hecho, eran tantos que ni siquiera entraban correctamente en el escenario y parte de su equipamiento tuvo que ser colocada debajo del mismo. Su forma de tocar era más intrincada y aportaba una enorme cantidad de matices al sonido general.

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Y qué decir del bajista y vocalista principal. Otra máquina. Con un bajo de seis cuerdas que sonaba extremadamente grave y contundente, no paró de aportar detalles durante todo el concierto. Las tres voces, además, se complementaban a la perfección, generando otra capa dentro de unas composiciones que ya de por sí están cargadas de información.

Todo esto se veía también en el público. Como comentábamos con mi compañera, se trataba de un público particularmente de culto, de esos que parecen haber estudiado a las bandas que están viendo. Mucho metalero nerd, en el mejor sentido posible, siguiendo atentamente cada cambio, cada riff y cada movimiento de los músicos.

Fue un show increíble desde prácticamente cualquier punto de vista. Una demostración de que la complejidad no necesariamente tiene que estar peleada con la naturalidad, y que cuando músicos de este nivel tienen completamente incorporado lo que hacen, hasta las estructuras más absurdamente complicadas pueden terminar sonando espontáneas.

Después de semejante experiencia, tocaba volver a Lille Vega para el plato fuerte de la noche: Oranssi Pazuzu.

Describir la música de Oranssi Pazuzu es una tarea complicada. Si bien normalmente se los cataloga como black metal experimental, nuevamente estamos ante una etiqueta que se queda muy corta. El componente black metal aparece principalmente en las voces y en algunos de los momentos más caóticos, pero la propuesta incorpora noise, electrónica, rock psicodélico y una cantidad de elementos difíciles de ubicar dentro de un género concreto.

Y eso es justamente lo interesante. La música de Oranssi Pazuzu no solamente es inclasificable, sino también impredecible. Por momentos los teclados tomaban completamente el control mientras las guitarras se limitaban a realizar adornos o construir determinados pasajes. En otros, todo se transformaba en un caos donde las guitarras se mezclaban con ritmos electrónicos y sonidos que parecían no pertenecer a ningún lugar concreto.

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Sobre el escenario había tres teclados, aunque dos de ellos no sonaban de manera constante, ya que eran utilizados por el guitarrista y el bajista, quienes además iban intercambiando sus instrumentos. Todo esto contribuía todavía más a esa sensación de que cualquier cosa podía ocurrir en el siguiente minuto.

No había necesariamente un elemento que uniera todas las partes. Las canciones simplemente avanzaban, mutaban y cambiaban de forma constantemente. Un pasaje podía comenzar con una base casi psicodélica para transformarse unos segundos después en algo mucho más cercano al noise, mientras que las guitarras podían pasar de ocupar el centro de la composición a convertirse prácticamente en un elemento decorativo.

Lo único que por momentos me resultó algo repetitivo fue la batería. Mientras el resto de los instrumentos parecía estar buscando constantemente nuevos caminos, la base rítmica se mantuvo más ligada a patrones clásicos del rock psicodélico o progresivo. Creo que ahí había espacio para experimentar un poco más y acompañar la locura del resto de la banda.

La voz, por su parte, mantuvo prácticamente siempre el mismo registro: un desgarrado grito de black metal que contrastaba con el resto de la instrumentación. A esto se sumaban otras dos voces, bastante más oscuras y susurradas, que ayudaban a crear una atmósfera todavía más extraña.

Pero si la música ya era una locura, la performance terminó de completar el cuadro. El juego de luces fue correcto y, curiosamente, la pantalla ubicada detrás de la banda permaneció apagada durante todo el concierto. Una decisión que me llamó la atención, porque creo que su utilización podría haber sumado muchísimo a una propuesta tan visual y psicodélica.

Aun así, no hizo falta. Los músicos estaban completamente compenetrados con lo que estaban tocando y eso se transmitía directamente al público. Se movían de un lado al otro, sintiendo cada nota y cada acorde, sin dar la sensación de estar simplemente ejecutando las canciones. Especialmente el guitarrista Ikon, que parecía poseído, moviéndose como un loco y revoleando la guitarra de un lado para otro.

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Después de poco más de una hora, Oranssi Pazuzu abandonó el escenario. El público respondió inmediatamente pidiendo una canción más, aunque la sensación general era de satisfacción. Habíamos tenido una noche bastante particular, en la que dos bandas principales compartían público, pero tocaban simultáneamente en dos escenarios diferentes y, gracias a una decisión tan sencilla como modificar los horarios y facilitar el acceso entre ambos conciertos, fue posible disfrutar de las dos.

Y creo que ahí estuvo justamente lo mejor de esta fecha. Krallice y Oranssi Pazuzu son bandas muy diferentes, pero comparten esa capacidad de llevar el metal hacia lugares poco convencionales y de exigirle algo más al oyente. Una desde la precisión, la técnica y la complejidad; la otra desde la psicodelia, el caos y la experimentación.

La experiencia también demuestra que, cuando una sala entiende a su público, no hace falta demasiado para mejorar una noche de conciertos. Vega podría haberse limitado a vender dos shows independientes y dejar que cada asistente eligiera cuál ver. En cambio, encontró una manera de unirlos. Y gracias a eso, una noche que podría haber terminado siendo una elección entre Krallice y Oranssi Pazuzu terminó convirtiéndose en la oportunidad de disfrutar de ambos.

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Vega, ubicado en Vesterbro, cerca del centro de Copenhague, tiene una particularidad que lo diferencia de muchos otros recintos de la ciudad: ocupa prácticamente una manzana entera y cuenta con distintos venues independientes entre sí, que a su vez pueden utilizarse de manera conjunta. Algo que ya hemos podido comprobar, por ejemplo, en el querido festival A Colossal Weekend.

En esta ocasión sucedió algo todavía más llamativo. Dos tours de bandas que comparten buena parte de su público se cruzaron en distintos escenarios del complejo de manera completamente natural. Por un lado, los estadounidenses Krallice, grupo de culto dentro del black metal progresivo; por el otro, los fineses Oranssi Pazuzu, cuya música suele ser encasillada dentro del black metal experimental, aunque esta etiqueta se queda bastante corta para describir lo que hacen.

Los primeros se presentaron en Ideal Bar, un pequeño recinto con capacidad para alrededor de 100 personas, mientras que los fineses ocuparon Lille Vega, mucho más grande y con espacio para unas 500. Lo curioso fue que una buena parte del público —entre quienes me incluyo— comenzó a consultar los horarios para intentar asistir a ambos conciertos. La oficina general de Vega tomó nota de la situación y decidió modificar los horarios para evitar que las bandas principales se pisaran, dejando únicamente los últimos minutos de las actuaciones de los teloneros en conflicto. Además, se lanzó una promoción mediante la cual quienes tuvieran entrada para uno de los shows podían acceder al otro pagando solamente 55 coronas danesas adicionales, unos 7,35 euros aproximadamente.

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Una idea excelente y que, como era de esperarse, fue muy agradecida y valorada por los asistentes. En lugar de obligar al público a elegir entre dos propuestas similares, Vega encontró una manera sencilla de hacer que ambas funcionaran juntas.

La jornada comenzó para mí en Ideal Bar, donde los daneses Dysgnostic se encargaron de abrir la fecha. El grupo practica un blackened death metal bastante extremo y técnico, con una propuesta que, al menos sobre el escenario, sonó correcta y contundente. Sin embargo, el sonido del lugar no terminó de acompañar. Las guitarras estaban demasiado bajas y eso le quitó bastante fuerza a una música que necesita justamente de ellas para generar buena parte de su impacto.

Más allá de esto, la presentación fue buena y los músicos cumplieron, pero su propuesta me terminó resultando algo común y con cierta falta de matices. No estuvo mal, fue un show entretenido y ejecutado con solvencia, pero tampoco hubo demasiados elementos que lo hicieran destacar especialmente. De todas maneras, tuve que abandonar Ideal Bar antes de tiempo y me perdí las últimas dos canciones para llegar a Lille Vega y ver a Múr, una de las bandas que también tenía ganas de descubrir.

Los islandeses son extremadamente jóvenes y practican una especie de post metal progresivo que va alternando momentos muy atmosféricos con otros más técnicos y cargados de polirritmias. Musicalmente, algunas de estas ideas me resultaron bastante familiares, especialmente porque el recurso de construir canciones alrededor de patrones polirrítmicos está bastante trillado dentro del metal progresivo actual. Sin embargo, todo esto pasó rápidamente a un segundo plano gracias a dos factores fundamentales: un sonido excelente y una performance realmente magistral.

Y no hablo solamente de la parte técnica. Múr demostró tener un nivel escénico sorprendente para una banda cuyos integrantes son tan jóvenes. Había un carisma y un magnetismo difíciles de ignorar. Incluso cuando la música entraba en terrenos más previsibles, era complicado dejar de mirar el escenario.

Esto se hizo especialmente evidente con su vocalista, quien además tocaba un pequeño teclado portátil. Su voz potente y su presencia escénica le permitían marcar muy bien los distintos climas de las canciones, mientras que detrás de la banda una pantalla proyectaba diferentes imágenes y videos que complementaban la propuesta. Fue una presentación realmente convincente y, probablemente, una de esas bandas que con algunos años más de experiencia pueden llegar todavía mucho más lejos.

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Krallice comenzó incluso cinco minutos antes de lo pactado y, desde el primer instante, quedó claro que el sonido iba a ser ampliamente superior al de la banda anterior. Lo que siguió fue una auténtica locura: una hora y cuarto de metal oscuro, técnico y progresivo ejecutado con una precisión casi milimétrica.

Las canciones, largas e intrincadas, fluían con una naturalidad sorprendente. Lo que sobre el papel puede parecer una sucesión imposible de riffs, cambios y estructuras complejas, sobre el escenario sonaba tan orgánico como si se tratara de una zapada. Y creo que justamente ahí está buena parte del espíritu de Krallice: tomar la esencia del black metal y llevarla hacia lugares donde se cruza con el death metal técnico, el rock progresivo y una cantidad enorme de recursos que terminan formando algo completamente propio.

Cada músico tuvo su momento para brillar. El baterista, particularmente, dio una auténtica clase magistral de originalidad, técnica y creatividad. No se limitó a ejecutar las canciones con precisión, sino que utilizó diferentes técnicas de golpe para extraer sonidos distintos del instrumento, mientras incorporaba ritmos y arreglos completamente atípicos para el estilo. Era de esos bateristas a los que uno puede quedarse mirando durante todo el concierto intentando entender qué demonios está haciendo.

Los guitarristas también tuvieron roles muy diferenciados. Mick Barr utilizó menos efectos y se concentró principalmente en los riffs rítmicos, con una impronta mucho más old school. En el extremo opuesto estuvo Colin Marston, rodeado de una cantidad absurda de pedales y efectos. De hecho, eran tantos que ni siquiera entraban correctamente en el escenario y parte de su equipamiento tuvo que ser colocada debajo del mismo. Su forma de tocar era más intrincada y aportaba una enorme cantidad de matices al sonido general.

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Todo esto se veía también en el público. Como comentábamos con mi compañera, se trataba de un público particularmente de culto, de esos que parecen haber estudiado a las bandas que están viendo. Mucho metalero nerd, en el mejor sentido posible, siguiendo atentamente cada cambio, cada riff y cada movimiento de los músicos.

Fue un show increíble desde prácticamente cualquier punto de vista. Una demostración de que la complejidad no necesariamente tiene que estar peleada con la naturalidad, y que cuando músicos de este nivel tienen completamente incorporado lo que hacen, hasta las estructuras más absurdamente complicadas pueden terminar sonando espontáneas.

Después de semejante experiencia, tocaba volver a Lille Vega para el plato fuerte de la noche: Oranssi Pazuzu.

Describir la música de Oranssi Pazuzu es una tarea complicada. Si bien normalmente se los cataloga como black metal experimental, nuevamente estamos ante una etiqueta que se queda muy corta. El componente black metal aparece principalmente en las voces y en algunos de los momentos más caóticos, pero la propuesta incorpora noise, electrónica, rock psicodélico y una cantidad de elementos difíciles de ubicar dentro de un género concreto.

Y eso es justamente lo interesante. La música de Oranssi Pazuzu no solamente es inclasificable, sino también impredecible. Por momentos los teclados tomaban completamente el control mientras las guitarras se limitaban a realizar adornos o construir determinados pasajes. En otros, todo se transformaba en un caos donde las guitarras se mezclaban con ritmos electrónicos y sonidos que parecían no pertenecer a ningún lugar concreto.

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No había necesariamente un elemento que uniera todas las partes. Las canciones simplemente avanzaban, mutaban y cambiaban de forma constantemente. Un pasaje podía comenzar con una base casi psicodélica para transformarse unos segundos después en algo mucho más cercano al noise, mientras que las guitarras podían pasar de ocupar el centro de la composición a convertirse prácticamente en un elemento decorativo.

Lo único que por momentos me resultó algo repetitivo fue la batería. Mientras el resto de los instrumentos parecía estar buscando constantemente nuevos caminos, la base rítmica se mantuvo más ligada a patrones clásicos del rock psicodélico o progresivo. Creo que ahí había espacio para experimentar un poco más y acompañar la locura del resto de la banda.

La voz, por su parte, mantuvo prácticamente siempre el mismo registro: un desgarrado grito de black metal que contrastaba con el resto de la instrumentación. A esto se sumaban otras dos voces, bastante más oscuras y susurradas, que ayudaban a crear una atmósfera todavía más extraña.

Pero si la música ya era una locura, la performance terminó de completar el cuadro. El juego de luces fue correcto y, curiosamente, la pantalla ubicada detrás de la banda permaneció apagada durante todo el concierto. Una decisión que me llamó la atención, porque creo que su utilización podría haber sumado muchísimo a una propuesta tan visual y psicodélica.

Aun así, no hizo falta. Los músicos estaban completamente compenetrados con lo que estaban tocando y eso se transmitía directamente al público. Se movían de un lado al otro, sintiendo cada nota y cada acorde, sin dar la sensación de estar simplemente ejecutando las canciones. Especialmente el guitarrista Ikon, que parecía poseído, moviéndose como un loco y revoleando la guitarra de un lado para otro.

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Después de poco más de una hora, Oranssi Pazuzu abandonó el escenario. El público respondió inmediatamente pidiendo una canción más, aunque la sensación general era de satisfacción. Habíamos tenido una noche bastante particular, en la que dos bandas principales compartían público, pero tocaban simultáneamente en dos escenarios diferentes y, gracias a una decisión tan sencilla como modificar los horarios y facilitar el acceso entre ambos conciertos, fue posible disfrutar de las dos.

Y creo que ahí estuvo justamente lo mejor de esta fecha. Krallice y Oranssi Pazuzu son bandas muy diferentes, pero comparten esa capacidad de llevar el metal hacia lugares poco convencionales y de exigirle algo más al oyente. Una desde la precisión, la técnica y la complejidad; la otra desde la psicodelia, el caos y la experimentación.

La experiencia también demuestra que, cuando una sala entiende a su público, no hace falta demasiado para mejorar una noche de conciertos. Vega podría haberse limitado a vender dos shows independientes y dejar que cada asistente eligiera cuál ver. En cambio, encontró una manera de unirlos. Y gracias a eso, una noche que podría haber terminado siendo una elección entre Krallice y Oranssi Pazuzu terminó convirtiéndose en la oportunidad de disfrutar de ambos.

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