


El sol todavía castigaba con dureza el páramo zamorano cuando las puertas del IFEZA comenzaron a engullir a miles de fieles llegados desde todos los rincones de la geografía nacional e internacional. Tras una edición previa que había servido para consolidar definitivamente la personalidad del festival, el Z! Live afrontaba una nueva aventura dispuesto a demostrar que no necesita competir con nadie porque hace tiempo que encontró una identidad propia: diversidad estilística, pasión por el metal en todas sus vertientes y una organización concebida por auténticos aficionados para aficionados.
Mientras las colas avanzaban lentamente entre saludos, camisetas negras y reencuentros anuales, el ambiente respiraba esa mezcla de ilusión, nerviosismo y hambre de directo que únicamente puede encontrarse en los grandes festivales. El césped todavía intacto esperaba convertirse en campo de batalla. Las primeras cervezas comenzaban a circular mientras el sonido de las pruebas técnicas anunciaba que la maquinaria estaba lista para entrar en funcionamiento.
Y entonces llegó la hora de la verdad.
Los murcianos Headon tuvieron el privilegio y la enorme responsabilidad de inaugurar oficialmente el festival; una misión nada sencilla que resolvieron con absoluta solvencia gracias a una descarga tan contundente como convincente. La introducción de “Génesis” sirvió como la perfecta llamada a filas para los centenares de asistentes que ya se congregaban frente al Silver Stage y, apenas sonaron los primeros compases de “Revolución”, quedó claro que la banda no había venido simplemente a cumplir el expediente.
Sobre las tablas, Andrés volvió a demostrar por qué es uno de los vocalistas más completos y versátiles de la nueva generación del metal nacional. Sus transiciones entre registros melódicos y pasajes agresivos funcionaron con precisión quirúrgica durante todo el concierto, especialmente en piezas como “Inmortal” y “Fuego”, donde exhibió una potencia sobresaliente sin perder un ápice de claridad. A su lado, Ube se erigió como uno de los grandes protagonistas instrumentales del arranque de la jornada; sus riffs sonaron compactos, afilados y perfectamente definidos, aportando una identidad propia que abraza la escuela clásica del power metal y la fusiona con recursos mucho más modernos.
Por su parte, la sección rítmica formada por Sergio y Carly funcionó como una auténtica locomotora de acero, impulsando temas de la talla de “Asfixia” o “Éxodo” con una pegada demoledora. La gran sorpresa de la tarde llegó con la interpretación de “Dogma”, el nuevo sencillo de la formación, que fue recibido con enorme entusiasmo por un público que conectó de inmediato con sus ganchos y estribillos. Headon no solo abrieron el festival, sino que lo hicieron dejando el listón a una altura verdaderamente difícil de superar para el resto de la jornada.
El combo valenciano Noah Histeria saltó al Copper Stage sin intención de hacer prisioneros, desatando una de las tormentas más técnicas, conceptuales y machaconas de la tarde. Su propuesta de metal progresivo, lejos de quedarse en un ejercicio frío de virtuosismo, rugió con una pegada brutal gracias a un sonido atronador y nítido que convirtió el escenario en una auténtica apisonadora.
Al frente del asalto, Juan Giner se marcó una labor kamikaze y destructiva al encargarse simultáneamente de los teclados y de escupir las voces principales; un despliegue de pura rabia y control técnico que dejó a más de uno con la boca abierta. Escoltándolo en primera línea de fuego, Álvaro Monzón castigó el bajo sin piedad y sumó unos coros combativos que doblaron la agresividad de las composiciones, tejiendo junto a Giner una de las alianzas más dinámicas y letales de todo el cartel.
El foso empezó a hervir cuando abrieron la veda con la intrincada “Las vidas que no hemos vivido”, metiendo al público de lleno en un torbellino de riffs complejos pero directos a la yugular, seguida por la crudeza rítmica de “Cuerpo” y los laberintos instrumentales de “Hautefaye”. La banda manejaba las dinámicas a su antojo, obligando a los presentes a perder la cabeza con los contrastes de “Bailemos”.
Sin embargo, la auténtica locura estalló cuando desataron la descomunal “Coloso”. La banda metió la quinta marcha y el tema se convirtió en un muro de distorsión y épica progresiva absolutamente aplastante, firmando uno de los momentos más brutales y coreados de todo el arranque del festival.
Para el tramo final, la densidad conceptual se apoderó de Zamora con el doble asalto de “Los fantasmas I + II”, dejando los cerebros del foso bien fritos antes de rematar la faena con la sofisticación sónica de “Ville neuve”. Salieron por la puerta grande, dejando claro que el rock y metal progresivo estatal tiene en estos tipos a unos auténticos cirujanos del directo. ¡Pura zapatilla de vanguardia!
La baja de última hora de su segundo guitarrista debido a problemas de salud dejó a Serious Black en una situación crítica justo antes de salir a escena. Sin embargo, lejos de amilanarse, los alemanes transformaron la adversidad en pura adrenalina tras una breve Intro de alineación y preparación, reformulando su ataque sónico para que la ausencia en el frente de batalla no restara ni un gramo de pegada.
Nikola Mijić se echó la banda a la espalda con una profesionalidad incontestable. En lugar de reservar fuerzas, el vocalista atacó el set con un chorro de voz potentísimo, abriendo fuego con la enérgica “Open Your Eyes” y la demoledora “Take Your Life”. Mijić clavó los agudos de la escuela europea y sostuvo el vibrato en unas líneas melódicas ultraexigentes sin mostrar un solo signo de fatiga. Con menos colchón armónico en las guitarras, el peso instrumental recayó en el hacha de Dominik Sebastian, que tuvo que multiplicar su presencia doblando arreglos en piezas intrincadas como “Mr. Nightmist” y la hímnica “United”.
Por su parte, Mario Lochert estiró el rango de su bajo para empastar las frecuencias graves junto a la batería, manteniendo intacto ese equilibrio tan difícil entre la velocidad del double-bass y la melodía. El foso respondió al instante ante semejante despliegue de actitud; los ganchos accesibles de “Senso della vita” y el misticismo melódico de “Serious Black Magic” desataron los primeros estribillos masivos de la tarde bajo el sol zamorano.
Para enfilar el tramo final, la banda metió la quinta marcha con la combativa e incendiaria “Tonight I’m Ready to Fight”, dejando las revoluciones en lo más alto antes de rematar la faena con el dinamismo de “High and Low”. Una demostración empírica en el Z! Live de que el Power Metal europeo, cuando se defiende con esta solvencia técnica y coraje ante los imprevistos, sigue gozando de una salud de hierro.
La locura destructiva se apoderó por completo del festival, transformando el foso en un torbellino de sudor, violencia y chaquetas de parches. Los belgas Evil Invaders saltaron al escenario con el acelerador a fondo, dejando claro desde el primer acorde por qué son considerados una de las grandes esperanzas del Speed/Thrash mundial: lo suyo no es un concierto convencional, es un atentado sónico ejecutado al límite del colapso.
El asalto arrancó con las revoluciones al máximo gracias a “Feed Me Violence”, una auténtica detonación que voló las primeras filas por los aires. Su frontman, Joe, desplegó una presencia escénica salvaje, casi maníaca, alternando unos agudos imposibles y chillones que rasgaban el cielo de Zamora con una actitud completamente desatada. Sin dar un maldito respiro, la banda pisó aún más el acelerador encadenando la velocidad terminal de “As Life Slowly Fades” y los vertiginosos e histriónicos desarrollos de “Hissing in Crescendo”.
Las guitarras echaron humo en la brutal “Mental Penitentiary”, dando paso al único y oscuro oasis de la tarde, “In Deepest Black”, una pieza densa que sirvió para coger aire antes de la carnicería final. El foso volvió a convertirse en una zona de guerra absoluta con la llegada de “Sledgehammer Justice” y la demoledora “Die for Me”, donde los solos se sucedieron a una velocidad absurda y desbocada mientras el público respondía abajo encadenando un circle pit tras otro, cada vez más grandes y violentos.
Para el cierre, la banda desató el caos definitivo con “Raising Hell”, terminando de triturar un Copper Stage que ya estaba completamente rendido a sus pies. Una demostración empírica de puro Thrash Metal de la vieja escuela: rápido, ruidoso, rudo y letal. ¡Pura demolición!
El recinto se transformó en pura electricidad estática cuando los británicos Bury Tomorrow tomaron el escenario dispuestos a ofrecer la descarga más física y destructiva de la jornada. Desde el primer segundo, su frontman Dani Winter-Bates apareció dispuesto a convertir el foso en una zona de impacto permanente, demostrando un dominio escénico absoluto con el que se metió al público en el bolsillo de inmediato; cada orden que dictaba desde el micrófono era obedecida instantáneamente por miles de personas dispuestas a romperse las costillas.
La demolición sonora comenzó de manera implacable con la violencia rítmica de “Choke”, que funcionó como una declaración de guerra, empalmada de inmediato con la rabia desatada de “Abandon Us” y las demoledoras dinámicas de “Let Go”. Los muros humanos explotaron definitivamente durante la ejecución de la brutal “Villain Arc” y las densas atmósferas de “What If I Burn”, desatando mosh pits gigantescos mientras las revoluciones del festival no paraban de subir.
Gran parte del secreto de semejante impacto radicó en la maquinaria instrumental de la banda, donde las guitarras de Kristan Dawson y Ed Hartwell construyeron una pared sónica implacable, pesada y nítida. Sobre este colosal muro de distorsión, Dani desplegó una potencia asombrosa en sus brutales y profundos guturales, perfectamente contrastados por las impecables líneas melódicas que elevaban los estribillos a una dimensión épica.
La locura colectiva no dio tregua cuando asaltaron al respetable con el ritmo machacón y asfixiante de “Boltcutter”, seguido por la demoledora “Yokai”. La respuesta masiva del público fue imposible de ignorar al encadenar su icónico himno “Black Flame”, un puñetazo de pura adrenalina coreado a pleno pulmón por la marea humana que abarrotaba el recinto frente al escenario.
Para el cierre definitivo, la banda eligió la destructiva “DEATH (Ever Colder)”, desatando la última gran batalla en el foso, obligando a todos a gastar el último gramo de energía y dejando al público completamente exhausto, sudoroso y consciente de haber presenciado una exhibición incontestable de metalcore moderno en su máxima expresión.
El aire de Zamora se volvió denso, casi respirable, a medida que las manecillas del reloj se acercaban a las 21:40 en el Copper Stage. No estábamos ante un concierto más, sino ante el momento más histórico de la jornada: el regreso ritual de Emperor. Cuando las luces se tiñeron de un azul gélido, Ihsahn apareció envuelto en una atmósfera espectral, dominando el escenario con una autoridad absolutamente sobrenatural. A su lado, Samoth al hacha volvió a demostrar por qué forma parte de la aristocracia absoluta del black metal, pero la noche guardaba un misticismo aún mayor. La participación de leyendas vivas como Faust a la batería y Mortiis al bajo convirtió la actuación en una alineación planetaria del Caos, un viaje temporal e irrepetible que arrancó de inmediato con las texturas sinfónicas de “Nightside”, donde la banda entró como una apisonadora con un sonido nítido pero devastador que nos transportó a los bosques noruegos de los noventa. Sin dar tregua, “With Strength I Burn” sonó monumental; la transición entre la furia desatada del blast beat y los pasajes limpios y corales fue perfecta, levantando un muro de distorsión imponente que hipnotizó a los miles de congregados.
La complejidad técnica de la banda se hizo patente con los riffs intrincados y los teclados de “An Elegy of Icaros”, que dieron paso a la violencia sónica de “The Loss and Curse of Reverence”, una cátedra de velocidad y precisión donde Faust y las guitarras destilaron una agresividad aristocrática. El clímax emocional llegó con “I Am the Black Wizards”, el gran himno por antonomasia cuyos primeros compases provocaron auténticos escalofríos, magnificados por ver a Mortiis sostener las líneas de bajo de este clásico treinta años después. A partir de ahí, la banda excavó en sus raíces más profundas y primitivas encadenando “Wrath of the Tyrant” y “Night of the Graveless Souls”, un viaje directo a las demos de 1992 con un sonido crudo, hostil y deliberadamente sucio que hizo las delicias de los puristas del underground.
El tramo final recuperó la épica cósmica con “Cosmic Keys to My Creations & Times”, un torbellino de nostalgia y fuego frío, seguido por la hipnótica pieza instrumental “The Wanderer”, que funcionó como una densa marcha fúnebre preparatoria para el cataclismo definitivo. Y cuando llegó “Ye Entrancemperium” con su legendario riff de apertura, Zamora ya había sido definitivamente absorbida por las tinieblas. Emperor no ofreció un concierto de metal, sino que ofició una misa negra de proporciones históricas, un cierre apocalíptico y destructivo que demostró que el trono del Black Metal Sinfónico les pertenece por derecho divino y eterno.
El aire de Zamora, todavía electrizado por la descarga de Emperor, cambió por completo de registro cuando las manecillas del reloj marcaron las 23:00 en el Silver Stage. Nos disponíamos a presenciar la obra maestra de la jornada: una cátedra de virtuosismo, melancolía y pesadez a cargo de los suecos Opeth. Desde el primer instante en que pisaron las tablas, Mikael Åkerfeldt firmó una actuación sencillamente magistral, consolidándose como uno de los directores de orquesta más carismáticos y dotados del metal contemporáneo; pocos músicos en todo el planeta poseen su capacidad única para alternar la brutalidad extrema de sus guturales históricos con una sensibilidad progresiva y melódica de una belleza abrumadora.
El viaje comenzó de manera imponente con las oscuras y teatrales disonancias de “§1”, un perturbador zarpazo de su nuevo álbum The Last Will and Testament que sirvió como declaración de intenciones. Sin dar tregua, nos sumergieron en el hipnótico y demoledor torbellino de riffs sincopados de “The Grand Conjuration”, calibrando un sonido perfecto y poniendo a prueba los cuellos del respetable. La atmósfera se volvió densa y retorcida con los pasajes melódicos de “§7”, otra de sus nuevas piezas teatrales, para fundirse de inmediato con la psicodelia de “The Devil’s Orchard”. En este corte, de tinte netamente setentero, se hizo evidente que Martín Méndez sostuvo toda la estructura armónica con una elegancia extraordinaria, tejiendo líneas de bajo sinuosas que otorgaban una solidez asombrosa a los constantes cambios de ritmo.
La nostalgia más desgarradora se apoderó del recinto con la acústica y melancólica “To Rid the Disease”, un bálsamo que flotó sobre el Silver Stage antes de que la banda nos volviera a volar la cabeza con la intrincada y progresiva “§3”. La genialidad colectiva explotó definitivamente cuando regalaron a los fans de la vieja escuela la monumental “Godhead’s Lament”, rescatada del icónico Still Life, destilando esa dualidad perfecta entre la agresividad rítmica y los pasajes limpios que erizaron la piel de los congregados. Allí, Fredrik Åkesson brilló especialmente durante los desarrollos instrumentales, ejecutando solos limpios, complejos y cargados de sentimiento.
El concierto alcanzó cotas de emotividad insuperables cuando llegó el turno de “The Drapery Falls”. De nuevo, Åkesson se apoderó de las seis cuerdas con una finura asombrosa en un clímax instrumental que hipnotizó a una audiencia totalmente entregada a la causa. Con el público en el bolsillo y haciendo gala de su habitual humor ácido entre canciones, se desató uno de los momentos más divertidos de la noche cuando el carismático líder preguntó su nombre a los asistentes; la respuesta unánime del público fue un atronador e ibérico “¡Miguelito!”. Con una sonrisa cómplice, el frontman aprovechó el juego para presentar al resto de la banda bajo una delirante tanda de motes locales: señaló a Fredrik Åkesson como “El Peluca”, bautizó a Martín Méndez como “El Capitán” y, tras las ovaciones, terminó autodenominándose entre risas como “El Boss”, desatando las carcajadas generales.
Para el broche de oro, el grupo guardaba su carta más destructiva. Cuando sonó “Deliverance”, el público asistió a una de esas interpretaciones que justifican por sí solas la compra de una entrada. La tensión fue en aumento durante sus más de doce minutos de duración hasta desembocar en ese épico, devastador y ultra-técnico Outro final. Aquel bucle rítmico obsesivo e infinito, ejecutado con una precisión milimétrica, sirvió como un cierre monumental para una noche inolvidable, confirmando que Opeth juega en su propia liga musical donde la brutalidad, la belleza y la cercanía con su público conviven en perfecta armonía.
Con la madrugada ya dominando el horizonte y el cansancio acumulado de la jornada, Delalma saltaron al escenario para ofrecer uno de los conciertos más emotivos de todo el festival, transformando la noche zamorana en un viaje único cargado de mística, reencuentros históricos y Heavy Metal nacional de alta escuela.
La atmósfera se volvió densa y teatral desde los primeros compases con “Compaña”, donde la imponente voz de Ronnie Romero desplegó un magnetismo sobrecogedor que erizó la piel del respetable. Sin solución de continuidad, el misticismo gallego inundó el recinto con “Néboa”, momento en el que el escenario se transformó por completo al recibir al legendario José Andrëa como invitado de lujo, fundiendo su reconocible timbre con el colchón de elegancia excelsa que Manuel Ramil dictaba desde los teclados.
El viaje continuó con la melancólica intensidad de “Mañana vuelve a oscurecer” y la rabia melódica de “Voy muriendo”, ambas defendidas por un Ronnie Romero pletórico que demostró por qué es una de las voces más codiciadas del panorama internacional. Tras este bloque, el concierto entró en una espiral de revoluciones con las guitarras afiladas de Manuel Seoane en “La ira del mirlo”.
El clímax y la locura colectiva se desataron en el tramo central con una sucesión de colaboraciones de infarto. Primero, con “Delalma a través”, donde Ronnie unió fuerzas con un brutal Andy Martínez (ex-037). Acto seguido, José Andrëa regresó a las tablas para hacer suya la fuerza de “El mirlo”, desatando una ovación atronadora, para luego firmar un duelo vocal mano a mano con Ronnie en la bellísima “Cosas por decir”.
Para el broche de oro definitivo, toda la banda al completo unió sus fuerzas en “Cárcel de cristal”, desatando un torrente de metal sinfónico y romanticismo oscuro que flotó sobre Zamora como un manto inolvidable. Una actuación magistral y exclusiva que demostró que Delalma posee una magia única capaz de conmover y hacer historia a altas horas de la madrugada.
Con miles de kilómetros acumulados en las piernas y el cansancio comenzando a hacer mella en la resistencia de los presentes, la difícil tarea de clausurar la primera jornada recayó sobre los hombros de Dragony. Sin embargo, las altas horas de la madrugada no hicieron mella en Siegfried Samer, quien lideró una actuación impecable, elegante y de una profesionalidad intachable. La formación austríaca no dudó en desplegar su mejor arma: un power metal de corte clásico, épico y de inspiración fantástica. Fue una sucesión de himnos enérgicos y estribillos coreables, diseñados con precisión quirúrgica para levantar la moral y reavivar la llama de aquellos que ya sentían el peso físico del día.
La comunión final se desató cuando piezas de la talla de “Legends Never Die” y “Wolves of the North” retumbaron en el recinto, poniendo un broche de oro vibrante a una jornada memorable. A las tres de la madrugada, el silencio volvió a apoderarse de Zamora, poniendo fin al primer capítulo del Z! Live 2026. Nueve bandas, nueve estilos y nueve maneras distintas de entender el metal habían desfilado por los escenarios, dejando una única y absoluta conclusión: la guerra por el acero no había hecho más que comenzar.



El sol todavía castigaba con dureza el páramo zamorano cuando las puertas del IFEZA comenzaron a engullir a miles de fieles llegados desde todos los rincones de la geografía nacional e internacional. Tras una edición previa que había servido para consolidar definitivamente la personalidad del festival, el Z! Live afrontaba una nueva aventura dispuesto a demostrar que no necesita competir con nadie porque hace tiempo que encontró una identidad propia: diversidad estilística, pasión por el metal en todas sus vertientes y una organización concebida por auténticos aficionados para aficionados.
Mientras las colas avanzaban lentamente entre saludos, camisetas negras y reencuentros anuales, el ambiente respiraba esa mezcla de ilusión, nerviosismo y hambre de directo que únicamente puede encontrarse en los grandes festivales. El césped todavía intacto esperaba convertirse en campo de batalla. Las primeras cervezas comenzaban a circular mientras el sonido de las pruebas técnicas anunciaba que la maquinaria estaba lista para entrar en funcionamiento.
Y entonces llegó la hora de la verdad.
Los murcianos Headon tuvieron el privilegio y la enorme responsabilidad de inaugurar oficialmente el festival; una misión nada sencilla que resolvieron con absoluta solvencia gracias a una descarga tan contundente como convincente. La introducción de “Génesis” sirvió como la perfecta llamada a filas para los centenares de asistentes que ya se congregaban frente al Silver Stage y, apenas sonaron los primeros compases de “Revolución”, quedó claro que la banda no había venido simplemente a cumplir el expediente.
Sobre las tablas, Andrés volvió a demostrar por qué es uno de los vocalistas más completos y versátiles de la nueva generación del metal nacional. Sus transiciones entre registros melódicos y pasajes agresivos funcionaron con precisión quirúrgica durante todo el concierto, especialmente en piezas como “Inmortal” y “Fuego”, donde exhibió una potencia sobresaliente sin perder un ápice de claridad. A su lado, Ube se erigió como uno de los grandes protagonistas instrumentales del arranque de la jornada; sus riffs sonaron compactos, afilados y perfectamente definidos, aportando una identidad propia que abraza la escuela clásica del power metal y la fusiona con recursos mucho más modernos.
Por su parte, la sección rítmica formada por Sergio y Carly funcionó como una auténtica locomotora de acero, impulsando temas de la talla de “Asfixia” o “Éxodo” con una pegada demoledora. La gran sorpresa de la tarde llegó con la interpretación de “Dogma”, el nuevo sencillo de la formación, que fue recibido con enorme entusiasmo por un público que conectó de inmediato con sus ganchos y estribillos. Headon no solo abrieron el festival, sino que lo hicieron dejando el listón a una altura verdaderamente difícil de superar para el resto de la jornada.
El combo valenciano Noah Histeria saltó al Copper Stage sin intención de hacer prisioneros, desatando una de las tormentas más técnicas, conceptuales y machaconas de la tarde. Su propuesta de metal progresivo, lejos de quedarse en un ejercicio frío de virtuosismo, rugió con una pegada brutal gracias a un sonido atronador y nítido que convirtió el escenario en una auténtica apisonadora.
Al frente del asalto, Juan Giner se marcó una labor kamikaze y destructiva al encargarse simultáneamente de los teclados y de escupir las voces principales; un despliegue de pura rabia y control técnico que dejó a más de uno con la boca abierta. Escoltándolo en primera línea de fuego, Álvaro Monzón castigó el bajo sin piedad y sumó unos coros combativos que doblaron la agresividad de las composiciones, tejiendo junto a Giner una de las alianzas más dinámicas y letales de todo el cartel.
El foso empezó a hervir cuando abrieron la veda con la intrincada “Las vidas que no hemos vivido”, metiendo al público de lleno en un torbellino de riffs complejos pero directos a la yugular, seguida por la crudeza rítmica de “Cuerpo” y los laberintos instrumentales de “Hautefaye”. La banda manejaba las dinámicas a su antojo, obligando a los presentes a perder la cabeza con los contrastes de “Bailemos”.
Sin embargo, la auténtica locura estalló cuando desataron la descomunal “Coloso”. La banda metió la quinta marcha y el tema se convirtió en un muro de distorsión y épica progresiva absolutamente aplastante, firmando uno de los momentos más brutales y coreados de todo el arranque del festival.
Para el tramo final, la densidad conceptual se apoderó de Zamora con el doble asalto de “Los fantasmas I + II”, dejando los cerebros del foso bien fritos antes de rematar la faena con la sofisticación sónica de “Ville neuve”. Salieron por la puerta grande, dejando claro que el rock y metal progresivo estatal tiene en estos tipos a unos auténticos cirujanos del directo. ¡Pura zapatilla de vanguardia!
La baja de última hora de su segundo guitarrista debido a problemas de salud dejó a Serious Black en una situación crítica justo antes de salir a escena. Sin embargo, lejos de amilanarse, los alemanes transformaron la adversidad en pura adrenalina tras una breve Intro de alineación y preparación, reformulando su ataque sónico para que la ausencia en el frente de batalla no restara ni un gramo de pegada.
Nikola Mijić se echó la banda a la espalda con una profesionalidad incontestable. En lugar de reservar fuerzas, el vocalista atacó el set con un chorro de voz potentísimo, abriendo fuego con la enérgica “Open Your Eyes” y la demoledora “Take Your Life”. Mijić clavó los agudos de la escuela europea y sostuvo el vibrato en unas líneas melódicas ultraexigentes sin mostrar un solo signo de fatiga. Con menos colchón armónico en las guitarras, el peso instrumental recayó en el hacha de Dominik Sebastian, que tuvo que multiplicar su presencia doblando arreglos en piezas intrincadas como “Mr. Nightmist” y la hímnica “United”.
Por su parte, Mario Lochert estiró el rango de su bajo para empastar las frecuencias graves junto a la batería, manteniendo intacto ese equilibrio tan difícil entre la velocidad del double-bass y la melodía. El foso respondió al instante ante semejante despliegue de actitud; los ganchos accesibles de “Senso della vita” y el misticismo melódico de “Serious Black Magic” desataron los primeros estribillos masivos de la tarde bajo el sol zamorano.
Para enfilar el tramo final, la banda metió la quinta marcha con la combativa e incendiaria “Tonight I’m Ready to Fight”, dejando las revoluciones en lo más alto antes de rematar la faena con el dinamismo de “High and Low”. Una demostración empírica en el Z! Live de que el Power Metal europeo, cuando se defiende con esta solvencia técnica y coraje ante los imprevistos, sigue gozando de una salud de hierro.
La locura destructiva se apoderó por completo del festival, transformando el foso en un torbellino de sudor, violencia y chaquetas de parches. Los belgas Evil Invaders saltaron al escenario con el acelerador a fondo, dejando claro desde el primer acorde por qué son considerados una de las grandes esperanzas del Speed/Thrash mundial: lo suyo no es un concierto convencional, es un atentado sónico ejecutado al límite del colapso.
El asalto arrancó con las revoluciones al máximo gracias a “Feed Me Violence”, una auténtica detonación que voló las primeras filas por los aires. Su frontman, Joe, desplegó una presencia escénica salvaje, casi maníaca, alternando unos agudos imposibles y chillones que rasgaban el cielo de Zamora con una actitud completamente desatada. Sin dar un maldito respiro, la banda pisó aún más el acelerador encadenando la velocidad terminal de “As Life Slowly Fades” y los vertiginosos e histriónicos desarrollos de “Hissing in Crescendo”.
Las guitarras echaron humo en la brutal “Mental Penitentiary”, dando paso al único y oscuro oasis de la tarde, “In Deepest Black”, una pieza densa que sirvió para coger aire antes de la carnicería final. El foso volvió a convertirse en una zona de guerra absoluta con la llegada de “Sledgehammer Justice” y la demoledora “Die for Me”, donde los solos se sucedieron a una velocidad absurda y desbocada mientras el público respondía abajo encadenando un circle pit tras otro, cada vez más grandes y violentos.
Para el cierre, la banda desató el caos definitivo con “Raising Hell”, terminando de triturar un Copper Stage que ya estaba completamente rendido a sus pies. Una demostración empírica de puro Thrash Metal de la vieja escuela: rápido, ruidoso, rudo y letal. ¡Pura demolición!
El recinto se transformó en pura electricidad estática cuando los británicos Bury Tomorrow tomaron el escenario dispuestos a ofrecer la descarga más física y destructiva de la jornada. Desde el primer segundo, su frontman Dani Winter-Bates apareció dispuesto a convertir el foso en una zona de impacto permanente, demostrando un dominio escénico absoluto con el que se metió al público en el bolsillo de inmediato; cada orden que dictaba desde el micrófono era obedecida instantáneamente por miles de personas dispuestas a romperse las costillas.
La demolición sonora comenzó de manera implacable con la violencia rítmica de “Choke”, que funcionó como una declaración de guerra, empalmada de inmediato con la rabia desatada de “Abandon Us” y las demoledoras dinámicas de “Let Go”. Los muros humanos explotaron definitivamente durante la ejecución de la brutal “Villain Arc” y las densas atmósferas de “What If I Burn”, desatando mosh pits gigantescos mientras las revoluciones del festival no paraban de subir.
Gran parte del secreto de semejante impacto radicó en la maquinaria instrumental de la banda, donde las guitarras de Kristan Dawson y Ed Hartwell construyeron una pared sónica implacable, pesada y nítida. Sobre este colosal muro de distorsión, Dani desplegó una potencia asombrosa en sus brutales y profundos guturales, perfectamente contrastados por las impecables líneas melódicas que elevaban los estribillos a una dimensión épica.
La locura colectiva no dio tregua cuando asaltaron al respetable con el ritmo machacón y asfixiante de “Boltcutter”, seguido por la demoledora “Yokai”. La respuesta masiva del público fue imposible de ignorar al encadenar su icónico himno “Black Flame”, un puñetazo de pura adrenalina coreado a pleno pulmón por la marea humana que abarrotaba el recinto frente al escenario.
Para el cierre definitivo, la banda eligió la destructiva “DEATH (Ever Colder)”, desatando la última gran batalla en el foso, obligando a todos a gastar el último gramo de energía y dejando al público completamente exhausto, sudoroso y consciente de haber presenciado una exhibición incontestable de metalcore moderno en su máxima expresión.
El aire de Zamora se volvió denso, casi respirable, a medida que las manecillas del reloj se acercaban a las 21:40 en el Copper Stage. No estábamos ante un concierto más, sino ante el momento más histórico de la jornada: el regreso ritual de Emperor. Cuando las luces se tiñeron de un azul gélido, Ihsahn apareció envuelto en una atmósfera espectral, dominando el escenario con una autoridad absolutamente sobrenatural. A su lado, Samoth al hacha volvió a demostrar por qué forma parte de la aristocracia absoluta del black metal, pero la noche guardaba un misticismo aún mayor. La participación de leyendas vivas como Faust a la batería y Mortiis al bajo convirtió la actuación en una alineación planetaria del Caos, un viaje temporal e irrepetible que arrancó de inmediato con las texturas sinfónicas de “Nightside”, donde la banda entró como una apisonadora con un sonido nítido pero devastador que nos transportó a los bosques noruegos de los noventa. Sin dar tregua, “With Strength I Burn” sonó monumental; la transición entre la furia desatada del blast beat y los pasajes limpios y corales fue perfecta, levantando un muro de distorsión imponente que hipnotizó a los miles de congregados.
La complejidad técnica de la banda se hizo patente con los riffs intrincados y los teclados de “An Elegy of Icaros”, que dieron paso a la violencia sónica de “The Loss and Curse of Reverence”, una cátedra de velocidad y precisión donde Faust y las guitarras destilaron una agresividad aristocrática. El clímax emocional llegó con “I Am the Black Wizards”, el gran himno por antonomasia cuyos primeros compases provocaron auténticos escalofríos, magnificados por ver a Mortiis sostener las líneas de bajo de este clásico treinta años después. A partir de ahí, la banda excavó en sus raíces más profundas y primitivas encadenando “Wrath of the Tyrant” y “Night of the Graveless Souls”, un viaje directo a las demos de 1992 con un sonido crudo, hostil y deliberadamente sucio que hizo las delicias de los puristas del underground.
El tramo final recuperó la épica cósmica con “Cosmic Keys to My Creations & Times”, un torbellino de nostalgia y fuego frío, seguido por la hipnótica pieza instrumental “The Wanderer”, que funcionó como una densa marcha fúnebre preparatoria para el cataclismo definitivo. Y cuando llegó “Ye Entrancemperium” con su legendario riff de apertura, Zamora ya había sido definitivamente absorbida por las tinieblas. Emperor no ofreció un concierto de metal, sino que ofició una misa negra de proporciones históricas, un cierre apocalíptico y destructivo que demostró que el trono del Black Metal Sinfónico les pertenece por derecho divino y eterno.
El aire de Zamora, todavía electrizado por la descarga de Emperor, cambió por completo de registro cuando las manecillas del reloj marcaron las 23:00 en el Silver Stage. Nos disponíamos a presenciar la obra maestra de la jornada: una cátedra de virtuosismo, melancolía y pesadez a cargo de los suecos Opeth. Desde el primer instante en que pisaron las tablas, Mikael Åkerfeldt firmó una actuación sencillamente magistral, consolidándose como uno de los directores de orquesta más carismáticos y dotados del metal contemporáneo; pocos músicos en todo el planeta poseen su capacidad única para alternar la brutalidad extrema de sus guturales históricos con una sensibilidad progresiva y melódica de una belleza abrumadora.
El viaje comenzó de manera imponente con las oscuras y teatrales disonancias de “§1”, un perturbador zarpazo de su nuevo álbum The Last Will and Testament que sirvió como declaración de intenciones. Sin dar tregua, nos sumergieron en el hipnótico y demoledor torbellino de riffs sincopados de “The Grand Conjuration”, calibrando un sonido perfecto y poniendo a prueba los cuellos del respetable. La atmósfera se volvió densa y retorcida con los pasajes melódicos de “§7”, otra de sus nuevas piezas teatrales, para fundirse de inmediato con la psicodelia de “The Devil’s Orchard”. En este corte, de tinte netamente setentero, se hizo evidente que Martín Méndez sostuvo toda la estructura armónica con una elegancia extraordinaria, tejiendo líneas de bajo sinuosas que otorgaban una solidez asombrosa a los constantes cambios de ritmo.
La nostalgia más desgarradora se apoderó del recinto con la acústica y melancólica “To Rid the Disease”, un bálsamo que flotó sobre el Silver Stage antes de que la banda nos volviera a volar la cabeza con la intrincada y progresiva “§3”. La genialidad colectiva explotó definitivamente cuando regalaron a los fans de la vieja escuela la monumental “Godhead’s Lament”, rescatada del icónico Still Life, destilando esa dualidad perfecta entre la agresividad rítmica y los pasajes limpios que erizaron la piel de los congregados. Allí, Fredrik Åkesson brilló especialmente durante los desarrollos instrumentales, ejecutando solos limpios, complejos y cargados de sentimiento.
El concierto alcanzó cotas de emotividad insuperables cuando llegó el turno de “The Drapery Falls”. De nuevo, Åkesson se apoderó de las seis cuerdas con una finura asombrosa en un clímax instrumental que hipnotizó a una audiencia totalmente entregada a la causa. Con el público en el bolsillo y haciendo gala de su habitual humor ácido entre canciones, se desató uno de los momentos más divertidos de la noche cuando el carismático líder preguntó su nombre a los asistentes; la respuesta unánime del público fue un atronador e ibérico “¡Miguelito!”. Con una sonrisa cómplice, el frontman aprovechó el juego para presentar al resto de la banda bajo una delirante tanda de motes locales: señaló a Fredrik Åkesson como “El Peluca”, bautizó a Martín Méndez como “El Capitán” y, tras las ovaciones, terminó autodenominándose entre risas como “El Boss”, desatando las carcajadas generales.
Para el broche de oro, el grupo guardaba su carta más destructiva. Cuando sonó “Deliverance”, el público asistió a una de esas interpretaciones que justifican por sí solas la compra de una entrada. La tensión fue en aumento durante sus más de doce minutos de duración hasta desembocar en ese épico, devastador y ultra-técnico Outro final. Aquel bucle rítmico obsesivo e infinito, ejecutado con una precisión milimétrica, sirvió como un cierre monumental para una noche inolvidable, confirmando que Opeth juega en su propia liga musical donde la brutalidad, la belleza y la cercanía con su público conviven en perfecta armonía.
Con la madrugada ya dominando el horizonte y el cansancio acumulado de la jornada, Delalma saltaron al escenario para ofrecer uno de los conciertos más emotivos de todo el festival, transformando la noche zamorana en un viaje único cargado de mística, reencuentros históricos y Heavy Metal nacional de alta escuela.
La atmósfera se volvió densa y teatral desde los primeros compases con “Compaña”, donde la imponente voz de Ronnie Romero desplegó un magnetismo sobrecogedor que erizó la piel del respetable. Sin solución de continuidad, el misticismo gallego inundó el recinto con “Néboa”, momento en el que el escenario se transformó por completo al recibir al legendario José Andrëa como invitado de lujo, fundiendo su reconocible timbre con el colchón de elegancia excelsa que Manuel Ramil dictaba desde los teclados.
El viaje continuó con la melancólica intensidad de “Mañana vuelve a oscurecer” y la rabia melódica de “Voy muriendo”, ambas defendidas por un Ronnie Romero pletórico que demostró por qué es una de las voces más codiciadas del panorama internacional. Tras este bloque, el concierto entró en una espiral de revoluciones con las guitarras afiladas de Manuel Seoane en “La ira del mirlo”.
El clímax y la locura colectiva se desataron en el tramo central con una sucesión de colaboraciones de infarto. Primero, con “Delalma a través”, donde Ronnie unió fuerzas con un brutal Andy Martínez (ex-037). Acto seguido, José Andrëa regresó a las tablas para hacer suya la fuerza de “El mirlo”, desatando una ovación atronadora, para luego firmar un duelo vocal mano a mano con Ronnie en la bellísima “Cosas por decir”.
Para el broche de oro definitivo, toda la banda al completo unió sus fuerzas en “Cárcel de cristal”, desatando un torrente de metal sinfónico y romanticismo oscuro que flotó sobre Zamora como un manto inolvidable. Una actuación magistral y exclusiva que demostró que Delalma posee una magia única capaz de conmover y hacer historia a altas horas de la madrugada.
Con miles de kilómetros acumulados en las piernas y el cansancio comenzando a hacer mella en la resistencia de los presentes, la difícil tarea de clausurar la primera jornada recayó sobre los hombros de Dragony. Sin embargo, las altas horas de la madrugada no hicieron mella en Siegfried Samer, quien lideró una actuación impecable, elegante y de una profesionalidad intachable. La formación austríaca no dudó en desplegar su mejor arma: un power metal de corte clásico, épico y de inspiración fantástica. Fue una sucesión de himnos enérgicos y estribillos coreables, diseñados con precisión quirúrgica para levantar la moral y reavivar la llama de aquellos que ya sentían el peso físico del día.
La comunión final se desató cuando piezas de la talla de “Legends Never Die” y “Wolves of the North” retumbaron en el recinto, poniendo un broche de oro vibrante a una jornada memorable. A las tres de la madrugada, el silencio volvió a apoderarse de Zamora, poniendo fin al primer capítulo del Z! Live 2026. Nueve bandas, nueve estilos y nueve maneras distintas de entender el metal habían desfilado por los escenarios, dejando una única y absoluta conclusión: la guerra por el acero no había hecho más que comenzar.



















