


El asalto final al recinto ferial de IFEZA arrancó con el termómetro en plena escalada y las fuerzas justas en la reserva de los miles de congregados. Tras jornadas de intensidad destructiva, el instinto de supervivencia festivalera obligaba a estirar el aguante hora a hora, dispuestos a vaciarse por completo antes de que el silencio se apoderase de los escenarios zamoranos. El menú de esta última jornada apostó por la diversidad estilística sin excesivos experimentos; una propuesta equilibrada, pero que el público asimiló con total complicidad. A favor de la organización, la acústica general de los escenarios principales experimentó una notable mejoría respecto al arranque del festival, algo que los tímpanos más exigentes agradecieron desde las primeras horas de la tarde.
Abriendo fuego en el Copper Stage ante una notable masa de fieles que desafiaban la temprana solana, Latzen, los de Oñati regresaron a la actividad con una alineación que respeta al milímetro su esencia histórica, sumando de forma definitiva a Yerko Ortiz a las seis cuerdas en sustitución de Iker Martínez de Zuazo. La misión de la banda no era otra que espabilar al personal a base de pura zapatilla, y el cuarteto cumplió su cometido con una pegada soberbia, entablando desde el primer minuto una conexión directa, campechana y enérgica con las primeras filas.
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El concierto arrancó sin concesiones con las crudas líneas de “Txori Txarrak”, donde el vocalista Aitor Uriarte demostró que conserva intacto ese registro desgarrado tan característico de los años noventa. La locura en el foso estalló de inmediato cuando empalmaron “Memento Mori” y la combativa “Mezua Hil Aurretik”, convirtiendo la arena en un hervidero de puños en alto. Yerko Ortiz se destapó como un cirujano a la guitarra solista, cruzando miradas de complicidad con el bajista Joxe Mari Azpitarte, quien no paró de jalear al público para expandir los primeros pogos.
El tramo central del concierto devoró los minutos a velocidad de vértigo con las brutales aceleraciones de “Bat Gehiago”, la pesadez rítmica de “Itsutu” y un coreadísimo “Indarra” que puso a prueba las gargantas de los madrugadores. El ritmo de double-bass impuesto por Gorka Lazkano tras los parches sirvió de alfombra roja para “Dogma”, justo antes de alcanzar el cénit emotivo con su histórica balada “Laztana”. Aquí, Aitor dejó cantar al público el icónico estribillo en euskera, provocando más de una lágrima de nostalgia entre los presentes. Para el cierre, la banda metió la quinta marcha con la furia de “Lurra Odolean” y el himno “Ze Ingo Xu”, rematando un reencuentro de manual que demostró que su actitud descarada sigue siendo una de las armas más contagiosas de nuestro metal.
El contraste estilístico llegó de inmediato al Silver Stage de la mano de los barceloneses Romanthica, quienes defienden con orgullo más de dos décadas de impecable trayectoria dentro del Rock/Metal gótico nacional. Aunque la crudeza de la luz diurna de media tarde no se presentaba como el escenario idóneo para sumergirse en una propuesta que pide a gritos la oscuridad y el cobijo de una sala, la banda tiró de galones y sofisticación para firmar un directo milimétrico y elegante.
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Apoyados en unas cuidadas secuencias tecnológicas que arropan y dan profundidad a su sólida base instrumental, el grupo arrancó su descarga con la envolvente “Despierta”. El frontman David Gohe hizo gala de un magnetismo escénico incuestionable, moviéndose con movimientos teatrales y clavando la mirada en un público que, poco a poco, se dejó arrastrar por la melancólica belleza de sus letras. Las guitarras de Rubén Rosas y Sergi R. Perea tejieron un tapiz sónico denso y nítido durante la interpretación de “Flor Marchita”, donde la base rítmica comandada por el bajista Yuyo y la batería de Erny Rock funcionó con la precisión de un reloj de alta gama.
Con “Qué más da”, el público de las primeras filas se fundió en un aplauso unánime, coreando las líneas melódicas de una pieza que gana enteros en las distancias cortas gracias a la limpia ejecución de David en las voces. El broche de oro de su corto pero reconfortante paso por Zamora llegó de la mano de “Mercurio”, inyectando una balsámica dosis de endorfinas de alta fidelidad. La banda se despidió agradeciendo el calor del público zamorano, dejando en el ambiente la firme promesa de que sus composiciones, bajo la luz de la luna, habrían sido harina de otro costal.
Desde Nuremberg llegaba al Copper Stage una de las sensaciones más frescas e irreverentes del Power Metal europeo actual: Dominum. Con un concepto marcadamente teatral que gira en torno al imaginario de los muertos vivientes y las películas de terror clásicas, la banda alemana congregó a una multitud asombrosa a pesar del sol de justicia que caía a plomo sobre el recinto de IFEZA.
Comandados por la mente maestra del proyecto, el vocalista Felix Heldt bajo su alter ego de Dr. Dead, la banda saltó a escena flanqueada por sus músicos disfrazados de zombies: Tommy a la guitarra, Patient Zero al bajo y Victor a la batería. El show arrancó por todo lo alto con la fiestera “Immortals” y la gamberra “Danger Danger”, desatando de inmediato una marea de saltos y bailes entre el respetable. La interacción de Dr. Dead con la audiencia fue constante, bromeando con su acento germánico sobre el calor de Zamora e instando a los presentes a convertirse en su nueva “corte de sirvientes malditos”.
Tras la pegadiza “Cannibal Corpse”, la banda regaló a los asistentes un auténtico caramelo exclusivo: el estreno en directo de “Night Is Calling”, un trallazo hiper-melódico y de estribillo infeccioso extraído de su próximo trabajo de estudio a editarse bajo el sello Napalm Records. Los riffs de Tommy sonaron atronadores, mientras Patient Zero no dejaba de hacer muecas grotescas y gesticular hacia el foso, contagiando un clima de fiesta de terror divertidísima. El colofón llegó con los ritmos machacones de “We All Taste the Same” y la hímnica “Frankenstein”, consolidando a Dominum como una formación que sabe perfectamente cómo explotar su momento dulce y su creciente estatus en el circuito festivalero.
El ambiente festivo se disolvió de golpe para dar paso a la violencia sónica más pura, honesta y destructiva de todo el festival. Al legendario trío de hermanos brasileños Krisiun le tocó lidiar con una franja horaria criminal que no hacía justicia a su estatus de culto dentro del metal extremo internacional, pero lejos de mostrar la más mínima desgana, los de Ijuí salieron a morder el escenario del Silver Stage como una auténtica bestia herida.
Tras una breve e inquietante introducción, la carnicería comenzó con la velocidad terminal de “Kings of Killing”. Lo que ofrece Krisiun no es apto para oídos sensibles: es un Death Metal de la vieja escuela que evoluciona desde el Thrash más primigenio y caótico, ejecutado a unas revoluciones inhumanas. El bajista y vocalista Alex Camargo rugió como un león herido, saludando a los “verdaderos maníacos del metal extremo en Zamora” antes de sepultar el foso bajo las brutales embestidas de “Apocalyptic Victory” y “Vicious Wrath”.
En el centro del escenario, el hacha de Moyses Kolesne ofreció una exhibición de solos asimétricos, veloces y abrasivos, mientras su hermano Max Kolesne ejecutaba unos blast beats inhumanos que caían como las agujas de una máquina de tatuar a toda pastilla, castigando las cervicales del foso sin un solo segundo de tregua. Sucesivos trallazos como “Necronomical”, “Hatred Inherit” y la abrasadora “Combustion Inferno” desataron los circle pits más violentos e irritantes de la tarde, levantando una densa nube de polvo en la arena de IFEZA.
La veteranía del trío se hizo patente en el tramo final al encadenar la pesadez de “Blood of Lions”, la blasfema “Serpent Messiah” y la técnica quirúrgica de “Descending Abomination”. Para el cierre definitivo, la banda destrozó lo poco que quedaba en pie con su clásico atemporal “Black Force Domain”, fundiéndose finalmente en la instrumental “For a Few Dollars More”. Una exhibición de honestidad brutal y violencia musical que se posicionó, de lejos, como uno de los puntos álgidos de toda la maratón del sábado.
La organización del festival volvió a apuntarse un tanto colosal al traer el virtuosismo indomable de los británicos TesseracT al Copper Stage justo cuando el sol empezaba a dar una tregua. La propuesta de los de Milton Keynes, basados en la disciplina matemática del metal progresivo moderno y el Djent, supuso un absoluto y necesario reset mental para la audiencia tras la masacre de Krisiun; una experiencia hipnótica y multisensorial que obligó a los presentes a mantener los ojos bien abiertos ante un despliegue de precisión quirúrgica.
Con una sobriedad escénica imponente, la banda inició su hipnótico viaje con la intro de “P1 Hands” para enlazar de inmediato con las dos primeras partes de su obra cumbre: “Concealing Fate, Part 1: Acceptance” y “Concealing Fate, Part 2: Deception”. La onda expansiva de las guitarras de Acle Kahney y James Monteith barrió el recinto con unos riffs polirrítmicos y sincopados de una nitidez asombrosa. Al frente de la formación, un inconmensurable Daniel Tompkins ofreció un recital vocal de alta gama, alternando unos limpios angelicales con unos guturales desgarradores, respaldado magistralmente en este tour por coristas femeninas situadas en un segundo plano que redondearon las armonías en vivo.
El concierto fluyó como una marea dinámica e impredecible a través de la sofisticación de “Juno” y la violencia contenida de “Natural Disaster”. Uno de los momentos más espectaculares de la actuación llegó con “Of Mind – Nocturne”, donde el bajista Amos Williams se convirtió en el centro de todas las miradas, castigando las cuerdas de su instrumento con un groove elástico y brutal, moviéndose en perfecta sincronía con los complejos patrones de batería dictados por Jay Postones.
Tras la grandilocuencia de “King”, la banda encaró la recta final de su show con la dupla melancólica compuesta por “Smile” y “The Arrow”, atrapando por igual a propios y extraños en su laberinto sonoro. El colofón definitivo lo firmaron con la épica de “Legion” y la monumental “War of Being”, una pieza cuya complejidad musical e irregularidades rozan el delito técnico. TesseracT demostró en Zamora que están hechos de otra pasta, firmando un concierto sobresaliente que se sintió como un viaje directo a la estratosfera de la vanguardia musical.
Hablar de Soziedad Alkoholika es hablar de una garantía absoluta sobre un escenario: los de Gasteiz nunca defraudan y nunca lo harán. Convertidos por derecho propio en la figura más emblemática, corrosiva y contestataria del metal y el hardcore callejero de nuestras fronteras, la banda saltó al Silver Stage dispuesta a ofrecer un auténtico wall of death sonoro que pusiera el recinto ferial del revés desde los primeros compases.
Sin embargo, los vitorianos tuvieron que sobreponerse a un hándicap técnico importante: el micrófono de su vocalista, Juan Aceña, sufrió el peor sonido de todo el festival durante la primera mitad del show, con constantes acoples, bajadas de volumen y una ecualización deficiente que emborronaba sus rabiosas líneas vocales. Lejos de amilanarse o detener el concierto, la banda tiró de orgullo, veteranía y esa característica independencia asertiva para pasar por encima de las adversidades a base de agresividad pura. Los guitarristas Jimmy e Iñigo Zubizarreta levantaron una muralla inexpugnable de riffs thrasheros durante la ejecución de “Control De Masas” y “Polvo En Los Ojos”, haciendo que el foso estallara en un pogo gigantesco que amortiguó cualquier fallo de la mesa de mezclas.
Con “Palomas Y Buitres” y la atemporal “Ratas”, el sonido comenzó a estabilizarse, permitiendo que la atronadora base rítmica del bajista Pirulo y el imponente batería Alfred Berengena machacara los cráneos de las primeras filas. Juan, micrófono en mano y con una actitud desafiante, jaleó constantemente a la marea humana, que respondió de forma masiva coreando cada una de las sílabas de “Shaktale” y “Piedra Contra Tijera”. El ambiente alcanzó temperaturas volcánicas con la velocidad punkarra de “Motxalo”, sirviendo de antesala perfecta para el delirio colectivo final con “Nos Vimos En Berlín”. El estribillo fue cantado por miles de gargantas en un grito unánime y ensordecedor que demostró que S.A. juega en su propia liga de superioridad dentro del panorama estatal, sin tener absolutamente nada que envidiar a ningún cabeza de cartel extranjero.
El relevo en el Copper Stage lo tomaron los gigantes del metal sinfónico neerlandés, Epica. Con la bellísima e imponente presencia de Simone Simons al frente, engrandecida por unas labores vocales soberbias y ejerciendo como una de las mejores embajadoras mundiales del género, las dudas iniciales que habían surgido en las redes sociales sobre si la banda daría la talla como uno de los grandes cabezas de cartel de la jornada se disiparon por completo desde el primer golpe de batería. Además, tras la agresión callejera de Soziedad Alkoholika, muchos temían un bajón de intensidad, pero la respuesta de la banda fue un rotundo y espectacular “¡Error!”.
El espectáculo visual y sonoro comenzó de manera imponente con “Cross the Divide” y la clásica e infalible “Sensorium”, dejando claro que el sonido de Epica en directo se despoja de la excesiva pomposidad de sus producciones de estudio para transformarse en un Metal mucho más áspero, directo, orgánico y netamente pesado. Simone Simons cautivó a la audiencia con una respuesta vocal perfecta, cruzando miradas de complicidad y sonrisas con el guitarrista rítmico y líder de la banda, Mark Jansen, quien contrarrestaba la dulzura de la pelirroja con sus profundos y cavernosos guturales en temas como “The Second Stone” y la compleja “Apparition”.
La pirotecnia de rango superior y las llamaradas gigantescas hicieron su aparición en el escenario, elevando la temperatura de las primeras filas durante la interpretación de “Storm the Sorrow” y “Unleashed”. En la sección instrumental, el guitarrista solista Isaac Delahaye y el bajista Rob van der Loo no dejaron de intercambiarse las posiciones, mientras el teclista Coen Janssen hacía de las suyas paseándose por las tablas con su característico teclado curvo y bromeando con el público. Tras la emotividad desbordada de la balada “Tides of Time” —donde Simone dejó a más de uno con la boca abierta y la piel de gallina— la banda encaró el tramo definitivo con la ampulosa “The Grand Saga of Existence” y su himno fundacional “Cry for the Moon”, donde el baterista Ariën van Weesenbeek se marcó un solo soberbio que sirvió de puente hacia las brutales “Fight to Survive” y “The Last Crusade”.
El fin de fiesta fue una auténtica exhibición de poderío festivalero. Las monumentales “Unchain Utopia” y “Beyond the Matrix” convirtieron el recinto en una marea de saltos masivos bajo un cielo iluminado por fogonazos de fuego perfectamente sincronizados. Para el cierre definitivo, Mark Jansen ordenó la apertura de un inmenso pit para ejecutar la destructiva “Consign to Oblivion”, desatando el caos absoluto en el foso. Epica cerró bocas a base de contundencia y un show espectacular que muchos de los presentes, tras comentar con seguidores de géneros radicalmente opuestos, no dudaron en catalogar como el mejor concierto de todo el fin de semana. Una victoria incontestable.
La responsabilidad de mantener la mecha encendida tras el torbellino de los neerlandeses recayó en el Silver Stage sobre los hombros del clan sueco de moda del Heavy/Power Metal de corte mitológico: Brothers Of Metal. Con su numeroso y pintoresco despliegue de tres vocalistas y una puesta en escena inspirada en los guerreros vikingos, la banda de Malung se metió al público en el bolsillo desde el minuto uno gracias a una propuesta tan épica como sumamente divertida.
El asalto comenzó con la declaración de intenciones que es “Warriors Assemble”, seguida de inmediato por la veloz “Fimbulvinter”. La dinámica triple del frente vocal resultó ser un auténtico acierto en directo: Ylva Eriksson encandiló con su limpia y poderosa voz de valquiria, mientras Joakim Lindbäck Eriksson aportaba los desgarros más guerreros y Mats Nilsson ejercía como el perfecto maestro de ceremonias, interactuando constantemente con el foso con un humor muy nórdico y jaleando a las huestes zamoranas. La triple armada de guitarras compuesta por Dawid Grahn, Palle Palsa y Hannes Jacklén construyó una base melódica impecable en himnos como “Njord” y la coreadísima “The Death of the God of Light”.
La épica alcanzó cotas sobresalientes con “Prophecy of Ragnarök” y “Kaunaz Dagaz”, donde el bajista Emil Wärmedal y el batería Johan Johansson marcaron unos ritmos marciales que obligaron a todo el festival a botar al unísono. La teatralidad de la banda brilló en piezas como “Hel” y “Ride of the Valkyries”, demostrando que se creen sus personajes al milímetro sin perder un ápice de simpatía y cercanía.
El tramo final del concierto fue una sucesión ininterrumpida de puños en alto y estribillos masivos gracias a la concatenación de “The Other Son of Odin”, las atmosféricas “Concerning Norns” e “Yggdrasil”, y la hímnica “To the Skies and Beyond”. Para el broche de oro, el combo sueco desató la locura colectiva con la fiestera “Defenders of Valhalla” y la grandilocuente “One”, saliendo por la puerta grande y demostrando que su estatus de banda de moda está más que justificado gracias a un directo fresco, enérgico y sumamente entretener.
El broche de oro definitivo a nivel nacional a esta edición del festival corrió a cargo del divertidísimo Folk Metal de los castellonenses Lèpoka en el Copper Stage. Lidiar con la responsabilidad de cerrar el festival ante un público físicamente mermado tras el desgaste acumulado de los días previos y una climatología exigente no era una tarea sencilla, pero el numeroso y dinámico combo demostró por qué son uno de los grandes abanderados de la fiesta y el optimismo en nuestra escena actual.
Desde los primeros compases de la fiestera “Antes del amanecer” y la combativa “Seguimos en pie”, el cansancio pareció evaporarse de golpe del foso de IFEZA. El carismático vocalista Dani Nogués se adueñó por completo de las tablas, derrochando simpatía e instando a los presentes a gastar el último gramo de energía que les quedaba en el cuerpo. El violín de Daniel Fuentes y los vientos comandados por Zarach a las gaitas y whistles tejieron unas melodías alegres e infecciosas que convirtieron el foso en una inmensa pista de baile durante la interpretación de “Brindo por verte” y la hímnica “El baile de los caídos”.
La comunión entre la banda y sus seguidores alcanzó su punto álgido con las divertidas “Pandemonium” y “Color café”, donde las guitarras de Paco y Chiki aportaron una sólida y contundente base metálica que empastaba a la perfección con el dinámico bajo de Zaph y la infalible pegada de Jaume tras la batería. Con el público totalmente entregado a la causa y encadenando un baile tras otro, la recta final del concierto se convirtió en una auténtica celebración de la vida y la música con cortes de la frescura de “Contando al andar”, la apropiadísima “La última y a casa” y la emotiva “Un año más”.
El desparrame final llegó de la mano de “Dios está borracho”, “Contra viento y marea” y la gamberra “Yo controlo”, cerrando la actuación en un estallido de aplausos, confeti virtual y sonrisas cómplices. Lèpoka firmó una actuación magistral y llena de luz que sirvió como el colofón perfecto para una jornada maratónica. Un cierre de hermandad y comunión absoluta que despide la edición del festival dejando claro, por encima de cualquier dificultad organizativa o de caídas de última hora, que la cita de Zamora goza de una salud emocional e institucional envidiable. ¡Hasta el año que viene!



El asalto final al recinto ferial de IFEZA arrancó con el termómetro en plena escalada y las fuerzas justas en la reserva de los miles de congregados. Tras jornadas de intensidad destructiva, el instinto de supervivencia festivalera obligaba a estirar el aguante hora a hora, dispuestos a vaciarse por completo antes de que el silencio se apoderase de los escenarios zamoranos. El menú de esta última jornada apostó por la diversidad estilística sin excesivos experimentos; una propuesta equilibrada, pero que el público asimiló con total complicidad. A favor de la organización, la acústica general de los escenarios principales experimentó una notable mejoría respecto al arranque del festival, algo que los tímpanos más exigentes agradecieron desde las primeras horas de la tarde.
Abriendo fuego en el Copper Stage ante una notable masa de fieles que desafiaban la temprana solana, Latzen, los de Oñati regresaron a la actividad con una alineación que respeta al milímetro su esencia histórica, sumando de forma definitiva a Yerko Ortiz a las seis cuerdas en sustitución de Iker Martínez de Zuazo. La misión de la banda no era otra que espabilar al personal a base de pura zapatilla, y el cuarteto cumplió su cometido con una pegada soberbia, entablando desde el primer minuto una conexión directa, campechana y enérgica con las primeras filas.
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El concierto arrancó sin concesiones con las crudas líneas de “Txori Txarrak”, donde el vocalista Aitor Uriarte demostró que conserva intacto ese registro desgarrado tan característico de los años noventa. La locura en el foso estalló de inmediato cuando empalmaron “Memento Mori” y la combativa “Mezua Hil Aurretik”, convirtiendo la arena en un hervidero de puños en alto. Yerko Ortiz se destapó como un cirujano a la guitarra solista, cruzando miradas de complicidad con el bajista Joxe Mari Azpitarte, quien no paró de jalear al público para expandir los primeros pogos.
El tramo central del concierto devoró los minutos a velocidad de vértigo con las brutales aceleraciones de “Bat Gehiago”, la pesadez rítmica de “Itsutu” y un coreadísimo “Indarra” que puso a prueba las gargantas de los madrugadores. El ritmo de double-bass impuesto por Gorka Lazkano tras los parches sirvió de alfombra roja para “Dogma”, justo antes de alcanzar el cénit emotivo con su histórica balada “Laztana”. Aquí, Aitor dejó cantar al público el icónico estribillo en euskera, provocando más de una lágrima de nostalgia entre los presentes. Para el cierre, la banda metió la quinta marcha con la furia de “Lurra Odolean” y el himno “Ze Ingo Xu”, rematando un reencuentro de manual que demostró que su actitud descarada sigue siendo una de las armas más contagiosas de nuestro metal.
El contraste estilístico llegó de inmediato al Silver Stage de la mano de los barceloneses Romanthica, quienes defienden con orgullo más de dos décadas de impecable trayectoria dentro del Rock/Metal gótico nacional. Aunque la crudeza de la luz diurna de media tarde no se presentaba como el escenario idóneo para sumergirse en una propuesta que pide a gritos la oscuridad y el cobijo de una sala, la banda tiró de galones y sofisticación para firmar un directo milimétrico y elegante.
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Apoyados en unas cuidadas secuencias tecnológicas que arropan y dan profundidad a su sólida base instrumental, el grupo arrancó su descarga con la envolvente “Despierta”. El frontman David Gohe hizo gala de un magnetismo escénico incuestionable, moviéndose con movimientos teatrales y clavando la mirada en un público que, poco a poco, se dejó arrastrar por la melancólica belleza de sus letras. Las guitarras de Rubén Rosas y Sergi R. Perea tejieron un tapiz sónico denso y nítido durante la interpretación de “Flor Marchita”, donde la base rítmica comandada por el bajista Yuyo y la batería de Erny Rock funcionó con la precisión de un reloj de alta gama.
Con “Qué más da”, el público de las primeras filas se fundió en un aplauso unánime, coreando las líneas melódicas de una pieza que gana enteros en las distancias cortas gracias a la limpia ejecución de David en las voces. El broche de oro de su corto pero reconfortante paso por Zamora llegó de la mano de “Mercurio”, inyectando una balsámica dosis de endorfinas de alta fidelidad. La banda se despidió agradeciendo el calor del público zamorano, dejando en el ambiente la firme promesa de que sus composiciones, bajo la luz de la luna, habrían sido harina de otro costal.
Desde Nuremberg llegaba al Copper Stage una de las sensaciones más frescas e irreverentes del Power Metal europeo actual: Dominum. Con un concepto marcadamente teatral que gira en torno al imaginario de los muertos vivientes y las películas de terror clásicas, la banda alemana congregó a una multitud asombrosa a pesar del sol de justicia que caía a plomo sobre el recinto de IFEZA.
Comandados por la mente maestra del proyecto, el vocalista Felix Heldt bajo su alter ego de Dr. Dead, la banda saltó a escena flanqueada por sus músicos disfrazados de zombies: Tommy a la guitarra, Patient Zero al bajo y Victor a la batería. El show arrancó por todo lo alto con la fiestera “Immortals” y la gamberra “Danger Danger”, desatando de inmediato una marea de saltos y bailes entre el respetable. La interacción de Dr. Dead con la audiencia fue constante, bromeando con su acento germánico sobre el calor de Zamora e instando a los presentes a convertirse en su nueva “corte de sirvientes malditos”.
Tras la pegadiza “Cannibal Corpse”, la banda regaló a los asistentes un auténtico caramelo exclusivo: el estreno en directo de “Night Is Calling”, un trallazo hiper-melódico y de estribillo infeccioso extraído de su próximo trabajo de estudio a editarse bajo el sello Napalm Records. Los riffs de Tommy sonaron atronadores, mientras Patient Zero no dejaba de hacer muecas grotescas y gesticular hacia el foso, contagiando un clima de fiesta de terror divertidísima. El colofón llegó con los ritmos machacones de “We All Taste the Same” y la hímnica “Frankenstein”, consolidando a Dominum como una formación que sabe perfectamente cómo explotar su momento dulce y su creciente estatus en el circuito festivalero.
El ambiente festivo se disolvió de golpe para dar paso a la violencia sónica más pura, honesta y destructiva de todo el festival. Al legendario trío de hermanos brasileños Krisiun le tocó lidiar con una franja horaria criminal que no hacía justicia a su estatus de culto dentro del metal extremo internacional, pero lejos de mostrar la más mínima desgana, los de Ijuí salieron a morder el escenario del Silver Stage como una auténtica bestia herida.
Tras una breve e inquietante introducción, la carnicería comenzó con la velocidad terminal de “Kings of Killing”. Lo que ofrece Krisiun no es apto para oídos sensibles: es un Death Metal de la vieja escuela que evoluciona desde el Thrash más primigenio y caótico, ejecutado a unas revoluciones inhumanas. El bajista y vocalista Alex Camargo rugió como un león herido, saludando a los “verdaderos maníacos del metal extremo en Zamora” antes de sepultar el foso bajo las brutales embestidas de “Apocalyptic Victory” y “Vicious Wrath”.
En el centro del escenario, el hacha de Moyses Kolesne ofreció una exhibición de solos asimétricos, veloces y abrasivos, mientras su hermano Max Kolesne ejecutaba unos blast beats inhumanos que caían como las agujas de una máquina de tatuar a toda pastilla, castigando las cervicales del foso sin un solo segundo de tregua. Sucesivos trallazos como “Necronomical”, “Hatred Inherit” y la abrasadora “Combustion Inferno” desataron los circle pits más violentos e irritantes de la tarde, levantando una densa nube de polvo en la arena de IFEZA.
La veteranía del trío se hizo patente en el tramo final al encadenar la pesadez de “Blood of Lions”, la blasfema “Serpent Messiah” y la técnica quirúrgica de “Descending Abomination”. Para el cierre definitivo, la banda destrozó lo poco que quedaba en pie con su clásico atemporal “Black Force Domain”, fundiéndose finalmente en la instrumental “For a Few Dollars More”. Una exhibición de honestidad brutal y violencia musical que se posicionó, de lejos, como uno de los puntos álgidos de toda la maratón del sábado.
La organización del festival volvió a apuntarse un tanto colosal al traer el virtuosismo indomable de los británicos TesseracT al Copper Stage justo cuando el sol empezaba a dar una tregua. La propuesta de los de Milton Keynes, basados en la disciplina matemática del metal progresivo moderno y el Djent, supuso un absoluto y necesario reset mental para la audiencia tras la masacre de Krisiun; una experiencia hipnótica y multisensorial que obligó a los presentes a mantener los ojos bien abiertos ante un despliegue de precisión quirúrgica.
Con una sobriedad escénica imponente, la banda inició su hipnótico viaje con la intro de “P1 Hands” para enlazar de inmediato con las dos primeras partes de su obra cumbre: “Concealing Fate, Part 1: Acceptance” y “Concealing Fate, Part 2: Deception”. La onda expansiva de las guitarras de Acle Kahney y James Monteith barrió el recinto con unos riffs polirrítmicos y sincopados de una nitidez asombrosa. Al frente de la formación, un inconmensurable Daniel Tompkins ofreció un recital vocal de alta gama, alternando unos limpios angelicales con unos guturales desgarradores, respaldado magistralmente en este tour por coristas femeninas situadas en un segundo plano que redondearon las armonías en vivo.
El concierto fluyó como una marea dinámica e impredecible a través de la sofisticación de “Juno” y la violencia contenida de “Natural Disaster”. Uno de los momentos más espectaculares de la actuación llegó con “Of Mind – Nocturne”, donde el bajista Amos Williams se convirtió en el centro de todas las miradas, castigando las cuerdas de su instrumento con un groove elástico y brutal, moviéndose en perfecta sincronía con los complejos patrones de batería dictados por Jay Postones.
Tras la grandilocuencia de “King”, la banda encaró la recta final de su show con la dupla melancólica compuesta por “Smile” y “The Arrow”, atrapando por igual a propios y extraños en su laberinto sonoro. El colofón definitivo lo firmaron con la épica de “Legion” y la monumental “War of Being”, una pieza cuya complejidad musical e irregularidades rozan el delito técnico. TesseracT demostró en Zamora que están hechos de otra pasta, firmando un concierto sobresaliente que se sintió como un viaje directo a la estratosfera de la vanguardia musical.
Hablar de Soziedad Alkoholika es hablar de una garantía absoluta sobre un escenario: los de Gasteiz nunca defraudan y nunca lo harán. Convertidos por derecho propio en la figura más emblemática, corrosiva y contestataria del metal y el hardcore callejero de nuestras fronteras, la banda saltó al Silver Stage dispuesta a ofrecer un auténtico wall of death sonoro que pusiera el recinto ferial del revés desde los primeros compases.
Sin embargo, los vitorianos tuvieron que sobreponerse a un hándicap técnico importante: el micrófono de su vocalista, Juan Aceña, sufrió el peor sonido de todo el festival durante la primera mitad del show, con constantes acoples, bajadas de volumen y una ecualización deficiente que emborronaba sus rabiosas líneas vocales. Lejos de amilanarse o detener el concierto, la banda tiró de orgullo, veteranía y esa característica independencia asertiva para pasar por encima de las adversidades a base de agresividad pura. Los guitarristas Jimmy e Iñigo Zubizarreta levantaron una muralla inexpugnable de riffs thrasheros durante la ejecución de “Control De Masas” y “Polvo En Los Ojos”, haciendo que el foso estallara en un pogo gigantesco que amortiguó cualquier fallo de la mesa de mezclas.
Con “Palomas Y Buitres” y la atemporal “Ratas”, el sonido comenzó a estabilizarse, permitiendo que la atronadora base rítmica del bajista Pirulo y el imponente batería Alfred Berengena machacara los cráneos de las primeras filas. Juan, micrófono en mano y con una actitud desafiante, jaleó constantemente a la marea humana, que respondió de forma masiva coreando cada una de las sílabas de “Shaktale” y “Piedra Contra Tijera”. El ambiente alcanzó temperaturas volcánicas con la velocidad punkarra de “Motxalo”, sirviendo de antesala perfecta para el delirio colectivo final con “Nos Vimos En Berlín”. El estribillo fue cantado por miles de gargantas en un grito unánime y ensordecedor que demostró que S.A. juega en su propia liga de superioridad dentro del panorama estatal, sin tener absolutamente nada que envidiar a ningún cabeza de cartel extranjero.
El relevo en el Copper Stage lo tomaron los gigantes del metal sinfónico neerlandés, Epica. Con la bellísima e imponente presencia de Simone Simons al frente, engrandecida por unas labores vocales soberbias y ejerciendo como una de las mejores embajadoras mundiales del género, las dudas iniciales que habían surgido en las redes sociales sobre si la banda daría la talla como uno de los grandes cabezas de cartel de la jornada se disiparon por completo desde el primer golpe de batería. Además, tras la agresión callejera de Soziedad Alkoholika, muchos temían un bajón de intensidad, pero la respuesta de la banda fue un rotundo y espectacular “¡Error!”.
El espectáculo visual y sonoro comenzó de manera imponente con “Cross the Divide” y la clásica e infalible “Sensorium”, dejando claro que el sonido de Epica en directo se despoja de la excesiva pomposidad de sus producciones de estudio para transformarse en un Metal mucho más áspero, directo, orgánico y netamente pesado. Simone Simons cautivó a la audiencia con una respuesta vocal perfecta, cruzando miradas de complicidad y sonrisas con el guitarrista rítmico y líder de la banda, Mark Jansen, quien contrarrestaba la dulzura de la pelirroja con sus profundos y cavernosos guturales en temas como “The Second Stone” y la compleja “Apparition”.
La pirotecnia de rango superior y las llamaradas gigantescas hicieron su aparición en el escenario, elevando la temperatura de las primeras filas durante la interpretación de “Storm the Sorrow” y “Unleashed”. En la sección instrumental, el guitarrista solista Isaac Delahaye y el bajista Rob van der Loo no dejaron de intercambiarse las posiciones, mientras el teclista Coen Janssen hacía de las suyas paseándose por las tablas con su característico teclado curvo y bromeando con el público. Tras la emotividad desbordada de la balada “Tides of Time” —donde Simone dejó a más de uno con la boca abierta y la piel de gallina— la banda encaró el tramo definitivo con la ampulosa “The Grand Saga of Existence” y su himno fundacional “Cry for the Moon”, donde el baterista Ariën van Weesenbeek se marcó un solo soberbio que sirvió de puente hacia las brutales “Fight to Survive” y “The Last Crusade”.
El fin de fiesta fue una auténtica exhibición de poderío festivalero. Las monumentales “Unchain Utopia” y “Beyond the Matrix” convirtieron el recinto en una marea de saltos masivos bajo un cielo iluminado por fogonazos de fuego perfectamente sincronizados. Para el cierre definitivo, Mark Jansen ordenó la apertura de un inmenso pit para ejecutar la destructiva “Consign to Oblivion”, desatando el caos absoluto en el foso. Epica cerró bocas a base de contundencia y un show espectacular que muchos de los presentes, tras comentar con seguidores de géneros radicalmente opuestos, no dudaron en catalogar como el mejor concierto de todo el fin de semana. Una victoria incontestable.
La responsabilidad de mantener la mecha encendida tras el torbellino de los neerlandeses recayó en el Silver Stage sobre los hombros del clan sueco de moda del Heavy/Power Metal de corte mitológico: Brothers Of Metal. Con su numeroso y pintoresco despliegue de tres vocalistas y una puesta en escena inspirada en los guerreros vikingos, la banda de Malung se metió al público en el bolsillo desde el minuto uno gracias a una propuesta tan épica como sumamente divertida.
El asalto comenzó con la declaración de intenciones que es “Warriors Assemble”, seguida de inmediato por la veloz “Fimbulvinter”. La dinámica triple del frente vocal resultó ser un auténtico acierto en directo: Ylva Eriksson encandiló con su limpia y poderosa voz de valquiria, mientras Joakim Lindbäck Eriksson aportaba los desgarros más guerreros y Mats Nilsson ejercía como el perfecto maestro de ceremonias, interactuando constantemente con el foso con un humor muy nórdico y jaleando a las huestes zamoranas. La triple armada de guitarras compuesta por Dawid Grahn, Palle Palsa y Hannes Jacklén construyó una base melódica impecable en himnos como “Njord” y la coreadísima “The Death of the God of Light”.
La épica alcanzó cotas sobresalientes con “Prophecy of Ragnarök” y “Kaunaz Dagaz”, donde el bajista Emil Wärmedal y el batería Johan Johansson marcaron unos ritmos marciales que obligaron a todo el festival a botar al unísono. La teatralidad de la banda brilló en piezas como “Hel” y “Ride of the Valkyries”, demostrando que se creen sus personajes al milímetro sin perder un ápice de simpatía y cercanía.
El tramo final del concierto fue una sucesión ininterrumpida de puños en alto y estribillos masivos gracias a la concatenación de “The Other Son of Odin”, las atmosféricas “Concerning Norns” e “Yggdrasil”, y la hímnica “To the Skies and Beyond”. Para el broche de oro, el combo sueco desató la locura colectiva con la fiestera “Defenders of Valhalla” y la grandilocuente “One”, saliendo por la puerta grande y demostrando que su estatus de banda de moda está más que justificado gracias a un directo fresco, enérgico y sumamente entretener.
El broche de oro definitivo a nivel nacional a esta edición del festival corrió a cargo del divertidísimo Folk Metal de los castellonenses Lèpoka en el Copper Stage. Lidiar con la responsabilidad de cerrar el festival ante un público físicamente mermado tras el desgaste acumulado de los días previos y una climatología exigente no era una tarea sencilla, pero el numeroso y dinámico combo demostró por qué son uno de los grandes abanderados de la fiesta y el optimismo en nuestra escena actual.
Desde los primeros compases de la fiestera “Antes del amanecer” y la combativa “Seguimos en pie”, el cansancio pareció evaporarse de golpe del foso de IFEZA. El carismático vocalista Dani Nogués se adueñó por completo de las tablas, derrochando simpatía e instando a los presentes a gastar el último gramo de energía que les quedaba en el cuerpo. El violín de Daniel Fuentes y los vientos comandados por Zarach a las gaitas y whistles tejieron unas melodías alegres e infecciosas que convirtieron el foso en una inmensa pista de baile durante la interpretación de “Brindo por verte” y la hímnica “El baile de los caídos”.
La comunión entre la banda y sus seguidores alcanzó su punto álgido con las divertidas “Pandemonium” y “Color café”, donde las guitarras de Paco y Chiki aportaron una sólida y contundente base metálica que empastaba a la perfección con el dinámico bajo de Zaph y la infalible pegada de Jaume tras la batería. Con el público totalmente entregado a la causa y encadenando un baile tras otro, la recta final del concierto se convirtió en una auténtica celebración de la vida y la música con cortes de la frescura de “Contando al andar”, la apropiadísima “La última y a casa” y la emotiva “Un año más”.
El desparrame final llegó de la mano de “Dios está borracho”, “Contra viento y marea” y la gamberra “Yo controlo”, cerrando la actuación en un estallido de aplausos, confeti virtual y sonrisas cómplices. Lèpoka firmó una actuación magistral y llena de luz que sirvió como el colofón perfecto para una jornada maratónica. Un cierre de hermandad y comunión absoluta que despide la edición del festival dejando claro, por encima de cualquier dificultad organizativa o de caídas de última hora, que la cita de Zamora goza de una salud emocional e institucional envidiable. ¡Hasta el año que viene!



























