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4 bandas que quisieron seguir una moda y fracasaron
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La industria musical es una bestia que no suele tener piedad con la gente que se queda atrás, y eso es algo que se suele ver con sus modas: a menos que considere que haya encontrado un público incondicional o busque una propuesta retro deliberada, los artistas buscarán mantenerse al tanto de las nuevas tendencias e incorporarlas a su sonido. Algunos de esos detalles estéticos terminan marcando un sonido clásico, como los sintetizadores las baterías sintéticas y llenas de reverb de los ochentas, y otras se quedan atrás y nunca más vuelven, como ponerle el nombre de la página web a un álbum como se había puesto de moda a principios de la década del 2000.

Con respecto a los géneros musicales de moda, no faltan historias de músicos exitosos tratando de no quedar en el pasado y probando suerte con alguna tendencia nueva, de esas que les gustan a los jóvenes. Bandas tan disímiles como Genesis, The Cult, In Flames y Bee Gees lograron encontrar un público en un público nuevo, pero mentiríamos si dijéramos que estos son la regla: la mayoría de los que tratan de meterse de lleno en otro estilo fallan completamente, en muchos casos porque es demasiado obvio que están tratando de seguir la corriente, y en algunos casos entender qué hace atractiva a esa corriente.

En nuestro especial del día de hoy, vamos a hablar acerca de cuatro bandas de metal que intentaron seguir al líder y se perdieron en el camino a este nuevo sonido.

Celtic Frost – Cold Lake (1988)

Junto con sus antecesores Hellhammer, los suizos Celtic Frost se suelen contar entre las bandas más influyentes del metal extremo de los ochentas, y su EP Morbid Tales (1984) y LP To Mega Therion (1985) se suelen contar entre las mejores instancias del género junto con los primeros trabajos de los suecos Bathory.

Pero la banda del cantante y guitarrista Tom G. Warrior nunca tuvo problemas con experimentar con una variedad de estilos, no por nada uno puede rastrear las raíces del metal gótico, el sinfónico y el avantgarde hasta esos dos trabajos, junto con su álbum Into The Pandemonium de 1987. Sin embargo, en 1988 la manera indiscriminada con la que el grupo se dejaba influenciar los llevó a dar uno de los pasos en falso más infames de la historia del metal.

Habiendo separado a la banda luego de la gira de presentación de Into The Pandemonium, Tom G. Warrior decidió reformar al grupo y contratar a toda una formación nueva, con el bajista Curt Victor Bryant y el baterista Stephen Priestly reemplazando a Martin Ain y a Reed St. Mark respectivamente. Pero la adición más importante fue la del guitarrista Oliver Amberg, que llevó a la formación al formato de cuarteto y tomó las riendas de la mayor parte de la composición en el nuevo álbum del grupo. 

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Arqueología Metalera: Thunder Way – The Order Executors (1993)

El resultado fue Cold Lake, editado por Noise Records en 1988, donde las antiguas leyendas de la primera ola del black metal se batieron el pelo, se calzaron los jeans y se metieron de lleno en el glam metal que tanto éxito tenía en la época. Bueno, “glam metal” es un decir: el sonido en sí es mucho más cercano a un heavy metal tradicional muy melódico, pero entre las letras melosas salidas de la pluma de Warrior y las fotos promocionales que acompañaban al disco era imposible no pensar en que los suizos estaban tratando de seducir al público de Poison, Bon Jovi o Motley Crue. 

Pero escuchando el disco, es muy complicado que eso hubiera ocurrido: el álbum tiene un sonido muy pobre, y Warrior sigue utilizando las voces aguerridas del material clásico de Celtic Frost, creando una combinación de tonos donde nadie queda satisfecho: es demasiado azucarado para el fan del metal extremo, demasiado sucio para el fan del glam metal y demasiado desprolijo para el público más general.

Durante las últimas tres décadas y media, Cold Lake aparece de manera bastante consistente en las listas de peores discos de la historia.Sin embargo, con el tiempo este disco tan extraño logró granjearse un grupo de fans muy pequeño pero dedicado, motivado por la mezcla de la suciedad del metal extremo con la estructura glam. Pero no crean que Tom G. Warrior es uno de esos lo sigue considerando el peor álbum que ha hecho y lo omite de la discografía de Celtic Frost: con muy pocas excepciones el disco no tuvo reediciones y ni siquiera está disponible en Spotify. 

Massacre – Promise (1996)

Después de arrancar con un disco bastante obvio, vamos a otro que no se suele mencionar tanto en este tema de los experimentos fallidos, pero que sentimos que tiene su lugar.

Los estadounidenses Massacre se formaron en 1984 y editaron un puñado de demos por esa época que los posicionaron como una de las bandas pioneras del death metal, con sus riffs thrasheros mezclados con las voces podridas de Kam Lee

A pesar de que estos originarios del estado de Tampa tuvieron una relación cercana con Death, con tres de sus miembros formando parte del grupo del cantante y guitarrista Chuck Schuldiner, los constantes cambios de formación hicieron que el cuarteto recién pudiera editar su LP debut From Beyond en 1991. Pero a pesar de ello, el álbum es considerado por muchos como un clásico del death metal de Florida, con el sonido característico de los estudios Morrisound que se volvería marca registrada del estilo.

Las cosas se complicaron al momento de grabar el siguiente disco: luego de otra separación de por medio, en 1993 el cantante Kam Lee y el guitarrista Rick Rozz reactivaron la banda junto al bajista Pete Sison y el baterista Syrus Peters, y se pusieron a trabajar en su segundo trabajo. Ya para 1996 el panorama metalero había cambiado, con los texanos Pantera habiendo popularizado los riffs llenos de groove y llevado a Far Beyond Driven a la cima de los charts de Billboard en 1994, tal vez el álbum más pesado en llegar a ese puesto. Massacre tomaron nota de esto, y la influencia de Pantera se sintió en Promise, editado en 1996 a través de Earache Records.

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Lamentablemente, Massacre cometieron el mismo pecado que muchos otros artistas que buscaron incorporar esos riffs entrecortados mezclados con voces gritadas: se olvidaron de que hay que hacer ambas cosas interesantes. Aunque los 48 minutos de Promise no parezcan tan largos en papel, las canciones se sienten mucho más extensas de lo que deberían ser, repitiendo riffs ultra básicos ad infinitum y con Lee tratando de meter varios pasajes de voces limpias y fallando en el proceso. 

E incluso si el oyente no fuera fan de las letras de fantasía violenta del primer álbum de Massacre, lo más seguro es que pueda aceptar que suenan bastante mejor y más trabajadas que las letras lloronas de Promise: aunque Phil Anselmo había demostrado que era posible combinar las letras llenas de angustia con la música ultra pesada, las de este disco suenan como lo que la gente que odia a Korn cree que son todas las letras de Korn.

El desastre del álbum se sintió antes que saliera: Kam Lee abandonó la banda durante la post producción en protesta por el resultado, y Massacre se separaron nuevamente para cuando el disco estuvo en las bateas, no volviendo a editar un nuevo trabajo por casi dos décadas.

Lynch Mob – Smoke This (1999)

Luego de su salida de Dokken en 1989, el guitarrista estadounidense George Lynch comenzó su carrera solista bajo el nombre de Lynch Mob. Sus dos primeros álbum Wicked Sensation (1990) y Lynch Mob (1992) recibieron muy buenas reseñas por parte de la crítica, destacando que fuera un disco “para guitarristas” que no se olvidaba del costado compositivo, pero ya para el segundo la popularidad del glam metal en los Estados Unidos estaba quedando muy atrás. 

Para 1993, George Lynch estaba de vuelta en Dokken, editando los álbumes Dysfunctional (1995) y Shadowlife (1997), que estuvieron muy lejos de los resultados comerciales que el grupo había tenido en su etapa de gloria, además de evidenciar cierta crisis de identidad al incorporar una fuerte influencia grunge en el segundo. Ese mismo año, George Lynch estaba de vuelta fuera de Dokken, abandonando el grupo por segunda y última vez.

A pesar de esto, parece que la experimentación alternativa se le había quedado en la mente a Lynch, porque después de grabar el EP Syzygy en 1998 junto al cantante argentino-estadounidense Oni Logan (vocalista original de Lynch Mob), el guitarrista decidió darle un giro brusco al sonido de su banda solista. Reclutando a toda una selección de músicos desconocidos, en 1999 Lynch editó Smoke This a través de Koch Records, un disco que vio al músico abandonando la pirotecnia guitarrera de sus álbumes anteriores para meterse de lleno en el rap metal.

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Bueno, “abandonar”: el disco todavía tiene varios solos de guitarra, toda una rareza en el estilo, así que no es que de repente Lynch se limitara a escupir riffs saltarines. Pero incluso con eso, es imposible no sentir la desesperación en cada uno de los 62 minutos del álbum, que es una duración muy larga que se intensifica por lo monótono de la composición y la mala producción, con las voces sonando muchísimo más bajas que los instrumentos. Tal vez esto fuera para tapar que Kirk Harper no tiene mucho para ofrecer como rapero, y más allá de algunas líneas de bajo interesantes la parte musical se queda muy atrás. 

Que todo esto viniera acompañado por un cambio completo de imagen no ayudó a pensar en este tercer trabajo como algo más que un intento de subirse a una moda del momento, como les pasara a los músicos de rock progresivo con el ascenso del synth pop, o a los músicos glam con el ascenso del rock alternativo. Más allá de, como dijimos antes, ser un álbum de nu / rap metal con solos de guitarra, no hay mucho más para destacar acerca del disco, aunque podría convertirse en una curiosidad mórbida para el oyente aventurero.

Cryptopsy – The Unspoken King (2008)

Nadie puede sacarle a los canadienses Cryptopsy el ser una de las bandas más influyentes de la historia del death metal, siendo uno de los primeros grupos en poner la técnica y el virtuosismo con sus instrumentos en favor la brutalidad: mientras que las bandas pioneras del death metal técnico, como Cynic, Atheist y Nocturnus, incluían elementos mucho más refinados en su estilo, estos oriundos de Montreal llevaban al estilo a una velocidad y pesadez inusitada. Álbumes como Blasphemy Made Flesh (1994) y None So Vile (1996) inspiraron a toda una variedad de imitadores a quedarse encerrados en sus casas y practicar todas las escalas y ritmos posibles en pos de llevar los riffs extremos a límites nunca antes pensados.

Esta influencia por parte de estos franco-canadienses estuvo de la mano con un cambio constante de integrantes: ninguno de los siete álbumes de Cryptopsy repite formación entre uno y otro, y ningún músico aparece en todos ellos más allá del baterista Flo Mounier, quien ni siquiera era un miembro original cuando el grupo se llamaba Necrosis.

En uno de los tantos recambios de miembros, el cantante Lord Worm anunció su segunda salida de Cryptopsy en 2007, aunque también hubo reportes de que había sido despedido. Como reemplazo, la banda incorporó a Matt McGachy (integrante de la banda de metalcore 3 Mile Scream) y a la tecladista Maggie Durand, no sólo la primera mujer integrante de Cryptopsy sino también la primera vez que el grupo había incluido teclados fijos en su formación. Parecía que la banda quería hacer un cambio importante en su sonido, algo que se confirmó apenas la gente tuvo una oportunidad de escuchar The Unspoken King, editado en 2008 por Century Media.

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En la época donde los blogs todavía tenían una enorme influencia en la opinión pública, pocos discos de una banda respetada causaron tanto impacto negativo como el sexto trabajo de Cryptopsy. Aunque los riffs complicados seguían estando ahí, ahora las otrora leyendas del brutal death metal técnico habían incorporado una influencia enorme de deathcore, estilo que por esa época estaba muy cerca de alcanzar la cúspide de su popularidad gracias a grupos como Suicide Silence, Whitechapel, Job For a Cowboy y demás. 

Siendo que incluso por esos años se estaba sintiendo una saturación importante del estilo, escuchar a una de las bandas más respetadas del metal extremo incorporar breakdowns, voces limpias y hasta algún pasaje re regusto nu metal fue demasiado, y el álbum fue destrozado por una enorme mayoría de los críticos. Poco después, Durand abandonó la banda, y lo mismo ocurrió con el guitarrista Alex Auburn.

En 2012, Cryptopsy editaron un álbum autotitulado que volvió al sonido clásico de la banda, incluso manteniendo a Matt McGachy en su puesto, y que recibió buenos puntajes por parte de la crítica. Pero incluso con eso, la lentitud para editar nuevo material demuestra que la recepción negativa de ese extraño experimento, incluso recibiendo acusaciones de “vendidos”, hizo mella en el grupo.

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La industria musical es una bestia que no suele tener piedad con la gente que se queda atrás, y eso es algo que se suele ver con sus modas: a menos que considere que haya encontrado un público incondicional o busque una propuesta retro deliberada, los artistas buscarán mantenerse al tanto de las nuevas tendencias e incorporarlas a su sonido. Algunos de esos detalles estéticos terminan marcando un sonido clásico, como los sintetizadores las baterías sintéticas y llenas de reverb de los ochentas, y otras se quedan atrás y nunca más vuelven, como ponerle el nombre de la página web a un álbum como se había puesto de moda a principios de la década del 2000.

Con respecto a los géneros musicales de moda, no faltan historias de músicos exitosos tratando de no quedar en el pasado y probando suerte con alguna tendencia nueva, de esas que les gustan a los jóvenes. Bandas tan disímiles como Genesis, The Cult, In Flames y Bee Gees lograron encontrar un público en un público nuevo, pero mentiríamos si dijéramos que estos son la regla: la mayoría de los que tratan de meterse de lleno en otro estilo fallan completamente, en muchos casos porque es demasiado obvio que están tratando de seguir la corriente, y en algunos casos entender qué hace atractiva a esa corriente.

En nuestro especial del día de hoy, vamos a hablar acerca de cuatro bandas de metal que intentaron seguir al líder y se perdieron en el camino a este nuevo sonido.

Celtic Frost – Cold Lake (1988)

Junto con sus antecesores Hellhammer, los suizos Celtic Frost se suelen contar entre las bandas más influyentes del metal extremo de los ochentas, y su EP Morbid Tales (1984) y LP To Mega Therion (1985) se suelen contar entre las mejores instancias del género junto con los primeros trabajos de los suecos Bathory.

Pero la banda del cantante y guitarrista Tom G. Warrior nunca tuvo problemas con experimentar con una variedad de estilos, no por nada uno puede rastrear las raíces del metal gótico, el sinfónico y el avantgarde hasta esos dos trabajos, junto con su álbum Into The Pandemonium de 1987. Sin embargo, en 1988 la manera indiscriminada con la que el grupo se dejaba influenciar los llevó a dar uno de los pasos en falso más infames de la historia del metal.

Habiendo separado a la banda luego de la gira de presentación de Into The Pandemonium, Tom G. Warrior decidió reformar al grupo y contratar a toda una formación nueva, con el bajista Curt Victor Bryant y el baterista Stephen Priestly reemplazando a Martin Ain y a Reed St. Mark respectivamente. Pero la adición más importante fue la del guitarrista Oliver Amberg, que llevó a la formación al formato de cuarteto y tomó las riendas de la mayor parte de la composición en el nuevo álbum del grupo. 

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Pero escuchando el disco, es muy complicado que eso hubiera ocurrido: el álbum tiene un sonido muy pobre, y Warrior sigue utilizando las voces aguerridas del material clásico de Celtic Frost, creando una combinación de tonos donde nadie queda satisfecho: es demasiado azucarado para el fan del metal extremo, demasiado sucio para el fan del glam metal y demasiado desprolijo para el público más general.

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Después de arrancar con un disco bastante obvio, vamos a otro que no se suele mencionar tanto en este tema de los experimentos fallidos, pero que sentimos que tiene su lugar.

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A pesar de que estos originarios del estado de Tampa tuvieron una relación cercana con Death, con tres de sus miembros formando parte del grupo del cantante y guitarrista Chuck Schuldiner, los constantes cambios de formación hicieron que el cuarteto recién pudiera editar su LP debut From Beyond en 1991. Pero a pesar de ello, el álbum es considerado por muchos como un clásico del death metal de Florida, con el sonido característico de los estudios Morrisound que se volvería marca registrada del estilo.

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