
De Venom Natura (2026)
Season of Mist
1 – Every Tongue Has Its Thorns
2 – Lunga Vita Alla Necrosi
3 – Spirit, Blood, Poison, Ferment!
4 – Il Veleno Della Natura
5 – Delta-9 (161)
6 – Silence Walk With Me
7 – In the Flat Field

Hay una leyenda en Turín que dice que el Diablo construyó un puente en una sola noche, y que todavía hoy puede verse su huella de casco en la piedra, cerca de la capilla del lugar. Que una banda italiana haya elegido ese nombre —Ponte del Diavolo, el Puente del Diablo— no es casualidad. Es una declaración de intenciones: oscuridad con historia, maldad con raíces.
Con De Venom Natura, su segundo álbum, estos turinenses no solo confirman el impacto de su debut Fire Blades from the Tomb (2024) sino que lo superan con creces. Cuarenta minutos de veneno bien destilado, editado nuevamente por Season of Mist, que demuestran que la escena italiana de metal extremo sigue siendo una cantera inagotable de propuestas inclasificables.
Lo primero que golpea es la arquitectura sónica. Ponte del Diavolo opera con una base de dos bajistas —Abro y Krato— cuya combinación crea un low-end que no solo se escucha: se siente en el pecho. Uno trabaja con púa, vibrante y rítmico; el otro a dedo, hipnótico y subterráneo. Sobre esa cimentación, la guitarra de Nerium no busca la virtuosidad sino la obsesión: riffs en tremolo que queman como brasas, acordes que atacan con la urgencia del post-punk más oscuro, todo teñido de un tono ocre y ocultista que recuerda al Killing Joke más salvaje o al Nick Cave de los primeros Bad Seeds. La batería de Segale Cornuta completa el cuadro desde un enfoque casi experimental: construye hipnosis, rompe con golpes sincopados, y cuando la canción lo exige, se lanza de lleno al groove punk sin pensarlo dos veces.
Pero el corazón de la banda es Erba del Diavolo. Su voz de contralto funciona como el hilo conductor de un ritual: en “Every Tongue Has Its Thorns” invoca con la frialdad de un exorcismo mientras los blast-beats y el trémolo incendian los altavoces; en “Lunga Vita Alla Necrosi” —larga vida a la necrosis, gentileza del título— convierte el riff en una maldición cantada en italiano que suena exactamente como debería sonar la música de un film de terror italiano de los 70. Esa referencia no es exagerada: hay algo de Dario Argento en el ADN de este disco, una psicodelia oscura que te hace caminar por un bosque de noche sintiendo que algo te sigue.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Krhura Abro (Ponte del Diavolo): “La honestidad es la base de todo lo que hacemos”
El álbum incorpora invitados que no son mero adorno. El trombón de Francesco Bucci en “Spirit, Blood, Poison, Ferment!” abre una dimensión nueva —más sucia, más de brass band infernal—, mientras el clarinete bajo de Vittorio Sabelli y el theremin de Sergio Bertani aportan capas de extrañeza que ubican a la banda en un territorio avant-garde que no necesita etiquetas modernas para existir. Todo el diseño sonoro, a cargo del ingeniero Danilo Bartocchio, logra que semejante densidad instrumental no colapse en barro: cada elemento respira.
El punto de mayor consenso entre los que escucharon el disco —y también el más debatido— es “Delta-9 (161)”. El título ya adelanta algo: Δ9 C21H30O2 es la fórmula química del THC. La canción avanza con una lentitud casi agónica, la voz repite su mantra con la cadencia monocorde de un anuncio de metro, y el clarinete bajo deambula como fantasma de una película muda de vanguardia. Es la pieza más arriesgada del álbum y también la más divisiva: demasiado extensa para lo que propone en su primera mitad, aunque su segunda parte, cuando el doom pesado finalmente explota, justifica en parte la espera. Es el único momento donde el hechizo que el disco teje tan cuidadosamente se interrumpe, aunque no se rompe del todo.
El resto del recorrido sostiene el nivel. “Silence Walk With Me” presenta como invitado a Gionata Potenti —conocido como Omega, de Nubivagant y Frostmoon Eclipse—, cuya voz cambia la temperatura de la canción de manera quirúrgica, mientras Erba responde con un registro que roza el growl. El cierre con “In the Flat Field” —guiño sin duda consciente a Bauhaus— trae acentos casi pop-rock que, lejos de desentonar, demuestran la seguridad de una banda que ya no necesita demostrar nada.
De Venom Natura es un disco de personalidad desbordante en tiempos de copias y referencias vacías. Ponte del Diavolo no inventó la mezcla de black metal con doom y post-punk, pero la ejecutan como si fuera propia, con la convicción de quienes genuinamente creen en lo que hacen. Si el primer álbum sembró la semilla, este la hace florecer en algo que huele a peligro, a oscuridad húmeda y a veneno de la buena.

De Venom Natura (2026)
Season of Mist
1 – Every Tongue Has Its Thorns
2 – Lunga Vita Alla Necrosi
3 – Spirit, Blood, Poison, Ferment!
4 – Il Veleno Della Natura
5 – Delta-9 (161)
6 – Silence Walk With Me
7 – In the Flat Field

Hay una leyenda en Turín que dice que el Diablo construyó un puente en una sola noche, y que todavía hoy puede verse su huella de casco en la piedra, cerca de la capilla del lugar. Que una banda italiana haya elegido ese nombre —Ponte del Diavolo, el Puente del Diablo— no es casualidad. Es una declaración de intenciones: oscuridad con historia, maldad con raíces.
Con De Venom Natura, su segundo álbum, estos turinenses no solo confirman el impacto de su debut Fire Blades from the Tomb (2024) sino que lo superan con creces. Cuarenta minutos de veneno bien destilado, editado nuevamente por Season of Mist, que demuestran que la escena italiana de metal extremo sigue siendo una cantera inagotable de propuestas inclasificables.
Lo primero que golpea es la arquitectura sónica. Ponte del Diavolo opera con una base de dos bajistas —Abro y Krato— cuya combinación crea un low-end que no solo se escucha: se siente en el pecho. Uno trabaja con púa, vibrante y rítmico; el otro a dedo, hipnótico y subterráneo. Sobre esa cimentación, la guitarra de Nerium no busca la virtuosidad sino la obsesión: riffs en tremolo que queman como brasas, acordes que atacan con la urgencia del post-punk más oscuro, todo teñido de un tono ocre y ocultista que recuerda al Killing Joke más salvaje o al Nick Cave de los primeros Bad Seeds. La batería de Segale Cornuta completa el cuadro desde un enfoque casi experimental: construye hipnosis, rompe con golpes sincopados, y cuando la canción lo exige, se lanza de lleno al groove punk sin pensarlo dos veces.
Pero el corazón de la banda es Erba del Diavolo. Su voz de contralto funciona como el hilo conductor de un ritual: en “Every Tongue Has Its Thorns” invoca con la frialdad de un exorcismo mientras los blast-beats y el trémolo incendian los altavoces; en “Lunga Vita Alla Necrosi” —larga vida a la necrosis, gentileza del título— convierte el riff en una maldición cantada en italiano que suena exactamente como debería sonar la música de un film de terror italiano de los 70. Esa referencia no es exagerada: hay algo de Dario Argento en el ADN de este disco, una psicodelia oscura que te hace caminar por un bosque de noche sintiendo que algo te sigue.
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El álbum incorpora invitados que no son mero adorno. El trombón de Francesco Bucci en “Spirit, Blood, Poison, Ferment!” abre una dimensión nueva —más sucia, más de brass band infernal—, mientras el clarinete bajo de Vittorio Sabelli y el theremin de Sergio Bertani aportan capas de extrañeza que ubican a la banda en un territorio avant-garde que no necesita etiquetas modernas para existir. Todo el diseño sonoro, a cargo del ingeniero Danilo Bartocchio, logra que semejante densidad instrumental no colapse en barro: cada elemento respira.
El punto de mayor consenso entre los que escucharon el disco —y también el más debatido— es “Delta-9 (161)”. El título ya adelanta algo: Δ9 C21H30O2 es la fórmula química del THC. La canción avanza con una lentitud casi agónica, la voz repite su mantra con la cadencia monocorde de un anuncio de metro, y el clarinete bajo deambula como fantasma de una película muda de vanguardia. Es la pieza más arriesgada del álbum y también la más divisiva: demasiado extensa para lo que propone en su primera mitad, aunque su segunda parte, cuando el doom pesado finalmente explota, justifica en parte la espera. Es el único momento donde el hechizo que el disco teje tan cuidadosamente se interrumpe, aunque no se rompe del todo.
El resto del recorrido sostiene el nivel. “Silence Walk With Me” presenta como invitado a Gionata Potenti —conocido como Omega, de Nubivagant y Frostmoon Eclipse—, cuya voz cambia la temperatura de la canción de manera quirúrgica, mientras Erba responde con un registro que roza el growl. El cierre con “In the Flat Field” —guiño sin duda consciente a Bauhaus— trae acentos casi pop-rock que, lejos de desentonar, demuestran la seguridad de una banda que ya no necesita demostrar nada.
De Venom Natura es un disco de personalidad desbordante en tiempos de copias y referencias vacías. Ponte del Diavolo no inventó la mezcla de black metal con doom y post-punk, pero la ejecutan como si fuera propia, con la convicción de quienes genuinamente creen en lo que hacen. Si el primer álbum sembró la semilla, este la hace florecer en algo que huele a peligro, a oscuridad húmeda y a veneno de la buena.




