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D.R.I. y Ratos de Porão en Buenos Aires: “Entre el pogo y las perillas”
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Foto de portada: Cecilia Principe (Cortesía de Metal-Argento)

Seis días después de que Madball y Suicidal Tendencies dejaran el Teatro Flores en ruinas, la historia nos convocaría una vez más en el mismo lugar. El pasado 14 de marzo, la segunda dosis de hardcore punk y crossover de la semana prometía una descarga de golpes, pogos monumentales y adrenalina, pero con ese sabor añejo que solo los padres del género pueden ofrecer. Para este cronista, la jornada marcó el retorno al asfalto tras una seguidilla de shows que ya empezaba a pasar factura en el cuerpo, pero con la convicción de que estar frente a Dirty Rotten Imbeciles (D.R.I.) y Ratos de Porão no era una opción, era una obligación profesional.


Como acostumbramos en este medio, la realidad está por encima de cualquier relleno literario. Es por eso que la presente crónica se demoró en salir un poco más de lo habitual: en este espacio no se abusa de la inteligencia artificial para “inventar” reseñas de lo que no se vio, una práctica que constituye una falta de respeto al lector, a los promotores y agentes de prensa que nos acreditan, y a la escena en su conjunto.

Dicho esto, debido a temas laborales el ingreso al local de la Avenida Rivadavia fue justo cuando los locales Otra Salida ejecutaban el último tema de la lista, a quienes pido disculpas por no haber estado presente para ver todo su set.

El bloque internacional arrancó con Ratos de Porão. Los brasileños son el espejo donde se mira el crossover latinoamericano, y su paso por Flores fue una lección de rebeldía.

João Gordo, con su carisma intacto, manejó los hilos del show con total naturalidad. Para esta gira, la guitarra estuvo a cargo de Mauricio Nogueira (ex Torture Squad, Krisiun), con una labor descomunal, dado que Jão se dedicó a filmar y aportar coros al tener su brazo enyesado. Mientras tanto, Juninho se destacó en el bajo: no paró de saltar y agitar al público, aunque en varias oportunidades se lo vio quejarse por no disponer de retorno.

Si hablamos del setlist, “Alerta antifascista” abrió a toda potencia y tanto la actitud de la banda como la del público demostraron que iba a ser una noche extrema. Lo que siguió fue una sucesión de “Morte ao rei”, “Igreja universal”, “Máquina militar” y “Sofrer” en los primeros compases, con el pit abriéndose desde temprano.

“Farsa nacionalista” y “Colisão” empujaron la temperatura otro escalón, aunque “Crucificados pelo sistema” y “Beber até morrer” —dos pilares de su carrera— fueron de los momentos más celebrados. El cierre con “AIDS, pop, repressão” dejó al Teatro Flores bien caliente para lo que vendría. Ratos de Porão demostró esa actitud y seguridad que dan cuatro décadas de no venderse a nadie.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Madball & Suicidal Tendencies en Buenos Aires: “La hermandad de la calle”

A las 21:40, con un retraso que ya generaba ansiedad, las enormes cortinas del venue se abrieron y fue ahí cuando D.R.I. tomó el escenario. La banda salió a golpear con una selección de temas, recorriendo joyas de Dealing with It! y Crossover, pero la fluidez se vio interrumpida constantemente.

Tras cada tema, el ritual se repetía: una pausa de al menos un minuto para ajustar perillas y verificar retornos. Aquí es donde entra la figura de Spike Cassidy; se lo vio extremadamente concentrado, casi sin despegar la vista de su Gibson SG, buscando el tono exacto en cada intervención. Es el perfeccionismo en su estado más puro, aunque le quitó ese vértigo necesario del hardcore. Si bien arrancaron con una dinámica de “palo y a la bolsa” en lo musical, tenían un freno de mano puesto en lo técnico. Durante los primeros 40 minutos del show la constante fue la misma: canción, freno, canción, chequeos; pero lo que realmente importaba era darle al público —que estuvo prendido fuego— un show inolvidable.

El bloque más intenso llegó con himnos de Thrash Zone como “Beneath the Wheel”, donde el doble bombo de Rob Rampy finalmente logró traspasar la barrera del sonido difuso del inicio.

Si en el show de Suicidal Tendencies las rondas eran batallas campales, aquí el cansancio acumulado y el agobio climático jugaron su carta. Las rondas arrancaron salvajes pero fueron perdiendo fuerza a medida que avanzaba el show. Solo un puñado de curtidos resistió de pie hasta el final. Es una observación, no una crítica: D.R.I. con más de 30 temas y paradas técnicas es un show largo, y el cuerpo encontraba sus límites.

Pasadas las 23:20, la jornada llegó a su fin. Todos a casa, a la ducha y a buscar el descanso necesario. Para este cronista, el ritual termina frente a la hoja en blanco, procesando lo vivido mientras ya se prepara el equipo para un nuevo venue en pocas horas.

¿Cumplió el evento? Sí, por el peso de la historia. Sin embargo, los baches técnicos en el show de cierre le quitaron el brillo a lo que pudo ser una noche épica. El camino sigue, y el hardcore, aun con pasos cansados, no se detiene.

Agradecemos a la gestión de AV Producciones, Pinhead Records y a Nadya por la confianza y permitirnos vivir en carne propia otro acto de violencia.

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D.R.I. y Ratos de Porão en Buenos Aires: “Entre el pogo y las perillas”
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Foto de portada: Cecilia Principe (Cortesía de Metal-Argento)

Seis días después de que Madball y Suicidal Tendencies dejaran el Teatro Flores en ruinas, la historia nos convocaría una vez más en el mismo lugar. El pasado 14 de marzo, la segunda dosis de hardcore punk y crossover de la semana prometía una descarga de golpes, pogos monumentales y adrenalina, pero con ese sabor añejo que solo los padres del género pueden ofrecer. Para este cronista, la jornada marcó el retorno al asfalto tras una seguidilla de shows que ya empezaba a pasar factura en el cuerpo, pero con la convicción de que estar frente a Dirty Rotten Imbeciles (D.R.I.) y Ratos de Porão no era una opción, era una obligación profesional.


Como acostumbramos en este medio, la realidad está por encima de cualquier relleno literario. Es por eso que la presente crónica se demoró en salir un poco más de lo habitual: en este espacio no se abusa de la inteligencia artificial para “inventar” reseñas de lo que no se vio, una práctica que constituye una falta de respeto al lector, a los promotores y agentes de prensa que nos acreditan, y a la escena en su conjunto.

Dicho esto, debido a temas laborales el ingreso al local de la Avenida Rivadavia fue justo cuando los locales Otra Salida ejecutaban el último tema de la lista, a quienes pido disculpas por no haber estado presente para ver todo su set.

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João Gordo, con su carisma intacto, manejó los hilos del show con total naturalidad. Para esta gira, la guitarra estuvo a cargo de Mauricio Nogueira (ex Torture Squad, Krisiun), con una labor descomunal, dado que Jão se dedicó a filmar y aportar coros al tener su brazo enyesado. Mientras tanto, Juninho se destacó en el bajo: no paró de saltar y agitar al público, aunque en varias oportunidades se lo vio quejarse por no disponer de retorno.

Si hablamos del setlist, “Alerta antifascista” abrió a toda potencia y tanto la actitud de la banda como la del público demostraron que iba a ser una noche extrema. Lo que siguió fue una sucesión de “Morte ao rei”, “Igreja universal”, “Máquina militar” y “Sofrer” en los primeros compases, con el pit abriéndose desde temprano.

“Farsa nacionalista” y “Colisão” empujaron la temperatura otro escalón, aunque “Crucificados pelo sistema” y “Beber até morrer” —dos pilares de su carrera— fueron de los momentos más celebrados. El cierre con “AIDS, pop, repressão” dejó al Teatro Flores bien caliente para lo que vendría. Ratos de Porão demostró esa actitud y seguridad que dan cuatro décadas de no venderse a nadie.

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Tras cada tema, el ritual se repetía: una pausa de al menos un minuto para ajustar perillas y verificar retornos. Aquí es donde entra la figura de Spike Cassidy; se lo vio extremadamente concentrado, casi sin despegar la vista de su Gibson SG, buscando el tono exacto en cada intervención. Es el perfeccionismo en su estado más puro, aunque le quitó ese vértigo necesario del hardcore. Si bien arrancaron con una dinámica de “palo y a la bolsa” en lo musical, tenían un freno de mano puesto en lo técnico. Durante los primeros 40 minutos del show la constante fue la misma: canción, freno, canción, chequeos; pero lo que realmente importaba era darle al público —que estuvo prendido fuego— un show inolvidable.

El bloque más intenso llegó con himnos de Thrash Zone como “Beneath the Wheel”, donde el doble bombo de Rob Rampy finalmente logró traspasar la barrera del sonido difuso del inicio.

Si en el show de Suicidal Tendencies las rondas eran batallas campales, aquí el cansancio acumulado y el agobio climático jugaron su carta. Las rondas arrancaron salvajes pero fueron perdiendo fuerza a medida que avanzaba el show. Solo un puñado de curtidos resistió de pie hasta el final. Es una observación, no una crítica: D.R.I. con más de 30 temas y paradas técnicas es un show largo, y el cuerpo encontraba sus límites.

Pasadas las 23:20, la jornada llegó a su fin. Todos a casa, a la ducha y a buscar el descanso necesario. Para este cronista, el ritual termina frente a la hoja en blanco, procesando lo vivido mientras ya se prepara el equipo para un nuevo venue en pocas horas.

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