


La noche comenzó con Rock-A-Fondians, quienes abrieron la velada rindiendo homenaje a los orígenes del ska y el reggae, cimentando el espíritu que dominaría toda la jornada. Su setlist fue una auténtica travesía por la historia musical de la Jamaica post-independencia, una narrativa de resistencia y liberación contada a través del ritmo. Con la urgencia característica del ska clásico, temas como “Stop That Train” marcaron el punto de partida para un recorrido emocional que alcanzó su punto de protesta con “54-46 Was My Number” de Toots and the Maytals, un grito contra la injusticia que resonó con fuerza. La celebración llegó con “I Love The Reggae” de The Pioneers, mientras que la introspección se hizo presente con “You’re Wondering Now”. El cierre, con “Ba Ba Boom” y “Oh Vell Barrabás”, dejó al público vibrando con el mensaje esencial del Caribe: el ritmo como forma de resistencia.
Con su inconfundible silueta y ese magnetismo que desafía al tiempo, Buster Bloodvessel se apoderó del escenario como si el paso de las décadas fuera apenas una anécdota. El líder de Bad Manners no solo canta, sino que encarna el espíritu del ska británico: humor, energía y desparpajo en estado puro. Entre sus gestos característicos, como el célebre sacar de lengua y su constante interacción con el público, Buster se erigió en maestro de ceremonias absoluto, guiando una multitud multigeneracional que respondía con saltos, aplausos y un skanking frenético que no cesó durante todo el espectáculo.
El repertorio fue un auténtico Greatest Hits de Bad Manners, una descarga sin descanso donde cada tema despertaba una ola de euforia colectiva. Clásicos como “Special Brew”, “Walking in the Sunshine” y la entrañable “Lorraine” encendieron el recinto desde los primeros compases. La banda sonó compacta y afilada, con un bajo poderoso de Lee Thompson y una sección de vientos que brilló especialmente en “Just a Feeling” y la combativa “Inner London Violence”. El público, contagiado por la vitalidad del conjunto, respondió con un entusiasmo que hacía retumbar las paredes de la sala, recordando por qué el ska sigue siendo un fenómeno vivo e intergeneracional.
En medio de la vorágine, hubo también espacio para la diversión y la irreverencia que caracterizan al grupo. La mezcla de temas propios con covers llenos de energía mantuvo la intensidad en lo más alto. “My Girl Lollipop”, homenaje a Millie Small, fue una joya para los amantes del ska original, mientras que “Woolly Bully” y “Nee Nee Na Na Na Na Nu Nu” mostraron el costado más humorístico de la banda. La inesperada versión de “Can’t Take My Eyes Off You”, convertida en himno coral, resumió el espíritu de la noche: puro desenfreno y complicidad. A su alrededor, la sala se transformó en un mosaico de estilos —skins clásicos, rude boys y jóvenes curiosos— unidos por el mismo pulso rítmico que hace del two-tone una fiesta sin edad.
El final fue una explosión de energía. Tras “Sally Brown” y “Feel Like Jumping”, el rugido del bajo anunció “Lip Up Fatty”, y el caos se desató. Dos fans saltaron al escenario para improvisar una pequeña torre humana al estilo casteller, en una escena tan surrealista como simbólica. Lejos de incomodarse, Buster Bloodvessel celebró la anarquía con una sonrisa, integrando el momento en el propio espectáculo. La banda regresó para un bis delirante con una versión instrumental del “Can Can” de Offenbach, que cerró la noche entre saltos, risas y sudor. Bad Manners demostraron una vez más que no son solo una banda, sino una institución del ska: un torbellino de humor, energía y libertad que convierte cada concierto en una celebración colectiva e irrepetible.



La noche comenzó con Rock-A-Fondians, quienes abrieron la velada rindiendo homenaje a los orígenes del ska y el reggae, cimentando el espíritu que dominaría toda la jornada. Su setlist fue una auténtica travesía por la historia musical de la Jamaica post-independencia, una narrativa de resistencia y liberación contada a través del ritmo. Con la urgencia característica del ska clásico, temas como “Stop That Train” marcaron el punto de partida para un recorrido emocional que alcanzó su punto de protesta con “54-46 Was My Number” de Toots and the Maytals, un grito contra la injusticia que resonó con fuerza. La celebración llegó con “I Love The Reggae” de The Pioneers, mientras que la introspección se hizo presente con “You’re Wondering Now”. El cierre, con “Ba Ba Boom” y “Oh Vell Barrabás”, dejó al público vibrando con el mensaje esencial del Caribe: el ritmo como forma de resistencia.
Con su inconfundible silueta y ese magnetismo que desafía al tiempo, Buster Bloodvessel se apoderó del escenario como si el paso de las décadas fuera apenas una anécdota. El líder de Bad Manners no solo canta, sino que encarna el espíritu del ska británico: humor, energía y desparpajo en estado puro. Entre sus gestos característicos, como el célebre sacar de lengua y su constante interacción con el público, Buster se erigió en maestro de ceremonias absoluto, guiando una multitud multigeneracional que respondía con saltos, aplausos y un skanking frenético que no cesó durante todo el espectáculo.
El repertorio fue un auténtico Greatest Hits de Bad Manners, una descarga sin descanso donde cada tema despertaba una ola de euforia colectiva. Clásicos como “Special Brew”, “Walking in the Sunshine” y la entrañable “Lorraine” encendieron el recinto desde los primeros compases. La banda sonó compacta y afilada, con un bajo poderoso de Lee Thompson y una sección de vientos que brilló especialmente en “Just a Feeling” y la combativa “Inner London Violence”. El público, contagiado por la vitalidad del conjunto, respondió con un entusiasmo que hacía retumbar las paredes de la sala, recordando por qué el ska sigue siendo un fenómeno vivo e intergeneracional.
En medio de la vorágine, hubo también espacio para la diversión y la irreverencia que caracterizan al grupo. La mezcla de temas propios con covers llenos de energía mantuvo la intensidad en lo más alto. “My Girl Lollipop”, homenaje a Millie Small, fue una joya para los amantes del ska original, mientras que “Woolly Bully” y “Nee Nee Na Na Na Na Nu Nu” mostraron el costado más humorístico de la banda. La inesperada versión de “Can’t Take My Eyes Off You”, convertida en himno coral, resumió el espíritu de la noche: puro desenfreno y complicidad. A su alrededor, la sala se transformó en un mosaico de estilos —skins clásicos, rude boys y jóvenes curiosos— unidos por el mismo pulso rítmico que hace del two-tone una fiesta sin edad.
El final fue una explosión de energía. Tras “Sally Brown” y “Feel Like Jumping”, el rugido del bajo anunció “Lip Up Fatty”, y el caos se desató. Dos fans saltaron al escenario para improvisar una pequeña torre humana al estilo casteller, en una escena tan surrealista como simbólica. Lejos de incomodarse, Buster Bloodvessel celebró la anarquía con una sonrisa, integrando el momento en el propio espectáculo. La banda regresó para un bis delirante con una versión instrumental del “Can Can” de Offenbach, que cerró la noche entre saltos, risas y sudor. Bad Manners demostraron una vez más que no son solo una banda, sino una institución del ska: un torbellino de humor, energía y libertad que convierte cada concierto en una celebración colectiva e irrepetible.










