



El festival A Colossal Weekend volvió a transformar a VEGA en el epicentro de la música pesada, oscura y alternativa. El festival danés, ya convertido en una cita obligada para los amantes del post metal, el doom, el shoegaze y las propuestas experimentales, volvió a desplegarse utilizando los tres espacios del complejo: el imponente Store Vega, con capacidad para unas 1000 personas; Lille Vega, más íntimo y cercano, para alrededor de 500 asistentes; y el lúgubre Basement, ubicado junto al recinto principal, con lugar para aproximadamente 250 personas. Una distribución ideal para una jornada marcada por la diversidad sonora y las experiencias intensas.
El primer show que presenciamos fue el de Slow Crush. El grupo belga de shoegaze ofreció una presentación muy entretenida, con músicos recorriendo constantemente el escenario y buscando una conexión directa con el público. Sobre todo la bajista y vocalista, quien no dejó de agradecer durante todo el concierto y hasta se dio el lujo de terminar el show entre la audiencia.
La música resultó tan etérea como poderosa. La base de bajo y batería fue extremadamente sólida, incluso con cierta impronta hardcore por momentos, mientras la guitarra aportaba una capa suave y atmosférica que adornaba las composiciones y acompañaba una voz angelical. Un gran comienzo para un festival que prometía muchísimo.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Gaerea – Loss (2026)
Luego llegó el momento de la apertura del escenario principal de la mano de Svalbard. El grupo de post black metal, con 15 años de historia y renombre dentro del género, atraviesa actualmente su gira de despedida tras cuatro álbumes de estudio y varios singles, por lo que esta presentación tenía un carácter particularmente emotivo.
El inicio con “Disparity” y “Open Wound” fue contundente y dejó en claro la identidad de la propuesta: pasajes ultra pesados con voces desgarradas, combinados con momentos más calmos de voces profundas y atmósferas melancólicas. También hubo espacio para voces limpias y segmentos mucho más angelicales. La mezcla entre post hardcore y black metal funciona de manera natural dentro de sus composiciones, evitando que las canciones caigan en la repetición.
La figura absoluta del show fue Serena Cherry, vocalista y guitarrista de la banda, quien se encargó de interactuar constantemente con el público y se mostró visiblemente emocionada durante toda la presentación. Un punto negativo —ajeno completamente a ella— fue que se encontraba enferma, algo que terminó afectando levemente su rendimiento vocal en las últimas canciones. Sin embargo, dejando de lado ese infortunio, la actuación fue realmente muy buena, acompañada por un sonido potente y claro que logró adaptarse perfectamente a los constantes cambios de dinámica del grupo.
El cierre con “Grayscale” marcó un final profundamente emotivo, con la banda agradeciendo todas las vivencias compartidas en la ciudad y un público dividido entre la felicidad y la tristeza de estar viendo una de sus últimas presentaciones.
Más tarde, Heathe tomó el control de Lille Vega con una propuesta particularmente extraña y envolvente. El cantante comenzó el show completamente solo, gritando durante un largo rato mientras lentamente se iban sumando percusiones y un violín. Después aparecieron loops de teclado, más percusiones, el bajo y una guitarra tímida que, de golpe, terminó multiplicándose hasta convertirse en cuatro guitarras simultáneas. Como si fuera poco, también apareció un saxofón.
Y aun así, toda esa mezcla funcionaba de manera armónica y entretenida. Sin embargo, pasada la mitad de la presentación, la constante cantidad de cambios y estímulos terminó resultando algo abrumadora y decidimos retirarnos.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Venom – Into Oblivion (2026)
Uno de los momentos más alucinantes de la jornada llegó con SLIFT. La banda francesa formada por los hermanos Fossat volvió a demostrar por qué es una de las propuestas más interesantes dentro de la fusión entre space rock, psicodelia y stoner. Este power trio experimental construyó un show hipnótico y explosivo desde el primer minuto.
En la canción inicial, el bajista sufrió algunos desacoples con el cable del instrumento, aunque el problema fue solucionado inmediatamente por miembros del staff con absoluto profesionalismo. A partir de ahí, la banda desplegó un repertorio de ocho canciones donde brilló especialmente la versatilidad de Jean Fossat, alternando entre guitarra, voz y teclado. Todo esto acompañado por la enorme solidez del bajista y el impresionante trabajo del baterista, que sin necesidad de doble pedalera, doble bombo ni una batería gigantesca, logró demostrar una técnica y coordinación asombrosas.
La experiencia se completó con una gigantesca pantalla de fondo proyectando visuales psicodélicas, reforzando la sensación de estar presenciando una experiencia completamente inmersiva.
Ya entrada la noche, el Basement recibió a OMO. Para entonces, el recinto se encontraba aproximadamente a la mitad de su capacidad y la banda apareció en escena entre aplausos y la “bendición” de su cantante principal, disfrazado de marinero, quien iba depositando sus manos sobre las cabezas de las primeras filas.
El oscuro poder de esta formación de doom “cabaret”, creada en 2020, encontró el ambiente ideal en ese sótano lúgubre y tenebroso, prácticamente un agujero al inframundo de Copenhague. La propuesta combinó teatro, ritual y crudeza sonora en partes iguales.
La música estuvo sostenida por la clásica formación de guitarra, bajo y batería, mientras la voz del cantante oscilaba entre alaridos guturales, órdenes teatrales y descargas completamente salvajes. Los acordes graves de guitarra aportaban el tono oscuro y enfermizo necesario para construir una atmósfera sofocante y densa. Más que un recital convencional, el show se sintió como una experiencia sensorial cargada de tensión y vibración constante.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Vision Divine – A Clockwork Reverie (2026)
La jornada tuvo su gran cierre con King Buffalo, headliner principal de la noche. La banda neoyorquina de psych metal, formada en 2013 y con cinco álbumes de estudio en su haber, presentó un repertorio de nueve canciones repasando gran parte de sus temas más reconocidos.
La presentación comenzó puntual, desplegando inmediatamente ese sonido hipnótico y envolvente ideal para balancear la cabeza y dejarse llevar por el groove psicodélico. Desde los primeros compases de “Ecliptic” y “Eye of the Storm”, el público colmó Store Vega y respondió con entusiasmo absoluto.
El sonido general fue sólido durante toda la actuación, destacándose especialmente el protagonismo del bajo, la potencia de la batería y los constantes cambios de clima generados por la guitarra de Sean McVay, alternando entre pasajes calmos y explosiones completamente distorsionadas.
En vivo, la banda se caracteriza por dejar que la música hable por sí sola. No hubo demasiadas palabras, chistes ni interacción con el público. Todo pasó por los instrumentos y por una coordinación musical impecable. Y justamente ahí reside la grandeza de King Buffalo: en su capacidad para construir atmósferas y transmitir emociones únicamente a través del sonido.
Canciones como “Grifter” y “Centurion” mostraron a un grupo mucho más suelto y seguro que en visitas anteriores, navegando entre pasajes psicodélicos, grooves envolventes y explosiones de intensidad con absoluta naturalidad. La respuesta del público fue excelente durante toda la presentación.
La sorpresa final llegó de la mano de “Cerberus”, encargada de ponerle un cierre magistral a una noche mágica, cargada de música, oscuridad y emoción.
En apenas su primera jornada, el Colossal Weekend dejó en claro por qué se convirtió en uno de los festivales más interesantes de la escena alternativa europea. Entre propuestas hipnóticas, momentos emotivos y descargas de pura intensidad, el evento logró ofrecer una experiencia tan diversa como envolvente. Y si algo quedó claro tras este Día 1, es que todavía queda muchísimo por descubrir en las próximas jornadas.





El festival A Colossal Weekend volvió a transformar a VEGA en el epicentro de la música pesada, oscura y alternativa. El festival danés, ya convertido en una cita obligada para los amantes del post metal, el doom, el shoegaze y las propuestas experimentales, volvió a desplegarse utilizando los tres espacios del complejo: el imponente Store Vega, con capacidad para unas 1000 personas; Lille Vega, más íntimo y cercano, para alrededor de 500 asistentes; y el lúgubre Basement, ubicado junto al recinto principal, con lugar para aproximadamente 250 personas. Una distribución ideal para una jornada marcada por la diversidad sonora y las experiencias intensas.
El primer show que presenciamos fue el de Slow Crush. El grupo belga de shoegaze ofreció una presentación muy entretenida, con músicos recorriendo constantemente el escenario y buscando una conexión directa con el público. Sobre todo la bajista y vocalista, quien no dejó de agradecer durante todo el concierto y hasta se dio el lujo de terminar el show entre la audiencia.
La música resultó tan etérea como poderosa. La base de bajo y batería fue extremadamente sólida, incluso con cierta impronta hardcore por momentos, mientras la guitarra aportaba una capa suave y atmosférica que adornaba las composiciones y acompañaba una voz angelical. Un gran comienzo para un festival que prometía muchísimo.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Gaerea – Loss (2026)
Luego llegó el momento de la apertura del escenario principal de la mano de Svalbard. El grupo de post black metal, con 15 años de historia y renombre dentro del género, atraviesa actualmente su gira de despedida tras cuatro álbumes de estudio y varios singles, por lo que esta presentación tenía un carácter particularmente emotivo.
El inicio con “Disparity” y “Open Wound” fue contundente y dejó en claro la identidad de la propuesta: pasajes ultra pesados con voces desgarradas, combinados con momentos más calmos de voces profundas y atmósferas melancólicas. También hubo espacio para voces limpias y segmentos mucho más angelicales. La mezcla entre post hardcore y black metal funciona de manera natural dentro de sus composiciones, evitando que las canciones caigan en la repetición.
La figura absoluta del show fue Serena Cherry, vocalista y guitarrista de la banda, quien se encargó de interactuar constantemente con el público y se mostró visiblemente emocionada durante toda la presentación. Un punto negativo —ajeno completamente a ella— fue que se encontraba enferma, algo que terminó afectando levemente su rendimiento vocal en las últimas canciones. Sin embargo, dejando de lado ese infortunio, la actuación fue realmente muy buena, acompañada por un sonido potente y claro que logró adaptarse perfectamente a los constantes cambios de dinámica del grupo.
El cierre con “Grayscale” marcó un final profundamente emotivo, con la banda agradeciendo todas las vivencias compartidas en la ciudad y un público dividido entre la felicidad y la tristeza de estar viendo una de sus últimas presentaciones.
Más tarde, Heathe tomó el control de Lille Vega con una propuesta particularmente extraña y envolvente. El cantante comenzó el show completamente solo, gritando durante un largo rato mientras lentamente se iban sumando percusiones y un violín. Después aparecieron loops de teclado, más percusiones, el bajo y una guitarra tímida que, de golpe, terminó multiplicándose hasta convertirse en cuatro guitarras simultáneas. Como si fuera poco, también apareció un saxofón.
Y aun así, toda esa mezcla funcionaba de manera armónica y entretenida. Sin embargo, pasada la mitad de la presentación, la constante cantidad de cambios y estímulos terminó resultando algo abrumadora y decidimos retirarnos.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Venom – Into Oblivion (2026)
Uno de los momentos más alucinantes de la jornada llegó con SLIFT. La banda francesa formada por los hermanos Fossat volvió a demostrar por qué es una de las propuestas más interesantes dentro de la fusión entre space rock, psicodelia y stoner. Este power trio experimental construyó un show hipnótico y explosivo desde el primer minuto.
En la canción inicial, el bajista sufrió algunos desacoples con el cable del instrumento, aunque el problema fue solucionado inmediatamente por miembros del staff con absoluto profesionalismo. A partir de ahí, la banda desplegó un repertorio de ocho canciones donde brilló especialmente la versatilidad de Jean Fossat, alternando entre guitarra, voz y teclado. Todo esto acompañado por la enorme solidez del bajista y el impresionante trabajo del baterista, que sin necesidad de doble pedalera, doble bombo ni una batería gigantesca, logró demostrar una técnica y coordinación asombrosas.
La experiencia se completó con una gigantesca pantalla de fondo proyectando visuales psicodélicas, reforzando la sensación de estar presenciando una experiencia completamente inmersiva.
Ya entrada la noche, el Basement recibió a OMO. Para entonces, el recinto se encontraba aproximadamente a la mitad de su capacidad y la banda apareció en escena entre aplausos y la “bendición” de su cantante principal, disfrazado de marinero, quien iba depositando sus manos sobre las cabezas de las primeras filas.
El oscuro poder de esta formación de doom “cabaret”, creada en 2020, encontró el ambiente ideal en ese sótano lúgubre y tenebroso, prácticamente un agujero al inframundo de Copenhague. La propuesta combinó teatro, ritual y crudeza sonora en partes iguales.
La música estuvo sostenida por la clásica formación de guitarra, bajo y batería, mientras la voz del cantante oscilaba entre alaridos guturales, órdenes teatrales y descargas completamente salvajes. Los acordes graves de guitarra aportaban el tono oscuro y enfermizo necesario para construir una atmósfera sofocante y densa. Más que un recital convencional, el show se sintió como una experiencia sensorial cargada de tensión y vibración constante.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Vision Divine – A Clockwork Reverie (2026)
La jornada tuvo su gran cierre con King Buffalo, headliner principal de la noche. La banda neoyorquina de psych metal, formada en 2013 y con cinco álbumes de estudio en su haber, presentó un repertorio de nueve canciones repasando gran parte de sus temas más reconocidos.
La presentación comenzó puntual, desplegando inmediatamente ese sonido hipnótico y envolvente ideal para balancear la cabeza y dejarse llevar por el groove psicodélico. Desde los primeros compases de “Ecliptic” y “Eye of the Storm”, el público colmó Store Vega y respondió con entusiasmo absoluto.
El sonido general fue sólido durante toda la actuación, destacándose especialmente el protagonismo del bajo, la potencia de la batería y los constantes cambios de clima generados por la guitarra de Sean McVay, alternando entre pasajes calmos y explosiones completamente distorsionadas.
En vivo, la banda se caracteriza por dejar que la música hable por sí sola. No hubo demasiadas palabras, chistes ni interacción con el público. Todo pasó por los instrumentos y por una coordinación musical impecable. Y justamente ahí reside la grandeza de King Buffalo: en su capacidad para construir atmósferas y transmitir emociones únicamente a través del sonido.
Canciones como “Grifter” y “Centurion” mostraron a un grupo mucho más suelto y seguro que en visitas anteriores, navegando entre pasajes psicodélicos, grooves envolventes y explosiones de intensidad con absoluta naturalidad. La respuesta del público fue excelente durante toda la presentación.
La sorpresa final llegó de la mano de “Cerberus”, encargada de ponerle un cierre magistral a una noche mágica, cargada de música, oscuridad y emoción.
En apenas su primera jornada, el Colossal Weekend dejó en claro por qué se convirtió en uno de los festivales más interesantes de la escena alternativa europea. Entre propuestas hipnóticas, momentos emotivos y descargas de pura intensidad, el evento logró ofrecer una experiencia tan diversa como envolvente. Y si algo quedó claro tras este Día 1, es que todavía queda muchísimo por descubrir en las próximas jornadas.






















