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Arqueología Metalera: Crows – The Dying Race (1991)
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Con la Nueva Ola del Heavy Metal Británico atrayendo las miradas de la prensa internacional a principios de los ochentas, una gran cantidad de lugares vieron nacer sus propias escenas de música pesada, adoptando este nuevo sonido metálico y melódico a su propia idiosincrasia. Uno de esos países sería Alemania, donde en la ciudad de Dortmund apareció una banda llamada Crows.

Formados en 1981, el quinteto Crows se puede considerar entre los pioneros del metal pesado de Dortmund junto a Acid y las leyendas Angel Dust, siendo estos últimos un grupo con el que Crows tendría una relación cercana como veremos más tarde. Hablando de miembros, los de Crows eran apenas adolescentes cuando arrancaron, con el bajista Frank Banx teniendo 15 años y el baterista Konrad “Bobby” Schottkowski apenas 12.

Es muy difícil dilucidar el sonido de Crows durante estos primeros años, siendo que no fue hasta la mitad de la década que los alemanes empezaron a editar demos, muchos de ellos imposibles de encontrar en la Internet y de los que su único registro es que se atestigüe su existencia. El registro más temprano de su obra se puede encontrar en el compilado “Teutonic Invasion – Part One”, editado por la revista alemana RockHard en 1987, donde Crows compartieron espacio junto a otros grupos de culto del metal teutón de los ochentas como Paradox, Violent Force y Poison. Su canción “Final Fight” los tenía en un punto medio entre el speed, el thrash y el incipiente power metal, todas tendencias de gran arraigo en la escena alemana de la época.

Poco después de la salida de este compilado, Crows tuvo un cambio importante en la formación, con los guitarristas Winni Hirsch y Stefan Knauer yéndose de la banda y más tarde incorporándose brevemente a Angel Dust. Su salida marcaría, extrañamente, la llegada del guitarrista Roman “Romme” Keymer, quien justamente venía de tocar en Angel Dust, aunque su paso por Crows sería muy breve. Sería la dupla de Jochen Kalpein y Bernd “Bernemann” Kost la que ocuparían los puestos detrás de las seis cuerdas.

Crows grabó un par de demos más, y en algún momento de 1991 el cantante Bruno Mattukat, el único miembro que quedaba de la formación original aparte de Bobby Schottkowski, se fue del grupo. La salida conjunta con el bajista Siggi Kromolka marcó la vuelta de Frank Banx a la banda y la llegada del cantante polaco Leszek “Leo” Szpigiel, quien venía de ser miembro fundador de los thrasheros polacos Wolf Spider. Con su arribo, terminarían conformando la formación definitiva de Crows, y la que se metería a los Woodhouse Studios de Dortmund a grabar el que sería su álbum debut.

Esta es la única imagen disponible de Crows

“The Dying Race”, editado por Century Media en 1991, es un álbum conceptual acerca de la opresión de los pueblos nativos americanos, algo que ya me llama la atención inmediatamente. Los relatos sobre la conquista europea de América y las luchas de los pueblos originarios por hacer escuchar sus reclamos no son algo raro en el mundo del heavy metal: canciones como “Invaders” de Iron Maiden, “Indians” de Anthrax y, más tarde, “Trail of Tears” de Testament tratan acerca del tema. Sin embargo, todos estos grupos son estadounidenses o, en el caso de Iron Maiden, de países que habían participado activamente de la colonización de América, mientras que Crows eran alemanes.

¿Qué podría llevar a una banda alemana a tomar interés por este tema? Si se me permite desviarme del tema principal por un momento, quisiera señalar que la cultura popular alemana tiene un gran interés en las historias de las tribus nativas americanas, sobre todo gracias a las películas de vaqueros y a la obra del escritor Karl May, quien escribió una gran cantidad de novelas ambientadas en el Salvaje Oeste y bien podría considerarse el equivalente alemán a Emilio Salgari, siendo que la obra de ambos escritores dejó una enorme influencia sobre la visión de estos lugares lejanos a pesar de nunca haber visitado esos lugares en si. Al día de hoy esta manera de ver a las tribus americanas en Alemania se ha criticado por ser extremadamente romantizada y basada en estereotipos, pero también es cierto que es definitivamente una visión solidaria con respecto a su lucha. ¿Acaso Crows fueron inspirados por esto? Personalmente no sabría decirlo, pero cualquiera sean sus influencias uno puede leer las letras y sentir que sus intenciones están en el lugar adecuado. Además, hay detalles interesantes, como el hecho de que la canción “’Four’” cite el soneto “El Nuevo Coloso” de Emma Lazarus, aquel que aparece en la placa de bronce en la base de la Estatua de la Libertad.

Pasando al contenido en si, “The Dying Race” es un disco de un sonido muy particular. Mencionaba antes etiquetas como “power”, “speed”, “thrash” y demás, pero no creo que estas de verdad reflejen el estilo desarrollado por Crows en su disco debut. La parte “power” es bastante clara, con los agudos heroicos de Szpigiel siendo la conexión más obvia tanto en los versos como en los estribillos, pero no tanto lo de “speed” o “thrash” porque, y sé que esto puede sonar un tanto llamativo, “The Dying Race” no es un disco muy rápido. Tampoco es un disco de doom o algo particularmente lento, no vayan a creer que se va para ese extremo, y hay canciones más rápidas como “East of Eden” o “We Are The Storm”, pero el promedio del álbum tira más para el medio tiempo, con una batería que está más enfocada en golpear fuerte que en hacerlo cien veces por segundo, y guitarras que tocan riffs bien definidos a cualquier velocidad.

Las guitarras son un punto importante del encanto de “The Dying Race”: ya por esta época el power metal era conocido por sus melodías influenciadas por la música clásica, pero pocas bandas de la época se pueden jactar de tener unas líneas de guitarra tan intrincadas como las de Crows en este disco. Arpegios, cambios de velocidad, solos de millones de notas, riffs retorcidos y mucho más, parece que no hay nada que el dúo Kalpein-Kost sea incapaz de hacer a lo largo del álbum, incluso metiendo un momento acústico en “We Are The Storm”. No están solas en esto, porque incluso el bajo de Banx tiene su momento de brillar, con varios momentos donde se separa de las guitarras y hasta teniendo lo que podría considerar un solo en “Change the Border”.

Otro elemento importante del álbum es la producción, con un sonido cristalino que se veía muy poco en 1991. La producción estuvo a cargo de Ralf Figura (de quien no puedo encontrar muchos datos, más allá de que parece que este es el único álbum de heavy metal en el que trabajó) y Waldemar Sorychta, el polaco que se terminaría volviendo un productor estrella del heavy metal: ese mismo año produjo “Where No Life Dwells” de Unleashed, que junto a Crows fueron de sus primeros trabajos trabajando por fuera de sus propias bandas, iniciando una carrera que continúa al día de hoy. Además, el álbum se mezcló en los Morrisound Studios, el estudio que se volvió uno de los más importantes de la historia del death metal, aunque claro está que la mezcla balanceada y clara de “The Dying Race” está muy lejos de ese sonido embarrado y oscuro de la que el estudio hizo su marca característica.

El álbum incluye una dedicación a los pueblos nativos americanos: “Muchas gracias a Bruno + Siggi, ¡y a todos nuestros amigos indios!”

Hay muchas canciones buenas en “The Dying Race”, y bien diría que no hay ninguna que hubiera sacado de la lista final, algo en lo que ayuda que sea un disco relativamente corto: 36 minutos es una buena duración para un álbum de este estilo, como un testamento de la época justo antes de que el tener que justificar la fabricación de CDs llevara a las bandas a hacer los discos cada vez más largos. Pero si tuviera que elegir una canción, sería “Too Proud To Fight”, con un estribillo irresistible y unas melodías en las guitarras que parecen competir en cuál puede ser más épica y pesada.

Así que tenemos una banda con músicos experimentados, que se movía en un género que estaba explotando por esa misma época y que al mismo tiempo podía decir que tenía un sonido propio, con canciones con tópicos líricos interesantes, y que editaron su debut a través de un sello discográfico de su propia ciudad que ya apuntaba a convertirse en uno de los más importantes del metal de los noventas. Todos los vientos soplaban a favor de Crows, pero al viaje del quinteto no le quedaba mucho tiempo, siendo que el grupo se separó poco después de lanzado el álbum.

¿Qué pasó acá? Vaya uno a saber, es complicado encontrar entrevistas donde los exmiembros de Crows hablen acerca del álbum o siquiera de la banda, más allá de una mención muy al paso de Bernd Kost en una entrevista con Noizz Eater. En un par de lugares se menciona que puede haber sido provocado porque Century Media no promovió correctamente el álbum: el álbum nunca fue publicado en los Estados Unidos, algo extraño considerando la idea conceptual de “The Dying Race”, pero todavía faltaba para que Century comenzara a publicar discos en ese país. Si nos ponemos a tirar teorías, puede ser que 1991 no fuera el año correcto para andar haciendo power metal de corte progresivo y una idea tan de nicho detrás de las canciones. Hasta nueva aviso, eso es lo que tenemos a mano.

Después del fin de Crows varios de sus músicos tendrían pasos por bandas mucho más conocidas: Leo Szpigiel tendría su momento detrás del micrófono con las bandas alemanas Scanner y Mekong Delta, y Frank Banx volvería a Angel Dust años después. Pero los que mejor la tendrían serían Bobby Schottowski y Bernd Kost, que en 1996 entrarían a Sodom y conformarían la formación más estable de la historia de la banda, permaneciendo juntos hasta la salida de Schottowski en 2010, mientras Kost haría lo suyo en 2018. Actualmente Schottowski toca la batería junto a los ingleses Tank, mientras que Kost formó Bonded junto a otros músicos de la escena del metal alemán.

Sin embargo, la participación de los miembros de Crows por varios grupos importantes del heavy metal no pareció incrementar la atención hacia su único disco, siendo que este no sería reeditado por las siguientes dos décadas. No sería hasta la llegada de la Internet que el único álbum de estos alemanes se uniría a la pila de discos redescubiertos por una generación que ya no estaba limitada por las fronteras geográficas, y en 2013 el sello Divebomb Records, especializado en reediciones, le daría nueva vida a “The Dying Race” con una edición de lujo que incluye el demo “The Legions” y un par de canciones inéditas como bonus tracks, además de una entrevista con Bobby Schottokowski en el booklet. Esta sería la primera vez que el álbum fuera editado en los Estados Unidos.

Puede que “The Dying Race” no haya tenido el recibimiento que mereciera en su momento, pero el tiempo terminó haciéndole justicia a esta pequeña joya del under metalero europeo. Es, sin lugar a dudas, un trabajo único, y uno de esos discos que aparecen muy de vez en cuando con tanta personalidad en un solo lugar. Desde ya, una escucha recomendada para cualquier aficionado del sonido pesado.

 

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Arqueología Metalera: Crows – The Dying Race (1991)
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Con la Nueva Ola del Heavy Metal Británico atrayendo las miradas de la prensa internacional a principios de los ochentas, una gran cantidad de lugares vieron nacer sus propias escenas de música pesada, adoptando este nuevo sonido metálico y melódico a su propia idiosincrasia. Uno de esos países sería Alemania, donde en la ciudad de Dortmund apareció una banda llamada Crows.

Formados en 1981, el quinteto Crows se puede considerar entre los pioneros del metal pesado de Dortmund junto a Acid y las leyendas Angel Dust, siendo estos últimos un grupo con el que Crows tendría una relación cercana como veremos más tarde. Hablando de miembros, los de Crows eran apenas adolescentes cuando arrancaron, con el bajista Frank Banx teniendo 15 años y el baterista Konrad “Bobby” Schottkowski apenas 12.

Es muy difícil dilucidar el sonido de Crows durante estos primeros años, siendo que no fue hasta la mitad de la década que los alemanes empezaron a editar demos, muchos de ellos imposibles de encontrar en la Internet y de los que su único registro es que se atestigüe su existencia. El registro más temprano de su obra se puede encontrar en el compilado “Teutonic Invasion – Part One”, editado por la revista alemana RockHard en 1987, donde Crows compartieron espacio junto a otros grupos de culto del metal teutón de los ochentas como Paradox, Violent Force y Poison. Su canción “Final Fight” los tenía en un punto medio entre el speed, el thrash y el incipiente power metal, todas tendencias de gran arraigo en la escena alemana de la época.

Poco después de la salida de este compilado, Crows tuvo un cambio importante en la formación, con los guitarristas Winni Hirsch y Stefan Knauer yéndose de la banda y más tarde incorporándose brevemente a Angel Dust. Su salida marcaría, extrañamente, la llegada del guitarrista Roman “Romme” Keymer, quien justamente venía de tocar en Angel Dust, aunque su paso por Crows sería muy breve. Sería la dupla de Jochen Kalpein y Bernd “Bernemann” Kost la que ocuparían los puestos detrás de las seis cuerdas.

Crows grabó un par de demos más, y en algún momento de 1991 el cantante Bruno Mattukat, el único miembro que quedaba de la formación original aparte de Bobby Schottkowski, se fue del grupo. La salida conjunta con el bajista Siggi Kromolka marcó la vuelta de Frank Banx a la banda y la llegada del cantante polaco Leszek “Leo” Szpigiel, quien venía de ser miembro fundador de los thrasheros polacos Wolf Spider. Con su arribo, terminarían conformando la formación definitiva de Crows, y la que se metería a los Woodhouse Studios de Dortmund a grabar el que sería su álbum debut.

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“The Dying Race”, editado por Century Media en 1991, es un álbum conceptual acerca de la opresión de los pueblos nativos americanos, algo que ya me llama la atención inmediatamente. Los relatos sobre la conquista europea de América y las luchas de los pueblos originarios por hacer escuchar sus reclamos no son algo raro en el mundo del heavy metal: canciones como “Invaders” de Iron Maiden, “Indians” de Anthrax y, más tarde, “Trail of Tears” de Testament tratan acerca del tema. Sin embargo, todos estos grupos son estadounidenses o, en el caso de Iron Maiden, de países que habían participado activamente de la colonización de América, mientras que Crows eran alemanes.

¿Qué podría llevar a una banda alemana a tomar interés por este tema? Si se me permite desviarme del tema principal por un momento, quisiera señalar que la cultura popular alemana tiene un gran interés en las historias de las tribus nativas americanas, sobre todo gracias a las películas de vaqueros y a la obra del escritor Karl May, quien escribió una gran cantidad de novelas ambientadas en el Salvaje Oeste y bien podría considerarse el equivalente alemán a Emilio Salgari, siendo que la obra de ambos escritores dejó una enorme influencia sobre la visión de estos lugares lejanos a pesar de nunca haber visitado esos lugares en si. Al día de hoy esta manera de ver a las tribus americanas en Alemania se ha criticado por ser extremadamente romantizada y basada en estereotipos, pero también es cierto que es definitivamente una visión solidaria con respecto a su lucha. ¿Acaso Crows fueron inspirados por esto? Personalmente no sabría decirlo, pero cualquiera sean sus influencias uno puede leer las letras y sentir que sus intenciones están en el lugar adecuado. Además, hay detalles interesantes, como el hecho de que la canción “’Four’” cite el soneto “El Nuevo Coloso” de Emma Lazarus, aquel que aparece en la placa de bronce en la base de la Estatua de la Libertad.

Pasando al contenido en si, “The Dying Race” es un disco de un sonido muy particular. Mencionaba antes etiquetas como “power”, “speed”, “thrash” y demás, pero no creo que estas de verdad reflejen el estilo desarrollado por Crows en su disco debut. La parte “power” es bastante clara, con los agudos heroicos de Szpigiel siendo la conexión más obvia tanto en los versos como en los estribillos, pero no tanto lo de “speed” o “thrash” porque, y sé que esto puede sonar un tanto llamativo, “The Dying Race” no es un disco muy rápido. Tampoco es un disco de doom o algo particularmente lento, no vayan a creer que se va para ese extremo, y hay canciones más rápidas como “East of Eden” o “We Are The Storm”, pero el promedio del álbum tira más para el medio tiempo, con una batería que está más enfocada en golpear fuerte que en hacerlo cien veces por segundo, y guitarras que tocan riffs bien definidos a cualquier velocidad.

Las guitarras son un punto importante del encanto de “The Dying Race”: ya por esta época el power metal era conocido por sus melodías influenciadas por la música clásica, pero pocas bandas de la época se pueden jactar de tener unas líneas de guitarra tan intrincadas como las de Crows en este disco. Arpegios, cambios de velocidad, solos de millones de notas, riffs retorcidos y mucho más, parece que no hay nada que el dúo Kalpein-Kost sea incapaz de hacer a lo largo del álbum, incluso metiendo un momento acústico en “We Are The Storm”. No están solas en esto, porque incluso el bajo de Banx tiene su momento de brillar, con varios momentos donde se separa de las guitarras y hasta teniendo lo que podría considerar un solo en “Change the Border”.

Otro elemento importante del álbum es la producción, con un sonido cristalino que se veía muy poco en 1991. La producción estuvo a cargo de Ralf Figura (de quien no puedo encontrar muchos datos, más allá de que parece que este es el único álbum de heavy metal en el que trabajó) y Waldemar Sorychta, el polaco que se terminaría volviendo un productor estrella del heavy metal: ese mismo año produjo “Where No Life Dwells” de Unleashed, que junto a Crows fueron de sus primeros trabajos trabajando por fuera de sus propias bandas, iniciando una carrera que continúa al día de hoy. Además, el álbum se mezcló en los Morrisound Studios, el estudio que se volvió uno de los más importantes de la historia del death metal, aunque claro está que la mezcla balanceada y clara de “The Dying Race” está muy lejos de ese sonido embarrado y oscuro de la que el estudio hizo su marca característica.

El álbum incluye una dedicación a los pueblos nativos americanos: “Muchas gracias a Bruno + Siggi, ¡y a todos nuestros amigos indios!”

Hay muchas canciones buenas en “The Dying Race”, y bien diría que no hay ninguna que hubiera sacado de la lista final, algo en lo que ayuda que sea un disco relativamente corto: 36 minutos es una buena duración para un álbum de este estilo, como un testamento de la época justo antes de que el tener que justificar la fabricación de CDs llevara a las bandas a hacer los discos cada vez más largos. Pero si tuviera que elegir una canción, sería “Too Proud To Fight”, con un estribillo irresistible y unas melodías en las guitarras que parecen competir en cuál puede ser más épica y pesada.

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¿Qué pasó acá? Vaya uno a saber, es complicado encontrar entrevistas donde los exmiembros de Crows hablen acerca del álbum o siquiera de la banda, más allá de una mención muy al paso de Bernd Kost en una entrevista con Noizz Eater. En un par de lugares se menciona que puede haber sido provocado porque Century Media no promovió correctamente el álbum: el álbum nunca fue publicado en los Estados Unidos, algo extraño considerando la idea conceptual de “The Dying Race”, pero todavía faltaba para que Century comenzara a publicar discos en ese país. Si nos ponemos a tirar teorías, puede ser que 1991 no fuera el año correcto para andar haciendo power metal de corte progresivo y una idea tan de nicho detrás de las canciones. Hasta nueva aviso, eso es lo que tenemos a mano.

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Puede que “The Dying Race” no haya tenido el recibimiento que mereciera en su momento, pero el tiempo terminó haciéndole justicia a esta pequeña joya del under metalero europeo. Es, sin lugar a dudas, un trabajo único, y uno de esos discos que aparecen muy de vez en cuando con tanta personalidad en un solo lugar. Desde ya, una escucha recomendada para cualquier aficionado del sonido pesado.

 

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