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Dirkschneider en Copenhague: “Honrando el acero”
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Es muy normal en estos tiempos que los músicos que participaron en discos clásicos realicen giras aniversario, aun cuando ya no formen parte de la banda en cuestión. Esto se debe en gran parte a la nostalgia y a la realidad de que las leyendas que dieron forma a los géneros se están retirando, lo que convierte a estas giras en propuestas muy rentables desde lo económico.

Tal es el caso de Udo Dirkschneider, clásico vocalista de Accept, cuyo presente consiste en salir de gira interpretando viejos clásicos. De hecho, la gira por los 40 años de Balls to the Wall, disco clásico del heavy metal, ya lleva tres años de duración. Esta fue precisamente la gira que presenciamos en el hermoso Amager Bio, en la capital danesa, Copenhague.

Los invitados especiales de la noche fueron los belgas de Evil Invaders, una elección excelente, ya que se trata de una banda que lleva como estandarte los valores del metal clásico, y lo hace con mucho orgullo. Desde sus atuendos de cuero, cargados de tachas y muñequeras, hasta sus cabellos largos con cortes bien ochenteros. Su sonido está anclado a principios de los años ochenta, claramente en la vena de Venom o el primer Slayer: un thrash metal muy rápido y desprolijo, pero con claras notas de rock and roll.

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Su presentación, de apenas 40 minutos, demostró que tienen todo para llegar a la cima del género. El sonido permitía escuchar a la perfección todos los instrumentos, a pesar de la suciedad de las distorsiones. La batería era una verdadera aplanadora, bien al frente en la mezcla, imposible de ignorar y obligando a mover la cabeza. Las guitarras, sucias y punzantes, iban pasando de riffs arrasadores a solos rápidos e intrincados. Gracias a estos factores, sumados a un carisma y energía arrolladores, se metieron al público en el bolsillo, que respondió a la perfección a cada pedido de gritos y agite de puños. Un excelente show de apertura para una noche que prometía ser memorable.

Luego de la intro con la icónica canción de Iron Maiden, “The Number of the Beast”, la banda salió a escena. El arranque fue demoledor con “Fast as a Shark” y “Living for Tonight”. La energía ya estaba por los aires y se mantendría así durante todo el concierto.

Los músicos recorrían el escenario sin descanso y aprovechaban cada momento para jugar con el público, siempre con algún gesto pensado para generar una respuesta enérgica por parte de la audiencia. Un recurso muy utilizado fue el de extender ciertos pasajes de las canciones para que la gente cante o acompañe con palmas. Claros ejemplos de esto fueron el himno “Metal Heart” y la festejada “Princess of the Dawn”.

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Uno de los momentos más especiales de la noche fue la balada “Breaking Up Again”, donde el histórico bajista de Accept, Peter Baltes, tomó el micrófono y la interpretó, emocionando a todos los presentes y dándole un merecido descanso a Udo.

Una broma recurrente durante el show giró en torno a la edad de los dos ex Accept: el bajista con 67 años y el vocalista con 73. Ambos, en un estado impecable, interpretaron las canciones como si tuvieran veinte años menos.

La lista fue una verdadera catarata de clásicos, especialmente cuando llegó el turno de tocar Balls to the Wall de forma completa. El público deliró con cada una de esas canciones, y la energía y el entusiasmo no bajaron en ningún momento del set.

El sonido fue maravilloso de principio a fin. La batería sonaba potente y contundente, sin tapar al resto de los instrumentos. Las guitarras, súper afiladas y poderosas, invitaban constantemente a mover la cabeza al ritmo de los riffs. La voz, bien al frente, se escuchaba perfecta. Un sonido claro, nítido y espectacular.

El final con “Burning” dejó a la gente feliz y encantada, clamando el nombre del vocalista y aplaudiendo durante largos minutos. Un cierre excelente para un show maravilloso.

Si bien el presente discográfico de Udo no da mucho que hablar, demostró que todavía tiene fuerza y energía para honrar su carrera. No está rascando la olla, como se dice vulgarmente, sino honrando su pasado y, lamentablemente, despidiéndose al darle al público exactamente lo que quiere recibir: sus clásicos.

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Hammerfall en Barcelona: “Bajo la lluvia y el martillo”
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Aún con la lluvia empapando las calles de Barcelona y el murmullo expectante llenando el Razzmatazz, Tailgunner apareció como el primer relámpago de la noche. No venían a pasar desapercibidos ni a cumplir el trámite del telonero: venían a abrir una brecha. Desde el primer acorde quedó claro que su heavy metal no entiende de medias tintas, sino de impacto directo.

El arranque con “Midnight Blitz” fue como un motor encendiéndose a máxima potencia. Sentí cómo la sala empezaba a transformarse, cómo los cuerpos aún fríos por la lluvia exterior comenzaban a calentarse a base de riffs afilados y un ritmo constante. Craig Cairns, al frente, cantaba con convicción, con una voz firme que no busca adornos, sino transmitir urgencia y verdad.

Las guitarras construían un muro de sonido sólido y agresivo. La sustitución temporal de Rhea Thompson por Jara Solís no se percibió como una carencia, sino como una adaptación natural: Jara se movía con seguridad, aportando fuerza y precisión, encajando sin fisuras en el engranaje junto a Zach Salvini, que descargaba solos con carácter clásico y pulso moderno. Todo estaba bien medido, bien ejecutado, sin perder crudeza.

Con “White Death” y “Shadows of War”, la banda terminó de conquistar a un público que ya empezaba a responder con cabezas agitándose y puños en alto. El bajo de Thomas “Bones” Hewson retumbaba como una columna vertebral inquebrantable, mientras Eddie Mariotti sostenía el conjunto desde la batería con una pegada constante, sin excesos, pero sin concesiones.

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El momento más atmosférico llegó con “Tears in Rain”, donde la intensidad se volvió más emocional sin perder peso. Fue un breve respiro dentro de la ofensiva, un instante para tomar aire antes de volver a cargar. Esa capacidad para alternar dureza y épica mostró a una banda que no solo dispara, sino que también sabe cuándo apuntar.

La recta final, con “Barren Lands & Seas of Red”, devolvió la contundencia al primer plano y dejó claro que Tailgunner mira al futuro con ambición. Su próximo disco, Midnight Blitz, producido por K. K. Downing, se intuía ya en cada nota: heavy metal clásico en espíritu, pero ejecutado con hambre y plenamente anclado en el presente.

El falso adiós dio paso a un encore inevitable. “Eulogy” sonó casi como un juramento compartido entre banda y público, y “Guns for Hire” cerró el set con la sensación de que el trabajo estaba hecho. No solo habían calentado la sala: la habían preparado para la guerra.

Cuando abandonaron el escenario, el Razzmatazz ya no era el mismo. Tailgunner había dejado el terreno ardiendo, listo para que HammerFall descargara su cruzada. Y tuve claro que aquella noche no empezó con los suecos, sino con el rugido firme y honesto de una banda que entiende el heavy metal como se debe: sin excusas y de frente.

El Freedom World Crusade Tour 2026 hacía su primera parada en España, y los suecos de HammerFall no iban a defraudarnos. Su álbum Avenge the Fallen había llegado y, con él, una nueva etapa de conquistas y victorias. Bajo el mando de Oscar Dronjak y Joacim Cans, la banda había regresado al campo de batalla con una energía de esas que marcan épocas. No era solo un concierto: era una cruzada.

La intro de Avenge the Fallen llenó el aire con la electricidad que precede a las tormentas, y el martillo de Oscar Dronjak en forma de guitarra resonó como un trueno que cortaba la atmósfera. El público sabía lo que se venía. Y como si el cielo quisiera rendirse ante semejante imparable, la lluvia arreciaba fuera. Pero el martillo había caído: la guerra del metal había comenzado.

Joacim Cans irrumpió en el escenario con esa vitalidad que pocos vocalistas logran conservar con los años. Cada palabra suya resonaba como una orden, como una invitación a la batalla. «¡Bienvenidos a la cruzada!», declaró, y la sala explotó. El riff galopante de “Heeding the Call” nos lanzó a todos al abismo de la locura. La batería de David Wallin latía como un corazón impío, golpeando con furia, y las primeras olas de energía recorrieron el Razzmatazz entre puños alzados.

La fiesta de los himnos estaba en su punto álgido. “Any Means Necessary” sonó como una declaración de principios, un canto de unidad metalera. Como una marea humana, los fans, divididos por el propio Joacim, coreaban el estribillo con tal fuerza que el techo parecía a punto de estallar. En ese instante, público y banda compartían una única alma: el poder del metal hecho carne.

Un instante después, “Hammer of Dawn” iluminó la sala. En esa tormenta eléctrica, Pontus Norgren deslizó los dedos por la guitarra como si el propio destino le dictara los acordes. Su solo, técnico y emotivo, parecía cruzar el tiempo y demostrar que el metal, cuando se ejecuta con maestría, puede volar más allá de la gravedad.

La noche, aunque cargada de furia, también dejó espacio para la nostalgia. “Renegade” irrumpió como un eco lejano de los años noventa, recordándonos que los martillos existían mucho antes de las nuevas victorias. Allí, en medio del rugido, Oscar Dronjak bromeó sobre los inicios de la banda, lanzando un guiño cómplice a un pasado glorioso.

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“Chapter V: The Medley” fue el momento en el que pasado y presente se fundieron en un solo golpe, una tormenta sin pausa que repasó las leyendas de “Threshold” y “Crimson Thunder”. Un tributo a los templos del metal que HammerFall ayudó a edificar y que, por unos minutos, pareció cobrar vida propia.

Luego llegó la power ballad “Glory to the Brave”, y el ambiente se transformó por completo. Las luces se apagaron y la emoción se volvió palpable. Joacim, con una claridad vocal que erizaba la piel, nos condujo por una ceremonia solemne en la que los móviles brillaban como pequeñas antorchas. Era como si la canción convocará a los héroes que ya no están, a quienes forjaron este reino de acero.

El final se acercaba, y aunque la tormenta seguía rugiendo en el exterior, el calor dentro de la sala se multiplicaba. En la recta final, “(We Make) Sweden Rock” fue el homenaje a las raíces, un himno coreado como un juramento colectivo. La retirada momentánea solo anunciaba más martillos, más victorias.

El regreso para el encore fue un golpe de fuego. “Hail to the King” sonó con una grandiosidad épica, transformando el recinto en una fortaleza, y “Hearts on Fire”, la llama eterna del metal, cerró la noche. Joacim dejó que el público cantara casi todo el primer estribillo y, cuando la última nota se extinguió, el martillo de Oscar quedó alzado como símbolo de otra victoria.

La cruzada había terminado, pero el eco seguía resonando en las calles de Barcelona. La lluvia había cesado, y el metal, con su furia, su fuego y su verdad, había conquistado una noche más.

 

 

 

 

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Architects en Copenhague: “La siguiente generación del metal”
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En la primera parada del año 2026 comenzamos de la mejor manera, dándole la bienvenida a tres exponentes del metalcore técnico, representando a jóvenes de entre 20 y 30 años, y algunos más avanzados. Este estilo de música, que combina elementos del nu metal y del metalcore clásico del nuevo milenio, con pistas pregrabadas, breakdowns, voces guturales mezcladas con melodías limpias y guitarras rítmicas donde el solo de guitarra del heavy metal clásico queda relegado, nos permite definir un poco el concepto de esta renovación, creando una atmósfera diseñada para que el público, procedente de distintos géneros musicales, pueda identificarse y acercarse a ver una propuesta diferente dentro del género.

El frío característico de Copenhague contrastaba con lo que sucedía puertas adentro del K.B. Hallen, donde la temperatura había subido inmediatamente. Se podía apreciar la convocatoria de un público expectante, con largas filas para comprar una cerveza en el bar o para acercarse a vislumbrar las camisetas de cada banda.

La primera banda en comenzar fue President, agrupación que, a pesar de no tener un disco completo aún —solo un EP de 6 canciones— y de confirmar presentaciones en importantes festivales, sorprendió con su halo de misterio y sus máscaras, lo que generó inevitablemente la pregunta de cómo habían logrado alcanzar tal exposición cuando muchas otras bandas llevan años intentando despegar. Posiblemente la respuesta esté en su tour manager, quien también los representa en otros proyectos paralelos.

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Con este panorama, ofrecieron un show breve, centrado exclusivamente en las seis canciones de su EP, con abundantes pistas pregrabadas, breakdowns y recursos técnicos propios del género. Las expresiones faciales pasaron completamente desapercibidas: el cantante estaba elegantemente caracterizado de presidente, con la máscara de Ronald Reagan, mientras los otros miembros tenían máscaras negras que les cubrían por completo la cara. Más allá de los constantes intentos del cantante por incentivar al público a corear sus canciones, la respuesta fue escasa y solo hubo algunos tibios aplausos. Tampoco fue posible determinar qué parte del show era música en vivo y cuál pregrabada; sonó todo demasiado estructurado y correcto. Así como comenzó, terminó, sin mucho entusiasmo ni espacio para comentarios o agradecimientos, dejando que la música hablara por sí misma.

La siguiente propuesta fue la cara opuesta: Landmvrks, banda que desde el arranque transmitió una energía poderosa e impactante. Los franceses dejaron en claro desde el primer minuto que su música no pasaría desapercibida. Sus riffs potentes, melodías envolventes y canciones con contenido profundo invitaron a desarrollar una interacción con la banda y a vivir una experiencia placentera. Su actuación de unos 40 minutos fue un torbellino de energía con temas como “Creature”, “A Line in the Dust” y “Lost in a Wave”, desatando el primer gran circle pit de la noche, propuesto por el cantante, quien no paraba de saltar y moverse por todo el escenario. Destacable también fue el acompañamiento en los coros de los dos guitarristas y el bajista, que con impecable precisión y predisposición secundaban constantemente a Florent Salfati en la voz, aportando solidez y potencia.

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Finalmente llegó el turno de Architects, la banda británica fundada en Brighton, que saltó al escenario con energía desbordante desde el comienzo con “Elegy” (material de su nuevo disco The Sky, the Earth, & all Between). Una apertura llena de tensión emocional y técnica impresionante, con su vocalista moviéndose con presencia magnética entre gritos intensos y pasajes melódicos. Las guitarras rítmicas sonaron ajustadas, el bajo se interpretó con maestría y la batería sostuvo el repertorio con ritmos técnicos y solidez impecable. La presencia del tecladista no pasó desapercibida, siendo un elemento versátil y fundamental, variando entre sintetizadores, guitarra de acompañamiento y voces en coros, actuando en los momentos adecuados de cada canción.

La lista continuó con “When We Were Young”, “Black Lungs” y “Curse”. Entre tema y tema, Sam Carter se animó a bromear con el público y se lo notó cómodo en su performance. En un momento pidió abrir el medio campo para hacer el característico circle pit, al que la audiencia respondió gustosa. No pasó mucho tiempo para que comenzaran a llegar oleadas de cuerpos surfeando sobre el público, especialmente durante “Doomsday” y “Black Hole”.

Ya para el final, unas últimas palabras de agradecimiento y la despedida con el clásico “Seeing Red”, donde la audiencia explotó al ritmo frenético del headbanging y la ovación no tardó en llegar con “Animals”, el tema más emblemático y representativo de la banda.

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Stillbirth en Barcelona: “Noche de brutal slamming y deathcore en Sants”
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El barrio de Sants acogía la primera de las cuatro citas pendientes que deparaba Stillbirth, una de las mayores figuras del Brutal Slamming Death Metal del país teutón. La Sala Deskomunal sería el lugar encargado de brindar una noche cargada de brutalidad en la que contaríamos con unos invitados muy especiales; Kanine, que vuelven a nuestro país tras su breve debut en la península en 2024 cargados de rumores por un nuevo álbum y Devorate The Universe; que se encuentran en un estatus parecido a los franceses en términos de lanzamientos pero en este caso siendo la banda local. Probablemente uno de los mayores referentes del Deathcore en España.

Los de Reus abrirían con un set compuesto por tres de sus mejores temas hasta ahora, siendo estos “Immortal Machine”, “Esclavos de la Era Digital” y “Venomous Duality”, a la vez que nos daban un primer sabor de boca con temas de su próximo álbum. Una actuación objetivamente majestuosa donde un par de fallos técnicos fuera del alcance de Iván Soriano (Guitarra) acabaron lastrándola de ser perfecta. Cabe destacar que fue el regreso de Erik Garrigós al escenario de manera completa, ya que en los anteriores conciertos de la banda del Baix Camp había estado sustituido, ya sea parcial o totalmente. El de Torredembarra pisó con más ganas que nunca el escenario haciendo temblar a las 130 personas que se presentaron en la sala aquella noche acompañado de Anton Bilozerov (Bajo) y Oscar Moya (Batería), siendo este la última incorporación a la alineación de la banda.

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Diez minutos de hiato acabaron dando paso por fin al primer plato de la noche, tras un entrante más que gourmet. Naturales de la Alsacia limítrofe con Alemania, los de Estrasburgo volvían al país con su estilo cargado de bassdrops mires donde mires. Los de Alexandre Lorentz y Jason Gerhrard interpretaron los temas que les han hecho crecer exponencialmente estos últimos años como “808”, “Doom Bringer” o “Damaged”. A la espera de un nuevo álbum, ya grabado (confirmado en primicia por la propia banda), la Sala Deskomunal tuvo una brutalidad sísmica con la pesadez presentada por Kanine además de su característico comportamiento after-party hacía de todo esto una receta compuesta por cabezazos, moshpits y sonrisas a lo largo y ancho de la sala.

Por último, el plato principal de la noche. Stillbirth. Los de Lukas Swiaczny (lee nuestra reciente entrevista aquí) pisaban la ciudad condal por primera vez tras encabezar el reputado Move Your Fucking Brain en la localidad cercana de Molins de Rei allá por el 2023, esta vez con un nuevo álbum a sus espaldas lanzado en el último trimestre de 2025; Survival Protocol. Con un Szymon Skiba encargado de las guitarras, Lukas Kaminski al bajo y un Martin Gruppe ansioso por destrozar su batería a base de blastbeats y double-kicks, la banda fué acogida con un especial cariño por parte del público al compás de un setlist mixto. En este tendríamos desde canciones de su último álbum hasta clásicos de álbumes como “Global Error”, “Annihilation of Mankind” o “Revive the Throne”, haciendo homenaje a todo el recorrido reciente de una banda que, desde 1999, ha vivido innumerables cambios pero que a su vez ha conseguido consolidarse como una de las mayores agrupaciones del género a nivel nacional e incluso internacional, siendo estos fuertemente recibidos incluso en países del sureste asiático.

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Legion of the Damned en Madrid: “Resistencia Extrema bajo el Diluvio Madrileño”
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Madrid, 16 de enero de 2026 — Hay noches en las que el metal no es solo música, sino un refugio. El pasado jueves, Madrid se presentó bajo un manto de frío persistente y una lluvia incesante que parecía querer disuadir a cualquiera de salir de casa. Sin embargo, en el corazón del distrito de Tetuán, la Sala Nazca se convirtió en un búnker de sonidos extremos para recibir la visita de los neerlandeses Legion of the Damned, escoltados por una avanzadilla riojana de alto nivel.

A pesar de ser una jornada laborable y de las condiciones meteorológicas adversas, lo que restó en número de asistentes se ganó en fervor. La audiencia, aunque no muy numerosa, estuvo compuesta por ese núcleo duro de seguidores que no entiende de previsiones climáticas, mostrando una entrega absoluta desde el primer acorde.

Los encargados de abrir fuego fueron Ataxia. La banda de La Rioja desplegó un Death Metal de corte clásico pero con pinceladas técnicas que rápidamente caldearon el ambiente. Su estilo se define por una base rítmica demoledora y voces guturales que emanan una rabia orgánica.

A pesar de enfrentarse a una sala que aún estaba terminando de recibir a los más rezagados por la lluvia, Ataxia no escatimó en energía. Su propuesta, directa y sin concesiones, sirvió para establecer el tono de lo que sería una noche de pura agresión sonora, demostrando que el underground nacional tiene una salud de hierro.

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Tras el breve cambio de rigor, fue el turno de Sacra. También procedentes de tierras riojanas, el grupo ofreció un contraste interesante al elevar la apuesta hacia terrenos más sombríos. Su estilo navega con maestría entre el Melodic Death y el Black Metal, creando atmósferas mucho más densas que sus predecesores.

El uso de armonías de guitarra más complejas y una estructura de canciones que alterna la velocidad del blast beat con pasajes más atmosféricos permitió que el público se sumergiera en una experiencia más inmersiva. Sacra demostró una gran presencia escénica, logrando que los presentes olvidaran por completo el frío que reinaba en el exterior de la sala.

Finalmente, el plato fuerte. Legion of the Damned saltó al escenario con la seguridad de quien sabe que es uno de los nombres más consistentes del metal extremo europeo. El cuarteto neerlandés es una institución en la fusión del Thrash y el Death Metal, caracterizados por un sonido que ellos mismos denominan como una “apisonadora”: riffs de guitarra cortantes, una precisión quirúrgica en la batería y la voz rasgada y autoritaria de Maurice Swinkels.

Desde clásicos como “Malevolent Rapture” hasta sus composiciones más recientes, la banda ejecutó un setlist frenético. La conexión con el público madrileño fue instantánea; los seguidores, volcados sobre las primeras filas, respondieron con mosh pits constantes a cada envite de la banda. Fue un recital de fuerza bruta y profesionalidad, donde la calidad del sonido en Nazca permitió apreciar cada detalle de su ataque sónico.

La velada del jueves fue un recordatorio de que la escena extrema no necesita grandes estadios para brillar. La comunión entre Legion of the Damned, Sacra y Ataxia y su fiel audiencia madrileña convirtió una noche desapacible en un evento memorable. Al salir de la sala, la lluvia seguía cayendo, pero el calor de la descarga todavía vibraba en los oídos de los metalheads que presenciaron el asalto.

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Sylvania en Barcelona: “Power Metal contra la oscuridad”
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La Sala Upload se sentía esa noche como el último bastión de una resistencia olvidada, un refugio de paredes frías donde el vacío inicial, denso y casi físico, amenazaba con devorar las ilusiones de los pocos que nos atrevemos a cruzar el umbral. El silencio inicial era un animal acechante, una sombra que vaticinaba un desastre sin precedentes, pero en cuanto Embersland tomó posiciones, el aire dejó de ser oxígeno para convertirse en pura electricidad estática. No estábamos ante una simple banda, sino ante un ecosistema indomable que ha aprendido a florecer en las grietas del asfalto barcelonés; verlos fue como internarse en un bosque ancestral donde las leyes de la física no aplican y donde el Power Metal se hibrida con lo sinfónico de forma natural. El juego de sus tres voces es un viaje esquizofrénico y delicioso: Will ruge desde las entrañas con unos guturales que parecen extraídos de la roca misma para luego ascender a cielos limpios con una facilidad pasmosa, mientras Clara desborda un poderío operístico que corta el aire como una espada de cristal templada en el fuego de mil fraguas. Repasaron su historia como quien hojea un grimorio de hechizos olvidados, centrando el tiro en ese “The Art of Peace” que suena a gloria benedictina y a madurez bien ganada tras años de lucha contra la industria. Temas como “Strike Back”, “Fatal Obsession” o la melancólica “When I Die” no fueron sólo canciones, sino paisajes sonoros de una arquitectura compleja donde el teclado de Xavi ponía los cimientos y las réplicas vocales para que la melodía no se despeñaba por el precipicio. Son una maquinaria que ya no pide permiso para soñar grande, sino que reclama su trono por derecho propio, demostrando una actitud 100% profesional que nos dejó con los ojos brillantes y la mandíbula en el suelo.

Pero entonces, la noche decidió ponerse a prueba y el destino lanzó sus dados más negros cuando llegó el turno de los valencianos Sylvania. Lo que vivimos fue una epopeya digna de los libros de Tolkien; una lucha fratricida contra una técnica caprichosa que intentó hundir el barco en cada acorde, en cada estrofa. La banda, recién llegada de cabalgar por tierras mexicanas y estadounidenses, lejos de amedrentarse ante el infortunio, se ajustó el peto de cuero y sacó el escudo ante cortes de luz que nos dejaron en penumbras absolutas, convirtiendo la sala en una cueva hostil donde sólo brillaba el acero de las cuerdas. “Purgatorium” y “El Río de los Lamentos” no fueron simplemente interpretadas, fueron defendidas a capa y espada como declaraciones de guerra contra la mala suerte, con la banda capeando un temporal de calamidades que habría quebrado el espíritu de cualquier músico de cristal. Alberto Tramoyeres, el corazón palpitante y motor de esta bestia, actuó como una brújula infalible que no perdió el norte ni cuando la oscuridad total se adueñó del escenario, demostrando por qué es el líder natural de esta formación. A su lado, un colosal Alberto Symon, cuya voz es un cañón diseñado para honrar la lengua de Cervantes, elevaba “Finis Templarii” a una categoría casi mística, proyectando un carisma que llenaba cada rincón de la sala a pesar de las sombras.

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En medio de este vendaval de adversidades técnicas y apagones premonitorios, hubo un momento que rompió la coraza de hierro del concierto y nos recordó por qué el metal es una religión universal: la banda detuvo el tiempo para rendir un tributo cargado de humanidad y gratitud, dedicando unas palabras de fuego a los fans costarricenses que cruzaron medio mundo, desde el corazón de Centroamérica, solo para ser testigos de este ritual en la Ciudad Condal. Ese puente invisible tendido sobre el océano hizo que el cansancio, la baja de los teloneros y los fallos técnicos desaparecieran de un plumazo, recordándonos que esta música no entiende de distancias kilométricas. En el epicentro del caos, Sergio Pinar desató una invocación desde la batería; no fue un solo de cinco minutos, fue un trueno rítmico, un castigo divino a los parches y al doble bombo que despertó a los dioses antiguos y nos fundió a todos en un solo rugido de percusión y gargantas, con Sergio dirigiendo a la hueste de fieles con sus baquetas como si fueran cetros reales.

A pesar de los latigazos del destino, gemas como “La Princesa Prometida”, con Tramoyeres volando sobre el mástil, y “Hechizo de Invierno” brillaron con la luz propia de quienes saben que el metal es, ante todo, resistencia y hermandad. Tramoyeres, en un acto de honestidad brutal, se deshizo en disculpas por los problemas de la noche, confesando su amor por Barcelona, su segunda casa, mientras la base rítmica de Álvaro Chillarón al bajo mantenía el pulso de un concierto que se negaba a morir. El final fue un incendio emocional descontrolado: las melodías sinfónicas de “Tu Calor será mi Luz” y la emblemática y épica “Vivo en tu Memoria” cerraron una velada donde la fe del Power Metal venció al lado oscuro de los cables, los generadores y los fusibles. Sylvania no dio un concierto; sobrevivió a una batalla de desgaste contra los elementos y nos regaló las cicatrices más hermosas en forma de melodía, dejándonos claro que, aunque el escenario se apague y el mundo se desmorone, siempre habrá una guitarra dispuesta a rugir entre las ruinas y una comunidad dispuesta a corear hasta el último aliento.

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Jade en Barcelona: “Cuando el tiempo se pliega”
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Viví la apertura del Triumviratum como un acto fundacional: Bóveda del Sol fue la pieza angular que inauguró el ritual sonoro concebido junto a JADE y Moonloop, aprovechando la mística de un eclipse lunar para convertir el Poble Espanyol en un auténtico epicentro de gravedad sideral.

Desde el primer impacto, la formación barcelonesa desplegó un bloque monolítico de space doom que funcionó como un portal de desmaterialización, arrancando con la asfixiante elegancia de “Event Horizon” y expandiéndose hacia las texturas cósmicas de “Traveler Between Worlds”.

Con una presencia escénica robusta y un sonido de baja frecuencia que vibraba físicamente en el cuerpo, ejecutaron piezas como “Orbitual” y “Collective Unconsciousness” sin conceder un solo respiro al silencio, logrando una inmersión total en el vacío astral. Aquel inicio no solo fijó una atmósfera densa y onírica, sino que actuó como el prefacio perfecto de una alquimia épica, culminada con la rotundidad de “Terra Firma”, dejando la sala sumida en un trance absoluto antes de ceder el testigo.

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La atmósfera mutó entonces desde la densidad mineral hacia una expansión oceánica y vibrante con la entrada de Moonloop, como si las paredes se disolvieran para revelar un arrecife de coral bajo un cielo eléctrico. No era una noche cualquiera: celebrábamos veinticinco años de una travesía inquebrantable que ha convertido a la banda en un faro de integridad dentro del metal progresivo.

Con “Zeal” comprendí que no estaba ante un grupo convencional, sino ante un organismo vivo, madurado por décadas de exploración sonora, donde técnica y emoción respiraban al unísono. El regreso tras años de cambios se reflejaba en el rostro de Eric Baulé: la urgencia del fuego contenido y, a la vez, la serenidad de quien ha observado el paso de las estaciones desde el puente de mando.

La música fluyó como una corriente cristalina y feroz; en “Mask”, riffs afilados como obsidiana convivieron con pasajes atmosféricos donde el espíritu de Cynic y Opeth parecía danzar en un rito de purificación. Cada golpe de Raúl Payán fue geometría sagrada en movimiento, mientras Marc Contel y Alexander Nuñez se integraban como raíces que por fin encuentran su tierra.

Con “Arrival” y “Medusa”, la experiencia se volvió casi táctil: la voz de Eric transitó del rugido gutural a la claridad melódica con la naturalidad de quien respira bajo el agua, recordándonos nuestra fragilidad ante una naturaleza madre y verdugo. “New Dark Reality” funcionó como espejo de un presente incierto, y “Megalodon” cayó sobre la sala como una fuerza tectónica, prehistórica e inevitable.

Cuando el peso del abismo parecía definitivo, “Cosmic Matter” nos elevó de nuevo hacia las estrellas, sellando la noche como una espiral orgánica y pura que celebró veinticinco años de coherencia artística.

Bajo la cúpula de la Sala Upload, el tiempo dejó entonces de ser lineal con la entrada de JADE, transformándose en una densidad mineral, en un estrato geológico que se plegaba sobre nosotros. No asistí a una mera ejecución de temas, sino a la exhumación de un monumento: The Stars Shelter fue el cierre de los párpados antes de un sueño febril, una niebla antigua cargada de turba y vacío estelar.

Con “Light’s Blood”, la sala pareció hundirse bajo tierra y la voz de Fiar emergió como un fenómeno atmosférico, oscilando entre la claridad helada y el rugido tectónico. En “Shores of Otherness”, el death metal clásico se funde con un doom introspectivo, recordándome que el jade es frío al tacto, pero guarda un fuego espiritual en su núcleo.

A partir de “Cascade”, el sonido se volvió una marea negra que nos arrastró hacia “Dragged Fears & Drowned Bones”, donde los riffs pesaban como lápidas y la batería resonaba como el martillo de un enterrador. “Ghastly Eyes” y “Darkness in Movement” confirmaron que la propuesta de JADE trasciende la fuerza bruta para explorar estados liminales, reforzados por unas proyecciones visuales que sellaron el pacto ceremonial.

El tramo final descendió hacia lo onírico y lo sagrado: “A Flowery Dream” reveló una belleza macabra y sofisticada, mientras “The Hidden Crypt” actuó como la losa definitiva que clausura el sepulcro. No fue solo un concierto, sino una liturgia completa; salir a la superficie tras semejante experiencia fue como despertar de un entierro ritual, con el espíritu renovado y los oídos aún vibrando con el eco de la piedra.

 

 

 

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Ellende en Copenhague: “Atmósferas que ahogan y emocionan”
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El 2026 inició de buena manera para lo que al Black Metal se refiere, ya que una de las bandas más interesantes y resonantes del under editó su esperado nuevo álbum el 2 de enero. Me refiero a los austriacos Ellende y a su nuevo trabajo Zerfall, en el cual siguen apostando por crear atmósferas oscuras y melancólicas, que son las verdaderas protagonistas de su música.

Como podemos deducir, no esperaron a que el año avanzara para empezar a trabajar, por lo que el lanzamiento fue acompañado por una gira de presentación. Esta gira los trajo al underground Spillested Stengade, en el corazón de la capital danesa, Copenhague.

El primer acto de apertura fue Firtan, grupo alemán de Black Metal pagano. La particularidad del grupo es que cuentan con una violinista entre sus filas, quien, dicho sea de paso, colaboró en el disco de los headliners. El concierto gozó de un sonido compacto y comprimido. Parecía como si los instrumentos no terminaran de explotar o de dar todo su potencial. Aclaro que esto era una cuestión de apreciación sonora y no estaba relacionado con la ejecución.

Los músicos contaban con muy poco espacio para moverse, por lo que se limitaron a interpretar las canciones, quietos en su lugar. Esto, si bien es entendible, hizo que la presentación resultara algo redundante. El final del concierto fue lo más llamativo, ya que uno de los guitarristas tomó un violín y finalizaron el show con un dúo de violines.

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Llegó el turno de Karg, también austriacos. En sus filas cuentan con el vocalista de Harakiri for the Sky en voces y bajo, y con el baterista de Ellende. La propuesta se centra en un post black potente y directo. Su particularidad es la inclusión de tres guitarras. Yo no soy simpatizante de esta formación, ya que muchas veces la tercera guitarra sobra. Si bien sentí que esto sucedió en algunos momentos con la guitarra rítmica, en otros se pudo entender bien su función de acompañar al bajo en las bases. Las otras dos guitarras se iban intercambiando punteos etéreos y sonidos más emocionales, que mostraban el costado post hardcore del grupo.

La batería iba llevando un tempo rápido y firme, mientras que, con arreglos en los toms y los platillos, agregaba color a las canciones. La voz principal y los coros sonaron fuertes, claros y contundentes. Aunque, a mi gusto, a la voz principal le faltó un poco de fuerza. Sonaba como si la garganta estuviera cansada.

Con una presentación redonda y convincente, que solo contó con un problema con el bajo hacia el final, Karg demostró que es un proyecto que se sostiene por sí mismo y no por ser la banda de miembros de otro grupo más popular.

Faltando diez minutos para la hora pactada, las luces se apagaron y la intro de la canción que da nombre al álbum comenzó a sonar. Esta musicalizó la entrada de los músicos, quienes se encontraron con el lugar a medio llenar. Esto se debió al comienzo temprano del show, ya que gran parte de la audiencia se encontraba en otro sector del local esperando la hora indicada. Ya al final de la primera canción, la mayoría del público se encontraba disfrutando del espectáculo.

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El concierto comenzó con un desperfecto en la guitarra rítmica, que fue reparado al instante, por lo que no opacó la presentación. El sonido fue muy claro y nítido, pero, por sobre todo, grande. Cada instrumento tenía el espacio suficiente para desarrollarse y escucharse con total claridad: desde el bajo, con un sonido grave y denso de fondo, hasta la guitarra rítmica, que iba llevando el ritmo lento y atmosférico de las canciones.

La guitarra líder fue la gran protagonista, contrastando riffs con trémolo rápidos, sonidos fantasmales y unos solos espectaculares que dejaron a toda la audiencia boquiabierta. La batería sonó potente y muy fuerte, y tener a un baterista tan bueno y particular es casi un pecado si se lo deja atrás en la mezcla. Su singularidad radica en que toca con dos rides y suele hacer juegos entre ambos, en lugar de hacerlo sobre uno solo con las dos manos.

La voz aguda se escuchó muy clara y al frente, pero no fue la protagonista de la noche. Solo aparecía cuando tenía algo que aportar; de lo contrario, los instrumentos iban solos, llevando de viaje al oyente. El setlist hizo foco en su flamante LP, pero también dio lugar a viejos clásicos como “Ballade auf den Tod” y la encargada de cerrar la noche, “Abschied”.

Si bien el show fue corto y apenas duró una hora, fue contundente y dejó conformes a las numerosas personas que acudieron al evento. Ellende supo llevar al vivo la atmósfera y el clima que buscan generar con la escucha del álbum, y eso es una tarea muy difícil de lograr en un género tan melancólico y abrasivo.

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Three Days Grace en Glasgow: vuelta a lo grande con la gira de Alienation
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Las leyendas del rock canadiense Three Days Grace regresaron a Glasgow por primera vez en tres años como parte de la gira de su nuevo álbum Alienation. Con el apoyo de la banda californiana de punk rock Badflower, ambas formaciones ofrecieron un concierto para el recuerdo.

Los encargados de abrir la noche fueron Badflower. Con un sonido que parecía mezclar metal, hard rock, punk y emo, la energía que el cuarteto llevó al escenario fue un arranque perfecto para el show. Su set comenzó con “Drop Dead”, tema incluido en su EP de 2016 Temper. Esta canción directa, combativa y cargada de energía funcionó muy bien como apertura, aunque la mezcla del O2 Academy no le hizo demasiados favores, ya que partes de la banda, como el bajo y las guitarras, sonaban algo apagadas. Afortunadamente, esto mejoró con el siguiente tema, “Number 1”, que sonó bastante más definido.

Como suele ocurrir con muchas bandas teloneras, la respuesta del público puede ser irregular, ya que muchos reservan energías para el cabeza de cartel. Sin embargo, Badflower tuvo la suerte de encontrarse con un público de Glasgow especialmente abierto y acogedor, con la gente aplaudiendo y moviendo la cabeza casi desde el primer momento. Esto se vio reforzado por las constantes interacciones del vocalista Josh Katz tanto con el público de la grada como con el de pista, bromeando con alguien del balcón preguntándole si había pagado entrada extra, o respondiendo a un grito de “¡PENIS!” desde el foso con un irónico “No penes durante la próxima canción, por favor”.

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El momento más destacado de su actuación llegó durante “Stalker”, cuando Katz no solo se lanzó a hacer crowd surfing —al principio de forma algo inestable, pero bastante efectiva—, sino que después se movió por distintas zonas del público de pista mientras seguía tocando. En un momento incluso pareció intentar subir hasta el balcón, aunque aparentemente surgieron algunos problemas con el micrófono. Lejos de ser un inconveniente, esto dio pie a que el batería Antony Sonetti se marcara un impresionante solo de batería de tres minutos, sin interrupciones y cargado de energía. Hubo instantes en los que uno se daba cuenta de que seguía tocando y resultaba genuinamente asombroso lo mucho que consiguió alargarlo.

Katz regresó al escenario para interpretar algunos temas más calmados y cercanos a la balada, como “Heroin” y “Ghost”. Su rango vocal fue realmente destacable, pasando sin esfuerzo del canto suave y limpio a registros más agresivos y punk, e incluso a unos gritos sorprendentemente bien ejecutados. Como teloneros de una de las bandas de hard rock más conocidas del mundo, Badflower tenían el listón muy alto. Aunque al principio parecían algo nerviosos, esos nervios desaparecieron por completo al final del set. Sería muy interesante verlos interactuar con el público como cabeza de cartel, ya que su conexión con la audiencia promete ser especialmente disfrutable.

Las luces del recinto se atenuaron y comenzaron los ya clásicos cánticos de “Here We Fucking Go”. Casi como si estuviera guionizado, las pantallas del escenario mostraron exactamente esas palabras. El público rugió de emoción cuando los miembros de la banda salieron al escenario, acompañados por el vocalista original Adam Gontier, quien recientemente ha regresado al grupo tras haberlo dejado en 2013 por motivos de salud mental. Ahora comparte las voces principales junto a su sustituto de entonces, Matt Walst.

Esta gira marca el lanzamiento de su nuevo álbum Alienation, y el regreso de Gontier ha generado una gran expectación en torno al disco. El concierto arrancó con “Dominate”, tema de apertura de este nuevo trabajo. De forma casi poética, el estribillo incluye el característico “Here We Fucking Go” de Escocia como un canto de fondo con aire de himno. Poco después, Walst y Gontier explicaron que esa parte de la canción está directamente inspirada en sus actuaciones en Glasgow y en escuchar ese cántico del público.

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Manteniendo al público completamente encendido, la banda enlazó directamente con el icónico “Animal I Have Become”, que para muchos —incluyéndome— fue el primer contacto con Three Days Grace. El riff de bajo inicial retumbó por toda la sala y fue recibido con una enorme ovación. Los riffs de guitarra contundentes y el bajo que hacía vibrar el pecho fueron uno de los grandes puntos altos de la noche, mientras todo el público cantaba, movía la cabeza y se dejaba llevar por el groove.

El setlist fue sencillamente excelente. A pesar de tratarse de una gira centrada en el nuevo álbum, el equilibrio entre canciones recientes como “Dominate” y “Mayday” y clásicos de toda su discografía, como “I Hate Everything About You” o la favorita de los fans “Painkiller”, fue perfecto. El público también elevó aún más la actuación, con prácticamente toda la sala cantando tanto los temas más conocidos como los nuevos. Quedó claro que incluso cuando Gontier no formaba parte de la banda, la chispa que hace tan icónicos a Three Days Grace nunca se perdió, lo que da aún más mérito al resto de músicos: el bajista Brad Walst, hermano de Matt Walst; el guitarrista Barry Stock; y el batería Neil Sanderson.

Los cinco miembros se muestran sobre el escenario con una energía vibrante y contagiosa, llena de diversión y buen rollo, que hacía imposible no sonreír cuando sonaban temas como “Animal I Have Become” o “Riot” y todo a tu alrededor era saltos, pogos, crowd surfing, coros y gente simplemente disfrutando. No hay nada peor que un concierto que, aun siendo correcto, no resulta divertido, ya sea por un público apagado, un setlist mediocre o una banda sin chispa. Three Days Grace no tuvo nada de eso. A pesar de haber girado de forma constante incluso sin Gontier, este concierto se sintió como un auténtico regreso a la forma, como si la banda hubiese estado parada durante mucho tiempo.

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Una sorpresa muy bienvenida en la segunda mitad del show fueron los temas más calmados y cercanos a la balada, que demostraron el amplio rango del grupo. En un cambio de tono notable, Gontier salió solo al escenario para interpretar una versión sencillamente excelente de “Creep” de Radiohead. Y, como había ocurrido durante toda la noche, el público cantó cada palabra, llegando incluso a tapar la voz de Gontier en algunos momentos.

Cerrar con “Riot” fue el clímax perfecto para una actuación realmente fantástica. El pogo se abrió en cuestión de segundos y todo el foso saltaba como una masa de camisetas negras y cabezas ya completamente empapadas de sudor. Está claro que Three Days Grace todavía tiene muchísimo que ofrecer a sus fans, y queda esperar que cumplan su promesa de volver a Glasgow todos los años a partir de ahora.

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Asspera en Buenos Aires: “Un fin de año rozando lo Asspero”
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Foto de Portada: Damian Muñoz

En el marco de una ola de calor agobiante que envuelve a la Ciudad de Buenos Aires, el sábado 27 de diciembre las huestes assperianas se hicieron presentes en Groove para despedir el año de la mano de las melodías de Asspera.

La apertura de la velada, casi con una puntualidad no propia de la argentinidad a lo largo de toda la noche, estuvo a cargo de ZORRA, mostrando a los presentes una gran Z a la mitad delantera del escenario desde donde partían cintas de seguridad que iban desde ella hasta los micrófonos ubicados en los extremos del escenario.

La banda, con una impronta similar al acto principal de la noche —lo que no podía ser de otra manera al tener entre sus filas al propio cantante de la “A”—, presentó su propuesta durante aproximadamente 40 minutos contando con un público participativo desde el primer momento, lo que permitía presumir cómo se desarrollaría la noche debajo del escenario con el devenir de los minutos.

A esa altura, el lugar se iba poblando lenta, pero incesantemente, con un claro predominio de remeras de los Asspera.

Alrededor de las 20:17, los cuatro integrantes de DARLOTODO subieron al escenario para desplegar su propuesta de nu metal (lo que quedaría claro con la versión de “Falling Away From Me” de Korn). La banda presentó temas de su última producción, “Crisálida”, que vio la luz en octubre de este año. Haciéndole honor al nombre de la banda, la energía desplegada sobre el escenario hizo subir unos cuantos grados la temperatura del recinto, mereciendo destacarse la labor del bajista y del baterista (quien le pegó con un caño de principio a fin). Interesante y recomendable propuesta para los cultores del género.

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A las 21:15 llegó el turno del plato principal. Ante un local prácticamente colmado de su gente, los muchachos de Asspera saltaron sobre las tablas al son de “Viaje al centro de la verga” para dar comienzo a la despedida del año. Casi sin solución de continuidad, uno tras otro, sonaron “Cagón”, “Vecinos de mierda” y “El barrio proveerá”, dando pie a un pogo alegremente descontrolado que se extendió por los cuatro puntos de Groove.

Para dejar en claro su calificativo de metal bizarro, y ese aire entre irónico y cómico, la banda continuó con “La puntita”, con la participación de un gran pene de cartón; “Tarifazo”, con facturas de servicios públicos de montos exorbitantes y correspondientes a empresas con nombres adecuados a la época; “Gorda puerca”, con la incorporación de una rubia vestida para la ocasión; y “Me cago”, donde los protagonistas fueron los rollos de papel higiénico que volaban por el escenario y desde este al público.

Tras esta seguidilla, pudimos escuchar “Berrinche y cuenta nueva”, “El rey celular” (tema de su último álbum y con un celular personificado sobre el escenario) y “Gambeta”, para dar lugar a uno de los momentos de mayor descontrol de la noche: “Marolio”, versión del famoso jingle de la publicidad argentina que dio pie a un pogo que hizo temblar las paredes del recinto.

La noche siguió al compás de “Rotopercutor”, “El Cazita”, “Sin garantía”, “Reverendo HDP” (donde se hizo cargo de las voces 3.14J para darle un aire punk), “Partiendo cabezas” y “La poneta” (con una intro donde sonaron melodías de “Blind” de Korn). Para hacerle honor al título del tema, durante la ejecución de “Sin garantía”, Rockardo Asspero tuvo un tropezón que lo hizo caer sobre sus propias guitarras sin pasar a mayores.

El final del año musical assperiano estuvo a cargo de la consagrada “Hijo de puta” y la versión del tema de Vilma Palma e Vampiros “La pachanga”, donde el Asspero gigante subió para danzar al ritmo de sus acordes, aun a riesgo de un tropezón que no tuvo lugar por suerte para su integridad. El último tema de la noche fue el emotivo “Pogo al corazón”, donde Rockardo bajaría del escenario para tocar junto a los más cercanos a la valla y poner fin al 2025 de la banda.

Los Asspera dejaron el anuncio de que el 6 del 6 del 2026 estarán celebrando el vigésimo aniversario de su disco debut en el Teatro Flores.

Esperemos que lo que el “2026 provea” para todos sea prosperidad y metal.

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Dirkschneider en Copenhague: “Honrando el acero”
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Es muy normal en estos tiempos que los músicos que participaron en discos clásicos realicen giras aniversario, aun cuando ya no formen parte de la banda en cuestión. Esto se debe en gran parte a la nostalgia y a la realidad de que las leyendas que dieron forma a los géneros se están retirando, lo que convierte a estas giras en propuestas muy rentables desde lo económico.

Tal es el caso de Udo Dirkschneider, clásico vocalista de Accept, cuyo presente consiste en salir de gira interpretando viejos clásicos. De hecho, la gira por los 40 años de Balls to the Wall, disco clásico del heavy metal, ya lleva tres años de duración. Esta fue precisamente la gira que presenciamos en el hermoso Amager Bio, en la capital danesa, Copenhague.

Los invitados especiales de la noche fueron los belgas de Evil Invaders, una elección excelente, ya que se trata de una banda que lleva como estandarte los valores del metal clásico, y lo hace con mucho orgullo. Desde sus atuendos de cuero, cargados de tachas y muñequeras, hasta sus cabellos largos con cortes bien ochenteros. Su sonido está anclado a principios de los años ochenta, claramente en la vena de Venom o el primer Slayer: un thrash metal muy rápido y desprolijo, pero con claras notas de rock and roll.

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Su presentación, de apenas 40 minutos, demostró que tienen todo para llegar a la cima del género. El sonido permitía escuchar a la perfección todos los instrumentos, a pesar de la suciedad de las distorsiones. La batería era una verdadera aplanadora, bien al frente en la mezcla, imposible de ignorar y obligando a mover la cabeza. Las guitarras, sucias y punzantes, iban pasando de riffs arrasadores a solos rápidos e intrincados. Gracias a estos factores, sumados a un carisma y energía arrolladores, se metieron al público en el bolsillo, que respondió a la perfección a cada pedido de gritos y agite de puños. Un excelente show de apertura para una noche que prometía ser memorable.

Luego de la intro con la icónica canción de Iron Maiden, “The Number of the Beast”, la banda salió a escena. El arranque fue demoledor con “Fast as a Shark” y “Living for Tonight”. La energía ya estaba por los aires y se mantendría así durante todo el concierto.

Los músicos recorrían el escenario sin descanso y aprovechaban cada momento para jugar con el público, siempre con algún gesto pensado para generar una respuesta enérgica por parte de la audiencia. Un recurso muy utilizado fue el de extender ciertos pasajes de las canciones para que la gente cante o acompañe con palmas. Claros ejemplos de esto fueron el himno “Metal Heart” y la festejada “Princess of the Dawn”.

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Uno de los momentos más especiales de la noche fue la balada “Breaking Up Again”, donde el histórico bajista de Accept, Peter Baltes, tomó el micrófono y la interpretó, emocionando a todos los presentes y dándole un merecido descanso a Udo.

Una broma recurrente durante el show giró en torno a la edad de los dos ex Accept: el bajista con 67 años y el vocalista con 73. Ambos, en un estado impecable, interpretaron las canciones como si tuvieran veinte años menos.

La lista fue una verdadera catarata de clásicos, especialmente cuando llegó el turno de tocar Balls to the Wall de forma completa. El público deliró con cada una de esas canciones, y la energía y el entusiasmo no bajaron en ningún momento del set.

El sonido fue maravilloso de principio a fin. La batería sonaba potente y contundente, sin tapar al resto de los instrumentos. Las guitarras, súper afiladas y poderosas, invitaban constantemente a mover la cabeza al ritmo de los riffs. La voz, bien al frente, se escuchaba perfecta. Un sonido claro, nítido y espectacular.

El final con “Burning” dejó a la gente feliz y encantada, clamando el nombre del vocalista y aplaudiendo durante largos minutos. Un cierre excelente para un show maravilloso.

Si bien el presente discográfico de Udo no da mucho que hablar, demostró que todavía tiene fuerza y energía para honrar su carrera. No está rascando la olla, como se dice vulgarmente, sino honrando su pasado y, lamentablemente, despidiéndose al darle al público exactamente lo que quiere recibir: sus clásicos.

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Hammerfall en Barcelona: “Bajo la lluvia y el martillo”
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Aún con la lluvia empapando las calles de Barcelona y el murmullo expectante llenando el Razzmatazz, Tailgunner apareció como el primer relámpago de la noche. No venían a pasar desapercibidos ni a cumplir el trámite del telonero: venían a abrir una brecha. Desde el primer acorde quedó claro que su heavy metal no entiende de medias tintas, sino de impacto directo.

El arranque con “Midnight Blitz” fue como un motor encendiéndose a máxima potencia. Sentí cómo la sala empezaba a transformarse, cómo los cuerpos aún fríos por la lluvia exterior comenzaban a calentarse a base de riffs afilados y un ritmo constante. Craig Cairns, al frente, cantaba con convicción, con una voz firme que no busca adornos, sino transmitir urgencia y verdad.

Las guitarras construían un muro de sonido sólido y agresivo. La sustitución temporal de Rhea Thompson por Jara Solís no se percibió como una carencia, sino como una adaptación natural: Jara se movía con seguridad, aportando fuerza y precisión, encajando sin fisuras en el engranaje junto a Zach Salvini, que descargaba solos con carácter clásico y pulso moderno. Todo estaba bien medido, bien ejecutado, sin perder crudeza.

Con “White Death” y “Shadows of War”, la banda terminó de conquistar a un público que ya empezaba a responder con cabezas agitándose y puños en alto. El bajo de Thomas “Bones” Hewson retumbaba como una columna vertebral inquebrantable, mientras Eddie Mariotti sostenía el conjunto desde la batería con una pegada constante, sin excesos, pero sin concesiones.

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El momento más atmosférico llegó con “Tears in Rain”, donde la intensidad se volvió más emocional sin perder peso. Fue un breve respiro dentro de la ofensiva, un instante para tomar aire antes de volver a cargar. Esa capacidad para alternar dureza y épica mostró a una banda que no solo dispara, sino que también sabe cuándo apuntar.

La recta final, con “Barren Lands & Seas of Red”, devolvió la contundencia al primer plano y dejó claro que Tailgunner mira al futuro con ambición. Su próximo disco, Midnight Blitz, producido por K. K. Downing, se intuía ya en cada nota: heavy metal clásico en espíritu, pero ejecutado con hambre y plenamente anclado en el presente.

El falso adiós dio paso a un encore inevitable. “Eulogy” sonó casi como un juramento compartido entre banda y público, y “Guns for Hire” cerró el set con la sensación de que el trabajo estaba hecho. No solo habían calentado la sala: la habían preparado para la guerra.

Cuando abandonaron el escenario, el Razzmatazz ya no era el mismo. Tailgunner había dejado el terreno ardiendo, listo para que HammerFall descargara su cruzada. Y tuve claro que aquella noche no empezó con los suecos, sino con el rugido firme y honesto de una banda que entiende el heavy metal como se debe: sin excusas y de frente.

El Freedom World Crusade Tour 2026 hacía su primera parada en España, y los suecos de HammerFall no iban a defraudarnos. Su álbum Avenge the Fallen había llegado y, con él, una nueva etapa de conquistas y victorias. Bajo el mando de Oscar Dronjak y Joacim Cans, la banda había regresado al campo de batalla con una energía de esas que marcan épocas. No era solo un concierto: era una cruzada.

La intro de Avenge the Fallen llenó el aire con la electricidad que precede a las tormentas, y el martillo de Oscar Dronjak en forma de guitarra resonó como un trueno que cortaba la atmósfera. El público sabía lo que se venía. Y como si el cielo quisiera rendirse ante semejante imparable, la lluvia arreciaba fuera. Pero el martillo había caído: la guerra del metal había comenzado.

Joacim Cans irrumpió en el escenario con esa vitalidad que pocos vocalistas logran conservar con los años. Cada palabra suya resonaba como una orden, como una invitación a la batalla. «¡Bienvenidos a la cruzada!», declaró, y la sala explotó. El riff galopante de “Heeding the Call” nos lanzó a todos al abismo de la locura. La batería de David Wallin latía como un corazón impío, golpeando con furia, y las primeras olas de energía recorrieron el Razzmatazz entre puños alzados.

La fiesta de los himnos estaba en su punto álgido. “Any Means Necessary” sonó como una declaración de principios, un canto de unidad metalera. Como una marea humana, los fans, divididos por el propio Joacim, coreaban el estribillo con tal fuerza que el techo parecía a punto de estallar. En ese instante, público y banda compartían una única alma: el poder del metal hecho carne.

Un instante después, “Hammer of Dawn” iluminó la sala. En esa tormenta eléctrica, Pontus Norgren deslizó los dedos por la guitarra como si el propio destino le dictara los acordes. Su solo, técnico y emotivo, parecía cruzar el tiempo y demostrar que el metal, cuando se ejecuta con maestría, puede volar más allá de la gravedad.

La noche, aunque cargada de furia, también dejó espacio para la nostalgia. “Renegade” irrumpió como un eco lejano de los años noventa, recordándonos que los martillos existían mucho antes de las nuevas victorias. Allí, en medio del rugido, Oscar Dronjak bromeó sobre los inicios de la banda, lanzando un guiño cómplice a un pasado glorioso.

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“Chapter V: The Medley” fue el momento en el que pasado y presente se fundieron en un solo golpe, una tormenta sin pausa que repasó las leyendas de “Threshold” y “Crimson Thunder”. Un tributo a los templos del metal que HammerFall ayudó a edificar y que, por unos minutos, pareció cobrar vida propia.

Luego llegó la power ballad “Glory to the Brave”, y el ambiente se transformó por completo. Las luces se apagaron y la emoción se volvió palpable. Joacim, con una claridad vocal que erizaba la piel, nos condujo por una ceremonia solemne en la que los móviles brillaban como pequeñas antorchas. Era como si la canción convocará a los héroes que ya no están, a quienes forjaron este reino de acero.

El final se acercaba, y aunque la tormenta seguía rugiendo en el exterior, el calor dentro de la sala se multiplicaba. En la recta final, “(We Make) Sweden Rock” fue el homenaje a las raíces, un himno coreado como un juramento colectivo. La retirada momentánea solo anunciaba más martillos, más victorias.

El regreso para el encore fue un golpe de fuego. “Hail to the King” sonó con una grandiosidad épica, transformando el recinto en una fortaleza, y “Hearts on Fire”, la llama eterna del metal, cerró la noche. Joacim dejó que el público cantara casi todo el primer estribillo y, cuando la última nota se extinguió, el martillo de Oscar quedó alzado como símbolo de otra victoria.

La cruzada había terminado, pero el eco seguía resonando en las calles de Barcelona. La lluvia había cesado, y el metal, con su furia, su fuego y su verdad, había conquistado una noche más.

 

 

 

 

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Architects en Copenhague: “La siguiente generación del metal”
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En la primera parada del año 2026 comenzamos de la mejor manera, dándole la bienvenida a tres exponentes del metalcore técnico, representando a jóvenes de entre 20 y 30 años, y algunos más avanzados. Este estilo de música, que combina elementos del nu metal y del metalcore clásico del nuevo milenio, con pistas pregrabadas, breakdowns, voces guturales mezcladas con melodías limpias y guitarras rítmicas donde el solo de guitarra del heavy metal clásico queda relegado, nos permite definir un poco el concepto de esta renovación, creando una atmósfera diseñada para que el público, procedente de distintos géneros musicales, pueda identificarse y acercarse a ver una propuesta diferente dentro del género.

El frío característico de Copenhague contrastaba con lo que sucedía puertas adentro del K.B. Hallen, donde la temperatura había subido inmediatamente. Se podía apreciar la convocatoria de un público expectante, con largas filas para comprar una cerveza en el bar o para acercarse a vislumbrar las camisetas de cada banda.

La primera banda en comenzar fue President, agrupación que, a pesar de no tener un disco completo aún —solo un EP de 6 canciones— y de confirmar presentaciones en importantes festivales, sorprendió con su halo de misterio y sus máscaras, lo que generó inevitablemente la pregunta de cómo habían logrado alcanzar tal exposición cuando muchas otras bandas llevan años intentando despegar. Posiblemente la respuesta esté en su tour manager, quien también los representa en otros proyectos paralelos.

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Con este panorama, ofrecieron un show breve, centrado exclusivamente en las seis canciones de su EP, con abundantes pistas pregrabadas, breakdowns y recursos técnicos propios del género. Las expresiones faciales pasaron completamente desapercibidas: el cantante estaba elegantemente caracterizado de presidente, con la máscara de Ronald Reagan, mientras los otros miembros tenían máscaras negras que les cubrían por completo la cara. Más allá de los constantes intentos del cantante por incentivar al público a corear sus canciones, la respuesta fue escasa y solo hubo algunos tibios aplausos. Tampoco fue posible determinar qué parte del show era música en vivo y cuál pregrabada; sonó todo demasiado estructurado y correcto. Así como comenzó, terminó, sin mucho entusiasmo ni espacio para comentarios o agradecimientos, dejando que la música hablara por sí misma.

La siguiente propuesta fue la cara opuesta: Landmvrks, banda que desde el arranque transmitió una energía poderosa e impactante. Los franceses dejaron en claro desde el primer minuto que su música no pasaría desapercibida. Sus riffs potentes, melodías envolventes y canciones con contenido profundo invitaron a desarrollar una interacción con la banda y a vivir una experiencia placentera. Su actuación de unos 40 minutos fue un torbellino de energía con temas como “Creature”, “A Line in the Dust” y “Lost in a Wave”, desatando el primer gran circle pit de la noche, propuesto por el cantante, quien no paraba de saltar y moverse por todo el escenario. Destacable también fue el acompañamiento en los coros de los dos guitarristas y el bajista, que con impecable precisión y predisposición secundaban constantemente a Florent Salfati en la voz, aportando solidez y potencia.

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Finalmente llegó el turno de Architects, la banda británica fundada en Brighton, que saltó al escenario con energía desbordante desde el comienzo con “Elegy” (material de su nuevo disco The Sky, the Earth, & all Between). Una apertura llena de tensión emocional y técnica impresionante, con su vocalista moviéndose con presencia magnética entre gritos intensos y pasajes melódicos. Las guitarras rítmicas sonaron ajustadas, el bajo se interpretó con maestría y la batería sostuvo el repertorio con ritmos técnicos y solidez impecable. La presencia del tecladista no pasó desapercibida, siendo un elemento versátil y fundamental, variando entre sintetizadores, guitarra de acompañamiento y voces en coros, actuando en los momentos adecuados de cada canción.

La lista continuó con “When We Were Young”, “Black Lungs” y “Curse”. Entre tema y tema, Sam Carter se animó a bromear con el público y se lo notó cómodo en su performance. En un momento pidió abrir el medio campo para hacer el característico circle pit, al que la audiencia respondió gustosa. No pasó mucho tiempo para que comenzaran a llegar oleadas de cuerpos surfeando sobre el público, especialmente durante “Doomsday” y “Black Hole”.

Ya para el final, unas últimas palabras de agradecimiento y la despedida con el clásico “Seeing Red”, donde la audiencia explotó al ritmo frenético del headbanging y la ovación no tardó en llegar con “Animals”, el tema más emblemático y representativo de la banda.

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Stillbirth en Barcelona: “Noche de brutal slamming y deathcore en Sants”
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El barrio de Sants acogía la primera de las cuatro citas pendientes que deparaba Stillbirth, una de las mayores figuras del Brutal Slamming Death Metal del país teutón. La Sala Deskomunal sería el lugar encargado de brindar una noche cargada de brutalidad en la que contaríamos con unos invitados muy especiales; Kanine, que vuelven a nuestro país tras su breve debut en la península en 2024 cargados de rumores por un nuevo álbum y Devorate The Universe; que se encuentran en un estatus parecido a los franceses en términos de lanzamientos pero en este caso siendo la banda local. Probablemente uno de los mayores referentes del Deathcore en España.

Los de Reus abrirían con un set compuesto por tres de sus mejores temas hasta ahora, siendo estos “Immortal Machine”, “Esclavos de la Era Digital” y “Venomous Duality”, a la vez que nos daban un primer sabor de boca con temas de su próximo álbum. Una actuación objetivamente majestuosa donde un par de fallos técnicos fuera del alcance de Iván Soriano (Guitarra) acabaron lastrándola de ser perfecta. Cabe destacar que fue el regreso de Erik Garrigós al escenario de manera completa, ya que en los anteriores conciertos de la banda del Baix Camp había estado sustituido, ya sea parcial o totalmente. El de Torredembarra pisó con más ganas que nunca el escenario haciendo temblar a las 130 personas que se presentaron en la sala aquella noche acompañado de Anton Bilozerov (Bajo) y Oscar Moya (Batería), siendo este la última incorporación a la alineación de la banda.

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Diez minutos de hiato acabaron dando paso por fin al primer plato de la noche, tras un entrante más que gourmet. Naturales de la Alsacia limítrofe con Alemania, los de Estrasburgo volvían al país con su estilo cargado de bassdrops mires donde mires. Los de Alexandre Lorentz y Jason Gerhrard interpretaron los temas que les han hecho crecer exponencialmente estos últimos años como “808”, “Doom Bringer” o “Damaged”. A la espera de un nuevo álbum, ya grabado (confirmado en primicia por la propia banda), la Sala Deskomunal tuvo una brutalidad sísmica con la pesadez presentada por Kanine además de su característico comportamiento after-party hacía de todo esto una receta compuesta por cabezazos, moshpits y sonrisas a lo largo y ancho de la sala.

Por último, el plato principal de la noche. Stillbirth. Los de Lukas Swiaczny (lee nuestra reciente entrevista aquí) pisaban la ciudad condal por primera vez tras encabezar el reputado Move Your Fucking Brain en la localidad cercana de Molins de Rei allá por el 2023, esta vez con un nuevo álbum a sus espaldas lanzado en el último trimestre de 2025; Survival Protocol. Con un Szymon Skiba encargado de las guitarras, Lukas Kaminski al bajo y un Martin Gruppe ansioso por destrozar su batería a base de blastbeats y double-kicks, la banda fué acogida con un especial cariño por parte del público al compás de un setlist mixto. En este tendríamos desde canciones de su último álbum hasta clásicos de álbumes como “Global Error”, “Annihilation of Mankind” o “Revive the Throne”, haciendo homenaje a todo el recorrido reciente de una banda que, desde 1999, ha vivido innumerables cambios pero que a su vez ha conseguido consolidarse como una de las mayores agrupaciones del género a nivel nacional e incluso internacional, siendo estos fuertemente recibidos incluso en países del sureste asiático.

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Legion of the Damned en Madrid: “Resistencia Extrema bajo el Diluvio Madrileño”
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Madrid, 16 de enero de 2026 — Hay noches en las que el metal no es solo música, sino un refugio. El pasado jueves, Madrid se presentó bajo un manto de frío persistente y una lluvia incesante que parecía querer disuadir a cualquiera de salir de casa. Sin embargo, en el corazón del distrito de Tetuán, la Sala Nazca se convirtió en un búnker de sonidos extremos para recibir la visita de los neerlandeses Legion of the Damned, escoltados por una avanzadilla riojana de alto nivel.

A pesar de ser una jornada laborable y de las condiciones meteorológicas adversas, lo que restó en número de asistentes se ganó en fervor. La audiencia, aunque no muy numerosa, estuvo compuesta por ese núcleo duro de seguidores que no entiende de previsiones climáticas, mostrando una entrega absoluta desde el primer acorde.

Los encargados de abrir fuego fueron Ataxia. La banda de La Rioja desplegó un Death Metal de corte clásico pero con pinceladas técnicas que rápidamente caldearon el ambiente. Su estilo se define por una base rítmica demoledora y voces guturales que emanan una rabia orgánica.

A pesar de enfrentarse a una sala que aún estaba terminando de recibir a los más rezagados por la lluvia, Ataxia no escatimó en energía. Su propuesta, directa y sin concesiones, sirvió para establecer el tono de lo que sería una noche de pura agresión sonora, demostrando que el underground nacional tiene una salud de hierro.

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Tras el breve cambio de rigor, fue el turno de Sacra. También procedentes de tierras riojanas, el grupo ofreció un contraste interesante al elevar la apuesta hacia terrenos más sombríos. Su estilo navega con maestría entre el Melodic Death y el Black Metal, creando atmósferas mucho más densas que sus predecesores.

El uso de armonías de guitarra más complejas y una estructura de canciones que alterna la velocidad del blast beat con pasajes más atmosféricos permitió que el público se sumergiera en una experiencia más inmersiva. Sacra demostró una gran presencia escénica, logrando que los presentes olvidaran por completo el frío que reinaba en el exterior de la sala.

Finalmente, el plato fuerte. Legion of the Damned saltó al escenario con la seguridad de quien sabe que es uno de los nombres más consistentes del metal extremo europeo. El cuarteto neerlandés es una institución en la fusión del Thrash y el Death Metal, caracterizados por un sonido que ellos mismos denominan como una “apisonadora”: riffs de guitarra cortantes, una precisión quirúrgica en la batería y la voz rasgada y autoritaria de Maurice Swinkels.

Desde clásicos como “Malevolent Rapture” hasta sus composiciones más recientes, la banda ejecutó un setlist frenético. La conexión con el público madrileño fue instantánea; los seguidores, volcados sobre las primeras filas, respondieron con mosh pits constantes a cada envite de la banda. Fue un recital de fuerza bruta y profesionalidad, donde la calidad del sonido en Nazca permitió apreciar cada detalle de su ataque sónico.

La velada del jueves fue un recordatorio de que la escena extrema no necesita grandes estadios para brillar. La comunión entre Legion of the Damned, Sacra y Ataxia y su fiel audiencia madrileña convirtió una noche desapacible en un evento memorable. Al salir de la sala, la lluvia seguía cayendo, pero el calor de la descarga todavía vibraba en los oídos de los metalheads que presenciaron el asalto.

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Sylvania en Barcelona: “Power Metal contra la oscuridad”
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La Sala Upload se sentía esa noche como el último bastión de una resistencia olvidada, un refugio de paredes frías donde el vacío inicial, denso y casi físico, amenazaba con devorar las ilusiones de los pocos que nos atrevemos a cruzar el umbral. El silencio inicial era un animal acechante, una sombra que vaticinaba un desastre sin precedentes, pero en cuanto Embersland tomó posiciones, el aire dejó de ser oxígeno para convertirse en pura electricidad estática. No estábamos ante una simple banda, sino ante un ecosistema indomable que ha aprendido a florecer en las grietas del asfalto barcelonés; verlos fue como internarse en un bosque ancestral donde las leyes de la física no aplican y donde el Power Metal se hibrida con lo sinfónico de forma natural. El juego de sus tres voces es un viaje esquizofrénico y delicioso: Will ruge desde las entrañas con unos guturales que parecen extraídos de la roca misma para luego ascender a cielos limpios con una facilidad pasmosa, mientras Clara desborda un poderío operístico que corta el aire como una espada de cristal templada en el fuego de mil fraguas. Repasaron su historia como quien hojea un grimorio de hechizos olvidados, centrando el tiro en ese “The Art of Peace” que suena a gloria benedictina y a madurez bien ganada tras años de lucha contra la industria. Temas como “Strike Back”, “Fatal Obsession” o la melancólica “When I Die” no fueron sólo canciones, sino paisajes sonoros de una arquitectura compleja donde el teclado de Xavi ponía los cimientos y las réplicas vocales para que la melodía no se despeñaba por el precipicio. Son una maquinaria que ya no pide permiso para soñar grande, sino que reclama su trono por derecho propio, demostrando una actitud 100% profesional que nos dejó con los ojos brillantes y la mandíbula en el suelo.

Pero entonces, la noche decidió ponerse a prueba y el destino lanzó sus dados más negros cuando llegó el turno de los valencianos Sylvania. Lo que vivimos fue una epopeya digna de los libros de Tolkien; una lucha fratricida contra una técnica caprichosa que intentó hundir el barco en cada acorde, en cada estrofa. La banda, recién llegada de cabalgar por tierras mexicanas y estadounidenses, lejos de amedrentarse ante el infortunio, se ajustó el peto de cuero y sacó el escudo ante cortes de luz que nos dejaron en penumbras absolutas, convirtiendo la sala en una cueva hostil donde sólo brillaba el acero de las cuerdas. “Purgatorium” y “El Río de los Lamentos” no fueron simplemente interpretadas, fueron defendidas a capa y espada como declaraciones de guerra contra la mala suerte, con la banda capeando un temporal de calamidades que habría quebrado el espíritu de cualquier músico de cristal. Alberto Tramoyeres, el corazón palpitante y motor de esta bestia, actuó como una brújula infalible que no perdió el norte ni cuando la oscuridad total se adueñó del escenario, demostrando por qué es el líder natural de esta formación. A su lado, un colosal Alberto Symon, cuya voz es un cañón diseñado para honrar la lengua de Cervantes, elevaba “Finis Templarii” a una categoría casi mística, proyectando un carisma que llenaba cada rincón de la sala a pesar de las sombras.

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En medio de este vendaval de adversidades técnicas y apagones premonitorios, hubo un momento que rompió la coraza de hierro del concierto y nos recordó por qué el metal es una religión universal: la banda detuvo el tiempo para rendir un tributo cargado de humanidad y gratitud, dedicando unas palabras de fuego a los fans costarricenses que cruzaron medio mundo, desde el corazón de Centroamérica, solo para ser testigos de este ritual en la Ciudad Condal. Ese puente invisible tendido sobre el océano hizo que el cansancio, la baja de los teloneros y los fallos técnicos desaparecieran de un plumazo, recordándonos que esta música no entiende de distancias kilométricas. En el epicentro del caos, Sergio Pinar desató una invocación desde la batería; no fue un solo de cinco minutos, fue un trueno rítmico, un castigo divino a los parches y al doble bombo que despertó a los dioses antiguos y nos fundió a todos en un solo rugido de percusión y gargantas, con Sergio dirigiendo a la hueste de fieles con sus baquetas como si fueran cetros reales.

A pesar de los latigazos del destino, gemas como “La Princesa Prometida”, con Tramoyeres volando sobre el mástil, y “Hechizo de Invierno” brillaron con la luz propia de quienes saben que el metal es, ante todo, resistencia y hermandad. Tramoyeres, en un acto de honestidad brutal, se deshizo en disculpas por los problemas de la noche, confesando su amor por Barcelona, su segunda casa, mientras la base rítmica de Álvaro Chillarón al bajo mantenía el pulso de un concierto que se negaba a morir. El final fue un incendio emocional descontrolado: las melodías sinfónicas de “Tu Calor será mi Luz” y la emblemática y épica “Vivo en tu Memoria” cerraron una velada donde la fe del Power Metal venció al lado oscuro de los cables, los generadores y los fusibles. Sylvania no dio un concierto; sobrevivió a una batalla de desgaste contra los elementos y nos regaló las cicatrices más hermosas en forma de melodía, dejándonos claro que, aunque el escenario se apague y el mundo se desmorone, siempre habrá una guitarra dispuesta a rugir entre las ruinas y una comunidad dispuesta a corear hasta el último aliento.

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Jade en Barcelona: “Cuando el tiempo se pliega”
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Viví la apertura del Triumviratum como un acto fundacional: Bóveda del Sol fue la pieza angular que inauguró el ritual sonoro concebido junto a JADE y Moonloop, aprovechando la mística de un eclipse lunar para convertir el Poble Espanyol en un auténtico epicentro de gravedad sideral.

Desde el primer impacto, la formación barcelonesa desplegó un bloque monolítico de space doom que funcionó como un portal de desmaterialización, arrancando con la asfixiante elegancia de “Event Horizon” y expandiéndose hacia las texturas cósmicas de “Traveler Between Worlds”.

Con una presencia escénica robusta y un sonido de baja frecuencia que vibraba físicamente en el cuerpo, ejecutaron piezas como “Orbitual” y “Collective Unconsciousness” sin conceder un solo respiro al silencio, logrando una inmersión total en el vacío astral. Aquel inicio no solo fijó una atmósfera densa y onírica, sino que actuó como el prefacio perfecto de una alquimia épica, culminada con la rotundidad de “Terra Firma”, dejando la sala sumida en un trance absoluto antes de ceder el testigo.

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La atmósfera mutó entonces desde la densidad mineral hacia una expansión oceánica y vibrante con la entrada de Moonloop, como si las paredes se disolvieran para revelar un arrecife de coral bajo un cielo eléctrico. No era una noche cualquiera: celebrábamos veinticinco años de una travesía inquebrantable que ha convertido a la banda en un faro de integridad dentro del metal progresivo.

Con “Zeal” comprendí que no estaba ante un grupo convencional, sino ante un organismo vivo, madurado por décadas de exploración sonora, donde técnica y emoción respiraban al unísono. El regreso tras años de cambios se reflejaba en el rostro de Eric Baulé: la urgencia del fuego contenido y, a la vez, la serenidad de quien ha observado el paso de las estaciones desde el puente de mando.

La música fluyó como una corriente cristalina y feroz; en “Mask”, riffs afilados como obsidiana convivieron con pasajes atmosféricos donde el espíritu de Cynic y Opeth parecía danzar en un rito de purificación. Cada golpe de Raúl Payán fue geometría sagrada en movimiento, mientras Marc Contel y Alexander Nuñez se integraban como raíces que por fin encuentran su tierra.

Con “Arrival” y “Medusa”, la experiencia se volvió casi táctil: la voz de Eric transitó del rugido gutural a la claridad melódica con la naturalidad de quien respira bajo el agua, recordándonos nuestra fragilidad ante una naturaleza madre y verdugo. “New Dark Reality” funcionó como espejo de un presente incierto, y “Megalodon” cayó sobre la sala como una fuerza tectónica, prehistórica e inevitable.

Cuando el peso del abismo parecía definitivo, “Cosmic Matter” nos elevó de nuevo hacia las estrellas, sellando la noche como una espiral orgánica y pura que celebró veinticinco años de coherencia artística.

Bajo la cúpula de la Sala Upload, el tiempo dejó entonces de ser lineal con la entrada de JADE, transformándose en una densidad mineral, en un estrato geológico que se plegaba sobre nosotros. No asistí a una mera ejecución de temas, sino a la exhumación de un monumento: The Stars Shelter fue el cierre de los párpados antes de un sueño febril, una niebla antigua cargada de turba y vacío estelar.

Con “Light’s Blood”, la sala pareció hundirse bajo tierra y la voz de Fiar emergió como un fenómeno atmosférico, oscilando entre la claridad helada y el rugido tectónico. En “Shores of Otherness”, el death metal clásico se funde con un doom introspectivo, recordándome que el jade es frío al tacto, pero guarda un fuego espiritual en su núcleo.

A partir de “Cascade”, el sonido se volvió una marea negra que nos arrastró hacia “Dragged Fears & Drowned Bones”, donde los riffs pesaban como lápidas y la batería resonaba como el martillo de un enterrador. “Ghastly Eyes” y “Darkness in Movement” confirmaron que la propuesta de JADE trasciende la fuerza bruta para explorar estados liminales, reforzados por unas proyecciones visuales que sellaron el pacto ceremonial.

El tramo final descendió hacia lo onírico y lo sagrado: “A Flowery Dream” reveló una belleza macabra y sofisticada, mientras “The Hidden Crypt” actuó como la losa definitiva que clausura el sepulcro. No fue solo un concierto, sino una liturgia completa; salir a la superficie tras semejante experiencia fue como despertar de un entierro ritual, con el espíritu renovado y los oídos aún vibrando con el eco de la piedra.

 

 

 

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Ellende en Copenhague: “Atmósferas que ahogan y emocionan”
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El 2026 inició de buena manera para lo que al Black Metal se refiere, ya que una de las bandas más interesantes y resonantes del under editó su esperado nuevo álbum el 2 de enero. Me refiero a los austriacos Ellende y a su nuevo trabajo Zerfall, en el cual siguen apostando por crear atmósferas oscuras y melancólicas, que son las verdaderas protagonistas de su música.

Como podemos deducir, no esperaron a que el año avanzara para empezar a trabajar, por lo que el lanzamiento fue acompañado por una gira de presentación. Esta gira los trajo al underground Spillested Stengade, en el corazón de la capital danesa, Copenhague.

El primer acto de apertura fue Firtan, grupo alemán de Black Metal pagano. La particularidad del grupo es que cuentan con una violinista entre sus filas, quien, dicho sea de paso, colaboró en el disco de los headliners. El concierto gozó de un sonido compacto y comprimido. Parecía como si los instrumentos no terminaran de explotar o de dar todo su potencial. Aclaro que esto era una cuestión de apreciación sonora y no estaba relacionado con la ejecución.

Los músicos contaban con muy poco espacio para moverse, por lo que se limitaron a interpretar las canciones, quietos en su lugar. Esto, si bien es entendible, hizo que la presentación resultara algo redundante. El final del concierto fue lo más llamativo, ya que uno de los guitarristas tomó un violín y finalizaron el show con un dúo de violines.

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Llegó el turno de Karg, también austriacos. En sus filas cuentan con el vocalista de Harakiri for the Sky en voces y bajo, y con el baterista de Ellende. La propuesta se centra en un post black potente y directo. Su particularidad es la inclusión de tres guitarras. Yo no soy simpatizante de esta formación, ya que muchas veces la tercera guitarra sobra. Si bien sentí que esto sucedió en algunos momentos con la guitarra rítmica, en otros se pudo entender bien su función de acompañar al bajo en las bases. Las otras dos guitarras se iban intercambiando punteos etéreos y sonidos más emocionales, que mostraban el costado post hardcore del grupo.

La batería iba llevando un tempo rápido y firme, mientras que, con arreglos en los toms y los platillos, agregaba color a las canciones. La voz principal y los coros sonaron fuertes, claros y contundentes. Aunque, a mi gusto, a la voz principal le faltó un poco de fuerza. Sonaba como si la garganta estuviera cansada.

Con una presentación redonda y convincente, que solo contó con un problema con el bajo hacia el final, Karg demostró que es un proyecto que se sostiene por sí mismo y no por ser la banda de miembros de otro grupo más popular.

Faltando diez minutos para la hora pactada, las luces se apagaron y la intro de la canción que da nombre al álbum comenzó a sonar. Esta musicalizó la entrada de los músicos, quienes se encontraron con el lugar a medio llenar. Esto se debió al comienzo temprano del show, ya que gran parte de la audiencia se encontraba en otro sector del local esperando la hora indicada. Ya al final de la primera canción, la mayoría del público se encontraba disfrutando del espectáculo.

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El concierto comenzó con un desperfecto en la guitarra rítmica, que fue reparado al instante, por lo que no opacó la presentación. El sonido fue muy claro y nítido, pero, por sobre todo, grande. Cada instrumento tenía el espacio suficiente para desarrollarse y escucharse con total claridad: desde el bajo, con un sonido grave y denso de fondo, hasta la guitarra rítmica, que iba llevando el ritmo lento y atmosférico de las canciones.

La guitarra líder fue la gran protagonista, contrastando riffs con trémolo rápidos, sonidos fantasmales y unos solos espectaculares que dejaron a toda la audiencia boquiabierta. La batería sonó potente y muy fuerte, y tener a un baterista tan bueno y particular es casi un pecado si se lo deja atrás en la mezcla. Su singularidad radica en que toca con dos rides y suele hacer juegos entre ambos, en lugar de hacerlo sobre uno solo con las dos manos.

La voz aguda se escuchó muy clara y al frente, pero no fue la protagonista de la noche. Solo aparecía cuando tenía algo que aportar; de lo contrario, los instrumentos iban solos, llevando de viaje al oyente. El setlist hizo foco en su flamante LP, pero también dio lugar a viejos clásicos como “Ballade auf den Tod” y la encargada de cerrar la noche, “Abschied”.

Si bien el show fue corto y apenas duró una hora, fue contundente y dejó conformes a las numerosas personas que acudieron al evento. Ellende supo llevar al vivo la atmósfera y el clima que buscan generar con la escucha del álbum, y eso es una tarea muy difícil de lograr en un género tan melancólico y abrasivo.

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Three Days Grace en Glasgow: vuelta a lo grande con la gira de Alienation
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Las leyendas del rock canadiense Three Days Grace regresaron a Glasgow por primera vez en tres años como parte de la gira de su nuevo álbum Alienation. Con el apoyo de la banda californiana de punk rock Badflower, ambas formaciones ofrecieron un concierto para el recuerdo.

Los encargados de abrir la noche fueron Badflower. Con un sonido que parecía mezclar metal, hard rock, punk y emo, la energía que el cuarteto llevó al escenario fue un arranque perfecto para el show. Su set comenzó con “Drop Dead”, tema incluido en su EP de 2016 Temper. Esta canción directa, combativa y cargada de energía funcionó muy bien como apertura, aunque la mezcla del O2 Academy no le hizo demasiados favores, ya que partes de la banda, como el bajo y las guitarras, sonaban algo apagadas. Afortunadamente, esto mejoró con el siguiente tema, “Number 1”, que sonó bastante más definido.

Como suele ocurrir con muchas bandas teloneras, la respuesta del público puede ser irregular, ya que muchos reservan energías para el cabeza de cartel. Sin embargo, Badflower tuvo la suerte de encontrarse con un público de Glasgow especialmente abierto y acogedor, con la gente aplaudiendo y moviendo la cabeza casi desde el primer momento. Esto se vio reforzado por las constantes interacciones del vocalista Josh Katz tanto con el público de la grada como con el de pista, bromeando con alguien del balcón preguntándole si había pagado entrada extra, o respondiendo a un grito de “¡PENIS!” desde el foso con un irónico “No penes durante la próxima canción, por favor”.

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El momento más destacado de su actuación llegó durante “Stalker”, cuando Katz no solo se lanzó a hacer crowd surfing —al principio de forma algo inestable, pero bastante efectiva—, sino que después se movió por distintas zonas del público de pista mientras seguía tocando. En un momento incluso pareció intentar subir hasta el balcón, aunque aparentemente surgieron algunos problemas con el micrófono. Lejos de ser un inconveniente, esto dio pie a que el batería Antony Sonetti se marcara un impresionante solo de batería de tres minutos, sin interrupciones y cargado de energía. Hubo instantes en los que uno se daba cuenta de que seguía tocando y resultaba genuinamente asombroso lo mucho que consiguió alargarlo.

Katz regresó al escenario para interpretar algunos temas más calmados y cercanos a la balada, como “Heroin” y “Ghost”. Su rango vocal fue realmente destacable, pasando sin esfuerzo del canto suave y limpio a registros más agresivos y punk, e incluso a unos gritos sorprendentemente bien ejecutados. Como teloneros de una de las bandas de hard rock más conocidas del mundo, Badflower tenían el listón muy alto. Aunque al principio parecían algo nerviosos, esos nervios desaparecieron por completo al final del set. Sería muy interesante verlos interactuar con el público como cabeza de cartel, ya que su conexión con la audiencia promete ser especialmente disfrutable.

Las luces del recinto se atenuaron y comenzaron los ya clásicos cánticos de “Here We Fucking Go”. Casi como si estuviera guionizado, las pantallas del escenario mostraron exactamente esas palabras. El público rugió de emoción cuando los miembros de la banda salieron al escenario, acompañados por el vocalista original Adam Gontier, quien recientemente ha regresado al grupo tras haberlo dejado en 2013 por motivos de salud mental. Ahora comparte las voces principales junto a su sustituto de entonces, Matt Walst.

Esta gira marca el lanzamiento de su nuevo álbum Alienation, y el regreso de Gontier ha generado una gran expectación en torno al disco. El concierto arrancó con “Dominate”, tema de apertura de este nuevo trabajo. De forma casi poética, el estribillo incluye el característico “Here We Fucking Go” de Escocia como un canto de fondo con aire de himno. Poco después, Walst y Gontier explicaron que esa parte de la canción está directamente inspirada en sus actuaciones en Glasgow y en escuchar ese cántico del público.

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Manteniendo al público completamente encendido, la banda enlazó directamente con el icónico “Animal I Have Become”, que para muchos —incluyéndome— fue el primer contacto con Three Days Grace. El riff de bajo inicial retumbó por toda la sala y fue recibido con una enorme ovación. Los riffs de guitarra contundentes y el bajo que hacía vibrar el pecho fueron uno de los grandes puntos altos de la noche, mientras todo el público cantaba, movía la cabeza y se dejaba llevar por el groove.

El setlist fue sencillamente excelente. A pesar de tratarse de una gira centrada en el nuevo álbum, el equilibrio entre canciones recientes como “Dominate” y “Mayday” y clásicos de toda su discografía, como “I Hate Everything About You” o la favorita de los fans “Painkiller”, fue perfecto. El público también elevó aún más la actuación, con prácticamente toda la sala cantando tanto los temas más conocidos como los nuevos. Quedó claro que incluso cuando Gontier no formaba parte de la banda, la chispa que hace tan icónicos a Three Days Grace nunca se perdió, lo que da aún más mérito al resto de músicos: el bajista Brad Walst, hermano de Matt Walst; el guitarrista Barry Stock; y el batería Neil Sanderson.

Los cinco miembros se muestran sobre el escenario con una energía vibrante y contagiosa, llena de diversión y buen rollo, que hacía imposible no sonreír cuando sonaban temas como “Animal I Have Become” o “Riot” y todo a tu alrededor era saltos, pogos, crowd surfing, coros y gente simplemente disfrutando. No hay nada peor que un concierto que, aun siendo correcto, no resulta divertido, ya sea por un público apagado, un setlist mediocre o una banda sin chispa. Three Days Grace no tuvo nada de eso. A pesar de haber girado de forma constante incluso sin Gontier, este concierto se sintió como un auténtico regreso a la forma, como si la banda hubiese estado parada durante mucho tiempo.

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Una sorpresa muy bienvenida en la segunda mitad del show fueron los temas más calmados y cercanos a la balada, que demostraron el amplio rango del grupo. En un cambio de tono notable, Gontier salió solo al escenario para interpretar una versión sencillamente excelente de “Creep” de Radiohead. Y, como había ocurrido durante toda la noche, el público cantó cada palabra, llegando incluso a tapar la voz de Gontier en algunos momentos.

Cerrar con “Riot” fue el clímax perfecto para una actuación realmente fantástica. El pogo se abrió en cuestión de segundos y todo el foso saltaba como una masa de camisetas negras y cabezas ya completamente empapadas de sudor. Está claro que Three Days Grace todavía tiene muchísimo que ofrecer a sus fans, y queda esperar que cumplan su promesa de volver a Glasgow todos los años a partir de ahora.

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Asspera en Buenos Aires: “Un fin de año rozando lo Asspero”
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Foto de Portada: Damian Muñoz

En el marco de una ola de calor agobiante que envuelve a la Ciudad de Buenos Aires, el sábado 27 de diciembre las huestes assperianas se hicieron presentes en Groove para despedir el año de la mano de las melodías de Asspera.

La apertura de la velada, casi con una puntualidad no propia de la argentinidad a lo largo de toda la noche, estuvo a cargo de ZORRA, mostrando a los presentes una gran Z a la mitad delantera del escenario desde donde partían cintas de seguridad que iban desde ella hasta los micrófonos ubicados en los extremos del escenario.

La banda, con una impronta similar al acto principal de la noche —lo que no podía ser de otra manera al tener entre sus filas al propio cantante de la “A”—, presentó su propuesta durante aproximadamente 40 minutos contando con un público participativo desde el primer momento, lo que permitía presumir cómo se desarrollaría la noche debajo del escenario con el devenir de los minutos.

A esa altura, el lugar se iba poblando lenta, pero incesantemente, con un claro predominio de remeras de los Asspera.

Alrededor de las 20:17, los cuatro integrantes de DARLOTODO subieron al escenario para desplegar su propuesta de nu metal (lo que quedaría claro con la versión de “Falling Away From Me” de Korn). La banda presentó temas de su última producción, “Crisálida”, que vio la luz en octubre de este año. Haciéndole honor al nombre de la banda, la energía desplegada sobre el escenario hizo subir unos cuantos grados la temperatura del recinto, mereciendo destacarse la labor del bajista y del baterista (quien le pegó con un caño de principio a fin). Interesante y recomendable propuesta para los cultores del género.

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A las 21:15 llegó el turno del plato principal. Ante un local prácticamente colmado de su gente, los muchachos de Asspera saltaron sobre las tablas al son de “Viaje al centro de la verga” para dar comienzo a la despedida del año. Casi sin solución de continuidad, uno tras otro, sonaron “Cagón”, “Vecinos de mierda” y “El barrio proveerá”, dando pie a un pogo alegremente descontrolado que se extendió por los cuatro puntos de Groove.

Para dejar en claro su calificativo de metal bizarro, y ese aire entre irónico y cómico, la banda continuó con “La puntita”, con la participación de un gran pene de cartón; “Tarifazo”, con facturas de servicios públicos de montos exorbitantes y correspondientes a empresas con nombres adecuados a la época; “Gorda puerca”, con la incorporación de una rubia vestida para la ocasión; y “Me cago”, donde los protagonistas fueron los rollos de papel higiénico que volaban por el escenario y desde este al público.

Tras esta seguidilla, pudimos escuchar “Berrinche y cuenta nueva”, “El rey celular” (tema de su último álbum y con un celular personificado sobre el escenario) y “Gambeta”, para dar lugar a uno de los momentos de mayor descontrol de la noche: “Marolio”, versión del famoso jingle de la publicidad argentina que dio pie a un pogo que hizo temblar las paredes del recinto.

La noche siguió al compás de “Rotopercutor”, “El Cazita”, “Sin garantía”, “Reverendo HDP” (donde se hizo cargo de las voces 3.14J para darle un aire punk), “Partiendo cabezas” y “La poneta” (con una intro donde sonaron melodías de “Blind” de Korn). Para hacerle honor al título del tema, durante la ejecución de “Sin garantía”, Rockardo Asspero tuvo un tropezón que lo hizo caer sobre sus propias guitarras sin pasar a mayores.

El final del año musical assperiano estuvo a cargo de la consagrada “Hijo de puta” y la versión del tema de Vilma Palma e Vampiros “La pachanga”, donde el Asspero gigante subió para danzar al ritmo de sus acordes, aun a riesgo de un tropezón que no tuvo lugar por suerte para su integridad. El último tema de la noche fue el emotivo “Pogo al corazón”, donde Rockardo bajaría del escenario para tocar junto a los más cercanos a la valla y poner fin al 2025 de la banda.

Los Asspera dejaron el anuncio de que el 6 del 6 del 2026 estarán celebrando el vigésimo aniversario de su disco debut en el Teatro Flores.

Esperemos que lo que el “2026 provea” para todos sea prosperidad y metal.

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Aún con la lluvia empapando las calles de Barcelona y el murmullo expectante llenando el Razzmatazz, Tailgunner apareció como el primer relámpago de la noche. No venían a pasar desapercibidos ni a […]


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