

El viernes 23 de enero, el Movistar Arena de Madrid acogió una de las paradas más esperadas del tour europeo de Electric Callboy, con un recinto prácticamente lleno y un ambiente festivo desde primera hora. La cita contaba con un cartel atractivo que se completaba con las actuaciones de Wargasm y Bury Tomorrow, encargados de calentar motores antes del plato fuerte de la noche.
A las 19:00 arrancó la velada con Wargasm, el dúo británico formado por Milkie Way y Sam Matlock, que salió al escenario con una actitud muy directa y sin rodeos. El concierto comenzó con “Bad Seed”, “Vigilantes” y “Pyro Pyro”, dejando clara su apuesta por una mezcla de electrónica, punk y nu metal. Su sonido, diferente a lo habitual en este tipo de carteles, fue ganando terreno poco a poco entre el público, apoyado por una puesta en escena intensa y una conexión constante con las primeras filas. Durante algo más de media hora ofrecieron un set dinámico, corto pero efectivo, que sirvió como apertura perfecta para la noche.
Tras el correspondiente cambio de escenario, Bury Tomorrow tomaron el relevo con “Choke”, dando inicio a un concierto centrado en el metalcore más contundente. La banda británica desplegó un sonido pesado y compacto, alternando voces guturales y melódicas y apoyándose en riffs potentes y bien ejecutados. Durante cerca de una hora repasaron distintas etapas de su carrera con temas como “DEATH”, “Cannibal”, “Villain Arc” o “Black Flame”, manteniendo una intensidad constante y una respuesta muy sólida por parte del público, que ya comenzaba a llenar por completo el recinto.
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Con el reloj marcando las 21:15, las luces del Movistar Arena se apagaron y comenzó a sonar la introducción que dio paso al concierto de Electric Callboy. La caída del telón y un estallido pirotécnico marcaron el inicio con “TANZNEID”, seguido de su versión de “Still Waiting”, desatando la primera gran reacción de la noche. Desde ese momento, el grupo alemán mantuvo un ritmo muy alto, alternando canciones de distintas épocas de su trayectoria y demostrando la variedad de su repertorio, desde temas más antiguos como “Muffin Purper-Gurk” o “MC Thunder” hasta composiciones más recientes como “Revery” o “Elevator Operator”, extraídas de trabajos como Tekkno.
Uno de los momentos más destacados del concierto llegó con “Fuckboi”, cuando Nico y Sebastian se situaron en una plataforma en mitad de la pista para interpretar el tema al piano, cambiando por completo el tono del show. Sin apenas pausa, enlazaron con su versión Tekkno de “Everything We Touch”, devolviendo la energía al máximo y preparando el terreno para la recta final del concierto. En ese tramo sonaron algunos de los temas más reconocibles de la banda, como “MC Thunder II (Dancing Like a Ninja)”, “RATATATA”, “Spaceman” y “We Got the Moves”, con un público completamente entregado acompañando cada estribillo.
A lo largo de todo el concierto, Electric Callboy apoyaron su actuación con una producción muy cuidada, en la que no faltaron efectos de fuego, confeti, animaciones en pantalla y numerosos cambios de vestuario, reforzando el carácter visual del espectáculo y manteniendo la atención del público durante toda la noche.


En el marco de un frío polar desorbitante asistimos a una cita esperada por muchos. Tres exponentes del hard rock hicieron vibrar las paredes del K.B. Hallen, una sala que desde 1938 recibe artistas de distintos géneros y colores, incluyendo a The Beatles, Led Zeppelin y Black Sabbath.
En esta ocasión, el recinto se encontraba colmado, con una capacidad para 4500 personas y un sold out total.
Abriendo la noche se presentaron los veteranos de Atlanta, Sevendust, una banda con más de 30 años de trayectoria y 14 álbumes de estudio. Todo ese recorrido fue condensado en apenas media hora de show, una decisión algo injusta teniendo en cuenta que era la primera vez que tocaban en vivo en Dinamarca, aunque todavía quedaba mucho por llegar.
A las 19 horas se apagaron las luces del escenario y comenzó a sonar de fondo la intro de “Black”, uno de los temas más emblemáticos de la banda. Enseguida se hicieron presentes los músicos para descargar una explosión de energía y adrenalina. La voz inconfundible de Lajon Witherspoon fue una ráfaga de potencia desde el primer momento, pasando de guturales agresivos a suaves melodías soul.
Con “Denial”, el público estalló coreando cada estribillo de otro clásico infaltable. Sobre el escenario se pudo apreciar la química intacta entre los miembros, una formación que no ha tenido grandes variaciones en sus tres décadas de historia. Los duelos de guitarras, sumados al bajo, construyeron un muro de sonido imponente.
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Los aportes de Morgan Rose en la batería fueron otra pieza fundamental en la maquinaria, manejando los palillos con maestría y haciendo malabares con los mismos en más de una ocasión para el deleite de los presentes. La banda lo dio todo con solo seis canciones, y Lajon Witherspoon prometió volver pronto con un setlist más extenso. La recepción del público fue de agradecimiento genuino y aplausos sostenidos.
A continuación, Daughtry tomó el escenario como acto de soporte intermedio, trayendo consigo una historia que es casi cinematográfica en su arco narrativo. Formada en 2006, inmediatamente después de que Chris Daughtry terminara cuarto en la quinta temporada de American Idol, la banda desafió todas las expectativas y estereotipos asociados a artistas surgidos de shows de talento televisivo, desarrollando un estilo orientado al hard rock con tintes de metal por momentos.
El setlist de Daughtry incluyó 11 canciones, entre las que se destacaron “Home”, “Artificial” y “Separate Ways”, cover de Journey popularizado recientemente como parte de la banda sonora de la serie Stranger Things. La banda sonó compacta y el audio fue impecable. La voz de Chris Daughtry se escuchó bien afinada, con melodías pegadizas y potentes.
Su apertura al compartir luchas personales, especialmente tras tragedias familiares, humanizó aún más su figura y generó una conexión profunda con una audiencia que coreó sus canciones más populares.
Media hora más tarde hizo su aparición el plato fuerte de la noche: Alter Bridge.
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Entre luces estroboscópicas y cortinas de humo, la banda norteamericana subió al escenario entre ovaciones y aplausos, comenzando con “Silent Divide”. Debido a problemas técnicos con el bajo, la canción fue interpretada únicamente con guitarras y batería, una situación que Miles Kennedy resolvió con humor al finalizar el tema.
Acto seguido continuaron con “Addicted to Pain”, esta vez con Brian Marshall ya incorporado al bajo, quien a lo largo del show dio una verdadera clase magistral sobre cómo dominar un bajo de cinco cuerdas sin púa y hacerlo sonar perfectamente alineado.
El entusiasmo del público se hizo notar sobre todo en el sector del campo medio. Sin embargo, también se observó la presencia de muchos curiosos, especialmente en las vallas frontales, que parecían no conocer a la banda: no coreaban las canciones, no movían brazos ni cabezas y tampoco aplaudían. Esto ocurrió principalmente al comienzo del concierto, ya que con el correr de la actuación el ambiente mejoró y el entusiasmo fue en aumento.
Gran parte de esto se debió al constante ir y venir del carismático Miles Kennedy, tocando la guitarra con maestría y demostrando toda su capacidad y rango vocal para alcanzar las complejas cuatro octavas que exigen sus canciones.
Las capacidades técnicas de Mark Tremonti tampoco pasaron desapercibidas. Sus riffs, coros de acompañamiento y su desempeño cantando y tocando simultáneamente en “Burn It Down” fueron algunos de los puntos más altos de la noche. Todo esto estuvo respaldado por un trabajo sólido y preciso en la batería, sosteniendo cada complejidad rítmica a lo largo de un setlist de 17 canciones que inundó el recinto de platillos y doble pedal.
Decir que fue una noche mágica es quedarse corto, pero si tenemos en cuenta que la banda regaló canciones como “Rise Today”, “Black Bird” y “Fortress”, queda claro que el público se fue más que satisfecho, entre aplausos y cuernos en alto. Alter Bridge dejó en claro que, lejos de casa, esta vez jugó como local gracias a la excelente recepción, la gran convocatoria de su fiel audiencia y el interés de los curiosos de turno.



Continuando con la primera ola de recitales internacionales del año dentro del mes de enero, el lunes pasado fue el turno de Dark TranquiLlity. Los suecos que hacía mucho tiempo que no pisaban suelo argentino tuvieron un regreso glorioso: con un setlist demoledor, un alto nivel de concurrencia y un homenaje final que dejó a más de uno con lágrimas en los ojos.
Para poder comentar los acontecimientos primero va a ser necesario ubicarnos en tiempo y espacio. El evento tuvo lugar el pasado 19 de enero en la Ciudad de Buenos Aires, más concretamente en el Teatrito. El sitio abrió sus puertas a las 19hs. Sin embargo la primera banda tenía cronometrada su salida a las 19:40.
Cumpliendo con dicho horario, aparecieron sobre el escenario Cloud Of Shadows, proyecto de Metalcore pero que a lo largo del show, demostraron poseer elementos cercanos al Death Metal melódico en su música. Liderados por su guitarrista, Gastón Fernández, el grupo brindó una actuación notable. En primer lugar, porque contaron con un sonido que permitió apreciar con claridad todos los instrumentos. En segundo lugar, porque se vio una ejecución precisa, que constata los largos años que llevan trabajando. Y tercero, porque su propuesta encajó perfecto con lo que pedía la noche, para ir calentando motores e ir poniendo en sintonía al público.
Sintonía, que se perdió con la llegada del siguiente grupo. Provenientes de Rosario, Crown fue el segundo acto nacional de la noche. Y lejos de seguir captando más la atención del público, a mí humilde entender, la fueron alejando. Y es que la banda no sonaba mal. Por el contrario, hacían un muy buen Rock Storner con toques de Doom. El problema es que la música no encajaba para nada ni con el acto principal de la jornada, ni con lo que el público esperaba. Su propuesta estaba más enfocada en riffs pesados pero pausados, hecho que fue apagando un poco la chispa que había dejado Cloud Of Shadows.
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No obstante, se retiraron del escenario entre aplausos por parte de los presentes. Y es que ya para la hora que Crown terminó su actuación, el Teatrito se hallaba bastante concurrido. Tanto, que se dificultaba la circulación para ir a los baños o para ir a comprar algo para tomar. Y es que el nivel de concurrencia aumentó considerablemente durante el último tramo previo al acto principal.
Con este marco de gente, apareció Dark Tranquillity. Pero no sobre el escenario, en primera instancia. Sino que minutos antes del horario pautado para su show, los músicos pasaron entre el público con total normalidad y naturalidad. Con los focos de luz enfocados en ellos, y bajo una lluvia de coros y aplausos, los suecos respondieron con amabilidad a los saludos y se fueron tras bastidores, como quien dice, para prepararse para entrar en acción.
De esta forma 21:30 clavada, ahora sí, los suecos se presentaron sobre el escenario para iniciar lo que Mikael Stanne describiría como un show especial. Ya tal como lo anunciaba la gira, la banda venía concretamente a celebrar el aniversario por los 30 años de The Gallery (1995) como los 20 años de Chracter (2005).
Fue así, que comenzó a sonar “Punish My Heaven” a toda máquina, y a partir de ahí, el público se entregó completamente a la locura y al descontrol. Y con justa razón. El tema que abre una de las obras máximas del Death Melódico, una de las más influyentes de mediados de los 90’, y una de las que definió el sonido de Gotemburgo, estaba siendo interpretada en vivo frente a sus ojos, y a nivel monstruoso, porque las manos de los guitarristas iban y venían a lo largo del mástil de sus guitarras, con la rapidez y precisión que el tema requiere. Al mismo tiempo, había una ejecución punzante y ágil en la batería que hacía que se sintiera idéntica a la versión del disco.
¿El único defecto? Quizás la voz de Mikael Stanne que se perdía un poco entre el sonido melódico de las guitarras. No obstante, ya para el cuarto tema esto se solucionó y sus estremecedores gritos y gruñidos se pudieron identificar con completa claridad. “Edenspring”, “Lethe”, “The Emptiness From Which I Fed” y “The Dividing Line” fueron las canciones que la banda interpretó del disco mientras de fondo se apreciaba la portada del álbum, para reforzar aún más el ambiente. Todas con un nivel de violencia y destreza nunca antes visto por la banda en el país. Y es que el mismo Mikael mencionó que no son piezas que toquen seguido, por lo que se sentía contento de poder hacerlo. En especial, por “The Emptiness From Which I Fed”, que describió como su canción favorita de The Gallery.
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Al finalizar “The Dividing Line”, hubo un cambio de fondo que anunciaba que el segmento The Gallery de la noche había concluido. Y en su lugar, apareció la portada de Chracter. Creo que no hace falta ser muy inteligente para adivinar con cual tema del disco arrancaron. Y efectivamente, los violentos y arremetedores blast beasts de la batería de “The New Build” cayeron sin ningún tipo de permiso o clemencia sobre el público, que respondió a este intenso nivel de ferocidad y salvajismo con efervescencia y grandes rondas de pogo.
A estas alturas la banda ya se encontraba más suelta y desenfrenada. Y lo que sonó a continuación no ayudó precisamente a bajar los pies del acelerador. “One Thought”, “The Endless Feed”, “Through Smudged Lenses” no hicieron más que exaltar aún más la emoción y adrenalina del público, que estaba totalmente entregado al show. “My Negation” sirvió para calmar un poco las aguas, aunque no por mucho tiempo, ya que el verdadero descontrol se vivió con “Lost to Apathy”, una de las canciones más populares del grupo y una de las más cantadas de la noche, en dónde se vio a un Mikael Stanne totalmente desquiciado, escupiendo con furia sus líneas. Y es que sin duda, se trató de una de las actuaciones más brutales del músico en el país, ya que el repertorio que trajo la banda así lo demandó. Con temas que exigían un constante uso de los guturales, el cantante en ningún momento aflojo, o perdió la fuerza inicial con la que arrancó, sino todo lo contrario. La fue elevando. Y siendo “Lost To Apathy”, uno de los momentos culmine de ello.
Tras finalizar con el segmento Chracter, hicieron con una mezcla de temas clásicos junto con algunos de su más reciente trabajo Endtime Signals (2024). De dicho trabajo, sonó “The Last Imagination”. “Unforgivable” y “Not Nothing”, mientras que aparecieron “Phantom Days” del Momento (2020) y Atoma del disco con el mismo nombre del 2016, de su etapa más moderna.
Por su parte, entre los himnos no faltaron “Terminus (Where Death Is Most Alive)” con la gente coreando la melodía de los teclados, “ThereIn” uno de los pocos momentos dónde se pudo escuchar a Mikael cantando con su voz limpia y natural, (con absoluta elegancia y seducción), y la clásica por excelencia, “Misery’s Crown” que fue laureada por todos los presentes en la sala.
Ya para este punto, con la banda habiendo interpretado los clásicos más representativos de su repertorio, uno pensaría que ya no quedaba más nada por tocar en la noche. Sin embargo, los suecos tenían una última sorpresa, ya que para el final, se despidieron con unas palabras en memoria del fallecido Thomas “Tompa” Lindberg y realizando “Blinded By Fear” de At The Gates. Un momento muy emotivo y un gesto muy lindo por parte de la banda, que recalcó la importancia que tuvo Tompa en la escena de Gotemburgo, y lo muy cercanos que fueron todos por aquellos años. “Sin Tompa, no habría sonido Gotemburgo” pronunció Stanne, quién al final del tema se quedó solo en el escenario, y entre lágrimas en los ojos, observó al público con una mirada que mostraba agradecimiento. Profundo y sentido agradecimiento. Y una real tristeza por la pérdida de su amigo. Sin duda, uno de los momentos de mayor humildad que me tocó apreciar en un show en vivo.
Y con esta emotiva despedida, Dark Tranquility culminó una de sus actuaciones más brutales y devastadoras. Dejando la vara muy pero que muy alta para los futuros shows del año. Ya que nadie que haya asistido, habrá quedado insatisfecho o con quejas. Más bien lo contrario. Con la felicidad de haber presenciado una auténtica y visceral lección de melodeath de Gotemburgo. Y la certeza que Dark Tranquility, todavía recuerda muy bien como golpear duro.
Especial agradecimiento a la productora Icarus Music, la cual hizo todo posible por la producción y una vez más, nos permitió cubrir la fecha.
Etiquetas: argentina, Dark Tranquillity, death metal sueco, Melodeath

Un tour muy esperado por las tierras europeas era el de Sylosis, ya que esta banda inglesa se está posicionando como una de las propuestas más importantes del sonido actual del metal. Con algunas alusiones e influencias del hardcore, pero con fuertes raíces en el groove metal y el thrash de los 90.
Este tour tuvo la particularidad de realizarse durante los meses previos a la edición de su trabajo The New Flesh. Este disco generó muchas expectativas gracias a los adelantos, pero sorprende que la banda haya encarado un tour tan largo antes de que el álbum saliera a la luz.
Adentrándonos en la gira, esta contaba con Life Cycles y Distant como teloneros, y a los guerreros del thrash técnico y progresivo, Revocation, como invitados especiales. Esta fecha la pudimos apreciar en nuestro querido Pumpehuset, ubicado en el centro de la capital danesa, Copenhague.
Los encargados de abrir la noche fueron los estadounidenses de Life Cycles, quienes se encontraban realizando su primer tour europeo. Su propuesta fue muy afín a la de la banda principal, con un groove metal de clara influencia hardcore y momentos más thrasheros. Si bien esta mezcla parecía ganadora, fue ejecutada de manera monótona. Las canciones eran muy similares entre sí y carecían de sorpresa. Esto no fue un problema de ejecución, sino de las composiciones en sí.
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Esto se vio reflejado en el poco entusiasmo del público, que a pesar de que la banda lo estaba dando todo, no se animó demasiado. Sin embargo, el grupo se fue aplaudido cuando terminó su set, ya que finalizó con un snippet de “Domination” de Pantera.
Llegó el turno de los holandeses de Distant, que con un deathcore denso, arrastrado y ultra pesado encendieron el lugar. La diferencia en la respuesta del público fue abismal. Este no paró de generar circle pits, wall of deaths y de gritar el nombre de la banda con los puños en alto.
Si bien contaron con una muy buena recepción por parte de los espectadores, la propuesta me resultó aburrida. Carecía de matices, ya que se centraba casi exclusivamente en breakdowns súper pesados, entrecruzados con alguna parte un poco más rápida. Pero los riffs de guitarra y los ritmos de batería siempre caían en los mismos patrones.
El sonido fue atronador, con gran presencia de graves y un volumen alto que no llegaba a saturar. Luego de ocho canciones, Distant dejó el escenario acompañado por una sala entera aplaudiendo.
Los invitados especiales subieron a escena y la noche tomó un subidón de calidad impresionante. Si bien el sonido tardó un poco en acomodarse, al hacerlo llegó a un nivel altísimo, donde todos los instrumentos se escuchaban a la perfección, permitiendo que las estructuras súper progresivas y técnicas se apreciaran como es debido.
Era increíble ver cómo cada músico desplegaba técnica y virtuosismo en cada momento. Desde el baterista, que utilizó una infinidad de recursos y técnicas en golpes y ritmos, hasta el creador y alma del grupo, David Davidson, quien resulta increíble por cómo machaca con su guitarra sin pifiar una sola nota ni mal posicionar un dedo, todo mientras se hace cargo de la voz principal. Un despliegue realmente impresionante.
Si bien hubo circle pits, la mayor parte del tiempo el público estuvo abducido por la progresión de las canciones y el excelente sonido que había. Los temas recorrían todo tipo de momentos, desde pasajes progresivos hasta extremos con una gran influencia del primer death metal.
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El cierre con “The Outer Ones” fue el broche de oro de un show espectacular. La banda repartió púas, palillos y listas de temas para los fanáticos ubicados en las primeras filas.
Si bien Revocation ya tiene un lugar en la escena, es una banda que merece muchísimos más laureles de los que posee. Esperemos que en un futuro lleguen al lugar que se merecen y por el que vienen peleando desde hace tiempo.
Tras una demora de unos diez minutos, las luces se apagaron y Sylosis salió a escena con uno de sus nuevos singles, “Erased”. Desde ese mismo momento la respuesta del público fue brutal, con pogos y saltos durante todo el set. También hubo espacio para el crowdsurfing y el stage diving, pero esto incomodó a la banda, por lo que no se mantuvo durante toda la presentación.
El sonido fue claro y contundente desde el comienzo, apenas un punto más prolijo que el de Revocation. Los riffs graves, pero con mucho gancho, se escucharon a la perfección, incluso cuando los solos de guitarra tomaban el protagonismo. La batería sonó muy potente y se encargó de llevar el pulso de los temas, pasando de momentos más grooveros con fills rítmicos a otros más pesados, a puro uno y uno.
El show recorrió toda la carrera discográfica de la banda, con piezas como la invaluable “Pariahs” o la súper festejada “Heavy Is the Crown”. También hubo momento para un estreno: “All Glory, No Valour”, canción próxima a editarse. Esta fue precedida por un pedido de la banda de que no fuera compartida en internet. La respuesta del público fue excelente, coreando con fuerza el nombre del tema en el momento indicado.
Luego de poco más de una hora de show, la banda se despidió con la canción que da nombre a su próximo álbum, “The New Flesh”. Esta fue muy bien recibida y resultó un gran cierre para un show contundente y entretenido.
Si bien considero más lógico salir a presentar un álbum una vez editado, este show cumplió su cometido: anticipar la salida del disco y generar expectativas sobre el mismo. Gracias a este tour, Sylosis se aseguró muchísimas escuchas y, por qué no, muchas copias vendidas en un futuro cercano.

Etiquetas: Copenhague, Deathcore, Distant, Groove Metal, Life Cycles, Live Nation DK, Progressive Thrash Metal, Pumpehuset, Revocation, Sylosis, technical death metal, Thrash Metal


Al igual que en su anterior visita hace tan solo unos meses, los suecos llegaron en medio de una semana pasada por agua en toda Catalunya, en esta ocasión refugiados en la sala Upload, para ver a la banda sueca liderada por el uruguayo Rodrigo Alfaro (Atlas Losing Grip, Engineer, o Venerea).
Su actuación vino precedida por un par de bandas locales, en primer lugar, unos desenfrenados Woodchuck, punk californiano al estilo NOFX, tanto musicalmente, como por los diseños de sus primeros trabajos disponibles en bandcamp, Comics, Punk & Porn (2016) del que extrajeron “Fucktory”, y que sirvió de cierre a sus treinta minutos de gloria. Aunque al inicio de su actuación con “Flesh Burgers”, tema que título a su disco de 2018, éramos poco más de una cincuentena los allí presentes, hasta que la sala se fue llenando paulatinamente a medida que avanzaba la noche.
No obstante, le pusieron brío y entusiasmo, a pesar de pedir casi imposibles, como demandar sinergias a un público que permaneció atento, pero estático, dejando la zona más próxima al escenario para los incansables fotógrafos, como el arco de un área de futbol sala, para retratar así, a sus anchas.
Basaron su directo en su último disco Unintentionally Old (2024) con cortes como “Bad Trip”, “Invisible Crowd”, “FWCK”, o la tremebunda “Blind Allies”, además de ofrecernos una nueva composición titulada “Stage”. Se despidió Sergi agradeciendo nuestra presencia, y la ayuda prestada por toda la organización, y a todo dios, incluida su madre por haberlo parido. Buen show, en fin, no nos dormimos, y tocaron bastante rápido, a pesar de llamarse Woodchuck (marmota).
En segunda posición entraban en concurso Global Discontent, a los que tuve la oportunidad de ver anteriormente en vivo hace un par de años, en la Festa Major de Gràcia, concretamente en Ca La Trava, un pequeño y delicioso huerto/jardín okupado en medio del barrio barcelonés.
Mucho han mejorado desde los inicios en 2012 del cuarteto de Badalona, hecho que se aprecia sustancialmente en su nuevo álbum Ten Years Since the End of the World, en comparación a sus anteriores trabajos.
“Created in Barcelona” fue el tema elegido de este para abrir, recordándome por su título, y por su estilo a mis amigos de Sewer Brigade, y su Street punk. Tras un colérico grito de bienvenida, Bona Nit Barcelona, a cargo de su vocalista/guitarra Jairo, unos desarmonizados acordes dan paso a la melódica, y medio pegadiza “Discordant Voices”, enlazada a la veloz y para nada gratuita, “No Turning Back” desde su Far Below de 2014.
Unas palabras de Jairo para presentar otra de las nuevas con “Don’t Ever Leave Your Band Alone”, encadenada a la ultra agresiva “Police Still Kills”, dos balas de apenas el minuto. Rememora Jairo la última vez que fue a un concierto de Satanic Surfers, el año 2000 en La Bascula, lo fue también para mí, y habla de un colega con el que fue a ese bolo, y que hace unos diez años decidió no seguir viviendo, que pensaría ahora si nos viese tocando con ellos. Ante un problema, “Never Abandon”, porque no es la solución.
Tras este emotivo recuerdo, otra carga de profundidad es “Kenopsia is Killing me”, seguida por la inconformista “The Same Shit But Behind The Mask”. Agradecimientos a todos, y en especial a Woodchuck con los que tocaron en esta misma plaza hace diez años, con la dedicada a los que le sobrevaloraron, “Drunk in Dubrovnick Streets”, enganchada a “Take me Away”, y a “My Last Punk Song”.
Acabaron con tres temas más que agitados, no sin antes recordar comprar algo de merchandising, que son beneficios directos para las bandas, y probablemente los únicos de la noche, aparte del placer de actuar junto a una de sus bandas icónicas, aunque los suecos se llevarían la mayoría de las ventas, a pesar de los precios, a treinta euros la camiseta.
Así que muy bien por los badaloneses, dando buena cuenta de su nuevo material bien variado rítmicamente, y que en ocasiones recuerda Jairo, a la forma de cantar de Cecilia Boström (The Baboon Show), o a bandas de influencia irlandesa como Flogging Molly, o Dropkick Murphys. A seguir.
El mayo pasado, Satanic Surfers se quedaron sin consumar el acto, debido a la lluvia torrencial que cayó poco después de iniciar su actuación en el Altimira Fest, en la cercana población de Cerdanyola del Vallès, llegando a interpretar cuatro, o cinco temas, antes de tener que apagar los amplificadores, y recoger a toda prisa.
Puntualidad máxima de los suecos, con Rodrigo de nuevo tras la batería, y conjuntándose a las voces con Andy, que es quien más contacto mantiene con la audiencia entre canción y canción. Empezando por “The Usurper”, provocando ya los primeros pogos, y el stage diving con “And the Cheese Fell Down”, desde su Hero of Our Time (1996), en el que siguen basando su repertorio.
“Catch My Breath” y “Madhouse” son de su último disco hasta la fecha Back From Hell (2018), y de Going Nowhere Fast (1999) lo son “Worn Out Words”, y “Wishing You Were Here”. Andy nos presentó a la formación actual antes de “Hero of Our Time”, seguida por “Before It’s Too Late”, y “Tribute”. Cae desde su EP del 93, Skate to Hell, “Egocentric”, tras la cual Andy espetó que estamos locos, y preguntó irónicamente, si había alguna especie de seguro de accidentes gratuito acá, antes de empezar, en dos ocasiones “What Ever”.
Después de vomitar “Going Nowhere Fast”, y “Got to Throw Up”, llega el momento más o menos esperado, que es la interpretación de uno de los temas que irá incluido en su nuevo álbum, y en el que llevan trabajando desde la época de la pandemia, y que parece por fin va a ver la luz este año. El corte en cuestión parece ser se titula “Pink”, aunque Andy habló de un Perro, o dog, lo dijo de las dos maneras. Así como, decir que al conocerla ninguno, si cometemos algún error no os vais a dar cuenta. Una composición no excesivamente rápida, de dos minutos y pico, con muchos cambios de ritmo, y que Andy interpreta medio rapeando en la parte final.
Le pregunta Andy a un taxista que anda por la pista, ¿si está enamorado?, antes de atacar con “Sunshiny Day” y “Don’t Skate on My Ramp”, desde el EP Keep Out¡ (1994). Que nos conduce al disco compartido con Ten Foot Pole, “Truck Driving Punk”, circle pit incluido. Para finalizar a ritmo de ska con “The Treaty and the Bridge”, y desapareciendo el cuarteto de escena, con el técnico de la sala repartiendo un setlist acuñado en un trozo de cartón, y desconectando micrófonos ante la sorpresa general.
Vuelve a conectarlo todo, y antes de obsequiarnos con tres más, Rodrigo presenta “Armless Skater” como la canción más inteligente que han hecho nunca, parecida dijo, tarareándola y tocándola, al “Sex and Violence” de Exploited. Vuelta al infierno con “Why” en la cual encajaron los coros del “Running Free” de Iron Maiden, y locura generalizada para el cierre apoteósico, como no puede ser de otro modo, ahogándonos con “Head Under Water”.
De esta forma dieron finalmente por concluidos ochenta minutos de autentico frenesí hardcore adolescente, aunque la mayoría de la parroquia superó esa época hace unos treinta años, o más. Así que nada, éxito de convocatoria para un directo sin paliativos, deseando que, en su próximo tour, ya sea con ese ansiado álbum que llevan anunciando desde hace algunos añitos. Paciencia, que es la madre de la ciencia, dicen.
Foto portada: Jaume Estrada, gentileza Rock Zone
Etiquetas: barcelona, Global Discontent, HFMN Crew, Satanic Surfers, Woodchuck

El 9 de julio de 2002, el cuarteto Orchid dio un recital para acompañar la salida de su tercer álbum, cuya portada apenas tenía el nombre de la banda acompañado por una imagen de la filósofa marxista Angela Davis. Ese también sería su último concierto, aunque eso ya lo sabían desde antes: habiéndose formado en 1997 cuando los miembros estaban en la universidad y ahora con todos ellos habiéndose recibido o dejado los estudios, simplemente habían decidido que era momento de pasar a un nuevo capítulo en sus vidas. En esos cinco años, el grupo había editado tres LPs, dos EPs y varias colaboraciones en splits, dando un total de alrededor de 95 minutos de material.
Orchid había llegado a su fin, pero eso no quería decir que sus integrantes habían dejado la música. Participando en grupos como Bucket Full Of Teeth, Ampere, No Faith, Vaccine y otros de los que había leído en blogs de música pero que nunca había captado que estaban relacionados, el ADN del quinteto se podía sentir en una gran cantidad de música extrema, algo donde destacaba el guitarrista Will Killingsworth teniendo cientos de créditos como ingeniero de sonido o músico, y con el cantante Jayson Green terminando como invitado en una canción de LCD Soundsystem.
Al mismo tiempo, el sonido del emo comenzó a meterse en el mainstream de la mano de gente como My Chemical Romance, Panic! At The Disco o Fall Out Boy, primero con un estilo más melódico y en algunos casos ya directamente cortando cualquier conexión con sus orígenes punk. Muchos se habrán quedado ahí, pero más de un curioso debe haber usado ese tipo de bandas para ahondar más en el sonido y sus orígenes, muchas veces cayendo en esos mismos blogs de música rara que mencionaba anteriormente y descubriendo todas estas bandas que poco y nada tenían que ver con el sonido sofisticado y comercial de muchos de esos grupos: música extrema, brutal, de letras muchas veces indescifrables tanto en la manera en la que se cantaban como en su escritura, que bebía de influencias tanto musicales como filosóficas… y que también podría tacharse de “hipster” y “mamador”, pero que ciertamente era un mundo interesante para explorar. Y encima teniendo la internet para tener acceso a todo este material que originalmente sólo había estado disponible en vinilo, la leyenda de Orchid y grupos similares creció más y más, al punto de que podríamos decir que eran más populares de lo que fueron en vida.
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En 2024, después de miles de ofertas para que se reunieran y que los integrantes rechazaran simplemente por no estar interesados, Orchid anunció su vuelta, no sólo con todos los integrantes de su última formación sino también con el bajista Brad Wallace, miembro fundador quien se fuera en 1999, regresando como segundo guitarrista. Tras un par de conciertos primero en su ciudad natal de Amherst y más tarde por otros estados, fue momento de armar el equipaje y llevar el sonido de Orchid a nuevos lugares, con el The Doom Loop World Tour llevando al ahora quinteto en su primer paso por Latinoamérica.
Y es ahí donde estaría presente, de la mano de la gente de Noiseground que se puso al hombro la tarea de organizar la visita de Orchid, que se daría el 23 de enero de 2026 en el siempre confiable Uniclub de Guardia Vieja 3360.
Por temas laborales arribé a Uniclub cuando los teloneros nacionales Mis Sueños Son De Tu Adiós y Cursi No Muere ya habían hecho lo suyo, pero a quienes sí pude ver fue a Uniform, quienes son los compañeros de Orchid en esta gira. El grupo se presentaba en un formato que hubiera sido muy extraño para quien no conociera la propuesta, con apenas una batería programada de fondo acompañando al guitarrista Ben Greenberg y el cantante Michael Berdan, quien además andaba cantando mientras tenía el brazo en un cabestrillo. El sonido era caótico y cacofónico, entre los gritos de Berdan y el feedback de la guitarra de Greenberg mezclados con el sonido de la batería digital, y es bastante obvio que eso era justamente lo que Uniform quiere generar. La gente parecía bastante metida en la presentación, escuchando a Uniform repasar su álbum Wake In Fright y encima cerca del final metiendo un cover de “Symptom of the Universe” de Black Sabbath, canción que se adapta sorpresivamente bien a este contexto noise / industrial. Interesante más allá de ser claramente la oveja negra de la fecha.
Con un Uniclub repleto tanto en campo como en escaleras, se podía ver un público ciertamente diverso: era la clase de concierto donde remeras de Death, Burzum y Archgoat se podían cruzar con otras de Throbbing Gristle, The Gerogerigegege y Boris… y bolsos de Miku Hatsune, tatuajes de Pokémon, un peluche random de Sonic que se veía entre la audiencia. Un festival de contrastes.
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Poco antes de las 21:50, después de que sonara “Mountain Song” de Jane’s Addiction, las luces se apagaron y pudimos ver la aparición de la imagen del esqueleto en el ataúd, aquel que Orchid incluyera en el insert de Chaos Is Me, en las pantallas de fondo, con el telón corriéndose para revelar a la banda ya apostada en las tablas de Uniclub, con más de un grito y comentario para Killingsworth. De fondo comenzó a sonar “I’m Not In Love” de los británicos 10cc, uno de los éxitos de los setentas más adelantados a su época, mientras se podía ver a varios en el medio del campo preparándose para el mosh.
Al finalizar, el cantante Jayson Green tiró un simple “Hola”, y la fiesta comenzó.
“Le Desordre, C’est Moi” fue el primer disparo de la noche, una explosión de energía que tuvo de inmediato a la gente sumergiéndose en el pogo violento y a Green demostrando que los años habrán pasado y habrá dejado de ser un emo flaquito parecido al Rubius para estar ahora más parecido a Kurt Russell pero que nada de eso ha afectado su habilidad de gritarle al micrófono, incluso con el traje que vestía no siendo la mejor idea para el calor que se sentía, mientras varios en el público lo acompañaban con los gritos repetidos del final tanto en inglés como francés.
“¿Están todos bien?”, fue lo que dijo Green al finalizar la canción, avisando a la gente que “se cuidara una a la otra”: considerando que uno que yo tenía al lado se desmayó apenas había comenzado la canción y se lo tuvo que llevar un par de los de seguridad, el consejo no estaba para nada de más. La noche siguió con otra pequeña explosión de violencia de la mano de “Aesthetic Dialectic”, una de las canciones que más hacen pensar en cómo la nostalgia, vivida o no, hace que cambie la percepción de las cosas: si pensamos en Orchid como parte de una escena “real”, imagínense ver que ellos consideraban que el hardcore que los había influenciado se había vuelto una simple pose o estética.
Tras una sesión de cantos de la gente con el nombre de la banda, Jayson Green anunció el comienzo de “Lights Out”, la primera de Dance Tonight! Revolution Tomorrow! que sonaría aquella noche, con más acompañamientos de la gente ahora en la intro repitiendo el “You are, you are, you are, and you are”, antes de arrancar con esos riffs densos con una dosis menos de urgencia de lo normal de la banda, aunque todavía dando espacio para más mosh. Tras otras palabras de Green al público, señalando que era la primera vez de Orchid en Argentina, anunciaron “A Visit from Dr. Goodsex”.
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Tras reiterar que todos en el público estuvieran bien y agregando que si algo no estuviera bien entonces que avisaran, comenzaron a sonar las primeras notas de “Destination: Blood!”, uno de los grandes clásicos de Orchid al ser la que arranca Dance Tonight! y que tuvo a muchos anticipando con gritos y más tarde con aplausos en la sección de bajo a cargo de Geoff Garlock. Presentándose en formato de quinteto, Orchid se mostraban más fuertes que nunca, al menos con lo que se pudiera juzgar de antiguas grabaciones en VHS de los conciertos de su primera etapa: incluso entre el caos, era obvio que nada de lo que hacían estaba improvisado.
“Death of a Modernist”, “New Ideas in Mathematics”, “None More Black”, “I Am Nietzsche”, las pequeñas presentaciones filosóficas de Orchid pasadas a gritos y riffs furiosos tenían a la gente dejando todo ya sea en el pogo o viendo para subirse al escenario, con más de un par aprovechando su paso por las tablas para un abrazo antes de tirarse de vuelta al público. Más allá de lo señalado antes no tuvimos tantas instancias de diálogo directo con la gente, con excepción de un pedido de parte de Green de que uno de los que estaba grabando en primera fila apagara la luz del celular, claramente porque le estaba dando en los ojos. Apenas dando respiro, el final llegó con “…And The Cat Turned To Smoke”, por lejos la canción más larga de toda la discografía de Orchid (ocupa un tercio de Dance Tonight!) y que mostró ser un cierre perfecto para la noche.
Nada de despedidas falsas ni bises, Orchid ese sería de verdad el fin del concierto, más allá de tener a Killingsworth y Garlock repartiendo las listas de canciones entre las manos rabiosas de la gente, mientras el instrumental ambient “Impersonating Martin Rev” (un cuasi tributo al músico del dúo electrónico Suicide) sonaba de fondo. Cierre de telón, y taza taza cada uno a su casa.
Este debut de Orchid en los escenarios duró poco menos de una hora. Eso puede parecer poco, pero hay que tener en cuenta que repasaron nada menos que 27 canciones, 27 muestras de pura furia y desesperación poética destilada en dos minutos o menos por track. Y la gente aprovechó cada una de esas explosiones al máximo, a juzgar por la cantidad de mosh concentrado dentro del espacio limitado de Uniclub. Que se repita lo antes posible.
Etiquetas: Cursi No Muere, Emo, Hardcore Punk, Mis Sueños Son De Tu Adiós, Rock industrial, Screamo

Los fans del metal power y sinfónico de Glasgow disfrutaron de una velada excepcional en el O2 Academy, donde los gigantes holandeses del metal sinfónico Epica y los suecos rompe-géneros Amaranthe llevaron su gira como co-cabezas de cartel a la ciudad. Completando un cartel ya de por sí imponente estuvo la ex vocalista de Delain, Charlotte Wessels, hoy firmemente consolidada como artista solista con identidad propia. El triple cartel ofreció una noche definida por la excelencia vocal, la diversidad estilística y una energía implacable, con algunas de las interpretaciones vocales en directo más potentes que he presenciado.
Llegué al set de Charlotte Wessels sin expectativas claras, ya que no conocía su material en solitario, por lo que toda la atención estaba puesta en su interpretación vocal, y no decepcionó. Su voz es limpia, controlada y poderosa, aunque los primeros momentos se percibieron ligeramente contenidos en volumen desde mi posición. Aun así, gran parte del público parecía completamente inmerso, respondiendo con entusiasmo a su propuesta de corte sinfónico.
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Los nuevos temas “Tempest” y “After the Flood” se presentaron al inicio y mantuvieron la sala en un silencio casi absoluto, con el público visiblemente cautivado por su rango expresivo y su presencia atmosférica. El guitarrista Timo Somers añadió aún más profundidad al conjunto, ofreciendo un solo lleno de pasión que mostró tanto su habilidad técnica como su carga emocional.
El set dio un giro dramático con “The Exorcism”, que se adentró sin complejos en territorio death metal, un momento tan inesperado como muy bien recibido. El profesionalismo de Wessels quedó aún más patente cuando un fallo de vestuario provocó que su top de malla metálica cediera a mitad del concierto; sin inmutarse, se lo quitó y continuó sin perder una sola nota. Un instante que subrayó su aplomo y confianza sobre el escenario. Una actuación impredecible y absolutamente disfrutable.
Como co-cabezas de cartel, Epica salió al escenario con un montaje relativamente sobrio pero muy efectivo, estructurado en varios niveles y dominado por una gran pantalla de vídeo. El concierto se abrió con “Apparition”, con la vocalista Simone Simons apareciendo en una plataforma trasera, cubierta por lo que parecía un velo de viuda, una imagen impactante que marcó el tono desde el primer momento. (Durante esta primera canción, los fotógrafos no tuvimos permitido el acceso al foso).
Con su último álbum Aspiral aún reciente, buena parte del inicio del set se centró en material nuevo, equilibrado de forma magistral con los temas más celebrados por los fans a medida que avanzaba el concierto. Uno de los momentos más destacados llegó con el regreso de Charlotte Wessels al escenario para “Sirens – Of Blood and Water”, donde su voz se fusionó de manera exquisita con la de Simons en una colaboración verdaderamente especial.
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La segunda mitad del set ofreció exactamente lo que el público esperaba, incluyendo el siempre poderoso “Cry for the Moon”. El tecladista Coen Janssen resultó imposible de ignorar, recorriendo el escenario sin descanso con una energía contagiosa y empuñando con frecuencia su característico keytar curvado, convirtiéndose en uno de los artistas más entretenidos de la noche.
Los intercambios de guturales entre Mark Jansen e Isaac Delahaye durante “Martyr of the Free Word” aportaron una contundente intensidad death metal, mientras que “Eye of the Storm” mostró a la perfección el contraste característico de la banda: las brutales estrofas de Jansen frente a los majestuosos y operísticos estribillos de Simons. Ver a Epica en directo por primera vez fue una experiencia impresionante, que destacó con claridad la tensión dinámica entre la grandeza sinfónica y la agresividad del metal extremo.
Formados en 2008, Amaranthe siempre han ocupado su propio espacio dentro del mundo del metal, fusionando de manera natural sensibilidades pop, elementos electrónicos y una contundencia aplastante. De gira presentando su último lanzamiento, The Catalyst, volvieron a demostrar por qué son auténticos maestros de su género. Con tres vocalistas sobre el escenario —Elize Ryd (voz limpia), Nils Molin (vocales metal tradicionales) y Mikael Sehlin (guturales)— su sonido en directo es masivo y perfectamente equilibrado.
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Ryd dominó la plataforma central frontal con un carisma arrollador, mientras Sehlin descargaba sus guturales ante una respuesta del público cada vez más desatada. Cuando Molin se unió a ellos, la reacción de la audiencia alcanzó un nivel completamente distinto. La constante interacción de la banda —saludando a los fans y reconociendo a personas concretas entre el público— no hizo más que reforzar la sensación de comunidad.
La energía sobre el escenario fue inagotable. Cada miembro de la banda irradiaba positividad, haciendo imposible no cantar, saltar, hacer headbanging o dejarse llevar por el caos del crowd surfing. Temas como “The Catalyst” y “Amaranthine” fueron momentos especialmente destacados, con los tres vocalistas realizando headbanging sincronizado y demostrando cómo la variedad de su repertorio permite que cada integrante brille.
El concierto se cerró con la gloriosamente pegadiza “Drop Dead Cynical”, enviando al público a casa en un estado de auténtica euforia. A día de hoy, el estribillo de “Drop Dead Cynical” todavía aparece de forma aleatoria en mi cabeza.
- Charlotte Wessels
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- Epica
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- Amaranthe
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La noche aún no había empezado a sudar cuando Wicked Dog subió los tres escalones del escenario. No eran los dueños de la casa, pero venían a encender la chimenea con gasolina. Tres tipos de Terrassa, con el blues oxidado en las venas y el rock golpeándoles las sienes, llamados a preparar el terreno para la apisonadora llegada desde Seattle. Desde mi sitio, el aire de la sala ya se sentía denso, como si el propio hormigón supiera lo que estaba a punto de suceder. Abrieron fuego con “Strawberry Cheesecake”, que no era un postre dulce, sino una bofetada de azúcar quemada y distorsión, una declaración de intenciones que dejaba claro que el trío no venía a pedir permiso. Sin tiempo para respirar cayó “Banana Suicide”, un ritmo que se sentía como bajar una colina en un coche sin frenos mientras Alberto castigaba la guitarra y Jesús y Daniel levantaban un muro de sonido que me vibraba directamente en el esternón. La cosa se volvió más oscura con “Where the Wicked Roams”, como caminar por un callejón de mala muerte a medianoche con el bajo marcando cada paso, seguida de “Full Time Conversion”, esa transmutación necesaria en la que el público deja de ser espectador para convertirse en parte del ruido. A mitad del set, el mundo tembló con «Collapse», un golpe de rock que obliga a cerrar los ojos por puro instinto animal, antes de invocar el espíritu de nuestra tierra con “La Mola Mountain Rocks”, que retumbó como un desprendimiento de rocas bajando desde la cima, con el volumen clavado al once. Llegó la confesión con “I’m Not into Metal Anymore”, una oda al rock-blues directo, sin artificios, solo madera y sudor, y para el final dejaron que el verano se despidiera con sangre: “Last Bat of Summer” sobrevoló una audiencia ya en llamas como un murciélago eléctrico, dejando gargantas secas y miradas encendidas, antes de cerrar el círculo con “Picture Man”, suspendiendo la última nota en el aire como una fotografía revelada en ácido. Cuando bajaron del escenario, con los oídos pitando y el pulso acelerado, la sensación era clara: Wicked Dog había cumplido su función y la sala estaba caliente, tensa y peligrosamente lista para lo que venía después.
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La Ciudad Condal todavía escupía lluvia y frío aquella noche de miércoles cuando salí un momento y volví a cruzar el umbral de la Sala Upload, en el corazón del Poble Espanyol, con la certeza de que el aire traía una promesa de azufre, gasolina y redención. No era una noche cualquiera de este invierno recién estrenado: era la fecha marcada a fuego para que la maquinaria de Tucson, Arizona, desembarcara en Barcelona como una de las paradas más calientes de su gira española de 2026. The Supersuckers volvían para reclamar su trono de espuelas, parches y distorsión, recordándonos que el rock and roll no es un género, sino un estado de resistencia. El ambiente ya se espesaba con ese aroma inconfundible a cuero viejo, cerveza derramada y orgullo outlaw cuando, sin previo aviso, las luces se hundieron en un negro abisal y los altavoces escupieron los armónicos imposibles de “Eruption”: no era nostalgia ni ironía, sino artillería pesada, el aviso inequívoco de que los Supersuckers no vienen a pedir permiso, vienen a derribar la puerta de tu cordura como un convoy sin frenos bajando por una pendiente del desierto.
Eddie Spaghetti apareció con ese aire de profeta del polvo que ha visto demasiados amaneceres desde una furgoneta, se plantó ante el micro con la chulería intacta de quien ha sobrevivido al cáncer, a las modas y a casi cuatro décadas de carretera y, antes de empezar a repartir hostias, lanzó la pregunta al aire: «¿Cómo se llama esta banda?». La respuesta fue inmediata, rugida desde el fondo de la sala y sin necesidad de traducción: «¡Supermamones!». Eddie sonrió, satisfecho, como quien sabe que la comunión ya está sellada, y proclamó que siguen siendo «la mejor banda de rock and roll del mundo». Abrieron con “Pretty Fucked Up” y ese poso de country alternativo, polvo acumulado y lamento de bar de carretera se mezcló con la rabia punk más pura, como si Willie Nelson se hubiera inyectado anfetaminas en un callejón de Seattle para ajustar cuentas con el pasado. “The Evil Powers of Rock and Roll” cayó como un mazazo, con Metal Marty Chandler —vaquero galáctico recién bajado de un cometa de fuzz— castigando la guitarra mientras Chango Von Streicher marcaba un pulso de martillo pilón que retumbaba en el pecho de una audiencia ya rendida.
La noche se escribió con sudor y verdad cuando sonó “Rock-n-Roll Records (Ain’t Selling This Year)”, dejando claro que el negocio es basura, pero aporrear tres acordes frente a una masa rugiente sigue siendo sagrado. La Upload se convirtió en un honky-tonk de mala muerte en mitad del Mediterráneo con “Coattail Rider” y “Creepy Jackalope Eye”, el bajo tronando como un trueno sobre el valle de Sonora, sin tregua al encadenar “Get the Hell” y “Maybe I’m Just Messin’ With You”, sarcasmo afilado y riffs sin anestesia. Hubo belleza sucia y descarnada en “All of Time” y “Roadworn and Weary”, himnos para quienes llevamos la carretera tatuada en las ojeras, y en “I Tried to Write a Song” apareció el artesano que sigue buscando la melodía perfecta en el fondo de una botella de bourbon barato. Con “Rock Your Ass” alcanzaron el punto de ebullición y Marty Chandler tomó el mando vocal en “Working My Ass Off!”, haciendo estallar el espíritu obrero del rock en gloria analógica, sin bajar el pistón con “Unsolvable Problems” y “Meaningful Songs”, piezas clave de Liquor, Women, Drugs & Killing, antes de recordar sus orígenes con su versión de “Rock ’n’ Roll”, grabada en 1992 en The Songs All Sound the Same, cuando el descaro aún estaba aprendiendo a ser identidad. El final fue un descenso sin frenos con “Rocket 69” e “I Want the Drugs”, la pista convertida en un torbellino de cuero y puños en alto, hasta que “Born with a Tail” selló la comunión total entre banda y público, celebrando que, en un mundo de algoritmos de plástico, el cowpunk de bota manchada sigue siendo la única religión honesta.
Las luces se encendieron con “Runnin’ with the Devil” cerrando el círculo. Vi a Eddie Spaghetti bajar cansado pero invicto, y salí a la noche del museo de arquitectura al aire libre sintiendo que el aire cortaba menos y que la ciudad era un poco más nuestra, porque mientras estos tipos sigan cruzando el océano para escupirnos sus verdades, sus riffs y su sudor a la cara, el mundo seguirá teniendo un refugio para quienes preferimos el rugido de un amplificador al límite a la mentira de una vida segura y predecible.

Madrid, 21 de enero de 2026 — Jornada maratoniana de decibelios la que vivimos el pasado miércoles en la Sala Revi Live. Con un cartel compuesto por cinco bandas y una apertura de puertas temprana, a las 17:30, el recinto madrileño se preparaba para una de esas citas que quedan grabadas por la variedad estilística y el contraste de propuestas. Desde el rock más clásico hasta el folk metal mongol y la parodia más desternillante, el evento fue una montaña rusa de sensaciones que, a medida que avanzaba la tarde, fue congregando a una audiencia cada vez más numerosa hasta rozar el lleno técnico con los platos fuertes de la noche.
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La tarde arrancó con Vaughan. La banda salió a escena con la difícil tarea de romper el hielo ante los primeros valientes que entraron en la sala. Fue un comienzo algo frío, marcado por algunos problemas técnicos en el sonido de la guitarra solista que empañaron los primeros compases. Sin embargo, su propuesta de Rock directo y con aroma clásico terminó por caldear el ambiente; sus composiciones, de corte muy rockero, lograron que el respetable comenzara a ejercitar las cervicales, sentando una base necesaria para lo que estaba por venir.
El relevo lo tomó Love Survivors y el cambio de registro fue absoluto. La banda irrumpió con una contundencia propia del Metalcore, elevando la agresividad y el ritmo de la velada de forma exponencial. A pesar de que el aforo todavía estaba lejos de su punto álgido, su entrega puso la sala en ebullición. Personalmente, fue un descubrimiento gratificante: una banda con un punch envidiable y una ejecución que invita a seguirlos de cerca para desgranar su discografía con la profundidad que merecen.
Hablar de MorphiuM es hablar de una de las formaciones más sólidas y profesionales del panorama nacional. En esta cuarta ocasión que los veo, volvieron a demostrar por qué son una apuesta segura. Entraron al escenario con una misión clara: aprovechar sus escasos 30 minutos como si fueran los últimos de su vida. Su estilo, un Metal Moderno con tintes de Death y oscuridad, suena como un bloque compacto, un auténtico martillo que golpea sin descanso.
Alex es una bestia escénica, un frontman que se deja la piel por conectar con el público, y la banda le sigue con una precisión de cirujano. Se nos hizo corto, muy corto. La sensación generalizada entre el respetable era de querer más, de haber presenciado una descarga de profesionalidad y entrega que bien merecía un setlist más extenso.
La gran sorpresa de la noche, sin lugar a dudas, fue UUHAI. La propuesta de los mongoles va mucho más allá de lo exótico que resulta ver su estética sobre las tablas. Su música es una amalgama de ritmos viscerales y melodías asiáticas que se fusionan con la base rítmica del metal de forma magistral. Lo más fascinante fue comprobar cómo, sin conocer las letras ni haber escuchado sus temas previamente, el público madrileño se descubrió coreando sus melodías, prueba inequívoca de su capacidad de conexión.
Técnicamente, su diferencia radica en el uso de instrumentos tradicionales como el morin khuur (un violín de dos cuerdas de grandes dimensiones, similar a un violonchelo). Ver y escuchar estos instrumentos electrificados, sacando sonidos únicos y ancestrales, fue una experiencia asombrosa. A esto se suma el uso de técnicas de canto gutural difónico, creando sonoridades originales que se integran a la perfección en la base metálica marcada por una batería y dos tambores tradicionales. UUHAI no solo ofrecieron un concierto, ofrecieron un ritual folclórico electrificado que ya se ha ganado un hueco en mi biblioteca personal.
Para lo de Nanowar of Steel uno nunca está lo suficientemente preparado. Bajo la capa de humor, parodia y sátira, se esconde una banda de músicos excepcionales que llevan un show medido al milímetro. Se mueven en el terreno del Parody Metal, un género que dominan basándose en una versatilidad musical asombrosa, capaces de saltar de la épica del Power Metal a ritmos de tecno, reggaetón o coreografías pop sin despeinarse y con una ejecución técnica envidiable.
El público, de una variedad de edades y géneros envidiable, se entregó al juego desde el primer minuto. El espectáculo visual estuvo a la altura: humo, chispas, disfraces hilarantes y hasta la famosa mesa del IKEA hizo acto de presencia. Ver a una sala completa metida en sus bromas, bailando y participando en una conga gigante que recorría toda la pista de la Revi Live, fue un momento épico para el cierre. Nanowar se lo toman muy en serio para que nosotros podamos reírnos, y ese esfuerzo se traduce en un espectáculo cuadrado que compensa con creces la tarde maratoniana.
En el apartado técnico, la Sala Revi Live volvió a lucir galones en cuanto a sonido, mostrándose una vez más como una de las salas con mejor acústica de la capital; nítida y potente para todas las bandas. Sin embargo, la cruz de la moneda fue la iluminación. Desde un punto de vista fotográfico, las luces resultaron decepcionantes: oscuras, carentes de intención artística y, en muchos tramos, totalmente desincronizadas con la acción que ocurría en el escenario.


Tachuelas, cuero, cadenas y veteranía son algunas de las señas de identidad de la legendaria Hammerfall, uno de los nombres imprescindibles del heavy/power metal europeo. Los suecos se embarcaron en una gira europea para presentar su última obra, Avenge The Fallen, con parada en cinco ciudades españolas y acompañados en todas las fechas por los británicos Tailgunner, encargados de abrir la noche. Con un aforo cercano al 70 %, la sala Mamba! de Murcia fue el escenario elegido para una velada marcada por el metal clásico, los riffs afilados y el espíritu combativo que define a ambas formaciones.
Los primeros en saltar a escena fueron Tailgunner, joven banda inglesa formada en 2022 que llegaba con la vitola de promesa tras su debut Guns For Fire, elegido disco del año 2023 por Fistful of Metal y apadrinado nada menos que por K.K. Downing (ex Judas Priest). Dispuestos a conquistar nuevos seguidores gracias a su enérgico directo y a una propuesta claramente influenciada por la NWOBHM, comenzaron su descarga sin concesiones mientras sonaban las sirenas de “Midnight Blitz”, tema que da nombre a su próxima obra prevista para 2026. Las guitarras afiladas y la actitud de Craig Cairns a las voces, animando constantemente al público, marcaron el inicio de un concierto intenso y directo.
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La descarga continuó con la rabiosa “White Death”, impulsada por una batería cabalgante a ritmo vertiginoso y un llamativo duelo de guitarras entre Zach Salvini y Jara Solís, quien sustituye temporalmente en directo a Rhea Thompson. Poco a poco la sala fue recibiendo a más público y los británicos subieron la intensidad con cortes como la coreable “Shadows Of War” o la ultrarrápida “Barren Lands & Seas Of Red”, haciendo las delicias de los fans del metal más clásico. El sonido, sin ser perfecto, resultó bastante aceptable, aunque con las voces algo bajas en ciertos momentos. Para despedirse recurrieron a los bises con “Eulogy” y “Guns For Fire”, dejando muy buenas sensaciones y ganas de volver a verlos, algo que sucederá en el festival Leyendas del Rock.
Si hablamos de bandas que han marcado época dentro del género, Hammerfall es uno de los primeros nombres que vienen a la mente. Tres décadas sacando himnos, editando discos y girando sin descanso los avalan, y su especial conexión con el público español quedó reflejada en la gran asistencia registrada en la tarde del domingo, con la sala Mamba! casi llena. Los suecos aparecieron sobre el escenario envueltos en una espesa nube de humo y con un juego de luces algo escaso y lineal que se mantuvo durante todo el concierto, desluciendo ligeramente su puesta en escena. El show arrancó con “Avenge the Fallen”, tema homónimo de su último disco, aunque el repertorio pasó de puntillas por esta etapa reciente para centrarse mayoritariamente en una sólida colección de clásicos.
A partir de ahí, la noche fue un desfile de himnos con “Heeding the Call”, “Any Means Necessary” y el ritmo marcial de “Hammer of Dawn”, interpretados por una banda totalmente entregada y con un sonido muy bueno, donde los instrumentos se distinguían con claridad. Destacó especialmente la pegada del batería David Wallin, impecable durante todo el concierto, así como la constante “lucha” guitarrera entre Oscar Dronjak y Pontus Norgren. La experiencia de Joacim Cans como frontman quedó patente cada vez que se dirigía al público, ya fuera para charlar, explicar cómo hacer los coros o preguntar cuántos asistentes los veían por primera vez. La fiesta continuó con “Renegade”, “Hammer High” y la épica “Last Man Standing”, antes de recuperar “Fury of the Wild” entre aplausos. En la recta final sonaron la instrumental “Chapter V: The Medley”, la emotiva “Glory to the Brave” y “(We Make) Sweden Rock”, ondeando una bandera sueca con orgullo. Los bises, con “Hail to the King” y “Hearts on Fire”, pusieron el broche a otro show impecable para el recuerdo. Hammerfall, una vez más, no defraudaron.


El viernes 23 de enero, el Movistar Arena de Madrid acogió una de las paradas más esperadas del tour europeo de Electric Callboy, con un recinto prácticamente lleno y un ambiente festivo desde primera hora. La cita contaba con un cartel atractivo que se completaba con las actuaciones de Wargasm y Bury Tomorrow, encargados de calentar motores antes del plato fuerte de la noche.
A las 19:00 arrancó la velada con Wargasm, el dúo británico formado por Milkie Way y Sam Matlock, que salió al escenario con una actitud muy directa y sin rodeos. El concierto comenzó con “Bad Seed”, “Vigilantes” y “Pyro Pyro”, dejando clara su apuesta por una mezcla de electrónica, punk y nu metal. Su sonido, diferente a lo habitual en este tipo de carteles, fue ganando terreno poco a poco entre el público, apoyado por una puesta en escena intensa y una conexión constante con las primeras filas. Durante algo más de media hora ofrecieron un set dinámico, corto pero efectivo, que sirvió como apertura perfecta para la noche.
Tras el correspondiente cambio de escenario, Bury Tomorrow tomaron el relevo con “Choke”, dando inicio a un concierto centrado en el metalcore más contundente. La banda británica desplegó un sonido pesado y compacto, alternando voces guturales y melódicas y apoyándose en riffs potentes y bien ejecutados. Durante cerca de una hora repasaron distintas etapas de su carrera con temas como “DEATH”, “Cannibal”, “Villain Arc” o “Black Flame”, manteniendo una intensidad constante y una respuesta muy sólida por parte del público, que ya comenzaba a llenar por completo el recinto.
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Con el reloj marcando las 21:15, las luces del Movistar Arena se apagaron y comenzó a sonar la introducción que dio paso al concierto de Electric Callboy. La caída del telón y un estallido pirotécnico marcaron el inicio con “TANZNEID”, seguido de su versión de “Still Waiting”, desatando la primera gran reacción de la noche. Desde ese momento, el grupo alemán mantuvo un ritmo muy alto, alternando canciones de distintas épocas de su trayectoria y demostrando la variedad de su repertorio, desde temas más antiguos como “Muffin Purper-Gurk” o “MC Thunder” hasta composiciones más recientes como “Revery” o “Elevator Operator”, extraídas de trabajos como Tekkno.
Uno de los momentos más destacados del concierto llegó con “Fuckboi”, cuando Nico y Sebastian se situaron en una plataforma en mitad de la pista para interpretar el tema al piano, cambiando por completo el tono del show. Sin apenas pausa, enlazaron con su versión Tekkno de “Everything We Touch”, devolviendo la energía al máximo y preparando el terreno para la recta final del concierto. En ese tramo sonaron algunos de los temas más reconocibles de la banda, como “MC Thunder II (Dancing Like a Ninja)”, “RATATATA”, “Spaceman” y “We Got the Moves”, con un público completamente entregado acompañando cada estribillo.
A lo largo de todo el concierto, Electric Callboy apoyaron su actuación con una producción muy cuidada, en la que no faltaron efectos de fuego, confeti, animaciones en pantalla y numerosos cambios de vestuario, reforzando el carácter visual del espectáculo y manteniendo la atención del público durante toda la noche.


En el marco de un frío polar desorbitante asistimos a una cita esperada por muchos. Tres exponentes del hard rock hicieron vibrar las paredes del K.B. Hallen, una sala que desde 1938 recibe artistas de distintos géneros y colores, incluyendo a The Beatles, Led Zeppelin y Black Sabbath.
En esta ocasión, el recinto se encontraba colmado, con una capacidad para 4500 personas y un sold out total.
Abriendo la noche se presentaron los veteranos de Atlanta, Sevendust, una banda con más de 30 años de trayectoria y 14 álbumes de estudio. Todo ese recorrido fue condensado en apenas media hora de show, una decisión algo injusta teniendo en cuenta que era la primera vez que tocaban en vivo en Dinamarca, aunque todavía quedaba mucho por llegar.
A las 19 horas se apagaron las luces del escenario y comenzó a sonar de fondo la intro de “Black”, uno de los temas más emblemáticos de la banda. Enseguida se hicieron presentes los músicos para descargar una explosión de energía y adrenalina. La voz inconfundible de Lajon Witherspoon fue una ráfaga de potencia desde el primer momento, pasando de guturales agresivos a suaves melodías soul.
Con “Denial”, el público estalló coreando cada estribillo de otro clásico infaltable. Sobre el escenario se pudo apreciar la química intacta entre los miembros, una formación que no ha tenido grandes variaciones en sus tres décadas de historia. Los duelos de guitarras, sumados al bajo, construyeron un muro de sonido imponente.
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Los aportes de Morgan Rose en la batería fueron otra pieza fundamental en la maquinaria, manejando los palillos con maestría y haciendo malabares con los mismos en más de una ocasión para el deleite de los presentes. La banda lo dio todo con solo seis canciones, y Lajon Witherspoon prometió volver pronto con un setlist más extenso. La recepción del público fue de agradecimiento genuino y aplausos sostenidos.
A continuación, Daughtry tomó el escenario como acto de soporte intermedio, trayendo consigo una historia que es casi cinematográfica en su arco narrativo. Formada en 2006, inmediatamente después de que Chris Daughtry terminara cuarto en la quinta temporada de American Idol, la banda desafió todas las expectativas y estereotipos asociados a artistas surgidos de shows de talento televisivo, desarrollando un estilo orientado al hard rock con tintes de metal por momentos.
El setlist de Daughtry incluyó 11 canciones, entre las que se destacaron “Home”, “Artificial” y “Separate Ways”, cover de Journey popularizado recientemente como parte de la banda sonora de la serie Stranger Things. La banda sonó compacta y el audio fue impecable. La voz de Chris Daughtry se escuchó bien afinada, con melodías pegadizas y potentes.
Su apertura al compartir luchas personales, especialmente tras tragedias familiares, humanizó aún más su figura y generó una conexión profunda con una audiencia que coreó sus canciones más populares.
Media hora más tarde hizo su aparición el plato fuerte de la noche: Alter Bridge.
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Entre luces estroboscópicas y cortinas de humo, la banda norteamericana subió al escenario entre ovaciones y aplausos, comenzando con “Silent Divide”. Debido a problemas técnicos con el bajo, la canción fue interpretada únicamente con guitarras y batería, una situación que Miles Kennedy resolvió con humor al finalizar el tema.
Acto seguido continuaron con “Addicted to Pain”, esta vez con Brian Marshall ya incorporado al bajo, quien a lo largo del show dio una verdadera clase magistral sobre cómo dominar un bajo de cinco cuerdas sin púa y hacerlo sonar perfectamente alineado.
El entusiasmo del público se hizo notar sobre todo en el sector del campo medio. Sin embargo, también se observó la presencia de muchos curiosos, especialmente en las vallas frontales, que parecían no conocer a la banda: no coreaban las canciones, no movían brazos ni cabezas y tampoco aplaudían. Esto ocurrió principalmente al comienzo del concierto, ya que con el correr de la actuación el ambiente mejoró y el entusiasmo fue en aumento.
Gran parte de esto se debió al constante ir y venir del carismático Miles Kennedy, tocando la guitarra con maestría y demostrando toda su capacidad y rango vocal para alcanzar las complejas cuatro octavas que exigen sus canciones.
Las capacidades técnicas de Mark Tremonti tampoco pasaron desapercibidas. Sus riffs, coros de acompañamiento y su desempeño cantando y tocando simultáneamente en “Burn It Down” fueron algunos de los puntos más altos de la noche. Todo esto estuvo respaldado por un trabajo sólido y preciso en la batería, sosteniendo cada complejidad rítmica a lo largo de un setlist de 17 canciones que inundó el recinto de platillos y doble pedal.
Decir que fue una noche mágica es quedarse corto, pero si tenemos en cuenta que la banda regaló canciones como “Rise Today”, “Black Bird” y “Fortress”, queda claro que el público se fue más que satisfecho, entre aplausos y cuernos en alto. Alter Bridge dejó en claro que, lejos de casa, esta vez jugó como local gracias a la excelente recepción, la gran convocatoria de su fiel audiencia y el interés de los curiosos de turno.



Continuando con la primera ola de recitales internacionales del año dentro del mes de enero, el lunes pasado fue el turno de Dark TranquiLlity. Los suecos que hacía mucho tiempo que no pisaban suelo argentino tuvieron un regreso glorioso: con un setlist demoledor, un alto nivel de concurrencia y un homenaje final que dejó a más de uno con lágrimas en los ojos.
Para poder comentar los acontecimientos primero va a ser necesario ubicarnos en tiempo y espacio. El evento tuvo lugar el pasado 19 de enero en la Ciudad de Buenos Aires, más concretamente en el Teatrito. El sitio abrió sus puertas a las 19hs. Sin embargo la primera banda tenía cronometrada su salida a las 19:40.
Cumpliendo con dicho horario, aparecieron sobre el escenario Cloud Of Shadows, proyecto de Metalcore pero que a lo largo del show, demostraron poseer elementos cercanos al Death Metal melódico en su música. Liderados por su guitarrista, Gastón Fernández, el grupo brindó una actuación notable. En primer lugar, porque contaron con un sonido que permitió apreciar con claridad todos los instrumentos. En segundo lugar, porque se vio una ejecución precisa, que constata los largos años que llevan trabajando. Y tercero, porque su propuesta encajó perfecto con lo que pedía la noche, para ir calentando motores e ir poniendo en sintonía al público.
Sintonía, que se perdió con la llegada del siguiente grupo. Provenientes de Rosario, Crown fue el segundo acto nacional de la noche. Y lejos de seguir captando más la atención del público, a mí humilde entender, la fueron alejando. Y es que la banda no sonaba mal. Por el contrario, hacían un muy buen Rock Storner con toques de Doom. El problema es que la música no encajaba para nada ni con el acto principal de la jornada, ni con lo que el público esperaba. Su propuesta estaba más enfocada en riffs pesados pero pausados, hecho que fue apagando un poco la chispa que había dejado Cloud Of Shadows.
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No obstante, se retiraron del escenario entre aplausos por parte de los presentes. Y es que ya para la hora que Crown terminó su actuación, el Teatrito se hallaba bastante concurrido. Tanto, que se dificultaba la circulación para ir a los baños o para ir a comprar algo para tomar. Y es que el nivel de concurrencia aumentó considerablemente durante el último tramo previo al acto principal.
Con este marco de gente, apareció Dark Tranquillity. Pero no sobre el escenario, en primera instancia. Sino que minutos antes del horario pautado para su show, los músicos pasaron entre el público con total normalidad y naturalidad. Con los focos de luz enfocados en ellos, y bajo una lluvia de coros y aplausos, los suecos respondieron con amabilidad a los saludos y se fueron tras bastidores, como quien dice, para prepararse para entrar en acción.
De esta forma 21:30 clavada, ahora sí, los suecos se presentaron sobre el escenario para iniciar lo que Mikael Stanne describiría como un show especial. Ya tal como lo anunciaba la gira, la banda venía concretamente a celebrar el aniversario por los 30 años de The Gallery (1995) como los 20 años de Chracter (2005).
Fue así, que comenzó a sonar “Punish My Heaven” a toda máquina, y a partir de ahí, el público se entregó completamente a la locura y al descontrol. Y con justa razón. El tema que abre una de las obras máximas del Death Melódico, una de las más influyentes de mediados de los 90’, y una de las que definió el sonido de Gotemburgo, estaba siendo interpretada en vivo frente a sus ojos, y a nivel monstruoso, porque las manos de los guitarristas iban y venían a lo largo del mástil de sus guitarras, con la rapidez y precisión que el tema requiere. Al mismo tiempo, había una ejecución punzante y ágil en la batería que hacía que se sintiera idéntica a la versión del disco.
¿El único defecto? Quizás la voz de Mikael Stanne que se perdía un poco entre el sonido melódico de las guitarras. No obstante, ya para el cuarto tema esto se solucionó y sus estremecedores gritos y gruñidos se pudieron identificar con completa claridad. “Edenspring”, “Lethe”, “The Emptiness From Which I Fed” y “The Dividing Line” fueron las canciones que la banda interpretó del disco mientras de fondo se apreciaba la portada del álbum, para reforzar aún más el ambiente. Todas con un nivel de violencia y destreza nunca antes visto por la banda en el país. Y es que el mismo Mikael mencionó que no son piezas que toquen seguido, por lo que se sentía contento de poder hacerlo. En especial, por “The Emptiness From Which I Fed”, que describió como su canción favorita de The Gallery.
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Al finalizar “The Dividing Line”, hubo un cambio de fondo que anunciaba que el segmento The Gallery de la noche había concluido. Y en su lugar, apareció la portada de Chracter. Creo que no hace falta ser muy inteligente para adivinar con cual tema del disco arrancaron. Y efectivamente, los violentos y arremetedores blast beasts de la batería de “The New Build” cayeron sin ningún tipo de permiso o clemencia sobre el público, que respondió a este intenso nivel de ferocidad y salvajismo con efervescencia y grandes rondas de pogo.
A estas alturas la banda ya se encontraba más suelta y desenfrenada. Y lo que sonó a continuación no ayudó precisamente a bajar los pies del acelerador. “One Thought”, “The Endless Feed”, “Through Smudged Lenses” no hicieron más que exaltar aún más la emoción y adrenalina del público, que estaba totalmente entregado al show. “My Negation” sirvió para calmar un poco las aguas, aunque no por mucho tiempo, ya que el verdadero descontrol se vivió con “Lost to Apathy”, una de las canciones más populares del grupo y una de las más cantadas de la noche, en dónde se vio a un Mikael Stanne totalmente desquiciado, escupiendo con furia sus líneas. Y es que sin duda, se trató de una de las actuaciones más brutales del músico en el país, ya que el repertorio que trajo la banda así lo demandó. Con temas que exigían un constante uso de los guturales, el cantante en ningún momento aflojo, o perdió la fuerza inicial con la que arrancó, sino todo lo contrario. La fue elevando. Y siendo “Lost To Apathy”, uno de los momentos culmine de ello.
Tras finalizar con el segmento Chracter, hicieron con una mezcla de temas clásicos junto con algunos de su más reciente trabajo Endtime Signals (2024). De dicho trabajo, sonó “The Last Imagination”. “Unforgivable” y “Not Nothing”, mientras que aparecieron “Phantom Days” del Momento (2020) y Atoma del disco con el mismo nombre del 2016, de su etapa más moderna.
Por su parte, entre los himnos no faltaron “Terminus (Where Death Is Most Alive)” con la gente coreando la melodía de los teclados, “ThereIn” uno de los pocos momentos dónde se pudo escuchar a Mikael cantando con su voz limpia y natural, (con absoluta elegancia y seducción), y la clásica por excelencia, “Misery’s Crown” que fue laureada por todos los presentes en la sala.
Ya para este punto, con la banda habiendo interpretado los clásicos más representativos de su repertorio, uno pensaría que ya no quedaba más nada por tocar en la noche. Sin embargo, los suecos tenían una última sorpresa, ya que para el final, se despidieron con unas palabras en memoria del fallecido Thomas “Tompa” Lindberg y realizando “Blinded By Fear” de At The Gates. Un momento muy emotivo y un gesto muy lindo por parte de la banda, que recalcó la importancia que tuvo Tompa en la escena de Gotemburgo, y lo muy cercanos que fueron todos por aquellos años. “Sin Tompa, no habría sonido Gotemburgo” pronunció Stanne, quién al final del tema se quedó solo en el escenario, y entre lágrimas en los ojos, observó al público con una mirada que mostraba agradecimiento. Profundo y sentido agradecimiento. Y una real tristeza por la pérdida de su amigo. Sin duda, uno de los momentos de mayor humildad que me tocó apreciar en un show en vivo.
Y con esta emotiva despedida, Dark Tranquility culminó una de sus actuaciones más brutales y devastadoras. Dejando la vara muy pero que muy alta para los futuros shows del año. Ya que nadie que haya asistido, habrá quedado insatisfecho o con quejas. Más bien lo contrario. Con la felicidad de haber presenciado una auténtica y visceral lección de melodeath de Gotemburgo. Y la certeza que Dark Tranquility, todavía recuerda muy bien como golpear duro.
Especial agradecimiento a la productora Icarus Music, la cual hizo todo posible por la producción y una vez más, nos permitió cubrir la fecha.
Etiquetas: argentina, Dark Tranquillity, death metal sueco, Melodeath

Un tour muy esperado por las tierras europeas era el de Sylosis, ya que esta banda inglesa se está posicionando como una de las propuestas más importantes del sonido actual del metal. Con algunas alusiones e influencias del hardcore, pero con fuertes raíces en el groove metal y el thrash de los 90.
Este tour tuvo la particularidad de realizarse durante los meses previos a la edición de su trabajo The New Flesh. Este disco generó muchas expectativas gracias a los adelantos, pero sorprende que la banda haya encarado un tour tan largo antes de que el álbum saliera a la luz.
Adentrándonos en la gira, esta contaba con Life Cycles y Distant como teloneros, y a los guerreros del thrash técnico y progresivo, Revocation, como invitados especiales. Esta fecha la pudimos apreciar en nuestro querido Pumpehuset, ubicado en el centro de la capital danesa, Copenhague.
Los encargados de abrir la noche fueron los estadounidenses de Life Cycles, quienes se encontraban realizando su primer tour europeo. Su propuesta fue muy afín a la de la banda principal, con un groove metal de clara influencia hardcore y momentos más thrasheros. Si bien esta mezcla parecía ganadora, fue ejecutada de manera monótona. Las canciones eran muy similares entre sí y carecían de sorpresa. Esto no fue un problema de ejecución, sino de las composiciones en sí.
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Esto se vio reflejado en el poco entusiasmo del público, que a pesar de que la banda lo estaba dando todo, no se animó demasiado. Sin embargo, el grupo se fue aplaudido cuando terminó su set, ya que finalizó con un snippet de “Domination” de Pantera.
Llegó el turno de los holandeses de Distant, que con un deathcore denso, arrastrado y ultra pesado encendieron el lugar. La diferencia en la respuesta del público fue abismal. Este no paró de generar circle pits, wall of deaths y de gritar el nombre de la banda con los puños en alto.
Si bien contaron con una muy buena recepción por parte de los espectadores, la propuesta me resultó aburrida. Carecía de matices, ya que se centraba casi exclusivamente en breakdowns súper pesados, entrecruzados con alguna parte un poco más rápida. Pero los riffs de guitarra y los ritmos de batería siempre caían en los mismos patrones.
El sonido fue atronador, con gran presencia de graves y un volumen alto que no llegaba a saturar. Luego de ocho canciones, Distant dejó el escenario acompañado por una sala entera aplaudiendo.
Los invitados especiales subieron a escena y la noche tomó un subidón de calidad impresionante. Si bien el sonido tardó un poco en acomodarse, al hacerlo llegó a un nivel altísimo, donde todos los instrumentos se escuchaban a la perfección, permitiendo que las estructuras súper progresivas y técnicas se apreciaran como es debido.
Era increíble ver cómo cada músico desplegaba técnica y virtuosismo en cada momento. Desde el baterista, que utilizó una infinidad de recursos y técnicas en golpes y ritmos, hasta el creador y alma del grupo, David Davidson, quien resulta increíble por cómo machaca con su guitarra sin pifiar una sola nota ni mal posicionar un dedo, todo mientras se hace cargo de la voz principal. Un despliegue realmente impresionante.
Si bien hubo circle pits, la mayor parte del tiempo el público estuvo abducido por la progresión de las canciones y el excelente sonido que había. Los temas recorrían todo tipo de momentos, desde pasajes progresivos hasta extremos con una gran influencia del primer death metal.
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El cierre con “The Outer Ones” fue el broche de oro de un show espectacular. La banda repartió púas, palillos y listas de temas para los fanáticos ubicados en las primeras filas.
Si bien Revocation ya tiene un lugar en la escena, es una banda que merece muchísimos más laureles de los que posee. Esperemos que en un futuro lleguen al lugar que se merecen y por el que vienen peleando desde hace tiempo.
Tras una demora de unos diez minutos, las luces se apagaron y Sylosis salió a escena con uno de sus nuevos singles, “Erased”. Desde ese mismo momento la respuesta del público fue brutal, con pogos y saltos durante todo el set. También hubo espacio para el crowdsurfing y el stage diving, pero esto incomodó a la banda, por lo que no se mantuvo durante toda la presentación.
El sonido fue claro y contundente desde el comienzo, apenas un punto más prolijo que el de Revocation. Los riffs graves, pero con mucho gancho, se escucharon a la perfección, incluso cuando los solos de guitarra tomaban el protagonismo. La batería sonó muy potente y se encargó de llevar el pulso de los temas, pasando de momentos más grooveros con fills rítmicos a otros más pesados, a puro uno y uno.
El show recorrió toda la carrera discográfica de la banda, con piezas como la invaluable “Pariahs” o la súper festejada “Heavy Is the Crown”. También hubo momento para un estreno: “All Glory, No Valour”, canción próxima a editarse. Esta fue precedida por un pedido de la banda de que no fuera compartida en internet. La respuesta del público fue excelente, coreando con fuerza el nombre del tema en el momento indicado.
Luego de poco más de una hora de show, la banda se despidió con la canción que da nombre a su próximo álbum, “The New Flesh”. Esta fue muy bien recibida y resultó un gran cierre para un show contundente y entretenido.
Si bien considero más lógico salir a presentar un álbum una vez editado, este show cumplió su cometido: anticipar la salida del disco y generar expectativas sobre el mismo. Gracias a este tour, Sylosis se aseguró muchísimas escuchas y, por qué no, muchas copias vendidas en un futuro cercano.

Etiquetas: Copenhague, Deathcore, Distant, Groove Metal, Life Cycles, Live Nation DK, Progressive Thrash Metal, Pumpehuset, Revocation, Sylosis, technical death metal, Thrash Metal


Al igual que en su anterior visita hace tan solo unos meses, los suecos llegaron en medio de una semana pasada por agua en toda Catalunya, en esta ocasión refugiados en la sala Upload, para ver a la banda sueca liderada por el uruguayo Rodrigo Alfaro (Atlas Losing Grip, Engineer, o Venerea).
Su actuación vino precedida por un par de bandas locales, en primer lugar, unos desenfrenados Woodchuck, punk californiano al estilo NOFX, tanto musicalmente, como por los diseños de sus primeros trabajos disponibles en bandcamp, Comics, Punk & Porn (2016) del que extrajeron “Fucktory”, y que sirvió de cierre a sus treinta minutos de gloria. Aunque al inicio de su actuación con “Flesh Burgers”, tema que título a su disco de 2018, éramos poco más de una cincuentena los allí presentes, hasta que la sala se fue llenando paulatinamente a medida que avanzaba la noche.
No obstante, le pusieron brío y entusiasmo, a pesar de pedir casi imposibles, como demandar sinergias a un público que permaneció atento, pero estático, dejando la zona más próxima al escenario para los incansables fotógrafos, como el arco de un área de futbol sala, para retratar así, a sus anchas.
Basaron su directo en su último disco Unintentionally Old (2024) con cortes como “Bad Trip”, “Invisible Crowd”, “FWCK”, o la tremebunda “Blind Allies”, además de ofrecernos una nueva composición titulada “Stage”. Se despidió Sergi agradeciendo nuestra presencia, y la ayuda prestada por toda la organización, y a todo dios, incluida su madre por haberlo parido. Buen show, en fin, no nos dormimos, y tocaron bastante rápido, a pesar de llamarse Woodchuck (marmota).
En segunda posición entraban en concurso Global Discontent, a los que tuve la oportunidad de ver anteriormente en vivo hace un par de años, en la Festa Major de Gràcia, concretamente en Ca La Trava, un pequeño y delicioso huerto/jardín okupado en medio del barrio barcelonés.
Mucho han mejorado desde los inicios en 2012 del cuarteto de Badalona, hecho que se aprecia sustancialmente en su nuevo álbum Ten Years Since the End of the World, en comparación a sus anteriores trabajos.
“Created in Barcelona” fue el tema elegido de este para abrir, recordándome por su título, y por su estilo a mis amigos de Sewer Brigade, y su Street punk. Tras un colérico grito de bienvenida, Bona Nit Barcelona, a cargo de su vocalista/guitarra Jairo, unos desarmonizados acordes dan paso a la melódica, y medio pegadiza “Discordant Voices”, enlazada a la veloz y para nada gratuita, “No Turning Back” desde su Far Below de 2014.
Unas palabras de Jairo para presentar otra de las nuevas con “Don’t Ever Leave Your Band Alone”, encadenada a la ultra agresiva “Police Still Kills”, dos balas de apenas el minuto. Rememora Jairo la última vez que fue a un concierto de Satanic Surfers, el año 2000 en La Bascula, lo fue también para mí, y habla de un colega con el que fue a ese bolo, y que hace unos diez años decidió no seguir viviendo, que pensaría ahora si nos viese tocando con ellos. Ante un problema, “Never Abandon”, porque no es la solución.
Tras este emotivo recuerdo, otra carga de profundidad es “Kenopsia is Killing me”, seguida por la inconformista “The Same Shit But Behind The Mask”. Agradecimientos a todos, y en especial a Woodchuck con los que tocaron en esta misma plaza hace diez años, con la dedicada a los que le sobrevaloraron, “Drunk in Dubrovnick Streets”, enganchada a “Take me Away”, y a “My Last Punk Song”.
Acabaron con tres temas más que agitados, no sin antes recordar comprar algo de merchandising, que son beneficios directos para las bandas, y probablemente los únicos de la noche, aparte del placer de actuar junto a una de sus bandas icónicas, aunque los suecos se llevarían la mayoría de las ventas, a pesar de los precios, a treinta euros la camiseta.
Así que muy bien por los badaloneses, dando buena cuenta de su nuevo material bien variado rítmicamente, y que en ocasiones recuerda Jairo, a la forma de cantar de Cecilia Boström (The Baboon Show), o a bandas de influencia irlandesa como Flogging Molly, o Dropkick Murphys. A seguir.
El mayo pasado, Satanic Surfers se quedaron sin consumar el acto, debido a la lluvia torrencial que cayó poco después de iniciar su actuación en el Altimira Fest, en la cercana población de Cerdanyola del Vallès, llegando a interpretar cuatro, o cinco temas, antes de tener que apagar los amplificadores, y recoger a toda prisa.
Puntualidad máxima de los suecos, con Rodrigo de nuevo tras la batería, y conjuntándose a las voces con Andy, que es quien más contacto mantiene con la audiencia entre canción y canción. Empezando por “The Usurper”, provocando ya los primeros pogos, y el stage diving con “And the Cheese Fell Down”, desde su Hero of Our Time (1996), en el que siguen basando su repertorio.
“Catch My Breath” y “Madhouse” son de su último disco hasta la fecha Back From Hell (2018), y de Going Nowhere Fast (1999) lo son “Worn Out Words”, y “Wishing You Were Here”. Andy nos presentó a la formación actual antes de “Hero of Our Time”, seguida por “Before It’s Too Late”, y “Tribute”. Cae desde su EP del 93, Skate to Hell, “Egocentric”, tras la cual Andy espetó que estamos locos, y preguntó irónicamente, si había alguna especie de seguro de accidentes gratuito acá, antes de empezar, en dos ocasiones “What Ever”.
Después de vomitar “Going Nowhere Fast”, y “Got to Throw Up”, llega el momento más o menos esperado, que es la interpretación de uno de los temas que irá incluido en su nuevo álbum, y en el que llevan trabajando desde la época de la pandemia, y que parece por fin va a ver la luz este año. El corte en cuestión parece ser se titula “Pink”, aunque Andy habló de un Perro, o dog, lo dijo de las dos maneras. Así como, decir que al conocerla ninguno, si cometemos algún error no os vais a dar cuenta. Una composición no excesivamente rápida, de dos minutos y pico, con muchos cambios de ritmo, y que Andy interpreta medio rapeando en la parte final.
Le pregunta Andy a un taxista que anda por la pista, ¿si está enamorado?, antes de atacar con “Sunshiny Day” y “Don’t Skate on My Ramp”, desde el EP Keep Out¡ (1994). Que nos conduce al disco compartido con Ten Foot Pole, “Truck Driving Punk”, circle pit incluido. Para finalizar a ritmo de ska con “The Treaty and the Bridge”, y desapareciendo el cuarteto de escena, con el técnico de la sala repartiendo un setlist acuñado en un trozo de cartón, y desconectando micrófonos ante la sorpresa general.
Vuelve a conectarlo todo, y antes de obsequiarnos con tres más, Rodrigo presenta “Armless Skater” como la canción más inteligente que han hecho nunca, parecida dijo, tarareándola y tocándola, al “Sex and Violence” de Exploited. Vuelta al infierno con “Why” en la cual encajaron los coros del “Running Free” de Iron Maiden, y locura generalizada para el cierre apoteósico, como no puede ser de otro modo, ahogándonos con “Head Under Water”.
De esta forma dieron finalmente por concluidos ochenta minutos de autentico frenesí hardcore adolescente, aunque la mayoría de la parroquia superó esa época hace unos treinta años, o más. Así que nada, éxito de convocatoria para un directo sin paliativos, deseando que, en su próximo tour, ya sea con ese ansiado álbum que llevan anunciando desde hace algunos añitos. Paciencia, que es la madre de la ciencia, dicen.
Foto portada: Jaume Estrada, gentileza Rock Zone
Etiquetas: barcelona, Global Discontent, HFMN Crew, Satanic Surfers, Woodchuck

El 9 de julio de 2002, el cuarteto Orchid dio un recital para acompañar la salida de su tercer álbum, cuya portada apenas tenía el nombre de la banda acompañado por una imagen de la filósofa marxista Angela Davis. Ese también sería su último concierto, aunque eso ya lo sabían desde antes: habiéndose formado en 1997 cuando los miembros estaban en la universidad y ahora con todos ellos habiéndose recibido o dejado los estudios, simplemente habían decidido que era momento de pasar a un nuevo capítulo en sus vidas. En esos cinco años, el grupo había editado tres LPs, dos EPs y varias colaboraciones en splits, dando un total de alrededor de 95 minutos de material.
Orchid había llegado a su fin, pero eso no quería decir que sus integrantes habían dejado la música. Participando en grupos como Bucket Full Of Teeth, Ampere, No Faith, Vaccine y otros de los que había leído en blogs de música pero que nunca había captado que estaban relacionados, el ADN del quinteto se podía sentir en una gran cantidad de música extrema, algo donde destacaba el guitarrista Will Killingsworth teniendo cientos de créditos como ingeniero de sonido o músico, y con el cantante Jayson Green terminando como invitado en una canción de LCD Soundsystem.
Al mismo tiempo, el sonido del emo comenzó a meterse en el mainstream de la mano de gente como My Chemical Romance, Panic! At The Disco o Fall Out Boy, primero con un estilo más melódico y en algunos casos ya directamente cortando cualquier conexión con sus orígenes punk. Muchos se habrán quedado ahí, pero más de un curioso debe haber usado ese tipo de bandas para ahondar más en el sonido y sus orígenes, muchas veces cayendo en esos mismos blogs de música rara que mencionaba anteriormente y descubriendo todas estas bandas que poco y nada tenían que ver con el sonido sofisticado y comercial de muchos de esos grupos: música extrema, brutal, de letras muchas veces indescifrables tanto en la manera en la que se cantaban como en su escritura, que bebía de influencias tanto musicales como filosóficas… y que también podría tacharse de “hipster” y “mamador”, pero que ciertamente era un mundo interesante para explorar. Y encima teniendo la internet para tener acceso a todo este material que originalmente sólo había estado disponible en vinilo, la leyenda de Orchid y grupos similares creció más y más, al punto de que podríamos decir que eran más populares de lo que fueron en vida.
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En 2024, después de miles de ofertas para que se reunieran y que los integrantes rechazaran simplemente por no estar interesados, Orchid anunció su vuelta, no sólo con todos los integrantes de su última formación sino también con el bajista Brad Wallace, miembro fundador quien se fuera en 1999, regresando como segundo guitarrista. Tras un par de conciertos primero en su ciudad natal de Amherst y más tarde por otros estados, fue momento de armar el equipaje y llevar el sonido de Orchid a nuevos lugares, con el The Doom Loop World Tour llevando al ahora quinteto en su primer paso por Latinoamérica.
Y es ahí donde estaría presente, de la mano de la gente de Noiseground que se puso al hombro la tarea de organizar la visita de Orchid, que se daría el 23 de enero de 2026 en el siempre confiable Uniclub de Guardia Vieja 3360.
Por temas laborales arribé a Uniclub cuando los teloneros nacionales Mis Sueños Son De Tu Adiós y Cursi No Muere ya habían hecho lo suyo, pero a quienes sí pude ver fue a Uniform, quienes son los compañeros de Orchid en esta gira. El grupo se presentaba en un formato que hubiera sido muy extraño para quien no conociera la propuesta, con apenas una batería programada de fondo acompañando al guitarrista Ben Greenberg y el cantante Michael Berdan, quien además andaba cantando mientras tenía el brazo en un cabestrillo. El sonido era caótico y cacofónico, entre los gritos de Berdan y el feedback de la guitarra de Greenberg mezclados con el sonido de la batería digital, y es bastante obvio que eso era justamente lo que Uniform quiere generar. La gente parecía bastante metida en la presentación, escuchando a Uniform repasar su álbum Wake In Fright y encima cerca del final metiendo un cover de “Symptom of the Universe” de Black Sabbath, canción que se adapta sorpresivamente bien a este contexto noise / industrial. Interesante más allá de ser claramente la oveja negra de la fecha.
Con un Uniclub repleto tanto en campo como en escaleras, se podía ver un público ciertamente diverso: era la clase de concierto donde remeras de Death, Burzum y Archgoat se podían cruzar con otras de Throbbing Gristle, The Gerogerigegege y Boris… y bolsos de Miku Hatsune, tatuajes de Pokémon, un peluche random de Sonic que se veía entre la audiencia. Un festival de contrastes.
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Poco antes de las 21:50, después de que sonara “Mountain Song” de Jane’s Addiction, las luces se apagaron y pudimos ver la aparición de la imagen del esqueleto en el ataúd, aquel que Orchid incluyera en el insert de Chaos Is Me, en las pantallas de fondo, con el telón corriéndose para revelar a la banda ya apostada en las tablas de Uniclub, con más de un grito y comentario para Killingsworth. De fondo comenzó a sonar “I’m Not In Love” de los británicos 10cc, uno de los éxitos de los setentas más adelantados a su época, mientras se podía ver a varios en el medio del campo preparándose para el mosh.
Al finalizar, el cantante Jayson Green tiró un simple “Hola”, y la fiesta comenzó.
“Le Desordre, C’est Moi” fue el primer disparo de la noche, una explosión de energía que tuvo de inmediato a la gente sumergiéndose en el pogo violento y a Green demostrando que los años habrán pasado y habrá dejado de ser un emo flaquito parecido al Rubius para estar ahora más parecido a Kurt Russell pero que nada de eso ha afectado su habilidad de gritarle al micrófono, incluso con el traje que vestía no siendo la mejor idea para el calor que se sentía, mientras varios en el público lo acompañaban con los gritos repetidos del final tanto en inglés como francés.
“¿Están todos bien?”, fue lo que dijo Green al finalizar la canción, avisando a la gente que “se cuidara una a la otra”: considerando que uno que yo tenía al lado se desmayó apenas había comenzado la canción y se lo tuvo que llevar un par de los de seguridad, el consejo no estaba para nada de más. La noche siguió con otra pequeña explosión de violencia de la mano de “Aesthetic Dialectic”, una de las canciones que más hacen pensar en cómo la nostalgia, vivida o no, hace que cambie la percepción de las cosas: si pensamos en Orchid como parte de una escena “real”, imagínense ver que ellos consideraban que el hardcore que los había influenciado se había vuelto una simple pose o estética.
Tras una sesión de cantos de la gente con el nombre de la banda, Jayson Green anunció el comienzo de “Lights Out”, la primera de Dance Tonight! Revolution Tomorrow! que sonaría aquella noche, con más acompañamientos de la gente ahora en la intro repitiendo el “You are, you are, you are, and you are”, antes de arrancar con esos riffs densos con una dosis menos de urgencia de lo normal de la banda, aunque todavía dando espacio para más mosh. Tras otras palabras de Green al público, señalando que era la primera vez de Orchid en Argentina, anunciaron “A Visit from Dr. Goodsex”.
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Tras reiterar que todos en el público estuvieran bien y agregando que si algo no estuviera bien entonces que avisaran, comenzaron a sonar las primeras notas de “Destination: Blood!”, uno de los grandes clásicos de Orchid al ser la que arranca Dance Tonight! y que tuvo a muchos anticipando con gritos y más tarde con aplausos en la sección de bajo a cargo de Geoff Garlock. Presentándose en formato de quinteto, Orchid se mostraban más fuertes que nunca, al menos con lo que se pudiera juzgar de antiguas grabaciones en VHS de los conciertos de su primera etapa: incluso entre el caos, era obvio que nada de lo que hacían estaba improvisado.
“Death of a Modernist”, “New Ideas in Mathematics”, “None More Black”, “I Am Nietzsche”, las pequeñas presentaciones filosóficas de Orchid pasadas a gritos y riffs furiosos tenían a la gente dejando todo ya sea en el pogo o viendo para subirse al escenario, con más de un par aprovechando su paso por las tablas para un abrazo antes de tirarse de vuelta al público. Más allá de lo señalado antes no tuvimos tantas instancias de diálogo directo con la gente, con excepción de un pedido de parte de Green de que uno de los que estaba grabando en primera fila apagara la luz del celular, claramente porque le estaba dando en los ojos. Apenas dando respiro, el final llegó con “…And The Cat Turned To Smoke”, por lejos la canción más larga de toda la discografía de Orchid (ocupa un tercio de Dance Tonight!) y que mostró ser un cierre perfecto para la noche.
Nada de despedidas falsas ni bises, Orchid ese sería de verdad el fin del concierto, más allá de tener a Killingsworth y Garlock repartiendo las listas de canciones entre las manos rabiosas de la gente, mientras el instrumental ambient “Impersonating Martin Rev” (un cuasi tributo al músico del dúo electrónico Suicide) sonaba de fondo. Cierre de telón, y taza taza cada uno a su casa.
Este debut de Orchid en los escenarios duró poco menos de una hora. Eso puede parecer poco, pero hay que tener en cuenta que repasaron nada menos que 27 canciones, 27 muestras de pura furia y desesperación poética destilada en dos minutos o menos por track. Y la gente aprovechó cada una de esas explosiones al máximo, a juzgar por la cantidad de mosh concentrado dentro del espacio limitado de Uniclub. Que se repita lo antes posible.
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Los fans del metal power y sinfónico de Glasgow disfrutaron de una velada excepcional en el O2 Academy, donde los gigantes holandeses del metal sinfónico Epica y los suecos rompe-géneros Amaranthe llevaron su gira como co-cabezas de cartel a la ciudad. Completando un cartel ya de por sí imponente estuvo la ex vocalista de Delain, Charlotte Wessels, hoy firmemente consolidada como artista solista con identidad propia. El triple cartel ofreció una noche definida por la excelencia vocal, la diversidad estilística y una energía implacable, con algunas de las interpretaciones vocales en directo más potentes que he presenciado.
Llegué al set de Charlotte Wessels sin expectativas claras, ya que no conocía su material en solitario, por lo que toda la atención estaba puesta en su interpretación vocal, y no decepcionó. Su voz es limpia, controlada y poderosa, aunque los primeros momentos se percibieron ligeramente contenidos en volumen desde mi posición. Aun así, gran parte del público parecía completamente inmerso, respondiendo con entusiasmo a su propuesta de corte sinfónico.
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Los nuevos temas “Tempest” y “After the Flood” se presentaron al inicio y mantuvieron la sala en un silencio casi absoluto, con el público visiblemente cautivado por su rango expresivo y su presencia atmosférica. El guitarrista Timo Somers añadió aún más profundidad al conjunto, ofreciendo un solo lleno de pasión que mostró tanto su habilidad técnica como su carga emocional.
El set dio un giro dramático con “The Exorcism”, que se adentró sin complejos en territorio death metal, un momento tan inesperado como muy bien recibido. El profesionalismo de Wessels quedó aún más patente cuando un fallo de vestuario provocó que su top de malla metálica cediera a mitad del concierto; sin inmutarse, se lo quitó y continuó sin perder una sola nota. Un instante que subrayó su aplomo y confianza sobre el escenario. Una actuación impredecible y absolutamente disfrutable.
Como co-cabezas de cartel, Epica salió al escenario con un montaje relativamente sobrio pero muy efectivo, estructurado en varios niveles y dominado por una gran pantalla de vídeo. El concierto se abrió con “Apparition”, con la vocalista Simone Simons apareciendo en una plataforma trasera, cubierta por lo que parecía un velo de viuda, una imagen impactante que marcó el tono desde el primer momento. (Durante esta primera canción, los fotógrafos no tuvimos permitido el acceso al foso).
Con su último álbum Aspiral aún reciente, buena parte del inicio del set se centró en material nuevo, equilibrado de forma magistral con los temas más celebrados por los fans a medida que avanzaba el concierto. Uno de los momentos más destacados llegó con el regreso de Charlotte Wessels al escenario para “Sirens – Of Blood and Water”, donde su voz se fusionó de manera exquisita con la de Simons en una colaboración verdaderamente especial.
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La segunda mitad del set ofreció exactamente lo que el público esperaba, incluyendo el siempre poderoso “Cry for the Moon”. El tecladista Coen Janssen resultó imposible de ignorar, recorriendo el escenario sin descanso con una energía contagiosa y empuñando con frecuencia su característico keytar curvado, convirtiéndose en uno de los artistas más entretenidos de la noche.
Los intercambios de guturales entre Mark Jansen e Isaac Delahaye durante “Martyr of the Free Word” aportaron una contundente intensidad death metal, mientras que “Eye of the Storm” mostró a la perfección el contraste característico de la banda: las brutales estrofas de Jansen frente a los majestuosos y operísticos estribillos de Simons. Ver a Epica en directo por primera vez fue una experiencia impresionante, que destacó con claridad la tensión dinámica entre la grandeza sinfónica y la agresividad del metal extremo.
Formados en 2008, Amaranthe siempre han ocupado su propio espacio dentro del mundo del metal, fusionando de manera natural sensibilidades pop, elementos electrónicos y una contundencia aplastante. De gira presentando su último lanzamiento, The Catalyst, volvieron a demostrar por qué son auténticos maestros de su género. Con tres vocalistas sobre el escenario —Elize Ryd (voz limpia), Nils Molin (vocales metal tradicionales) y Mikael Sehlin (guturales)— su sonido en directo es masivo y perfectamente equilibrado.
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Ryd dominó la plataforma central frontal con un carisma arrollador, mientras Sehlin descargaba sus guturales ante una respuesta del público cada vez más desatada. Cuando Molin se unió a ellos, la reacción de la audiencia alcanzó un nivel completamente distinto. La constante interacción de la banda —saludando a los fans y reconociendo a personas concretas entre el público— no hizo más que reforzar la sensación de comunidad.
La energía sobre el escenario fue inagotable. Cada miembro de la banda irradiaba positividad, haciendo imposible no cantar, saltar, hacer headbanging o dejarse llevar por el caos del crowd surfing. Temas como “The Catalyst” y “Amaranthine” fueron momentos especialmente destacados, con los tres vocalistas realizando headbanging sincronizado y demostrando cómo la variedad de su repertorio permite que cada integrante brille.
El concierto se cerró con la gloriosamente pegadiza “Drop Dead Cynical”, enviando al público a casa en un estado de auténtica euforia. A día de hoy, el estribillo de “Drop Dead Cynical” todavía aparece de forma aleatoria en mi cabeza.
- Charlotte Wessels
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- Epica
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La noche aún no había empezado a sudar cuando Wicked Dog subió los tres escalones del escenario. No eran los dueños de la casa, pero venían a encender la chimenea con gasolina. Tres tipos de Terrassa, con el blues oxidado en las venas y el rock golpeándoles las sienes, llamados a preparar el terreno para la apisonadora llegada desde Seattle. Desde mi sitio, el aire de la sala ya se sentía denso, como si el propio hormigón supiera lo que estaba a punto de suceder. Abrieron fuego con “Strawberry Cheesecake”, que no era un postre dulce, sino una bofetada de azúcar quemada y distorsión, una declaración de intenciones que dejaba claro que el trío no venía a pedir permiso. Sin tiempo para respirar cayó “Banana Suicide”, un ritmo que se sentía como bajar una colina en un coche sin frenos mientras Alberto castigaba la guitarra y Jesús y Daniel levantaban un muro de sonido que me vibraba directamente en el esternón. La cosa se volvió más oscura con “Where the Wicked Roams”, como caminar por un callejón de mala muerte a medianoche con el bajo marcando cada paso, seguida de “Full Time Conversion”, esa transmutación necesaria en la que el público deja de ser espectador para convertirse en parte del ruido. A mitad del set, el mundo tembló con «Collapse», un golpe de rock que obliga a cerrar los ojos por puro instinto animal, antes de invocar el espíritu de nuestra tierra con “La Mola Mountain Rocks”, que retumbó como un desprendimiento de rocas bajando desde la cima, con el volumen clavado al once. Llegó la confesión con “I’m Not into Metal Anymore”, una oda al rock-blues directo, sin artificios, solo madera y sudor, y para el final dejaron que el verano se despidiera con sangre: “Last Bat of Summer” sobrevoló una audiencia ya en llamas como un murciélago eléctrico, dejando gargantas secas y miradas encendidas, antes de cerrar el círculo con “Picture Man”, suspendiendo la última nota en el aire como una fotografía revelada en ácido. Cuando bajaron del escenario, con los oídos pitando y el pulso acelerado, la sensación era clara: Wicked Dog había cumplido su función y la sala estaba caliente, tensa y peligrosamente lista para lo que venía después.
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La Ciudad Condal todavía escupía lluvia y frío aquella noche de miércoles cuando salí un momento y volví a cruzar el umbral de la Sala Upload, en el corazón del Poble Espanyol, con la certeza de que el aire traía una promesa de azufre, gasolina y redención. No era una noche cualquiera de este invierno recién estrenado: era la fecha marcada a fuego para que la maquinaria de Tucson, Arizona, desembarcara en Barcelona como una de las paradas más calientes de su gira española de 2026. The Supersuckers volvían para reclamar su trono de espuelas, parches y distorsión, recordándonos que el rock and roll no es un género, sino un estado de resistencia. El ambiente ya se espesaba con ese aroma inconfundible a cuero viejo, cerveza derramada y orgullo outlaw cuando, sin previo aviso, las luces se hundieron en un negro abisal y los altavoces escupieron los armónicos imposibles de “Eruption”: no era nostalgia ni ironía, sino artillería pesada, el aviso inequívoco de que los Supersuckers no vienen a pedir permiso, vienen a derribar la puerta de tu cordura como un convoy sin frenos bajando por una pendiente del desierto.
Eddie Spaghetti apareció con ese aire de profeta del polvo que ha visto demasiados amaneceres desde una furgoneta, se plantó ante el micro con la chulería intacta de quien ha sobrevivido al cáncer, a las modas y a casi cuatro décadas de carretera y, antes de empezar a repartir hostias, lanzó la pregunta al aire: «¿Cómo se llama esta banda?». La respuesta fue inmediata, rugida desde el fondo de la sala y sin necesidad de traducción: «¡Supermamones!». Eddie sonrió, satisfecho, como quien sabe que la comunión ya está sellada, y proclamó que siguen siendo «la mejor banda de rock and roll del mundo». Abrieron con “Pretty Fucked Up” y ese poso de country alternativo, polvo acumulado y lamento de bar de carretera se mezcló con la rabia punk más pura, como si Willie Nelson se hubiera inyectado anfetaminas en un callejón de Seattle para ajustar cuentas con el pasado. “The Evil Powers of Rock and Roll” cayó como un mazazo, con Metal Marty Chandler —vaquero galáctico recién bajado de un cometa de fuzz— castigando la guitarra mientras Chango Von Streicher marcaba un pulso de martillo pilón que retumbaba en el pecho de una audiencia ya rendida.
La noche se escribió con sudor y verdad cuando sonó “Rock-n-Roll Records (Ain’t Selling This Year)”, dejando claro que el negocio es basura, pero aporrear tres acordes frente a una masa rugiente sigue siendo sagrado. La Upload se convirtió en un honky-tonk de mala muerte en mitad del Mediterráneo con “Coattail Rider” y “Creepy Jackalope Eye”, el bajo tronando como un trueno sobre el valle de Sonora, sin tregua al encadenar “Get the Hell” y “Maybe I’m Just Messin’ With You”, sarcasmo afilado y riffs sin anestesia. Hubo belleza sucia y descarnada en “All of Time” y “Roadworn and Weary”, himnos para quienes llevamos la carretera tatuada en las ojeras, y en “I Tried to Write a Song” apareció el artesano que sigue buscando la melodía perfecta en el fondo de una botella de bourbon barato. Con “Rock Your Ass” alcanzaron el punto de ebullición y Marty Chandler tomó el mando vocal en “Working My Ass Off!”, haciendo estallar el espíritu obrero del rock en gloria analógica, sin bajar el pistón con “Unsolvable Problems” y “Meaningful Songs”, piezas clave de Liquor, Women, Drugs & Killing, antes de recordar sus orígenes con su versión de “Rock ’n’ Roll”, grabada en 1992 en The Songs All Sound the Same, cuando el descaro aún estaba aprendiendo a ser identidad. El final fue un descenso sin frenos con “Rocket 69” e “I Want the Drugs”, la pista convertida en un torbellino de cuero y puños en alto, hasta que “Born with a Tail” selló la comunión total entre banda y público, celebrando que, en un mundo de algoritmos de plástico, el cowpunk de bota manchada sigue siendo la única religión honesta.
Las luces se encendieron con “Runnin’ with the Devil” cerrando el círculo. Vi a Eddie Spaghetti bajar cansado pero invicto, y salí a la noche del museo de arquitectura al aire libre sintiendo que el aire cortaba menos y que la ciudad era un poco más nuestra, porque mientras estos tipos sigan cruzando el océano para escupirnos sus verdades, sus riffs y su sudor a la cara, el mundo seguirá teniendo un refugio para quienes preferimos el rugido de un amplificador al límite a la mentira de una vida segura y predecible.

Madrid, 21 de enero de 2026 — Jornada maratoniana de decibelios la que vivimos el pasado miércoles en la Sala Revi Live. Con un cartel compuesto por cinco bandas y una apertura de puertas temprana, a las 17:30, el recinto madrileño se preparaba para una de esas citas que quedan grabadas por la variedad estilística y el contraste de propuestas. Desde el rock más clásico hasta el folk metal mongol y la parodia más desternillante, el evento fue una montaña rusa de sensaciones que, a medida que avanzaba la tarde, fue congregando a una audiencia cada vez más numerosa hasta rozar el lleno técnico con los platos fuertes de la noche.
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La tarde arrancó con Vaughan. La banda salió a escena con la difícil tarea de romper el hielo ante los primeros valientes que entraron en la sala. Fue un comienzo algo frío, marcado por algunos problemas técnicos en el sonido de la guitarra solista que empañaron los primeros compases. Sin embargo, su propuesta de Rock directo y con aroma clásico terminó por caldear el ambiente; sus composiciones, de corte muy rockero, lograron que el respetable comenzara a ejercitar las cervicales, sentando una base necesaria para lo que estaba por venir.
El relevo lo tomó Love Survivors y el cambio de registro fue absoluto. La banda irrumpió con una contundencia propia del Metalcore, elevando la agresividad y el ritmo de la velada de forma exponencial. A pesar de que el aforo todavía estaba lejos de su punto álgido, su entrega puso la sala en ebullición. Personalmente, fue un descubrimiento gratificante: una banda con un punch envidiable y una ejecución que invita a seguirlos de cerca para desgranar su discografía con la profundidad que merecen.
Hablar de MorphiuM es hablar de una de las formaciones más sólidas y profesionales del panorama nacional. En esta cuarta ocasión que los veo, volvieron a demostrar por qué son una apuesta segura. Entraron al escenario con una misión clara: aprovechar sus escasos 30 minutos como si fueran los últimos de su vida. Su estilo, un Metal Moderno con tintes de Death y oscuridad, suena como un bloque compacto, un auténtico martillo que golpea sin descanso.
Alex es una bestia escénica, un frontman que se deja la piel por conectar con el público, y la banda le sigue con una precisión de cirujano. Se nos hizo corto, muy corto. La sensación generalizada entre el respetable era de querer más, de haber presenciado una descarga de profesionalidad y entrega que bien merecía un setlist más extenso.
La gran sorpresa de la noche, sin lugar a dudas, fue UUHAI. La propuesta de los mongoles va mucho más allá de lo exótico que resulta ver su estética sobre las tablas. Su música es una amalgama de ritmos viscerales y melodías asiáticas que se fusionan con la base rítmica del metal de forma magistral. Lo más fascinante fue comprobar cómo, sin conocer las letras ni haber escuchado sus temas previamente, el público madrileño se descubrió coreando sus melodías, prueba inequívoca de su capacidad de conexión.
Técnicamente, su diferencia radica en el uso de instrumentos tradicionales como el morin khuur (un violín de dos cuerdas de grandes dimensiones, similar a un violonchelo). Ver y escuchar estos instrumentos electrificados, sacando sonidos únicos y ancestrales, fue una experiencia asombrosa. A esto se suma el uso de técnicas de canto gutural difónico, creando sonoridades originales que se integran a la perfección en la base metálica marcada por una batería y dos tambores tradicionales. UUHAI no solo ofrecieron un concierto, ofrecieron un ritual folclórico electrificado que ya se ha ganado un hueco en mi biblioteca personal.
Para lo de Nanowar of Steel uno nunca está lo suficientemente preparado. Bajo la capa de humor, parodia y sátira, se esconde una banda de músicos excepcionales que llevan un show medido al milímetro. Se mueven en el terreno del Parody Metal, un género que dominan basándose en una versatilidad musical asombrosa, capaces de saltar de la épica del Power Metal a ritmos de tecno, reggaetón o coreografías pop sin despeinarse y con una ejecución técnica envidiable.
El público, de una variedad de edades y géneros envidiable, se entregó al juego desde el primer minuto. El espectáculo visual estuvo a la altura: humo, chispas, disfraces hilarantes y hasta la famosa mesa del IKEA hizo acto de presencia. Ver a una sala completa metida en sus bromas, bailando y participando en una conga gigante que recorría toda la pista de la Revi Live, fue un momento épico para el cierre. Nanowar se lo toman muy en serio para que nosotros podamos reírnos, y ese esfuerzo se traduce en un espectáculo cuadrado que compensa con creces la tarde maratoniana.
En el apartado técnico, la Sala Revi Live volvió a lucir galones en cuanto a sonido, mostrándose una vez más como una de las salas con mejor acústica de la capital; nítida y potente para todas las bandas. Sin embargo, la cruz de la moneda fue la iluminación. Desde un punto de vista fotográfico, las luces resultaron decepcionantes: oscuras, carentes de intención artística y, en muchos tramos, totalmente desincronizadas con la acción que ocurría en el escenario.


Tachuelas, cuero, cadenas y veteranía son algunas de las señas de identidad de la legendaria Hammerfall, uno de los nombres imprescindibles del heavy/power metal europeo. Los suecos se embarcaron en una gira europea para presentar su última obra, Avenge The Fallen, con parada en cinco ciudades españolas y acompañados en todas las fechas por los británicos Tailgunner, encargados de abrir la noche. Con un aforo cercano al 70 %, la sala Mamba! de Murcia fue el escenario elegido para una velada marcada por el metal clásico, los riffs afilados y el espíritu combativo que define a ambas formaciones.
Los primeros en saltar a escena fueron Tailgunner, joven banda inglesa formada en 2022 que llegaba con la vitola de promesa tras su debut Guns For Fire, elegido disco del año 2023 por Fistful of Metal y apadrinado nada menos que por K.K. Downing (ex Judas Priest). Dispuestos a conquistar nuevos seguidores gracias a su enérgico directo y a una propuesta claramente influenciada por la NWOBHM, comenzaron su descarga sin concesiones mientras sonaban las sirenas de “Midnight Blitz”, tema que da nombre a su próxima obra prevista para 2026. Las guitarras afiladas y la actitud de Craig Cairns a las voces, animando constantemente al público, marcaron el inicio de un concierto intenso y directo.
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La descarga continuó con la rabiosa “White Death”, impulsada por una batería cabalgante a ritmo vertiginoso y un llamativo duelo de guitarras entre Zach Salvini y Jara Solís, quien sustituye temporalmente en directo a Rhea Thompson. Poco a poco la sala fue recibiendo a más público y los británicos subieron la intensidad con cortes como la coreable “Shadows Of War” o la ultrarrápida “Barren Lands & Seas Of Red”, haciendo las delicias de los fans del metal más clásico. El sonido, sin ser perfecto, resultó bastante aceptable, aunque con las voces algo bajas en ciertos momentos. Para despedirse recurrieron a los bises con “Eulogy” y “Guns For Fire”, dejando muy buenas sensaciones y ganas de volver a verlos, algo que sucederá en el festival Leyendas del Rock.
Si hablamos de bandas que han marcado época dentro del género, Hammerfall es uno de los primeros nombres que vienen a la mente. Tres décadas sacando himnos, editando discos y girando sin descanso los avalan, y su especial conexión con el público español quedó reflejada en la gran asistencia registrada en la tarde del domingo, con la sala Mamba! casi llena. Los suecos aparecieron sobre el escenario envueltos en una espesa nube de humo y con un juego de luces algo escaso y lineal que se mantuvo durante todo el concierto, desluciendo ligeramente su puesta en escena. El show arrancó con “Avenge the Fallen”, tema homónimo de su último disco, aunque el repertorio pasó de puntillas por esta etapa reciente para centrarse mayoritariamente en una sólida colección de clásicos.
A partir de ahí, la noche fue un desfile de himnos con “Heeding the Call”, “Any Means Necessary” y el ritmo marcial de “Hammer of Dawn”, interpretados por una banda totalmente entregada y con un sonido muy bueno, donde los instrumentos se distinguían con claridad. Destacó especialmente la pegada del batería David Wallin, impecable durante todo el concierto, así como la constante “lucha” guitarrera entre Oscar Dronjak y Pontus Norgren. La experiencia de Joacim Cans como frontman quedó patente cada vez que se dirigía al público, ya fuera para charlar, explicar cómo hacer los coros o preguntar cuántos asistentes los veían por primera vez. La fiesta continuó con “Renegade”, “Hammer High” y la épica “Last Man Standing”, antes de recuperar “Fury of the Wild” entre aplausos. En la recta final sonaron la instrumental “Chapter V: The Medley”, la emotiva “Glory to the Brave” y “(We Make) Sweden Rock”, ondeando una bandera sueca con orgullo. Los bises, con “Hail to the King” y “Hearts on Fire”, pusieron el broche a otro show impecable para el recuerdo. Hammerfall, una vez más, no defraudaron.




















































































