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The Supersuckers en Barcelona: “Gasolina, sudor y rock and roll”
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La noche aún no había empezado a sudar cuando Wicked Dog subió los tres escalones del escenario. No eran los dueños de la casa, pero venían a encender la chimenea con gasolina. Tres tipos de Terrassa, con el blues oxidado en las venas y el rock golpeándoles las sienes, llamados a preparar el terreno para la apisonadora llegada desde Seattle. Desde mi sitio, el aire de la sala ya se sentía denso, como si el propio hormigón supiera lo que estaba a punto de suceder. Abrieron fuego con “Strawberry Cheesecake”, que no era un postre dulce, sino una bofetada de azúcar quemada y distorsión, una declaración de intenciones que dejaba claro que el trío no venía a pedir permiso. Sin tiempo para respirar cayó “Banana Suicide”, un ritmo que se sentía como bajar una colina en un coche sin frenos mientras Alberto castigaba la guitarra y Jesús y Daniel levantaban un muro de sonido que me vibraba directamente en el esternón. La cosa se volvió más oscura con “Where the Wicked Roams”, como caminar por un callejón de mala muerte a medianoche con el bajo marcando cada paso, seguida de “Full Time Conversion”, esa transmutación necesaria en la que el público deja de ser espectador para convertirse en parte del ruido. A mitad del set, el mundo tembló con «Collapse», un golpe de rock que obliga a cerrar los ojos por puro instinto animal, antes de invocar el espíritu de nuestra tierra con “La Mola Mountain Rocks”, que retumbó como un desprendimiento de rocas bajando desde la cima, con el volumen clavado al once. Llegó la confesión con “I’m Not into Metal Anymore”, una oda al rock-blues directo, sin artificios, solo madera y sudor, y para el final dejaron que el verano se despidiera con sangre: “Last Bat of Summer” sobrevoló una audiencia ya en llamas como un murciélago eléctrico, dejando gargantas secas y miradas encendidas, antes de cerrar el círculo con “Picture Man”, suspendiendo la última nota en el aire como una fotografía revelada en ácido. Cuando bajaron del escenario, con los oídos pitando y el pulso acelerado, la sensación era clara: Wicked Dog había cumplido su función y la sala estaba caliente, tensa y peligrosamente lista para lo que venía después.

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La Ciudad Condal todavía escupía lluvia y frío aquella noche de miércoles cuando salí un momento y volví a cruzar el umbral de la Sala Upload, en el corazón del Poble Espanyol, con la certeza de que el aire traía una promesa de azufre, gasolina y redención. No era una noche cualquiera de este invierno recién estrenado: era la fecha marcada a fuego para que la maquinaria de Tucson, Arizona, desembarcara en Barcelona como una de las paradas más calientes de su gira española de 2026. The Supersuckers volvían para reclamar su trono de espuelas, parches y distorsión, recordándonos que el rock and roll no es un género, sino un estado de resistencia. El ambiente ya se espesaba con ese aroma inconfundible a cuero viejo, cerveza derramada y orgullo outlaw cuando, sin previo aviso, las luces se hundieron en un negro abisal y los altavoces escupieron los armónicos imposibles de “Eruption”: no era nostalgia ni ironía, sino artillería pesada, el aviso inequívoco de que los Supersuckers no vienen a pedir permiso, vienen a derribar la puerta de tu cordura como un convoy sin frenos bajando por una pendiente del desierto.

Eddie Spaghetti apareció con ese aire de profeta del polvo que ha visto demasiados amaneceres desde una furgoneta, se plantó ante el micro con la chulería intacta de quien ha sobrevivido al cáncer, a las modas y a casi cuatro décadas de carretera y, antes de empezar a repartir hostias, lanzó la pregunta al aire: «¿Cómo se llama esta banda?». La respuesta fue inmediata, rugida desde el fondo de la sala y sin necesidad de traducción: «¡Supermamones!». Eddie sonrió, satisfecho, como quien sabe que la comunión ya está sellada, y proclamó que siguen siendo «la mejor banda de rock and roll del mundo». Abrieron con “Pretty Fucked Up” y ese poso de country alternativo, polvo acumulado y lamento de bar de carretera se mezcló con la rabia punk más pura, como si Willie Nelson se hubiera inyectado anfetaminas en un callejón de Seattle para ajustar cuentas con el pasado. “The Evil Powers of Rock and Roll” cayó como un mazazo, con Metal Marty Chandler —vaquero galáctico recién bajado de un cometa de fuzz— castigando la guitarra mientras Chango Von Streicher marcaba un pulso de martillo pilón que retumbaba en el pecho de una audiencia ya rendida.

La noche se escribió con sudor y verdad cuando sonó “Rock-n-Roll Records (Ain’t Selling This Year)”, dejando claro que el negocio es basura, pero aporrear tres acordes frente a una masa rugiente sigue siendo sagrado. La Upload se convirtió en un honky-tonk de mala muerte en mitad del Mediterráneo con “Coattail Rider” y “Creepy Jackalope Eye”, el bajo tronando como un trueno sobre el valle de Sonora, sin tregua al encadenar “Get the Hell” y “Maybe I’m Just Messin’ With You”, sarcasmo afilado y riffs sin anestesia. Hubo belleza sucia y descarnada en “All of Time” y “Roadworn and Weary”, himnos para quienes llevamos la carretera tatuada en las ojeras, y en “I Tried to Write a Song” apareció el artesano que sigue buscando la melodía perfecta en el fondo de una botella de bourbon barato. Con “Rock Your Ass” alcanzaron el punto de ebullición y Marty Chandler tomó el mando vocal en “Working My Ass Off!”, haciendo estallar el espíritu obrero del rock en gloria analógica, sin bajar el pistón con “Unsolvable Problems” y “Meaningful Songs”, piezas clave de Liquor, Women, Drugs & Killing, antes de recordar sus orígenes con su versión de “Rock ’n’ Roll”, grabada en 1992 en The Songs All Sound the Same, cuando el descaro aún estaba aprendiendo a ser identidad. El final fue un descenso sin frenos con “Rocket 69” e “I Want the Drugs”, la pista convertida en un torbellino de cuero y puños en alto, hasta que “Born with a Tail” selló la comunión total entre banda y público, celebrando que, en un mundo de algoritmos de plástico, el cowpunk de bota manchada sigue siendo la única religión honesta.

Las luces se encendieron con “Runnin’ with the Devil” cerrando el círculo. Vi a Eddie Spaghetti bajar cansado pero invicto, y salí a la noche del museo de arquitectura al aire libre sintiendo que el aire cortaba menos y que la ciudad era un poco más nuestra, porque mientras estos tipos sigan cruzando el océano para escupirnos sus verdades, sus riffs y su sudor a la cara, el mundo seguirá teniendo un refugio para quienes preferimos el rugido de un amplificador al límite a la mentira de una vida segura y predecible.

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Nanowar of Steel en Madrid: “Carnaval de metal y exotismo oriental”
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Madrid, 21 de enero de 2026 — Jornada maratoniana de decibelios la que vivimos el pasado miércoles en la Sala Revi Live. Con un cartel compuesto por cinco bandas y una apertura de puertas temprana, a las 17:30, el recinto madrileño se preparaba para una de esas citas que quedan grabadas por la variedad estilística y el contraste de propuestas. Desde el rock más clásico hasta el folk metal mongol y la parodia más desternillante, el evento fue una montaña rusa de sensaciones que, a medida que avanzaba la tarde, fue congregando a una audiencia cada vez más numerosa hasta rozar el lleno técnico con los platos fuertes de la noche.

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La tarde arrancó con Vaughan. La banda salió a escena con la difícil tarea de romper el hielo ante los primeros valientes que entraron en la sala. Fue un comienzo algo frío, marcado por algunos problemas técnicos en el sonido de la guitarra solista que empañaron los primeros compases. Sin embargo, su propuesta de Rock directo y con aroma clásico terminó por caldear el ambiente; sus composiciones, de corte muy rockero, lograron que el respetable comenzara a ejercitar las cervicales, sentando una base necesaria para lo que estaba por venir.

El relevo lo tomó Love Survivors y el cambio de registro fue absoluto. La banda irrumpió con una contundencia propia del Metalcore, elevando la agresividad y el ritmo de la velada de forma exponencial. A pesar de que el aforo todavía estaba lejos de su punto álgido, su entrega puso la sala en ebullición. Personalmente, fue un descubrimiento gratificante: una banda con un punch envidiable y una ejecución que invita a seguirlos de cerca para desgranar su discografía con la profundidad que merecen.

Hablar de MorphiuM es hablar de una de las formaciones más sólidas y profesionales del panorama nacional. En esta cuarta ocasión que los veo, volvieron a demostrar por qué son una apuesta segura. Entraron al escenario con una misión clara: aprovechar sus escasos 30 minutos como si fueran los últimos de su vida. Su estilo, un Metal Moderno con tintes de Death y oscuridad, suena como un bloque compacto, un auténtico martillo que golpea sin descanso.

Alex es una bestia escénica, un frontman que se deja la piel por conectar con el público, y la banda le sigue con una precisión de cirujano. Se nos hizo corto, muy corto. La sensación generalizada entre el respetable era de querer más, de haber presenciado una descarga de profesionalidad y entrega que bien merecía un setlist más extenso.

La gran sorpresa de la noche, sin lugar a dudas, fue UUHAI. La propuesta de los mongoles va mucho más allá de lo exótico que resulta ver su estética sobre las tablas. Su música es una amalgama de ritmos viscerales y melodías asiáticas que se fusionan con la base rítmica del metal de forma magistral. Lo más fascinante fue comprobar cómo, sin conocer las letras ni haber escuchado sus temas previamente, el público madrileño se descubrió coreando sus melodías, prueba inequívoca de su capacidad de conexión.

Técnicamente, su diferencia radica en el uso de instrumentos tradicionales como el morin khuur (un violín de dos cuerdas de grandes dimensiones, similar a un violonchelo). Ver y escuchar estos instrumentos electrificados, sacando sonidos únicos y ancestrales, fue una experiencia asombrosa. A esto se suma el uso de técnicas de canto gutural difónico, creando sonoridades originales que se integran a la perfección en la base metálica marcada por una batería y dos tambores tradicionales. UUHAI no solo ofrecieron un concierto, ofrecieron un ritual folclórico electrificado que ya se ha ganado un hueco en mi biblioteca personal.

Para lo de Nanowar of Steel uno nunca está lo suficientemente preparado. Bajo la capa de humor, parodia y sátira, se esconde una banda de músicos excepcionales que llevan un show medido al milímetro. Se mueven en el terreno del Parody Metal, un género que dominan basándose en una versatilidad musical asombrosa, capaces de saltar de la épica del Power Metal a ritmos de tecno, reggaetón o coreografías pop sin despeinarse y con una ejecución técnica envidiable.

El público, de una variedad de edades y géneros envidiable, se entregó al juego desde el primer minuto. El espectáculo visual estuvo a la altura: humo, chispas, disfraces hilarantes y hasta la famosa mesa del IKEA hizo acto de presencia. Ver a una sala completa metida en sus bromas, bailando y participando en una conga gigante que recorría toda la pista de la Revi Live, fue un momento épico para el cierre. Nanowar se lo toman muy en serio para que nosotros podamos reírnos, y ese esfuerzo se traduce en un espectáculo cuadrado que compensa con creces la tarde maratoniana.

En el apartado técnico, la Sala Revi Live volvió a lucir galones en cuanto a sonido, mostrándose una vez más como una de las salas con mejor acústica de la capital; nítida y potente para todas las bandas. Sin embargo, la cruz de la moneda fue la iluminación. Desde un punto de vista fotográfico, las luces resultaron decepcionantes: oscuras, carentes de intención artística y, en muchos tramos, totalmente desincronizadas con la acción que ocurría en el escenario.

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Hammerfall en Murcia: “puños en alto y orgullo metalero”
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Tachuelas, cuero, cadenas y veteranía son algunas de las señas de identidad de la legendaria Hammerfall, uno de los nombres imprescindibles del heavy/power metal europeo. Los suecos se embarcaron en una gira europea para presentar su última obra, Avenge The Fallen, con parada en cinco ciudades españolas y acompañados en todas las fechas por los británicos Tailgunner, encargados de abrir la noche. Con un aforo cercano al 70 %, la sala Mamba! de Murcia fue el escenario elegido para una velada marcada por el metal clásico, los riffs afilados y el espíritu combativo que define a ambas formaciones.

Los primeros en saltar a escena fueron Tailgunner, joven banda inglesa formada en 2022 que llegaba con la vitola de promesa tras su debut Guns For Fire, elegido disco del año 2023 por Fistful of Metal y apadrinado nada menos que por K.K. Downing (ex Judas Priest). Dispuestos a conquistar nuevos seguidores gracias a su enérgico directo y a una propuesta claramente influenciada por la NWOBHM, comenzaron su descarga sin concesiones mientras sonaban las sirenas de “Midnight Blitz”, tema que da nombre a su próxima obra prevista para 2026. Las guitarras afiladas y la actitud de Craig Cairns a las voces, animando constantemente al público, marcaron el inicio de un concierto intenso y directo.

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La descarga continuó con la rabiosa “White Death”, impulsada por una batería cabalgante a ritmo vertiginoso y un llamativo duelo de guitarras entre Zach Salvini y Jara Solís, quien sustituye temporalmente en directo a Rhea Thompson. Poco a poco la sala fue recibiendo a más público y los británicos subieron la intensidad con cortes como la coreable “Shadows Of War” o la ultrarrápida “Barren Lands & Seas Of Red”, haciendo las delicias de los fans del metal más clásico. El sonido, sin ser perfecto, resultó bastante aceptable, aunque con las voces algo bajas en ciertos momentos. Para despedirse recurrieron a los bises con “Eulogy” y “Guns For Fire”, dejando muy buenas sensaciones y ganas de volver a verlos, algo que sucederá en el festival Leyendas del Rock.

Si hablamos de bandas que han marcado época dentro del género, Hammerfall es uno de los primeros nombres que vienen a la mente. Tres décadas sacando himnos, editando discos y girando sin descanso los avalan, y su especial conexión con el público español quedó reflejada en la gran asistencia registrada en la tarde del domingo, con la sala Mamba! casi llena. Los suecos aparecieron sobre el escenario envueltos en una espesa nube de humo y con un juego de luces algo escaso y lineal que se mantuvo durante todo el concierto, desluciendo ligeramente su puesta en escena. El show arrancó con “Avenge the Fallen”, tema homónimo de su último disco, aunque el repertorio pasó de puntillas por esta etapa reciente para centrarse mayoritariamente en una sólida colección de clásicos.

A partir de ahí, la noche fue un desfile de himnos con “Heeding the Call”, “Any Means Necessary” y el ritmo marcial de “Hammer of Dawn”, interpretados por una banda totalmente entregada y con un sonido muy bueno, donde los instrumentos se distinguían con claridad. Destacó especialmente la pegada del batería David Wallin, impecable durante todo el concierto, así como la constante “lucha” guitarrera entre Oscar Dronjak y Pontus Norgren. La experiencia de Joacim Cans como frontman quedó patente cada vez que se dirigía al público, ya fuera para charlar, explicar cómo hacer los coros o preguntar cuántos asistentes los veían por primera vez. La fiesta continuó con “Renegade”, “Hammer High” y la épica “Last Man Standing”, antes de recuperar “Fury of the Wild” entre aplausos. En la recta final sonaron la instrumental “Chapter V: The Medley”, la emotiva “Glory to the Brave” y “(We Make) Sweden Rock”, ondeando una bandera sueca con orgullo. Los bises, con “Hail to the King” y “Hearts on Fire”, pusieron el broche a otro show impecable para el recuerdo. Hammerfall, una vez más, no defraudaron.

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Patriarkh en Barcelona: “Entre incienso y blasfemia”
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El concierto de Patriarkh en Barcelona reunió a una buena representación del metal extremo europeo en una noche intensa y bien organizada. Por problemas de transporte no fue posible llegar a tiempo para ver a Halls of Oblivion ni a Sanity, las dos bandas encargadas de abrir el cartel, por lo que esta crónica se centra en las actuaciones de Hate, Arkona y Patriarkh, que fueron las que pude presenciar ya con la sala en plena actividad.

Hate, veterana banda polaca de blackened death metal con décadas de trayectoria y su último álbum Bellum Regiis publicado en 2025 salio a escena. Su actuación fue directa y contundente desde el inicio, con un set que incluyó varios de sus temas más representativos. Entre los cortes que sonaron estuvieron Sovereign Sanctity”, “Erebos”, “Bellum Regiis”, “Valley of Darkness” y “Iphigenia”, mostrando un equilibrio entre velocidad y agresividad con un sonido potente y equilibrado. Hate mantuvo la intensidad durante toda su presentación, con la respuesta del público creciente a medida que avanzaba el concierto, destacando la fuerza de su base rítmica y la presencia firme de las guitarras.

A continuación fue el turno de Arkona, que actualmente se encuentran en una etapa mucho más cercana al black metal que a sus orígenes folk. Su directo fue oscuro, serio y sin concesiones, dejando de lado casi por completo los elementos más festivos de otras épocas. La banda ofreció un concierto intenso, con estructuras largas y un sonido denso que fue ganando fuerza a medida que avanzaba el set que arrancó con fuerza con “Izrechenie. Nachalo”, le pegaron “Kob” y “Ydi”. Aunque no es la versión más accesible de Arkona, su propuesta actual encajó perfectamente con el tono general de la noche, manteniendo al público concentrado en cada tema y demostrando su amplia experiencia en directo. Cerraron su set con “Zimushka” haciendo delirar a toda la sala.

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Con la sala ya completamente entregada, llegó el momento de Patriarkh, la banda más esperada del cartel. Desde su salida al escenario dejaron claro que el concierto iba a seguir una línea muy marcada, sin grandes pausas entre canciones, con una ejecución técnica y una propuesta sólida. El repertorio se centró en piezas de su gira actual, con temas que recorrieron su material como ser “Wierszalin I”, “Wierszalin II”, , “Wierszalin V”, “Wieczernia”, “Polunosznica” y “Utrenia”, para cerrar con Liturgiya (de su álbum debut) interpretadas con precisión y fuerza.

El set de Patriarkh avanzó de forma constante, manteniendo la atención del público en todo momento con composiciones largas y un enfoque monolítico. Cada tema fue ejecutado con claridad por la banda, que demostró estar cómoda sobre el escenario y muy centrada en su propuesta musical. La respuesta del público fue progresiva, con más participación y movimiento conforme se sucedían los temas. Patriarkh no bajó el nivel de intensidad en ningún punto, manteniendo un sonido compacto y uniforme durante toda su actuación.

La actuación de Patriarkh cerró la noche de manera sólida, dejando una impresión positiva entre los asistentes. Aunque no tuve la oportunidad de ver a Halls of Oblivion ni a Sanity, las presentaciones de Hate, Arkona y Patriarkh ofrecieron un concierto coherente, bien ejecutado y lleno de fuerza, ajustado a lo que se esperaba de una noche de metal extremo de este nivel.

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Electric Callboy en Barcelona: “Cuando el metal y la fiesta bailan en una misma sala”.
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El pasado 22 de Enero de 2026 daba inicio mi temporada de conciertos con el que fue, sin duda, uno de los mejores del año. Y eso que aún no hemos ni empezado prácticamente. Electric Callboy aterrizaban en Barcelona acompañados de Wargasm y Bury Tomorrow de la mano de Route Resurrection. 

El Sant Jordi Club fue el recinto escogido para dicha ocasión. A eso de las 19h, los británicos Wargasm daban comienzo al concierto con su particular propuesta basada en el lema “Angry Songs For Sad People”. Mezclando Metal Industrial, Electrónica de todo tipo, Rap y un sinfín de elementos que hacen imposible etiquetar a la banda en un solo ámbito. Media hora de concierto en la que el público se fue encendiendo poco a poco y temas como “Do It So Good”, “Bad Seed” o “Spit” hicieron las delicias de los fans de la banda y del nuevo público que les conoció en ese mismo momento. 

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Sobre las 20h llegaba Bury Tomorrow para arrasar con todo. “Choke” marcó el inicio de un concierto que demostró el increíble nivel de actuación que ofrece siempre esta banda. Una base instrumental del más alto nivel, dos excelentes voces que pese a una pequeña falta de volumen a título personal mantuvieron el listón alto y una más que sólida producción, hicieron de este concierto una experiencia digna de vivir. Tampoco faltaron himnos como “Cannibal”, “Black Flame” o la más reciente “Let Go” en un set que se nos hizo corto pero intenso. 

Y finalmente llegaba el momento más esperado de la noche. Los alemanes Electric Callboy daban comienzo a su particular fiesta con “Tanzeneid” y el público perdió el control por completo. Disfraces, moshpits, bailes de todo tipo y una buena energía que se salía del mismísimo recinto sería una manera rápida de resumir el concierto. “Hypa Hypa”, “Elevator Operator”, “We Got The Moves” e incluso algún clásico más oldschool como “Crystals” fueron las elecciones de la banda para poner el Sant Jordi patas arriba. Destacar también el cover de “Everytime We Touch” que, para el directo, contó con una parte del tema en acústico con Nico y Kevin situados entre el público con un piano y sus voces, ofreciendo una experiencia íntima y única para todos los asistentes. 

Electric Callboy lleva desde sus inicios allá por 2012 demostrando que el metal y la fiesta son conceptos totalmente compatibles pese a las críticas que llevan recibiendo a lo largo de su carrera. Un sonido impecable, una producción que cada vez va a más y una base de fans cada vez más extensa hacen de los alemanes unos referentes dentro de la escena del metal moderno. A título personal, era mi cuarta vez viéndoles y pienso repetir cada vez que me sea posible.

(Galería en proceso)

 

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Stillbirth en Madrid: “Surfeando la capital”
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Crónica y fotos: Juli G. López

El pasado viernes 16 de enero, comenzamos el 2026 a puro death, y la sala Silikona de Madrid vibró una vez más con una intensa noche de metal extremo producida por Madrid Death Fest. A pesar de tratarse de una fecha temprana en el año, el evento dejó claro que la escena no baja el ritmo y sigue apostando fuerte por propuestas contundentes y bien organizadas.

Desde Alemania llegaron los icónicos surfers del slam death metal, Stillbirth, con su inconfundible estilo festivo, casi playero, lleno de riffs brutales y una actitud desenfadada que ya es marca registrada. Al igual que en 2024, estuvieron acompañados por Kanine, desde Francia, quienes representaron al deathcore con fuerza, precisión y una presencia demoledora de su frontman, consolidando una combinación explosiva para la noche.

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La velada dio comienzo con los españoles Ancient Arrival, encargados de representar a la escena nacional con una propuesta moderna y sólida dentro del deathcore español. Con riffs rápidos, contundentes y bien ejecutados, demostraron por qué son consideradas una de las bandas emergentes más firmes del underground madrileño. Cabe destacar además que Lukas, productor y vocalista de Stillbirth, considera fundamental hacer crecer el under dando espacio a las bandas locales emergentes, algo que se reflejó claramente en el cartel. La sala no estaba tan llena como en 2024, pero aun así se sentía una energía metalera constante y un público atento desde el primer momento.

Kanine fue la segunda banda en tomar el escenario y, desde los primeros acordes, quedó claro que el público estaba preparado para el caos. Entre patadas, empujones y puños voladores en el mosh, llegando incluso a tener que retirar gente por parte de la producción, quedó demostrado por qué la banda es una de las promesas más sólidas del deathcore europeo. A pesar de su corta trayectoria, el sonido fue preciso, contundente y muy bien ejecutado, amplificado por la energía frenética de los asistentes que no dejaron de apoyar cada breakdown. Además, fueron los únicos en sumar luces extras al escenario, logrando darle un mejor ambiente a la —no tan agraciada— sala Silikona.

Con el público ya completamente caliente, llegó el turno de Stillbirth, los surferos del slam que ya tienen su paso más que sabido por España. El ambiente, cargado de adrenalina, se mantuvo expectante mientras los alemanes inflaban ellos mismos hinchables de pelotas, bongs y chalas de marihuana, haciendo clara alusión a su temática habitual. Fieles a su estilo, no tardaron en hacer referencias al sol y a la playa española, añadiendo su característico toque humorístico al brutal espectáculo que estaba por comenzar. El setlist fue una sucesión constante de golpes sonoros, ejecutados con precisión quirúrgica y reforzados por varios temas pedidos por el metalerio presente.

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La interacción de Stillbirth con el público fue, una vez más, uno de los puntos más destacados de la noche. El cantante Lukas bajó en varias ocasiones del escenario para cantar junto a los fans, generando una conexión directa y genuina que pocas bandas logran mantener. Incluso durante su icónico paso por el wall of death, la complicidad entre banda y público fue total, elevando aún más la intensidad del show.

En resumen, la noche fue una verdadera celebración de risas, amiguismo y reencuentros dentro del death metal en todas sus formas. La vieja y la nueva escuela se encontraron entre guturales, breakdowns y mosh pits caóticos. Stillbirth y Kanine, junto con los locales Ancient Arrival, no solo demostraron por qué son referentes dentro de la escena, sino que también ofrecieron una experiencia cercana, honesta y brutal que dejó a Madrid con ganas de más, como suele suceder siempre con las producciones de Madrid Death Fest.

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Death To All & Destruction en Buenos Aires: “Thrash ‘til Death”
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Es oficial. 2026 arrancó definitivamente. Tras unos primeros días sin mucha actividad de música en vivo, finalmente la jornada de recitales internacionales empezó. Y quienes tuvieron el agrado de inaugurar la temporada de verano, fueron ni más ni menos, que Destruction y Death To All. Dos grupos que ofrecieron lo que prometieron: una ceremonia de violencia, caos, destrucción, y clásicos, por sobre todas las cosas. Pero mejor vamos por orden cronológico de cómo se dieron los acontecimientos.


Normalmente, uno diría que la jornada arrancó en el momento en el que empezó a tocar la primera banda. Pero lo cierto es que el pasado 15 de enero, se vivió un día atípico en la Ciudad de Buenos Aires, ya que lo que venía siendo un acalorado jueves de verano, primero se volvió en un infierno tras un apagón masivo en varios de la Capital y la provincia. Luego de eso, el día se convirtió en una tarde de invierno, con lluvia, un cielo inmensamente gris y un descenso de temperatura que fue una caricia al alma para los amantes de los climas más frescos. Por último, un atardecer con el cielo algo despejado, dejando filtrar las últimas luces del sol en las asfaltadas calles mojadas de la ciudad.

En la transición de estos dos últimos estados, arrancó la velada en el Teatro de Flores. Desde temprano y cumpliendo con el horario, los muchachos de Manifiesto Thrash fueron los encargados de poner primera al show y dibujar los primeros acordes de la tarde/noche. Con varias personas presentes en el recinto y una fiel base de seguidores, el grupo comenzó a sacudir las paredes del Teatro con su Thrash/Death bien potente y pesado.

Durante los primeros minutos tuvieron unos desperfectos de sonido, más concretamente en las guitarras que no sonaban con total claridad. Sin embargo, para el segundo tema supieron solucionarlo y de esta forma, brindaron una sólida y contundente actuación de media hora en la que interpretaron canciones de su última obra, “La Ley del Talión (2022)”, y algunas más clásicas como “Entre Cenizas” y “Avaricia”.

Continuando con la ronda de bandas nacionales, luego llegó el turno de Lazaro. El nuevo grupo liderado por “Jorge Moreno”, salió al escenario pasadas las 19 para desplegar con pura energía y potencia, los temas de su reciente obra, titulada “Morir y Resucitar (2025)”. Se trato de una propuesta muy acelerada y violenta, que se vio levemente afectada por el sonido saturado de las guitarras. Sin embargo, al igual que sus colegas, supieron corregir con el correr de los temas.

Si bien el público respondió favorablemente ante la actuación de la banda, fue durante el cover de Serpentor “Privación Ilegítima de la Libertad” y en especial, con la versión en castellano de “Raining Blood” de Slayer, dónde se vio a la gente mucho más receptiva y entusiasmada con el show. Una intensa lección de Thrash, que funcionó como perfecto aperitivo para lo que vendría a continuación.

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Ya redondeando las 20hs, luego de que la gente estuviera tomando, charlando o comprando remeras y merch oficial, el ambiente en el Teatro Flores comenzó a sentirse más unificado ya que todas las miradas y focos de atención se fueron volcando en una sola dirección: el escenario. Y es que la hora cumbre se acercaba. Las ansias en los espectadores iban creciendo y el nivel de concurrencia también. Las dudas sobre con cual tema iba a arrancar Destruction y cómo iban a sonar, empezaron a ser los temas de conversación en los segundos previos al inicio del show. Dichas dudas tuvieron su respuesta a las 20:03, cuando los alemanes dijeron presente sobre el escenario.

La respuesta a la primera pregunta fue resuelta en los primeros segundos y es que el público no tardó mucho tiempo en distinguir el inicio acústico de “Curse The Gods”, y comenzar con las primeras rondas de pogo de la noche. Con suma agresividad y potencia, el tema se fue desarrollando a un ritmo más acelerado que la versión en estudio, y presentando a un Marcel Schmier, en un estado vocal más que vigente, que consolidó aún más en “Invicible Force” y “Nailed To The Cross”, dónde el grupo no bajó las revoluciones ni el nivel de violencia.

Por su parte, la respuesta a la segunda pregunta es un poco más compleja de responder, ya que en un principio, tanto las violas del argentino Martin Furia como del suizo Damir Eskićm, se percibieron algo sucias. No se trataba de una imperfección notoria que afectará marcadamente el sonido o el show. Pero sí se notaba que a las guitarras les faltaba un pequeño pulido, para poder apreciar completamente sus melodías y ataques de furia.

Afortunadamente, para el cuarto tema los alemanes (que de alemanes, solo tiene a su líder), ya habían acomodado por completo su sonido y de ahí en adelante, lo que siguió fue una descarga de caos y descontrol, con los músicos afianzados en su labor y el público disfrutando el repertorio. Cayeron temas de su nuevo disco, como “No Kings No Masters”, “A.N.G.S.T.”, “Scumbag Human Race”, y “Destruction”, así como clásicos como “Mad Butcher”, “Total Desaster” y “Eternal Ban”, entre varios.

La banda no se mostró clemente y con un ataque imparable de Thrash, demostraron porque fueron y son pilares fundamentales del género y escena alemana. Para el final, cerraron con dos infaltables: “Bestial Invasion” y “Thrash ‘Til Death”, desatando dos de las rondas de pogo más grandes y violentas de la noche. Tras el tornado de destrucción que fueron las últimas piezas, la banda se despidió entre aplausos y dejó palpable porque se llaman así.

Luego del caos vivido, hubo media hora de descanso en la que la gente aprovechó para recargar energías, hidratarse y pasarse por los baños antes que el otro acto de la noche comience. Y es que si bien se trataba de una fecha compartida, en la que tanto Destruction y Death To All, tocaron sets completos, al final se terminó sintiendo más como una fecha en la que los estadounidenses eran el acto principal, ya que entre las 21:30 y las 22:00, un montón de gente se fue sumando al Teatro. Gente que parecía haber estado de antes pero cuya única prioridad era ir a ver el tributo dedicado a Chuck Schuldiner. Una apreciación curiosa, cuanto menos.

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No estaba completamente lleno, pero si bastante concurrido el recinto, para cuando Death To All apareció sobre el escenario y soltó los primeros acordes de la noche: los de “Infernal Death”. Sí, una total sorpresa para todos los presentes. Ya que no estaba en los planes de nadie que el show arranque así. No obstante, tampoco estaba en los planes de la banda interpretar el tema entero ya que solo tocar el inicio a modo de amague. Fue así, que el verdadero comienzo se dio con “Living Monstrosity , primer track del Spirtual Hearling (1990), (disco que venían a homenajear) que desató el primero de muchos momentos de desenfreno y euforia, entre la audiencia. Con Gene Hoglan en la batería, Steve Di Giorgio en el bajo, Bobby Koelble en la viola, y Max Phelps, en la guitarra principal y voces, los cuatro dieron una sólida interpretación del tema.

Tal como prometía la gira, la banda se encargó de dar especial dedicación a la obra de 1990, y en este apartado inicial, nos regalaron intensas y exquisitas versiones de “Defensive Personalities”, “Altering the Future” y del tema “Spiritual Healing”. Estas piezas las intercalaron junto con clásicos como “Lack of Comprehension”, “Zombie Ritual”, y “The Philosopher”.

Me detengo para resaltar dos interpretaciones. La primera, “The Philosopher”, que contó con uno de los mejores momentos instrumentales y técnicos de la noche, con un Di Giorgio completamente suelto y sobrio, haciendo alarde de su indiscutible nivel de calidad y de la facilidad que posee el músico para adueñarse del escenario.

El otro momento es “Spiritual Healing”, dónde las guitarras alcanzaron un punto máximo de resplandor y brillo, y se apreció con suma precisión cada una de las notas de Phelps y Koelble. Y pese a tratarse del primer show del año para la banda, se nota lo pulido y afianzado que están. A diferencia de su primera actuación, Phelps cantó con muchas más libertades, buscando dar su impronta vocal a las piezas, y no tratando de ser un calco exacto de Chuck. Esto se notó especialmente en este tema, donde el músico se desenvolvió con completa soltura sobre el escenario, demostrando que ya se encuentra afirmado en el puesto de vocalista.

En este punto, llegan unas palabras de agradecimiento de Di Giorgio (que actúo como portavoz del grupo durante la noche) tanto hacia el público como hacia Chuck. Y cae el anuncio que muchos esperaban: iban a tocar Symbolic (1995) entero. Spoiler: no sucedió. Por unos inconvenientes técnicos en la batería de Hoglan, se acortaron los tiempos y quedaron fuera “Sacred Serenity” y “Misanthrope”. Pero el resto del disco fue tocado en su totalidad. Y déjenme decirles, que si la banda ya estaba ofreciendo una actuación destacable, lo que vino a continuación fue simplemente emocionante. La destreza, la sensibilidad, la agresividad, la sutileza, todos los rasgos que poseen los temas del disco, se vieron reflejados sobre el escenario de la mano de los cuatro músicos. Cada uno compenetrado con sus instrumentos, consiguieron plasmar con suma fidelidad y precisión, el sonido y alma del álbum.

Hubo mucho coro, saltos y agite durante la presentación de estas piezas. En ningún momento se cortó el ritmo ni la conexión del público con la banda y los temas. Si hubiese que destacar dos grandes rasgos, el primero sería la belleza y nitidez de las guitarras en “Without Judgement”, que sin duda, marcaron uno de los puntos más altos de la noche por parte de Max y Bobby. Y segundo, la brutalidad con la que se vive una canción como “Crystal Mountain” en vivo. Si en 2024, ya habían tirado abajo el Teatrito ejecutando esta joya, en Flores se repitió lo mismo. Violencia, velocidad, potencia, elegancia, virtuosismo. Todos los ingredientes que posee el tema, todos se vieron reflejados en la interpretación en vivo que dieron. Un momento de ensueño tanto para los ya la habían disfrutado en el Teatrito, como para los que la apreciaban por primera vez.

El bloque “Symbolic” de la noche culminó con “Perennial Quest”, y acto seguido, la banda abandonó unos segundos el escenario, dejando el público expectante y recargando energías. Al regresar, cerraron su actuación con “Spirit Crusher” y “Pull The Plug”, desatando el último pogo de la jornada.

De esta manera, terminó la fecha. Con aplausos, saludos, y brazos en alto por parte de la audiencia que sobrevivió a una descarga metálica que muy pocas veces se vive. Pese al calor y cansancio, la gente se fue con una expresión de satisfacción en el rostro, por haber sido testigos de un recital único, y emotivo para más de uno. Lo vivido esa noche de jueves, quedará guardado en la retina y memoria de los presentes, y seguirá resonando en sus oídos. Quién sabe hasta cuándo. Quizás, hasta la eternidad.

Agradecimiento a Icarus Music por la acreditación y producción del show.

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The 69 Eyes en Barcelona: “Naves espaciales y vampiros urbanos”
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La noche en Barcelona no olía a simple asfalto, sino a una mezcla embriagadora de gasolina vieja, laca de los ochenta y ese sudor eléctrico que solo desprenden las bandas que han sobrevivido a su propio mito.

Entrar en la Salamandra fue como cruzar el umbral hacia una dimensión donde el tiempo es un concepto maleable; allí, bajo los focos, D-A-D no venían a dar un concierto, venían a ejecutar un ritual de exorcismo contra la apatía moderna. Mientras el mundo exterior se obsesiona con lo digital, estos daneses —otrora reyes de una MTV que hoy parece un sueño febril— aterrizaron con el peso de su historia y la frescura del relevante testamento, Speed of Darkness.

Me sentí pequeño ante el despliegue de una banda que, a diferencia de los vampiros finlandeses con los que comparten cartel, no necesita sombras para brillar; ellos son el propio incendio. El epicentro de este terremoto visual es, sin duda, Stig Pedersen, un hombre que no toca el bajo, sino que lo utiliza como un dispositivo de comunicación alienígena.

Ver a Stig es entender que el shock rock no es un disfraz, sino una extensión del alma; con sus atuendos que harían palidecer de envidia a cualquier estrella del glam de los noventa y su colección de instrumentos imposibles, Stig nos recordó que la genialidad no necesita cuatro cuerdas cuando se tiene actitud.

Paseó por el escenario bajos de dos cuerdas que desafiaban la lógica: uno semitransparente que latía en un pulso azul y rojo como el motor de una nave espacial, otro con forma de clavijero gigante y una mini guitarra como clavijero que distorsionaba la perspectiva, y aquel cohete blanco que parecía listo para propulsarnos fuera de la sala.

A su lado, el resto de la maquinaria funcionaba con una precisión aplastante: Jesper Binzer, un frontman que parece estar viviendo una segunda juventud cargada de lija y carisma; su hermano Jacob, un mago de las seis cuerdas disfrazado de hechicero oscuro que lanza trucos sonoros con una facilidad insultante; y Laust Sonne, ese batería extraído de un cómic rockabilly que golpea con la elegancia de un dandy y la fuerza de un titán.

La ceremonia arrancó con la violencia necesaria de “Jihad”, barriendo cualquier duda sobre quién mandaba en ese escenario. Fue una declaración de intenciones que continuó con la cabalgata rítmica de “1st, 2nd & 3rd” y el descaro de “Girl Nation”. Cuando llegó el turno de la nueva “Speed of Darkness”, el aire se volvió más denso, demostrando que su materia gris sigue fabricando himnos capaces de instalarse en el cerebro como un parásito eterno.

Atravesamos el desierto de “Rim of Hell” y la polvorienta “Riding With Sue”, sintiendo cómo la sección rítmica nos golpeaba el pecho con una solidez que solo dan cuarenta años de carretera. Hubo un momento de tregua, una grieta de luz en la tormenta, cuando Jesper bajó a la arena para interpretar “Something Good” entre nosotros; ahí, a escasos centímetros de su sudor y su guitarra, comprendí que el rock sigue siendo la forma más pura de contacto humano.

Pero la calma fue breve. La psicodelia de “Everything Glows” y la demencia colectiva de “Bad Craziness” nos prepararon para el final inevitable. Tras un breve respiro con la acústica y agridulce “Laugh ‘n’ a ½”, el santuario de Salamandra implosionó con “Sleeping My Day Away”.

Ese riff, esa melodía que una vez conquistó Europa y América, se sintió anoche como un grito de guerra generacional. No fue solo nostalgia; fue la confirmación de que D-A-D son una anomalía orgánica en un mundo artificial, unos señores músicos que no eligen entre calidad y diversión porque lo tienen todo. Salí a la calle a fumar con los oídos pitando, el cerebro impregnado de su sonido y la certeza de que, mientras Stig Pedersen siga diseñando bajos que parecen naves espaciales, el rock and roll siempre tendrá un lugar donde aterrizar.

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Continuamos la noche en la ciudad condal se volvió espesa, como si el oxígeno de la Salamandra hubiera sido sustituido por vapor de cripta y esencia de cuero negro, una densidad casi táctil que anunciaba el cambio de guardia entre la diversión danesa y la melancolía nórdica. Tras el vendaval danes, el aire se enfrió súbitamente para recibir a los dueños de la penumbra: The 69 Eyes.

Entré en su frecuencia como quien se adentra en un sueño gótico donde el tiempo no corre, sino que se arrastra con la elegancia de un depredador nocturno. El escenario se transformó en un altar de Goth & Roll, y allí, emergiendo de una bruma artificial que parecía cobrar vida propia, apareció Jyrki 69.

No es solo un cantante; es un tótem de magnetismo oscuro, un Elvis de cabellera larga negra surgido de las sombras que buscó desde el primer segundo un baño de masas casi místico. Sus movimientos eran pausados, calculados para hipnotizar, estirando sus manos hacia una audiencia que suspiraba por un roce de sus guantes de piel, mientras su voz cavernosa —un barítono profundo que parece nacer en las raíces de la tierra— vibraba en el esternón de los presentes como un eco venido del más allá, recordándonos que el dolor también puede ser sexy.

A sus espaldas, la maquinaria finlandesa levantaba un muro de sombras infranqueable. Bazie y Timo-Timo no tocaban guitarras, blandían dagas de plata; sus afilados riffs cortaban la densidad del ambiente con una precisión quirúrgica, entrelazándose en melodías que sonaban a cementerios bajo la luna llena y a carreteras perdidas en mitad de la nada.

Cada solo de Bazie era una punzada de melancolía eléctrica, una cascada de notas que caían sobre nosotros mientras el pulso imperturbable de Archzie al bajo mantenía la estructura del edificio unida. Y entonces, el corazón palpitante y frenético del ritual: Jussi 69.

El baterista, un animal escénico poseído por el espíritu del rock más salvaje y exhibicionista, se convirtió en el espectáculo definitivo que desafiaba la sobriedad gótica. Ignorando cualquier contención o pudor, se encaramaba a su batería con el torso desnudo, una silueta de piel y hueso que desafiaba la gravedad y la fatiga, golpeando los parches con una violencia estética, haciendo girar las baquetas en el aire como si cada impacto fuera un trueno destinado a invocar a los espíritus de la noche barcelonesa. Sus piruetas y su exuberancia física eran el contrapunto perfecto, el estallido de adrenalina que impedía que la atmósfera se volviera demasiado lánguida.

El viaje fue una montaña rusa de emociones lúgubres, un recorrido por una discografía que es ya el mapa genético de una subcultura. Desde la apertura con “Devils”, la sala se entregó a un trance donde clásicos inmortales como “Feel Berlin” y “The Chair” se fundieron con la modernidad de su Death of Darkness.

Hubo momentos de una belleza desoladora, donde las guitarras parecían llorar lágrimas de mercurio en “Wasting the Dawn”, y otros donde la energía estallaba en una urgencia punk-gótica con “Never Say Die”. Aunque el sonido de la sala a veces luchaba por proyectar toda la profundidad de los matices de Jyrki, el carisma arrollador del quinteto y su entrega escénica suplían cualquier carencia técnica, convirtiendo la imperfección en autenticidad.

El clímax llegó con un bloque final de infarto; el encore compuesto por “Framed in Blood” y esa oda al romance oscuro que es “Dance D’ Amour” prepararon el terreno para el himno que todos llevábamos grabado en la materia gris.

Cuando los primeros acordes de “Lost Boys” restallaron en los altófonos, la Salamandra dejó de ser una sala de conciertos para transformarse en el legendario paseo marítimo Boardwalk en Santa Carla de la recordada película; allí no había espectadores, solo una congregación de eternos adolescentes nocturnos gritando al unísono.

Salí a la madrugada de este milenio sintiendo que, aunque el sol estuviera oculto bajo la lluvia, la oscuridad de Helsinki se había quedado tatuada en mi piel bajo el cuero, gracias a una banda que, tras 35 años, sigue demostrando que si el rock no es peligroso, teatral y elegante, simplemente no es rock.

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Dirkschneider en Copenhague: “Honrando el acero”
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Es muy normal en estos tiempos que los músicos que participaron en discos clásicos realicen giras aniversario, aun cuando ya no formen parte de la banda en cuestión. Esto se debe en gran parte a la nostalgia y a la realidad de que las leyendas que dieron forma a los géneros se están retirando, lo que convierte a estas giras en propuestas muy rentables desde lo económico.

Tal es el caso de Udo Dirkschneider, clásico vocalista de Accept, cuyo presente consiste en salir de gira interpretando viejos clásicos. De hecho, la gira por los 40 años de Balls to the Wall, disco clásico del heavy metal, ya lleva tres años de duración. Esta fue precisamente la gira que presenciamos en el hermoso Amager Bio, en la capital danesa, Copenhague.

Los invitados especiales de la noche fueron los belgas de Evil Invaders, una elección excelente, ya que se trata de una banda que lleva como estandarte los valores del metal clásico, y lo hace con mucho orgullo. Desde sus atuendos de cuero, cargados de tachas y muñequeras, hasta sus cabellos largos con cortes bien ochenteros. Su sonido está anclado a principios de los años ochenta, claramente en la vena de Venom o el primer Slayer: un thrash metal muy rápido y desprolijo, pero con claras notas de rock and roll.

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Su presentación, de apenas 40 minutos, demostró que tienen todo para llegar a la cima del género. El sonido permitía escuchar a la perfección todos los instrumentos, a pesar de la suciedad de las distorsiones. La batería era una verdadera aplanadora, bien al frente en la mezcla, imposible de ignorar y obligando a mover la cabeza. Las guitarras, sucias y punzantes, iban pasando de riffs arrasadores a solos rápidos e intrincados. Gracias a estos factores, sumados a un carisma y energía arrolladores, se metieron al público en el bolsillo, que respondió a la perfección a cada pedido de gritos y agite de puños. Un excelente show de apertura para una noche que prometía ser memorable.

Luego de la intro con la icónica canción de Iron Maiden, “The Number of the Beast”, la banda salió a escena. El arranque fue demoledor con “Fast as a Shark” y “Living for Tonight”. La energía ya estaba por los aires y se mantendría así durante todo el concierto.

Los músicos recorrían el escenario sin descanso y aprovechaban cada momento para jugar con el público, siempre con algún gesto pensado para generar una respuesta enérgica por parte de la audiencia. Un recurso muy utilizado fue el de extender ciertos pasajes de las canciones para que la gente cante o acompañe con palmas. Claros ejemplos de esto fueron el himno “Metal Heart” y la festejada “Princess of the Dawn”.

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Uno de los momentos más especiales de la noche fue la balada “Breaking Up Again”, donde el histórico bajista de Accept, Peter Baltes, tomó el micrófono y la interpretó, emocionando a todos los presentes y dándole un merecido descanso a Udo.

Una broma recurrente durante el show giró en torno a la edad de los dos ex Accept: el bajista con 67 años y el vocalista con 73. Ambos, en un estado impecable, interpretaron las canciones como si tuvieran veinte años menos.

La lista fue una verdadera catarata de clásicos, especialmente cuando llegó el turno de tocar Balls to the Wall de forma completa. El público deliró con cada una de esas canciones, y la energía y el entusiasmo no bajaron en ningún momento del set.

El sonido fue maravilloso de principio a fin. La batería sonaba potente y contundente, sin tapar al resto de los instrumentos. Las guitarras, súper afiladas y poderosas, invitaban constantemente a mover la cabeza al ritmo de los riffs. La voz, bien al frente, se escuchaba perfecta. Un sonido claro, nítido y espectacular.

El final con “Burning” dejó a la gente feliz y encantada, clamando el nombre del vocalista y aplaudiendo durante largos minutos. Un cierre excelente para un show maravilloso.

Si bien el presente discográfico de Udo no da mucho que hablar, demostró que todavía tiene fuerza y energía para honrar su carrera. No está rascando la olla, como se dice vulgarmente, sino honrando su pasado y, lamentablemente, despidiéndose al darle al público exactamente lo que quiere recibir: sus clásicos.

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Hammerfall en Barcelona: “Bajo la lluvia y el martillo”
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Aún con la lluvia empapando las calles de Barcelona y el murmullo expectante llenando el Razzmatazz, Tailgunner apareció como el primer relámpago de la noche. No venían a pasar desapercibidos ni a cumplir el trámite del telonero: venían a abrir una brecha. Desde el primer acorde quedó claro que su heavy metal no entiende de medias tintas, sino de impacto directo.

El arranque con “Midnight Blitz” fue como un motor encendiéndose a máxima potencia. Sentí cómo la sala empezaba a transformarse, cómo los cuerpos aún fríos por la lluvia exterior comenzaban a calentarse a base de riffs afilados y un ritmo constante. Craig Cairns, al frente, cantaba con convicción, con una voz firme que no busca adornos, sino transmitir urgencia y verdad.

Las guitarras construían un muro de sonido sólido y agresivo. La sustitución temporal de Rhea Thompson por Jara Solís no se percibió como una carencia, sino como una adaptación natural: Jara se movía con seguridad, aportando fuerza y precisión, encajando sin fisuras en el engranaje junto a Zach Salvini, que descargaba solos con carácter clásico y pulso moderno. Todo estaba bien medido, bien ejecutado, sin perder crudeza.

Con “White Death” y “Shadows of War”, la banda terminó de conquistar a un público que ya empezaba a responder con cabezas agitándose y puños en alto. El bajo de Thomas “Bones” Hewson retumbaba como una columna vertebral inquebrantable, mientras Eddie Mariotti sostenía el conjunto desde la batería con una pegada constante, sin excesos, pero sin concesiones.

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El momento más atmosférico llegó con “Tears in Rain”, donde la intensidad se volvió más emocional sin perder peso. Fue un breve respiro dentro de la ofensiva, un instante para tomar aire antes de volver a cargar. Esa capacidad para alternar dureza y épica mostró a una banda que no solo dispara, sino que también sabe cuándo apuntar.

La recta final, con “Barren Lands & Seas of Red”, devolvió la contundencia al primer plano y dejó claro que Tailgunner mira al futuro con ambición. Su próximo disco, Midnight Blitz, producido por K. K. Downing, se intuía ya en cada nota: heavy metal clásico en espíritu, pero ejecutado con hambre y plenamente anclado en el presente.

El falso adiós dio paso a un encore inevitable. “Eulogy” sonó casi como un juramento compartido entre banda y público, y “Guns for Hire” cerró el set con la sensación de que el trabajo estaba hecho. No solo habían calentado la sala: la habían preparado para la guerra.

Cuando abandonaron el escenario, el Razzmatazz ya no era el mismo. Tailgunner había dejado el terreno ardiendo, listo para que HammerFall descargara su cruzada. Y tuve claro que aquella noche no empezó con los suecos, sino con el rugido firme y honesto de una banda que entiende el heavy metal como se debe: sin excusas y de frente.

El Freedom World Crusade Tour 2026 hacía su primera parada en España, y los suecos de HammerFall no iban a defraudarnos. Su álbum Avenge the Fallen había llegado y, con él, una nueva etapa de conquistas y victorias. Bajo el mando de Oscar Dronjak y Joacim Cans, la banda había regresado al campo de batalla con una energía de esas que marcan épocas. No era solo un concierto: era una cruzada.

La intro de Avenge the Fallen llenó el aire con la electricidad que precede a las tormentas, y el martillo de Oscar Dronjak en forma de guitarra resonó como un trueno que cortaba la atmósfera. El público sabía lo que se venía. Y como si el cielo quisiera rendirse ante semejante imparable, la lluvia arreciaba fuera. Pero el martillo había caído: la guerra del metal había comenzado.

Joacim Cans irrumpió en el escenario con esa vitalidad que pocos vocalistas logran conservar con los años. Cada palabra suya resonaba como una orden, como una invitación a la batalla. «¡Bienvenidos a la cruzada!», declaró, y la sala explotó. El riff galopante de “Heeding the Call” nos lanzó a todos al abismo de la locura. La batería de David Wallin latía como un corazón impío, golpeando con furia, y las primeras olas de energía recorrieron el Razzmatazz entre puños alzados.

La fiesta de los himnos estaba en su punto álgido. “Any Means Necessary” sonó como una declaración de principios, un canto de unidad metalera. Como una marea humana, los fans, divididos por el propio Joacim, coreaban el estribillo con tal fuerza que el techo parecía a punto de estallar. En ese instante, público y banda compartían una única alma: el poder del metal hecho carne.

Un instante después, “Hammer of Dawn” iluminó la sala. En esa tormenta eléctrica, Pontus Norgren deslizó los dedos por la guitarra como si el propio destino le dictara los acordes. Su solo, técnico y emotivo, parecía cruzar el tiempo y demostrar que el metal, cuando se ejecuta con maestría, puede volar más allá de la gravedad.

La noche, aunque cargada de furia, también dejó espacio para la nostalgia. “Renegade” irrumpió como un eco lejano de los años noventa, recordándonos que los martillos existían mucho antes de las nuevas victorias. Allí, en medio del rugido, Oscar Dronjak bromeó sobre los inicios de la banda, lanzando un guiño cómplice a un pasado glorioso.

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“Chapter V: The Medley” fue el momento en el que pasado y presente se fundieron en un solo golpe, una tormenta sin pausa que repasó las leyendas de “Threshold” y “Crimson Thunder”. Un tributo a los templos del metal que HammerFall ayudó a edificar y que, por unos minutos, pareció cobrar vida propia.

Luego llegó la power ballad “Glory to the Brave”, y el ambiente se transformó por completo. Las luces se apagaron y la emoción se volvió palpable. Joacim, con una claridad vocal que erizaba la piel, nos condujo por una ceremonia solemne en la que los móviles brillaban como pequeñas antorchas. Era como si la canción convocará a los héroes que ya no están, a quienes forjaron este reino de acero.

El final se acercaba, y aunque la tormenta seguía rugiendo en el exterior, el calor dentro de la sala se multiplicaba. En la recta final, “(We Make) Sweden Rock” fue el homenaje a las raíces, un himno coreado como un juramento colectivo. La retirada momentánea solo anunciaba más martillos, más victorias.

El regreso para el encore fue un golpe de fuego. “Hail to the King” sonó con una grandiosidad épica, transformando el recinto en una fortaleza, y “Hearts on Fire”, la llama eterna del metal, cerró la noche. Joacim dejó que el público cantara casi todo el primer estribillo y, cuando la última nota se extinguió, el martillo de Oscar quedó alzado como símbolo de otra victoria.

La cruzada había terminado, pero el eco seguía resonando en las calles de Barcelona. La lluvia había cesado, y el metal, con su furia, su fuego y su verdad, había conquistado una noche más.

 

 

 

 

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The Supersuckers en Barcelona: “Gasolina, sudor y rock and roll”
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La noche aún no había empezado a sudar cuando Wicked Dog subió los tres escalones del escenario. No eran los dueños de la casa, pero venían a encender la chimenea con gasolina. Tres tipos de Terrassa, con el blues oxidado en las venas y el rock golpeándoles las sienes, llamados a preparar el terreno para la apisonadora llegada desde Seattle. Desde mi sitio, el aire de la sala ya se sentía denso, como si el propio hormigón supiera lo que estaba a punto de suceder. Abrieron fuego con “Strawberry Cheesecake”, que no era un postre dulce, sino una bofetada de azúcar quemada y distorsión, una declaración de intenciones que dejaba claro que el trío no venía a pedir permiso. Sin tiempo para respirar cayó “Banana Suicide”, un ritmo que se sentía como bajar una colina en un coche sin frenos mientras Alberto castigaba la guitarra y Jesús y Daniel levantaban un muro de sonido que me vibraba directamente en el esternón. La cosa se volvió más oscura con “Where the Wicked Roams”, como caminar por un callejón de mala muerte a medianoche con el bajo marcando cada paso, seguida de “Full Time Conversion”, esa transmutación necesaria en la que el público deja de ser espectador para convertirse en parte del ruido. A mitad del set, el mundo tembló con «Collapse», un golpe de rock que obliga a cerrar los ojos por puro instinto animal, antes de invocar el espíritu de nuestra tierra con “La Mola Mountain Rocks”, que retumbó como un desprendimiento de rocas bajando desde la cima, con el volumen clavado al once. Llegó la confesión con “I’m Not into Metal Anymore”, una oda al rock-blues directo, sin artificios, solo madera y sudor, y para el final dejaron que el verano se despidiera con sangre: “Last Bat of Summer” sobrevoló una audiencia ya en llamas como un murciélago eléctrico, dejando gargantas secas y miradas encendidas, antes de cerrar el círculo con “Picture Man”, suspendiendo la última nota en el aire como una fotografía revelada en ácido. Cuando bajaron del escenario, con los oídos pitando y el pulso acelerado, la sensación era clara: Wicked Dog había cumplido su función y la sala estaba caliente, tensa y peligrosamente lista para lo que venía después.

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La Ciudad Condal todavía escupía lluvia y frío aquella noche de miércoles cuando salí un momento y volví a cruzar el umbral de la Sala Upload, en el corazón del Poble Espanyol, con la certeza de que el aire traía una promesa de azufre, gasolina y redención. No era una noche cualquiera de este invierno recién estrenado: era la fecha marcada a fuego para que la maquinaria de Tucson, Arizona, desembarcara en Barcelona como una de las paradas más calientes de su gira española de 2026. The Supersuckers volvían para reclamar su trono de espuelas, parches y distorsión, recordándonos que el rock and roll no es un género, sino un estado de resistencia. El ambiente ya se espesaba con ese aroma inconfundible a cuero viejo, cerveza derramada y orgullo outlaw cuando, sin previo aviso, las luces se hundieron en un negro abisal y los altavoces escupieron los armónicos imposibles de “Eruption”: no era nostalgia ni ironía, sino artillería pesada, el aviso inequívoco de que los Supersuckers no vienen a pedir permiso, vienen a derribar la puerta de tu cordura como un convoy sin frenos bajando por una pendiente del desierto.

Eddie Spaghetti apareció con ese aire de profeta del polvo que ha visto demasiados amaneceres desde una furgoneta, se plantó ante el micro con la chulería intacta de quien ha sobrevivido al cáncer, a las modas y a casi cuatro décadas de carretera y, antes de empezar a repartir hostias, lanzó la pregunta al aire: «¿Cómo se llama esta banda?». La respuesta fue inmediata, rugida desde el fondo de la sala y sin necesidad de traducción: «¡Supermamones!». Eddie sonrió, satisfecho, como quien sabe que la comunión ya está sellada, y proclamó que siguen siendo «la mejor banda de rock and roll del mundo». Abrieron con “Pretty Fucked Up” y ese poso de country alternativo, polvo acumulado y lamento de bar de carretera se mezcló con la rabia punk más pura, como si Willie Nelson se hubiera inyectado anfetaminas en un callejón de Seattle para ajustar cuentas con el pasado. “The Evil Powers of Rock and Roll” cayó como un mazazo, con Metal Marty Chandler —vaquero galáctico recién bajado de un cometa de fuzz— castigando la guitarra mientras Chango Von Streicher marcaba un pulso de martillo pilón que retumbaba en el pecho de una audiencia ya rendida.

La noche se escribió con sudor y verdad cuando sonó “Rock-n-Roll Records (Ain’t Selling This Year)”, dejando claro que el negocio es basura, pero aporrear tres acordes frente a una masa rugiente sigue siendo sagrado. La Upload se convirtió en un honky-tonk de mala muerte en mitad del Mediterráneo con “Coattail Rider” y “Creepy Jackalope Eye”, el bajo tronando como un trueno sobre el valle de Sonora, sin tregua al encadenar “Get the Hell” y “Maybe I’m Just Messin’ With You”, sarcasmo afilado y riffs sin anestesia. Hubo belleza sucia y descarnada en “All of Time” y “Roadworn and Weary”, himnos para quienes llevamos la carretera tatuada en las ojeras, y en “I Tried to Write a Song” apareció el artesano que sigue buscando la melodía perfecta en el fondo de una botella de bourbon barato. Con “Rock Your Ass” alcanzaron el punto de ebullición y Marty Chandler tomó el mando vocal en “Working My Ass Off!”, haciendo estallar el espíritu obrero del rock en gloria analógica, sin bajar el pistón con “Unsolvable Problems” y “Meaningful Songs”, piezas clave de Liquor, Women, Drugs & Killing, antes de recordar sus orígenes con su versión de “Rock ’n’ Roll”, grabada en 1992 en The Songs All Sound the Same, cuando el descaro aún estaba aprendiendo a ser identidad. El final fue un descenso sin frenos con “Rocket 69” e “I Want the Drugs”, la pista convertida en un torbellino de cuero y puños en alto, hasta que “Born with a Tail” selló la comunión total entre banda y público, celebrando que, en un mundo de algoritmos de plástico, el cowpunk de bota manchada sigue siendo la única religión honesta.

Las luces se encendieron con “Runnin’ with the Devil” cerrando el círculo. Vi a Eddie Spaghetti bajar cansado pero invicto, y salí a la noche del museo de arquitectura al aire libre sintiendo que el aire cortaba menos y que la ciudad era un poco más nuestra, porque mientras estos tipos sigan cruzando el océano para escupirnos sus verdades, sus riffs y su sudor a la cara, el mundo seguirá teniendo un refugio para quienes preferimos el rugido de un amplificador al límite a la mentira de una vida segura y predecible.

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Nanowar of Steel en Madrid: “Carnaval de metal y exotismo oriental”
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Madrid, 21 de enero de 2026 — Jornada maratoniana de decibelios la que vivimos el pasado miércoles en la Sala Revi Live. Con un cartel compuesto por cinco bandas y una apertura de puertas temprana, a las 17:30, el recinto madrileño se preparaba para una de esas citas que quedan grabadas por la variedad estilística y el contraste de propuestas. Desde el rock más clásico hasta el folk metal mongol y la parodia más desternillante, el evento fue una montaña rusa de sensaciones que, a medida que avanzaba la tarde, fue congregando a una audiencia cada vez más numerosa hasta rozar el lleno técnico con los platos fuertes de la noche.

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La tarde arrancó con Vaughan. La banda salió a escena con la difícil tarea de romper el hielo ante los primeros valientes que entraron en la sala. Fue un comienzo algo frío, marcado por algunos problemas técnicos en el sonido de la guitarra solista que empañaron los primeros compases. Sin embargo, su propuesta de Rock directo y con aroma clásico terminó por caldear el ambiente; sus composiciones, de corte muy rockero, lograron que el respetable comenzara a ejercitar las cervicales, sentando una base necesaria para lo que estaba por venir.

El relevo lo tomó Love Survivors y el cambio de registro fue absoluto. La banda irrumpió con una contundencia propia del Metalcore, elevando la agresividad y el ritmo de la velada de forma exponencial. A pesar de que el aforo todavía estaba lejos de su punto álgido, su entrega puso la sala en ebullición. Personalmente, fue un descubrimiento gratificante: una banda con un punch envidiable y una ejecución que invita a seguirlos de cerca para desgranar su discografía con la profundidad que merecen.

Hablar de MorphiuM es hablar de una de las formaciones más sólidas y profesionales del panorama nacional. En esta cuarta ocasión que los veo, volvieron a demostrar por qué son una apuesta segura. Entraron al escenario con una misión clara: aprovechar sus escasos 30 minutos como si fueran los últimos de su vida. Su estilo, un Metal Moderno con tintes de Death y oscuridad, suena como un bloque compacto, un auténtico martillo que golpea sin descanso.

Alex es una bestia escénica, un frontman que se deja la piel por conectar con el público, y la banda le sigue con una precisión de cirujano. Se nos hizo corto, muy corto. La sensación generalizada entre el respetable era de querer más, de haber presenciado una descarga de profesionalidad y entrega que bien merecía un setlist más extenso.

La gran sorpresa de la noche, sin lugar a dudas, fue UUHAI. La propuesta de los mongoles va mucho más allá de lo exótico que resulta ver su estética sobre las tablas. Su música es una amalgama de ritmos viscerales y melodías asiáticas que se fusionan con la base rítmica del metal de forma magistral. Lo más fascinante fue comprobar cómo, sin conocer las letras ni haber escuchado sus temas previamente, el público madrileño se descubrió coreando sus melodías, prueba inequívoca de su capacidad de conexión.

Técnicamente, su diferencia radica en el uso de instrumentos tradicionales como el morin khuur (un violín de dos cuerdas de grandes dimensiones, similar a un violonchelo). Ver y escuchar estos instrumentos electrificados, sacando sonidos únicos y ancestrales, fue una experiencia asombrosa. A esto se suma el uso de técnicas de canto gutural difónico, creando sonoridades originales que se integran a la perfección en la base metálica marcada por una batería y dos tambores tradicionales. UUHAI no solo ofrecieron un concierto, ofrecieron un ritual folclórico electrificado que ya se ha ganado un hueco en mi biblioteca personal.

Para lo de Nanowar of Steel uno nunca está lo suficientemente preparado. Bajo la capa de humor, parodia y sátira, se esconde una banda de músicos excepcionales que llevan un show medido al milímetro. Se mueven en el terreno del Parody Metal, un género que dominan basándose en una versatilidad musical asombrosa, capaces de saltar de la épica del Power Metal a ritmos de tecno, reggaetón o coreografías pop sin despeinarse y con una ejecución técnica envidiable.

El público, de una variedad de edades y géneros envidiable, se entregó al juego desde el primer minuto. El espectáculo visual estuvo a la altura: humo, chispas, disfraces hilarantes y hasta la famosa mesa del IKEA hizo acto de presencia. Ver a una sala completa metida en sus bromas, bailando y participando en una conga gigante que recorría toda la pista de la Revi Live, fue un momento épico para el cierre. Nanowar se lo toman muy en serio para que nosotros podamos reírnos, y ese esfuerzo se traduce en un espectáculo cuadrado que compensa con creces la tarde maratoniana.

En el apartado técnico, la Sala Revi Live volvió a lucir galones en cuanto a sonido, mostrándose una vez más como una de las salas con mejor acústica de la capital; nítida y potente para todas las bandas. Sin embargo, la cruz de la moneda fue la iluminación. Desde un punto de vista fotográfico, las luces resultaron decepcionantes: oscuras, carentes de intención artística y, en muchos tramos, totalmente desincronizadas con la acción que ocurría en el escenario.

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Hammerfall en Murcia: “puños en alto y orgullo metalero”
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Tachuelas, cuero, cadenas y veteranía son algunas de las señas de identidad de la legendaria Hammerfall, uno de los nombres imprescindibles del heavy/power metal europeo. Los suecos se embarcaron en una gira europea para presentar su última obra, Avenge The Fallen, con parada en cinco ciudades españolas y acompañados en todas las fechas por los británicos Tailgunner, encargados de abrir la noche. Con un aforo cercano al 70 %, la sala Mamba! de Murcia fue el escenario elegido para una velada marcada por el metal clásico, los riffs afilados y el espíritu combativo que define a ambas formaciones.

Los primeros en saltar a escena fueron Tailgunner, joven banda inglesa formada en 2022 que llegaba con la vitola de promesa tras su debut Guns For Fire, elegido disco del año 2023 por Fistful of Metal y apadrinado nada menos que por K.K. Downing (ex Judas Priest). Dispuestos a conquistar nuevos seguidores gracias a su enérgico directo y a una propuesta claramente influenciada por la NWOBHM, comenzaron su descarga sin concesiones mientras sonaban las sirenas de “Midnight Blitz”, tema que da nombre a su próxima obra prevista para 2026. Las guitarras afiladas y la actitud de Craig Cairns a las voces, animando constantemente al público, marcaron el inicio de un concierto intenso y directo.

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La descarga continuó con la rabiosa “White Death”, impulsada por una batería cabalgante a ritmo vertiginoso y un llamativo duelo de guitarras entre Zach Salvini y Jara Solís, quien sustituye temporalmente en directo a Rhea Thompson. Poco a poco la sala fue recibiendo a más público y los británicos subieron la intensidad con cortes como la coreable “Shadows Of War” o la ultrarrápida “Barren Lands & Seas Of Red”, haciendo las delicias de los fans del metal más clásico. El sonido, sin ser perfecto, resultó bastante aceptable, aunque con las voces algo bajas en ciertos momentos. Para despedirse recurrieron a los bises con “Eulogy” y “Guns For Fire”, dejando muy buenas sensaciones y ganas de volver a verlos, algo que sucederá en el festival Leyendas del Rock.

Si hablamos de bandas que han marcado época dentro del género, Hammerfall es uno de los primeros nombres que vienen a la mente. Tres décadas sacando himnos, editando discos y girando sin descanso los avalan, y su especial conexión con el público español quedó reflejada en la gran asistencia registrada en la tarde del domingo, con la sala Mamba! casi llena. Los suecos aparecieron sobre el escenario envueltos en una espesa nube de humo y con un juego de luces algo escaso y lineal que se mantuvo durante todo el concierto, desluciendo ligeramente su puesta en escena. El show arrancó con “Avenge the Fallen”, tema homónimo de su último disco, aunque el repertorio pasó de puntillas por esta etapa reciente para centrarse mayoritariamente en una sólida colección de clásicos.

A partir de ahí, la noche fue un desfile de himnos con “Heeding the Call”, “Any Means Necessary” y el ritmo marcial de “Hammer of Dawn”, interpretados por una banda totalmente entregada y con un sonido muy bueno, donde los instrumentos se distinguían con claridad. Destacó especialmente la pegada del batería David Wallin, impecable durante todo el concierto, así como la constante “lucha” guitarrera entre Oscar Dronjak y Pontus Norgren. La experiencia de Joacim Cans como frontman quedó patente cada vez que se dirigía al público, ya fuera para charlar, explicar cómo hacer los coros o preguntar cuántos asistentes los veían por primera vez. La fiesta continuó con “Renegade”, “Hammer High” y la épica “Last Man Standing”, antes de recuperar “Fury of the Wild” entre aplausos. En la recta final sonaron la instrumental “Chapter V: The Medley”, la emotiva “Glory to the Brave” y “(We Make) Sweden Rock”, ondeando una bandera sueca con orgullo. Los bises, con “Hail to the King” y “Hearts on Fire”, pusieron el broche a otro show impecable para el recuerdo. Hammerfall, una vez más, no defraudaron.

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Patriarkh en Barcelona: “Entre incienso y blasfemia”
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El concierto de Patriarkh en Barcelona reunió a una buena representación del metal extremo europeo en una noche intensa y bien organizada. Por problemas de transporte no fue posible llegar a tiempo para ver a Halls of Oblivion ni a Sanity, las dos bandas encargadas de abrir el cartel, por lo que esta crónica se centra en las actuaciones de Hate, Arkona y Patriarkh, que fueron las que pude presenciar ya con la sala en plena actividad.

Hate, veterana banda polaca de blackened death metal con décadas de trayectoria y su último álbum Bellum Regiis publicado en 2025 salio a escena. Su actuación fue directa y contundente desde el inicio, con un set que incluyó varios de sus temas más representativos. Entre los cortes que sonaron estuvieron Sovereign Sanctity”, “Erebos”, “Bellum Regiis”, “Valley of Darkness” y “Iphigenia”, mostrando un equilibrio entre velocidad y agresividad con un sonido potente y equilibrado. Hate mantuvo la intensidad durante toda su presentación, con la respuesta del público creciente a medida que avanzaba el concierto, destacando la fuerza de su base rítmica y la presencia firme de las guitarras.

A continuación fue el turno de Arkona, que actualmente se encuentran en una etapa mucho más cercana al black metal que a sus orígenes folk. Su directo fue oscuro, serio y sin concesiones, dejando de lado casi por completo los elementos más festivos de otras épocas. La banda ofreció un concierto intenso, con estructuras largas y un sonido denso que fue ganando fuerza a medida que avanzaba el set que arrancó con fuerza con “Izrechenie. Nachalo”, le pegaron “Kob” y “Ydi”. Aunque no es la versión más accesible de Arkona, su propuesta actual encajó perfectamente con el tono general de la noche, manteniendo al público concentrado en cada tema y demostrando su amplia experiencia en directo. Cerraron su set con “Zimushka” haciendo delirar a toda la sala.

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Con la sala ya completamente entregada, llegó el momento de Patriarkh, la banda más esperada del cartel. Desde su salida al escenario dejaron claro que el concierto iba a seguir una línea muy marcada, sin grandes pausas entre canciones, con una ejecución técnica y una propuesta sólida. El repertorio se centró en piezas de su gira actual, con temas que recorrieron su material como ser “Wierszalin I”, “Wierszalin II”, , “Wierszalin V”, “Wieczernia”, “Polunosznica” y “Utrenia”, para cerrar con Liturgiya (de su álbum debut) interpretadas con precisión y fuerza.

El set de Patriarkh avanzó de forma constante, manteniendo la atención del público en todo momento con composiciones largas y un enfoque monolítico. Cada tema fue ejecutado con claridad por la banda, que demostró estar cómoda sobre el escenario y muy centrada en su propuesta musical. La respuesta del público fue progresiva, con más participación y movimiento conforme se sucedían los temas. Patriarkh no bajó el nivel de intensidad en ningún punto, manteniendo un sonido compacto y uniforme durante toda su actuación.

La actuación de Patriarkh cerró la noche de manera sólida, dejando una impresión positiva entre los asistentes. Aunque no tuve la oportunidad de ver a Halls of Oblivion ni a Sanity, las presentaciones de Hate, Arkona y Patriarkh ofrecieron un concierto coherente, bien ejecutado y lleno de fuerza, ajustado a lo que se esperaba de una noche de metal extremo de este nivel.

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Electric Callboy en Barcelona: “Cuando el metal y la fiesta bailan en una misma sala”.
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El pasado 22 de Enero de 2026 daba inicio mi temporada de conciertos con el que fue, sin duda, uno de los mejores del año. Y eso que aún no hemos ni empezado prácticamente. Electric Callboy aterrizaban en Barcelona acompañados de Wargasm y Bury Tomorrow de la mano de Route Resurrection. 

El Sant Jordi Club fue el recinto escogido para dicha ocasión. A eso de las 19h, los británicos Wargasm daban comienzo al concierto con su particular propuesta basada en el lema “Angry Songs For Sad People”. Mezclando Metal Industrial, Electrónica de todo tipo, Rap y un sinfín de elementos que hacen imposible etiquetar a la banda en un solo ámbito. Media hora de concierto en la que el público se fue encendiendo poco a poco y temas como “Do It So Good”, “Bad Seed” o “Spit” hicieron las delicias de los fans de la banda y del nuevo público que les conoció en ese mismo momento. 

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Sobre las 20h llegaba Bury Tomorrow para arrasar con todo. “Choke” marcó el inicio de un concierto que demostró el increíble nivel de actuación que ofrece siempre esta banda. Una base instrumental del más alto nivel, dos excelentes voces que pese a una pequeña falta de volumen a título personal mantuvieron el listón alto y una más que sólida producción, hicieron de este concierto una experiencia digna de vivir. Tampoco faltaron himnos como “Cannibal”, “Black Flame” o la más reciente “Let Go” en un set que se nos hizo corto pero intenso. 

Y finalmente llegaba el momento más esperado de la noche. Los alemanes Electric Callboy daban comienzo a su particular fiesta con “Tanzeneid” y el público perdió el control por completo. Disfraces, moshpits, bailes de todo tipo y una buena energía que se salía del mismísimo recinto sería una manera rápida de resumir el concierto. “Hypa Hypa”, “Elevator Operator”, “We Got The Moves” e incluso algún clásico más oldschool como “Crystals” fueron las elecciones de la banda para poner el Sant Jordi patas arriba. Destacar también el cover de “Everytime We Touch” que, para el directo, contó con una parte del tema en acústico con Nico y Kevin situados entre el público con un piano y sus voces, ofreciendo una experiencia íntima y única para todos los asistentes. 

Electric Callboy lleva desde sus inicios allá por 2012 demostrando que el metal y la fiesta son conceptos totalmente compatibles pese a las críticas que llevan recibiendo a lo largo de su carrera. Un sonido impecable, una producción que cada vez va a más y una base de fans cada vez más extensa hacen de los alemanes unos referentes dentro de la escena del metal moderno. A título personal, era mi cuarta vez viéndoles y pienso repetir cada vez que me sea posible.

(Galería en proceso)

 

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Stillbirth en Madrid: “Surfeando la capital”
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Crónica y fotos: Juli G. López

El pasado viernes 16 de enero, comenzamos el 2026 a puro death, y la sala Silikona de Madrid vibró una vez más con una intensa noche de metal extremo producida por Madrid Death Fest. A pesar de tratarse de una fecha temprana en el año, el evento dejó claro que la escena no baja el ritmo y sigue apostando fuerte por propuestas contundentes y bien organizadas.

Desde Alemania llegaron los icónicos surfers del slam death metal, Stillbirth, con su inconfundible estilo festivo, casi playero, lleno de riffs brutales y una actitud desenfadada que ya es marca registrada. Al igual que en 2024, estuvieron acompañados por Kanine, desde Francia, quienes representaron al deathcore con fuerza, precisión y una presencia demoledora de su frontman, consolidando una combinación explosiva para la noche.

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La velada dio comienzo con los españoles Ancient Arrival, encargados de representar a la escena nacional con una propuesta moderna y sólida dentro del deathcore español. Con riffs rápidos, contundentes y bien ejecutados, demostraron por qué son consideradas una de las bandas emergentes más firmes del underground madrileño. Cabe destacar además que Lukas, productor y vocalista de Stillbirth, considera fundamental hacer crecer el under dando espacio a las bandas locales emergentes, algo que se reflejó claramente en el cartel. La sala no estaba tan llena como en 2024, pero aun así se sentía una energía metalera constante y un público atento desde el primer momento.

Kanine fue la segunda banda en tomar el escenario y, desde los primeros acordes, quedó claro que el público estaba preparado para el caos. Entre patadas, empujones y puños voladores en el mosh, llegando incluso a tener que retirar gente por parte de la producción, quedó demostrado por qué la banda es una de las promesas más sólidas del deathcore europeo. A pesar de su corta trayectoria, el sonido fue preciso, contundente y muy bien ejecutado, amplificado por la energía frenética de los asistentes que no dejaron de apoyar cada breakdown. Además, fueron los únicos en sumar luces extras al escenario, logrando darle un mejor ambiente a la —no tan agraciada— sala Silikona.

Con el público ya completamente caliente, llegó el turno de Stillbirth, los surferos del slam que ya tienen su paso más que sabido por España. El ambiente, cargado de adrenalina, se mantuvo expectante mientras los alemanes inflaban ellos mismos hinchables de pelotas, bongs y chalas de marihuana, haciendo clara alusión a su temática habitual. Fieles a su estilo, no tardaron en hacer referencias al sol y a la playa española, añadiendo su característico toque humorístico al brutal espectáculo que estaba por comenzar. El setlist fue una sucesión constante de golpes sonoros, ejecutados con precisión quirúrgica y reforzados por varios temas pedidos por el metalerio presente.

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La interacción de Stillbirth con el público fue, una vez más, uno de los puntos más destacados de la noche. El cantante Lukas bajó en varias ocasiones del escenario para cantar junto a los fans, generando una conexión directa y genuina que pocas bandas logran mantener. Incluso durante su icónico paso por el wall of death, la complicidad entre banda y público fue total, elevando aún más la intensidad del show.

En resumen, la noche fue una verdadera celebración de risas, amiguismo y reencuentros dentro del death metal en todas sus formas. La vieja y la nueva escuela se encontraron entre guturales, breakdowns y mosh pits caóticos. Stillbirth y Kanine, junto con los locales Ancient Arrival, no solo demostraron por qué son referentes dentro de la escena, sino que también ofrecieron una experiencia cercana, honesta y brutal que dejó a Madrid con ganas de más, como suele suceder siempre con las producciones de Madrid Death Fest.

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Death To All & Destruction en Buenos Aires: “Thrash ‘til Death”
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Es oficial. 2026 arrancó definitivamente. Tras unos primeros días sin mucha actividad de música en vivo, finalmente la jornada de recitales internacionales empezó. Y quienes tuvieron el agrado de inaugurar la temporada de verano, fueron ni más ni menos, que Destruction y Death To All. Dos grupos que ofrecieron lo que prometieron: una ceremonia de violencia, caos, destrucción, y clásicos, por sobre todas las cosas. Pero mejor vamos por orden cronológico de cómo se dieron los acontecimientos.


Normalmente, uno diría que la jornada arrancó en el momento en el que empezó a tocar la primera banda. Pero lo cierto es que el pasado 15 de enero, se vivió un día atípico en la Ciudad de Buenos Aires, ya que lo que venía siendo un acalorado jueves de verano, primero se volvió en un infierno tras un apagón masivo en varios de la Capital y la provincia. Luego de eso, el día se convirtió en una tarde de invierno, con lluvia, un cielo inmensamente gris y un descenso de temperatura que fue una caricia al alma para los amantes de los climas más frescos. Por último, un atardecer con el cielo algo despejado, dejando filtrar las últimas luces del sol en las asfaltadas calles mojadas de la ciudad.

En la transición de estos dos últimos estados, arrancó la velada en el Teatro de Flores. Desde temprano y cumpliendo con el horario, los muchachos de Manifiesto Thrash fueron los encargados de poner primera al show y dibujar los primeros acordes de la tarde/noche. Con varias personas presentes en el recinto y una fiel base de seguidores, el grupo comenzó a sacudir las paredes del Teatro con su Thrash/Death bien potente y pesado.

Durante los primeros minutos tuvieron unos desperfectos de sonido, más concretamente en las guitarras que no sonaban con total claridad. Sin embargo, para el segundo tema supieron solucionarlo y de esta forma, brindaron una sólida y contundente actuación de media hora en la que interpretaron canciones de su última obra, “La Ley del Talión (2022)”, y algunas más clásicas como “Entre Cenizas” y “Avaricia”.

Continuando con la ronda de bandas nacionales, luego llegó el turno de Lazaro. El nuevo grupo liderado por “Jorge Moreno”, salió al escenario pasadas las 19 para desplegar con pura energía y potencia, los temas de su reciente obra, titulada “Morir y Resucitar (2025)”. Se trato de una propuesta muy acelerada y violenta, que se vio levemente afectada por el sonido saturado de las guitarras. Sin embargo, al igual que sus colegas, supieron corregir con el correr de los temas.

Si bien el público respondió favorablemente ante la actuación de la banda, fue durante el cover de Serpentor “Privación Ilegítima de la Libertad” y en especial, con la versión en castellano de “Raining Blood” de Slayer, dónde se vio a la gente mucho más receptiva y entusiasmada con el show. Una intensa lección de Thrash, que funcionó como perfecto aperitivo para lo que vendría a continuación.

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Ya redondeando las 20hs, luego de que la gente estuviera tomando, charlando o comprando remeras y merch oficial, el ambiente en el Teatro Flores comenzó a sentirse más unificado ya que todas las miradas y focos de atención se fueron volcando en una sola dirección: el escenario. Y es que la hora cumbre se acercaba. Las ansias en los espectadores iban creciendo y el nivel de concurrencia también. Las dudas sobre con cual tema iba a arrancar Destruction y cómo iban a sonar, empezaron a ser los temas de conversación en los segundos previos al inicio del show. Dichas dudas tuvieron su respuesta a las 20:03, cuando los alemanes dijeron presente sobre el escenario.

La respuesta a la primera pregunta fue resuelta en los primeros segundos y es que el público no tardó mucho tiempo en distinguir el inicio acústico de “Curse The Gods”, y comenzar con las primeras rondas de pogo de la noche. Con suma agresividad y potencia, el tema se fue desarrollando a un ritmo más acelerado que la versión en estudio, y presentando a un Marcel Schmier, en un estado vocal más que vigente, que consolidó aún más en “Invicible Force” y “Nailed To The Cross”, dónde el grupo no bajó las revoluciones ni el nivel de violencia.

Por su parte, la respuesta a la segunda pregunta es un poco más compleja de responder, ya que en un principio, tanto las violas del argentino Martin Furia como del suizo Damir Eskićm, se percibieron algo sucias. No se trataba de una imperfección notoria que afectará marcadamente el sonido o el show. Pero sí se notaba que a las guitarras les faltaba un pequeño pulido, para poder apreciar completamente sus melodías y ataques de furia.

Afortunadamente, para el cuarto tema los alemanes (que de alemanes, solo tiene a su líder), ya habían acomodado por completo su sonido y de ahí en adelante, lo que siguió fue una descarga de caos y descontrol, con los músicos afianzados en su labor y el público disfrutando el repertorio. Cayeron temas de su nuevo disco, como “No Kings No Masters”, “A.N.G.S.T.”, “Scumbag Human Race”, y “Destruction”, así como clásicos como “Mad Butcher”, “Total Desaster” y “Eternal Ban”, entre varios.

La banda no se mostró clemente y con un ataque imparable de Thrash, demostraron porque fueron y son pilares fundamentales del género y escena alemana. Para el final, cerraron con dos infaltables: “Bestial Invasion” y “Thrash ‘Til Death”, desatando dos de las rondas de pogo más grandes y violentas de la noche. Tras el tornado de destrucción que fueron las últimas piezas, la banda se despidió entre aplausos y dejó palpable porque se llaman así.

Luego del caos vivido, hubo media hora de descanso en la que la gente aprovechó para recargar energías, hidratarse y pasarse por los baños antes que el otro acto de la noche comience. Y es que si bien se trataba de una fecha compartida, en la que tanto Destruction y Death To All, tocaron sets completos, al final se terminó sintiendo más como una fecha en la que los estadounidenses eran el acto principal, ya que entre las 21:30 y las 22:00, un montón de gente se fue sumando al Teatro. Gente que parecía haber estado de antes pero cuya única prioridad era ir a ver el tributo dedicado a Chuck Schuldiner. Una apreciación curiosa, cuanto menos.

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No estaba completamente lleno, pero si bastante concurrido el recinto, para cuando Death To All apareció sobre el escenario y soltó los primeros acordes de la noche: los de “Infernal Death”. Sí, una total sorpresa para todos los presentes. Ya que no estaba en los planes de nadie que el show arranque así. No obstante, tampoco estaba en los planes de la banda interpretar el tema entero ya que solo tocar el inicio a modo de amague. Fue así, que el verdadero comienzo se dio con “Living Monstrosity , primer track del Spirtual Hearling (1990), (disco que venían a homenajear) que desató el primero de muchos momentos de desenfreno y euforia, entre la audiencia. Con Gene Hoglan en la batería, Steve Di Giorgio en el bajo, Bobby Koelble en la viola, y Max Phelps, en la guitarra principal y voces, los cuatro dieron una sólida interpretación del tema.

Tal como prometía la gira, la banda se encargó de dar especial dedicación a la obra de 1990, y en este apartado inicial, nos regalaron intensas y exquisitas versiones de “Defensive Personalities”, “Altering the Future” y del tema “Spiritual Healing”. Estas piezas las intercalaron junto con clásicos como “Lack of Comprehension”, “Zombie Ritual”, y “The Philosopher”.

Me detengo para resaltar dos interpretaciones. La primera, “The Philosopher”, que contó con uno de los mejores momentos instrumentales y técnicos de la noche, con un Di Giorgio completamente suelto y sobrio, haciendo alarde de su indiscutible nivel de calidad y de la facilidad que posee el músico para adueñarse del escenario.

El otro momento es “Spiritual Healing”, dónde las guitarras alcanzaron un punto máximo de resplandor y brillo, y se apreció con suma precisión cada una de las notas de Phelps y Koelble. Y pese a tratarse del primer show del año para la banda, se nota lo pulido y afianzado que están. A diferencia de su primera actuación, Phelps cantó con muchas más libertades, buscando dar su impronta vocal a las piezas, y no tratando de ser un calco exacto de Chuck. Esto se notó especialmente en este tema, donde el músico se desenvolvió con completa soltura sobre el escenario, demostrando que ya se encuentra afirmado en el puesto de vocalista.

En este punto, llegan unas palabras de agradecimiento de Di Giorgio (que actúo como portavoz del grupo durante la noche) tanto hacia el público como hacia Chuck. Y cae el anuncio que muchos esperaban: iban a tocar Symbolic (1995) entero. Spoiler: no sucedió. Por unos inconvenientes técnicos en la batería de Hoglan, se acortaron los tiempos y quedaron fuera “Sacred Serenity” y “Misanthrope”. Pero el resto del disco fue tocado en su totalidad. Y déjenme decirles, que si la banda ya estaba ofreciendo una actuación destacable, lo que vino a continuación fue simplemente emocionante. La destreza, la sensibilidad, la agresividad, la sutileza, todos los rasgos que poseen los temas del disco, se vieron reflejados sobre el escenario de la mano de los cuatro músicos. Cada uno compenetrado con sus instrumentos, consiguieron plasmar con suma fidelidad y precisión, el sonido y alma del álbum.

Hubo mucho coro, saltos y agite durante la presentación de estas piezas. En ningún momento se cortó el ritmo ni la conexión del público con la banda y los temas. Si hubiese que destacar dos grandes rasgos, el primero sería la belleza y nitidez de las guitarras en “Without Judgement”, que sin duda, marcaron uno de los puntos más altos de la noche por parte de Max y Bobby. Y segundo, la brutalidad con la que se vive una canción como “Crystal Mountain” en vivo. Si en 2024, ya habían tirado abajo el Teatrito ejecutando esta joya, en Flores se repitió lo mismo. Violencia, velocidad, potencia, elegancia, virtuosismo. Todos los ingredientes que posee el tema, todos se vieron reflejados en la interpretación en vivo que dieron. Un momento de ensueño tanto para los ya la habían disfrutado en el Teatrito, como para los que la apreciaban por primera vez.

El bloque “Symbolic” de la noche culminó con “Perennial Quest”, y acto seguido, la banda abandonó unos segundos el escenario, dejando el público expectante y recargando energías. Al regresar, cerraron su actuación con “Spirit Crusher” y “Pull The Plug”, desatando el último pogo de la jornada.

De esta manera, terminó la fecha. Con aplausos, saludos, y brazos en alto por parte de la audiencia que sobrevivió a una descarga metálica que muy pocas veces se vive. Pese al calor y cansancio, la gente se fue con una expresión de satisfacción en el rostro, por haber sido testigos de un recital único, y emotivo para más de uno. Lo vivido esa noche de jueves, quedará guardado en la retina y memoria de los presentes, y seguirá resonando en sus oídos. Quién sabe hasta cuándo. Quizás, hasta la eternidad.

Agradecimiento a Icarus Music por la acreditación y producción del show.

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The 69 Eyes en Barcelona: “Naves espaciales y vampiros urbanos”
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La noche en Barcelona no olía a simple asfalto, sino a una mezcla embriagadora de gasolina vieja, laca de los ochenta y ese sudor eléctrico que solo desprenden las bandas que han sobrevivido a su propio mito.

Entrar en la Salamandra fue como cruzar el umbral hacia una dimensión donde el tiempo es un concepto maleable; allí, bajo los focos, D-A-D no venían a dar un concierto, venían a ejecutar un ritual de exorcismo contra la apatía moderna. Mientras el mundo exterior se obsesiona con lo digital, estos daneses —otrora reyes de una MTV que hoy parece un sueño febril— aterrizaron con el peso de su historia y la frescura del relevante testamento, Speed of Darkness.

Me sentí pequeño ante el despliegue de una banda que, a diferencia de los vampiros finlandeses con los que comparten cartel, no necesita sombras para brillar; ellos son el propio incendio. El epicentro de este terremoto visual es, sin duda, Stig Pedersen, un hombre que no toca el bajo, sino que lo utiliza como un dispositivo de comunicación alienígena.

Ver a Stig es entender que el shock rock no es un disfraz, sino una extensión del alma; con sus atuendos que harían palidecer de envidia a cualquier estrella del glam de los noventa y su colección de instrumentos imposibles, Stig nos recordó que la genialidad no necesita cuatro cuerdas cuando se tiene actitud.

Paseó por el escenario bajos de dos cuerdas que desafiaban la lógica: uno semitransparente que latía en un pulso azul y rojo como el motor de una nave espacial, otro con forma de clavijero gigante y una mini guitarra como clavijero que distorsionaba la perspectiva, y aquel cohete blanco que parecía listo para propulsarnos fuera de la sala.

A su lado, el resto de la maquinaria funcionaba con una precisión aplastante: Jesper Binzer, un frontman que parece estar viviendo una segunda juventud cargada de lija y carisma; su hermano Jacob, un mago de las seis cuerdas disfrazado de hechicero oscuro que lanza trucos sonoros con una facilidad insultante; y Laust Sonne, ese batería extraído de un cómic rockabilly que golpea con la elegancia de un dandy y la fuerza de un titán.

La ceremonia arrancó con la violencia necesaria de “Jihad”, barriendo cualquier duda sobre quién mandaba en ese escenario. Fue una declaración de intenciones que continuó con la cabalgata rítmica de “1st, 2nd & 3rd” y el descaro de “Girl Nation”. Cuando llegó el turno de la nueva “Speed of Darkness”, el aire se volvió más denso, demostrando que su materia gris sigue fabricando himnos capaces de instalarse en el cerebro como un parásito eterno.

Atravesamos el desierto de “Rim of Hell” y la polvorienta “Riding With Sue”, sintiendo cómo la sección rítmica nos golpeaba el pecho con una solidez que solo dan cuarenta años de carretera. Hubo un momento de tregua, una grieta de luz en la tormenta, cuando Jesper bajó a la arena para interpretar “Something Good” entre nosotros; ahí, a escasos centímetros de su sudor y su guitarra, comprendí que el rock sigue siendo la forma más pura de contacto humano.

Pero la calma fue breve. La psicodelia de “Everything Glows” y la demencia colectiva de “Bad Craziness” nos prepararon para el final inevitable. Tras un breve respiro con la acústica y agridulce “Laugh ‘n’ a ½”, el santuario de Salamandra implosionó con “Sleeping My Day Away”.

Ese riff, esa melodía que una vez conquistó Europa y América, se sintió anoche como un grito de guerra generacional. No fue solo nostalgia; fue la confirmación de que D-A-D son una anomalía orgánica en un mundo artificial, unos señores músicos que no eligen entre calidad y diversión porque lo tienen todo. Salí a la calle a fumar con los oídos pitando, el cerebro impregnado de su sonido y la certeza de que, mientras Stig Pedersen siga diseñando bajos que parecen naves espaciales, el rock and roll siempre tendrá un lugar donde aterrizar.

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Continuamos la noche en la ciudad condal se volvió espesa, como si el oxígeno de la Salamandra hubiera sido sustituido por vapor de cripta y esencia de cuero negro, una densidad casi táctil que anunciaba el cambio de guardia entre la diversión danesa y la melancolía nórdica. Tras el vendaval danes, el aire se enfrió súbitamente para recibir a los dueños de la penumbra: The 69 Eyes.

Entré en su frecuencia como quien se adentra en un sueño gótico donde el tiempo no corre, sino que se arrastra con la elegancia de un depredador nocturno. El escenario se transformó en un altar de Goth & Roll, y allí, emergiendo de una bruma artificial que parecía cobrar vida propia, apareció Jyrki 69.

No es solo un cantante; es un tótem de magnetismo oscuro, un Elvis de cabellera larga negra surgido de las sombras que buscó desde el primer segundo un baño de masas casi místico. Sus movimientos eran pausados, calculados para hipnotizar, estirando sus manos hacia una audiencia que suspiraba por un roce de sus guantes de piel, mientras su voz cavernosa —un barítono profundo que parece nacer en las raíces de la tierra— vibraba en el esternón de los presentes como un eco venido del más allá, recordándonos que el dolor también puede ser sexy.

A sus espaldas, la maquinaria finlandesa levantaba un muro de sombras infranqueable. Bazie y Timo-Timo no tocaban guitarras, blandían dagas de plata; sus afilados riffs cortaban la densidad del ambiente con una precisión quirúrgica, entrelazándose en melodías que sonaban a cementerios bajo la luna llena y a carreteras perdidas en mitad de la nada.

Cada solo de Bazie era una punzada de melancolía eléctrica, una cascada de notas que caían sobre nosotros mientras el pulso imperturbable de Archzie al bajo mantenía la estructura del edificio unida. Y entonces, el corazón palpitante y frenético del ritual: Jussi 69.

El baterista, un animal escénico poseído por el espíritu del rock más salvaje y exhibicionista, se convirtió en el espectáculo definitivo que desafiaba la sobriedad gótica. Ignorando cualquier contención o pudor, se encaramaba a su batería con el torso desnudo, una silueta de piel y hueso que desafiaba la gravedad y la fatiga, golpeando los parches con una violencia estética, haciendo girar las baquetas en el aire como si cada impacto fuera un trueno destinado a invocar a los espíritus de la noche barcelonesa. Sus piruetas y su exuberancia física eran el contrapunto perfecto, el estallido de adrenalina que impedía que la atmósfera se volviera demasiado lánguida.

El viaje fue una montaña rusa de emociones lúgubres, un recorrido por una discografía que es ya el mapa genético de una subcultura. Desde la apertura con “Devils”, la sala se entregó a un trance donde clásicos inmortales como “Feel Berlin” y “The Chair” se fundieron con la modernidad de su Death of Darkness.

Hubo momentos de una belleza desoladora, donde las guitarras parecían llorar lágrimas de mercurio en “Wasting the Dawn”, y otros donde la energía estallaba en una urgencia punk-gótica con “Never Say Die”. Aunque el sonido de la sala a veces luchaba por proyectar toda la profundidad de los matices de Jyrki, el carisma arrollador del quinteto y su entrega escénica suplían cualquier carencia técnica, convirtiendo la imperfección en autenticidad.

El clímax llegó con un bloque final de infarto; el encore compuesto por “Framed in Blood” y esa oda al romance oscuro que es “Dance D’ Amour” prepararon el terreno para el himno que todos llevábamos grabado en la materia gris.

Cuando los primeros acordes de “Lost Boys” restallaron en los altófonos, la Salamandra dejó de ser una sala de conciertos para transformarse en el legendario paseo marítimo Boardwalk en Santa Carla de la recordada película; allí no había espectadores, solo una congregación de eternos adolescentes nocturnos gritando al unísono.

Salí a la madrugada de este milenio sintiendo que, aunque el sol estuviera oculto bajo la lluvia, la oscuridad de Helsinki se había quedado tatuada en mi piel bajo el cuero, gracias a una banda que, tras 35 años, sigue demostrando que si el rock no es peligroso, teatral y elegante, simplemente no es rock.

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Dirkschneider en Copenhague: “Honrando el acero”
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Es muy normal en estos tiempos que los músicos que participaron en discos clásicos realicen giras aniversario, aun cuando ya no formen parte de la banda en cuestión. Esto se debe en gran parte a la nostalgia y a la realidad de que las leyendas que dieron forma a los géneros se están retirando, lo que convierte a estas giras en propuestas muy rentables desde lo económico.

Tal es el caso de Udo Dirkschneider, clásico vocalista de Accept, cuyo presente consiste en salir de gira interpretando viejos clásicos. De hecho, la gira por los 40 años de Balls to the Wall, disco clásico del heavy metal, ya lleva tres años de duración. Esta fue precisamente la gira que presenciamos en el hermoso Amager Bio, en la capital danesa, Copenhague.

Los invitados especiales de la noche fueron los belgas de Evil Invaders, una elección excelente, ya que se trata de una banda que lleva como estandarte los valores del metal clásico, y lo hace con mucho orgullo. Desde sus atuendos de cuero, cargados de tachas y muñequeras, hasta sus cabellos largos con cortes bien ochenteros. Su sonido está anclado a principios de los años ochenta, claramente en la vena de Venom o el primer Slayer: un thrash metal muy rápido y desprolijo, pero con claras notas de rock and roll.

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Su presentación, de apenas 40 minutos, demostró que tienen todo para llegar a la cima del género. El sonido permitía escuchar a la perfección todos los instrumentos, a pesar de la suciedad de las distorsiones. La batería era una verdadera aplanadora, bien al frente en la mezcla, imposible de ignorar y obligando a mover la cabeza. Las guitarras, sucias y punzantes, iban pasando de riffs arrasadores a solos rápidos e intrincados. Gracias a estos factores, sumados a un carisma y energía arrolladores, se metieron al público en el bolsillo, que respondió a la perfección a cada pedido de gritos y agite de puños. Un excelente show de apertura para una noche que prometía ser memorable.

Luego de la intro con la icónica canción de Iron Maiden, “The Number of the Beast”, la banda salió a escena. El arranque fue demoledor con “Fast as a Shark” y “Living for Tonight”. La energía ya estaba por los aires y se mantendría así durante todo el concierto.

Los músicos recorrían el escenario sin descanso y aprovechaban cada momento para jugar con el público, siempre con algún gesto pensado para generar una respuesta enérgica por parte de la audiencia. Un recurso muy utilizado fue el de extender ciertos pasajes de las canciones para que la gente cante o acompañe con palmas. Claros ejemplos de esto fueron el himno “Metal Heart” y la festejada “Princess of the Dawn”.

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Uno de los momentos más especiales de la noche fue la balada “Breaking Up Again”, donde el histórico bajista de Accept, Peter Baltes, tomó el micrófono y la interpretó, emocionando a todos los presentes y dándole un merecido descanso a Udo.

Una broma recurrente durante el show giró en torno a la edad de los dos ex Accept: el bajista con 67 años y el vocalista con 73. Ambos, en un estado impecable, interpretaron las canciones como si tuvieran veinte años menos.

La lista fue una verdadera catarata de clásicos, especialmente cuando llegó el turno de tocar Balls to the Wall de forma completa. El público deliró con cada una de esas canciones, y la energía y el entusiasmo no bajaron en ningún momento del set.

El sonido fue maravilloso de principio a fin. La batería sonaba potente y contundente, sin tapar al resto de los instrumentos. Las guitarras, súper afiladas y poderosas, invitaban constantemente a mover la cabeza al ritmo de los riffs. La voz, bien al frente, se escuchaba perfecta. Un sonido claro, nítido y espectacular.

El final con “Burning” dejó a la gente feliz y encantada, clamando el nombre del vocalista y aplaudiendo durante largos minutos. Un cierre excelente para un show maravilloso.

Si bien el presente discográfico de Udo no da mucho que hablar, demostró que todavía tiene fuerza y energía para honrar su carrera. No está rascando la olla, como se dice vulgarmente, sino honrando su pasado y, lamentablemente, despidiéndose al darle al público exactamente lo que quiere recibir: sus clásicos.

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Hammerfall en Barcelona: “Bajo la lluvia y el martillo”
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Aún con la lluvia empapando las calles de Barcelona y el murmullo expectante llenando el Razzmatazz, Tailgunner apareció como el primer relámpago de la noche. No venían a pasar desapercibidos ni a cumplir el trámite del telonero: venían a abrir una brecha. Desde el primer acorde quedó claro que su heavy metal no entiende de medias tintas, sino de impacto directo.

El arranque con “Midnight Blitz” fue como un motor encendiéndose a máxima potencia. Sentí cómo la sala empezaba a transformarse, cómo los cuerpos aún fríos por la lluvia exterior comenzaban a calentarse a base de riffs afilados y un ritmo constante. Craig Cairns, al frente, cantaba con convicción, con una voz firme que no busca adornos, sino transmitir urgencia y verdad.

Las guitarras construían un muro de sonido sólido y agresivo. La sustitución temporal de Rhea Thompson por Jara Solís no se percibió como una carencia, sino como una adaptación natural: Jara se movía con seguridad, aportando fuerza y precisión, encajando sin fisuras en el engranaje junto a Zach Salvini, que descargaba solos con carácter clásico y pulso moderno. Todo estaba bien medido, bien ejecutado, sin perder crudeza.

Con “White Death” y “Shadows of War”, la banda terminó de conquistar a un público que ya empezaba a responder con cabezas agitándose y puños en alto. El bajo de Thomas “Bones” Hewson retumbaba como una columna vertebral inquebrantable, mientras Eddie Mariotti sostenía el conjunto desde la batería con una pegada constante, sin excesos, pero sin concesiones.

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El momento más atmosférico llegó con “Tears in Rain”, donde la intensidad se volvió más emocional sin perder peso. Fue un breve respiro dentro de la ofensiva, un instante para tomar aire antes de volver a cargar. Esa capacidad para alternar dureza y épica mostró a una banda que no solo dispara, sino que también sabe cuándo apuntar.

La recta final, con “Barren Lands & Seas of Red”, devolvió la contundencia al primer plano y dejó claro que Tailgunner mira al futuro con ambición. Su próximo disco, Midnight Blitz, producido por K. K. Downing, se intuía ya en cada nota: heavy metal clásico en espíritu, pero ejecutado con hambre y plenamente anclado en el presente.

El falso adiós dio paso a un encore inevitable. “Eulogy” sonó casi como un juramento compartido entre banda y público, y “Guns for Hire” cerró el set con la sensación de que el trabajo estaba hecho. No solo habían calentado la sala: la habían preparado para la guerra.

Cuando abandonaron el escenario, el Razzmatazz ya no era el mismo. Tailgunner había dejado el terreno ardiendo, listo para que HammerFall descargara su cruzada. Y tuve claro que aquella noche no empezó con los suecos, sino con el rugido firme y honesto de una banda que entiende el heavy metal como se debe: sin excusas y de frente.

El Freedom World Crusade Tour 2026 hacía su primera parada en España, y los suecos de HammerFall no iban a defraudarnos. Su álbum Avenge the Fallen había llegado y, con él, una nueva etapa de conquistas y victorias. Bajo el mando de Oscar Dronjak y Joacim Cans, la banda había regresado al campo de batalla con una energía de esas que marcan épocas. No era solo un concierto: era una cruzada.

La intro de Avenge the Fallen llenó el aire con la electricidad que precede a las tormentas, y el martillo de Oscar Dronjak en forma de guitarra resonó como un trueno que cortaba la atmósfera. El público sabía lo que se venía. Y como si el cielo quisiera rendirse ante semejante imparable, la lluvia arreciaba fuera. Pero el martillo había caído: la guerra del metal había comenzado.

Joacim Cans irrumpió en el escenario con esa vitalidad que pocos vocalistas logran conservar con los años. Cada palabra suya resonaba como una orden, como una invitación a la batalla. «¡Bienvenidos a la cruzada!», declaró, y la sala explotó. El riff galopante de “Heeding the Call” nos lanzó a todos al abismo de la locura. La batería de David Wallin latía como un corazón impío, golpeando con furia, y las primeras olas de energía recorrieron el Razzmatazz entre puños alzados.

La fiesta de los himnos estaba en su punto álgido. “Any Means Necessary” sonó como una declaración de principios, un canto de unidad metalera. Como una marea humana, los fans, divididos por el propio Joacim, coreaban el estribillo con tal fuerza que el techo parecía a punto de estallar. En ese instante, público y banda compartían una única alma: el poder del metal hecho carne.

Un instante después, “Hammer of Dawn” iluminó la sala. En esa tormenta eléctrica, Pontus Norgren deslizó los dedos por la guitarra como si el propio destino le dictara los acordes. Su solo, técnico y emotivo, parecía cruzar el tiempo y demostrar que el metal, cuando se ejecuta con maestría, puede volar más allá de la gravedad.

La noche, aunque cargada de furia, también dejó espacio para la nostalgia. “Renegade” irrumpió como un eco lejano de los años noventa, recordándonos que los martillos existían mucho antes de las nuevas victorias. Allí, en medio del rugido, Oscar Dronjak bromeó sobre los inicios de la banda, lanzando un guiño cómplice a un pasado glorioso.

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“Chapter V: The Medley” fue el momento en el que pasado y presente se fundieron en un solo golpe, una tormenta sin pausa que repasó las leyendas de “Threshold” y “Crimson Thunder”. Un tributo a los templos del metal que HammerFall ayudó a edificar y que, por unos minutos, pareció cobrar vida propia.

Luego llegó la power ballad “Glory to the Brave”, y el ambiente se transformó por completo. Las luces se apagaron y la emoción se volvió palpable. Joacim, con una claridad vocal que erizaba la piel, nos condujo por una ceremonia solemne en la que los móviles brillaban como pequeñas antorchas. Era como si la canción convocará a los héroes que ya no están, a quienes forjaron este reino de acero.

El final se acercaba, y aunque la tormenta seguía rugiendo en el exterior, el calor dentro de la sala se multiplicaba. En la recta final, “(We Make) Sweden Rock” fue el homenaje a las raíces, un himno coreado como un juramento colectivo. La retirada momentánea solo anunciaba más martillos, más victorias.

El regreso para el encore fue un golpe de fuego. “Hail to the King” sonó con una grandiosidad épica, transformando el recinto en una fortaleza, y “Hearts on Fire”, la llama eterna del metal, cerró la noche. Joacim dejó que el público cantara casi todo el primer estribillo y, cuando la última nota se extinguió, el martillo de Oscar quedó alzado como símbolo de otra victoria.

La cruzada había terminado, pero el eco seguía resonando en las calles de Barcelona. La lluvia había cesado, y el metal, con su furia, su fuego y su verdad, había conquistado una noche más.

 

 

 

 

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