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Weather Systems en Buenos Aires: “Conectando el pasado con el presente”
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Foto de portada gentileza de: Martin DarkSoul

En 1998, una banda conformada por dos hermanos ingleses oriundos de Liverpool escribió una canción titulada “Fragile Dreams. Una pieza que con el tiempo quedaría inmortalizada dentro su catálogo, que se volvería en una de las más queridas por los fanáticos y que sería una de las infaltables en sus conciertos. Dicho tema, cuenta con estribillo que contiene las siguientes líneas: “Maybe I always knew, My fragile dreams would be broken, For you”. Una frase tan melancólica como poderosa. Con un sutil tono poético. Y que a su vez, define a la perfección el vínculo íntimo y personal que esta banda creó a lo largo de los años con sus fanáticos. Y también conmigo. Esa banda se llamaba Anathema y hoy venimos a hablar de lo que fue. O más bien, de en lo que se transformó. 

Weather Systems es el nombre del nuevo proyecto del señor Daniel Cavanagh, guitarrista y fundador de Anathema, con el que decidió regresar a Buenos Aires, el pasado 6 de febrero. El músico se presentó en el Teatrito como parte de su gira por Latinoamérica con el fin de compartir las composiciones de su más reciente obra, Ocean Without A Shore (2024), y su vez, el de expandir el legado y espíritu de su antigua banda, por medio de sus mayores éxitos. 

Con este punto de partido, es evidente que la noche estuvo marcada por un hilo musical nostálgico y emotivo. Uno que conectó tanto el pasado como el futuro, que enlazó dos universos artísticos, y que desde la primera nota hasta la última, emocionó a todos los presentes, desde la sensibilidad y el tacto de las guitarras y el teclado. 

Pero ya habrá tiempo para hablar de eso. Porque no todo se trató de lágrimas y recuerdos de un pasado mejor. Presto Vivace se encargó darle a la jornada un inicio electrizante y potente con su propuesta progresiva. La agrupación argentina dibujó los primeros acordes de la noche, con la solvencia y exquisitez técnica, que ellos acostumbran.

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Durante su tiempo en el escenario, la banda contó con una producción impecable que permitió apreciar con suma nitidez, el talento y virtuosismo de todos los músicos. En especial, el de su fundador Marcelo Pérez Scheiner, en el bajo. Con solo tres temas, los argentinos dieron una exhibición majestuosa de metal progresivo, demostrando porque son los abanderados del género en el país.

Concluida su actuación, el Teatrito adoptó un ambiente mucho más íntimo. Lentamente, la gente se fue concentrando hacia adelante. Impulsados por el magnetismo de poder presenciar nuevamente a Daniel, las miradas se dirigieron hacia el escenario. Las paredes se tiñeron de un tono más azulado y oscuro, dando una sensación estelar. 

Las expectativas iban creciendo. Cada vez faltaban menos minutos. Sin embargo, el aire que se respiraba era de total tranquilidad. Un clima sin sobresaltos, sin exaltaciones, ni de gritos de personas pidiendo por la banda. Solamente calma y paciencia. 

No obstante, esa armonía que se fue construyendo en la previa se perdió de forma abrupta ante la euforia y emoción que desató la aparición del grupo. En especial, la de Cavanagh.  Y no era para menos. Siete años habían pasado de la última presentación del músico en suelo argentino. Una cantidad de tiempo más que considerable. Pero esa espera se diluyó cuando empezó a sonar “Deep”, del disco Judgement (1999). Un clásico que marcó la pauta de la noche: recordar el pasado, para abrazar el presente.

Y es que inmediatamente, el músico enlazó con total naturalidad el legado con lo actual. Para sorpresa de varios, “Still Lake” fue la primera pieza del nuevo material en ser interpretada, rompiendo quizás con el orden esperado de temas. Sin embargo, le siguieron “Synaesthesia”, y “Do Angels Sing Like Rain?” respetando la estructura original del disco. Pero más importante, manteniendo la emotividad y melancolía del pasado.

Y es que Daniel siempre describió a este proyecto como el sucesor espiritual de Anathema. Nunca lo negó. Pero una cosa es decirlo con palabras. Y otra, con música. Ya habían pasado la prueba en el estudio. Pero ahora tenían el desafío de hacerlo sobre el escenario. Porque más que un bautismo de fuego en el país, la banda tenía uno de validación. De aceptación. De incorporar una identidad y traer de la mano todo un universo musical con mucha historia y carga emocional.

Esa aprobación se vio reflejada en los eufóricos y apasionados cantos de cancha del público, que no paró de corear en varios tramos de la noche: “Oh, Weather Systems, es un sentimiento, no puedo parar”. 

Con esta devolución y con un Daniel más suelto, los clásicos empezaron a rodar. Primero algunos con un tono más calmado y minimalista como “Springfield”, o “Flying” y otros con una pizca más explosiva como “Closer” o “A Simple Mistake”. Pero todos con una cuidadosa atención a la construcción de climas y estados. Dejando a los temas fluir y marchar a su ritmo. 

Pero el que también fluyó fue el mismismo Danny que se bajó del escenario con “Ocean Without a Shore”, creando uno de los momentos más apasionantes y bellos de la jornada. 

Tras esto, la que no se quedó atrás fue su acompañante femenina, Soraia Silva. La cantante portuguesa venía soltándose lentamente a lo largo del show, agarrando más confianza y presencia. Sin embargo, tras la llegada de Untouchable Part I, la que se robó el protagonismo fue ella. No sólo por su gran registro vocal. Sino por la vitalidad y energía que le brindó al tema, al bajarse también, y cantar junto al público que la recibió con una sonrisa y los brazos abiertos. Sin duda, de lo más emocionante que nos dejó la artista que para muchos fue la gran sorpresa.

Aunque si de sorpresas hablamos, no podemos fuera el cover de Metallica que se tocó. El bajista André Marinho, se puso enfrente de los micrófonos y se hizo cargo de cantar “Wherever I May Roam”. Si bien la interpretación del músico fue notable, el tema se sintió fuera de lugar. Rompiendo con el estado melancólico e íntimo que se había construido previamente con las tres partes de Untouchable. Un tanto innecesario el cover.

Sin embargo, el grupo retomó la senda de la sensibilidad y culminó la jornada con dos gemas: “A Natural Disaster”, dónde brillo la voz de Soraia y “Fragile Dreams” que desató el último pogo al compás de la guitarra de Danny, que fue la que apagó el show.

Con lágrimas y el pulso acelerado por la emoción, la gente despidió a los músicos que se mostraron ampliamente agradecidos por el aguante y apoyo. Y es que el recital se trató de eso, de generar una conexión. De crear un espacio personal de encuentro entre el pasado y el presente. Entre lo que fue y lo que es. La música de Anathema siempre se encargó de abrazar el lado más vulnerable y sensible de uno. Y Weather Systems, lo logró. 

Fue un viaje hacia que condujo a más de uno a los rincones más profundos de su interior. Y seguramente, de su corazón.

Si bien Vincent ya no está, tanto su hermano Danny como Cardoso, se están encargando de mantener vivo un legado. Y por qué no, de crear otro.

Agradecemos a Icarus por la acreditación y producción del evento.

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Burning Witches en Murcia: “al filo de la Inquisición”
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La noche del 12 de febrero el heavy metal más inciendiario hizo parada en la Sala Garaje Beat Club con la gira conjunta “Witches and Kings” que recorre nuestra península por varias ciudades. Dos propuestas distintas pero perfectamente compatibles: el power metal festivo y teatral de Hammer King y la contundencia afilada de Burning Witches. Una velada directa, que promete intensidad, épica y energía, con el público murciano entregado desde el primer momento.

Los alemanes, Hammer King, estandartes de la realeza del power metal, salieron decididos a meterse al público en el bolsillo desde el inicio con “King for a Day”. Pinturas de guerra, poses estudiadas y ese punto teatral que forma parte de su identidad. Cada concierto es como una auténtica ceremonia de coronación, dispuesta a conquistar y expandir su reino. Siguieron con “Make Metal Royal Again” y “Kingdom of Hammers and Kings”, tres golpes rápidos para dejar claro que lo suyo es el power metal coreable y con estribillos pensados para cantar en grupo.

“Pariah Is My Name” mantuvo el ritmo alto, mientras Titan Fox V no dejó de animar a las primeras filas. Hubo momento para el tema en alemán, “König und Kaiser”, que despertó curiosidad y palmas, y para “Last Hellriders”, donde el ambiente ya era totalmente festivo.

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Salieron demonios, brujos y un enorme martillo como parte de su propuesta, incluso repartieron monedas que lanzaron al público que se mantuvo muy divertido durante todo su show.

No faltaron “Hailed by the Hammer” y “Hammerschlag”, auténticos himnos de batalla, y la ya habitual versión de “Danger Zone”, que aportó el toque divertido de la noche. Cerraron con “Hoheitsgebiet” y “Kingdom of the Hammer King”, dejando claro que saben cómo construir un show dinámico y entretenido. Son una banda hecha para calentar motores… y lo consiguieron.

Con su sexto trabajo bajo el brazo, Inquisition, las suizas Burning Witches dan un paso más allá en su evolución y muestran su cara más intensa hasta el momento. El álbum se adentra en pasajes sombríos inspirados en la persecución medieval y el fanatismo religioso, pero lo hace desde una óptica de fuerza y desafío, convirtiendo cada canción en una reivindicación de resistencia.

El sonido se percibe más contundente y envolvente que nunca, con guitarras incisivas, solos amplios y melodías que atrapan desde la primera escucha. Lejos de acomodarse, la banda apuesta por endurecer su propuesta y consolidar su identidad, confirmando que siguen creciendo y que ocupan un lugar firme dentro del heavy metal contemporáneo.

Tras el cambio de escenario, las suizas arrancaron con “Soul Eater”, directa y sin rodeos. Desde ahí, la intensidad no bajó. “Shame” y “Dance with the Devil” sonaron afiladas, con Laura Guldemond dominando el escenario y buscando constantemente la complicidad del público.

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“Maiden of Steel”, “The Dark Tower” y “Sea of Lies” demostraron que la banda funciona como un bloque sólido, con guitarras muy bien empastadas y una base rítmica firme. Cada tema caía con peso propio, sin necesidad de adornos.

El tramo central fue especialmente potente con “Inquisition”, “Release Me”, “Black Widow”, “Evil Witch”, “We Stand as One” y “Lucid Nightmare”. Heavy metal clásico, riffs marcados y estribillos que la sala coreó con ganas. Se notaba que buena parte del público venía con la lección aprendida.

Para el final guardaron la artillería pesada: “Hexenhammer” levantó los puños en alto, “Wings of Steel” hizo vibrar el Garaje y “The Witch of the North” preparó el terreno para el cierre definitivo con “Burning Witches”con gorrito de bruja incluido en la cabeza de Laura y que sonó como una auténtica declaración de intenciones.

En conjunto, fue una noche de metal efectiva y contundente: dos bandas que saben lo que hacen, repertorios bien elegidos y una sala que respondió con energía, pese a la baja entrada que se registó. Murcia volvió a demostrar que el heavy tiene su sitio y su gente fiel.

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Tribulation en Buenos Aires: “Elegancia cadavérica”
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Uniclub volvió a vestirse de negro para recibir a Tribulation, en una noche que combinó mística, sobriedad y una convocatoria moderada pero comprometida. Cerca de cien personas se acercaron al recinto de Guardia Vieja para presenciar el regreso de los suecos en formato headliner, una visita esperada por quienes han seguido la transformación del grupo desde sus días más ligados al death metal hacia ese presente donde el gothic heavy de atmósferas densas define su identidad.


La jornada comenzó con la presentación de Rhaug. La banda local de black metal atmosférico viene demostrando un nivel sonoro y profesional de excelencia, y esta vez no fue la excepción. Durante aproximadamente 45 minutos, mientras la gente terminaba de ingresar al lugar, el grupo nos sumergió en una inmersión catártica absoluta.

Más que un simple show de apertura, el cuarteto propuso una inmersión progresiva en un clima denso. Los riffs fueron construyéndose pacientemente y la base rítmica iba preparando el terreno para lo que vendría después. Cada vez que me toca verlos, la sensación es la misma: hay evolución, hay trabajo y hay una identidad cada vez más clara dentro del circuito local.

Mientras el público terminaba de ingresar y acomodarse, el ambiente comenzaba a transformarse. Luces tenues, humo sutil y una expectativa que crecía sin estridencias.

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Ya sabíamos que esta gira latinoamericana traía una particularidad: la presencia de Luana Dametto (Crypta) en batería, reemplazando temporalmente al histórico Oscar Leander. Y fue justamente ella quien apareció primero en escena. Su ingreso fue recibido con aplausos cálidos y gestos de aprobación inmediatos. Sin necesidad de discursos ni presentaciones extensas, se acomodó detrás del kit con una actitud concentrada, profesional y completamente enfocada en lo que debía hacer.

Sin embargo, el inicio del show de Tribulation no fue del todo limpio. Al momento de la salida del bajista y vocalista Johannes Andersson, un sonido molesto e incómodo se filtró en la mezcla. No fue un desperfecto grave, pero sí lo suficientemente notorio como para desviar la atención durante algunos minutos. Afortunadamente, la situación se estabilizó con rapidez y el show pudo continuar sin mayores sobresaltos.

Una vez estabilizado el sonido, la banda se convirtió en una entidad demoledora. Arrancaron con la introducción de “The Unrelenting Choir” para luego arremeter con “Tainted Skies”. Es fascinante observar la dualidad de las guitarras: Adam Zaars, el arquitecto de la atmósfera, y Joseph Tholl, quien con una actitud de “rockstar” clásica y movimientos fluidos, se lleva todas las miradas acercando el mástil al público.

La respuesta del público fue inmediata: cabezas en movimiento, puños en alto y coros acompañando las líneas más reconocibles. No hubo euforia desmedida, pero sí una conexión sostenida que se mantuvo durante gran parte del set.

El setlist fue un repaso por su discografía reciente, haciendo foco en su identidad actual. Sonaron piezas como “Nightbound” y “Hamartia”, donde la voz de Johannes —ahora más profunda y narrativa— guió a los presentes por pasajes sombríos. Dametto, desde el fondo, fue un reloj suizo: precisa, contundente y con una seriedad que aportó una estabilidad rítmica que la banda necesitaba para estas canciones.

Hubo momentos de gran intensidad con “Suspiria de Profundis”, un guiño a sus raíces más extremas, y la infaltable “The Lament”, que fue el punto de mayor euforia. Aquí el público, aunque escaso, se hizo sentir: puños en alto, cánticos y una entrega total ante el despliegue teatral de los músicos, quienes lucían sus maquillajes vampirescos y ropas decadentes con una naturalidad envidiable.

Para el bises, Tribulation no guardó nada. “Melancholia” y “Strange Gateways Beckon” pusieron el punto final a una jornada de casi 80 minutos de show. A pesar de los traspiés técnicos del inicio y de que la sala no estaba a tope, la sensación general fue de satisfacción. La banda demostró oficio y una soltura que solo los años de ruta te dan.

Cuando la música se apagó, el aura gótica quedó flotando en Uniclub, Tribulation probó que no necesita de estadios llenos para generar una misa negra de alta calidad. La combinación de su elegancia sueca con la potencia de Luana y la oscuridad de Rhaug conformó una fecha más que interesante de este inicio de año.

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Avatar en Copenhague: “El circo del metal”
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Pareciera que los nuevos grupos que encabezan festivales y apuntan a ser los nuevos referentes del género mezclan el metal con sonidos ajenos al mismo. Pero dentro de todos esos nombres hay uno que mezcla distintos géneros del metal y dice con orgullo que es una banda metalera. Me refiero a Avatar, quienes unen el death metal melódico con el metalcore y toques de otros géneros como el power metal. Todo acompañado por una imagen circense y divertida, que en vivo destaca bastante. Gracias a esto adquirieron mucha popularidad, por lo que el tour que respalda a su nuevo trabajo, Don’t Go in the Forest, fue en grandes lugares. Nosotros lo pudimos apreciar en el precioso Store Vega de Copenhague, por lo que aquí comienza el relato de lo vivido.

Los encargados de abrir la noche fueron los muchachos de Agabas. Definiendo su música como deathjazz, mezclan jazz con hardcore actual y pinceladas de death metal en algunos momentos. Las guitarras y el bajo crean una atmósfera pesada que incita al pogo y a mover el cuello, mientras que la batería forma ritmos intrincados y fills interesantes. Por encima se encuentra el saxo, que forma melodías y colorea las canciones, aportando originalidad y versatilidad. La voz es un grito bien hardcore, sin mucho trabajo, pero que cumple con su función.

El sonido no fue el mejor. Si bien el saxo y la voz estaban al frente y la batería se escuchaba sólida, no así las guitarras y el bajo. Estos formaban una bola de ruido que, si bien saciaba la sed de agresión, no estaba nítida. La falta de definición hizo que los arreglos no se pudieran apreciar. Pero esto no opacó la energía de la banda, que fue el punto alto del show. Los músicos se movían por todo el escenario, invitaban al pogo y hasta se bajaron a poguear con la gente. Esto convenció al público e hizo que superaran el mejorable sonido.

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Los siguientes fueron Alien Weaponry, oriundos de Nueva Zelanda y dueños de una popularidad que va en ascenso. Su propuesta podría compararse con el Sepultura de Chaos A.D. y Roots, ya que mezcla groove metal con música autóctona. La fusión entre el haka maorí y el groove metal encaja muy bien y refresca un género ya gastado. Los estribillos y coros melódicos también están muy logrados, y saben cortar de buena manera con la agresión de las estrofas.

Sin embargo, en el directo se quedaron cortos. Si bien trataron de interactuar con la gente, les faltó trabajar en la comunicación con el público. Solo en contados momentos pudieron lograr que el público se metiera en el show. Durante el resto de la presentación, la gente estaba mirando tranquilamente.

El sonido fue otro punto a mejorar por varios motivos. El primero fue la falta de definición en la guitarra y el bajo: ambos sonaban juntos, pero no se destacaban. Era una bola de sonido en la que no se distinguía qué estaba tocando cada uno. Luego, todo sonaba comprimido y chico. La guitarra no sonaba poderosa ni invitaba a mover la cabeza, el bajo no crujía y apenas se sentía. La batería se escuchó mejor, pero no llegó al nivel de contundencia necesario. El concierto terminó de manera abrupta, con las luces prendiéndose y la banda retirándose, sin haber generado expectativa ni nada. Un show con buena interpretación, pero con muchos puntos a mejorar.

Con el escenario adornado con dos juegos de luces al costado de la batería y un gran telón rojo cerrado, se apagaron las luces. La batería estaba sobre una tarima que se abría lateralmente, por lo que se abrió al igual que el telón. Los músicos ingresaron en fila, con Johanssen a la cabeza, quien se encontraba encapuchado y con una lámpara. Así dio inicio “Captain Goat”, un arranque atmosférico que buscaba calentar motores para lo que vendría. Al terminar la canción, el vocalista se destapó y dio inicio formal al show con la rápida “Silence in the Age of Apes”, seguida a toda máquina con “The Eagle Has Landed” y la cantada por todo el público “In the Airwaves”.

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Hay muchos puntos a destacar, tantos que no sé por dónde empezar, así que vamos con el único que estuvo medio punto abajo de los demás: el sonido. No fue malo, fue nítido y los instrumentos se entendían, pero tuvo por momentos un exceso de graves. Este es un punto muy común en las mezclas de sonido actuales. Por momentos, los graves eran muy altos y resultaban molestos, e incluso llegaron a tapar algún solo de guitarra. Esto no fue durante todo el show y no impidió su disfrute, pero es algo para destacar.

La ejecución fue perfecta: la banda suena ajustada y sólida. Y lo sorprendente es que toquen tan bien mientras juegan con el público y hacen muchas acciones para entretener al mismo. Esto lleva al punto fuerte del show: el entretenimiento. Cambio de vestuarios por doquier, sacaron cualquier cantidad de artilugios y, por sobre todo, un carisma que levantaba hasta a los muertos.

Una presentación de esta magnitud tuvo muchos momentos a destacar, como por ejemplo “The Tower”, donde Johanssen se sentó en el piano. Otro momento brillante fue “Legend of the King”, donde un guitarrista entró al escenario subido a un trono y vestía una corona en la cabeza. Los demás le hacían reverencias mientras tocaba.

Generalmente los monólogos suelen ser aburridos, pero Johanssen demostró, hasta en ellos, que es dueño de una energía que revive a los muertos. Durante el show habló en sueco, danés e inglés. Habló sobre cuando no eran conocidos, contó anécdotas de sus anteriores visitas a Copenhague y agradeció al público.

El final fue de la mano de la poderosa “Hail the Apocalypse”, festejada y pogueada por el colmado recinto. Al terminar la canción, se tomaron un buen rato para saludar a la gente y generar la última sonrisa del espectáculo.

Avatar dio un concierto brillante, donde enalteció al metal, lo honró y lo usó para divertir. Demostró que se merece su aumento de popularidad y que está listo para subirse a cualquier escenario y salir victorioso.

Fotografía portada: Bransholm Photography

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Alter Bridge en Madrid: “Una lección de técnica frente al desafío acústico.”
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El Palacio de Vistalegre volvió a abrir sus puertas para una de esas citas que, sobre el papel, parecían infalibles. Con Alter Bridge encabezando un cartel escoltado por Daughtry y Sevendust, la propuesta era un recorrido completo por el rock estadounidense de las últimas tres décadas. Sin embargo, la experiencia quedó empañada por los problemas endémicos de un recinto que sigue peleado con la acústica.

Abrieron la tarde Sevendust. Los de Atlanta son una anomalía fascinante dentro del metal alternativo. Su estilo se desmarca del resto gracias a la voz de Lajon Witherspoon (que hizo varias referencia a España, su conexión con el idioma y la cultura, así como familiares que viven en nuestras tierras), que aporta un alma soul y R&B a una base instrumental puramente agresiva y sincopada. Esta mezcla de pesadez y melodía aterciopelada es lo que les dio el éxito a finales de los 90 con discos como su debut homónimo o “Animosity”. Ayer intentaron demostrar por qué temas como “Black” siguen siendo himnos, pero el sonido no les hizo justicia. La bola de graves que suele formarse en Vistalegre se tragó gran parte de los matices de la batería de Morgan Rose, dejando una sensación de potencia desdibujada. Espero que vuelvan pronto a Madrid y en un local en el que puedan brillar de verdad.

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Daughtry tomó el relevo con un enfoque mucho más centrado en el post-grunge. La banda de Chris Daughtry, que saltó a la fama mundial tras su paso por American Idol, ha sabido construir una carrera basándose en estribillos épicos y una producción trabajada. Su estilo se define por esa estructura de rock radiofónico donde la voz es el centro absoluto (incluso en la disposición de la banda en el escenario), apoyada en guitarras con mucho cuerpo pero sin la aspereza o distorsión del metal. Sonaron éxitos como “It’s Not Over”, recordando aquel disco debut que vendió millones en 2006. Aunque su entrega fue notable, el eco del pabellón volvió a ser un obstáculo, restando la nitidez que requiere un estilo pulido como el suyo, aunque mejoró según avanzó el setlist. Las lueces fueron muy contrastadas aunque en general bastante oscuras y muy centradas en Chris. El gran telón negro de fondo tampoco ayudaba al tragar mucha luz. Se me hizo larga su actuación y el encore me resultó forzado, si bien, fue muy aplaudido en general.

Finalmente, Alter Bridge saltó al escenario puntuales y con energía. Son profesionales y se notó en cada tema, gesto, pose… La banda nacida de las cenizas de Creed ha logrado algo casi imposible: superar el éxito de su anterior formación gracias a la maestría técnica de Mark Tremonti y la voz de Myles Kennedy. Su música es una evolución del hard rock hacia terrenos más complejos y metálicos, con solos de guitarra que son verdaderas lecciones y composiciones que rozan lo progresivo en álbumes como “Blackbird” o “Fortress”.

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El inicio del show fue accidentado en lo visual. Alter Bridge abusó de unos focos frontales blancos extremadamente potentes que, lejos de crear atmósfera, cegaron literalmente a las primeras filas durante las primeras canciones, dificultando incluso ver a los músicos. Fue una decisión de diseño extraña que se sumó a una iluminación general que cumplió sin alardes. Muchos haces cruzados, tonos neutros y una linea superior de led que daba algún dibujo diferenciador. En lo musical, sonaron piezas clave como “Metalingus” o la esperada “Blackbird”, donde el duelo de guitarras entre Kennedy y Tremonti sigue siendo lo mejor que se puede ver en el género y que disfrutamos entre el jolgorio generalizado. La banda se dejó la piel y demostró una precisión milimétrica, pero el malestar del público con el audio era palpable. Una vez más, la reverberación del recinto dificultó que el trabajo de la mesa de mezclas brillara, convirtiendo lo que debería haber sido una noche de gloria sonora en una lucha constante por distinguir los matices. Alter Bridge son gigantes, pero ayer Vistalegre les quedó pequeño en calidad acústica.

El rock de estadios sobrevive gracias a bandas como estas capaces de mantener la compostura y la pegada, incluso cuando el recinto parece empeñado en boicotearles la noche. Madrid fue testigo de un ejercicio de pura resiliencia profesional; un recordatorio de que, aunque la acústica de la plaza siga sin estar a la altura de la fidelidad que los fans pagan en taquilla, el talento de Kennedy, Tremonti, Lajon, Morgan o Chris, tiene el peso suficiente para hundir cualquier amago de decepción. Nos fuimos a casa con los oídos algo castigados, sí, pero con la certeza de que el legado de estas tres bandas sigue siendo un refugio sólido en tiempos de música prefabricada.

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Psychonaut 4 en Buenos Aires: “Perdiendo la cordura”
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Un jueves más de este mes de febrero y nuevamente asistimos al modesto Uniclub para ser testigos de la primera visita de los georgianos Psychonaut 4, donde alrededor de 150 almas —”tribus urbanas”, fanáticos, espectadores y medios de prensa— estábamos presentes para vivir una experiencia poco común por estas latitudes (y ojalá no sea la última).

El DSBM (Depressive Suicidal Black Metal) no es un género, una postura, un sonido que sea para cualquier persona. No necesariamente quienes escuchan este tipo de bandas (Happy Days, Psychonaut 4, Sorry…, Lifelover) sufrieron o han tenido tendencias suicidas; es música que oprime pero a su vez te atrapa en un limbo sonoro placentero. Es un género controversial que se sufre, pero a la vez hay un goce que se nota con cada acorde y con cada grito.


Como acto inicial, los Psicosfera tuvieron la chance de demostrar su propuesta. Si bien he visto a la banda en varias ocasiones, no logro conectar. No es que sean malos —todo lo contrario, cada uno en lo suyo se destaca—, pero no logré hasta el momento descifrar el estilo que practican: avant-garde black con algo de cuelgue casi stoner, música disonante con distorsión extrema. Deberé involucrarme más en su sonido para la próxima vez que los cruce en alguna fecha. Repito, no es un tema de la banda sino propio. De todos modos, hicieron un gran trabajo mientras la gente llegaba al lugar.

Algo que capturó mi atención fue el público. Se veían adolescentes de estética gótica, lentes de contacto vampirescos y remeras que abarcaban todo el espectro del metal extremo. Si bien no divisé “therians” (ese movimiento de autopercepción animal que crece en el país), sí hubo gente vestida con orejas de elfo y colmillos. Personajes que parecían haber salido de sus tumbas o vaya uno a saber de qué circo freaky.

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Minutos después de las 21, Psychonaut 4 —nombre que hace referencia a la persona que es consumidora de psicodélicos para explorar su mente, siendo el número 4 una referencia a las cuatro mesetas del consumo de dextrometorfano— apareció en el escenario de Uniclub.

El inicio del show fue con “Mzeo Amodi” de su último disco …Of Morning (lanzado en 2024), generando así el primer trance de la noche que se fue extendiendo por los 14 temas que fueron parte del setlist y representaron un repaso por los cinco discos de la banda.

Entre las que sonaron y fueron bien recibidas (hasta hubo pogo en algunos pasajes del show) estuvieron “Fiqrebi Mtsukhrisa” y “Vai Me”, así como las más conocidas “Sana-sana-sana – Cura-cura-cura”, “Personal Forest” y “We Will Never Find a Cure”.

La interacción entre banda y público recayó principalmente en el guitarrista Rati Shengelia, más conocido como Drifter, quien además de ejecutar esos solos cargados de sentimientos heavy metaleros se hizo cargo de coros alternando voces con Irakli Kirkitadze. Este último asumió las voces luego del incidente protagonizado por David Graf, hoy presuntamente privado de su libertad por posesión de drogas y otros eventos que implican la muerte de su ex novia y la hermana de ésta.

La actuación de Irakli fue un show dentro del show: gritos desgarradores y movimientos cual enfermo mental se tratase, le dieron un aspecto visual más que acorde con las líricas que interpreta. Si bien su registro vocal difiere del de Graf —con gritos más guturales y menos “sufridos” que los lamentos desesperados de las grabaciones originales—, logró transmitir la intensidad emocional que el DSBM exige. El resto de la banda cumplió su rol a la perfección en un recital que lo tuvo todo.

Las canciones se fueron sucediendo y el reloj marcaba que habían pasado casi dos horas de show (algo que debería ser copiado por otras “estrellitas” que con suerte apenas rozan la hora de duración). Faltaba el broche final. Luego de recibir los aplausos y cánticos habituales de los argentinos —”psycho… psycho“— llegaron dos de las canciones emblemáticas de la discografía.

En primer lugar, la clásica “Too Late to Call an Ambulance” hizo vibrar al recinto y luego de un breve break, cerraron con “Sweet Decadence” de manera extendida, un tema que se pedía con insistencia y que terminó coronando la presentación.

P4 no vino a entretener, llegó para incomodar, a hundirte en su oscuridad y a dejarte ahí un rato mientras te planteas cuestiones existenciales con cada sonido que sale de esas guitarras frías que enaltecen el deterioro emocional.

Nos retiramos de Uniclub luego de presenciar un acto imperdible que Favio de Noiseground hizo posible, por lo cual va el agradecimiento personal por dejarme ser parte de este acto de locura que seguramente entrará entre los mejores shows del año.

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Lion’s Law en Barcelona: “Orgullo y Lealtad”
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En el marco del “Brother Tour 2026″ por Europa, los franceses Lion’s Law reafirma su posición como referente europeo del Oi! y el street punk acompañados por First Attack y No Time. La cita no fue un simple concierto, sino una demostración de fuerza de la escena S.H.A.R.P. (Skinheads Against Racial Prejudice). Antes de la primera descarga, la sala ya imponía respeto: un uniforme de resistencia y estilo dominado por el código “Smart, Clean and Tough”. Chaquetas Bomber MA-1 y Harrington, cabezas rapadas al milímetro, cortes Chelsea femeninos y el brillo inconfundible de las botas Dr. Martens —negras y en clásico oxblood— bajo los Levi’s 501 con vuelta marcaban el paso de una clase trabajadora orgullosa de su herencia multirracial.
Si alguien pensaba que el plato fuerte de la noche sería únicamente la técnica de Lion’s Law, No Time se encargó de pulverizar esa expectativa desde el primer segundo. La banda de Pittsburgh no salió a ofrecer un concierto, sino a librar una batalla. La intro marcó el inicio de una atmósfera asfixiante que estalló con True Hate y Man In Uniform, disparando la adrenalina de un público que pronto dejó de distinguir entre pogo y caos.

El despliegue de Adam Thomas fue sencillamente aterrador. Desde los primeros compases de You’ll Get Yours e Iron Breed, el vocalista se movía como un animal enjaulado, borrando cualquier distancia con las primeras filas. Pero fue durante la frenética descarga de Life Sucker y Anxiety cuando la intensidad cruzó la línea de lo físico: en un arrebato de rabia pura, Adam comenzó a golpearse la frente con el micrófono una y otra vez.

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El impacto seco del metal contra el hueso no tardó en dejar huella. La frente de Thomas se abrió y un hilo de sangre empezó a recorrer su rostro mientras seguía escupiendo las letras de Never Wrong y No Enemies. Lejos de detenerse, la herida pareció insuflarle aún más energía, elevando el listón de la actitud punk a cotas que pocas bandas alcanzan hoy en día. Con el rostro manchado y la mirada desencajada, el líder encarnó el sonido “Iron Breed” de su ciudad natal: duro, oxidado y auténtico.

En lo musical, la banda funcionó como una máquina de demolición. Savage Age y Comply or Die sonaron como una bofetada de powerviolence camuflada de Oi!, con una sección rítmica implacable que no concedió un segundo de tregua. Tras la crudeza de YWBM, llegó su versión de Anti Social, coreada con una violencia eléctrica que preparó el terreno para el asalto final.
El cierre con Suffer No Fool fue el golpe de gracia. Con Adam Thomas aún sangrando y el público exhausto pero completamente entregado, No Time demostró que lo suyo no es solo música, sino una experiencia visceral. Abandonaron el escenario con el listón de la actitud en lo más alto y la sensación inequívoca de haber presenciado uno de los directos más crudos y auténticos de la gira.
Desde el primer acorde de “Run You Down”, quedó claro que los de Vancouver venían a arrasar. Sin rodeos ni concesiones, el cuarteto descargó un Oi! crudo y afilado que encontró respuesta inmediata en una sala ya caliente. “Pull It Over Your Eyes” mantuvo la presión, con los primeros pogos abriéndose paso entre las filas delanteras.

Greg Huff lideró el ataque con su voz rasposa y desafiante, marcando el ritmo de la noche mientras alternaba riffs con Rob Foster. En “Too Afraid” se vio la precisión quirúrgica de ambos: guitarras compactas, miradas cómplices y cambios ejecutados con una sincronía impecable. Con “Another Soldier”, la comunión fue total; el estribillo se convirtió en un grito colectivo, con Huff acercando el micro al público y sonriendo ante la respuesta.

La base rítmica fue un bloque de hormigón. Matt Vogler, sólido y contundente, sostuvo el pulso en “We’re The Victim”, donde Huff no dejó de señalar a la multitud, azuzando un pogo que ya era imparable. El bajo de Noah Heath retumbó con fuerza en “Enough” y “Hit a Wall”, golpeando el pecho de las primeras filas y reforzando ese sonido compacto y callejero que define a la banda.
El tramo central, con “Looking Back” y “If You Say So”, mostró el lado más melódico sin perder agresividad. Pero fue con “Violent Society” cuando todo explotó: micrófonos extendidos hacia el público, puños en alto y un coro ensordecedor que eclipsó por momentos a la propia banda.

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“No Escape” llegó como una descarga final de adrenalina antes de “On The Other Side”, donde la intensidad se tiñó de una melancolía combativa. Sin apenas abandonar el escenario, regresaron para el bis con “More Sorrow”. El cierre fue apoteósico: músicos y asistentes fundidos en una sola voz, guitarras en alto y la sensación de haber presenciado un asalto directo, conciso y sin fisuras. Barcelona cayó rendida ante First Attack. Y no hubo supervivientes.
Cuando cesó la obertura, Lion’s Law emergió para demostrar por qué es el referente actual del género. Sobre el escenario, la cohesión fue quirúrgica. Victor “Wattie”, líder y vocalista desde la fundación de la banda en 2012, desplegó un carisma arrollador: castigó sus cuerdas vocales con rabia y conectó con el público en un castellano afilado y bromista: “Un tema más y os vais a casa, que os veo cansados”, provocando el rugido colectivo.

La maquinaria parisina funcionó como una apisonadora. Daick y Olivier (Vovott) son los encargados actuales de mantener el característico muro de sonido de Lion’s Law, siguiendo la línea clásica del género: potencia y robustez sin concesiones. A su lado, Swann, miembro fundamental de la sección rítmica, aportó profundidad melódica con un bajo influenciado por el punk clásico, mientras que Thomas “Thomoï”, veterano de la escena punk francesa y ex batería de Komintern Sect, sostuvo el tempo con una resistencia sobrehumana.
El setlist recorrió su discografía con una marcha más acelerada que en estudio, imprimiendo una velocidad hardcore a su Oi! tradicional. Himnos como Lafayette y Brother resonaron con contundencia, y el inesperado momento de I Ran (A Flock of Seagulls), dedicado a “las generaciones de los 80”, tendió un puente entre veteranos de tirantes finos y parches de Trojan Records y adolescentes con polos Fred Perry y Ben Sherman perfectamente abotonados.

El tramo final fue incendiario. Tras The World Is On Fire, la sala explotó con Antisocial, coreada a pleno pulmón mientras el público lanzaba proclamas políticas y cánticos de libertad. Con un desafiante “¡Quedan tres!”, cerraron con la tríada sagrada: For My Clan, Son of Oi! y un Skinhead final que dejó el foso cubierto de sudor y orgullo.
Lion’s Law no ofreció solo un concierto: reafirmó que el street punk sigue siendo una declaración de principios escrita con botas, lealtad y música sin piedad.

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Burning Witches en Barcelona: “Martillos y Escobas”
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La atmósfera del recinto se transformó en un bastión medieval cuando las luces se fundieron a negro y las notas solemnes de la intro de “The Last Kingdom” comenzaron a resonar, marcando el inicio de la liturgia de Hammer King. La formación alemana no entró al escenario simplemente para tocar; entró para reclamar su trono.

Con un estruendo de acero, la banda arrancó con “King for a Day”, un trallazo de power metal que puso las cartas sobre la mesa: ritmos galopantes, estribillos coreables y una entrega física absoluta. Su carismático líder y vocalista, Titan Fox V, apareció ataviado con su característica indumentaria real, alzando su voz con potencia envidiable mientras blandía el martillo sagrado, símbolo inequívoco de la banda, que los fans de las primeras filas replicaban en versiones imaginarias manos en alto.

Sin dar respiro, encadenaron “Make Metal Royal Again”, un auténtico manifiesto de intenciones en el que las guitarras se entrelazaron en armonías hercúleas, demostrando que el espíritu de los grandes clásicos del género sigue vivo. La actuación no escatimó en teatralidad: entre la bruma del escenario, la figura del Verdugo Real hacía apariciones esporádicas, añadiendo una capa de misticismo y peligro, mientras las proyecciones y la actitud de los músicos evocaban la protección de las Doncellas del Reino.

Con “Kingdom of Hammers and Kings” y la agresiva “Pariah Is My Name”, el grupo demostró una cohesión sonora asombrosa, sostenida por una base rítmica que golpeaba como un yunque en cada compás.

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El ecuador del concierto llegó con la majestuosa “König und Kaiser”, interpretada con un orgullo que contagió a toda la sala, seguida de la demoledora “Hammerschlag”, donde los saltos y el headbanging fueron la respuesta unánime del público. Uno de los momentos más sorprendentes y celebrados del repertorio fue la versión de “Danger Zone”, de Kenny Loggins: la banda logró transformar un clásico del pop-rock de los ochenta en un himno de metal pesado, acelerando las pulsaciones antes de encarar la recta final con “Hoheitsgebiet”.

Para el cierre, Hammer King reservó su artillería pesada con “Kingdom of the Hammer King”, un broche épico en el que la comunión entre la banda y sus “súbditos” fue total. Como gesto final, lanzaron monedas de color oro, impresas con su nombre, dejando el pabellón en lo más alto mientras la outro de “The Last Kingdom” despedía a los músicos entre una ovación cerrada.

Los alemanes no solo caldearon el ambiente: ofrecieron un espectáculo de primer nivel, dejando claro que su monarquía del acero es legítima y que el martillo sigue golpeando con la misma fuerza que el primer día.

Las nuevas doncellas del Heavy Metal, Burning Witches, desembarcaron con autoridad en el marco del “Witches and the King Tour 2026”, rubricando una actuación que no solo confirmó su excelente estado de forma, sino que las consolida como una de las formaciones más sólidas y convincentes del heavy metal contemporáneo. Lejos de limitarse a una propuesta estética potente, el quinteto demostró sobre las tablas que su verdadero poder reside en la conjunción de talento instrumental, disciplina escénica y una fe inquebrantable en el legado clásico del género.

El ritual comenzó con la intro “Sanguini Hominum”, una atmósfera densa y ceremonial que envolvió la sala en un halo oscuro, preparando el terreno para una descarga de puro acero. La irrupción con “Soul Eater” fue inmediata y demoledora: la base rítmica formada por Lala Frischknecht y Jeanine Grob se mostró compacta, precisa y musculosa. Lala ejecutó cada golpe con una firmeza casi marcial, alternando potencia y control con una solvencia admirable, mientras que el bajo de Jeanine no se limitó a acompañar, sino que añadió cuerpo, profundidad y un pulso firme que sostuvo cada riff con autoridad. Juntas construyeron un andamiaje sonoro robusto, sobre el cual el resto de la banda pudo desplegar toda su artillería.

En el centro del huracán apareció Laura Guldemond, indiscutible maestra de ceremonias. Más allá de su carisma arrollador y su constante conexión con el público, Laura volvió a demostrar que es una vocalista de primer nivel dentro del heavy metal actual. Su registro es amplio, poderoso y perfectamente proyectado; domina los agudos con limpieza y agresividad, pero también sabe modular y matizar cuando la canción lo requiere. En “Shame” y la ya icónica “Dance With the Devil”, combinó potencia clásica con un fraseo lleno de intención, alternando ataques afilados con líneas melódicas impecables que evocan la tradición del heavy ochentero sin caer en la imitación. Su control de la respiración, su resistencia y su capacidad para mantener la intensidad durante todo el show hablan de una intérprete madura, técnicamente preparada y absolutamente entregada.

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En el apartado guitarrístico, Romana Kalkuhl y Courtney Cox ofrecieron una lección de compenetración y técnica. Romana, como fundadora y principal arquitecta del sonido del grupo, exhibió un riffing sólido, cortante y cargado de personalidad. Sus estructuras rítmicas mantienen ese equilibrio entre melodía y contundencia que define el ADN de la banda. Courtney, por su parte, aportó una ejecución precisa y vibrante, con solos llenos de velocidad, feeling y claridad. En “Maiden of Steel” protagonizaron duelos electrizantes, alternando fraseos armónicos, escalas vertiginosas y armonías gemelas que remitieron directamente a la escuela de la NWOBHM, pero con una frescura y una seguridad que evidencian horas de estudio y carretera. No hubo excesos gratuitos: cada solo tuvo sentido narrativo, cada melodía reforzó el carácter épico de las composiciones.

El bloque central del concierto mantuvo una intensidad física casi agotadora. “The Dark Tower” mostró el costado más denso y afilado del grupo, con riffs de corte thrasher que impulsaron un headbanging masivo y perfectamente sincronizado en la sala. Aquí volvió a brillar la precisión colectiva: cambios de ritmo ejecutados con limpieza, dinámicas bien medidas y una sincronía que solo se logra con cohesión real de banda. “Inquisition”, una de las piezas más celebradas de su material reciente, fue recibida con una ovación cerrada y evidenció su capacidad para construir himnos contemporáneos sin renunciar al espíritu clásico.

La agresividad continuó con “Black Widow” y “Evil Witch”, donde Burning Witches reivindicó con orgullo su herencia priestiana bajo el lema “We Stand as One”. Sin embargo, más que simples herederas, demostraron personalidad propia: riffs afilados, estribillos coreables y una puesta en escena que combina teatralidad y convicción. La interacción constante con el público, los gestos cómplices entre las guitarristas y la seguridad de la sección rítmica reforzaron la sensación de estar ante una maquinaria perfectamente engrasada.

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Tras el hipnótico interludio de “The Witch Circle”, que sumergió al público en un trance casi pagano, la banda abandonó momentáneamente el escenario. El silencio fue efímero: un ensordecedor “OE, OE, OE” emergió desde la pista reclamando su regreso. El quinteto volvió con determinación para afrontar los bises, descargando la atronadora “Hexenhammer” con una energía intacta y culminando con la épica “Wings of Steel”, donde las melodías elevadas y el empuje rítmico reafirmaron su capacidad para construir finales memorables.

El clímax visual llegó con la aparición de una figura de bruja entre sombras, acechando a la banda hasta que un monje irrumpió portando su cabeza cercenada, un recurso teatral impactante que reforzó el imaginario oscuro y conceptual del grupo. No fue un mero adorno escénico, sino una extensión coherente de su propuesta lírica y estética.

El cierre definitivo con “Burning Witches” fue una explosión de fuego, sudor y metal fundido. Con la sala entregada, quedó claro que la banda no solo rinde tributo al pasado glorioso del heavy metal, sino que lo revitaliza con convicción, talento y autenticidad. Virtuosas sin caer en la frialdad técnica, carismáticas sin perder contundencia, Burning Witches demostraron ser músicas disciplinadas, intérpretes apasionadas y auténticas guardianas del acero en pleno 2026.

 

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Sylosis en Barcelona: “Destrucción Total”
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La noche en la Sala Wolf de Barcelona olía a sudor, cerveza y riffs afilados. Con una asistencia rozando el sold out, el público respondió desde primera hora a una velada marcada por la contundencia y la técnica. El cartel era un golosina para los amantes del metal más exigente, y la respuesta fue una sala entregada, caliente y con ganas de guerra desde el primer acorde.

Los encargados de abrir fuego fueron Life Cycles, desde Texas con actitud y tablas. Su descarga fue directa, sin rodeos, combinando groove y agresividad con una puesta en escena sobria pero eficaz. Supieron aprovechar cada minuto para meterse al público en el bolsillo, dejando claro que la escena local tiene músculo y hambre, y que no estaban allí para cumplir expediente sino para plantar cara a cualquier banda sea nacional o internacional.

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La brutalidad llegó de la mano de Distant, que convirtieron la Wolf en un campo de demolición a base de breakdowns sísmicos y guturales abismales. La banda descargó una tormenta de deathcore moderno, con afinaciones bajísimas y una presencia escénica imponente. Los muros de sonido hicieron temblar la sala mientras los primeros pogos serios de la noche tomaban forma, demostrando que su propuesta conecta de lleno con una generación que busca extremidad sin concesiones.

El nivel técnico se disparó con la salida de Revocation, que ofrecieron una lección magistral de precisión y complejidad. Desde los primeros compases quedó claro que lo suyo es combinar virtuosismo y agresividad sin perder pegada. Cada cambio de ritmo, cada solo vertiginoso, fue recibido con vítores por un público que sabía perfectamente lo que tenía delante.

Temas como “Diabolical Majesty” o “The Outer Ones” sonaron afilados, con una ejecución impecable y una banda absolutamente compenetrada. El guitarrista y vocalista llevó el peso del show con carisma y solvencia, mientras la base rítmica sostenía estructuras imposibles con una naturalidad pasmosa. Su actuación elevó el listón y dejó la sensación de estar ante uno de los nombres más sólidos del death metal técnico actual.

Pero la noche tenía un claro protagonista: Sylosis. Los británicos saltaron al escenario entre una ovación cerrada y no tardaron en desatar la locura con “Poison for the Lost” y “Servitude”, mostrando que su combinación de thrash moderno y death melódico sigue siendo tan afilada como siempre. La sala, ya al límite de temperatura, respondió con circle pits y headbanging masivo desde el primer minuto.

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El repaso a Edge of the Earth fue uno de los momentos más celebrados, especialmente con “Altered States of Consciousness”, que sonó monumental y confirmó el estatus casi de culto de ese trabajo. Tampoco faltaron guiños a etapas más recientes, con cortes de A Sign of Things to Come que demostraron la evolución del grupo hacia terrenos aún más oscuros y contundentes. Cada riff cayó como un martillazo, con un sonido compacto y demoledor.

Uno de los puntos álgidos llegó con “Empyreal” y la imprescindible “Deadwood”, convertida ya en himno generacional para sus seguidores. La banda se mostró firme, técnica y emocional, conectando con una audiencia que coreó cada línea y celebró cada breakdown. Sin artificios innecesarios, apoyados únicamente en su potencia y en un repertorio incontestable, Sylosis firmaron una actuación que dejó claro por qué siguen siendo una referencia indiscutible del metal contemporáneo.

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Megara en Barcelona: “Rituales y Mutaciones”
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La noche del sábado 7 de febrero de 2026, la sala Razzmatazz 2 dejó de ser un simple recinto de conciertos para convertirse en el epicentro de una nueva era. Megara no regresó para ofrecer un directo más, sino para ejecutar un reinicio de sistema en toda regla, una declaración de intenciones que se percibía desde antes de que sonara la primera nota. Aquello no era una gira: era una mutación y no lo haría en solitario, sino que le acompañaría la banda barcelonesa Astray Valley.

Astray Valley construyó su directo como una experiencia compacta y sin distracciones, apoyándose en un setlist breve pero perfectamente ordenado, pensado para funcionar como un viaje narrativo de principio a fin. No hubo bises ni rupturas artificiales: el concierto avanzó con la lógica de un ritual que no admite interrupciones.

La apertura con “Opium” fue una declaración de intenciones inmediata. La sala quedó sumida en una atmósfera densa, casi narcótica, donde los tempos contenidos y las capas sonoras crearon un estado de hipnosis colectiva. Astray Valley no salió a buscar el impacto rápido, sino a sumergir al público poco a poco, marcando desde el primer minuto su apuesta por un metal moderno conceptual, más sensorial que explosivo.

Sin pausa real, “Darkest Times” profundizó en ese clima introspectivo. El tema funcionó como una bajada a terrenos más emocionales, apoyado en una interpretación vocal especialmente intensa de Clau Violette, que alternó melodías cargadas de fragilidad con guturales contenidos pero afilados. Aquí la banda mostró su capacidad para manejar la melancolía sin perder tensión, sosteniendo el peso emocional del tema con una base rítmica sólida y envolvente.

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El giro llegó con “Synthetic Heart”, donde la estética industrial y la frialdad tecnológica se impusieron claramente. Las guitarras de Joan “Vena” Moreno combinaron riffs precisos con pasajes más etéreos, mientras el bajo de Umbra Hatzler aportó una profundidad oscura que se sentía físicamente en el pecho. La sensación de deshumanización que transmite el tema se trasladó al directo con total eficacia, reforzada por una iluminación fría y mecánica.

El punto de ruptura del concierto se produjo con “Pray for the Devil”. Aquí Astray Valley liberó toda la agresividad contenida hasta ese momento. Los tempos se aceleraron, los guturales ganaron protagonismo y la batería de Víctor Gato marcó cada cambio con precisión quirúrgica. Fue el momento más violento del set, donde el público respondió con mayor intensidad y el concierto alcanzó su tramo más físico sin perder cohesión.

Tras ese estallido, “Crystallized Soul” actuó como el gran clímax del directo. El tema creció de forma progresiva, combinando épica, emoción y contundencia en una interpretación muy medida. Fue el punto de máxima conexión entre banda y público, donde melodía y fuerza se equilibraron para cerrar el arco narrativo iniciado al principio del concierto.

El cierre con “Your Skin” funcionó como una catarsis final. Lejos de ser un simple final en alto, la canción sirvió para canalizar toda la carga emocional acumulada durante el set. La banda se permitió aquí un tono más abierto y liberador, dejando a la audiencia exhausta pero plenamente dentro de la experiencia. El último acorde no sonó a despedida, sino a la conclusión lógica de un viaje cuidadosamente diseñado.

Con este setlist, Astray Valley demostró que su directo no se basa en la acumulación de temas, sino en la coherencia del discurso. Cada canción cumple una función clara dentro del conjunto, reforzando una propuesta donde música, estética y narrativa forman un todo indivisible. Un concierto breve, intenso y perfectamente estructurado que confirma a la banda como una de las propuestas más sólidas del metal moderno conceptual actual.

Megara, desde los primeros compases de “Karma”, concebida aquí como un auténtico mantra de apertura, la puesta en escena gritaba “Metal Obscura” por cada poro. Una estética total, coherente y absorbente, donde el fucsia ya no funciona como mero elemento decorativo, sino como el neón que ilumina las ruinas de un mundo futurista, decadente y hermoso a partes iguales. Luces afiladas, visuales hipnóticas y una escenografía milimetrada envolvían al público en una experiencia sensorial que iba mucho más allá de lo musical.

Tras esa explosión inicial, “Bienvenido al desastre” y “Del revés” marcaron el pulso de una auténtica montaña rusa emocional. La música se entrelazaba con coreografías de precisión quirúrgica, ejecutadas por las bailarinas de la banda, que lejos de ser un simple complemento estético se erigieron como un elemento narrativo clave. Convertidas en sombras mecánicas y figuras oníricas, interactúan constantemente con Kenzy Loevett, especialmente en temas como 13 razones, subrayando una narrativa visual que parecía extraída de una película de ciencia ficción de alto presupuesto. Cada movimiento, cada gesto, reforzaba la sensación de estar asistiendo a algo diseñado al detalle.

La atmósfera adquirió tintes místicos con el hechizo sonoro de “Hocus Pocus”, un breve pero intenso momento de suspensión colectiva, justo antes de que la sala entera sintiera un nudo en el estómago con la intensidad dramática de Vértigo, interpretada con una carga emocional que cortaba la respiración.

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En el centro del huracán, la química de la banda brilló con una madurez renovada, pero sin perder esa chispa gamberra que siempre los ha definido. Kenzy Loevett se confirmó, una vez más, como una frontwoman absoluta, magnética y versátil, capaz de transitar sin esfuerzo desde la euforia eurovisiva de “11:11” —coreada como si fuera un himno nacional— hasta la profundidad atmosférica de “Oniria” y el ritmo infeccioso de “Boom Boom Bah”, demostrando un control escénico y vocal envidiable.

La tensión dramática del show encontraba su contrapeso en la complicidad casi familiar entre los miembros del grupo. Rober Bueno, maestro indiscutible de los riffs pesados, ejerció durante toda la noche como contrapunto cómico, lanzando bromas constantes a Kenzy, ya fuera a través del micrófono o mediante gestos cómplices. Especialmente celebrado fue el “pique” recurrente en alusión a la nueva etapa vital de la cantante: entre Dime quién hay e Involución, Rober dejó caer varias pullas sobre que ahora Kenzy “va más por el biberón” que por el backstage de antaño. Un guiño tan tierno como ácido a su reciente maternidad que el público acogió entre carcajadas, humanizando a estas auténticas bestias del escenario mientras sonaba la asfixiante “Oxígeno”.

Mientras tanto, la base rítmica sostenía todo ese caos perfectamente calculado con una precisión quirúrgica. Vitti Crocutta, al bajo, fue un bloque de hormigón armado: sólido, contundente y con una presencia imponente que recorría el escenario de lado a lado, anclando cada tema al suelo. El momento de gloria técnica absoluta llegó con el solo de batería de Ra Tache. No fue un simple intermedio ni un lucimiento vacío, sino un auténtico ritual de percusión. Rodeada de luces estroboscópicas, Ra parecía una deidad de mil brazos castigando los parches, construyendo un puente de adrenalina pura que elevó la intensidad hasta el límite.

Ese estallido desembocó en el tramo final del concierto, donde el juego perverso de Truco o trato y la crudeza descarnada de “Cicatrices” prepararon el terreno para el clímax definitivo. La banda dejó literalmente el alma en “Arcadia”, antes de asestar el golpe de gracia con el himno “4ÑO C3RO”, coreado como una consigna generacional.
Megara dejó claro que esta gira no es solo la consolidación de un sonido o de una estética, sino la afirmación de un estilo de vida. Un viaje donde las heridas se transforman en cicatrices de guerra y donde el rock, pase el tiempo que pase, sigue siendo —y quizá siempre será— la única respuesta posible al desastre.

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Weather Systems en Buenos Aires: “Conectando el pasado con el presente”
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Foto de portada gentileza de: Martin DarkSoul

En 1998, una banda conformada por dos hermanos ingleses oriundos de Liverpool escribió una canción titulada “Fragile Dreams. Una pieza que con el tiempo quedaría inmortalizada dentro su catálogo, que se volvería en una de las más queridas por los fanáticos y que sería una de las infaltables en sus conciertos. Dicho tema, cuenta con estribillo que contiene las siguientes líneas: “Maybe I always knew, My fragile dreams would be broken, For you”. Una frase tan melancólica como poderosa. Con un sutil tono poético. Y que a su vez, define a la perfección el vínculo íntimo y personal que esta banda creó a lo largo de los años con sus fanáticos. Y también conmigo. Esa banda se llamaba Anathema y hoy venimos a hablar de lo que fue. O más bien, de en lo que se transformó. 

Weather Systems es el nombre del nuevo proyecto del señor Daniel Cavanagh, guitarrista y fundador de Anathema, con el que decidió regresar a Buenos Aires, el pasado 6 de febrero. El músico se presentó en el Teatrito como parte de su gira por Latinoamérica con el fin de compartir las composiciones de su más reciente obra, Ocean Without A Shore (2024), y su vez, el de expandir el legado y espíritu de su antigua banda, por medio de sus mayores éxitos. 

Con este punto de partido, es evidente que la noche estuvo marcada por un hilo musical nostálgico y emotivo. Uno que conectó tanto el pasado como el futuro, que enlazó dos universos artísticos, y que desde la primera nota hasta la última, emocionó a todos los presentes, desde la sensibilidad y el tacto de las guitarras y el teclado. 

Pero ya habrá tiempo para hablar de eso. Porque no todo se trató de lágrimas y recuerdos de un pasado mejor. Presto Vivace se encargó darle a la jornada un inicio electrizante y potente con su propuesta progresiva. La agrupación argentina dibujó los primeros acordes de la noche, con la solvencia y exquisitez técnica, que ellos acostumbran.

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Durante su tiempo en el escenario, la banda contó con una producción impecable que permitió apreciar con suma nitidez, el talento y virtuosismo de todos los músicos. En especial, el de su fundador Marcelo Pérez Scheiner, en el bajo. Con solo tres temas, los argentinos dieron una exhibición majestuosa de metal progresivo, demostrando porque son los abanderados del género en el país.

Concluida su actuación, el Teatrito adoptó un ambiente mucho más íntimo. Lentamente, la gente se fue concentrando hacia adelante. Impulsados por el magnetismo de poder presenciar nuevamente a Daniel, las miradas se dirigieron hacia el escenario. Las paredes se tiñeron de un tono más azulado y oscuro, dando una sensación estelar. 

Las expectativas iban creciendo. Cada vez faltaban menos minutos. Sin embargo, el aire que se respiraba era de total tranquilidad. Un clima sin sobresaltos, sin exaltaciones, ni de gritos de personas pidiendo por la banda. Solamente calma y paciencia. 

No obstante, esa armonía que se fue construyendo en la previa se perdió de forma abrupta ante la euforia y emoción que desató la aparición del grupo. En especial, la de Cavanagh.  Y no era para menos. Siete años habían pasado de la última presentación del músico en suelo argentino. Una cantidad de tiempo más que considerable. Pero esa espera se diluyó cuando empezó a sonar “Deep”, del disco Judgement (1999). Un clásico que marcó la pauta de la noche: recordar el pasado, para abrazar el presente.

Y es que inmediatamente, el músico enlazó con total naturalidad el legado con lo actual. Para sorpresa de varios, “Still Lake” fue la primera pieza del nuevo material en ser interpretada, rompiendo quizás con el orden esperado de temas. Sin embargo, le siguieron “Synaesthesia”, y “Do Angels Sing Like Rain?” respetando la estructura original del disco. Pero más importante, manteniendo la emotividad y melancolía del pasado.

Y es que Daniel siempre describió a este proyecto como el sucesor espiritual de Anathema. Nunca lo negó. Pero una cosa es decirlo con palabras. Y otra, con música. Ya habían pasado la prueba en el estudio. Pero ahora tenían el desafío de hacerlo sobre el escenario. Porque más que un bautismo de fuego en el país, la banda tenía uno de validación. De aceptación. De incorporar una identidad y traer de la mano todo un universo musical con mucha historia y carga emocional.

Esa aprobación se vio reflejada en los eufóricos y apasionados cantos de cancha del público, que no paró de corear en varios tramos de la noche: “Oh, Weather Systems, es un sentimiento, no puedo parar”. 

Con esta devolución y con un Daniel más suelto, los clásicos empezaron a rodar. Primero algunos con un tono más calmado y minimalista como “Springfield”, o “Flying” y otros con una pizca más explosiva como “Closer” o “A Simple Mistake”. Pero todos con una cuidadosa atención a la construcción de climas y estados. Dejando a los temas fluir y marchar a su ritmo. 

Pero el que también fluyó fue el mismismo Danny que se bajó del escenario con “Ocean Without a Shore”, creando uno de los momentos más apasionantes y bellos de la jornada. 

Tras esto, la que no se quedó atrás fue su acompañante femenina, Soraia Silva. La cantante portuguesa venía soltándose lentamente a lo largo del show, agarrando más confianza y presencia. Sin embargo, tras la llegada de Untouchable Part I, la que se robó el protagonismo fue ella. No sólo por su gran registro vocal. Sino por la vitalidad y energía que le brindó al tema, al bajarse también, y cantar junto al público que la recibió con una sonrisa y los brazos abiertos. Sin duda, de lo más emocionante que nos dejó la artista que para muchos fue la gran sorpresa.

Aunque si de sorpresas hablamos, no podemos fuera el cover de Metallica que se tocó. El bajista André Marinho, se puso enfrente de los micrófonos y se hizo cargo de cantar “Wherever I May Roam”. Si bien la interpretación del músico fue notable, el tema se sintió fuera de lugar. Rompiendo con el estado melancólico e íntimo que se había construido previamente con las tres partes de Untouchable. Un tanto innecesario el cover.

Sin embargo, el grupo retomó la senda de la sensibilidad y culminó la jornada con dos gemas: “A Natural Disaster”, dónde brillo la voz de Soraia y “Fragile Dreams” que desató el último pogo al compás de la guitarra de Danny, que fue la que apagó el show.

Con lágrimas y el pulso acelerado por la emoción, la gente despidió a los músicos que se mostraron ampliamente agradecidos por el aguante y apoyo. Y es que el recital se trató de eso, de generar una conexión. De crear un espacio personal de encuentro entre el pasado y el presente. Entre lo que fue y lo que es. La música de Anathema siempre se encargó de abrazar el lado más vulnerable y sensible de uno. Y Weather Systems, lo logró. 

Fue un viaje hacia que condujo a más de uno a los rincones más profundos de su interior. Y seguramente, de su corazón.

Si bien Vincent ya no está, tanto su hermano Danny como Cardoso, se están encargando de mantener vivo un legado. Y por qué no, de crear otro.

Agradecemos a Icarus por la acreditación y producción del evento.

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Burning Witches en Murcia: “al filo de la Inquisición”
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La noche del 12 de febrero el heavy metal más inciendiario hizo parada en la Sala Garaje Beat Club con la gira conjunta “Witches and Kings” que recorre nuestra península por varias ciudades. Dos propuestas distintas pero perfectamente compatibles: el power metal festivo y teatral de Hammer King y la contundencia afilada de Burning Witches. Una velada directa, que promete intensidad, épica y energía, con el público murciano entregado desde el primer momento.

Los alemanes, Hammer King, estandartes de la realeza del power metal, salieron decididos a meterse al público en el bolsillo desde el inicio con “King for a Day”. Pinturas de guerra, poses estudiadas y ese punto teatral que forma parte de su identidad. Cada concierto es como una auténtica ceremonia de coronación, dispuesta a conquistar y expandir su reino. Siguieron con “Make Metal Royal Again” y “Kingdom of Hammers and Kings”, tres golpes rápidos para dejar claro que lo suyo es el power metal coreable y con estribillos pensados para cantar en grupo.

“Pariah Is My Name” mantuvo el ritmo alto, mientras Titan Fox V no dejó de animar a las primeras filas. Hubo momento para el tema en alemán, “König und Kaiser”, que despertó curiosidad y palmas, y para “Last Hellriders”, donde el ambiente ya era totalmente festivo.

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Salieron demonios, brujos y un enorme martillo como parte de su propuesta, incluso repartieron monedas que lanzaron al público que se mantuvo muy divertido durante todo su show.

No faltaron “Hailed by the Hammer” y “Hammerschlag”, auténticos himnos de batalla, y la ya habitual versión de “Danger Zone”, que aportó el toque divertido de la noche. Cerraron con “Hoheitsgebiet” y “Kingdom of the Hammer King”, dejando claro que saben cómo construir un show dinámico y entretenido. Son una banda hecha para calentar motores… y lo consiguieron.

Con su sexto trabajo bajo el brazo, Inquisition, las suizas Burning Witches dan un paso más allá en su evolución y muestran su cara más intensa hasta el momento. El álbum se adentra en pasajes sombríos inspirados en la persecución medieval y el fanatismo religioso, pero lo hace desde una óptica de fuerza y desafío, convirtiendo cada canción en una reivindicación de resistencia.

El sonido se percibe más contundente y envolvente que nunca, con guitarras incisivas, solos amplios y melodías que atrapan desde la primera escucha. Lejos de acomodarse, la banda apuesta por endurecer su propuesta y consolidar su identidad, confirmando que siguen creciendo y que ocupan un lugar firme dentro del heavy metal contemporáneo.

Tras el cambio de escenario, las suizas arrancaron con “Soul Eater”, directa y sin rodeos. Desde ahí, la intensidad no bajó. “Shame” y “Dance with the Devil” sonaron afiladas, con Laura Guldemond dominando el escenario y buscando constantemente la complicidad del público.

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“Maiden of Steel”, “The Dark Tower” y “Sea of Lies” demostraron que la banda funciona como un bloque sólido, con guitarras muy bien empastadas y una base rítmica firme. Cada tema caía con peso propio, sin necesidad de adornos.

El tramo central fue especialmente potente con “Inquisition”, “Release Me”, “Black Widow”, “Evil Witch”, “We Stand as One” y “Lucid Nightmare”. Heavy metal clásico, riffs marcados y estribillos que la sala coreó con ganas. Se notaba que buena parte del público venía con la lección aprendida.

Para el final guardaron la artillería pesada: “Hexenhammer” levantó los puños en alto, “Wings of Steel” hizo vibrar el Garaje y “The Witch of the North” preparó el terreno para el cierre definitivo con “Burning Witches”con gorrito de bruja incluido en la cabeza de Laura y que sonó como una auténtica declaración de intenciones.

En conjunto, fue una noche de metal efectiva y contundente: dos bandas que saben lo que hacen, repertorios bien elegidos y una sala que respondió con energía, pese a la baja entrada que se registó. Murcia volvió a demostrar que el heavy tiene su sitio y su gente fiel.

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Tribulation en Buenos Aires: “Elegancia cadavérica”
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Uniclub volvió a vestirse de negro para recibir a Tribulation, en una noche que combinó mística, sobriedad y una convocatoria moderada pero comprometida. Cerca de cien personas se acercaron al recinto de Guardia Vieja para presenciar el regreso de los suecos en formato headliner, una visita esperada por quienes han seguido la transformación del grupo desde sus días más ligados al death metal hacia ese presente donde el gothic heavy de atmósferas densas define su identidad.


La jornada comenzó con la presentación de Rhaug. La banda local de black metal atmosférico viene demostrando un nivel sonoro y profesional de excelencia, y esta vez no fue la excepción. Durante aproximadamente 45 minutos, mientras la gente terminaba de ingresar al lugar, el grupo nos sumergió en una inmersión catártica absoluta.

Más que un simple show de apertura, el cuarteto propuso una inmersión progresiva en un clima denso. Los riffs fueron construyéndose pacientemente y la base rítmica iba preparando el terreno para lo que vendría después. Cada vez que me toca verlos, la sensación es la misma: hay evolución, hay trabajo y hay una identidad cada vez más clara dentro del circuito local.

Mientras el público terminaba de ingresar y acomodarse, el ambiente comenzaba a transformarse. Luces tenues, humo sutil y una expectativa que crecía sin estridencias.

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Ya sabíamos que esta gira latinoamericana traía una particularidad: la presencia de Luana Dametto (Crypta) en batería, reemplazando temporalmente al histórico Oscar Leander. Y fue justamente ella quien apareció primero en escena. Su ingreso fue recibido con aplausos cálidos y gestos de aprobación inmediatos. Sin necesidad de discursos ni presentaciones extensas, se acomodó detrás del kit con una actitud concentrada, profesional y completamente enfocada en lo que debía hacer.

Sin embargo, el inicio del show de Tribulation no fue del todo limpio. Al momento de la salida del bajista y vocalista Johannes Andersson, un sonido molesto e incómodo se filtró en la mezcla. No fue un desperfecto grave, pero sí lo suficientemente notorio como para desviar la atención durante algunos minutos. Afortunadamente, la situación se estabilizó con rapidez y el show pudo continuar sin mayores sobresaltos.

Una vez estabilizado el sonido, la banda se convirtió en una entidad demoledora. Arrancaron con la introducción de “The Unrelenting Choir” para luego arremeter con “Tainted Skies”. Es fascinante observar la dualidad de las guitarras: Adam Zaars, el arquitecto de la atmósfera, y Joseph Tholl, quien con una actitud de “rockstar” clásica y movimientos fluidos, se lleva todas las miradas acercando el mástil al público.

La respuesta del público fue inmediata: cabezas en movimiento, puños en alto y coros acompañando las líneas más reconocibles. No hubo euforia desmedida, pero sí una conexión sostenida que se mantuvo durante gran parte del set.

El setlist fue un repaso por su discografía reciente, haciendo foco en su identidad actual. Sonaron piezas como “Nightbound” y “Hamartia”, donde la voz de Johannes —ahora más profunda y narrativa— guió a los presentes por pasajes sombríos. Dametto, desde el fondo, fue un reloj suizo: precisa, contundente y con una seriedad que aportó una estabilidad rítmica que la banda necesitaba para estas canciones.

Hubo momentos de gran intensidad con “Suspiria de Profundis”, un guiño a sus raíces más extremas, y la infaltable “The Lament”, que fue el punto de mayor euforia. Aquí el público, aunque escaso, se hizo sentir: puños en alto, cánticos y una entrega total ante el despliegue teatral de los músicos, quienes lucían sus maquillajes vampirescos y ropas decadentes con una naturalidad envidiable.

Para el bises, Tribulation no guardó nada. “Melancholia” y “Strange Gateways Beckon” pusieron el punto final a una jornada de casi 80 minutos de show. A pesar de los traspiés técnicos del inicio y de que la sala no estaba a tope, la sensación general fue de satisfacción. La banda demostró oficio y una soltura que solo los años de ruta te dan.

Cuando la música se apagó, el aura gótica quedó flotando en Uniclub, Tribulation probó que no necesita de estadios llenos para generar una misa negra de alta calidad. La combinación de su elegancia sueca con la potencia de Luana y la oscuridad de Rhaug conformó una fecha más que interesante de este inicio de año.

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Avatar en Copenhague: “El circo del metal”
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Pareciera que los nuevos grupos que encabezan festivales y apuntan a ser los nuevos referentes del género mezclan el metal con sonidos ajenos al mismo. Pero dentro de todos esos nombres hay uno que mezcla distintos géneros del metal y dice con orgullo que es una banda metalera. Me refiero a Avatar, quienes unen el death metal melódico con el metalcore y toques de otros géneros como el power metal. Todo acompañado por una imagen circense y divertida, que en vivo destaca bastante. Gracias a esto adquirieron mucha popularidad, por lo que el tour que respalda a su nuevo trabajo, Don’t Go in the Forest, fue en grandes lugares. Nosotros lo pudimos apreciar en el precioso Store Vega de Copenhague, por lo que aquí comienza el relato de lo vivido.

Los encargados de abrir la noche fueron los muchachos de Agabas. Definiendo su música como deathjazz, mezclan jazz con hardcore actual y pinceladas de death metal en algunos momentos. Las guitarras y el bajo crean una atmósfera pesada que incita al pogo y a mover el cuello, mientras que la batería forma ritmos intrincados y fills interesantes. Por encima se encuentra el saxo, que forma melodías y colorea las canciones, aportando originalidad y versatilidad. La voz es un grito bien hardcore, sin mucho trabajo, pero que cumple con su función.

El sonido no fue el mejor. Si bien el saxo y la voz estaban al frente y la batería se escuchaba sólida, no así las guitarras y el bajo. Estos formaban una bola de ruido que, si bien saciaba la sed de agresión, no estaba nítida. La falta de definición hizo que los arreglos no se pudieran apreciar. Pero esto no opacó la energía de la banda, que fue el punto alto del show. Los músicos se movían por todo el escenario, invitaban al pogo y hasta se bajaron a poguear con la gente. Esto convenció al público e hizo que superaran el mejorable sonido.

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Los siguientes fueron Alien Weaponry, oriundos de Nueva Zelanda y dueños de una popularidad que va en ascenso. Su propuesta podría compararse con el Sepultura de Chaos A.D. y Roots, ya que mezcla groove metal con música autóctona. La fusión entre el haka maorí y el groove metal encaja muy bien y refresca un género ya gastado. Los estribillos y coros melódicos también están muy logrados, y saben cortar de buena manera con la agresión de las estrofas.

Sin embargo, en el directo se quedaron cortos. Si bien trataron de interactuar con la gente, les faltó trabajar en la comunicación con el público. Solo en contados momentos pudieron lograr que el público se metiera en el show. Durante el resto de la presentación, la gente estaba mirando tranquilamente.

El sonido fue otro punto a mejorar por varios motivos. El primero fue la falta de definición en la guitarra y el bajo: ambos sonaban juntos, pero no se destacaban. Era una bola de sonido en la que no se distinguía qué estaba tocando cada uno. Luego, todo sonaba comprimido y chico. La guitarra no sonaba poderosa ni invitaba a mover la cabeza, el bajo no crujía y apenas se sentía. La batería se escuchó mejor, pero no llegó al nivel de contundencia necesario. El concierto terminó de manera abrupta, con las luces prendiéndose y la banda retirándose, sin haber generado expectativa ni nada. Un show con buena interpretación, pero con muchos puntos a mejorar.

Con el escenario adornado con dos juegos de luces al costado de la batería y un gran telón rojo cerrado, se apagaron las luces. La batería estaba sobre una tarima que se abría lateralmente, por lo que se abrió al igual que el telón. Los músicos ingresaron en fila, con Johanssen a la cabeza, quien se encontraba encapuchado y con una lámpara. Así dio inicio “Captain Goat”, un arranque atmosférico que buscaba calentar motores para lo que vendría. Al terminar la canción, el vocalista se destapó y dio inicio formal al show con la rápida “Silence in the Age of Apes”, seguida a toda máquina con “The Eagle Has Landed” y la cantada por todo el público “In the Airwaves”.

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Hay muchos puntos a destacar, tantos que no sé por dónde empezar, así que vamos con el único que estuvo medio punto abajo de los demás: el sonido. No fue malo, fue nítido y los instrumentos se entendían, pero tuvo por momentos un exceso de graves. Este es un punto muy común en las mezclas de sonido actuales. Por momentos, los graves eran muy altos y resultaban molestos, e incluso llegaron a tapar algún solo de guitarra. Esto no fue durante todo el show y no impidió su disfrute, pero es algo para destacar.

La ejecución fue perfecta: la banda suena ajustada y sólida. Y lo sorprendente es que toquen tan bien mientras juegan con el público y hacen muchas acciones para entretener al mismo. Esto lleva al punto fuerte del show: el entretenimiento. Cambio de vestuarios por doquier, sacaron cualquier cantidad de artilugios y, por sobre todo, un carisma que levantaba hasta a los muertos.

Una presentación de esta magnitud tuvo muchos momentos a destacar, como por ejemplo “The Tower”, donde Johanssen se sentó en el piano. Otro momento brillante fue “Legend of the King”, donde un guitarrista entró al escenario subido a un trono y vestía una corona en la cabeza. Los demás le hacían reverencias mientras tocaba.

Generalmente los monólogos suelen ser aburridos, pero Johanssen demostró, hasta en ellos, que es dueño de una energía que revive a los muertos. Durante el show habló en sueco, danés e inglés. Habló sobre cuando no eran conocidos, contó anécdotas de sus anteriores visitas a Copenhague y agradeció al público.

El final fue de la mano de la poderosa “Hail the Apocalypse”, festejada y pogueada por el colmado recinto. Al terminar la canción, se tomaron un buen rato para saludar a la gente y generar la última sonrisa del espectáculo.

Avatar dio un concierto brillante, donde enalteció al metal, lo honró y lo usó para divertir. Demostró que se merece su aumento de popularidad y que está listo para subirse a cualquier escenario y salir victorioso.

Fotografía portada: Bransholm Photography

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Alter Bridge en Madrid: “Una lección de técnica frente al desafío acústico.”
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El Palacio de Vistalegre volvió a abrir sus puertas para una de esas citas que, sobre el papel, parecían infalibles. Con Alter Bridge encabezando un cartel escoltado por Daughtry y Sevendust, la propuesta era un recorrido completo por el rock estadounidense de las últimas tres décadas. Sin embargo, la experiencia quedó empañada por los problemas endémicos de un recinto que sigue peleado con la acústica.

Abrieron la tarde Sevendust. Los de Atlanta son una anomalía fascinante dentro del metal alternativo. Su estilo se desmarca del resto gracias a la voz de Lajon Witherspoon (que hizo varias referencia a España, su conexión con el idioma y la cultura, así como familiares que viven en nuestras tierras), que aporta un alma soul y R&B a una base instrumental puramente agresiva y sincopada. Esta mezcla de pesadez y melodía aterciopelada es lo que les dio el éxito a finales de los 90 con discos como su debut homónimo o “Animosity”. Ayer intentaron demostrar por qué temas como “Black” siguen siendo himnos, pero el sonido no les hizo justicia. La bola de graves que suele formarse en Vistalegre se tragó gran parte de los matices de la batería de Morgan Rose, dejando una sensación de potencia desdibujada. Espero que vuelvan pronto a Madrid y en un local en el que puedan brillar de verdad.

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Daughtry tomó el relevo con un enfoque mucho más centrado en el post-grunge. La banda de Chris Daughtry, que saltó a la fama mundial tras su paso por American Idol, ha sabido construir una carrera basándose en estribillos épicos y una producción trabajada. Su estilo se define por esa estructura de rock radiofónico donde la voz es el centro absoluto (incluso en la disposición de la banda en el escenario), apoyada en guitarras con mucho cuerpo pero sin la aspereza o distorsión del metal. Sonaron éxitos como “It’s Not Over”, recordando aquel disco debut que vendió millones en 2006. Aunque su entrega fue notable, el eco del pabellón volvió a ser un obstáculo, restando la nitidez que requiere un estilo pulido como el suyo, aunque mejoró según avanzó el setlist. Las lueces fueron muy contrastadas aunque en general bastante oscuras y muy centradas en Chris. El gran telón negro de fondo tampoco ayudaba al tragar mucha luz. Se me hizo larga su actuación y el encore me resultó forzado, si bien, fue muy aplaudido en general.

Finalmente, Alter Bridge saltó al escenario puntuales y con energía. Son profesionales y se notó en cada tema, gesto, pose… La banda nacida de las cenizas de Creed ha logrado algo casi imposible: superar el éxito de su anterior formación gracias a la maestría técnica de Mark Tremonti y la voz de Myles Kennedy. Su música es una evolución del hard rock hacia terrenos más complejos y metálicos, con solos de guitarra que son verdaderas lecciones y composiciones que rozan lo progresivo en álbumes como “Blackbird” o “Fortress”.

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El inicio del show fue accidentado en lo visual. Alter Bridge abusó de unos focos frontales blancos extremadamente potentes que, lejos de crear atmósfera, cegaron literalmente a las primeras filas durante las primeras canciones, dificultando incluso ver a los músicos. Fue una decisión de diseño extraña que se sumó a una iluminación general que cumplió sin alardes. Muchos haces cruzados, tonos neutros y una linea superior de led que daba algún dibujo diferenciador. En lo musical, sonaron piezas clave como “Metalingus” o la esperada “Blackbird”, donde el duelo de guitarras entre Kennedy y Tremonti sigue siendo lo mejor que se puede ver en el género y que disfrutamos entre el jolgorio generalizado. La banda se dejó la piel y demostró una precisión milimétrica, pero el malestar del público con el audio era palpable. Una vez más, la reverberación del recinto dificultó que el trabajo de la mesa de mezclas brillara, convirtiendo lo que debería haber sido una noche de gloria sonora en una lucha constante por distinguir los matices. Alter Bridge son gigantes, pero ayer Vistalegre les quedó pequeño en calidad acústica.

El rock de estadios sobrevive gracias a bandas como estas capaces de mantener la compostura y la pegada, incluso cuando el recinto parece empeñado en boicotearles la noche. Madrid fue testigo de un ejercicio de pura resiliencia profesional; un recordatorio de que, aunque la acústica de la plaza siga sin estar a la altura de la fidelidad que los fans pagan en taquilla, el talento de Kennedy, Tremonti, Lajon, Morgan o Chris, tiene el peso suficiente para hundir cualquier amago de decepción. Nos fuimos a casa con los oídos algo castigados, sí, pero con la certeza de que el legado de estas tres bandas sigue siendo un refugio sólido en tiempos de música prefabricada.

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Psychonaut 4 en Buenos Aires: “Perdiendo la cordura”
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Un jueves más de este mes de febrero y nuevamente asistimos al modesto Uniclub para ser testigos de la primera visita de los georgianos Psychonaut 4, donde alrededor de 150 almas —”tribus urbanas”, fanáticos, espectadores y medios de prensa— estábamos presentes para vivir una experiencia poco común por estas latitudes (y ojalá no sea la última).

El DSBM (Depressive Suicidal Black Metal) no es un género, una postura, un sonido que sea para cualquier persona. No necesariamente quienes escuchan este tipo de bandas (Happy Days, Psychonaut 4, Sorry…, Lifelover) sufrieron o han tenido tendencias suicidas; es música que oprime pero a su vez te atrapa en un limbo sonoro placentero. Es un género controversial que se sufre, pero a la vez hay un goce que se nota con cada acorde y con cada grito.


Como acto inicial, los Psicosfera tuvieron la chance de demostrar su propuesta. Si bien he visto a la banda en varias ocasiones, no logro conectar. No es que sean malos —todo lo contrario, cada uno en lo suyo se destaca—, pero no logré hasta el momento descifrar el estilo que practican: avant-garde black con algo de cuelgue casi stoner, música disonante con distorsión extrema. Deberé involucrarme más en su sonido para la próxima vez que los cruce en alguna fecha. Repito, no es un tema de la banda sino propio. De todos modos, hicieron un gran trabajo mientras la gente llegaba al lugar.

Algo que capturó mi atención fue el público. Se veían adolescentes de estética gótica, lentes de contacto vampirescos y remeras que abarcaban todo el espectro del metal extremo. Si bien no divisé “therians” (ese movimiento de autopercepción animal que crece en el país), sí hubo gente vestida con orejas de elfo y colmillos. Personajes que parecían haber salido de sus tumbas o vaya uno a saber de qué circo freaky.

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Minutos después de las 21, Psychonaut 4 —nombre que hace referencia a la persona que es consumidora de psicodélicos para explorar su mente, siendo el número 4 una referencia a las cuatro mesetas del consumo de dextrometorfano— apareció en el escenario de Uniclub.

El inicio del show fue con “Mzeo Amodi” de su último disco …Of Morning (lanzado en 2024), generando así el primer trance de la noche que se fue extendiendo por los 14 temas que fueron parte del setlist y representaron un repaso por los cinco discos de la banda.

Entre las que sonaron y fueron bien recibidas (hasta hubo pogo en algunos pasajes del show) estuvieron “Fiqrebi Mtsukhrisa” y “Vai Me”, así como las más conocidas “Sana-sana-sana – Cura-cura-cura”, “Personal Forest” y “We Will Never Find a Cure”.

La interacción entre banda y público recayó principalmente en el guitarrista Rati Shengelia, más conocido como Drifter, quien además de ejecutar esos solos cargados de sentimientos heavy metaleros se hizo cargo de coros alternando voces con Irakli Kirkitadze. Este último asumió las voces luego del incidente protagonizado por David Graf, hoy presuntamente privado de su libertad por posesión de drogas y otros eventos que implican la muerte de su ex novia y la hermana de ésta.

La actuación de Irakli fue un show dentro del show: gritos desgarradores y movimientos cual enfermo mental se tratase, le dieron un aspecto visual más que acorde con las líricas que interpreta. Si bien su registro vocal difiere del de Graf —con gritos más guturales y menos “sufridos” que los lamentos desesperados de las grabaciones originales—, logró transmitir la intensidad emocional que el DSBM exige. El resto de la banda cumplió su rol a la perfección en un recital que lo tuvo todo.

Las canciones se fueron sucediendo y el reloj marcaba que habían pasado casi dos horas de show (algo que debería ser copiado por otras “estrellitas” que con suerte apenas rozan la hora de duración). Faltaba el broche final. Luego de recibir los aplausos y cánticos habituales de los argentinos —”psycho… psycho“— llegaron dos de las canciones emblemáticas de la discografía.

En primer lugar, la clásica “Too Late to Call an Ambulance” hizo vibrar al recinto y luego de un breve break, cerraron con “Sweet Decadence” de manera extendida, un tema que se pedía con insistencia y que terminó coronando la presentación.

P4 no vino a entretener, llegó para incomodar, a hundirte en su oscuridad y a dejarte ahí un rato mientras te planteas cuestiones existenciales con cada sonido que sale de esas guitarras frías que enaltecen el deterioro emocional.

Nos retiramos de Uniclub luego de presenciar un acto imperdible que Favio de Noiseground hizo posible, por lo cual va el agradecimiento personal por dejarme ser parte de este acto de locura que seguramente entrará entre los mejores shows del año.

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Lion’s Law en Barcelona: “Orgullo y Lealtad”
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En el marco del “Brother Tour 2026″ por Europa, los franceses Lion’s Law reafirma su posición como referente europeo del Oi! y el street punk acompañados por First Attack y No Time. La cita no fue un simple concierto, sino una demostración de fuerza de la escena S.H.A.R.P. (Skinheads Against Racial Prejudice). Antes de la primera descarga, la sala ya imponía respeto: un uniforme de resistencia y estilo dominado por el código “Smart, Clean and Tough”. Chaquetas Bomber MA-1 y Harrington, cabezas rapadas al milímetro, cortes Chelsea femeninos y el brillo inconfundible de las botas Dr. Martens —negras y en clásico oxblood— bajo los Levi’s 501 con vuelta marcaban el paso de una clase trabajadora orgullosa de su herencia multirracial.
Si alguien pensaba que el plato fuerte de la noche sería únicamente la técnica de Lion’s Law, No Time se encargó de pulverizar esa expectativa desde el primer segundo. La banda de Pittsburgh no salió a ofrecer un concierto, sino a librar una batalla. La intro marcó el inicio de una atmósfera asfixiante que estalló con True Hate y Man In Uniform, disparando la adrenalina de un público que pronto dejó de distinguir entre pogo y caos.

El despliegue de Adam Thomas fue sencillamente aterrador. Desde los primeros compases de You’ll Get Yours e Iron Breed, el vocalista se movía como un animal enjaulado, borrando cualquier distancia con las primeras filas. Pero fue durante la frenética descarga de Life Sucker y Anxiety cuando la intensidad cruzó la línea de lo físico: en un arrebato de rabia pura, Adam comenzó a golpearse la frente con el micrófono una y otra vez.

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El impacto seco del metal contra el hueso no tardó en dejar huella. La frente de Thomas se abrió y un hilo de sangre empezó a recorrer su rostro mientras seguía escupiendo las letras de Never Wrong y No Enemies. Lejos de detenerse, la herida pareció insuflarle aún más energía, elevando el listón de la actitud punk a cotas que pocas bandas alcanzan hoy en día. Con el rostro manchado y la mirada desencajada, el líder encarnó el sonido “Iron Breed” de su ciudad natal: duro, oxidado y auténtico.

En lo musical, la banda funcionó como una máquina de demolición. Savage Age y Comply or Die sonaron como una bofetada de powerviolence camuflada de Oi!, con una sección rítmica implacable que no concedió un segundo de tregua. Tras la crudeza de YWBM, llegó su versión de Anti Social, coreada con una violencia eléctrica que preparó el terreno para el asalto final.
El cierre con Suffer No Fool fue el golpe de gracia. Con Adam Thomas aún sangrando y el público exhausto pero completamente entregado, No Time demostró que lo suyo no es solo música, sino una experiencia visceral. Abandonaron el escenario con el listón de la actitud en lo más alto y la sensación inequívoca de haber presenciado uno de los directos más crudos y auténticos de la gira.
Desde el primer acorde de “Run You Down”, quedó claro que los de Vancouver venían a arrasar. Sin rodeos ni concesiones, el cuarteto descargó un Oi! crudo y afilado que encontró respuesta inmediata en una sala ya caliente. “Pull It Over Your Eyes” mantuvo la presión, con los primeros pogos abriéndose paso entre las filas delanteras.

Greg Huff lideró el ataque con su voz rasposa y desafiante, marcando el ritmo de la noche mientras alternaba riffs con Rob Foster. En “Too Afraid” se vio la precisión quirúrgica de ambos: guitarras compactas, miradas cómplices y cambios ejecutados con una sincronía impecable. Con “Another Soldier”, la comunión fue total; el estribillo se convirtió en un grito colectivo, con Huff acercando el micro al público y sonriendo ante la respuesta.

La base rítmica fue un bloque de hormigón. Matt Vogler, sólido y contundente, sostuvo el pulso en “We’re The Victim”, donde Huff no dejó de señalar a la multitud, azuzando un pogo que ya era imparable. El bajo de Noah Heath retumbó con fuerza en “Enough” y “Hit a Wall”, golpeando el pecho de las primeras filas y reforzando ese sonido compacto y callejero que define a la banda.
El tramo central, con “Looking Back” y “If You Say So”, mostró el lado más melódico sin perder agresividad. Pero fue con “Violent Society” cuando todo explotó: micrófonos extendidos hacia el público, puños en alto y un coro ensordecedor que eclipsó por momentos a la propia banda.

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“No Escape” llegó como una descarga final de adrenalina antes de “On The Other Side”, donde la intensidad se tiñó de una melancolía combativa. Sin apenas abandonar el escenario, regresaron para el bis con “More Sorrow”. El cierre fue apoteósico: músicos y asistentes fundidos en una sola voz, guitarras en alto y la sensación de haber presenciado un asalto directo, conciso y sin fisuras. Barcelona cayó rendida ante First Attack. Y no hubo supervivientes.
Cuando cesó la obertura, Lion’s Law emergió para demostrar por qué es el referente actual del género. Sobre el escenario, la cohesión fue quirúrgica. Victor “Wattie”, líder y vocalista desde la fundación de la banda en 2012, desplegó un carisma arrollador: castigó sus cuerdas vocales con rabia y conectó con el público en un castellano afilado y bromista: “Un tema más y os vais a casa, que os veo cansados”, provocando el rugido colectivo.

La maquinaria parisina funcionó como una apisonadora. Daick y Olivier (Vovott) son los encargados actuales de mantener el característico muro de sonido de Lion’s Law, siguiendo la línea clásica del género: potencia y robustez sin concesiones. A su lado, Swann, miembro fundamental de la sección rítmica, aportó profundidad melódica con un bajo influenciado por el punk clásico, mientras que Thomas “Thomoï”, veterano de la escena punk francesa y ex batería de Komintern Sect, sostuvo el tempo con una resistencia sobrehumana.
El setlist recorrió su discografía con una marcha más acelerada que en estudio, imprimiendo una velocidad hardcore a su Oi! tradicional. Himnos como Lafayette y Brother resonaron con contundencia, y el inesperado momento de I Ran (A Flock of Seagulls), dedicado a “las generaciones de los 80”, tendió un puente entre veteranos de tirantes finos y parches de Trojan Records y adolescentes con polos Fred Perry y Ben Sherman perfectamente abotonados.

El tramo final fue incendiario. Tras The World Is On Fire, la sala explotó con Antisocial, coreada a pleno pulmón mientras el público lanzaba proclamas políticas y cánticos de libertad. Con un desafiante “¡Quedan tres!”, cerraron con la tríada sagrada: For My Clan, Son of Oi! y un Skinhead final que dejó el foso cubierto de sudor y orgullo.
Lion’s Law no ofreció solo un concierto: reafirmó que el street punk sigue siendo una declaración de principios escrita con botas, lealtad y música sin piedad.

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Burning Witches en Barcelona: “Martillos y Escobas”
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La atmósfera del recinto se transformó en un bastión medieval cuando las luces se fundieron a negro y las notas solemnes de la intro de “The Last Kingdom” comenzaron a resonar, marcando el inicio de la liturgia de Hammer King. La formación alemana no entró al escenario simplemente para tocar; entró para reclamar su trono.

Con un estruendo de acero, la banda arrancó con “King for a Day”, un trallazo de power metal que puso las cartas sobre la mesa: ritmos galopantes, estribillos coreables y una entrega física absoluta. Su carismático líder y vocalista, Titan Fox V, apareció ataviado con su característica indumentaria real, alzando su voz con potencia envidiable mientras blandía el martillo sagrado, símbolo inequívoco de la banda, que los fans de las primeras filas replicaban en versiones imaginarias manos en alto.

Sin dar respiro, encadenaron “Make Metal Royal Again”, un auténtico manifiesto de intenciones en el que las guitarras se entrelazaron en armonías hercúleas, demostrando que el espíritu de los grandes clásicos del género sigue vivo. La actuación no escatimó en teatralidad: entre la bruma del escenario, la figura del Verdugo Real hacía apariciones esporádicas, añadiendo una capa de misticismo y peligro, mientras las proyecciones y la actitud de los músicos evocaban la protección de las Doncellas del Reino.

Con “Kingdom of Hammers and Kings” y la agresiva “Pariah Is My Name”, el grupo demostró una cohesión sonora asombrosa, sostenida por una base rítmica que golpeaba como un yunque en cada compás.

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El ecuador del concierto llegó con la majestuosa “König und Kaiser”, interpretada con un orgullo que contagió a toda la sala, seguida de la demoledora “Hammerschlag”, donde los saltos y el headbanging fueron la respuesta unánime del público. Uno de los momentos más sorprendentes y celebrados del repertorio fue la versión de “Danger Zone”, de Kenny Loggins: la banda logró transformar un clásico del pop-rock de los ochenta en un himno de metal pesado, acelerando las pulsaciones antes de encarar la recta final con “Hoheitsgebiet”.

Para el cierre, Hammer King reservó su artillería pesada con “Kingdom of the Hammer King”, un broche épico en el que la comunión entre la banda y sus “súbditos” fue total. Como gesto final, lanzaron monedas de color oro, impresas con su nombre, dejando el pabellón en lo más alto mientras la outro de “The Last Kingdom” despedía a los músicos entre una ovación cerrada.

Los alemanes no solo caldearon el ambiente: ofrecieron un espectáculo de primer nivel, dejando claro que su monarquía del acero es legítima y que el martillo sigue golpeando con la misma fuerza que el primer día.

Las nuevas doncellas del Heavy Metal, Burning Witches, desembarcaron con autoridad en el marco del “Witches and the King Tour 2026”, rubricando una actuación que no solo confirmó su excelente estado de forma, sino que las consolida como una de las formaciones más sólidas y convincentes del heavy metal contemporáneo. Lejos de limitarse a una propuesta estética potente, el quinteto demostró sobre las tablas que su verdadero poder reside en la conjunción de talento instrumental, disciplina escénica y una fe inquebrantable en el legado clásico del género.

El ritual comenzó con la intro “Sanguini Hominum”, una atmósfera densa y ceremonial que envolvió la sala en un halo oscuro, preparando el terreno para una descarga de puro acero. La irrupción con “Soul Eater” fue inmediata y demoledora: la base rítmica formada por Lala Frischknecht y Jeanine Grob se mostró compacta, precisa y musculosa. Lala ejecutó cada golpe con una firmeza casi marcial, alternando potencia y control con una solvencia admirable, mientras que el bajo de Jeanine no se limitó a acompañar, sino que añadió cuerpo, profundidad y un pulso firme que sostuvo cada riff con autoridad. Juntas construyeron un andamiaje sonoro robusto, sobre el cual el resto de la banda pudo desplegar toda su artillería.

En el centro del huracán apareció Laura Guldemond, indiscutible maestra de ceremonias. Más allá de su carisma arrollador y su constante conexión con el público, Laura volvió a demostrar que es una vocalista de primer nivel dentro del heavy metal actual. Su registro es amplio, poderoso y perfectamente proyectado; domina los agudos con limpieza y agresividad, pero también sabe modular y matizar cuando la canción lo requiere. En “Shame” y la ya icónica “Dance With the Devil”, combinó potencia clásica con un fraseo lleno de intención, alternando ataques afilados con líneas melódicas impecables que evocan la tradición del heavy ochentero sin caer en la imitación. Su control de la respiración, su resistencia y su capacidad para mantener la intensidad durante todo el show hablan de una intérprete madura, técnicamente preparada y absolutamente entregada.

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En el apartado guitarrístico, Romana Kalkuhl y Courtney Cox ofrecieron una lección de compenetración y técnica. Romana, como fundadora y principal arquitecta del sonido del grupo, exhibió un riffing sólido, cortante y cargado de personalidad. Sus estructuras rítmicas mantienen ese equilibrio entre melodía y contundencia que define el ADN de la banda. Courtney, por su parte, aportó una ejecución precisa y vibrante, con solos llenos de velocidad, feeling y claridad. En “Maiden of Steel” protagonizaron duelos electrizantes, alternando fraseos armónicos, escalas vertiginosas y armonías gemelas que remitieron directamente a la escuela de la NWOBHM, pero con una frescura y una seguridad que evidencian horas de estudio y carretera. No hubo excesos gratuitos: cada solo tuvo sentido narrativo, cada melodía reforzó el carácter épico de las composiciones.

El bloque central del concierto mantuvo una intensidad física casi agotadora. “The Dark Tower” mostró el costado más denso y afilado del grupo, con riffs de corte thrasher que impulsaron un headbanging masivo y perfectamente sincronizado en la sala. Aquí volvió a brillar la precisión colectiva: cambios de ritmo ejecutados con limpieza, dinámicas bien medidas y una sincronía que solo se logra con cohesión real de banda. “Inquisition”, una de las piezas más celebradas de su material reciente, fue recibida con una ovación cerrada y evidenció su capacidad para construir himnos contemporáneos sin renunciar al espíritu clásico.

La agresividad continuó con “Black Widow” y “Evil Witch”, donde Burning Witches reivindicó con orgullo su herencia priestiana bajo el lema “We Stand as One”. Sin embargo, más que simples herederas, demostraron personalidad propia: riffs afilados, estribillos coreables y una puesta en escena que combina teatralidad y convicción. La interacción constante con el público, los gestos cómplices entre las guitarristas y la seguridad de la sección rítmica reforzaron la sensación de estar ante una maquinaria perfectamente engrasada.

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Tras el hipnótico interludio de “The Witch Circle”, que sumergió al público en un trance casi pagano, la banda abandonó momentáneamente el escenario. El silencio fue efímero: un ensordecedor “OE, OE, OE” emergió desde la pista reclamando su regreso. El quinteto volvió con determinación para afrontar los bises, descargando la atronadora “Hexenhammer” con una energía intacta y culminando con la épica “Wings of Steel”, donde las melodías elevadas y el empuje rítmico reafirmaron su capacidad para construir finales memorables.

El clímax visual llegó con la aparición de una figura de bruja entre sombras, acechando a la banda hasta que un monje irrumpió portando su cabeza cercenada, un recurso teatral impactante que reforzó el imaginario oscuro y conceptual del grupo. No fue un mero adorno escénico, sino una extensión coherente de su propuesta lírica y estética.

El cierre definitivo con “Burning Witches” fue una explosión de fuego, sudor y metal fundido. Con la sala entregada, quedó claro que la banda no solo rinde tributo al pasado glorioso del heavy metal, sino que lo revitaliza con convicción, talento y autenticidad. Virtuosas sin caer en la frialdad técnica, carismáticas sin perder contundencia, Burning Witches demostraron ser músicas disciplinadas, intérpretes apasionadas y auténticas guardianas del acero en pleno 2026.

 

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