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Claudio O’ Connor & DarloTodo en Buenos Aires: “Una bestia suelta en Flores”
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En un febrero que no da tregua, Claudio O’ Connor el referente de la voz del metal pesado nacional volvía al teatro Flores. Con DarloTodo como apertura y una banda renovada, el ex Hermética repasó su historia en una fecha marcada por el calor y la lealtad de su público.


Mientras transitamos un febrero que castiga con el clima, el pasado sábado 7 la cita obligada para el ambiente fue en la catedral de la música. El plan era claro: ver a Claudio O’Connor en un recinto que conoce de memoria. Con una temperatura que afuera rondaba los 30 grados, pero que adentro se sentía mucho más alta, el público se bancó el calor para ser parte de un ritual donde el pasado y el presente del cantante volvieron a cruzarse.

Al llegar al lugar, el desfile de remeras de “La H” y Malón sobre Rivadavia confirmaba que la convocatoria de Claudio sigue firme. Si bien la convocatoria a la hora de la apertura de puertas era bajo, con el correr de los minutos, todo iba cambiando.

El única acto “soporte” estuvo a cargo de DarloTodo. En esta oportunidad, por razones que no se dieron a conocer, la presentación de la banda se vio acortada y ejecutaron pocos temas, pero lo hicieron con la misma potencia de siempre. El set arrancó, como de costumbre, con “Libérame”, haciendo sentir esa explosión característica del inicio de la canción.

Ya desde el inicio se notó a un Juan Massot que descoció el bajo, mientras que Penumbra tras los parches sigue liderando la agrupación marcando el ritmo. Por su parte, el “nuevo, no tan nuevo” guitarrista (Adrian Basile) se mostró cada vez más afianzado en su rol. La poderosa voz de Lucas quedó marcada, como siempre, al finalizar “La Venganza”, momento en el que terminó arrodillado en el suelo del escenario. Lamentablemente no hubo foto de ese final; el telón se cerró de golpe, pero dejaron una marca más en el público de Flores.

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Pasadas las nueve de la noche, las luces se apagaron para recibir a Claudio O’Connor. El lugar destacó por un sonido impecable, permitiendo que la soltura de los músicos acompañantes luciera en todo su esplendor. Esta vez, el cantante se rodeó de una formación de gran nivel: Juan Massot en el bajo, Penumbra en batería y el gran batallador de la escena, Pehuén Berdún, en guitarra.

Pehuén, reconocido por su trayectoria en bandas de peso como Plan 4 y Hermanos de Sangre, demostró una calidad técnica superior que le sentó bien a los himnos de siempre.
Tras los músicos, una gran pantalla presentaba imágenes realizadas con Inteligencia Artificial que acompañaban cada tema. Algunas mostraban un Claudio dibujado con un perro, otras calaveras, y no podía faltar la clásica “H” que se proyectó con fuerza cuando ejecutaron el cover de Hermética.

El set fue una piña tras otra. La lista arrancó con “La maldad” y no dio respiro. Sonaron piezas fundamentales como “Se extraña araña”, “1976”, “Río extraño”, “Quien pudiera”, “Bendecido” y “No te aflijas”. También hubo tiempo para la ejecución de dos covers de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: “Rock para el negro Atila” y “Yo caníbal”, que fueron celebrados por todo el recinto.

En total fueron 21 canciones donde se lo vio a Claudio rejuvenecido espiritualmente y muy contento. A diferencia de lo que sucede en sus presentaciones con Malón o La H No Murió, donde en varias oportunidades parecería que se ayuda con el teleprompter o dejando cantar a la gente, esta vez todo fluyó de forma natural, como hacía años no sucedía.

No hubo mucha participación con el público; agradeció pocas veces a los presentes, a su familia, se pudo visualizar a Carlos Kuadrado en la platea, a la banda y dió la noticia que que pronto habrá nuevo disco y dejando que la música fuera el único puente. Finalmente, “Atravesando todo límite” de Hermética puso fin a un show que se disfrutó muchísimo por lo musical y por la carga histórica de su pasado y presente reunidos en una misma noche.

Nos fuimos de Flores con la sensación de haber visto un show que reafirma la vigencia de Claudio O’Connor.

Fue una fecha donde la experiencia y los nuevos músicos se unieron para demostrar que el metal pesado sigue teniendo su espacio. A pesar del clima inhumano, la banda cumplió y el público se fue conforme.

Agradecimientos especiales a Av Producciones, Pinhead Records y a Nadya Cabrera por la gestión para otorgarnos la acreditación y estar presentes en esta nueva cobertura.

 

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Motionless In White en Glasgow: “el Hydro cayó ante el metalcore”
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Texto por Tom Muir

Toda la música tiene sus subgéneros polémicos, y el heavy metal no es la excepción. Hace 20 años, el metalcore era un término a menudo despreciado, y muchas bandas lo consideraban casi un insulto. Aunque los puristas del género solían mirar por encima del hombro a este estilo, el metalcore ha seguido una trayectoria ascendente desde comienzos de la década de 2020, con muchas bandas ofreciendo los conciertos más grandes de sus carreras y recibiendo elogios de medios generalistas.

Posiblemente uno de los nombres más grandes del género, Motionless in White inicia su gira por Reino Unido y Europa con su mayor concierto como cabezas de cartel en Glasgow hasta la fecha (el Hydro, con capacidad para 14.000 personas). Pero ¿tienen lo necesario para demostrar que el género ha superado la prueba del tiempo?

Es una noche gris y nublada en Glasgow, y el público todavía sigue entrando cuando Make Them Suffer sube al escenario. No ha pasado mucho desde la última vez que la banda australiana de metalcore tocó aquí (mayo de 2025 con If Not For Me, Resolve y los claramente fuera de lugar Conjurer), pero ahora tienen la tarea de calentar motores para la velada.

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El recinto es considerablemente más grande, pero la banda está a la altura del reto: pronto empiezan a fluir los riffs y se levantan los cuernos al aire. La mayor parte de los temas se apoya en riffs de medio tiempo con sabor djent, mientras el vocalista Sean Harmanis aporta una voz dominante y consigue activar al público. También hay espacio para la experimentación: entre los riffs percusivos aparecen interludios reforzados por la electrónica de la tecladista Alex Reade, que además contribuye con voces limpias y gritadas.

Las dos últimas canciones descargan ráfagas de velocidad y logran abrir los primeros moshpits de la noche. Incluso en el siempre complicado puesto de banda apertura, MTS consigue dejar al público listo para lo que viene, con muchos asistentes seguramente esperando su próxima visita al Reino Unido.

Dayseeker no impacta con la misma intensidad inmediata que el primero. En lugar de agresividad directa, suenan sintetizadores pulidos llenando la sala cuando la banda estadounidense de post-hardcore toma el escenario.

Cuando el vocalista Rory Rodriguez pregunta cuántos del público ya habían visto antes a la banda, queda claro que para muchos es la primera vez. Aunque hay un grupo de seguidores fieles que los conoce bien, el resto no conecta con la misma facilidad. Pese a estar catalogados como post-hardcore, hay poco hardcore real en su sonido. La mayoría de los temas están guiados por sintetizadores (aunque la banda no lleva tecladista en directo), y algunas canciones apenas rozan la pesadez antes de retirarse rápidamente de ella. Un ejemplo claro es cuando Rodriguez pide un moshpit y los riffs derivan enseguida hacia guitarras limpias brillantes y capas electrónicas, poco adecuadas para ese tipo de reacción.

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Muchas bandas modernas de metalcore se han desvinculado casi por completo de las raíces metal y hardcore del género, y aunque parte del público lo disfrutó, da la sensación de que no encajaban del todo en el cartel (o al menos el orden de las bandas soporte podría haberse invertido). Aun así, recientemente su guitarrista dejó la banda y su bajista está ausente por el nacimiento de su hijo, por lo que es posible que simplemente haya sido una noche irregular en un periodo de ajustes rápidos.

Mientras suenan clásicos del rock de los 80 y europop de los 90 por los altavoces, la expectación por el cabeza de cartel empieza a notarse. El público, que ya era numeroso durante Make Them Suffer, ahora llena el recinto hasta arriba (literalmente en la zona de asientos), mientras crece la tensión previa a la salida de la banda.

Antes de comenzar, Motionless In White muestra su sentido del humor en la intro (la última vez que los vi parcialmente en el Brutal Assault, la música para recoger el equipo fue “Sandstorm” de Darude), proyectando memes de gatos en las pantallas mientras toman posiciones en el escenario.

En cuanto arrancan, la energía del público se multiplica por diez, con el vocalista Chris “Motionless” Cerulli captando la atención de todos desde el primer momento. La banda funciona a pleno rendimiento, con guitarras contundentes y teclados de aire industrial sosteniendo las potentes voces limpias y gritadas de Chris.

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El grupo agradece poder traer por fin al Reino Unido una producción del mismo nivel que en su país, algo que el público celebra. La banda ofrece el espectáculo en vivo que siempre soñó presentar aquí. Las pantallas muestran homenajes cinematográficos y visuales que acompañan la temática de las letras, mientras que la pirotecnia y los bailarines aportan un extra de espectáculo.

También agradecen la respuesta del público y la presencia de varias generaciones de fans en la audiencia: tanto si es tu primera vez viéndolos como si es la sexta, todos son bienvenidos. A lo largo de los 90 minutos de show, queda claro que el público está completamente entregado, sin que la intensidad decaiga (uno de los momentos más llamativos fueron los moshpits liderados por dos asistentes disfrazados de banana). Antes de cerrar con “Eternally Yours”, la banda agradece a sus compañeros de gira y promete volver tras el lanzamiento de un nuevo álbum.

Aunque el metalcore fue alguna vez una etiqueta mal vista, Motionless in White ha logrado superar a muchas bandas pasajeras de su escena inicial y demostrar que, más de 20 años después de su formación, siguen tan fuertes como siempre.

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Alter Bridge en Barcelona: “Reclamando el trono”
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Sevendust no salió a cumplir; salió a matar. Como si fueran los auténticos cabezas de cartel, la banda devoró la sala con una voracidad insultante, transformando su estatus de teloneros en una auténtica toma de rehenes sónica. Desde el primer rugido, fueron una apisonadora emocional que reclamó el trono por derecho propio, convirtiendo el recinto en un hervidero donde solo ellos dictaban las reglas.

Lajon Witherspoon, con una voz que oscila entre el trueno y la caricia, lideró un ritual eléctrico, escoltado por la muralla de riffs impenetrables de John Connolly y por un Tim Tournier que cubrió la ausencia de Lowery con una mística impecable. En el fondo, el bajo de Vince Hornsby hizo temblar los cimientos, pero la verdadera bestia fue Morgan Rose.

Encarnando su estética Alien Freak, Rose apareció con un maquillaje agresivo y cadavérico: una guerra de blanco y negro sobre su rostro que, mezclada con el sudor y el caos de sus redobles acrobáticos, le otorgaba una ferocidad inhumana. Verlo era presenciar un exorcismo rítmico que culminó con el baterista lanzando sus baquetas a las gradas, como quien entrega sus armas tras una victoria total.

El setlist fue una ejecución perfecta: la oscuridad de “Black”, la rabia de “Enemy” y la mística de “Praise” prepararon el terreno para el asalto final. Con “Denial” y el cierre apocalíptico de “Face to Face”, la estocada definitiva fue una explosión de energía tan absoluta que, al encenderse las luces, el público quedó con la mirada perdida y el alma exhausta, consciente de que acababa de presenciar cómo Sevendust, jugando en casa, en el corazón de sus fieles, se había merendado la noche sin dejar ni las migas.

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La velada continuó como un ejercicio de poderío sonoro y vanguardia estética, donde Daughtry trascendió su herencia post-grunge para abrazar una identidad puramente industrial, oscura y profundamente técnica. Desde el instante en que las luces se extinguieron, el recinto quedó sumergido en una atmósfera densa y eléctrica, anticipando una liturgia de rock moderno. Chris Daughtry emergió como un tótem bajo el foco cenital, portando su icónica Gibson Explorer blanca a la espalda con la solemnidad de quien carga una armadura.

Su magnetismo fue absoluto: alternó momentos de una fisicidad visceral —colgado literalmente del pie de micrófono— para proyectar una voz que ha ganado en matices rasgados, con ataques de guitarra que sellaban las secuencias electrónicas lanzadas desde el set de Elvio Fernandes. A su lado, la cohesión de la banda resultó abrumadora: Brian Craddock sostuvo la arquitectura rítmica con una precisión quirúrgica, mientras que el bajo profundo de Marty O’Brien y la batería de Anthony Ghazel —revelado como un motor de alta cilindrada con un doble pedal demoledor— redefinieron la contundencia de temas como “The Seeds”, “Divided” y la opresiva “The Bottom”.

El clímax de la noche llegó con un hito que puso a prueba la técnica del grupo: una soberbia interpretación del clásico de Journey “Separate Ways (Worlds Apart)”. En este punto, Elvio Fernandes se erigió como el arquitecto del sonido actual y al teclista recrear los sintetizadores ochenteros bajo una afinación baja y pesada, logrando una simbiosis perfecta entre nostalgia y metal alternativo que desató una euforia colectiva sin precedentes. Tras atravesar la intensidad de “The Day I Die”, la rabia de “Antidote” y la densidad rítmica de “The Dam”, la banda ofreció un respiro emocional con “Pieces”, permitiendo que la vulnerabilidad vocal de Chris preparara el terreno para el asalto final.
El cierre del set principal con “Heavy Is the Crown” hizo temblar los cimientos del lugar antes de un breve y tenso silencio que precedió al encore. El retorno fue definitivo con “Artificial”, donde el despliegue de luces estroboscópicas y distorsión mecánica alcanzó su cénit; Chris, tras acompañar con unos últimos acordes la secuencia electrónica final, dejó la Explorer en el suelo, permitiendo que el feedback resonara en el aire como el eco de una noche histórica.

La noche prosiguió con el plato fuerte: una liturgia de acero y voltios. Con el What Lies Within Tour aterrizando en Barcelona, Alter Bridge no solo presentó su octavo álbum; reclamó su trono en el Olimpo del hard rock ante una congregación donde acentos guiris e hispanos se fundían en una única religión de distorsión.

El ritual comenzó con “Silent Divide”. El aire se espesó cuando Scott Phillips, soberano desde su plataforma en las alturas, marcó el pulso de una maquinaria perfecta. Myles Kennedy apareció contenido, pero para la tercera descarga, “Cry of Achilles”, la chaqueta voló por los aires: fue el despojo de la armadura. La pista central se convirtió en un hervidero de almas, un remolino de brazos que buscaban alcanzar el techo de la sala.

En “Playing Aces” y “Fortress”, el diálogo entre las guitarras fue una danza de esgrimistas. Mark Tremonti, con su técnica quirúrgica, levantó catedrales de sonido mientras Brian Marshall sostenía el cielo raso con un bajo que se sentía en el esternón. El momento de la transmutación llegó con “Burn It Down”: Tremonti asumió el rol de sumo sacerdote vocal, demostrando que su garganta tiene el mismo fuego que sus dedos, mientras las seis cuerdas lloraban bajo su mástil.

Tras el vendaval de “Addicted to Pain” y la épica de “Open Your Eyes”, llegó el remanso necesario. Con “Watch Over You”, esa balada imprescindible, el tiempo se detuvo. Myles, tras hipnotizar al respetable, rompió el protocolo con una improvisación country que se llevó una ovación de gala: un guiño de virtuosismo puro antes de retomar la furia con “Silver Tongue” y el himno de esperanza “Rise Today”.

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El final fue un asalto a los sentidos. “Metalingus” preparó el terreno para la estocada definitiva. El silencio de las luces apagadas fue solo el preludio del rugido. Los “¡Oé, oé, oé!” futboleros funcionaron como un conjuro de invocación. La banda regresó para el encore y Myles, en un gesto de elegancia suprema, acarició el mástil regalando unos compases de la “Blackbird” de The Beatles, un guiño sutil que sirvió de puente hacia su propia y homónima obra maestra, donde el solo de guitarra se elevó como una oración eléctrica.

Como un estallido de furia controlada, “Isolation” se erigió como el martillazo definitivo sobre el escenario. Si en el pasado fue un pilar intermedio, en esta noche barcelonesa reclamó su trono como cierre absoluto. Entre muros de distorsión y la voz desgarradora de Myles Kennedy, Alter Bridge no se despidió: se consumió en un incendio de velocidad y agresividad, dejando el eco de un final legendario grabado en las paredes de la ciudad.
Y, como pleitesía final, la banda se fundió en agradecimientos, lanzando púas y baquetas a mansalva como reliquias para una parroquia fiel.

Mientras los músicos se evaporaban en una furgoneta negra, directos al cenit del descanso, y dejaban a los fans con la mirada clavada en la puerta de salida, el eco de los riffs seguía vibrando en las paredes. Alter Bridge pasó por Barcelona y lo que dejó no fue solo ruido: fue la esencia máxima del rock, grabada a fuego.

 

 

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Paleface Swiss en Madrid: “Una noche sin respiro”
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Crónica y fotos: Juli G. López

Después de su espectacular debut en España el año pasado, Paleface Swiss regresó a Madrid como parte de su The Wilted Tour 2026, acompañados nada menos que por Stick To Your Guns y Static Dress. Un dato no menor: fueron precisamente los propios Paleface quienes destacaron que Stick To Your Guns fue una de las primeras bandas en apostar por ellos, algo que el mismísimo “Zelli” Zellweger no dudó en remarcar sobre el escenario, agradeciendo públicamente la oportunidad de formar parte de este tour.

La —cada vez más mítica e imposible de encontrar— sala Wagon se convirtió en una auténtica olla a presión de deathcore, con pogos constantes y una energía difícil de igualar. El sonido fue uno de los grandes protagonistas de la noche: contundente, claro y demoledor, con breakdowns pesadísimos y una presencia escénica arrolladora por parte de los suizos, que dejaron claro por qué están en uno de los momentos más fuertes de su carrera.

Los encargados de abrir la tarde del martes fueron Static Dress, que aportaron su visión de metal moderno con tintes post-hardcore, preparando el terreno para lo que prometía ser una noche intensa. Poco a poco, los ingleses fueron calentando al público, marcando el inicio de una jornada que iría claramente de menos a más.

Alrededor de las 19:00 hs llegó el turno de los norteamericanos Stick To Your Guns, una banda que ya no necesita presentación dentro del hardcore contemporáneo. El público respondió con una entrega total, coreando sus canciones como auténticos himnos, incluso con más fuerza que en algunos tramos del show principal. Una vez más, los californianos demostraron por qué son una referencia absoluta del género y cómo han hecho de su relación con el público una de sus principales banderas.

Finalmente, llegó el momento del plato fuerte de la noche: Paleface Swiss. Con la vara muy alta, lograron llevar al clímax a un público mayoritariamente joven que colmaba la sala. Su presentación lo tuvo absolutamente todo. Desde invitados sorpresa, como el cantante tinerfeño con quien interpretaron un tema acústico grabado originalmente en su propia casa, hasta la participación de los miembros de las bandas teloneras. Y como broche de oro, todo el público subiendo al escenario, en una imagen que reflejó a la perfección el vínculo que la banda ha construido con sus seguidores. Un gesto de gratitud sincera que dejó en evidencia que son plenamente conscientes del crecimiento que han experimentado en tan poco tiempo.

Entre canción y canción, la banda se tomó el tiempo para conectar de forma directa y honesta con el público, abordando mensajes de prevención del suicidio y la depresión, así como reivindicando que el amor es amor, sin importar el género. Con una cercanía poco habitual, animaron a sus seguidores a buscar ayuda, a hablar de sus problemas y a no sentirse solos, dejando claro que su música es también un refugio. Mención especial para la calidez humana del grupo, especialmente de su vocalista, que incluso se lanzó a hacer crowdsurfing entre su gente, sellando una noche tan intensa como emotiva.

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Enforcer en Buenos Aires: “Heavy Metal sueco en estado puro”
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Después de tres años de ausencia en Sudamérica, los suecos de Enforcer regresaron a Argentina con una agenda por partida doble: Córdoba y CABA. Al igual que en 2016, cuando conquistaron Santa Fe y Buenos Aires, la banda volvió para demostrar por qué son considerados uno de los pilares fundamentales de la New Wave of Traditional Heavy Metal.


La noche del 6 de febrero en Uniclub marcó la segunda fecha de la gira latinoamericana de Enforcer, tras su paso por Córdoba. Hay que decirlo desde el inicio: la producción de Noiseground estuvo a la altura, trayendo una vez más una banda de primer nivel internacional y confiando en nosotros para la cobertura de sus eventos. Un agradecimiento más que merecido.

Algo inusual sucedió esa noche en Uniclub. Quien conoce la sala sabe que el sonido suele ser correcto, funcional, pero rara vez excepcional. Sin embargo, esta vez fue diferente, muy diferente. El volumen estuvo al límite durante toda la jornada, rozando la saturación en varios momentos. Fuerte, potente, casi abrumador.

Mercurio abrió la jornada cerca de las 19:30 horas, enfrentándose a la siempre ingrata tarea de tocar ante un público escaso que recién comenzaba a llegar después de la jornada laboral. La banda sonó ajustada, con la experiencia que los caracteriza y el rodaje con que cuentan de tocar seguido por los diferentes antros de la ciudad. Aunque hubo algunas fisuras técnicas en el micrófono de Martín que no lograron resolverse del todo, nada que no pudieran manejar con profesionalismo y saliendo airosos como de costumbre.

Innerforce tomó la posta como segundos de la noche, estos grandes batalladores que conocen cada escenario del circuito local como la palma de su mano. Su set fue acorde a las circunstancias: sólido, profesional, bien ejecutado. Recorrieron parte de su discografía con buenas interpretaciones, y aunque esta vez no sonó el clásico “Galleons of Nations”, sí dieron lugar a la canción emblema de su nuevo álbum, “Invocation”, con ese pasaje “blacker” en el medio que los fans ya conocen de memoria.

El lugar ya contaba con otro color, las charlas se sucedían, las birras circulaban en las rondas de los metaleros hasta que llegó el turno de Velocidad 22, esa máquina imparable que convoca una legión de seguidores a donde vaya. Cualquier cosa que se pueda decir sobre su presentación se quedará corta. Show tras show, fecha tras fecha, la banda sigue sumando adeptos y dejando una imagen que trasciende el venue del momento. Se habla de ellos en las redes, en charlas de esquina, en chats de WhatsApp. Son un fenómeno nacional y popular.

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Cuando las luces se apagaron y el logo de Enforcer se divisó en las pantallas que están sobre y al costado del escenario, la tensión ya era palpable. No todos los días una banda de esta magnitud pisa suelo argentino, y mucho menos tras algunos años de ausencia.

Desde el primer acorde de “Destroyer”, el lugar explotó. Olof Wikstrand, al frente con su guitarra y su voz inconfundible, parecía no poder creer la energía que devolvía el público argentino. Su hermano Jonas Wikstrand en la batería marcaba el ritmo mientras Joseph Tholl en la guitarra y Tobias Lindqvist en el bajo completaron el ataque sin dar respiro.

Lo que siguió fue una masterclass de heavy metal clásico que incorporó la intensidad del speed metal. “Undying Evil” hizo aparecer a los primeros pogos mientras los más veteranos levantaban el puño recordando por qué amamos este género. La banda no se guardó nada, recorriendo su discografía con inteligencia y dejando claro que cada álbum tiene algo importante que aportar.

Con “From Beyond”, la canción que da título a su último disco, la cosa tomó otra dimensión. Olof se acercó al borde del escenario, inclinándose hacia el público, compartiendo los coros con una entrega total. No había distancia entre la banda y el público. Solo energía circulando de un lado al otro.

El momento emotivo de la noche llegó de sorpresa con el cover “Dying Young” de Black Sabbath, “Mesmerized by Fire” del álbum Death by Fire funcionó como un mantra hipnótico, con ese riff que se te mete en la cabeza y no te suelta.

La presencia escénica de Olof merece un párrafo aparte. El tipo no paró de moverse, de sonreír, de interactuar. Cada canción era una celebración, cada solo una excusa para conectar visualmente con alguien del público. No había poses estudiadas ni actitudes rock star vacías. Solo genuino amor por lo que estaban haciendo, y eso se contagia.

El repertorio continuó con un solo de batería para calmar un poco a las fieras y hubo lugar para ese clásico “Take Me Out of This Nightmare” que jugaron con el público y extendieron la canción en un par de minutos para luego desaparecer del escenario.

La noche llegaba a su fin y al concierto le quedaban dos canciones, la primera de ellas, Cuando la banda abandonó el escenario después del set principal y por supuesto, regresaron. No para cumplir un protocolo, sino porque genuinamente querían seguir tocando. El encore incluyó a “Katana”, canción que demostró que el speed metal y las melodías épicas pueden convivir perfectamente cuando sabés lo que estás haciendo. Le siguió “Midnight Vice” que cerró una noche que dejó a todos con una sonrisa de oreja a oreja y las gargantas destrozadas de tanto cantar.

Pero acá no terminó todo, cuando las luces se encendieron y el público comenzó a dispersarse, los suecos hicieron algo que no todas las bandas internacionales hacen: se acercaron a la puerta del venue para charlar y sacarse fotos con quienes esperaban el momento cerrando así una gran jornada para todos.

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Jinjer en Madrid: “Magia, Brutalidad y Grandeza”
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Crónica y fotos: Monro.vs

La noche del 7 de febrero Madrid abría sus puertas a los ucranianos de Jinjer, quienes venían acompañados de Textures y Unprocessed gracias a Route Resurrection.

La primera banda en subirse al escenario fueron Textures, quienes comenzaron su concierto tocando una canción de su último trabajo de estudio lanzado en 2026: Genotype. Desde el principio la energía de los neerlandeses fue arrolladora y el público se volcó con todas las canciones que tocaron desde “Closer to The Unknown”, hasta el cierre con “Laments of an Icarus”, pasando por “Measuring the Heaven” o “Timeless”. La banda monstruo un sonido arrollador y dinámico, entre el que podríamos destacar la voz Daniel de Jongh demostrando una potencia y una fuerza en directo digna de recordar.

El siguiente turno fue para Unprocessed, quienes, al igual que sus antecesores, empezaron tocando una canción de su último trabajo: Angel, lanzado en 2025. El tema escogido fue “111”. La banda alemana de metalcore venía con las pilas cargadas y trajeron con ellos una energía juvenil cargada de buen rollo y sonidos vibrantes. La sala se volcó con canciones como “Glass”, “Lore” o “Terrestrial”. Los pogos, que ya habían empezado en el concierto anterior, cada vez eran más grandes y enérgicos. Unprocessed dejó al público alborotado y con los motores cargados para el plato fuerte de la noche: Jinjer.

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Con la sala a oscuras, comenzaron los primeros acordes con los que la Wagon recibiría a los miembros de la banda. Fueron saliendo de uno en uno con una tenue luz azul, hasta que un destello de luz blanca iluminó a la estrella de la noche Tatiana Shmaylyuk. Acto seguido comenzó el espectáculo, arrancando con “Duél”, canción encarnada en el disco con este mismo nombre que fue lanzado el año pasado; aunque no todo fueron temas nuevos pues nos deleitaron con una increíble variedad de canciones de todo su recorrido, entre las que podríamos destacar “Vortex” o “Teacher”, dos de los temas más representativo de los ucranianos.

El concierto duró aproximadamente una hora, fue una hora de pura magia. Tatiana demostró una vez más que tiene una de las mejores presencias en el escenario de la escena internacional. Vibró con todas las canciones, dejándose el aire en cada una de ellas. Sin embargo, de Tatiana destacan muchas cosas, no solo la puesta en escena, y una de ellas es la calidad vocal y técnica. Demostró una vez más unos impecables cambios de voz que oscilaban entre lo gutural y lo melódico, es una de estas artistas que demuestran una y otra vez que ir a sus conciertos en directo merece la pena.

Todo esto provocó un público extasiado que hizo retumbar la sala al ritmo de las canciones de Jinjer, vivimos desde pogos hasta crowd surfing, para muchos fue una noche inolvidable llena de buenas vibras y buena música

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Smith/Kotzen en Madrid: “Dos gigantes, un escenario”
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Texto y Fotos: Oscar Gil

Estamos de enhorabuena en Madrid, y es que se nos juntaban dos celebraciones. Para empezar estamos ante la primera visita a Europa juntos de Smith/Kotzen, dupla compuesta por Adrian Smith, legendario guitarrista de Iron Maiden, y Richie Kotzen, virtuosismo puro que este 3 de febrero estaba de cumpleaños. La Riviera se vestía de gala para recibir a este dúo que con este segundo disco ha dado el salto definitivo a Europa.

La sala mostraba un ambiente un tanto desangelado para lo que estamos habituados en la mayoría de conciertos, y es que La Riviera estaba lejos de su habitual ‘sold out’. Aun así no deja de ser una gran entrada para recibir a estos dos gigantes de la música.
Con ello y a eso de las nueve y diez de la noche aparecían en escena a nuestra izquierda Adrian Smith y a nuestra derecha el cumpleañero Richie Kotzen que arrancaba sin ninguna concesión con “Life Unchained” y la celebrada “Black Light”, todo un acierto con ese riff y esos solos que se abren paso ante la voz de Adrian y Richie que van alternando y empastan a la perfección, para llegar a un poderoso estribillo.

Turno ahora para “Wraith” y la clase bluesera de “Glory Road”, qué auténtica delicia aunque el estribillo no hace justicia al resto de la canción. “Hate and Love” nos trae ese duelo de estilos a la guitarra, esas escalas de Smith y esas melodías de Richie sin púa para las delicias del público. Intro deliciosa la de “Blindsided” con un sonido perfecto que da paso a ese riff enroscado que nos mete en una dinámica veloz.

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Llega así uno de los hits del combo con “Taking My Chances”, sin duda de las más coreadas con ese estribillo cargado de talento. También del último disco es una preciosa “Darkside” cargada de melodía desde el segundo cero, dejando paso a la voz de Smith y alternando de nuevo con Kotzen en un corte que nos recuerda por acordes a bandas como Bon Jovi.
“Outlaw” y “Got a Hold on Me” nos dan un respiro para enlazar con otro hit como “White Noise” en la que la voz de Richie hace diabluras en un corte más seco y directo que funciona a las mil maravillas. La belleza ahora de “Scars”, su éxito entre éxitos, hace las delicias del respetable, y es que es coreable, pegadiza, y con unas melodías que no dejan indiferente a nadie, calidad pura.
Nos estábamos acercando peligrosamente al final ya ahora con “Running”, y en teoría la definitiva “Solar Fire”, el nuevo himno del dúo que lo tiene todo, velocidad, punteos, una estrofa que por momentos nos transporta incluso a bandas como Kiss, para romper en un estribillo virtuoso con un Richie Kotzen de nuevo sublime. Pocos peros a un combo que se despedía momentáneamente de las tablas.

Tras un breve reposo, regresaba sólo al escenario el bueno de Richie para interpretar una pieza suya como “You Can’t Save Me” e introducir al resto de la banda progresivamente, una delicia. El final de fiesta lo ponía una gloriosa “Wasted Years” de Iron Maiden, con Adrian poniendo su nota y su sonido a esa intro tan aclamada desenfundando todos los móviles en la sala, aunque quizás a nivel vocal quedó un tanto descafeinada, y es que aunque Richie hace una buena labor en el estribillo, no olvidemos que Adrian es la segunda voz de este tema, no la principal.
Así se cerraba una auténtica celebración de la música, ¡y de cumpleaños! Una noche organizada por Madness Live que nos deja la sensación de haber degustado caviar durante hora y media sin prácticamente interrupción, una velada de auténtico lujo.

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Paleface Swiss en Barcelona: “Mas allá del Beatdown”
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El pasado 4 de Febrero teníamos una cita en la Sala Razzmatazz 2 de Barcelona con una de las bandas que más ha crecido en los últimos años dentro de la escena del Deathcore/Beatdown.

Los suizos prepararon un cartel a la altura de su “The Wilted Tour 2026” por Europa, presentando el EP lanzado a principios de este año con el mismo nombre. Static Dress daba el pistoletazo de salida a una tarde de metal moderno que arrancaba muy pronto en la ciudad condal. Una propuesta que parece salida de finales de la década de los 2000 con una clara apuesta por el Post Hardcore/Emo que influenció a un gran número de personas durante esos años. Un buen sonido, una grandísima actitud y temas como “.face” o “Death To The Overground” nos hicieron recordar que, efectivamente, no era solo una fase.

A continuación pudimos disfrutar de los norteamericanos Stick To Your Guns. Una banda que lleva prácticamente 20 años siendo referentes dentro de la escena Hardcore/Punk con un claro mensaje reivindicativo y que llegaban en plena forma después del gran éxito de su reciente álbum Keep Planting Flowers . La energía fue desbordante desde los primeros compases de “Diamond” y no bajó ni un ápice hasta las últimas notas de “Nobody”. Un moshpit que no paró, un Jesse Barnett incomensurable y la ya habitual sintonía entre la banda y el público hicieron del concierto otra prueba más de que los californianos tienen cuerda para rato.

Y aún con el subidón del concierto anterior, Paleface Swiss aterrizaba en Barcelona para volver a demostrar el salto de gigante que ha dado la banda desde el pasado 2025 y su álbum Cursed. Los suizos hicieron gala de su ya conocida potencia en directo y pudieron saldar la “deuda” que arrastraban con el público barcelonés de su anterior gira y el reducido aforo que hubo (en la misma Razzmatazz, pero la sala 3). Zelli y el resto de la banda hicieron demostración de la gran variedad de registros que han incorporado a lo largo de su trayectoria: recordando que siguen sonando muy duros con temas como “The Rats”, “Nail To The Tooth” o la más reciente “Let Me Sleep” pero que también reflejan otro tipo de emociones en canciones como “Everything’s Fine” o “River Of Sorrows” (que contó con la plena participación del público allí presente). Mencionar que también pudimos disfrutar de la reciente colaboración “Instrument Of War” entre Paleface y Jesse de Stick To Your Guns, un auténtico placer.

En resumen, un exhibición de como llevar el Deathcore/Beatdown a grandes salas y festivales incorporando elementos que hay quien puede considerar “comerciales” pero que a mi entender hacen que cada vez más gente pueda adentrarse en géneros que parecen reservados a unos pocos “guardianes” del metal (en este caso, underground).


 

 

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Desaster en Barcelona: “La hermandad del acero”
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Entrar al Joker’s House de Barcelona, en el corazón áspero de Sant Andreu, es aceptar que durante unas horas el mundo exterior deja de importar. El aire no se respira: se mastica. Es una aleación espesa de combustión de motor, cuero curtido y electricidad latente, esa estática invisible que siempre precede a la catástrofe. Desde la ladera industrial del Besòs, este templo de hormigón donde el rock y las motos dictan la ley del asfalto se prepara para otra noche de comunión extrema. El rugido grave de las máquinas que patrullan el exterior se funde en un solo abrazo con el estruendo de los amplificadores que, puertas adentro, ya escupen fuego. Lamentablemente nos perdimos la actuación de Cárcava por motivos de horarios laborales pero si ver a Atonement aquí no es asistir a un concierto: es sumergirse en una liturgia de metal extremo, gasolina y acero. Con la alineación formada por Salva (voz y guitarra), Pau (bajo) y A. (batería), más el cantante abrazan el cuarteto barcelonés despliega un sonido sin concesiones que cabalga entre el black, el thrash y el death más old school, encajando con precisión quirúrgica en la estética ruda y sin barniz del local. Esa noche, la parroquia del metal respondió al llamado: el club se abarrotó hasta los cimientos, convertido en una olla a presión donde la hermandad eléctrica se respiraba —o se masticaba— en cada rincón.

Mi cámara, un ojo de cristal sediento de fotogramas, se eleva desafiando la gravedad. Busco la perspectiva cenital, esas tomas aéreas capaces de capturar la marea humana: chalecos repletos de parches, muñequeras de clavos, camisetas empapadas de sudor. Un océano de metal líquido fluye bajo mis pies mientras, a través del visor, documento la velada como quien registra una guerra santa.

El ritual comienza con la frialdad cortante de “El tirano del páramo” y “Eterno retorno”. Desde los primeros compases, Atonement delimita su territorio: sombras densas, velocidad implacable y una hostilidad controlada que cala en el cuerpo. El sonido rebota en las paredes como un animal enjaulado. Con “Sangre derramada” y la incisiva “Gossos negres de la mort”, la temperatura del recinto se dispara; el guitarrista y el bajista se intercambian posiciones sin descanso, invadiendo el espacio, rompiendo la barrera invisible entre escenario y público, borrando cualquier jerarquía.

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Con el asalto de “Peste bubónica”, el cantante ya ha abandonado cualquier atisbo de contención. A torso desnudo, escupe las letras como si fueran un exorcismo personal, encendiendo definitivamente la mecha de un público que quema ruedas de pasión en cada riff, en cada golpe de caja. El sudor gotea del techo. El suelo comienza a encharcarse.

El tramo final es demoledor. La crudeza herrumbrosa de “Metal oxidado” y el frenetismo salvaje de “Saqueadores de tumbas” llevan la locura colectiva al límite. La sala entera parece balancearse en una cabalgata infernal que culmina con “Jinete de la muerte” y el cierre sepulcral de “Entre las tumbas”. Entre el calor humano y una condensación heavy casi tangible, Atonement deja claro que en el metal no se escucha: se sobrevive.Pero la noche aún guarda más fuego, y lo que viene no es un epílogo, sino una segunda embestida destinada a dejar cicatriz.

La ofensiva continúa con la banda teutónica estelar Desaster y su primer dardo, “Satan’s Soldiers Syndicate”, y desde mi ángulo elevado el despliegue técnico de los músicos se transforma en una auténtica danza de guerra. El tema se abre con un riff clásico, casi marcial, de aroma teutónico, que actúa como una llamada a filas para la hermandad metálica. No hay florituras ni engaños: es metal de trinchera, directo al pecho, que impone orden dentro del caos. El público responde al instante, puños en alto, cabezas girando al unísono, como si ese primer riff activará un resorte ancestral.

A la izquierda del escenario, Infernal (Markus Kuschke), miembro fundador y motor compositivo, se alza como un arquitecto del caos. Su presencia es firme, casi hierática, pero sus manos no conocen la quietud. Los dedos dibujan riffs imposibles, precisos y venenosos, alternando ataques rápidos con figuras más pesadas, destilando un odio purista que se percibe tanto en el sonido como en la mirada. Cada nota parece colocada con intención bélica, como si la guitarra no fuera un instrumento, sino un arma ritual.

En el centro, la imagen parece arrancada de otro siglo. Odin (Volker Moritz), fiel a la banda desde 1992, encarna la estética más cruda y primigenia del black metal. Con el torso desnudo y su icónico corpse paint lleno de cuero, machaca las cuatro cuerdas con una violencia casi tribal, sin poses ni concesiones. En “Devil’s Sword”, el bajo adquiere un protagonismo cortante, marcando un pulso afilado que atraviesa el cuerpo como una hoja; mientras que “Learn to Love the Void” se despliega más oscura y envolvente, con un tempo medio que aplasta lentamente al oyente, creando una sensación de vacío y gravedad que se instala en el pecho.

Cada disparo del obturador congela el sudor y la furia de Hont (Marco Hontheim), el huracán que desde 2018 sostiene la batería con una solvencia brutal. Su pegada es una ametralladora rítmica: blast beats precisos, redobles quirúrgicos y cambios de ritmo ejecutados con una naturalidad insultante. No hay exceso ni descontrol; hay resistencia física, técnica y una violencia medida que mantiene en pie estructuras complejas sin perder un ápice de agresividad. Es el motor que impide que la maquinaria se desmonte.

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Presidiendo este apocalipsis se alza Sataniac (Guido Wissmann). Su presencia es tan imponente, tan cargada de una autoridad malsana, que genera a su alrededor un vacío de respeto casi ritual. A pesar de que el mosh hierve a escasos centímetros de sus botas, nadie se atreve a cruzar ese límite invisible. Mientras escupe las letras de “Damnatio Ad Bestias”, con su ritmo aplastante y su tono de condena pública, la sala parece someterse a un juicio colectivo. “Stellar Remnant”, más veloz y afilada, intensifica la sensación de amenaza constante, como si cada verso fuera una sentencia pronunciada desde lo alto del escenario.

La cámara sobrevuela el epicentro del pogo cuando “Symphony of Vengeance” prepara el terreno con su estructura cambiante y su crescendo constante. El tema actúa como una espiral que aprieta poco a poco, acumulando tensión hasta que el hormigón parece a punto de ceder. Y entonces llega el momento esperado: el himno “Teutonic Steel” actúa como detonación final. El riff principal, simple y devastador, se convierte en un grito colectivo; cientos de puños perforan simbólicamente el techo mientras la sala entera se transforma en una masa compacta de sudor, acero y devoción.

La liturgia continúa sin concesiones por “Nekropolis Karthago”, oscura y ceremonial, con un aire casi fúnebre que ralentiza el pulso sin perder intensidad, y por la marcha implacable de “Towards Oblivion”, que avanza como un tanque sin frenos, empujando a la audiencia hacia un agotamiento feliz. El visor captura a la hermandad de los hellbangers completamente desatada con “Divine Blasphemies” y “Sacrilege”, dos descargas de agresión directa que no dejan margen para la tregua, antes de que “Metalized Blood” se alce como lo que es: una auténtica declaración de principios, un himno a la esencia del metal convertido en comunión colectiva.

Cuando las luces amenazan con devolvernos a la realidad, el Joker’s Club se niega a morir. Cientos de gargantas rugen exigiendo más carne, más acero, más fuego. El sudor cae del techo, el suelo es ya un lodazal, pero nadie quiere abandonar el ritual. Ante esa presión volcánica, Desaster rompe el guión y lanza un final apoteósico fuera de libreto: la gélida “In a Winter Battle”, fría y marcial, que corta el ambiente como un viento helado, y el cierre definitivo con el cover de Slayer “Black Magic”, un rito de paso, un homenaje y una declaración de lealtad que convierte la sala en un estruendo de gloria compartida.

Guardo la cámara con la certeza de haber atrapado algo irrepetible: desde el cenit hasta el suelo encharcado de sudor, el alma de una noche en la que el cuero, las tachuelas y el espíritu indomable del metal fueron nuestra única bandera.

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Tarja en Barcelona: “Emoción y clásicos”
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Desde el momento en que las puertas de la Razzmatazz se abren a las 17:45h y el aire fresco de Barcelona se mezcla con el calor expectante de la sala repleta, asumo mi lugar en la pista para dar comienzo a una odisea que trasciende lo musical. Eran las 18:05h, pero para Serpentyne el reloj no marcaba el inicio de un set, sino el momento de fracturar el presente para invocar un mundo que ya no existe. Su labor en esta gira 2026 trasciende el simple calentamiento del ambiente; son los arquitectos de una atmósfera donde el metal sinfónico se funde con el mito. Al frente, Maggiebeth Sand no solo canta, sino que actúa como una suma sacerdotisa que canaliza la historia a través de su voz y las cuerdas ancestrales de la nyckelharpa. A su flanco, Lee Wilmer en la guitarra y Nigel Middleton al bajo trazan líneas de fuerza que sostienen la estructura sonora, mientras John Haithwaite expande el horizonte desde los teclados. La reciente incorporación de Marco Biagini a la batería ha sido el catalizador definitivo, inyectando una agresividad técnica y una pegada que eleva nuestra propuesta a una dimensión de contundencia inédita.

Ataviados con ropajes que evocan la mística del Medievo y el Renacimiento, transforman y refuerzan la narrativa de guerreras eternas como Boudicca o Juana de Arco. El set, aunque breve, es un viaje transgresor que arranca con la liberación de Away from the World y atraviesa los paisajes espectrales de Spirits of the Desert, la oscuridad de The Dark Queen y la tragedia de Helen of Troy, para culminar en la descarga salvaje de Viking Blood. Lo que Serpentyne entrega es un sonido híbrido: una danza hipnótica entre riffs pesados y arreglos ancestrales que deja al público sumido en un trance de misterio, épica y gloria guerrera.

Sin embargo, el hechizo se rompe de forma magistral cuando el testigo lo recoge Rok Ali and the Addiction. Aquí, la elegancia sinfónica cede el paso a la fuerza bruta de Nashville. Como Alison “Rok Ali” Krebs, me planto ante la multitud con una energía que no pide permiso, apoyada por un auténtico escuadrón de mercenarios del rock que entienden que la pureza está en la ausencia de artificios. No hay samplers, no hay secuencias, no hay red de seguridad: solo el rugido de los amplificadores de válvulas y la electricidad suspendida en el aire. Chris Nix castiga su guitarra con solos que cortan como cristales, mientras la base rítmica de Lee Beverly y Mark Poiesz golpea con una precisión industrial pero llena de alma. Temas como Keep My Secrets, Pulse, Can’t Stop y The Beast se suceden como detonadores en una reacción en cadena, conectando con las fibras más primarias de la audiencia. El sonido es robusto, crudo, noblemente sucio, creando una comunión inmediata donde la energía fluye sin filtros. Cuando finalmente bajamos del escenario, la sala no solo está caliente; está cargada de una estática vibrante, como una atmósfera saturada antes de que el rayo decida dónde golpear.

Y el rayo golpea exactamente a las 19:35h cuando, como Marko Hietala, da un paso al frente bajo los focos. El cambio de densidad es palpable; ya no se trata solo de un concierto, sino de una declaración de principios de un músico que ha recuperado su soberanía absoluta. Con mi bajo de mástil tallado a modo de estandarte, se rodeo del virtuosismo camaleónico de Tuomas Wäinölä, la sofisticada arquitectura sonora de Vili Ollila y el latido tectónico de Anssi Nykänen en la batería. Este show es un ejercicio de honestidad brutal y madurez artística; entre canciones, se tomó un momento para hidratarse, para bromear con el público sobre las cicatrices del tiempo y los beneficios de la sobriedad, dejando que esa claridad vital se filtre en una voz que suena más firme, rica y expansiva que nunca. Frankenstein’s Wife abre el bloque con una teatralidad oscura que eriza la piel, seguida por la sacudida de Rebel of the North y la solidez de Stones. En Impatient Zero, exhibe un músculo técnico que deja sin aliento, pero es en The Dragon Must Die donde ocurre la verdadera magia: la guitarra de doce cuerdas teje una base acústica tan delicada como poderosa, elevando la interpretación a un plano espiritual. Tras la profundidad emocional de Roses From the Deep, cierra  la ceremonia con homenaje a Ozzy con el rugido icónico de War Pigs, una oda a la rebeldía que retumba en los cimientos de la sala, confirmando que, aunque el camino haya sido largo, el espíritu del rock sigue ardiendo con una sabiduría renovada y una fuerza imparable antes de entregarle el alma de la noche a Tarja.

Y entonces llega la hora señalada. A las 21:00h, bajo el manto eléctrico de este 2026, la ciudad deja de ser una coordenada y se transforma en el epicentro de una colisión estelar que llevaba décadas gestándose. Yo me descubro parte de una hermandad de almas expectantes cuando Tarja Turunen toma el escenario. No entra, se manifiesta. La emperatriz de hielo y fuego se presenta con una calma imponente, consciente de su legado y de su presente, escoltada por una guardia pretoriana de virtuosismo absoluto: Doug Wimbish de Living Colour retorciendo el bajo como si manipulara materia oscura, Alex Scholpp levantando muros de fuego con cada acorde, Julián Barrett inyectando pasión desde la guitarra rítmica, Alex Holzwarth marcando el pulso con precisión divina y Guillermo De Medio envolviendo todo en texturas sinfónicas que abrazan la sala como un sudario de estrellas. El arranque con “Eye of the Storm”, “Undertaker” y “500 Letters” es una declaración de dominio, y Tarja rompe cualquier barrera al tomar el móvil de un fan y capturar el momento desde el escenario, recordándonos que la grandeza también puede ser cercana. Tras “Crimson Deep”, “Demons in You” y “Victim of Ritual”, la noche gira hacia dentro, hacia el núcleo emocional que terminará definiéndolo todo.

El escenario se adelanta, las luces se suavizan y la banda se sienta en taburetes en primera fila, al mismo nivel que nosotros. No hay distancia, no hay escudos. El set acústico se convierte en un confesionario colectivo, un momento de verdad absoluta. “The Crying Moon” flota frágil y mística, con la voz de Tarja desnuda, cortando el silencio como una hoja de obsidiana; “Feel for You” se transforma en una caricia íntima, sostenida por arreglos contenidos y miradas cómplices; “Eagle Eye” actúa como un puente espiritual que suspende el tiempo y une las respiraciones de toda la sala. Y entonces llega “Higher Than Hope”. Sentados juntos, Tarja y Marko Hietala entrelazan voces y cicatrices en una interpretación que trasciende la nostalgia para convertirse en redención. La canción de Nightwish, despojada de su épica original, se vuelve humana, casi terapéutica, elevada por los arreglos sutiles de Guillermo De Medio y el pulso delicado de Wimbish, mientras Scholpp y Barrett tejen un nido de cuerdas perfecto. No hay gritos, no hay histeria: hay silencio reverente, piel erizada y una emoción que pesa toneladas.

Cuando la calma se rompe y la aplanadora heavy vuelve a ponerse en marcha con otro hit de Nightwish “Wishmaster”, el impacto es sísmico. Los móviles se alzan como luciérnagas en trance y el reencuentro entre Tarja y Marko en “Slaying the Dreamer” y “Silent Masquerade” confirma que su química es una fuerza de la naturaleza, inmune al paso del tiempo. Tarja abandona brevemente el escenario y regresa convertida en la diva absoluta, envuelta en un corse de cuero y falda negro como la noche, imponiendo autoridad con cada gesto. El tramo final es una embestida implacable: “Dead Promises”, “Wish I Had an Angel” otra del cancionero Nightwish y “Until My Last Breath” caen como martillazos finales que sellan la noche. No fue simplemente un concierto; fue un rito de paso, una ceremonia sagrada donde el tiempo se detuvo para rendir pleitesía a la soberana absoluta del metal sinfónico, cuya voz no es un mero instrumento, sino un puente tendido entre lo terrenal y lo divino. Tarja Turunen se alzó sobre el escenario como la personificación de la resiliencia, fundiendo su majestuosidad nórdica con una calidez humana desbordante que se manifiesta en su profunda conexión con la lengua de Cervantes; ese español que domina con dulzura y que utiliza para derribar cualquier barrera entre el mito y su audiencia. Su presencia es un recordatorio contundente de que la verdadera magnitud de una leyenda no se mide por la técnica —que en ella roza lo sobrenatural— sino por su simpatía genuina y su capacidad de convertir la vulnerabilidad en una armadura invencible. Al final, la mayor fuerza del metal no reside en la distorsión ni en el volumen, sino en la verdad inquebrantable que Tarja se atreve a revelar cuando todo se queda en silencio y solo queda su eco, cargado de gratitud y cercanía, vibrando para siempre en la eternidad.

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Claudio O’ Connor & DarloTodo en Buenos Aires: “Una bestia suelta en Flores”
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En un febrero que no da tregua, Claudio O’ Connor el referente de la voz del metal pesado nacional volvía al teatro Flores. Con DarloTodo como apertura y una banda renovada, el ex Hermética repasó su historia en una fecha marcada por el calor y la lealtad de su público.


Mientras transitamos un febrero que castiga con el clima, el pasado sábado 7 la cita obligada para el ambiente fue en la catedral de la música. El plan era claro: ver a Claudio O’Connor en un recinto que conoce de memoria. Con una temperatura que afuera rondaba los 30 grados, pero que adentro se sentía mucho más alta, el público se bancó el calor para ser parte de un ritual donde el pasado y el presente del cantante volvieron a cruzarse.

Al llegar al lugar, el desfile de remeras de “La H” y Malón sobre Rivadavia confirmaba que la convocatoria de Claudio sigue firme. Si bien la convocatoria a la hora de la apertura de puertas era bajo, con el correr de los minutos, todo iba cambiando.

El única acto “soporte” estuvo a cargo de DarloTodo. En esta oportunidad, por razones que no se dieron a conocer, la presentación de la banda se vio acortada y ejecutaron pocos temas, pero lo hicieron con la misma potencia de siempre. El set arrancó, como de costumbre, con “Libérame”, haciendo sentir esa explosión característica del inicio de la canción.

Ya desde el inicio se notó a un Juan Massot que descoció el bajo, mientras que Penumbra tras los parches sigue liderando la agrupación marcando el ritmo. Por su parte, el “nuevo, no tan nuevo” guitarrista (Adrian Basile) se mostró cada vez más afianzado en su rol. La poderosa voz de Lucas quedó marcada, como siempre, al finalizar “La Venganza”, momento en el que terminó arrodillado en el suelo del escenario. Lamentablemente no hubo foto de ese final; el telón se cerró de golpe, pero dejaron una marca más en el público de Flores.

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Pasadas las nueve de la noche, las luces se apagaron para recibir a Claudio O’Connor. El lugar destacó por un sonido impecable, permitiendo que la soltura de los músicos acompañantes luciera en todo su esplendor. Esta vez, el cantante se rodeó de una formación de gran nivel: Juan Massot en el bajo, Penumbra en batería y el gran batallador de la escena, Pehuén Berdún, en guitarra.

Pehuén, reconocido por su trayectoria en bandas de peso como Plan 4 y Hermanos de Sangre, demostró una calidad técnica superior que le sentó bien a los himnos de siempre.
Tras los músicos, una gran pantalla presentaba imágenes realizadas con Inteligencia Artificial que acompañaban cada tema. Algunas mostraban un Claudio dibujado con un perro, otras calaveras, y no podía faltar la clásica “H” que se proyectó con fuerza cuando ejecutaron el cover de Hermética.

El set fue una piña tras otra. La lista arrancó con “La maldad” y no dio respiro. Sonaron piezas fundamentales como “Se extraña araña”, “1976”, “Río extraño”, “Quien pudiera”, “Bendecido” y “No te aflijas”. También hubo tiempo para la ejecución de dos covers de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: “Rock para el negro Atila” y “Yo caníbal”, que fueron celebrados por todo el recinto.

En total fueron 21 canciones donde se lo vio a Claudio rejuvenecido espiritualmente y muy contento. A diferencia de lo que sucede en sus presentaciones con Malón o La H No Murió, donde en varias oportunidades parecería que se ayuda con el teleprompter o dejando cantar a la gente, esta vez todo fluyó de forma natural, como hacía años no sucedía.

No hubo mucha participación con el público; agradeció pocas veces a los presentes, a su familia, se pudo visualizar a Carlos Kuadrado en la platea, a la banda y dió la noticia que que pronto habrá nuevo disco y dejando que la música fuera el único puente. Finalmente, “Atravesando todo límite” de Hermética puso fin a un show que se disfrutó muchísimo por lo musical y por la carga histórica de su pasado y presente reunidos en una misma noche.

Nos fuimos de Flores con la sensación de haber visto un show que reafirma la vigencia de Claudio O’Connor.

Fue una fecha donde la experiencia y los nuevos músicos se unieron para demostrar que el metal pesado sigue teniendo su espacio. A pesar del clima inhumano, la banda cumplió y el público se fue conforme.

Agradecimientos especiales a Av Producciones, Pinhead Records y a Nadya Cabrera por la gestión para otorgarnos la acreditación y estar presentes en esta nueva cobertura.

 

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Motionless In White en Glasgow: “el Hydro cayó ante el metalcore”
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Texto por Tom Muir

Toda la música tiene sus subgéneros polémicos, y el heavy metal no es la excepción. Hace 20 años, el metalcore era un término a menudo despreciado, y muchas bandas lo consideraban casi un insulto. Aunque los puristas del género solían mirar por encima del hombro a este estilo, el metalcore ha seguido una trayectoria ascendente desde comienzos de la década de 2020, con muchas bandas ofreciendo los conciertos más grandes de sus carreras y recibiendo elogios de medios generalistas.

Posiblemente uno de los nombres más grandes del género, Motionless in White inicia su gira por Reino Unido y Europa con su mayor concierto como cabezas de cartel en Glasgow hasta la fecha (el Hydro, con capacidad para 14.000 personas). Pero ¿tienen lo necesario para demostrar que el género ha superado la prueba del tiempo?

Es una noche gris y nublada en Glasgow, y el público todavía sigue entrando cuando Make Them Suffer sube al escenario. No ha pasado mucho desde la última vez que la banda australiana de metalcore tocó aquí (mayo de 2025 con If Not For Me, Resolve y los claramente fuera de lugar Conjurer), pero ahora tienen la tarea de calentar motores para la velada.

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El recinto es considerablemente más grande, pero la banda está a la altura del reto: pronto empiezan a fluir los riffs y se levantan los cuernos al aire. La mayor parte de los temas se apoya en riffs de medio tiempo con sabor djent, mientras el vocalista Sean Harmanis aporta una voz dominante y consigue activar al público. También hay espacio para la experimentación: entre los riffs percusivos aparecen interludios reforzados por la electrónica de la tecladista Alex Reade, que además contribuye con voces limpias y gritadas.

Las dos últimas canciones descargan ráfagas de velocidad y logran abrir los primeros moshpits de la noche. Incluso en el siempre complicado puesto de banda apertura, MTS consigue dejar al público listo para lo que viene, con muchos asistentes seguramente esperando su próxima visita al Reino Unido.

Dayseeker no impacta con la misma intensidad inmediata que el primero. En lugar de agresividad directa, suenan sintetizadores pulidos llenando la sala cuando la banda estadounidense de post-hardcore toma el escenario.

Cuando el vocalista Rory Rodriguez pregunta cuántos del público ya habían visto antes a la banda, queda claro que para muchos es la primera vez. Aunque hay un grupo de seguidores fieles que los conoce bien, el resto no conecta con la misma facilidad. Pese a estar catalogados como post-hardcore, hay poco hardcore real en su sonido. La mayoría de los temas están guiados por sintetizadores (aunque la banda no lleva tecladista en directo), y algunas canciones apenas rozan la pesadez antes de retirarse rápidamente de ella. Un ejemplo claro es cuando Rodriguez pide un moshpit y los riffs derivan enseguida hacia guitarras limpias brillantes y capas electrónicas, poco adecuadas para ese tipo de reacción.

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Muchas bandas modernas de metalcore se han desvinculado casi por completo de las raíces metal y hardcore del género, y aunque parte del público lo disfrutó, da la sensación de que no encajaban del todo en el cartel (o al menos el orden de las bandas soporte podría haberse invertido). Aun así, recientemente su guitarrista dejó la banda y su bajista está ausente por el nacimiento de su hijo, por lo que es posible que simplemente haya sido una noche irregular en un periodo de ajustes rápidos.

Mientras suenan clásicos del rock de los 80 y europop de los 90 por los altavoces, la expectación por el cabeza de cartel empieza a notarse. El público, que ya era numeroso durante Make Them Suffer, ahora llena el recinto hasta arriba (literalmente en la zona de asientos), mientras crece la tensión previa a la salida de la banda.

Antes de comenzar, Motionless In White muestra su sentido del humor en la intro (la última vez que los vi parcialmente en el Brutal Assault, la música para recoger el equipo fue “Sandstorm” de Darude), proyectando memes de gatos en las pantallas mientras toman posiciones en el escenario.

En cuanto arrancan, la energía del público se multiplica por diez, con el vocalista Chris “Motionless” Cerulli captando la atención de todos desde el primer momento. La banda funciona a pleno rendimiento, con guitarras contundentes y teclados de aire industrial sosteniendo las potentes voces limpias y gritadas de Chris.

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El grupo agradece poder traer por fin al Reino Unido una producción del mismo nivel que en su país, algo que el público celebra. La banda ofrece el espectáculo en vivo que siempre soñó presentar aquí. Las pantallas muestran homenajes cinematográficos y visuales que acompañan la temática de las letras, mientras que la pirotecnia y los bailarines aportan un extra de espectáculo.

También agradecen la respuesta del público y la presencia de varias generaciones de fans en la audiencia: tanto si es tu primera vez viéndolos como si es la sexta, todos son bienvenidos. A lo largo de los 90 minutos de show, queda claro que el público está completamente entregado, sin que la intensidad decaiga (uno de los momentos más llamativos fueron los moshpits liderados por dos asistentes disfrazados de banana). Antes de cerrar con “Eternally Yours”, la banda agradece a sus compañeros de gira y promete volver tras el lanzamiento de un nuevo álbum.

Aunque el metalcore fue alguna vez una etiqueta mal vista, Motionless in White ha logrado superar a muchas bandas pasajeras de su escena inicial y demostrar que, más de 20 años después de su formación, siguen tan fuertes como siempre.

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Alter Bridge en Barcelona: “Reclamando el trono”
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Sevendust no salió a cumplir; salió a matar. Como si fueran los auténticos cabezas de cartel, la banda devoró la sala con una voracidad insultante, transformando su estatus de teloneros en una auténtica toma de rehenes sónica. Desde el primer rugido, fueron una apisonadora emocional que reclamó el trono por derecho propio, convirtiendo el recinto en un hervidero donde solo ellos dictaban las reglas.

Lajon Witherspoon, con una voz que oscila entre el trueno y la caricia, lideró un ritual eléctrico, escoltado por la muralla de riffs impenetrables de John Connolly y por un Tim Tournier que cubrió la ausencia de Lowery con una mística impecable. En el fondo, el bajo de Vince Hornsby hizo temblar los cimientos, pero la verdadera bestia fue Morgan Rose.

Encarnando su estética Alien Freak, Rose apareció con un maquillaje agresivo y cadavérico: una guerra de blanco y negro sobre su rostro que, mezclada con el sudor y el caos de sus redobles acrobáticos, le otorgaba una ferocidad inhumana. Verlo era presenciar un exorcismo rítmico que culminó con el baterista lanzando sus baquetas a las gradas, como quien entrega sus armas tras una victoria total.

El setlist fue una ejecución perfecta: la oscuridad de “Black”, la rabia de “Enemy” y la mística de “Praise” prepararon el terreno para el asalto final. Con “Denial” y el cierre apocalíptico de “Face to Face”, la estocada definitiva fue una explosión de energía tan absoluta que, al encenderse las luces, el público quedó con la mirada perdida y el alma exhausta, consciente de que acababa de presenciar cómo Sevendust, jugando en casa, en el corazón de sus fieles, se había merendado la noche sin dejar ni las migas.

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La velada continuó como un ejercicio de poderío sonoro y vanguardia estética, donde Daughtry trascendió su herencia post-grunge para abrazar una identidad puramente industrial, oscura y profundamente técnica. Desde el instante en que las luces se extinguieron, el recinto quedó sumergido en una atmósfera densa y eléctrica, anticipando una liturgia de rock moderno. Chris Daughtry emergió como un tótem bajo el foco cenital, portando su icónica Gibson Explorer blanca a la espalda con la solemnidad de quien carga una armadura.

Su magnetismo fue absoluto: alternó momentos de una fisicidad visceral —colgado literalmente del pie de micrófono— para proyectar una voz que ha ganado en matices rasgados, con ataques de guitarra que sellaban las secuencias electrónicas lanzadas desde el set de Elvio Fernandes. A su lado, la cohesión de la banda resultó abrumadora: Brian Craddock sostuvo la arquitectura rítmica con una precisión quirúrgica, mientras que el bajo profundo de Marty O’Brien y la batería de Anthony Ghazel —revelado como un motor de alta cilindrada con un doble pedal demoledor— redefinieron la contundencia de temas como “The Seeds”, “Divided” y la opresiva “The Bottom”.

El clímax de la noche llegó con un hito que puso a prueba la técnica del grupo: una soberbia interpretación del clásico de Journey “Separate Ways (Worlds Apart)”. En este punto, Elvio Fernandes se erigió como el arquitecto del sonido actual y al teclista recrear los sintetizadores ochenteros bajo una afinación baja y pesada, logrando una simbiosis perfecta entre nostalgia y metal alternativo que desató una euforia colectiva sin precedentes. Tras atravesar la intensidad de “The Day I Die”, la rabia de “Antidote” y la densidad rítmica de “The Dam”, la banda ofreció un respiro emocional con “Pieces”, permitiendo que la vulnerabilidad vocal de Chris preparara el terreno para el asalto final.
El cierre del set principal con “Heavy Is the Crown” hizo temblar los cimientos del lugar antes de un breve y tenso silencio que precedió al encore. El retorno fue definitivo con “Artificial”, donde el despliegue de luces estroboscópicas y distorsión mecánica alcanzó su cénit; Chris, tras acompañar con unos últimos acordes la secuencia electrónica final, dejó la Explorer en el suelo, permitiendo que el feedback resonara en el aire como el eco de una noche histórica.

La noche prosiguió con el plato fuerte: una liturgia de acero y voltios. Con el What Lies Within Tour aterrizando en Barcelona, Alter Bridge no solo presentó su octavo álbum; reclamó su trono en el Olimpo del hard rock ante una congregación donde acentos guiris e hispanos se fundían en una única religión de distorsión.

El ritual comenzó con “Silent Divide”. El aire se espesó cuando Scott Phillips, soberano desde su plataforma en las alturas, marcó el pulso de una maquinaria perfecta. Myles Kennedy apareció contenido, pero para la tercera descarga, “Cry of Achilles”, la chaqueta voló por los aires: fue el despojo de la armadura. La pista central se convirtió en un hervidero de almas, un remolino de brazos que buscaban alcanzar el techo de la sala.

En “Playing Aces” y “Fortress”, el diálogo entre las guitarras fue una danza de esgrimistas. Mark Tremonti, con su técnica quirúrgica, levantó catedrales de sonido mientras Brian Marshall sostenía el cielo raso con un bajo que se sentía en el esternón. El momento de la transmutación llegó con “Burn It Down”: Tremonti asumió el rol de sumo sacerdote vocal, demostrando que su garganta tiene el mismo fuego que sus dedos, mientras las seis cuerdas lloraban bajo su mástil.

Tras el vendaval de “Addicted to Pain” y la épica de “Open Your Eyes”, llegó el remanso necesario. Con “Watch Over You”, esa balada imprescindible, el tiempo se detuvo. Myles, tras hipnotizar al respetable, rompió el protocolo con una improvisación country que se llevó una ovación de gala: un guiño de virtuosismo puro antes de retomar la furia con “Silver Tongue” y el himno de esperanza “Rise Today”.

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El final fue un asalto a los sentidos. “Metalingus” preparó el terreno para la estocada definitiva. El silencio de las luces apagadas fue solo el preludio del rugido. Los “¡Oé, oé, oé!” futboleros funcionaron como un conjuro de invocación. La banda regresó para el encore y Myles, en un gesto de elegancia suprema, acarició el mástil regalando unos compases de la “Blackbird” de The Beatles, un guiño sutil que sirvió de puente hacia su propia y homónima obra maestra, donde el solo de guitarra se elevó como una oración eléctrica.

Como un estallido de furia controlada, “Isolation” se erigió como el martillazo definitivo sobre el escenario. Si en el pasado fue un pilar intermedio, en esta noche barcelonesa reclamó su trono como cierre absoluto. Entre muros de distorsión y la voz desgarradora de Myles Kennedy, Alter Bridge no se despidió: se consumió en un incendio de velocidad y agresividad, dejando el eco de un final legendario grabado en las paredes de la ciudad.
Y, como pleitesía final, la banda se fundió en agradecimientos, lanzando púas y baquetas a mansalva como reliquias para una parroquia fiel.

Mientras los músicos se evaporaban en una furgoneta negra, directos al cenit del descanso, y dejaban a los fans con la mirada clavada en la puerta de salida, el eco de los riffs seguía vibrando en las paredes. Alter Bridge pasó por Barcelona y lo que dejó no fue solo ruido: fue la esencia máxima del rock, grabada a fuego.

 

 

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Paleface Swiss en Madrid: “Una noche sin respiro”
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Crónica y fotos: Juli G. López

Después de su espectacular debut en España el año pasado, Paleface Swiss regresó a Madrid como parte de su The Wilted Tour 2026, acompañados nada menos que por Stick To Your Guns y Static Dress. Un dato no menor: fueron precisamente los propios Paleface quienes destacaron que Stick To Your Guns fue una de las primeras bandas en apostar por ellos, algo que el mismísimo “Zelli” Zellweger no dudó en remarcar sobre el escenario, agradeciendo públicamente la oportunidad de formar parte de este tour.

La —cada vez más mítica e imposible de encontrar— sala Wagon se convirtió en una auténtica olla a presión de deathcore, con pogos constantes y una energía difícil de igualar. El sonido fue uno de los grandes protagonistas de la noche: contundente, claro y demoledor, con breakdowns pesadísimos y una presencia escénica arrolladora por parte de los suizos, que dejaron claro por qué están en uno de los momentos más fuertes de su carrera.

Los encargados de abrir la tarde del martes fueron Static Dress, que aportaron su visión de metal moderno con tintes post-hardcore, preparando el terreno para lo que prometía ser una noche intensa. Poco a poco, los ingleses fueron calentando al público, marcando el inicio de una jornada que iría claramente de menos a más.

Alrededor de las 19:00 hs llegó el turno de los norteamericanos Stick To Your Guns, una banda que ya no necesita presentación dentro del hardcore contemporáneo. El público respondió con una entrega total, coreando sus canciones como auténticos himnos, incluso con más fuerza que en algunos tramos del show principal. Una vez más, los californianos demostraron por qué son una referencia absoluta del género y cómo han hecho de su relación con el público una de sus principales banderas.

Finalmente, llegó el momento del plato fuerte de la noche: Paleface Swiss. Con la vara muy alta, lograron llevar al clímax a un público mayoritariamente joven que colmaba la sala. Su presentación lo tuvo absolutamente todo. Desde invitados sorpresa, como el cantante tinerfeño con quien interpretaron un tema acústico grabado originalmente en su propia casa, hasta la participación de los miembros de las bandas teloneras. Y como broche de oro, todo el público subiendo al escenario, en una imagen que reflejó a la perfección el vínculo que la banda ha construido con sus seguidores. Un gesto de gratitud sincera que dejó en evidencia que son plenamente conscientes del crecimiento que han experimentado en tan poco tiempo.

Entre canción y canción, la banda se tomó el tiempo para conectar de forma directa y honesta con el público, abordando mensajes de prevención del suicidio y la depresión, así como reivindicando que el amor es amor, sin importar el género. Con una cercanía poco habitual, animaron a sus seguidores a buscar ayuda, a hablar de sus problemas y a no sentirse solos, dejando claro que su música es también un refugio. Mención especial para la calidez humana del grupo, especialmente de su vocalista, que incluso se lanzó a hacer crowdsurfing entre su gente, sellando una noche tan intensa como emotiva.

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Enforcer en Buenos Aires: “Heavy Metal sueco en estado puro”
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Después de tres años de ausencia en Sudamérica, los suecos de Enforcer regresaron a Argentina con una agenda por partida doble: Córdoba y CABA. Al igual que en 2016, cuando conquistaron Santa Fe y Buenos Aires, la banda volvió para demostrar por qué son considerados uno de los pilares fundamentales de la New Wave of Traditional Heavy Metal.


La noche del 6 de febrero en Uniclub marcó la segunda fecha de la gira latinoamericana de Enforcer, tras su paso por Córdoba. Hay que decirlo desde el inicio: la producción de Noiseground estuvo a la altura, trayendo una vez más una banda de primer nivel internacional y confiando en nosotros para la cobertura de sus eventos. Un agradecimiento más que merecido.

Algo inusual sucedió esa noche en Uniclub. Quien conoce la sala sabe que el sonido suele ser correcto, funcional, pero rara vez excepcional. Sin embargo, esta vez fue diferente, muy diferente. El volumen estuvo al límite durante toda la jornada, rozando la saturación en varios momentos. Fuerte, potente, casi abrumador.

Mercurio abrió la jornada cerca de las 19:30 horas, enfrentándose a la siempre ingrata tarea de tocar ante un público escaso que recién comenzaba a llegar después de la jornada laboral. La banda sonó ajustada, con la experiencia que los caracteriza y el rodaje con que cuentan de tocar seguido por los diferentes antros de la ciudad. Aunque hubo algunas fisuras técnicas en el micrófono de Martín que no lograron resolverse del todo, nada que no pudieran manejar con profesionalismo y saliendo airosos como de costumbre.

Innerforce tomó la posta como segundos de la noche, estos grandes batalladores que conocen cada escenario del circuito local como la palma de su mano. Su set fue acorde a las circunstancias: sólido, profesional, bien ejecutado. Recorrieron parte de su discografía con buenas interpretaciones, y aunque esta vez no sonó el clásico “Galleons of Nations”, sí dieron lugar a la canción emblema de su nuevo álbum, “Invocation”, con ese pasaje “blacker” en el medio que los fans ya conocen de memoria.

El lugar ya contaba con otro color, las charlas se sucedían, las birras circulaban en las rondas de los metaleros hasta que llegó el turno de Velocidad 22, esa máquina imparable que convoca una legión de seguidores a donde vaya. Cualquier cosa que se pueda decir sobre su presentación se quedará corta. Show tras show, fecha tras fecha, la banda sigue sumando adeptos y dejando una imagen que trasciende el venue del momento. Se habla de ellos en las redes, en charlas de esquina, en chats de WhatsApp. Son un fenómeno nacional y popular.

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Cuando las luces se apagaron y el logo de Enforcer se divisó en las pantallas que están sobre y al costado del escenario, la tensión ya era palpable. No todos los días una banda de esta magnitud pisa suelo argentino, y mucho menos tras algunos años de ausencia.

Desde el primer acorde de “Destroyer”, el lugar explotó. Olof Wikstrand, al frente con su guitarra y su voz inconfundible, parecía no poder creer la energía que devolvía el público argentino. Su hermano Jonas Wikstrand en la batería marcaba el ritmo mientras Joseph Tholl en la guitarra y Tobias Lindqvist en el bajo completaron el ataque sin dar respiro.

Lo que siguió fue una masterclass de heavy metal clásico que incorporó la intensidad del speed metal. “Undying Evil” hizo aparecer a los primeros pogos mientras los más veteranos levantaban el puño recordando por qué amamos este género. La banda no se guardó nada, recorriendo su discografía con inteligencia y dejando claro que cada álbum tiene algo importante que aportar.

Con “From Beyond”, la canción que da título a su último disco, la cosa tomó otra dimensión. Olof se acercó al borde del escenario, inclinándose hacia el público, compartiendo los coros con una entrega total. No había distancia entre la banda y el público. Solo energía circulando de un lado al otro.

El momento emotivo de la noche llegó de sorpresa con el cover “Dying Young” de Black Sabbath, “Mesmerized by Fire” del álbum Death by Fire funcionó como un mantra hipnótico, con ese riff que se te mete en la cabeza y no te suelta.

La presencia escénica de Olof merece un párrafo aparte. El tipo no paró de moverse, de sonreír, de interactuar. Cada canción era una celebración, cada solo una excusa para conectar visualmente con alguien del público. No había poses estudiadas ni actitudes rock star vacías. Solo genuino amor por lo que estaban haciendo, y eso se contagia.

El repertorio continuó con un solo de batería para calmar un poco a las fieras y hubo lugar para ese clásico “Take Me Out of This Nightmare” que jugaron con el público y extendieron la canción en un par de minutos para luego desaparecer del escenario.

La noche llegaba a su fin y al concierto le quedaban dos canciones, la primera de ellas, Cuando la banda abandonó el escenario después del set principal y por supuesto, regresaron. No para cumplir un protocolo, sino porque genuinamente querían seguir tocando. El encore incluyó a “Katana”, canción que demostró que el speed metal y las melodías épicas pueden convivir perfectamente cuando sabés lo que estás haciendo. Le siguió “Midnight Vice” que cerró una noche que dejó a todos con una sonrisa de oreja a oreja y las gargantas destrozadas de tanto cantar.

Pero acá no terminó todo, cuando las luces se encendieron y el público comenzó a dispersarse, los suecos hicieron algo que no todas las bandas internacionales hacen: se acercaron a la puerta del venue para charlar y sacarse fotos con quienes esperaban el momento cerrando así una gran jornada para todos.

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Jinjer en Madrid: “Magia, Brutalidad y Grandeza”
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Crónica y fotos: Monro.vs

La noche del 7 de febrero Madrid abría sus puertas a los ucranianos de Jinjer, quienes venían acompañados de Textures y Unprocessed gracias a Route Resurrection.

La primera banda en subirse al escenario fueron Textures, quienes comenzaron su concierto tocando una canción de su último trabajo de estudio lanzado en 2026: Genotype. Desde el principio la energía de los neerlandeses fue arrolladora y el público se volcó con todas las canciones que tocaron desde “Closer to The Unknown”, hasta el cierre con “Laments of an Icarus”, pasando por “Measuring the Heaven” o “Timeless”. La banda monstruo un sonido arrollador y dinámico, entre el que podríamos destacar la voz Daniel de Jongh demostrando una potencia y una fuerza en directo digna de recordar.

El siguiente turno fue para Unprocessed, quienes, al igual que sus antecesores, empezaron tocando una canción de su último trabajo: Angel, lanzado en 2025. El tema escogido fue “111”. La banda alemana de metalcore venía con las pilas cargadas y trajeron con ellos una energía juvenil cargada de buen rollo y sonidos vibrantes. La sala se volcó con canciones como “Glass”, “Lore” o “Terrestrial”. Los pogos, que ya habían empezado en el concierto anterior, cada vez eran más grandes y enérgicos. Unprocessed dejó al público alborotado y con los motores cargados para el plato fuerte de la noche: Jinjer.

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Con la sala a oscuras, comenzaron los primeros acordes con los que la Wagon recibiría a los miembros de la banda. Fueron saliendo de uno en uno con una tenue luz azul, hasta que un destello de luz blanca iluminó a la estrella de la noche Tatiana Shmaylyuk. Acto seguido comenzó el espectáculo, arrancando con “Duél”, canción encarnada en el disco con este mismo nombre que fue lanzado el año pasado; aunque no todo fueron temas nuevos pues nos deleitaron con una increíble variedad de canciones de todo su recorrido, entre las que podríamos destacar “Vortex” o “Teacher”, dos de los temas más representativo de los ucranianos.

El concierto duró aproximadamente una hora, fue una hora de pura magia. Tatiana demostró una vez más que tiene una de las mejores presencias en el escenario de la escena internacional. Vibró con todas las canciones, dejándose el aire en cada una de ellas. Sin embargo, de Tatiana destacan muchas cosas, no solo la puesta en escena, y una de ellas es la calidad vocal y técnica. Demostró una vez más unos impecables cambios de voz que oscilaban entre lo gutural y lo melódico, es una de estas artistas que demuestran una y otra vez que ir a sus conciertos en directo merece la pena.

Todo esto provocó un público extasiado que hizo retumbar la sala al ritmo de las canciones de Jinjer, vivimos desde pogos hasta crowd surfing, para muchos fue una noche inolvidable llena de buenas vibras y buena música

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Smith/Kotzen en Madrid: “Dos gigantes, un escenario”
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Texto y Fotos: Oscar Gil

Estamos de enhorabuena en Madrid, y es que se nos juntaban dos celebraciones. Para empezar estamos ante la primera visita a Europa juntos de Smith/Kotzen, dupla compuesta por Adrian Smith, legendario guitarrista de Iron Maiden, y Richie Kotzen, virtuosismo puro que este 3 de febrero estaba de cumpleaños. La Riviera se vestía de gala para recibir a este dúo que con este segundo disco ha dado el salto definitivo a Europa.

La sala mostraba un ambiente un tanto desangelado para lo que estamos habituados en la mayoría de conciertos, y es que La Riviera estaba lejos de su habitual ‘sold out’. Aun así no deja de ser una gran entrada para recibir a estos dos gigantes de la música.
Con ello y a eso de las nueve y diez de la noche aparecían en escena a nuestra izquierda Adrian Smith y a nuestra derecha el cumpleañero Richie Kotzen que arrancaba sin ninguna concesión con “Life Unchained” y la celebrada “Black Light”, todo un acierto con ese riff y esos solos que se abren paso ante la voz de Adrian y Richie que van alternando y empastan a la perfección, para llegar a un poderoso estribillo.

Turno ahora para “Wraith” y la clase bluesera de “Glory Road”, qué auténtica delicia aunque el estribillo no hace justicia al resto de la canción. “Hate and Love” nos trae ese duelo de estilos a la guitarra, esas escalas de Smith y esas melodías de Richie sin púa para las delicias del público. Intro deliciosa la de “Blindsided” con un sonido perfecto que da paso a ese riff enroscado que nos mete en una dinámica veloz.

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Llega así uno de los hits del combo con “Taking My Chances”, sin duda de las más coreadas con ese estribillo cargado de talento. También del último disco es una preciosa “Darkside” cargada de melodía desde el segundo cero, dejando paso a la voz de Smith y alternando de nuevo con Kotzen en un corte que nos recuerda por acordes a bandas como Bon Jovi.
“Outlaw” y “Got a Hold on Me” nos dan un respiro para enlazar con otro hit como “White Noise” en la que la voz de Richie hace diabluras en un corte más seco y directo que funciona a las mil maravillas. La belleza ahora de “Scars”, su éxito entre éxitos, hace las delicias del respetable, y es que es coreable, pegadiza, y con unas melodías que no dejan indiferente a nadie, calidad pura.
Nos estábamos acercando peligrosamente al final ya ahora con “Running”, y en teoría la definitiva “Solar Fire”, el nuevo himno del dúo que lo tiene todo, velocidad, punteos, una estrofa que por momentos nos transporta incluso a bandas como Kiss, para romper en un estribillo virtuoso con un Richie Kotzen de nuevo sublime. Pocos peros a un combo que se despedía momentáneamente de las tablas.

Tras un breve reposo, regresaba sólo al escenario el bueno de Richie para interpretar una pieza suya como “You Can’t Save Me” e introducir al resto de la banda progresivamente, una delicia. El final de fiesta lo ponía una gloriosa “Wasted Years” de Iron Maiden, con Adrian poniendo su nota y su sonido a esa intro tan aclamada desenfundando todos los móviles en la sala, aunque quizás a nivel vocal quedó un tanto descafeinada, y es que aunque Richie hace una buena labor en el estribillo, no olvidemos que Adrian es la segunda voz de este tema, no la principal.
Así se cerraba una auténtica celebración de la música, ¡y de cumpleaños! Una noche organizada por Madness Live que nos deja la sensación de haber degustado caviar durante hora y media sin prácticamente interrupción, una velada de auténtico lujo.

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Paleface Swiss en Barcelona: “Mas allá del Beatdown”
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El pasado 4 de Febrero teníamos una cita en la Sala Razzmatazz 2 de Barcelona con una de las bandas que más ha crecido en los últimos años dentro de la escena del Deathcore/Beatdown.

Los suizos prepararon un cartel a la altura de su “The Wilted Tour 2026” por Europa, presentando el EP lanzado a principios de este año con el mismo nombre. Static Dress daba el pistoletazo de salida a una tarde de metal moderno que arrancaba muy pronto en la ciudad condal. Una propuesta que parece salida de finales de la década de los 2000 con una clara apuesta por el Post Hardcore/Emo que influenció a un gran número de personas durante esos años. Un buen sonido, una grandísima actitud y temas como “.face” o “Death To The Overground” nos hicieron recordar que, efectivamente, no era solo una fase.

A continuación pudimos disfrutar de los norteamericanos Stick To Your Guns. Una banda que lleva prácticamente 20 años siendo referentes dentro de la escena Hardcore/Punk con un claro mensaje reivindicativo y que llegaban en plena forma después del gran éxito de su reciente álbum Keep Planting Flowers . La energía fue desbordante desde los primeros compases de “Diamond” y no bajó ni un ápice hasta las últimas notas de “Nobody”. Un moshpit que no paró, un Jesse Barnett incomensurable y la ya habitual sintonía entre la banda y el público hicieron del concierto otra prueba más de que los californianos tienen cuerda para rato.

Y aún con el subidón del concierto anterior, Paleface Swiss aterrizaba en Barcelona para volver a demostrar el salto de gigante que ha dado la banda desde el pasado 2025 y su álbum Cursed. Los suizos hicieron gala de su ya conocida potencia en directo y pudieron saldar la “deuda” que arrastraban con el público barcelonés de su anterior gira y el reducido aforo que hubo (en la misma Razzmatazz, pero la sala 3). Zelli y el resto de la banda hicieron demostración de la gran variedad de registros que han incorporado a lo largo de su trayectoria: recordando que siguen sonando muy duros con temas como “The Rats”, “Nail To The Tooth” o la más reciente “Let Me Sleep” pero que también reflejan otro tipo de emociones en canciones como “Everything’s Fine” o “River Of Sorrows” (que contó con la plena participación del público allí presente). Mencionar que también pudimos disfrutar de la reciente colaboración “Instrument Of War” entre Paleface y Jesse de Stick To Your Guns, un auténtico placer.

En resumen, un exhibición de como llevar el Deathcore/Beatdown a grandes salas y festivales incorporando elementos que hay quien puede considerar “comerciales” pero que a mi entender hacen que cada vez más gente pueda adentrarse en géneros que parecen reservados a unos pocos “guardianes” del metal (en este caso, underground).


 

 

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Desaster en Barcelona: “La hermandad del acero”
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Entrar al Joker’s House de Barcelona, en el corazón áspero de Sant Andreu, es aceptar que durante unas horas el mundo exterior deja de importar. El aire no se respira: se mastica. Es una aleación espesa de combustión de motor, cuero curtido y electricidad latente, esa estática invisible que siempre precede a la catástrofe. Desde la ladera industrial del Besòs, este templo de hormigón donde el rock y las motos dictan la ley del asfalto se prepara para otra noche de comunión extrema. El rugido grave de las máquinas que patrullan el exterior se funde en un solo abrazo con el estruendo de los amplificadores que, puertas adentro, ya escupen fuego. Lamentablemente nos perdimos la actuación de Cárcava por motivos de horarios laborales pero si ver a Atonement aquí no es asistir a un concierto: es sumergirse en una liturgia de metal extremo, gasolina y acero. Con la alineación formada por Salva (voz y guitarra), Pau (bajo) y A. (batería), más el cantante abrazan el cuarteto barcelonés despliega un sonido sin concesiones que cabalga entre el black, el thrash y el death más old school, encajando con precisión quirúrgica en la estética ruda y sin barniz del local. Esa noche, la parroquia del metal respondió al llamado: el club se abarrotó hasta los cimientos, convertido en una olla a presión donde la hermandad eléctrica se respiraba —o se masticaba— en cada rincón.

Mi cámara, un ojo de cristal sediento de fotogramas, se eleva desafiando la gravedad. Busco la perspectiva cenital, esas tomas aéreas capaces de capturar la marea humana: chalecos repletos de parches, muñequeras de clavos, camisetas empapadas de sudor. Un océano de metal líquido fluye bajo mis pies mientras, a través del visor, documento la velada como quien registra una guerra santa.

El ritual comienza con la frialdad cortante de “El tirano del páramo” y “Eterno retorno”. Desde los primeros compases, Atonement delimita su territorio: sombras densas, velocidad implacable y una hostilidad controlada que cala en el cuerpo. El sonido rebota en las paredes como un animal enjaulado. Con “Sangre derramada” y la incisiva “Gossos negres de la mort”, la temperatura del recinto se dispara; el guitarrista y el bajista se intercambian posiciones sin descanso, invadiendo el espacio, rompiendo la barrera invisible entre escenario y público, borrando cualquier jerarquía.

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Con el asalto de “Peste bubónica”, el cantante ya ha abandonado cualquier atisbo de contención. A torso desnudo, escupe las letras como si fueran un exorcismo personal, encendiendo definitivamente la mecha de un público que quema ruedas de pasión en cada riff, en cada golpe de caja. El sudor gotea del techo. El suelo comienza a encharcarse.

El tramo final es demoledor. La crudeza herrumbrosa de “Metal oxidado” y el frenetismo salvaje de “Saqueadores de tumbas” llevan la locura colectiva al límite. La sala entera parece balancearse en una cabalgata infernal que culmina con “Jinete de la muerte” y el cierre sepulcral de “Entre las tumbas”. Entre el calor humano y una condensación heavy casi tangible, Atonement deja claro que en el metal no se escucha: se sobrevive.Pero la noche aún guarda más fuego, y lo que viene no es un epílogo, sino una segunda embestida destinada a dejar cicatriz.

La ofensiva continúa con la banda teutónica estelar Desaster y su primer dardo, “Satan’s Soldiers Syndicate”, y desde mi ángulo elevado el despliegue técnico de los músicos se transforma en una auténtica danza de guerra. El tema se abre con un riff clásico, casi marcial, de aroma teutónico, que actúa como una llamada a filas para la hermandad metálica. No hay florituras ni engaños: es metal de trinchera, directo al pecho, que impone orden dentro del caos. El público responde al instante, puños en alto, cabezas girando al unísono, como si ese primer riff activará un resorte ancestral.

A la izquierda del escenario, Infernal (Markus Kuschke), miembro fundador y motor compositivo, se alza como un arquitecto del caos. Su presencia es firme, casi hierática, pero sus manos no conocen la quietud. Los dedos dibujan riffs imposibles, precisos y venenosos, alternando ataques rápidos con figuras más pesadas, destilando un odio purista que se percibe tanto en el sonido como en la mirada. Cada nota parece colocada con intención bélica, como si la guitarra no fuera un instrumento, sino un arma ritual.

En el centro, la imagen parece arrancada de otro siglo. Odin (Volker Moritz), fiel a la banda desde 1992, encarna la estética más cruda y primigenia del black metal. Con el torso desnudo y su icónico corpse paint lleno de cuero, machaca las cuatro cuerdas con una violencia casi tribal, sin poses ni concesiones. En “Devil’s Sword”, el bajo adquiere un protagonismo cortante, marcando un pulso afilado que atraviesa el cuerpo como una hoja; mientras que “Learn to Love the Void” se despliega más oscura y envolvente, con un tempo medio que aplasta lentamente al oyente, creando una sensación de vacío y gravedad que se instala en el pecho.

Cada disparo del obturador congela el sudor y la furia de Hont (Marco Hontheim), el huracán que desde 2018 sostiene la batería con una solvencia brutal. Su pegada es una ametralladora rítmica: blast beats precisos, redobles quirúrgicos y cambios de ritmo ejecutados con una naturalidad insultante. No hay exceso ni descontrol; hay resistencia física, técnica y una violencia medida que mantiene en pie estructuras complejas sin perder un ápice de agresividad. Es el motor que impide que la maquinaria se desmonte.

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Presidiendo este apocalipsis se alza Sataniac (Guido Wissmann). Su presencia es tan imponente, tan cargada de una autoridad malsana, que genera a su alrededor un vacío de respeto casi ritual. A pesar de que el mosh hierve a escasos centímetros de sus botas, nadie se atreve a cruzar ese límite invisible. Mientras escupe las letras de “Damnatio Ad Bestias”, con su ritmo aplastante y su tono de condena pública, la sala parece someterse a un juicio colectivo. “Stellar Remnant”, más veloz y afilada, intensifica la sensación de amenaza constante, como si cada verso fuera una sentencia pronunciada desde lo alto del escenario.

La cámara sobrevuela el epicentro del pogo cuando “Symphony of Vengeance” prepara el terreno con su estructura cambiante y su crescendo constante. El tema actúa como una espiral que aprieta poco a poco, acumulando tensión hasta que el hormigón parece a punto de ceder. Y entonces llega el momento esperado: el himno “Teutonic Steel” actúa como detonación final. El riff principal, simple y devastador, se convierte en un grito colectivo; cientos de puños perforan simbólicamente el techo mientras la sala entera se transforma en una masa compacta de sudor, acero y devoción.

La liturgia continúa sin concesiones por “Nekropolis Karthago”, oscura y ceremonial, con un aire casi fúnebre que ralentiza el pulso sin perder intensidad, y por la marcha implacable de “Towards Oblivion”, que avanza como un tanque sin frenos, empujando a la audiencia hacia un agotamiento feliz. El visor captura a la hermandad de los hellbangers completamente desatada con “Divine Blasphemies” y “Sacrilege”, dos descargas de agresión directa que no dejan margen para la tregua, antes de que “Metalized Blood” se alce como lo que es: una auténtica declaración de principios, un himno a la esencia del metal convertido en comunión colectiva.

Cuando las luces amenazan con devolvernos a la realidad, el Joker’s Club se niega a morir. Cientos de gargantas rugen exigiendo más carne, más acero, más fuego. El sudor cae del techo, el suelo es ya un lodazal, pero nadie quiere abandonar el ritual. Ante esa presión volcánica, Desaster rompe el guión y lanza un final apoteósico fuera de libreto: la gélida “In a Winter Battle”, fría y marcial, que corta el ambiente como un viento helado, y el cierre definitivo con el cover de Slayer “Black Magic”, un rito de paso, un homenaje y una declaración de lealtad que convierte la sala en un estruendo de gloria compartida.

Guardo la cámara con la certeza de haber atrapado algo irrepetible: desde el cenit hasta el suelo encharcado de sudor, el alma de una noche en la que el cuero, las tachuelas y el espíritu indomable del metal fueron nuestra única bandera.

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Tarja en Barcelona: “Emoción y clásicos”
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Desde el momento en que las puertas de la Razzmatazz se abren a las 17:45h y el aire fresco de Barcelona se mezcla con el calor expectante de la sala repleta, asumo mi lugar en la pista para dar comienzo a una odisea que trasciende lo musical. Eran las 18:05h, pero para Serpentyne el reloj no marcaba el inicio de un set, sino el momento de fracturar el presente para invocar un mundo que ya no existe. Su labor en esta gira 2026 trasciende el simple calentamiento del ambiente; son los arquitectos de una atmósfera donde el metal sinfónico se funde con el mito. Al frente, Maggiebeth Sand no solo canta, sino que actúa como una suma sacerdotisa que canaliza la historia a través de su voz y las cuerdas ancestrales de la nyckelharpa. A su flanco, Lee Wilmer en la guitarra y Nigel Middleton al bajo trazan líneas de fuerza que sostienen la estructura sonora, mientras John Haithwaite expande el horizonte desde los teclados. La reciente incorporación de Marco Biagini a la batería ha sido el catalizador definitivo, inyectando una agresividad técnica y una pegada que eleva nuestra propuesta a una dimensión de contundencia inédita.

Ataviados con ropajes que evocan la mística del Medievo y el Renacimiento, transforman y refuerzan la narrativa de guerreras eternas como Boudicca o Juana de Arco. El set, aunque breve, es un viaje transgresor que arranca con la liberación de Away from the World y atraviesa los paisajes espectrales de Spirits of the Desert, la oscuridad de The Dark Queen y la tragedia de Helen of Troy, para culminar en la descarga salvaje de Viking Blood. Lo que Serpentyne entrega es un sonido híbrido: una danza hipnótica entre riffs pesados y arreglos ancestrales que deja al público sumido en un trance de misterio, épica y gloria guerrera.

Sin embargo, el hechizo se rompe de forma magistral cuando el testigo lo recoge Rok Ali and the Addiction. Aquí, la elegancia sinfónica cede el paso a la fuerza bruta de Nashville. Como Alison “Rok Ali” Krebs, me planto ante la multitud con una energía que no pide permiso, apoyada por un auténtico escuadrón de mercenarios del rock que entienden que la pureza está en la ausencia de artificios. No hay samplers, no hay secuencias, no hay red de seguridad: solo el rugido de los amplificadores de válvulas y la electricidad suspendida en el aire. Chris Nix castiga su guitarra con solos que cortan como cristales, mientras la base rítmica de Lee Beverly y Mark Poiesz golpea con una precisión industrial pero llena de alma. Temas como Keep My Secrets, Pulse, Can’t Stop y The Beast se suceden como detonadores en una reacción en cadena, conectando con las fibras más primarias de la audiencia. El sonido es robusto, crudo, noblemente sucio, creando una comunión inmediata donde la energía fluye sin filtros. Cuando finalmente bajamos del escenario, la sala no solo está caliente; está cargada de una estática vibrante, como una atmósfera saturada antes de que el rayo decida dónde golpear.

Y el rayo golpea exactamente a las 19:35h cuando, como Marko Hietala, da un paso al frente bajo los focos. El cambio de densidad es palpable; ya no se trata solo de un concierto, sino de una declaración de principios de un músico que ha recuperado su soberanía absoluta. Con mi bajo de mástil tallado a modo de estandarte, se rodeo del virtuosismo camaleónico de Tuomas Wäinölä, la sofisticada arquitectura sonora de Vili Ollila y el latido tectónico de Anssi Nykänen en la batería. Este show es un ejercicio de honestidad brutal y madurez artística; entre canciones, se tomó un momento para hidratarse, para bromear con el público sobre las cicatrices del tiempo y los beneficios de la sobriedad, dejando que esa claridad vital se filtre en una voz que suena más firme, rica y expansiva que nunca. Frankenstein’s Wife abre el bloque con una teatralidad oscura que eriza la piel, seguida por la sacudida de Rebel of the North y la solidez de Stones. En Impatient Zero, exhibe un músculo técnico que deja sin aliento, pero es en The Dragon Must Die donde ocurre la verdadera magia: la guitarra de doce cuerdas teje una base acústica tan delicada como poderosa, elevando la interpretación a un plano espiritual. Tras la profundidad emocional de Roses From the Deep, cierra  la ceremonia con homenaje a Ozzy con el rugido icónico de War Pigs, una oda a la rebeldía que retumba en los cimientos de la sala, confirmando que, aunque el camino haya sido largo, el espíritu del rock sigue ardiendo con una sabiduría renovada y una fuerza imparable antes de entregarle el alma de la noche a Tarja.

Y entonces llega la hora señalada. A las 21:00h, bajo el manto eléctrico de este 2026, la ciudad deja de ser una coordenada y se transforma en el epicentro de una colisión estelar que llevaba décadas gestándose. Yo me descubro parte de una hermandad de almas expectantes cuando Tarja Turunen toma el escenario. No entra, se manifiesta. La emperatriz de hielo y fuego se presenta con una calma imponente, consciente de su legado y de su presente, escoltada por una guardia pretoriana de virtuosismo absoluto: Doug Wimbish de Living Colour retorciendo el bajo como si manipulara materia oscura, Alex Scholpp levantando muros de fuego con cada acorde, Julián Barrett inyectando pasión desde la guitarra rítmica, Alex Holzwarth marcando el pulso con precisión divina y Guillermo De Medio envolviendo todo en texturas sinfónicas que abrazan la sala como un sudario de estrellas. El arranque con “Eye of the Storm”, “Undertaker” y “500 Letters” es una declaración de dominio, y Tarja rompe cualquier barrera al tomar el móvil de un fan y capturar el momento desde el escenario, recordándonos que la grandeza también puede ser cercana. Tras “Crimson Deep”, “Demons in You” y “Victim of Ritual”, la noche gira hacia dentro, hacia el núcleo emocional que terminará definiéndolo todo.

El escenario se adelanta, las luces se suavizan y la banda se sienta en taburetes en primera fila, al mismo nivel que nosotros. No hay distancia, no hay escudos. El set acústico se convierte en un confesionario colectivo, un momento de verdad absoluta. “The Crying Moon” flota frágil y mística, con la voz de Tarja desnuda, cortando el silencio como una hoja de obsidiana; “Feel for You” se transforma en una caricia íntima, sostenida por arreglos contenidos y miradas cómplices; “Eagle Eye” actúa como un puente espiritual que suspende el tiempo y une las respiraciones de toda la sala. Y entonces llega “Higher Than Hope”. Sentados juntos, Tarja y Marko Hietala entrelazan voces y cicatrices en una interpretación que trasciende la nostalgia para convertirse en redención. La canción de Nightwish, despojada de su épica original, se vuelve humana, casi terapéutica, elevada por los arreglos sutiles de Guillermo De Medio y el pulso delicado de Wimbish, mientras Scholpp y Barrett tejen un nido de cuerdas perfecto. No hay gritos, no hay histeria: hay silencio reverente, piel erizada y una emoción que pesa toneladas.

Cuando la calma se rompe y la aplanadora heavy vuelve a ponerse en marcha con otro hit de Nightwish “Wishmaster”, el impacto es sísmico. Los móviles se alzan como luciérnagas en trance y el reencuentro entre Tarja y Marko en “Slaying the Dreamer” y “Silent Masquerade” confirma que su química es una fuerza de la naturaleza, inmune al paso del tiempo. Tarja abandona brevemente el escenario y regresa convertida en la diva absoluta, envuelta en un corse de cuero y falda negro como la noche, imponiendo autoridad con cada gesto. El tramo final es una embestida implacable: “Dead Promises”, “Wish I Had an Angel” otra del cancionero Nightwish y “Until My Last Breath” caen como martillazos finales que sellan la noche. No fue simplemente un concierto; fue un rito de paso, una ceremonia sagrada donde el tiempo se detuvo para rendir pleitesía a la soberana absoluta del metal sinfónico, cuya voz no es un mero instrumento, sino un puente tendido entre lo terrenal y lo divino. Tarja Turunen se alzó sobre el escenario como la personificación de la resiliencia, fundiendo su majestuosidad nórdica con una calidez humana desbordante que se manifiesta en su profunda conexión con la lengua de Cervantes; ese español que domina con dulzura y que utiliza para derribar cualquier barrera entre el mito y su audiencia. Su presencia es un recordatorio contundente de que la verdadera magnitud de una leyenda no se mide por la técnica —que en ella roza lo sobrenatural— sino por su simpatía genuina y su capacidad de convertir la vulnerabilidad en una armadura invencible. Al final, la mayor fuerza del metal no reside en la distorsión ni en el volumen, sino en la verdad inquebrantable que Tarja se atreve a revelar cuando todo se queda en silencio y solo queda su eco, cargado de gratitud y cercanía, vibrando para siempre en la eternidad.

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