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El rugido de las guitarras se confundía con el estruendo del público, como si fueran los latidos del mismo corazón. En la Sala Wolf, Barcelona, ​​bajo un dosel de nostalgia, […]


Hellfest 2023 Día 1: “Luces, diamantes y rock”
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Cualquiera que tenga la oportunidad debe aprovechar para ir al menos una vez en la vida al Hellfest. Uno de los festivales más importantes de la música pesada en Europa, este evento en tierras francesas atrae decenas de miles de personas cada año a la comuna de Clisson, ya sea los típicos metaleros de a pie enfundados de negro en forma de ropa de cuero o de remera negra y bermudas, punks callejeros o simples fans de la música, y también a la gente capaz de ir disfrazada de tiburón, banana gigante, personajes de Disney y demás bizarreadas.

Seis escenarios se dividieron al público, con los más chicos Altar y Temple siendo mucho más grandes y mejor iluminados de lo que uno se esperaría, además de un muy buen sonido general. Llamó la atención cómo ninguno de los escenarios se sintió despoblado, con todos ellos teniendo una cantidad bastante nutrida de gente incluso en los horarios más tempranos, sin importar el estilo.

A veces hay que desperezarse con una buena piña en la cara, y creo que el equivalente en el Hellfest fue comenzar la jornada con Code Orange tocando en el segundo escenario. El sexteto estadounidense dio comienzo a su explosivo set debutando su canción nueva “Grooming My Replacement”, con su inicio que parece mezclar “Raining Blood” de Slayer con hardcore y música industrial, como es habitual con los últimos lanzamientos de los oriundos de Pennsylvania, con los blastbeats de Max Portnoy (sí, el hijo de) y los gritos desaforados de Jami Morgan, que aprovechaba cada momento donde no cantaba para agitar al público.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Copenhell 2023 Día 1: “Pandemonio en Dinamarca”

Siguió “Swallowing the Rabbit Whole” del último Underneath, que tuvo a la banda recreando los sonidos de glitches de estudio, y toda una lista de canciones que casi no dio respiro, incluyendo “dream2” cantada por la guitarrista Reba Meyers, y Morgan dejando caer el micrófono contra el suelo durante “Out for Blood”. Todo el medio del campo estaba rompiendo todo en un poco violento, demostrando la solidez y el carisma de estos chicos hardcore.

Al mismo tiempo en el escenario Temple, dedicado de manera exclusiva al black metal durante el festival, plantaron bandera los también estadounidenses Blackbraid, liderados por el cantante Sgah’gahsowáh. Oriundos de Nueva York, este proyecto ha tenido bastante promoción detrás como una nueva luminaria en el llamado “black metal indígena”, una suerte de movimiento que mezcla el frío sonido escandinavo del género con inspiraciones tomadas de diferentes pueblos originarios, en el caso de Blackbraid de la ascendencia kanien’kehá:ka, los mal llamados “mohawk”, de su líder.

Pero incluso si el lector no es de esos que les importe ese tipo de detalles, creo que Blackbraid tiene suficiente para gustarle al que sólo quiera algo de buen black metal como para sentirse en medio de una tormenta de nieve. La banda que acompaña al cantante toca las furiosas canciones tomadas de su debut autotitulado y del futuro Blackbraid II, que saldrá en julio, con precisión pero manteniendo la suciedad del estilo, aunque se encontraron con un público un tanto difícil. Pero a pesar de ello este es un proyecto para prestarle atención.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Copenhell 2023 Día 2: “Un nuevo nivel de fuerza”

Al terminar, pudimos ya ir al escenario Altar, donde se estaban presentando los locales Aephanemer. No estoy muy al tanto de la propuesta de la banda, pero hay algo muy interesante en el estilo del grupo, combinando death metal melódico con elementos sinfónicos y riffs inquietos, además de la mezcla de voces guturales y melódicas de la cantante y guitarrista Marion Bascoul. Ciertamente no los conocía, pero me dejaron con mucho interés, y lo mismo se puede decir de toda la gente que hizo pogo frente al escenario.

Volviendo al escenario Temple pudimos ver el recital de uno de los platos fuertes del Hellfest: los neoyorquinos Imperial Triumphant. Ataviados con sus túnicas y sus máscaras doradas, que parecen una reversión del rostro del Maschinenmensch de Metrópolis mezclado con algún dios pagano y “art deco”, el grupo ofrece una versión compleja y aterradora del black metal, más alejada del frío bosque noruego y más cercana a alguna maquinaria de un futuro distópico. No siempre puedo seguirles el paso de todo lo que hacen, tanto en estudio como en vivo, pero la llegada que han tenido sus dos últimos discos Alphaville y Spirit of Ecstasy ha sido justificada. Recomendado para los que gusten de ese metal disonante a lo Gorguts o Portal.

Los estadounidenses Coheed and Cambria fueron los encargados de comenzar las presentaciones en el escenario principal del Hellfest en el primer día. Sé que no es una banda para todo el mundo, con la voz a lo Geddy Lee y la exagerada historia conceptual que une sus discos de títulos alargados pergeñados por el guitarrista y líder Claudio Sánchez como mayores barreras de entrada, pero hay algo en la propuesta de los estadounidenses que me llega, y poder verlos es siempre un placer, aunque el público fuera un tanto frío incluso para ser el primer grupo de la fecha. Pero no importó, y el cuarteto demostró su habilidad para combinar grandeza progresiva y melodías pop punk en este recital, parte de su gira Neverender: No World for the Waking Mind

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Copenhell Día 3: “Metal inoxidable bajo la lluvia”

Como el nombre indica, el tour los tiene tocando sus discos Good Apollo I’m Burning Star IV, Volume Two: No World for Tomorrow y Vaxis II: A Window of the Waking Mind, pero en el contexto de un festival es complicado meter un set de dos horas, así que el grupo toca un set adaptado con menos canciones pero incluyendo composiciones de In Keeping Secrets of Silent Earth: 3 y Good Apollo I’m Burning Star IV, Volume One: From Fear Through the Eyes of Madness (¿Ven lo que les dije con los títulos de los discos?). Bien podría considerarse un mini Grandes Éxitos por parte del grupo, y a pesar de la antes mencionada frialdad de la gente lo más seguro es que hayan ganado algún fan, con su propuesta tan particular.

Puede que el nombre Nightfall sea un tanto genérico, así que para no causar confusiones voy a aclarar que acá estoy hablando del quinteto griego formado a principios de los noventas. De la movida helénica del metal extremo, los liderados por el cantante Efthimis Karadimas fueron de la variante más melódica, combinando death melódico y elementos góticos en su sonido y de vez en cuando cruzando la barrera para meterse de lleno en el black. Mucho doble bombo, voces guturales bien podridas y melodías marcadas, con un setlist centrado en su último At Night We Prey (2021), su vuelta tras ocho años de silencio. Por momentos su material se puede poner un tanto cursi, pero la banda tiene talento para el riff y lo pone en buen uso, y Karadimas se veía de buen humor animando al público y pidiendo palmas. Buen set.

Yendo al escenario principal, el jueves 15 siguió con unos veteranos del rock con Generation Sex, una suerte de tributo doble que rinde homenaje a los punk / new wave Generation X y a los siempre controvertidos pero influyentes Sex Pistols, incluyendo en sus filas a nada menos que al cantante Billy Idol y al bajista Tony Jones representando a los primeros y al guitarrista Steve Jones y el baterista Paul Cook aportando de parte de los segundos. El setlist está compuesto por canciones de ambos grupos, con clásicos como “Pretty Vacant”, “Kiss Me Deadly”, “God Save The Queen” y “Dancing With Myself”, esta última más conocida como una canción solista de Billy Idol pero que se publicó primero en 1980 en el disco Kiss Me Deadly de Gen X.

La base de Cook y los dos Jones es sólida como una roca y Idol sigue siendo todo un showman a pesar del paso de los años, pero está claro que la propuesta glam-punk no está hecha para escenarios multitudinarios y mucho menos para tocar de día, un detalle que hizo complicado meterse de lleno en la “onda” del cuarteto. Ciertamente un escenario más íntimo hubiera funcionado mejor, pero para un tributo a la nostalgia pura y dura hace su trabajo de hacerle pasar un buen rato a quien esté dispuesto.

Tras una hora de espera, tuvimos arriba del escenario principal a otro tributo: Hollywood Vampires, el supergrupo encabezado por la reunión tan particular de Alice Cooper, Joe Perry (Aerosmith) y el actor Johnny Depp, ahora sumando al colaborador de Cooper Tommy Henriksen. Habiendo tenido la oportunidad de escuchar sus dos discos puedo decir que la idea detrás de la banda, creada por Cooper para rendir homenaje a un club de borrachos que tenía en los setentas y a los miembros que murieron por sus excesos, me parece mucho más interesante que el producto final, al menos en cuanto a su producción en estudio. 

HV es una experiencia para ver en vivo, sin la sobreproducción en la que caen en sus grabaciones, donde se nota que todos los involucrados disfrutan de darle rienda suelta a estos clásicos del rock y los riffs que los acompañan, a lo que se suma el considerar que todos ellos fueron conocidos por sus adicciones, por lo que tributar a aquellos que quedaron en el camino tiene su valor sentimental. La gran mayoría del atractivo del grupo viene de parte de Alice Cooper, quien con siete décadas y media sobre sus hombros sigue con la misma energía que en los setentas y justificando su estatus como leyenda viva del rock’n’roll, pero el resto sonó poderoso de principio a fin tocando clásicos de David Bowie, The Who, MC5 y demás. En vivo me dan ganas de escuchar las originales, pero en vivo la idea del tributo cuaja muchísimo mejor.

Antes de ver el plato fuerte del primer día teníamos varias opciones, así que decidimos encaminarnos de vuelta al escenario Temple para ver a los suecos Dark Funeral. Los de Estocolmo siempre me parecieron como unos Cannibal Corpse del black metal, logrando cierta relevancia por sacar una y otra vez el mismo disco y manteniéndose siempre en su línea. No serán particularmente experimentales ni los más respetados por la crítica metalera y su imagen cruza un poco al ridículo a pesar de tomarse tan en serio, pero siempre estoy de humor para escuchar algo de black metal bien cuadrado, con ligeros toques melódicos como acostumbran los liderados por Lord Ahriman. Centrándose en los últimos y decentes Where Shadows Forever Reign (2016) y We Are The Apocalypse (2022), el quinteto hizo las delicias de quien simplemente fuera a hacer mosh y pasarla bien bajándole los dientes a quien tuviera al lado.

Ya de noche, era momento de terminar el día con una bomba, en este caso con nada menos que KISS. ¿Y qué se puede decir? Ya están viejos, el setlist es inamovible, todos los años anuncian que va a ser la última gira, Paul Stanley ya casi no canta y hay una cantidad alarmante de pifies en la guitarra… y por otro lado, lo suyo es un espectáculo prolijo más allá de lo musical. Es la misma descripción que se podría hacer de cualquier recital de los cuatro de Nueva York, pero es indudable que Simmons y Stanley (más quien sea que ocupe los otros dos puestos en ese momento) saben cómo entretener. Y la lista de canciones estará tallada en piedra, pero más de la mitad de los álbumes están representados y hay para todos los gustos. 

Así que fuera que les gustara el hard rock glam de los inicios, sus devaneos de música disco, la decadencia de los ochentas o lo que hayan hecho en las últimas dos décadas, la gente no debe haberse ido insatisfecha, aunque ser fan de KISS sea una de esas cosas siempre difíciles de defender. Cerrar el primer día del Hellfest con ellos no habrá sido un broche de oro ni nada parecido, pero ciertamente fue digno.

A pesar de ello, también hay que aclarar que Gene Simmons y compañía serían los últimos en presentarse en el escenario principal, pero no en todo el festival, ya que habría un par más a partir de la 1 de la mañana. Como para ir cerrando, decidimos ir al segundo escenario para ver a los australianos Parkway Drive. Una intro de antorchas no es lo primero que me esperaría de una banda de metalcore, pero fue un lindo detalle que derivó en una introducción explosiva, con el cantante Winston McCall vistiendo lo que parecía ser un chaleco de balas blanco. 

No soy fan de los últimos discos de la banda, de donde provinieron la mayoría de las canciones, pero está claro por qué son el grupo que más relevancia internacional alcanzó de la escena core australiana, con la gente saltando y coreando cada canción y armando un pogo extremadamente violento en medio del público. A pesar de la hora, el público era multitudinario, y bien podrían haberme convencido que estábamos frente al escenario principal. Si me permiten la sinceridad, diría que esta fue la mejor manera de cerrar este primer día, con energía y furia.


 

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Seis escenarios se dividieron al público, con los más chicos Altar y Temple siendo mucho más grandes y mejor iluminados de lo que uno se esperaría, además de un muy buen sonido general. Llamó la atención cómo ninguno de los escenarios se sintió despoblado, con todos ellos teniendo una cantidad bastante nutrida de gente incluso en los horarios más tempranos, sin importar el estilo.

A veces hay que desperezarse con una buena piña en la cara, y creo que el equivalente en el Hellfest fue comenzar la jornada con Code Orange tocando en el segundo escenario. El sexteto estadounidense dio comienzo a su explosivo set debutando su canción nueva “Grooming My Replacement”, con su inicio que parece mezclar “Raining Blood” de Slayer con hardcore y música industrial, como es habitual con los últimos lanzamientos de los oriundos de Pennsylvania, con los blastbeats de Max Portnoy (sí, el hijo de) y los gritos desaforados de Jami Morgan, que aprovechaba cada momento donde no cantaba para agitar al público.

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Al mismo tiempo en el escenario Temple, dedicado de manera exclusiva al black metal durante el festival, plantaron bandera los también estadounidenses Blackbraid, liderados por el cantante Sgah’gahsowáh. Oriundos de Nueva York, este proyecto ha tenido bastante promoción detrás como una nueva luminaria en el llamado “black metal indígena”, una suerte de movimiento que mezcla el frío sonido escandinavo del género con inspiraciones tomadas de diferentes pueblos originarios, en el caso de Blackbraid de la ascendencia kanien’kehá:ka, los mal llamados “mohawk”, de su líder.

Pero incluso si el lector no es de esos que les importe ese tipo de detalles, creo que Blackbraid tiene suficiente para gustarle al que sólo quiera algo de buen black metal como para sentirse en medio de una tormenta de nieve. La banda que acompaña al cantante toca las furiosas canciones tomadas de su debut autotitulado y del futuro Blackbraid II, que saldrá en julio, con precisión pero manteniendo la suciedad del estilo, aunque se encontraron con un público un tanto difícil. Pero a pesar de ello este es un proyecto para prestarle atención.

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Volviendo al escenario Temple pudimos ver el recital de uno de los platos fuertes del Hellfest: los neoyorquinos Imperial Triumphant. Ataviados con sus túnicas y sus máscaras doradas, que parecen una reversión del rostro del Maschinenmensch de Metrópolis mezclado con algún dios pagano y “art deco”, el grupo ofrece una versión compleja y aterradora del black metal, más alejada del frío bosque noruego y más cercana a alguna maquinaria de un futuro distópico. No siempre puedo seguirles el paso de todo lo que hacen, tanto en estudio como en vivo, pero la llegada que han tenido sus dos últimos discos Alphaville y Spirit of Ecstasy ha sido justificada. Recomendado para los que gusten de ese metal disonante a lo Gorguts o Portal.

Los estadounidenses Coheed and Cambria fueron los encargados de comenzar las presentaciones en el escenario principal del Hellfest en el primer día. Sé que no es una banda para todo el mundo, con la voz a lo Geddy Lee y la exagerada historia conceptual que une sus discos de títulos alargados pergeñados por el guitarrista y líder Claudio Sánchez como mayores barreras de entrada, pero hay algo en la propuesta de los estadounidenses que me llega, y poder verlos es siempre un placer, aunque el público fuera un tanto frío incluso para ser el primer grupo de la fecha. Pero no importó, y el cuarteto demostró su habilidad para combinar grandeza progresiva y melodías pop punk en este recital, parte de su gira Neverender: No World for the Waking Mind

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Yendo al escenario principal, el jueves 15 siguió con unos veteranos del rock con Generation Sex, una suerte de tributo doble que rinde homenaje a los punk / new wave Generation X y a los siempre controvertidos pero influyentes Sex Pistols, incluyendo en sus filas a nada menos que al cantante Billy Idol y al bajista Tony Jones representando a los primeros y al guitarrista Steve Jones y el baterista Paul Cook aportando de parte de los segundos. El setlist está compuesto por canciones de ambos grupos, con clásicos como “Pretty Vacant”, “Kiss Me Deadly”, “God Save The Queen” y “Dancing With Myself”, esta última más conocida como una canción solista de Billy Idol pero que se publicó primero en 1980 en el disco Kiss Me Deadly de Gen X.

La base de Cook y los dos Jones es sólida como una roca y Idol sigue siendo todo un showman a pesar del paso de los años, pero está claro que la propuesta glam-punk no está hecha para escenarios multitudinarios y mucho menos para tocar de día, un detalle que hizo complicado meterse de lleno en la “onda” del cuarteto. Ciertamente un escenario más íntimo hubiera funcionado mejor, pero para un tributo a la nostalgia pura y dura hace su trabajo de hacerle pasar un buen rato a quien esté dispuesto.

Tras una hora de espera, tuvimos arriba del escenario principal a otro tributo: Hollywood Vampires, el supergrupo encabezado por la reunión tan particular de Alice Cooper, Joe Perry (Aerosmith) y el actor Johnny Depp, ahora sumando al colaborador de Cooper Tommy Henriksen. Habiendo tenido la oportunidad de escuchar sus dos discos puedo decir que la idea detrás de la banda, creada por Cooper para rendir homenaje a un club de borrachos que tenía en los setentas y a los miembros que murieron por sus excesos, me parece mucho más interesante que el producto final, al menos en cuanto a su producción en estudio. 

HV es una experiencia para ver en vivo, sin la sobreproducción en la que caen en sus grabaciones, donde se nota que todos los involucrados disfrutan de darle rienda suelta a estos clásicos del rock y los riffs que los acompañan, a lo que se suma el considerar que todos ellos fueron conocidos por sus adicciones, por lo que tributar a aquellos que quedaron en el camino tiene su valor sentimental. La gran mayoría del atractivo del grupo viene de parte de Alice Cooper, quien con siete décadas y media sobre sus hombros sigue con la misma energía que en los setentas y justificando su estatus como leyenda viva del rock’n’roll, pero el resto sonó poderoso de principio a fin tocando clásicos de David Bowie, The Who, MC5 y demás. En vivo me dan ganas de escuchar las originales, pero en vivo la idea del tributo cuaja muchísimo mejor.

Antes de ver el plato fuerte del primer día teníamos varias opciones, así que decidimos encaminarnos de vuelta al escenario Temple para ver a los suecos Dark Funeral. Los de Estocolmo siempre me parecieron como unos Cannibal Corpse del black metal, logrando cierta relevancia por sacar una y otra vez el mismo disco y manteniéndose siempre en su línea. No serán particularmente experimentales ni los más respetados por la crítica metalera y su imagen cruza un poco al ridículo a pesar de tomarse tan en serio, pero siempre estoy de humor para escuchar algo de black metal bien cuadrado, con ligeros toques melódicos como acostumbran los liderados por Lord Ahriman. Centrándose en los últimos y decentes Where Shadows Forever Reign (2016) y We Are The Apocalypse (2022), el quinteto hizo las delicias de quien simplemente fuera a hacer mosh y pasarla bien bajándole los dientes a quien tuviera al lado.

Ya de noche, era momento de terminar el día con una bomba, en este caso con nada menos que KISS. ¿Y qué se puede decir? Ya están viejos, el setlist es inamovible, todos los años anuncian que va a ser la última gira, Paul Stanley ya casi no canta y hay una cantidad alarmante de pifies en la guitarra… y por otro lado, lo suyo es un espectáculo prolijo más allá de lo musical. Es la misma descripción que se podría hacer de cualquier recital de los cuatro de Nueva York, pero es indudable que Simmons y Stanley (más quien sea que ocupe los otros dos puestos en ese momento) saben cómo entretener. Y la lista de canciones estará tallada en piedra, pero más de la mitad de los álbumes están representados y hay para todos los gustos. 

Así que fuera que les gustara el hard rock glam de los inicios, sus devaneos de música disco, la decadencia de los ochentas o lo que hayan hecho en las últimas dos décadas, la gente no debe haberse ido insatisfecha, aunque ser fan de KISS sea una de esas cosas siempre difíciles de defender. Cerrar el primer día del Hellfest con ellos no habrá sido un broche de oro ni nada parecido, pero ciertamente fue digno.

A pesar de ello, también hay que aclarar que Gene Simmons y compañía serían los últimos en presentarse en el escenario principal, pero no en todo el festival, ya que habría un par más a partir de la 1 de la mañana. Como para ir cerrando, decidimos ir al segundo escenario para ver a los australianos Parkway Drive. Una intro de antorchas no es lo primero que me esperaría de una banda de metalcore, pero fue un lindo detalle que derivó en una introducción explosiva, con el cantante Winston McCall vistiendo lo que parecía ser un chaleco de balas blanco. 

No soy fan de los últimos discos de la banda, de donde provinieron la mayoría de las canciones, pero está claro por qué son el grupo que más relevancia internacional alcanzó de la escena core australiana, con la gente saltando y coreando cada canción y armando un pogo extremadamente violento en medio del público. A pesar de la hora, el público era multitudinario, y bien podrían haberme convencido que estábamos frente al escenario principal. Si me permiten la sinceridad, diría que esta fue la mejor manera de cerrar este primer día, con energía y furia.


 

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