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Killswitch Engage en Copenhague: “Una noche de metalcore para la historia”

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Rata Blanca en Buenos Aires: “La vuelta de los guerreros del arcoíris”
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Treinta y cinco años después del lanzamiento de Magos, Espadas y Rosas, Rata Blanca demostró que su impacto sigue latiendo. Era un día de semana, con jornada laboral de por medio, pero nada impidió que los fanáticos se hicieran presentes aquella noche para ver a una banda que marcó la historia del heavy metal argentino. Los liderados por Walter Giardino continúan llenando estadios con una naturalidad que pocos pueden igualar. La celebración del álbum que los llevó a otra dimensión musical reunió a miles de seguidores en un repaso donde la vigencia y la identidad del grupo quedaron nuevamente en evidencia.

Aproximadamente 15.000 personas de todo género, edad, estatus social y procedencia acompañaron al grupo en este festejo, que incluyó joyitas de esas que no se ven todos los días. Aquella noche, el Movistar Arena estuvo lleno hasta el último asiento para hacer historia.

Antes del inicio oficial y a modo de intro, las pantallas mostraron un detalle que pasó desapercibido para muchos. Con imágenes de ratas blancas (obviamente) surcando el pavimento de la Ciudad de Buenos Aires, se alcanzó a ver un afiche pegado en una pared que anunciaba una serie de shows en el Teatro Flores para marzo de 2026, con Saúl Blanch, la voz que grabó el álbum debut, como invitado especial.

Si bien el show estaba anunciado para las 21, el caudal de gente no cesaba de ingresar, por lo que la demora (sin aviso) se volvió un poco tediosa hasta pasadas las 21:40. Cuando finalmente se apagaron las luces y arrancó “Hijos de la Tempestad” seguida de “Solo Para Amarte” y “Volviendo a Casa”, todo quedó atrás… salvo un detalle: el volumen del micrófono de Barilari no terminaba de acomodarse en la mezcla final.

Como era esperable, el show estuvo centrado en el disco homenajeado. Cuando sonó “El beso de la bruja”, una de las gemas que catapultaron a la banda, la gente explotó de nostalgia.

Las pantallas acompañaron cada tema con visuales generados por inteligencia artificial. Hubo gladiadores, paisajes fantásticos, brujas, dragones y escenas que reflejaban el imaginario clásico del grupo. Algunas funcionaron mejor que otras, pero el concepto fue claro, expandir el universo de Rata Blanca sin perder identidad, porque lo que realmente importa es la música.

Cuando llegó el turno de “Talismán”, tuvo una intro y outro extendidas donde Giardino y Danilo Moschen dialogaron entre guitarra y teclados. Con el correr de los minutos y tras varios saludos del cantante, Barilari se dirigió a quienes aseguran que el rock está muerto: “Fuck you, está muerto“, lanzó antes de presentar “Rock es Rock”, incluida en el EP editado en 2024.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Adrián Barilari en Buenos Aires: “Un viaje por canciones eternas”

¡Subí la voz! ¡Subí la voz!” se repitió en varias oportunidades, aunque el problema se fue acomodando cerca de la segunda mitad del show. Pese a los inconvenientes técnicos, la banda siguió adelante sin perder el foco, y el Arena acompañó cantando, gritando, llorando de emoción y armando algún que otro pogo.

Adrián agradeció con un mensaje claro: “35 años del disco, 40 de la banda… y los fans siguen ahí”. Y no fue una frase vacía. La conexión sigue intacta y atraviesa generaciones. En tiempos donde muchos shows tienden a acortarse, Rata Blanca hace lo contrario, deja que las canciones respiren, que los solos se desarrollen, que la música tome el tiempo que necesita.

Los clásicos del disco se intercalaron con un repaso de toda la discografía. Obviamente, “Haz tu jugada”,  fue uno de los momentos más celebrados por los fanáticos.

“Chico Callejero” se extendió con un Giardino juguetón, que sacó sonidos imposibles de su guitarra. Alan Fritzler sostuvo la base con un pulso firme desde la batería, mientras Juan Pablo Massanisso acompañó con un bajo sólido.

La frase que soltó Giardino más tarde lo resume bien: “Mientras haya una guitarrita eléctrica, habrá rock”. Difícil contradecirlo frente a miles de personas saltando un miércoles por la noche.

Celebrar este disco clásico no es un acto nostálgico. Es recordar un disco que en 1990 empujó al heavy metal argentino a una dimensión inesperada. Vendió cifras inéditas, generó fanáticos y detractores y colocó a Rata Blanca en el centro del fenómeno. Les dijeron “vendidos” cuando lograron masividad gracias a la power balada “Mujer Amante”. Les gritaron “grasas” cuando tocaron en bailantas pero nadie fué, es y será ajeno a lo que lograron estos músicos a lo largo de sus años.

El cierre llegó con “La Leyenda del Hada y el Mago”. Para ese entonces, nadie estaba sentado en sus butacas: los cuerpos sudados chocaban en el pit, los más cautos cantaban desde el fondo, pero nadie permanecía quieto. Cuando parecía que la noche había terminado, “El Último Ataque” puso el broche final. Fueron casi tres horas de concierto en plena semana laboral, y nadie estaba dispuesto a irse antes.

Rata Blanca demostró, una vez más, por qué es la banda más convocante del heavy metal argentino. Giardino, aquel pibe del Bajo Flores que soñaba con Deep Purple y Black Sabbath, hoy lidera una leyenda que sigue creciendo. Mientras el cuerpo aguante y la pasión siga intacta, no hay edad para dejar el rock.

Agradecimientos especiales de Nadya y Gonna Go! por la acreditación para poder traerles esta cobertura y a Ignacio Arnedo por las fotos.

 

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Rata Blanca en Buenos Aires: “La vuelta de los guerreros del arcoíris”
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Treinta y cinco años después del lanzamiento de Magos, Espadas y Rosas, Rata Blanca demostró que su impacto sigue latiendo. Era un día de semana, con jornada laboral de por medio, pero nada impidió que los fanáticos se hicieran presentes aquella noche para ver a una banda que marcó la historia del heavy metal argentino. Los liderados por Walter Giardino continúan llenando estadios con una naturalidad que pocos pueden igualar. La celebración del álbum que los llevó a otra dimensión musical reunió a miles de seguidores en un repaso donde la vigencia y la identidad del grupo quedaron nuevamente en evidencia.

Aproximadamente 15.000 personas de todo género, edad, estatus social y procedencia acompañaron al grupo en este festejo, que incluyó joyitas de esas que no se ven todos los días. Aquella noche, el Movistar Arena estuvo lleno hasta el último asiento para hacer historia.

Antes del inicio oficial y a modo de intro, las pantallas mostraron un detalle que pasó desapercibido para muchos. Con imágenes de ratas blancas (obviamente) surcando el pavimento de la Ciudad de Buenos Aires, se alcanzó a ver un afiche pegado en una pared que anunciaba una serie de shows en el Teatro Flores para marzo de 2026, con Saúl Blanch, la voz que grabó el álbum debut, como invitado especial.

Si bien el show estaba anunciado para las 21, el caudal de gente no cesaba de ingresar, por lo que la demora (sin aviso) se volvió un poco tediosa hasta pasadas las 21:40. Cuando finalmente se apagaron las luces y arrancó “Hijos de la Tempestad” seguida de “Solo Para Amarte” y “Volviendo a Casa”, todo quedó atrás… salvo un detalle: el volumen del micrófono de Barilari no terminaba de acomodarse en la mezcla final.

Como era esperable, el show estuvo centrado en el disco homenajeado. Cuando sonó “El beso de la bruja”, una de las gemas que catapultaron a la banda, la gente explotó de nostalgia.

Las pantallas acompañaron cada tema con visuales generados por inteligencia artificial. Hubo gladiadores, paisajes fantásticos, brujas, dragones y escenas que reflejaban el imaginario clásico del grupo. Algunas funcionaron mejor que otras, pero el concepto fue claro, expandir el universo de Rata Blanca sin perder identidad, porque lo que realmente importa es la música.

Cuando llegó el turno de “Talismán”, tuvo una intro y outro extendidas donde Giardino y Danilo Moschen dialogaron entre guitarra y teclados. Con el correr de los minutos y tras varios saludos del cantante, Barilari se dirigió a quienes aseguran que el rock está muerto: “Fuck you, está muerto“, lanzó antes de presentar “Rock es Rock”, incluida en el EP editado en 2024.

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Adrián agradeció con un mensaje claro: “35 años del disco, 40 de la banda… y los fans siguen ahí”. Y no fue una frase vacía. La conexión sigue intacta y atraviesa generaciones. En tiempos donde muchos shows tienden a acortarse, Rata Blanca hace lo contrario, deja que las canciones respiren, que los solos se desarrollen, que la música tome el tiempo que necesita.

Los clásicos del disco se intercalaron con un repaso de toda la discografía. Obviamente, “Haz tu jugada”,  fue uno de los momentos más celebrados por los fanáticos.

“Chico Callejero” se extendió con un Giardino juguetón, que sacó sonidos imposibles de su guitarra. Alan Fritzler sostuvo la base con un pulso firme desde la batería, mientras Juan Pablo Massanisso acompañó con un bajo sólido.

La frase que soltó Giardino más tarde lo resume bien: “Mientras haya una guitarrita eléctrica, habrá rock”. Difícil contradecirlo frente a miles de personas saltando un miércoles por la noche.

Celebrar este disco clásico no es un acto nostálgico. Es recordar un disco que en 1990 empujó al heavy metal argentino a una dimensión inesperada. Vendió cifras inéditas, generó fanáticos y detractores y colocó a Rata Blanca en el centro del fenómeno. Les dijeron “vendidos” cuando lograron masividad gracias a la power balada “Mujer Amante”. Les gritaron “grasas” cuando tocaron en bailantas pero nadie fué, es y será ajeno a lo que lograron estos músicos a lo largo de sus años.

El cierre llegó con “La Leyenda del Hada y el Mago”. Para ese entonces, nadie estaba sentado en sus butacas: los cuerpos sudados chocaban en el pit, los más cautos cantaban desde el fondo, pero nadie permanecía quieto. Cuando parecía que la noche había terminado, “El Último Ataque” puso el broche final. Fueron casi tres horas de concierto en plena semana laboral, y nadie estaba dispuesto a irse antes.

Rata Blanca demostró, una vez más, por qué es la banda más convocante del heavy metal argentino. Giardino, aquel pibe del Bajo Flores que soñaba con Deep Purple y Black Sabbath, hoy lidera una leyenda que sigue creciendo. Mientras el cuerpo aguante y la pasión siga intacta, no hay edad para dejar el rock.

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