

La noche comenzó con la banda polaca Dom Zły entrando lentamente y dejando al personal loco con la fuerza y contundencia de su metal. Desde la frontwoman, con una interpretación abrumadora, pasando por guitarras, bajo y batería, se vio a músicos entregados en escena y con unas tablas notables. Personalmente ya he añadido la banda a mi lista de reproducción y quedo con ganas de verlos en solitario con un setlist más largo. Gran concierto para poner a tono la Mon.
La multitud, un mar de camisetas oscuras y rostros expectantes, había aguardado con paciencia el momento culminante de la noche. Las luces bajaron su intensidad, sumiendo todo en una oscuridad cómplice, precursora de la tormenta sonora que estaba por desatarse, desde las sombras emergieron figuras envueltas en misteriosos ropajes negros, rostros ocultos bajo profundas capuchas. Zeal & Ardor, la vanguardia del metal suizo, los alquimistas sónicos que fusionan la furia del black metal con la melancolía ancestral de los espirituales afroamericanos, una propuesta audaz, un experimento sonoro que ha cautivado a legiones de oídos ávidos de nuevas experiencias.
Puntuales, como un ritual largamente esperado, la primera nota rasgó el silencio. “The bird, the lion and the Wildkin” irrumpió con una fuerza primitiva, un torrente de energía que barrió a la audiencia. En ese instante, la sala se convirtió en un hervidero de cuerpos en movimiento, puños en alto y una comunión visceral con la música, energía que no decairía durante el resto de set list, muy bien organizado y cargado de temas de su último disco, por supuesto, salpicado sus mejores temas de los albums anteriores .
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En el centro del escenario, Manuel Gagneux, la mente maestra detrás de esta singular propuesta, tejía melodías oscuras y letras cargadas de una intensidad palpable. Su voz, sorprendentemente tersa a pesar del torrente de metal que la rodeaba, se elevaba por encima del muro de sonido, narrando historias de dolor y resistencia. A sus flancos, Denis Wagner y Marc Obrist, los pilares vocales de la banda, se movían con una energía contagiosa, sus armonías resonando con una fuerza casi espectral, sus movimientos contagiosos, sus expresiones poderosas, todo junto un espectáculo sin igual. Cómo cantan, qué bello ver sus voces juntarse, sincronizarse. La banda es una máquina perfectamente engrasada. Tiziano Volante desgrana riffs afilados y solos incandescentes desde su guitarra, mientras que la base rítmica, cortesía de Lukas Kurmann al bajo y Marco Von Allmen a la batería, es un terremoto constante, un pulso implacable que mantenía a la audiencia en un estado de trance colectivo.
El concierto fue un viaje a través de las múltiples facetas de Zeal & Ardor. Canciones densas y abrasivas se alternaban con momentos de una belleza sombría. Cuando llegó el turno de “Blood in the River“, la atmósfera se transformó. La canción comenzó con una cadencia que evocaba el rhythm and blues, una melodía melancólica que parecía flotar en el aire, pero, como una bestia dormida que despierta de repente, la canción explotó en una furia metálica, distorsionada y visceral, para luego regresar a la cadencia inicial, dejando al público atónito ante esta dualidad sonora, la ovación sigue resonando, una experiencia única, un concierto que trascendía la mera ejecución musical para convertirse en un evento. La recomendación era unánime: había que verlos en directo, ser testigos de esta fuerza de la naturaleza sónica. Esta gira, sin duda, un acontecimiento imperdible.
En mi mente sigue en bucle “Death to the Holy“, una canción que define la esencia de la banda y que se ha convertido en una obsesión auditiva. La noche fue un triunfo para el metal, a pesar de caer en un jueves cualquiera, la comunidad metalera respondió con un sold out, congregándose para celebrar la música en su forma más intensa y creativa. Es reconfortante ver esa camaradería, esa pasión compartida por un género que a menudo se percibe como oscuro e individualista, pero que en realidad es una fuente de conexión y energía para tantos, el metal sigue vivo, vibrante y en constante evolución. Un mantra final, un recordatorio simple pero poderoso: ¡Escuchad metal!


La noche comenzó con la banda polaca Dom Zły entrando lentamente y dejando al personal loco con la fuerza y contundencia de su metal. Desde la frontwoman, con una interpretación abrumadora, pasando por guitarras, bajo y batería, se vio a músicos entregados en escena y con unas tablas notables. Personalmente ya he añadido la banda a mi lista de reproducción y quedo con ganas de verlos en solitario con un setlist más largo. Gran concierto para poner a tono la Mon.
La multitud, un mar de camisetas oscuras y rostros expectantes, había aguardado con paciencia el momento culminante de la noche. Las luces bajaron su intensidad, sumiendo todo en una oscuridad cómplice, precursora de la tormenta sonora que estaba por desatarse, desde las sombras emergieron figuras envueltas en misteriosos ropajes negros, rostros ocultos bajo profundas capuchas. Zeal & Ardor, la vanguardia del metal suizo, los alquimistas sónicos que fusionan la furia del black metal con la melancolía ancestral de los espirituales afroamericanos, una propuesta audaz, un experimento sonoro que ha cautivado a legiones de oídos ávidos de nuevas experiencias.
Puntuales, como un ritual largamente esperado, la primera nota rasgó el silencio. “The bird, the lion and the Wildkin” irrumpió con una fuerza primitiva, un torrente de energía que barrió a la audiencia. En ese instante, la sala se convirtió en un hervidero de cuerpos en movimiento, puños en alto y una comunión visceral con la música, energía que no decairía durante el resto de set list, muy bien organizado y cargado de temas de su último disco, por supuesto, salpicado sus mejores temas de los albums anteriores .
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En el centro del escenario, Manuel Gagneux, la mente maestra detrás de esta singular propuesta, tejía melodías oscuras y letras cargadas de una intensidad palpable. Su voz, sorprendentemente tersa a pesar del torrente de metal que la rodeaba, se elevaba por encima del muro de sonido, narrando historias de dolor y resistencia. A sus flancos, Denis Wagner y Marc Obrist, los pilares vocales de la banda, se movían con una energía contagiosa, sus armonías resonando con una fuerza casi espectral, sus movimientos contagiosos, sus expresiones poderosas, todo junto un espectáculo sin igual. Cómo cantan, qué bello ver sus voces juntarse, sincronizarse. La banda es una máquina perfectamente engrasada. Tiziano Volante desgrana riffs afilados y solos incandescentes desde su guitarra, mientras que la base rítmica, cortesía de Lukas Kurmann al bajo y Marco Von Allmen a la batería, es un terremoto constante, un pulso implacable que mantenía a la audiencia en un estado de trance colectivo.
El concierto fue un viaje a través de las múltiples facetas de Zeal & Ardor. Canciones densas y abrasivas se alternaban con momentos de una belleza sombría. Cuando llegó el turno de “Blood in the River“, la atmósfera se transformó. La canción comenzó con una cadencia que evocaba el rhythm and blues, una melodía melancólica que parecía flotar en el aire, pero, como una bestia dormida que despierta de repente, la canción explotó en una furia metálica, distorsionada y visceral, para luego regresar a la cadencia inicial, dejando al público atónito ante esta dualidad sonora, la ovación sigue resonando, una experiencia única, un concierto que trascendía la mera ejecución musical para convertirse en un evento. La recomendación era unánime: había que verlos en directo, ser testigos de esta fuerza de la naturaleza sónica. Esta gira, sin duda, un acontecimiento imperdible.
En mi mente sigue en bucle “Death to the Holy“, una canción que define la esencia de la banda y que se ha convertido en una obsesión auditiva. La noche fue un triunfo para el metal, a pesar de caer en un jueves cualquiera, la comunidad metalera respondió con un sold out, congregándose para celebrar la música en su forma más intensa y creativa. Es reconfortante ver esa camaradería, esa pasión compartida por un género que a menudo se percibe como oscuro e individualista, pero que en realidad es una fuente de conexión y energía para tantos, el metal sigue vivo, vibrante y en constante evolución. Un mantra final, un recordatorio simple pero poderoso: ¡Escuchad metal!