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The Cure – Songs Of A Lost World (2024)
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Ya sé que es un cliché, pero The Cure es una de las bandas que ha musicalizado mi vida desde mi adolescencia. Más allá del metal, siempre escuché distintos géneros, y entre ellos, el movimiento post-punk, goth rock y dark wave ha ocupado un lugar muy especial en mi corazón. Esto no quita que pueda ser crítico, y decir que, desde mi punto de vista, la extensa discografía de este grupo ícono de la oscuridad, ha tenido sus altibajos. Cada álbum tiene sus canciones memorables, pero no todos están al mismo nivel. El último trabajo que había calado muy profundo en mi alma fue Bloodflowers (2000), que completó la más gloriosa trilogía junto con Disintegration (1989) y Pornography (1982). Aparte de esos trabajos, sus otras tres obras cumbres, según mi sensibilidad, son Wish (1992), Faith (1981) y Seventeen Seconds (1980).

The Cure ha tenido un gran impacto en muchísimas bandas: Nine Inch Nails, The Smashing Pumpkins, The Jesus and Mary Chain, Placebo, Katatonia, Nothing, Deftones… Estos últimos tocaron un excelente cover de “If Only Tonight We Could Sleep” durante la ceremonia de inducción de los británicos al Rock & Roll Hall of Fame en 2019, un momento muy especial, con uno de mis grupos preferidos homenajeando a otra de mis bandas de cabecera. Recuerdo también la versión que, en 2022, Behemoth junto con Niklas Kvarforth (The Shining) grabaron del clásico A Forest. Vale la pena destacar el impacto en Argentina, hermosamente representado desde los 80’s por Soda Stereo (y Fricción, banda de Richard Coleman, aunque brevemente).

El año pasado, cuando los vi tocar en vivo “Alone”, un adelanto de este nuevo disco, en el marco del maravilloso show que brindaron en el Primavera Fest, supe que se avecinaba otra fuerte dosis de melancolía, una que volvería a llenarme. Y no me equivoqué. La voz de Robert Smith es imperecedera, y el bajo de Simon Gallup sigue siendo la columna que sostiene estas creaciones del más introspectivo existencialismo estético. Las letras, como si el sonido no fuera suficiente, destilan todas las emociones más crudamente humanas, aquellas que se vinculan con la conciencia de nuestra finitud: la nostalgia, la resignación, el duelo. Todas las canciones en este trabajo fueron íntegramente compuestas por Smith, quien, con 65 años de edad, ya está en una etapa en la que comprende el valor de vivir día a día y compartir una sabiduría que se muestra honesta, que no pretende vender ninguna promesa de felicidad, ni siquiera esperanza.

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El disco tomó forma tras las muertes de la madre, el padre y el hermano del ídolo inglés, y eso se nota. La inspiración proviene de una cadena de pérdidas que coincide increíblemente con la que yo mismo atravesé el año pasado, y eso hace que todo adquiera otra dimensión en mi mente. Si bien la obra podría haber salido en 2019, pasaron 16 años (desde el último trabajo editado) hasta que viera la luz. Sin embargo, la banda se mantuvo activa, tocando sus largos conciertos de más de dos horas en extensas giras mundiales, presentando la mitad de los tracks que forman parte de esta nueva ofrenda a la cultura.

“And Nothing Is Forever” brinda una combinación más agridulce, con una armonía y melodía de teclado sutilmente luminosas. El secreto es, justamente, que la luz muestra lo que hay, sea lo que sea, y nadie dice que deba ser algo que levante nuestro ánimo. Ya el comienzo de “A Fragile Thing”, con ese piano pesado y esa batería de mayor dinamismo, confirma lo que venía sospechando ya desde antes de que vibraran la guitarra afilada y el canto angustiado: The Cure nos ha entregado un álbum a la altura de los que mencioné previamente y que forman parte de la trama de mi identidad. El nombre Songs of a Lost World, y la gris foto de la portada también me daban esa impresión. Una escultura llamada Bagatelle (ahora propiedad de Smith) realizada en 1975 por el artista esloveno Janez Pirnat, que parece la cabeza del cantante de pelo enmarañado, descubierta en las ruinas de alguna ancestral civilización de la Mesopotamia, como si de un antiguo dios del sueño se tratara.

Todo se torna más tétrico en “Warsong”, con un solo de guitarra muy rockero que sobrevuela una base textural densa y gris como humo. Por si esto no fuera lo suficientemente ominoso, las palabras impactan como esquirlas de frío acero. “Drone:Nodrone” es de un ritmo más rápido y ganchero. Era necesario disipar un poco la opacidad en la atmósfera. Aun así, seguimos muy lejos del ocasional espíritu festivo que la banda supo demostrar en algunas de sus piezas más populares y de infinita circulación radial a lo largo de las décadas (y no me quejo de que así sea). Volvemos a hallarnos frente a otro pirotécnico despliegue de las seis cuerdas.

Si hacía falta que las teclas percutieran las fibras más íntimas de nuestro ser, el principio de “I Can Never Say Goodbye” se ocupa de ello. Volvemos a sumergirnos en las sombras y la guitarra sigue manteniendo la veta protagónica de los dos tracks previos. “All I Ever Am” eleva el ímpetu, con una batería intensa. El bajo retorna al lugar alto que se sabe que puede ocupar en la composición y el sintetizador suena palpitante. Tal como lo indica su título, “Endsong” marca el final de esta experiencia y tiene reminiscencias del principio, como si se tratara de un ciclo que se cierra. Hasta hay una sensación de marcha funeraria flotando en el aire, ¿es posible morirse con alegría? Cada cual lo sabrá llegado el día. Mientras tanto, ojalá tengamos mucho tiempo por delante para seguir escuchando esta nueva obra maestra.

The Cure es una banda que ha sabido trascender los límites de su propio género: cuando una de sus canciones puede ser tocada por los noisers extremos japoneses Gerogerigegege y la boy band pop punk Rock Bones, otra puede animar una fiesta gótica/dark y también ser parte de la playlist de tu mamá, o es citada como influencia por gente tan diferente como Fall Out Boy, Soda Stereo y Nine Inch Nails, queda claro que hablamos de una banda con un alcance importante. Debe ser por eso que los 16 años que Robert Smith y compañía se tomaron para editar nuevo material no fueron tan interminables como parecerían, no sólo porque The Cure se mantuvieron girando por el mundo dando sus recitales de dos horas y media, sino también porque su influencia ha sido constante seas un niño indie sensible, un fanático del industrial o un rockero pesado. Siempre han estado presentes, a pesar de todo.

Dicho eso, es obvio que el anuncio en septiembre de que el 1ro de noviembre saldría Songs of a Lost World, el primer álbum de The Cure desde 4:13 Dream (2008), fue toda una alegría: ya sabíamos que se estaba gestando este nuevo lanzamiento hacía años, siendo que la gira Shows of a Lost World, la primera que hicieron después de la pandemia, fue para debutar algunas de las canciones nuevas en vivo. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que me empezara a preocupar. 

¿Vieron cuando empiezan a imaginarse todas las formas en las que algo puede salir mal? Es un hábito preocupante que tengo, y en el caso de lo nuevo de The Cure me puse a acumular escenarios mentalmente. ¿Qué tal si esas versiones en vivo eran mejores que las de estudio? ¿Qué tal si la producción no estaba a la altura? Sumado a que en los últimos años tuvimos varios “regresos” que no estuvieron a la altura de las circunstancias, como el interminable Fear Inoculum de Tool, la duología Ordinary Man / Patient Number 9 de Ozzy, el infumable Hackney Diamonds de los Rolling Stones (extrañamente, tanto Ozzy como los Stones reclutando a Andrew Watt como productor, a quien considero una de las razones detrás de cómo salieron esos discos) y alguno más que me estaré olvidando. 

Pero claro que no todos han sido malos, así que cabía esperar y ver si Songs of a Lost World estaba más cerca de un Blackstar, un Random Access Memories o al menos un Invincible Shield que de alguno de los ejemplos antes mencionados.

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“Alone” abre la placa con una introducción corta y ya pasando a una marcha lenta, marcada no sólo por los teclados y el punteo preciso del bajo sino principalmente por el golpeteo de la batería de Jason Cooper. Es una primera sección muy larga, ocupando toda la primera mitad de la canción, pero en ningún momento se siente que dure más de lo que debería: hay una tensión constante, con esos sonidos atmosféricos y un aura oscura que cubre todo sin asfixiar. Y es entonces que, a mitad de la canción, entra Robert Smith, quien a sus 60 años (ahora tiene 65, pero la mayor parte del disco se grabó en 2019) debe ser de los cantantes que mejor ha mantenido su voz, sonando casi indistinguible de la época de Disintegration mientras canta a su manera característica sobre este el amor en medio de la catástrofe. 

Smith no se considerará a sí mismo como un buen cantante, pero en esta canción es obvio que su voz es una de las características principales de The Cure: no te la podés imaginar siendo cantada de otra manera.

“And Nothing Is Forever” es de cierta manera una balada, con muchos teclados, pianos y sonidos de cuerdas acompañando a Smith mientras canta sobre acompañar a alguien hasta el final. Logra ser todavía más oscura en ese aspecto, pero al mismo tiempo es una bocanada de aire fresco tras el inicio, siendo que el contexto es mucho más melódico. ¿Será la idea de compartir un último momento de felicidad antes de tener que enfrentar a la muerte? Sea esa la idea o no, es una canción de esas que me imagino a la gente cantando a coro en un concierto.

“A Fragile Thing” trata sobre el fin de una relación, con los sentimientos encontrados que se dan de por medio, y es una de las canciones más rockeras del álbum. Mucho de esto tiene que ver con la batería sonando más prominente incluso en medio del ritmo lento, pero aparte de eso encontramos detalles por todos lados: la línea de bajo, los teclados programados haciendo lo suyo alrededor de la base, el piano, el lamento vocal de Smith y los arreglos de guitarra. Es una canción densa en la cantidad de cosas, pero todo funciona de manera conjunta.

“Warsong” es la canción más corta de Songs of a Lost World, pero es también una de las más complicadas: densa, opresiva, pesada y la parte donde escuchamos diferentes voces acompañando a Smith cerca del final en un crescendo casi terrorífico es uno de los mejores momentos del álbum. No aportará muchos elementos nuevos siendo otra canción lenta y triste, pero no por eso es para dejarla de lado: Smith es un maestro al manejarse en este ambiente.

“Drone:Nodrone” tiene como atracción principal su línea de bajo, que acompañada por esos solos de guitarra en la segunda mitad recuerda mucho al rock alternativo de principios de los noventas. Por lejos la más rockera del álbum, muy buena para agregar un poco de diversidad manteniendo la oscuridad pero aumentando la intensidad. Sumado a eso, tiene uno de los mejores estribillos de la placa.

Una de las características de Songs of a Lost World es que todas las canciones fueron compuestas por Robert Smith, siendo apenas el segundo disco junto a The Head on the Door donde el músico tiene créditos exclusivos de todo un álbum. Pero incluso en ese contexto está claro que “I Can Never Say Goodbye” es una de sus canciones más personales no sólo de este trabajo sino también de toda la discografía de The Cure, siendo que está inspirada directamente por la muerte de Richard Smith, su hermano. Esta no fue la única pérdida que inspiró material del disco, pero es en esta canción donde se hace más explícito, sobre todo en el estribillo,

Robert Smith dijo que pasó por una gran cantidad de revisiones hasta poder encontrar la narrativa exacta, y como persona que escribe me puedo sentir completamente identificado: esta misma reseña pasó por varios momentos de borrar todo y comenzar de vuelta, por poner un ejemplo. Es otra canción triste, obviamente, pero lo es de una manera diferente al resto de las canciones, con su sentimiento de impotencia ante la inevitabilidad de la muerte. Con un inicio de pianos y el ingreso del bajo y la batería después, queda claro que nos está llevando a través de una narrativa y la descripción de un escenario, dando lugar a un track efectivo.

“All I Ever Am” es la más accesible del álbum. No hay mucho nuevo para decir, hasta podría decir que es la menos destacable del disco, pero el “stop” con eco es uno de los detalles más interesantes del disco. Ciertamente sirve como un buen aperitivo y un último respiro antes de sumergirnos en el viaje al que nos lleva la última canción.

Esa canción es “Endsong”, la segunda canción más larga de la discografía de The Cure, apenas superada por “Watching Me Fall” de Bloodflowers. Durante 10 minutos y 23 segundos, la banda cierra el álbum con un avance pesadísimo combinado con guitarras melódicas y suaves, con una estructura que funciona muy bien como contraparte de la inicial “Alone”, que también tenía una introducción instrumental larga, en este caso de poco más de 6 minutos, antes de tener las voces de Smith. Es casi una épica post rockera pasada por el filtro de The Cure, teniendo unas líneas de batería que son casi hipnóticas: no fue hasta que me fijé la duración que me di cuenta de cuánto duraba la canción a pesar de que ya la había escuchado varias veces. Es un final perfecto en todo sentido, tanto como composición en solitario como en el contexto del álbum.

Varios párrafos atrás mencionaba a Disintegration, y eso no fue sólo por buscar un ejemplo rápido sino porque aquella obra maestra de 1989 es la referencia principal para comparar a Songs of a Lost World. Ambos álbumes hacen énfasis en el costado más atmosférico de The Cure, con canciones tendiendo a largas, sufridas, melancólicas y oscuras marcadas por las guitarras llenas de efectos y los teclados. Este nuevo trabajo no tiene una sola canción principal más accesible, a lo “Just Like Heaven” de Kiss Me Kiss Me Kiss Me o un “Friday I’m In Love” de Wish, sino que se trata más de un trabajo íntegro en sus partes. La falta de un “hit” puede llegar a ser una contra para algunos, y no culparía a nadie si le pareciera que el disco puede ponerse un tanto monótono, pero los fans de Disintegration seguro estarán contentos, por usar alguna expresión.

Así que, ¿qué queda más por decir? Bueno, podemos hablar de la producción: en contraste con el miedo que le suelo tener a muchos discos de bandas rockeras veteranas en estos días, donde parece que los años de andar tocando en vivo sin protección para los oídos parecen haberlos afectado o dejan todo en manos de alguien que claramente no tiene la experiencia o habilidad para trabajar con este tipo de bandas, Songs of a Lost World suena como tiene que sonar: moderno en la idea de que claramente es un disco de 2024, pero con un buen espacio para todos los instrumentos sin que terminen confundiéndose unos con otros. Ayuda que los encargados de esto hayan sido Smith y Paul Corkett, con quien ya habían trabajado en Bloodflowers.

Como nota aparte, creo que la espera le sirvió muy bien a Songs of a Lost World, en más de un aspecto. Originalmente se iba a lanzar en 2019, pero decidieron retrasarlo y entonces cayó la pandemia y la cancelación de todos los eventos públicos, por lo que esperaron hasta que pudieran presentarlo en vivo. Además de eso, desde hace un tiempo hemos una ola de artistas que tomaron influencia explícita del post punk de los ochentas como Chelsea Wolfe, Crippling Alcoholism, Tribulation, Unto Others, Hamish Hawk, VVV, Fontaines DC y una larga lista más, introduciendo a toda una nueva generación a este sonido oscuro. ¿Tendrá The Cure la oportunidad de acercar a nuevos fans a través de este nuevo trabajo ahora que este estilo está muy presente en la mente de muchos? No lo descarto ni me sorprendería, pero más allá de eso es indudable que Songs of a Lost World es uno de los trabajos más destacados del año, y ocupará las listas de mejores discos del año de una enorme cantidad de gente.

Tras dieciséis años sin editar un disco, recordemos que el anterior había sido “4:13 Dream”, The Cure vuelve a entregarnos nuevo material, este “Songs Of A Lost World” es el 14vo, en casi 50 años de carrera.

Con un total de 8 pistas y 49 minutos de duración, Robert Smith nos vuelve a cautivar con su voz y composiciones escritas de su puño y letra. En ellas encontramos reflexiones profundas, llenas de dolor y recuerdos hacia aquellos que se han ido. La pérdida de varios familiares cercanos, incluidos sus padres y su hermano, se refleja en cada verso, transmitiendo emociones sentidas y auténticas.

En este nuevo lanzamiento no encontramos canciones que no se acerquen al pop ni mucho menos con estilo alegre que suenen en las radios al estilo de “Boys Don’t Cry” o “Friday i’m love”, están más centradas en sonidos profundos y suaves que recuerdan a grandes clásicos que están incluidos en discos como “Disintegration”, “Wish” o “Bloodflowers”.

No es un álbum extenso, pero sí toma su tiempo en desplegarse contando con frecuentes minutos instrumentales antes de cualquier canto. “Songs…..” tiene un flujo narrativo claro, desde el inicio con “Alone” hasta la última canción “Endsong”, evoca paisajes oscuros de aquellos grandes lanzamientos de los 80s pero con una madurez que los años y las pérdidas acorazaron los sueños de quien escribió cada pieza.

Robert Smith, hoy por hoy con 65 años, aún canta con esa intensidad dramática de adolescente, con sonidos de guitarras que parecen flotar en el aire y teclados que se hacen presentes en cada interpretación.

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La portada del álbum nos muestra un trozo de granito medio formado titulado “Bagatelle”, una obra de 1975 de Janez Pirnat, que evoca una escultura clásica dañada y que fue rescatada de las olas. Sus tonos grises recuerdan a la portada del disco “Faith” de 1981.

La apertura con “Alone” es simplemente impresionante en todos los sentidos, gélida, majestuosa, emotiva mientras que “And Nothing is Forever” sigue la estructura de la primera, con una intro que cautiva al escucha y que se mantiene en toda la placa. La tercera pieza lleva como nombre “A Fragile Thing”, una canción brillante, con líneas de piano entrelazadas con sonidos cuasi pop que lideran el sonido.

En “Warsong” presenciamos una canción que asfixia, con un camino disonante y espinoso dónde incluye una buena selección de melodías de teclados incluyendo un zumbido que recuerda a la era de “Disintegration”.

“Drone: NoDrone” es quizás la canción más pegadiza del disco, con muy buen solo de guitarras y un juego de batería que suena con crudeza proporcionando una base meticulosa.

¿Qué puedo acotar acerca de la vedette del disco?, sinceramente una canción espectacular, “I Can Never Say Goodbye” es el corte que mejor recoge todo el concepto musical y espiritual del nuevo disco de los británicos.

Una clásica intro “a lo The Cure” de más de dos minutos de duración, en dónde Robert Smith se estremece en sentimiento al abordar sobre la muerte de su hermano. Su voz se quiebra al cantar la letra dejando todo su pesar y duelo.

Llegando al final encontramos ”All I Ever Am”, con buenas melodías de guitarras y el acompañamiento de Smith, mientras que “”Endsong”” cierra el disco siendo la canción más larga, extendiéndose por más de 10 minutos llenos de atmósferas y melancolía en una semi balada en dónde Robert desnuda su alma.

Quizás sea el disco más triste de The Cure debido a las distintas situaciones que el artista tuvo que sufrir mientras lo componía y distintos acontecimientos en la vida personal de todos los músicos.

Si “Songs of a Lost World’ sería el último lanzamiento discográfico de The Cure, sólo queda darle las gracias a Robert Smith por semejante carrera.

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Los Vencidos – Tres EP (2024)
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Cuando hablamos sobre bandas inspiradas por los Ramones, “mezcla peculiar de influencias” no es una frase que suele quedar siquiera tachada en el primer borrador de una análisis: generalmente hablamos de bandas sin muchos rodeos o pretensiones, de la misma manera que el cuarteto de Nueva York buscaba hacer el rock más simple posible en la época del rock progresivo y el rock de estadio. Pero de vez en cuando tenemos excepciones, como es el caso de Los Vencidos, un power trío argentino que nos hizo llegar su EP Tres, editado de manera autogestionada.

Los Vencidos es una banda que lleva sus influencias a flor de piel: en su gacetilla de prensa directamente utilizan el término “ramonescore” para describir su sonido. Eso no llamaría tanto la atención si no fuera por la frase que esa palabra cierra: “La única banda straight edge del mundo que incursiona en el ramonescore”.

No sé hasta qué punto serán la única banda ramonera straight edge en el mundo, pero deben ser la única que conozca de Argentina. Como mencioné antes en mi crónica de Expulsados en el Teatro Flores, la tierra del tango y Messi fue una segunda casa para los Ramones, pudiendo llamársele una “pasión de multitudes”, pero el público que los seguía (y sigue, incluso a décadas de su separación y muerte de todos sus miembros originales) es mucho más dado a las canciones de barrio sobre tomar cerveza y fumar porro en una esquina de barrio y no tanto a la introspección y actitud casi militante contra las drogas de la escena SxE, que obviamente está mucho más relacionada con el mundo del hardcore punk.

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Los Vencidos buscan un punto medio entre ambas tendencias y logran encontrarlo en Tres. La fórmula es simple: toman el sonido crudo y las melodías vocales de los neoyorquinos, y lo mezclan con las letras más ideológicas del “borde recto”, con un toque más de lírica y visión poética para pulir un poco las tendencias más agresivas y directas del estilo hardcore. Es así que este EP son siete canciones que, en 15 minutos y monedas, muestra un sonido melódico y pegadizo que seguro capturará desde sus primeras notas a los fans de este estilo, acompañados por letras positivas que dejan bastante en claro las ideas de la banda.

El SxE es una tendencia que tiene muchos seguidores fieles pero puede provocar un poco de rechazo incluso entre otros punks, sobre todo cuando adopta esa tendencia más confrontacional de la misma manera que un amigo que descubrió la sobriedad puede arruinar una fiesta donde ni siquiera había tanto alcohol, o ese primo que descubrió la religión luego de un periodo de depresión y quiere compartirlo en la cena familiar porque cree que todos los otros presentes están en falta. Pero Los Vencidos van más allá de esas tendencias sectarias, que por suerte ya no se ven tanto en la escena: canciones como la inicial “Todo Mi Amor” y “Por Vos Soy Yo” son cantos de pura alegría punk rock ramonera, y no sonarían fuera de lugar con cualquier otra banda que no siguiera las mismas ideas del grupo.

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Ya en “Estoy Buscando Lo Mejor De Mí” las cosas se hacen más obvias, y se hacen explícitas en “El SxE Es Lo Que Quiero” y en el estribillo de “Riverstone”: ahí es imposible ocultar las ideas de Los Vencidos. Pero de principio a fin el EP mantiene un sonido amigable y pegadizo, con una marcha constante y esas melodías vocales cual Beach Boys de garage que tanto agradan, cerrando con la peculiar “Hoy Tu Amor Mañana El Mundo”, que a primera vista podría parecer sólo una versión en español de “Today Your Love, Tomorrow The World” pero es más una canción propia cuyo estribillo hace referencia directa a ese clásico de los Monchos. Es una combinación sonora que simplemente funciona, sin importar lo básicas que puedan ser las canciones en sus elementos fundamentales, aunque como contra, que siento que debo achacarle al álbum, diría que justamente las voces se escuchan un poco bajas, al punto de que hay momentos donde es complicado escucharlas y hacen más difícil apreciar las melodías. 

Más allá de ese detalle, creo que la producción está muy bien, con ese sonido casero pero prolijo. A fin de cuentas, corona un EP muy lindo en contenido y canciones, como para escucharlo una y otra vez y contagiarse de buena onda en cada nota.

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Rata Blanca – Rock es Rock EP (2024)
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Rata Blanca vuelve a la escena musical con un nuevo EP, ofreciendo una producción de alto nivel que, sin duda, supera el sonido de su anterior álbum Tormenta Eléctrica (2015). Este nuevo trabajo muestra un sonido pulido y un excelente manejo en la producción, en gran parte gracias a las recientes incorporaciones de Juan Pablo Massanisso en el bajo y Alan Fritzler en la batería. Ambos aportan una gran solidez rítmica, consolidando una base potente y precisa que aporta una frescura particular al sonido característico de la banda.

La canción que abre el EP, “Rock es Rock”, tiene un enfoque directo y enérgico, aunque su nombre pueda resultar un tanto genérico para un tema. La influencia de bandas como Mötley Crüe es evidente en su riff central, dándole un toque clásico de hard rock con el estilo propio de Walter Giardino en la guitarra. Sin embargo, el tema no termina de sorprender, dejando una sensación de que pudo haberse explorado un poco más para alcanzar el nivel de otros grandes éxitos de la banda.

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En “Hijos de la Tempestad”, destaca particularmente la interpretación vocal de Adrián Barilari, quien una vez más demuestra su capacidad de llevar la canción al siguiente nivel con su potencia y emotividad. Este tema, junto con la guitarra de Giardino, muestra un momento más inspirador del EP, recordando los momentos de gloria de Rata Blanca. La conexión entre ambos músicos se hace notar, brindando una de las interpretaciones más sólidas del trabajo.

La balada “Cuando sane tu corazón” comienza de manera suave con el teclado de Danilo Moschen, preparando el ambiente para una entrada envolvente de guitarra y la voz cautivadora de Barilari. Esta balada aporta el toque melódico y emocional del EP, mostrando la calidad vocal del cantante en un registro más introspectivo. Aunque la canción tiene su encanto, el desarrollo de la misma puede sentirse un tanto predecible, sin la complejidad o dinamismo que se espera de una balada de Rata Blanca.

El EP cierra con una versión diferente de “Mujer Amante” (si, una más), uno de los temas más queridos y emblemáticos de la banda. Si bien la idea de reinterpretar esta canción con una orquesta sinfónica es interesante, algunos fans esperaban una cuarta canción completamente nueva tras casi diez años sin nuevo material de estudio. En general, Rock es Rock es un EP que presenta un buen nivel de ejecución y producción, pero que deja cierto sabor a poco para aquellos que esperaban una propuesta completamente renovada.

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Great American Ghost – Power Through Terror (2020)
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A la espera de su cuarto álbum a las fechas en las que redacto esta reseña, esta vez me adentro en “Power Through Terror“, tercer álbum de la banda estadounidense Great American Ghost, lanzado hace cuatro años (2020). Personalmente este disco es una experiencia única. Con todas las mayúsculas.

Ahora veréis el por qué.

El crossover entre metalcore y hardcore de los de Manchester se destaca tanto por su brutalidad como por su mensaje confrontacional. Con este trabajo, los de Ethan Harrison establecen un estilo más que propio gracias a la inercia que venían arrastrando con sus dos anteriores trabajos de larga duración

Una Obra Personal…

Desde una perspectiva técnica, “Power Through Terror” se destaca por su producción cruda pero refinada, logrando un equilibrio perfecto entre la suciedad del hardcore y la precisión del metal moderno. La guitarra de Niko Gasparrini es un elemento clave en el disco, con riffs afilados y oscuros que se entrelazan con breakdowns devastadores.

La afinación baja y la textura abrasiva de los riffs son esenciales para crear una atmósfera de opresión y furia. Los momentos más destacados incluyen el uso de contratiempos y cambios de tempo inesperados, que añaden una dimensión técnica y un dinamismo único a la experiencia.

La sección rítmica también es un pilar fundamental. La batería, a cargo de Davier Pérez (Actualmente DevilDriver), es agresiva y precisa, con patrones que oscilan entre el blast beat y ritmos más complejos y sincopados. En diversas ocasiones, los tem

as se construyen en torno a ritmos implacables que subrayan la violencia emocional que impregna el disco de los de New Hampshire.

El sonido general está diseñado para impactarte tanto física como emocionalmente, con una producción a cargo de Will Putney (productor clave en la escena del metalcore y deathcore y fundador de Fit For An Autopsy).

Esto asegura una mezcla brutal pero clara, donde cada instrumento tiene su espacio sin sacrificar la cohesión del conjunto.

Reflexión Previa

Great American Ghost es conocido (aunque infravalorado desde mi punto de vista) por no rehuir temas oscuros, y “Power Through Terror” no es una excepción. Los temas abordan cuestiones de desesperación, ira social y lucha interna. Ethan Harrison, el vocalista, ofrece una interpretación feroz, con letras que exploran temas de abuso de poder, el trauma psicológico y la resistencia en tiempos oscuros.

La entrega vocal de Harrison es implacable, alternando entre gritos agudos llenos de rabia y guturales profundos que intensifican el peso emocional de las canciones.

Ya con el título del álbum obtenemos un indicativo de su enfoque temático: cómo se ejerce el poder a través del miedo y la opresión, y la resistencia ante este ciclo destructivo. Temas como “Altar of Snakes” y “Prison of Hate” exploran las formas en que el dolor y la violencia se utilizan como herramientas de control.

Líricas que son tan agresivas como la música que las acompaña, lo que refuerza la sensación de estar luchando constantemente contra un mundo que parece cada vez más caótico y deshumanizado.

Impacto y Conclusión

Esto no solo es un álbum cargado de energía y agresión, sino que también es un grito catártico que refleja las tensiones del mundo moderno. La combinación de metalcore, hardcore y un toque de deathcore crea una experiencia musical visceral y desgarradora.

Para mi este disco es ideal para los fanáticos de bandas como Knocked Loose, Code Orange o The Acacia Strain, que buscan no solo agresión sonora, sino también un mensaje profundo.

En resumen, Great American Ghost han logrado con este trabajo un álbum que es tan implacable como reflexivo, fusionando técnica, agresión y lirismo para ofrecer una declaración contundente dentro de la escena metalcore. Es un disco que exige ser escuchado con atención, tanto por su complejidad musical como por su mensaje de resistencia.

Estaremos a la espera de lo nuevo que nos depararán los de New Hampshire.

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Grand Magus – Sunraven (2024)
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Los suecos Grand Magus regresan con un nuevo capítulo épico que retoma la esencia heroica del poema de Beowulf, añadiendo otra pieza a su extensa discografía llena de mitos, monstruos y batallas. Su décimo álbum, Sunraven, vio la luz el 18 de octubre de la mano de Nuclear Blast, y devuelve la grandeza que los ha caracterizado a lo largo de los años. Este disco es un testamento del legado de los escandinavos, quienes, tras más de dos décadas en la escena, no solo se mantienen relevantes, sino que siguen afilando sus espadas musicales con cada lanzamiento.

Cuando los vi en vivo en el Graspop Metal Meeting de 2016, quedó claro que la banda posee una energía arrolladora y un dominio escénico que pocos pueden igualar. Esa misma potencia se siente en Sunraven, donde la voz de JB Christofersson, con su característico tono grave y poderoso, guía al oyente a través de una serie de historias cargadas de fuerza y espíritu vikingo. A diferencia de su anterior álbum, Wolf God, que parecía indicar cierto estancamiento en su fórmula, Sunraven representa un renacimiento sonoro, volviendo a lo básico pero con una renovada intensidad.

El álbum destaca por ser uno de los más breves en la carrera del trío sueco, pero eso no significa que escatime en calidad o en potencia. Cada uno de los 9 temas que lo componen tiene un propósito claro, sin material de relleno, y muchos ya lo consideran el mejor trabajo de la banda en la última década (Sin desmerecer: Triumph and Power o Sword Songs, que son muy buenos discos). Su coqueteo con las raíces de la NWOBHM es más evidente que nunca, haciendo guiños a leyendas como Iron Maiden o Judas Priest, pero sin perder su toque personal, que mezcla heavy metal tradicional con elementos de doom y una mística pagana.

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La portada de Sunraven, con su evocadora iconografía nórdica, es un perfecto anticipo del contenido del álbum: canciones como “The Wheel of Pain” y “To Heorot” son himnos épicos que rescatan la fuerza de los antiguos héroes, mientras que el sonido robusto y directo recuerda a sus primeros trabajos. El disco logra equilibrar a la perfección la nostalgia de sus álbumes más pesados del pasado con la frescura de nuevas ideas, algo que pocas bandas logran después de tantos años en la industria.

En este nuevo álbum, Grand Magus se mantiene fiel a su identidad: riffs poderosos, ritmos que marcan la pauta y coros que parecen diseñados para ser coreados en directo. La banda demuestra, una vez más, que son maestros en la construcción de estribillos épicos que retumban en la mente del oyente mucho después de terminar la última canción. A lo largo de Sunraven, se percibe una energía renovada que impulsa a la banda a nuevas alturas, haciendo justicia a su legado sin repetir fórmulas.

Para quienes han seguido su trayectoria, Sunraven es un recordatorio del poderío que siempre ha definido a Grand Magus. Este álbum ofrece una sólida segunda juventud para la banda, mostrando que aún tienen mucho que decir en la escena del heavy metal. Con una colección de canciones pegadizas, una producción impecable y una duración justa para mantener al oyente atrapado de principio a fin, Sunraven es un digno sucesor de su historia y una prueba de que estos veteranos todavía pueden sorprender.

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Elestigia – El r​í​o de los muertos y el barquero del sufrimiento existencial (2024)
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Elestigia es el proyecto personal de Noctus Nihil, un enigmático músico mexicano (es hasta ahí donde llegan los datos) que nos hizo llegar su LP El rí​o de los muertos y el barquero del sufrimiento existencial, editado de manera independiente y metido, según su mismo creador, dentro del “black metal depresivo”, una corriente que es medio un meme dentro del mundo del metal negro pero que al mismo tiempo tiene sus seguidores fieles. Yo podría contarme entre sus fans, o al menos como alguien a quien le atrae mucho la idea detrás de este estilo: esos riffs distantes y helados de la ola noruega se prestaban muy bien para las atmósferas melancólicas, al punto de que creo que álbumes como Hvis Lyset Tar Oss y sobre todo Filosofem de Burzum se pueden contar entre sus pioneros, más allá de ese fuera el intento del loquito neonazi de Varg Vikernes. Pero estoy muy consciente de por qué a muchos le puede provocar rechazo, como ya detallé anteriormente en mi reseña de Innocence.Love.Sadness de Sorry…, con todos sus clichés un tanto insoportables.

Pero me estoy yendo de tema, así que centrémonos en este particular álbum. Y “particular” es una buena manera de describirlo, porque lo de Elestigia parece venir por otro lado, incluso juzgando con sólo ver la portada y la lista de canciones: no recuerdo muchos discos de black depresivo con tantos tracks, a menos que hablemos de uno con interludios entre canciones más largas. Pero no, El río… nos presenta 18 canciones de duración media, manteniéndose casi sin excepciones entre los 3 y 4 minutos, lo cual es una rareza en un estilo tan dado a las meditaciones sonoras largas.

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Y ya metiéndonos en el álbum, Elestigia arranca las cosas sorprendentemente rápido, ya que “Elestigia”, en esta caso la canción que la comienzo a El río…, es una patada a los dientes de riffs bajo cero, blast beats y voces gritadas al límite de las cuerdas vocales. Hay más variantes y balance de los blast beats con ritmos más lentos, o al menos un toque menos salvajes, pero tanto en esta canción como en la primera parte del álbum este es el ritmo dominante. Puede que eso suene como que lo estoy tildando de “monótono”, y no sería una interpretación equivocada: justo antes de escucharlo hice una repasada rápido y no fue hasta “Antichristus” que una canción no comenzó con una catarata de blast beats. pero también sería engañoso, porque a pesar de siempre comenzar a los palos los tracks de esa primera mitad van variando internamente, incorporando secciones con más melodía y ritmos más definidos. pero ciertamente esa primera mitad puede hacerse un tanto larga a primera escucha, incluso para un fan del blast beat y esos riffs del black metal que parecen riffs de los Ramones tocados al doble de la velocidad en medio de una tormenta, y ni me imagino para alguien menos experimentado.

Las cosas comienzan a cambiar durante la segunda mitad, que es cuando Noctus Nihil comienza a experimentar más con los ritmos y hasta a tener ganchos más definidos desde el comienzo de la canciones: sigue habiendo blast beats y riffs que suenan como si estuviera frotando dos pedazos de metal, obviamente, pero también está la casi doom “Medium” y la riffera “Oraculum”, a la que sumaría la pesadillesca “Catharsis”, que alterna entre las partes ruidosas y el dejar a las voces desgarradas en solitario.

Hablando de ruido, El río… es ciertamente un disco ruidoso: no sé cuánto vendrá de la grabación misma y cuánto vendrá de la post producción, pero constantemente suena como si estuviera sonando en medio de una catedral abandonada, algo que en el mundo del black metal siempre me parece un plus ¿Eso haría que las voces fueran las de un demonio en medio de un exorcismo?

Y ya que mencionamos las voces, no esperen interludios recitados ni voces limpias: en El río… las voces están siempre en modo “vomitar sangre”, como es casi indispensable en el estilo. pero debo admitir que aprecio el que pueda entenderlas bastante, no sólo porque Noctus Nihil decidió escribir en español, una rareza en el estilo, sino también porque trata de vocalizar mejor que la media. No digo que lo haya entendido al 100%, pero no siempre necesitaba tener las letras presentes para poder entender los distintos pasajes.

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Como nota aparte, el álbum cierra con “Mastemah”, que aparece como un bonus track y con justa razón: tiene un estilo más marchoso y riffero, por momentos cercano al thrash e incluso con más diferenciación entre las distintas secciones. ¿Está mal que diga que es de mis momentos favoritos del álbum?m No es que me dé la misma pena que decir que un cover fuera la mejor canción de un disco, una de esas situaciones a las que siempre tememos enfrentarnos en el mundo de las reseñas musicales, pero este bonus track tiene un estilo que le queda sorprendentemente bien a Elestigia, y que hace un buen contraste entre el estilo atmosférico en el que se mueve casi todo el resto del lanzamiento.

Como primer álbum, El río… tiene sus cosas a mejorar. Uno de ellos es que algunas de las canciones tienen finales un tanto repentinos que no estoy seguro que hayan sido buscados adrede, como si hubiera algún problema durante la mezcla, y también hay algunas cosas que no cierran con respecto al ritmo, no tanto en el sentido musical de las composiciones sino más en la secuenciación, en cómo el álbum fluye entre canciones. Esto es algo que hasta grupos grandes se olvidan, porque parecen estar más centrados en las canciones de manera individual que en su conjunto, y la segunda mitad del lanzamiento demuestra que con un par de ajustes Elestigia estaría un paso adelante de muchos en ese aspecto.

El río… es claramente un álbum para fans del black y más específicamente para los del black depresivo. Esto puede sonar como una terrible obviedad, pero está claro que sólo una persona ya experimentada podrá apreciar sus sutilezas y tendrá un estómago fuerte como para obviar ciertas falencias que serían obstáculos imposibles de esquivar para muchos. Pero si usted es fan del estilo, El río… es un buen lanzamiento para ir conociendo una propuesta con más que un par de características como para formar un estilo propio en un género que tantas veces suele seguir un manual demasiado repetido.

 

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Allt – From The New World (2024)
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Allt llega por lo alto con su nuevo álbum From The New World, una propuesta que fusiona con destreza elementos del metal progresivo, deathcore y post-metal, con una identidad muy marcada que busca un sonido expansivo y emocionalmente denso; el conocido Thall. Este trabajo se caracteriza por una atención al detalle en la construcción de atmósferas y una técnica instrumental sobresaliente que va más allá de los clichés del género.

Líricamente, el álbum explora temas existenciales, crisis personales y la lucha contra la alienación, todo bajo un enfoque introspectivo y filosófico. Las letras son reflexivas y cargadas de un lenguaje poético que canaliza frustraciones, deseos de trascendencia y la confrontación con uno mismo.

La narrativa se construye en torno a un sentimiento de renacimiento o reconfiguración interna, lo cual se alinea perfectamente con el título From The New World. En canciones clave como “Rebirth” y “Echoes of the Lost,” Allt ofrece una mirada hacia la deconstrucción de antiguas creencias, mientras su música evoca un renacimiento tanto lírico como musical.

Reivindicando el thall

Desde un punto de vista ya más técnico, Allt demuestra una notable habilidad para combinar complejidad y agresión. La estructura de las canciones, aunque sigue un esquema progresivo, no se desvía en exceso hacia la experimentación abstracta. En cambio, la banda opta por momentos de cambio dinámico cuidadosamente pensados, lo que proporciona tanto intensidad como espacios para la introspección sonora.

Los guitarristas muestran una maestría en la ejecución de riffs contundentes y polirrítmicos, combinados con pasajes atmosféricos. Hay un uso frecuente de afinaciones bajas y técnicas como el djent para generar grooves pesados, que alternan con acordes amplios y texturas limpias. Esta combinación le da al álbum un tono que oscila entre lo aplastante y lo etéreo. Los breakdowns están cuidadosamente elaborados para mantener una intensidad equilibrada sin caer en la repetición, y los solos son técnicos pero melódicamente expresivos.

En cuanto a la batería, encontramos un uso generoso de bombos dobles y blast beats, pero la técnica no se limita a la velocidad: hay un juego constante entre los tiempos y los contratiempos que refuerza la sensación de urgencia y tensión en las canciones. La batería actúa como columna vertebral, dirigiendo los cambios de tempo y las transiciones abruptas que caracterizan el álbum. Además, los bajos están presentes de manera clara, con líneas que no solo refuerzan los riffs, sino que aportan un elemento de profundidad al espectro sonoro.

La parte vocal oscila entre gritos desgarradores y voces limpias. El enfoque vocal refleja la dualidad presente en las letras, con transiciones abruptas entre la furia y la melancolía. Este juego de texturas vocales se ve complementado por los arreglos instrumentales, que suelen ceder protagonismo a la voz en los momentos clave para realzar la narrativa emocional de cada canción.

Sello de la casa Odeholm

Buster Odeholm (Vildhjarta, Humanity’s Last Breath, Thrown) ha sido el encargado de la producción de From The New World el cual presenta un sonido nítido y expansivo, con una mezcla que permite discernir cada capa instrumental. El sueco hace un uso inteligente de efectos y reverberación, sobre todo en las secciones más atmosféricas, que generan un ambiente casi cinematográfico. El ingeniero de sonido optó por darle un carácter envolvente a los interludios y finales de canción, manteniendo la tensión entre las explosiones de agresión y los momentos de calma.

From The New World de Allt es un álbum que logra un balance entre la agresividad y la introspección, combinando técnicas de metal moderno con una narrativa lírica profunda y emotiva. Las letras invitan a la reflexión sobre temas de autodescubrimiento y lucha interna, mientras la música se presenta como un viaje dinámico e inmersivo. Allt ha creado un trabajo con un claro dominio técnico que no sacrifica la expresividad y que se perfila como una de las propuestas más interesantes dentro del metal progresivo contemporáneo.

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Vildhjarta – Måsstaden Under Vatten (2021)
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Måsstaden Under Vatten” es el segundo álbum de la banda sueca de Vildhjarta, lanzado en 2021, una secuela directa de su primer álbum “Måsstaden” (2011). Este trabajo fue muy profundo para mí, porque no solo consolida a la banda como pionera dentro del subgénero thall, sino que también expande sus capacidades sonoras y narrativas, con un enfoque técnico impresionante y un profundo sentido atmosférico.

Aspectos Técnicos y Musicales

Desde el punto de vista técnico, “Måsstaden Under Vatten” es una obra maestra del género, con un enfoque obsesivo en la precisión rítmica, patrones polirrítmicos complejos, y riffs sincopados que son característicos del thall. La afinación extremadamente grave de las guitarras y el uso de contratiempos te dan realmente una sensación de caos controlado, mientras que las baterías, en muchos momentos, parecen ser casi matemáticas en su ejecución.

A lo largo de sus 80 minutos, el álbum despliega pasajes que van desde riffs altamente técnicos hasta momentos más atmosféricos y etéreos, introduciendo una experiencia que es tan sofocante como hipnótica.

Vildhjarta utiliza una combinación de guitarras de 8 cuerdas y técnicas avanzadas de producción, lo que da lugar a una mezcla densa y detallada. Esto se refleja en la producción a cargo de Daniel Bergström y Buster Odeholm (Este último considerado como uno de los mejores productores en la actualidad), los propios miembros de la banda, que logran una claridad soberbia en medio de la muralla de sonido.

Contrastes de dinámicas y atmósferas oscuras se combinan con momentos más suaves, como puentes instrumentales ambientales, lo que te permite respirar antes de sumergirte nuevamente en la agresividad:

 

  • “lavender haze”: El segundo álbum de la banda comienza de manera contundente con un riff agresivo y una atmósfera opresiva que te introduce de lleno en el caos más puro. La extremadamente baja afinación de las guitarras, establecen el tono sombrío del álbum, mientras que la batería de Odeholm se siente casi industrial en su precisión. La sección vocal alterna entre growls profundos y voces gritadas, reflejando el tormento emocional y la tensión interna que predominará a lo largo del disco.

 

  • “när de du älskar kommer tillbaka från de döda”: Este tema destaca por su estructura impredecible, comenzando con una atmósfera ambiental inquietante antes de explotar en una tormenta de riffs polirrítmicos y breakdowns pesados. Las letras evocan imágenes sombrías, posiblemente relacionadas con el regreso de seres queridos desde el más allá, lo que añade un matiz de horror a la narrativa. En mi opinión una de las canciones que mas fuerte impactan en tu interior.

 

  • “kaos2”: Como su nombre lo indica, “kaos2” es pura energía destructiva. Las guitarras y la batería se entrelazan en patrones rítmicos que desafían la métrica convencional, creando un sentido de caos bien estructurado. La producción en este tema es particularmente notable, ya que logra que los múltiples elementos disonantes se sientan cohesionados sin perder claridad.

 

  • “toxin”: Aquí, Vildhjarta ofrece uno de los momentos más dinámicos del álbum. El tema alterna entre secciones pesadas y más melódicas, con pasajes instrumentales atmosféricos que permiten al oyente respirar antes de sumergirse nuevamente en la agresión. Las letras parecen explorar los efectos corruptivos de las emociones tóxicas, tanto en un plano personal como en un contexto social.

 

  • “brännmärkt”: Este es uno de los momentos más desoladores del álbum. Las guitarras crean una textura atmosférica densa, mientras que la batería y el bajo construyen un muro de sonido que se siente aplastante. Las guturales de Vilhelm Bladin refuerzan el tono desesperanzado de las letras, que parecen hablar de una marca o cicatriz emocional indeleble.

 

  • “vagabond”: Quizás el tema más accesible del álbum, “vagabond” mezcla elementos de groove con la característica afinación baja de Vildhjarta. El ritmo es más constante, aunque mantiene la complejidad técnica en los riffs. Las letras hablan de una búsqueda continua, tal vez de sentido o de un lugar en este mundo caótico, lo que añade una capa filosófica a la canción.

 

  • “mitt trötta hjarta”: Este tema introduce una atmósfera más reflexiva y melódica, aunque no pierde el carácter oscuro del álbum. El título, que se traduce como “mi cansado corazón”, refuerza el sentimiento de agotamiento emocional que atraviesa la narrativa lírica. Musicalmente, es uno de los momentos más introspectivos del álbum, con un uso más prominente de las melodías limpias y guitarras en tonos más bajos.

 

  • “detta drömmars sköte en slöja till ormars näste”: Con un título tan poético como inquietante, este tema es uno de los más densos del álbum, tanto en términos de producción como de contenido emocional. Las guitarras alternan entre riffs machacantes y paisajes sonoros etéreos, mientras que las voces parecen narrar una especie de descenso a lo desconocido o a un mundo surrealista lleno de serpientes y sueños rotos.

 

  • “pärlor”: Los de Hudiksvall vuelven a ofrecernos un tema atmosférico con un sentido de opresión creciente. La instrumental crean una textura densa, mientras que las vocales parecen luchar por salir a la superficie. Es una de las piezas más experimentales del álbum, jugando con el contraste entre lo melódico y lo caótico.

 

  • “måsstadens nationalsång (under vatten)”: Esta es una reimaginación del tema principal del álbum debut “Måsstaden”. El tema sirve como una especie de himno oscuro y solemne que cierra el círculo narrativo iniciado en su álbum anterior. Musicalmente, es uno de los temas más grandiosos y épicos, con guitarras que crean paisajes sonoros expansivos y una batería que refuerza el sentido de finalización y resolución.

 

  • “heartsmear”: Aquí encontramos un tema que encapsula perfectamente el sonido de Vildhjarta. Es agresivo, pero también profundamente melódico y atmosférico. Los riffs sincopados y los cambios de tempo añaden una tensión constante, mientras que las letras parecen explorar el dolor emocional de una forma abstracta pero evocadora.

 

  • “sunset sunrise”: El final del álbum cierra de forma apoteósica. Los elementos ambientales y los riffs pesados se mezclan para crear una sensación de viaje a través de un mundo oscuro y surrealista. La alternancia entre las voces guturales y limpias refuerza la narrativa dual del álbum: caos y belleza coexistiendo en un mismo espacio.

 

La historia sigue siendo críptica y abierta a la interpretación, pero parece explorar temas de aislamiento, fatalismo y ciclos de destrucción y renacimiento. En contraste con la música, las letras son abstractas, llenas de imágenes que evocan la naturaleza sombría del mundo que han creado.

El ámbito vocal alterna entre guturales profundos y voces agudas, creando una dualidad emocional que refuerza la naturaleza bipolar de la música. Los momentos más melódicos en las voces añaden un toque de desesperanza que contrasta con los violentos estallidos de los versos más agresivos. No es un álbum que se pueda entender de manera directa, ya que su narrativa depende tanto de las sensaciones provocadas como de las palabras mismas.

Impacto y Conclusión

Måsstaden Under Vatten” no es un álbum fácil de escuchar debido a su complejidad si, pero es precisamente su intrincada composición lo que lo convierte en una obra magna dentro del propio género. Es una evolución significativa respecto a su predecesor y demuestra una madurez musical impresionante. Personalmente diría que “inmersión” es la palabra indicada para definir el trabajo de los de Hudiksvall

Este trabajo se siente como una odisea musical a través de un paisaje apocalíptico, y si bien no es accesible para todos, quienes disfruten de la música técnica y atmosférica como yo encontrarán una obra maestra en este álbum.

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Manes – Pathei Mathos (2024)
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Por lo general, evito afirmar que hay bandas “sobrevaloradas” o “infravaloradas”, pues considero que cada cual tiene su audiencia y los gustos son siempre subjetivos. No obstante, sí creo que algunos proyectos, por el motivo que sea, terminan quedando bastante relegados en la marea de la escena musical moderna, a pesar de que, a mi entender, muchas más personas gozarían de su arte si los conocieran. Eso es exactamente lo que opino de Manes, un grupo que se formó en Noruega en 1992 y empezó tocando black metal, para luego atravesar una metamorfosis creativa comparable a la de Ulver (quizás esa sea parte de la explicación del problema).

La transformación ya se notó con claridad desde 2003, cuando la banda inició su experimentación con el jazz, trip-hop y la electrónica, sin perder la referencia del metal y, en ocasiones, con un enfoque progresivo y atmosférico. Sus dos últimos discos, “Slow Motion Death Sequence” (2018) y “Be All End All” (2014) fueron de una belleza increíble. En este punto, cabe aclarar que las incesantes mutaciones de Manes además supusieron una constitución más como “colectivo” que como banda, si bien hay un núcleo de integrantes que se mantiene relativamente constante: Tor-Helge Skei (todos los instrumentos y electrónica), Rune Hoemsnes (batería y percusión), Asgeir Hatlen, Torstein Parelius (bajo) y Eivind Fjøseide (guitarra).

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“Submerged” es una canción de una melancolía misteriosamente dulce. La voz femenina a cargo de M. Hellem es mesmerizante y las melodías de sintetizador y de guitarra son de tremendo poder con un notable minimalismo. La base de batería y bajo es precisa y versátil. Tras un principio bastante enigmático, el conjunto total se impone abruptamente en “Fallen”, para luego ir generando climas más calmos. Al igual que sucedió en el track anterior, aparecen algunos samples vocales, aunque es el cautivante canto de sirena lo que sigue enamorando. Las líneas de guitarra y de bajo adquieren mayor potencia y tiene una sonoridad casi de black metal, como ecos ancestrales de los orígenes.

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Las cualidades mágicas del canto alcanzan nuevas dimensiones en “A Vessel for Change”, recordando bastante a la época más popular de The Gathering. Unos machaques hacen que todo se vuelva más pesado. El aporte de los sintetizadores, por momentos ruidosos, y en otros armónicos, resulta muy valioso.

El final llega con “End of the River” y queda claro que este EP es una colección de cuatro excelentes canciones, todas cantadas por una mujer, a diferencia de los trabajos anteriores. La veta del track anterior se profundiza, con ese espíritu que busca hundirnos en insondables profundidades emocionales. Algunos tramos de electrónica casi drum and bass, más samples, guitarras intensas, y la voz, esa voz… Si suelen tomar en cuenta mis recomendaciones, denle una oportunidad a Manes.

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Sumac – The Healer (2024)
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Sumac es un trío que bien puede considerarse un supergrupo. Fue fundado en 2014 por mi adorado Brian Cook (Botch, Russian Circles), Aaaron Turner (Isis, Old Man Gloom) y Nick Yasyshin (Baptists, Hard Feelings). Para el público amante del post-metal, sin dudas hay aquí una confluencia de figuras legendarias. La música de la banda es una mezcla de sludge metal, death doom y noise rock con una actitud muy similar a la del free jazz (no es casualidad que hayan colaborado, en más de una ocasión, con el mítico guitarrista improvisador Keiji Haino. Otra vez, la portada es una pintura abstracta, lo cual resulta coherente con el contenido del disco.

Los cuatro tracks que se desarrollan a lo largo de más de una hora dan cuenta del abordaje musical que Sumac propone: el arte de componer improvisando al tocar todos juntos en el estudio. Quizás pueda sonar contradictorio para algunas personas, pero lograr un nivel de improvisación tan efectivo creativamente implica niveles de control que solo pueden lograr músicos muy experimentados como los que grabaron este excelente quinto álbum.

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Desde ya que la extensa duración de cada track supone un recorrido por pasajes de lo más diversos, totalmente conectados con la emotividad personal y grupal que surge espontáneamente interactuando con otros. “World of Light” comienza con el bajo saturado de Cook, generando amplias vibraciones de proporciones sísmicas. Rápidamente se suman la batería de Yasyshin y la ruidosa, aunque en principio minimalista, guitarra de Turner, cuya voz gutural aparece más tarde: corrosiva, desgarradora, quebrada. Cada instrumento tiene un despliegue que responde a una intencionalidad exploratoria muy atenta a los matices, las texturas, los silencios y las disonancias, algo que es típico en músicos que se dedican a la improvisación libre. Así como hay tramos de relativa quietud, hay otros de vertiginosa convulsión. Estas búsquedas sonoras suelen entrar en territorios que podríamos llamar drone.

El canto se destruye, se rompe, se tortura hasta la disfonía, mientras suenan acordes terriblemente melancólicos. La apuesta por hacer música de esta manera implica una honestidad brutal, una transparencia de enorme valentía, una glorificación de la intuición colectiva.  Hay una crudeza espiritual en lo que Sumac genera, hasta podría decirse una psicodelia angustiante. La manipulación de los pedales de efectos y la precisión cacofónica parecen apuntar a alterar la conciencia hasta disolverla en un final abrumador.

A continuación empieza “Yellow Dawn”, casi como el acompañamiento de una peregrinación a tierras desconocidas. La incorporación de un sintetizador colabora con un clima introspectivo y la delicadeza de la guitarra evoca misticismo. Pronto irrumpen un machaque aplastante y los gritos catárticos. La base rítmica es tan sólida como versátil. Se percibe una más clara impronta en cuanto a riffs, pero también de solos desenfrenados, frenéticos.

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En “New Rites” la voz de Turner aparece más rápido que nunca antes y, por momentos, lleva el registro a puntos reminiscentes de Isis. Al cantar en el marco de improvisaciones, su enfoque es más dramático que melódico. Emerge otro riff bastante pregnante, tras un lapso de bastante liviandad en la instrumentación. Posteriormente todo se acelera con un halo casi de post-hardcore, para ralentizarse hasta la desesperación a pocos minutos de terminar.

“The Stone’s Turn” es una pieza casi tan extensa como la que abre el disco. El ruido se impone amenazante, al igual que la vociferación casi animal. Se desencadena el caos contenido en los límites de una trinidad mental. Prosigue la investigación psíquica mediante el sonido socializado, la magia de la comunicación musical sin partir de construcciones preestablecidas. Otros dos solos de guitarra alcanzan dimensiones lisérgicas y se nos ofrecen nuevos riffs más que meritorios.

La de Sumac es una invitación a adentrarnos en una estética que, sin alejarnos del metal, nos aproxima a formas más propias de la música contemporánea vanguardista. Quienes gozan al dejarse llevar por los avatares del arte, encontrarán en este álbum una obra que podrán disfrutar sin que el desafío llegue a resultarles desbordante.

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The Cure – Songs Of A Lost World (2024)
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Ya sé que es un cliché, pero The Cure es una de las bandas que ha musicalizado mi vida desde mi adolescencia. Más allá del metal, siempre escuché distintos géneros, y entre ellos, el movimiento post-punk, goth rock y dark wave ha ocupado un lugar muy especial en mi corazón. Esto no quita que pueda ser crítico, y decir que, desde mi punto de vista, la extensa discografía de este grupo ícono de la oscuridad, ha tenido sus altibajos. Cada álbum tiene sus canciones memorables, pero no todos están al mismo nivel. El último trabajo que había calado muy profundo en mi alma fue Bloodflowers (2000), que completó la más gloriosa trilogía junto con Disintegration (1989) y Pornography (1982). Aparte de esos trabajos, sus otras tres obras cumbres, según mi sensibilidad, son Wish (1992), Faith (1981) y Seventeen Seconds (1980).

The Cure ha tenido un gran impacto en muchísimas bandas: Nine Inch Nails, The Smashing Pumpkins, The Jesus and Mary Chain, Placebo, Katatonia, Nothing, Deftones… Estos últimos tocaron un excelente cover de “If Only Tonight We Could Sleep” durante la ceremonia de inducción de los británicos al Rock & Roll Hall of Fame en 2019, un momento muy especial, con uno de mis grupos preferidos homenajeando a otra de mis bandas de cabecera. Recuerdo también la versión que, en 2022, Behemoth junto con Niklas Kvarforth (The Shining) grabaron del clásico A Forest. Vale la pena destacar el impacto en Argentina, hermosamente representado desde los 80’s por Soda Stereo (y Fricción, banda de Richard Coleman, aunque brevemente).

El año pasado, cuando los vi tocar en vivo “Alone”, un adelanto de este nuevo disco, en el marco del maravilloso show que brindaron en el Primavera Fest, supe que se avecinaba otra fuerte dosis de melancolía, una que volvería a llenarme. Y no me equivoqué. La voz de Robert Smith es imperecedera, y el bajo de Simon Gallup sigue siendo la columna que sostiene estas creaciones del más introspectivo existencialismo estético. Las letras, como si el sonido no fuera suficiente, destilan todas las emociones más crudamente humanas, aquellas que se vinculan con la conciencia de nuestra finitud: la nostalgia, la resignación, el duelo. Todas las canciones en este trabajo fueron íntegramente compuestas por Smith, quien, con 65 años de edad, ya está en una etapa en la que comprende el valor de vivir día a día y compartir una sabiduría que se muestra honesta, que no pretende vender ninguna promesa de felicidad, ni siquiera esperanza.

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El disco tomó forma tras las muertes de la madre, el padre y el hermano del ídolo inglés, y eso se nota. La inspiración proviene de una cadena de pérdidas que coincide increíblemente con la que yo mismo atravesé el año pasado, y eso hace que todo adquiera otra dimensión en mi mente. Si bien la obra podría haber salido en 2019, pasaron 16 años (desde el último trabajo editado) hasta que viera la luz. Sin embargo, la banda se mantuvo activa, tocando sus largos conciertos de más de dos horas en extensas giras mundiales, presentando la mitad de los tracks que forman parte de esta nueva ofrenda a la cultura.

“And Nothing Is Forever” brinda una combinación más agridulce, con una armonía y melodía de teclado sutilmente luminosas. El secreto es, justamente, que la luz muestra lo que hay, sea lo que sea, y nadie dice que deba ser algo que levante nuestro ánimo. Ya el comienzo de “A Fragile Thing”, con ese piano pesado y esa batería de mayor dinamismo, confirma lo que venía sospechando ya desde antes de que vibraran la guitarra afilada y el canto angustiado: The Cure nos ha entregado un álbum a la altura de los que mencioné previamente y que forman parte de la trama de mi identidad. El nombre Songs of a Lost World, y la gris foto de la portada también me daban esa impresión. Una escultura llamada Bagatelle (ahora propiedad de Smith) realizada en 1975 por el artista esloveno Janez Pirnat, que parece la cabeza del cantante de pelo enmarañado, descubierta en las ruinas de alguna ancestral civilización de la Mesopotamia, como si de un antiguo dios del sueño se tratara.

Todo se torna más tétrico en “Warsong”, con un solo de guitarra muy rockero que sobrevuela una base textural densa y gris como humo. Por si esto no fuera lo suficientemente ominoso, las palabras impactan como esquirlas de frío acero. “Drone:Nodrone” es de un ritmo más rápido y ganchero. Era necesario disipar un poco la opacidad en la atmósfera. Aun así, seguimos muy lejos del ocasional espíritu festivo que la banda supo demostrar en algunas de sus piezas más populares y de infinita circulación radial a lo largo de las décadas (y no me quejo de que así sea). Volvemos a hallarnos frente a otro pirotécnico despliegue de las seis cuerdas.

Si hacía falta que las teclas percutieran las fibras más íntimas de nuestro ser, el principio de “I Can Never Say Goodbye” se ocupa de ello. Volvemos a sumergirnos en las sombras y la guitarra sigue manteniendo la veta protagónica de los dos tracks previos. “All I Ever Am” eleva el ímpetu, con una batería intensa. El bajo retorna al lugar alto que se sabe que puede ocupar en la composición y el sintetizador suena palpitante. Tal como lo indica su título, “Endsong” marca el final de esta experiencia y tiene reminiscencias del principio, como si se tratara de un ciclo que se cierra. Hasta hay una sensación de marcha funeraria flotando en el aire, ¿es posible morirse con alegría? Cada cual lo sabrá llegado el día. Mientras tanto, ojalá tengamos mucho tiempo por delante para seguir escuchando esta nueva obra maestra.

The Cure es una banda que ha sabido trascender los límites de su propio género: cuando una de sus canciones puede ser tocada por los noisers extremos japoneses Gerogerigegege y la boy band pop punk Rock Bones, otra puede animar una fiesta gótica/dark y también ser parte de la playlist de tu mamá, o es citada como influencia por gente tan diferente como Fall Out Boy, Soda Stereo y Nine Inch Nails, queda claro que hablamos de una banda con un alcance importante. Debe ser por eso que los 16 años que Robert Smith y compañía se tomaron para editar nuevo material no fueron tan interminables como parecerían, no sólo porque The Cure se mantuvieron girando por el mundo dando sus recitales de dos horas y media, sino también porque su influencia ha sido constante seas un niño indie sensible, un fanático del industrial o un rockero pesado. Siempre han estado presentes, a pesar de todo.

Dicho eso, es obvio que el anuncio en septiembre de que el 1ro de noviembre saldría Songs of a Lost World, el primer álbum de The Cure desde 4:13 Dream (2008), fue toda una alegría: ya sabíamos que se estaba gestando este nuevo lanzamiento hacía años, siendo que la gira Shows of a Lost World, la primera que hicieron después de la pandemia, fue para debutar algunas de las canciones nuevas en vivo. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que me empezara a preocupar. 

¿Vieron cuando empiezan a imaginarse todas las formas en las que algo puede salir mal? Es un hábito preocupante que tengo, y en el caso de lo nuevo de The Cure me puse a acumular escenarios mentalmente. ¿Qué tal si esas versiones en vivo eran mejores que las de estudio? ¿Qué tal si la producción no estaba a la altura? Sumado a que en los últimos años tuvimos varios “regresos” que no estuvieron a la altura de las circunstancias, como el interminable Fear Inoculum de Tool, la duología Ordinary Man / Patient Number 9 de Ozzy, el infumable Hackney Diamonds de los Rolling Stones (extrañamente, tanto Ozzy como los Stones reclutando a Andrew Watt como productor, a quien considero una de las razones detrás de cómo salieron esos discos) y alguno más que me estaré olvidando. 

Pero claro que no todos han sido malos, así que cabía esperar y ver si Songs of a Lost World estaba más cerca de un Blackstar, un Random Access Memories o al menos un Invincible Shield que de alguno de los ejemplos antes mencionados.

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“Alone” abre la placa con una introducción corta y ya pasando a una marcha lenta, marcada no sólo por los teclados y el punteo preciso del bajo sino principalmente por el golpeteo de la batería de Jason Cooper. Es una primera sección muy larga, ocupando toda la primera mitad de la canción, pero en ningún momento se siente que dure más de lo que debería: hay una tensión constante, con esos sonidos atmosféricos y un aura oscura que cubre todo sin asfixiar. Y es entonces que, a mitad de la canción, entra Robert Smith, quien a sus 60 años (ahora tiene 65, pero la mayor parte del disco se grabó en 2019) debe ser de los cantantes que mejor ha mantenido su voz, sonando casi indistinguible de la época de Disintegration mientras canta a su manera característica sobre este el amor en medio de la catástrofe. 

Smith no se considerará a sí mismo como un buen cantante, pero en esta canción es obvio que su voz es una de las características principales de The Cure: no te la podés imaginar siendo cantada de otra manera.

“And Nothing Is Forever” es de cierta manera una balada, con muchos teclados, pianos y sonidos de cuerdas acompañando a Smith mientras canta sobre acompañar a alguien hasta el final. Logra ser todavía más oscura en ese aspecto, pero al mismo tiempo es una bocanada de aire fresco tras el inicio, siendo que el contexto es mucho más melódico. ¿Será la idea de compartir un último momento de felicidad antes de tener que enfrentar a la muerte? Sea esa la idea o no, es una canción de esas que me imagino a la gente cantando a coro en un concierto.

“A Fragile Thing” trata sobre el fin de una relación, con los sentimientos encontrados que se dan de por medio, y es una de las canciones más rockeras del álbum. Mucho de esto tiene que ver con la batería sonando más prominente incluso en medio del ritmo lento, pero aparte de eso encontramos detalles por todos lados: la línea de bajo, los teclados programados haciendo lo suyo alrededor de la base, el piano, el lamento vocal de Smith y los arreglos de guitarra. Es una canción densa en la cantidad de cosas, pero todo funciona de manera conjunta.

“Warsong” es la canción más corta de Songs of a Lost World, pero es también una de las más complicadas: densa, opresiva, pesada y la parte donde escuchamos diferentes voces acompañando a Smith cerca del final en un crescendo casi terrorífico es uno de los mejores momentos del álbum. No aportará muchos elementos nuevos siendo otra canción lenta y triste, pero no por eso es para dejarla de lado: Smith es un maestro al manejarse en este ambiente.

“Drone:Nodrone” tiene como atracción principal su línea de bajo, que acompañada por esos solos de guitarra en la segunda mitad recuerda mucho al rock alternativo de principios de los noventas. Por lejos la más rockera del álbum, muy buena para agregar un poco de diversidad manteniendo la oscuridad pero aumentando la intensidad. Sumado a eso, tiene uno de los mejores estribillos de la placa.

Una de las características de Songs of a Lost World es que todas las canciones fueron compuestas por Robert Smith, siendo apenas el segundo disco junto a The Head on the Door donde el músico tiene créditos exclusivos de todo un álbum. Pero incluso en ese contexto está claro que “I Can Never Say Goodbye” es una de sus canciones más personales no sólo de este trabajo sino también de toda la discografía de The Cure, siendo que está inspirada directamente por la muerte de Richard Smith, su hermano. Esta no fue la única pérdida que inspiró material del disco, pero es en esta canción donde se hace más explícito, sobre todo en el estribillo,

Robert Smith dijo que pasó por una gran cantidad de revisiones hasta poder encontrar la narrativa exacta, y como persona que escribe me puedo sentir completamente identificado: esta misma reseña pasó por varios momentos de borrar todo y comenzar de vuelta, por poner un ejemplo. Es otra canción triste, obviamente, pero lo es de una manera diferente al resto de las canciones, con su sentimiento de impotencia ante la inevitabilidad de la muerte. Con un inicio de pianos y el ingreso del bajo y la batería después, queda claro que nos está llevando a través de una narrativa y la descripción de un escenario, dando lugar a un track efectivo.

“All I Ever Am” es la más accesible del álbum. No hay mucho nuevo para decir, hasta podría decir que es la menos destacable del disco, pero el “stop” con eco es uno de los detalles más interesantes del disco. Ciertamente sirve como un buen aperitivo y un último respiro antes de sumergirnos en el viaje al que nos lleva la última canción.

Esa canción es “Endsong”, la segunda canción más larga de la discografía de The Cure, apenas superada por “Watching Me Fall” de Bloodflowers. Durante 10 minutos y 23 segundos, la banda cierra el álbum con un avance pesadísimo combinado con guitarras melódicas y suaves, con una estructura que funciona muy bien como contraparte de la inicial “Alone”, que también tenía una introducción instrumental larga, en este caso de poco más de 6 minutos, antes de tener las voces de Smith. Es casi una épica post rockera pasada por el filtro de The Cure, teniendo unas líneas de batería que son casi hipnóticas: no fue hasta que me fijé la duración que me di cuenta de cuánto duraba la canción a pesar de que ya la había escuchado varias veces. Es un final perfecto en todo sentido, tanto como composición en solitario como en el contexto del álbum.

Varios párrafos atrás mencionaba a Disintegration, y eso no fue sólo por buscar un ejemplo rápido sino porque aquella obra maestra de 1989 es la referencia principal para comparar a Songs of a Lost World. Ambos álbumes hacen énfasis en el costado más atmosférico de The Cure, con canciones tendiendo a largas, sufridas, melancólicas y oscuras marcadas por las guitarras llenas de efectos y los teclados. Este nuevo trabajo no tiene una sola canción principal más accesible, a lo “Just Like Heaven” de Kiss Me Kiss Me Kiss Me o un “Friday I’m In Love” de Wish, sino que se trata más de un trabajo íntegro en sus partes. La falta de un “hit” puede llegar a ser una contra para algunos, y no culparía a nadie si le pareciera que el disco puede ponerse un tanto monótono, pero los fans de Disintegration seguro estarán contentos, por usar alguna expresión.

Así que, ¿qué queda más por decir? Bueno, podemos hablar de la producción: en contraste con el miedo que le suelo tener a muchos discos de bandas rockeras veteranas en estos días, donde parece que los años de andar tocando en vivo sin protección para los oídos parecen haberlos afectado o dejan todo en manos de alguien que claramente no tiene la experiencia o habilidad para trabajar con este tipo de bandas, Songs of a Lost World suena como tiene que sonar: moderno en la idea de que claramente es un disco de 2024, pero con un buen espacio para todos los instrumentos sin que terminen confundiéndose unos con otros. Ayuda que los encargados de esto hayan sido Smith y Paul Corkett, con quien ya habían trabajado en Bloodflowers.

Como nota aparte, creo que la espera le sirvió muy bien a Songs of a Lost World, en más de un aspecto. Originalmente se iba a lanzar en 2019, pero decidieron retrasarlo y entonces cayó la pandemia y la cancelación de todos los eventos públicos, por lo que esperaron hasta que pudieran presentarlo en vivo. Además de eso, desde hace un tiempo hemos una ola de artistas que tomaron influencia explícita del post punk de los ochentas como Chelsea Wolfe, Crippling Alcoholism, Tribulation, Unto Others, Hamish Hawk, VVV, Fontaines DC y una larga lista más, introduciendo a toda una nueva generación a este sonido oscuro. ¿Tendrá The Cure la oportunidad de acercar a nuevos fans a través de este nuevo trabajo ahora que este estilo está muy presente en la mente de muchos? No lo descarto ni me sorprendería, pero más allá de eso es indudable que Songs of a Lost World es uno de los trabajos más destacados del año, y ocupará las listas de mejores discos del año de una enorme cantidad de gente.

Tras dieciséis años sin editar un disco, recordemos que el anterior había sido “4:13 Dream”, The Cure vuelve a entregarnos nuevo material, este “Songs Of A Lost World” es el 14vo, en casi 50 años de carrera.

Con un total de 8 pistas y 49 minutos de duración, Robert Smith nos vuelve a cautivar con su voz y composiciones escritas de su puño y letra. En ellas encontramos reflexiones profundas, llenas de dolor y recuerdos hacia aquellos que se han ido. La pérdida de varios familiares cercanos, incluidos sus padres y su hermano, se refleja en cada verso, transmitiendo emociones sentidas y auténticas.

En este nuevo lanzamiento no encontramos canciones que no se acerquen al pop ni mucho menos con estilo alegre que suenen en las radios al estilo de “Boys Don’t Cry” o “Friday i’m love”, están más centradas en sonidos profundos y suaves que recuerdan a grandes clásicos que están incluidos en discos como “Disintegration”, “Wish” o “Bloodflowers”.

No es un álbum extenso, pero sí toma su tiempo en desplegarse contando con frecuentes minutos instrumentales antes de cualquier canto. “Songs…..” tiene un flujo narrativo claro, desde el inicio con “Alone” hasta la última canción “Endsong”, evoca paisajes oscuros de aquellos grandes lanzamientos de los 80s pero con una madurez que los años y las pérdidas acorazaron los sueños de quien escribió cada pieza.

Robert Smith, hoy por hoy con 65 años, aún canta con esa intensidad dramática de adolescente, con sonidos de guitarras que parecen flotar en el aire y teclados que se hacen presentes en cada interpretación.

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La portada del álbum nos muestra un trozo de granito medio formado titulado “Bagatelle”, una obra de 1975 de Janez Pirnat, que evoca una escultura clásica dañada y que fue rescatada de las olas. Sus tonos grises recuerdan a la portada del disco “Faith” de 1981.

La apertura con “Alone” es simplemente impresionante en todos los sentidos, gélida, majestuosa, emotiva mientras que “And Nothing is Forever” sigue la estructura de la primera, con una intro que cautiva al escucha y que se mantiene en toda la placa. La tercera pieza lleva como nombre “A Fragile Thing”, una canción brillante, con líneas de piano entrelazadas con sonidos cuasi pop que lideran el sonido.

En “Warsong” presenciamos una canción que asfixia, con un camino disonante y espinoso dónde incluye una buena selección de melodías de teclados incluyendo un zumbido que recuerda a la era de “Disintegration”.

“Drone: NoDrone” es quizás la canción más pegadiza del disco, con muy buen solo de guitarras y un juego de batería que suena con crudeza proporcionando una base meticulosa.

¿Qué puedo acotar acerca de la vedette del disco?, sinceramente una canción espectacular, “I Can Never Say Goodbye” es el corte que mejor recoge todo el concepto musical y espiritual del nuevo disco de los británicos.

Una clásica intro “a lo The Cure” de más de dos minutos de duración, en dónde Robert Smith se estremece en sentimiento al abordar sobre la muerte de su hermano. Su voz se quiebra al cantar la letra dejando todo su pesar y duelo.

Llegando al final encontramos ”All I Ever Am”, con buenas melodías de guitarras y el acompañamiento de Smith, mientras que “”Endsong”” cierra el disco siendo la canción más larga, extendiéndose por más de 10 minutos llenos de atmósferas y melancolía en una semi balada en dónde Robert desnuda su alma.

Quizás sea el disco más triste de The Cure debido a las distintas situaciones que el artista tuvo que sufrir mientras lo componía y distintos acontecimientos en la vida personal de todos los músicos.

Si “Songs of a Lost World’ sería el último lanzamiento discográfico de The Cure, sólo queda darle las gracias a Robert Smith por semejante carrera.

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Los Vencidos – Tres EP (2024)
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Cuando hablamos sobre bandas inspiradas por los Ramones, “mezcla peculiar de influencias” no es una frase que suele quedar siquiera tachada en el primer borrador de una análisis: generalmente hablamos de bandas sin muchos rodeos o pretensiones, de la misma manera que el cuarteto de Nueva York buscaba hacer el rock más simple posible en la época del rock progresivo y el rock de estadio. Pero de vez en cuando tenemos excepciones, como es el caso de Los Vencidos, un power trío argentino que nos hizo llegar su EP Tres, editado de manera autogestionada.

Los Vencidos es una banda que lleva sus influencias a flor de piel: en su gacetilla de prensa directamente utilizan el término “ramonescore” para describir su sonido. Eso no llamaría tanto la atención si no fuera por la frase que esa palabra cierra: “La única banda straight edge del mundo que incursiona en el ramonescore”.

No sé hasta qué punto serán la única banda ramonera straight edge en el mundo, pero deben ser la única que conozca de Argentina. Como mencioné antes en mi crónica de Expulsados en el Teatro Flores, la tierra del tango y Messi fue una segunda casa para los Ramones, pudiendo llamársele una “pasión de multitudes”, pero el público que los seguía (y sigue, incluso a décadas de su separación y muerte de todos sus miembros originales) es mucho más dado a las canciones de barrio sobre tomar cerveza y fumar porro en una esquina de barrio y no tanto a la introspección y actitud casi militante contra las drogas de la escena SxE, que obviamente está mucho más relacionada con el mundo del hardcore punk.

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Los Vencidos buscan un punto medio entre ambas tendencias y logran encontrarlo en Tres. La fórmula es simple: toman el sonido crudo y las melodías vocales de los neoyorquinos, y lo mezclan con las letras más ideológicas del “borde recto”, con un toque más de lírica y visión poética para pulir un poco las tendencias más agresivas y directas del estilo hardcore. Es así que este EP son siete canciones que, en 15 minutos y monedas, muestra un sonido melódico y pegadizo que seguro capturará desde sus primeras notas a los fans de este estilo, acompañados por letras positivas que dejan bastante en claro las ideas de la banda.

El SxE es una tendencia que tiene muchos seguidores fieles pero puede provocar un poco de rechazo incluso entre otros punks, sobre todo cuando adopta esa tendencia más confrontacional de la misma manera que un amigo que descubrió la sobriedad puede arruinar una fiesta donde ni siquiera había tanto alcohol, o ese primo que descubrió la religión luego de un periodo de depresión y quiere compartirlo en la cena familiar porque cree que todos los otros presentes están en falta. Pero Los Vencidos van más allá de esas tendencias sectarias, que por suerte ya no se ven tanto en la escena: canciones como la inicial “Todo Mi Amor” y “Por Vos Soy Yo” son cantos de pura alegría punk rock ramonera, y no sonarían fuera de lugar con cualquier otra banda que no siguiera las mismas ideas del grupo.

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Ya en “Estoy Buscando Lo Mejor De Mí” las cosas se hacen más obvias, y se hacen explícitas en “El SxE Es Lo Que Quiero” y en el estribillo de “Riverstone”: ahí es imposible ocultar las ideas de Los Vencidos. Pero de principio a fin el EP mantiene un sonido amigable y pegadizo, con una marcha constante y esas melodías vocales cual Beach Boys de garage que tanto agradan, cerrando con la peculiar “Hoy Tu Amor Mañana El Mundo”, que a primera vista podría parecer sólo una versión en español de “Today Your Love, Tomorrow The World” pero es más una canción propia cuyo estribillo hace referencia directa a ese clásico de los Monchos. Es una combinación sonora que simplemente funciona, sin importar lo básicas que puedan ser las canciones en sus elementos fundamentales, aunque como contra, que siento que debo achacarle al álbum, diría que justamente las voces se escuchan un poco bajas, al punto de que hay momentos donde es complicado escucharlas y hacen más difícil apreciar las melodías. 

Más allá de ese detalle, creo que la producción está muy bien, con ese sonido casero pero prolijo. A fin de cuentas, corona un EP muy lindo en contenido y canciones, como para escucharlo una y otra vez y contagiarse de buena onda en cada nota.

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Rata Blanca – Rock es Rock EP (2024)
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Rata Blanca vuelve a la escena musical con un nuevo EP, ofreciendo una producción de alto nivel que, sin duda, supera el sonido de su anterior álbum Tormenta Eléctrica (2015). Este nuevo trabajo muestra un sonido pulido y un excelente manejo en la producción, en gran parte gracias a las recientes incorporaciones de Juan Pablo Massanisso en el bajo y Alan Fritzler en la batería. Ambos aportan una gran solidez rítmica, consolidando una base potente y precisa que aporta una frescura particular al sonido característico de la banda.

La canción que abre el EP, “Rock es Rock”, tiene un enfoque directo y enérgico, aunque su nombre pueda resultar un tanto genérico para un tema. La influencia de bandas como Mötley Crüe es evidente en su riff central, dándole un toque clásico de hard rock con el estilo propio de Walter Giardino en la guitarra. Sin embargo, el tema no termina de sorprender, dejando una sensación de que pudo haberse explorado un poco más para alcanzar el nivel de otros grandes éxitos de la banda.

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En “Hijos de la Tempestad”, destaca particularmente la interpretación vocal de Adrián Barilari, quien una vez más demuestra su capacidad de llevar la canción al siguiente nivel con su potencia y emotividad. Este tema, junto con la guitarra de Giardino, muestra un momento más inspirador del EP, recordando los momentos de gloria de Rata Blanca. La conexión entre ambos músicos se hace notar, brindando una de las interpretaciones más sólidas del trabajo.

La balada “Cuando sane tu corazón” comienza de manera suave con el teclado de Danilo Moschen, preparando el ambiente para una entrada envolvente de guitarra y la voz cautivadora de Barilari. Esta balada aporta el toque melódico y emocional del EP, mostrando la calidad vocal del cantante en un registro más introspectivo. Aunque la canción tiene su encanto, el desarrollo de la misma puede sentirse un tanto predecible, sin la complejidad o dinamismo que se espera de una balada de Rata Blanca.

El EP cierra con una versión diferente de “Mujer Amante” (si, una más), uno de los temas más queridos y emblemáticos de la banda. Si bien la idea de reinterpretar esta canción con una orquesta sinfónica es interesante, algunos fans esperaban una cuarta canción completamente nueva tras casi diez años sin nuevo material de estudio. En general, Rock es Rock es un EP que presenta un buen nivel de ejecución y producción, pero que deja cierto sabor a poco para aquellos que esperaban una propuesta completamente renovada.

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Great American Ghost – Power Through Terror (2020)
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A la espera de su cuarto álbum a las fechas en las que redacto esta reseña, esta vez me adentro en “Power Through Terror“, tercer álbum de la banda estadounidense Great American Ghost, lanzado hace cuatro años (2020). Personalmente este disco es una experiencia única. Con todas las mayúsculas.

Ahora veréis el por qué.

El crossover entre metalcore y hardcore de los de Manchester se destaca tanto por su brutalidad como por su mensaje confrontacional. Con este trabajo, los de Ethan Harrison establecen un estilo más que propio gracias a la inercia que venían arrastrando con sus dos anteriores trabajos de larga duración

Una Obra Personal…

Desde una perspectiva técnica, “Power Through Terror” se destaca por su producción cruda pero refinada, logrando un equilibrio perfecto entre la suciedad del hardcore y la precisión del metal moderno. La guitarra de Niko Gasparrini es un elemento clave en el disco, con riffs afilados y oscuros que se entrelazan con breakdowns devastadores.

La afinación baja y la textura abrasiva de los riffs son esenciales para crear una atmósfera de opresión y furia. Los momentos más destacados incluyen el uso de contratiempos y cambios de tempo inesperados, que añaden una dimensión técnica y un dinamismo único a la experiencia.

La sección rítmica también es un pilar fundamental. La batería, a cargo de Davier Pérez (Actualmente DevilDriver), es agresiva y precisa, con patrones que oscilan entre el blast beat y ritmos más complejos y sincopados. En diversas ocasiones, los tem

as se construyen en torno a ritmos implacables que subrayan la violencia emocional que impregna el disco de los de New Hampshire.

El sonido general está diseñado para impactarte tanto física como emocionalmente, con una producción a cargo de Will Putney (productor clave en la escena del metalcore y deathcore y fundador de Fit For An Autopsy).

Esto asegura una mezcla brutal pero clara, donde cada instrumento tiene su espacio sin sacrificar la cohesión del conjunto.

Reflexión Previa

Great American Ghost es conocido (aunque infravalorado desde mi punto de vista) por no rehuir temas oscuros, y “Power Through Terror” no es una excepción. Los temas abordan cuestiones de desesperación, ira social y lucha interna. Ethan Harrison, el vocalista, ofrece una interpretación feroz, con letras que exploran temas de abuso de poder, el trauma psicológico y la resistencia en tiempos oscuros.

La entrega vocal de Harrison es implacable, alternando entre gritos agudos llenos de rabia y guturales profundos que intensifican el peso emocional de las canciones.

Ya con el título del álbum obtenemos un indicativo de su enfoque temático: cómo se ejerce el poder a través del miedo y la opresión, y la resistencia ante este ciclo destructivo. Temas como “Altar of Snakes” y “Prison of Hate” exploran las formas en que el dolor y la violencia se utilizan como herramientas de control.

Líricas que son tan agresivas como la música que las acompaña, lo que refuerza la sensación de estar luchando constantemente contra un mundo que parece cada vez más caótico y deshumanizado.

Impacto y Conclusión

Esto no solo es un álbum cargado de energía y agresión, sino que también es un grito catártico que refleja las tensiones del mundo moderno. La combinación de metalcore, hardcore y un toque de deathcore crea una experiencia musical visceral y desgarradora.

Para mi este disco es ideal para los fanáticos de bandas como Knocked Loose, Code Orange o The Acacia Strain, que buscan no solo agresión sonora, sino también un mensaje profundo.

En resumen, Great American Ghost han logrado con este trabajo un álbum que es tan implacable como reflexivo, fusionando técnica, agresión y lirismo para ofrecer una declaración contundente dentro de la escena metalcore. Es un disco que exige ser escuchado con atención, tanto por su complejidad musical como por su mensaje de resistencia.

Estaremos a la espera de lo nuevo que nos depararán los de New Hampshire.

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Grand Magus – Sunraven (2024)
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Los suecos Grand Magus regresan con un nuevo capítulo épico que retoma la esencia heroica del poema de Beowulf, añadiendo otra pieza a su extensa discografía llena de mitos, monstruos y batallas. Su décimo álbum, Sunraven, vio la luz el 18 de octubre de la mano de Nuclear Blast, y devuelve la grandeza que los ha caracterizado a lo largo de los años. Este disco es un testamento del legado de los escandinavos, quienes, tras más de dos décadas en la escena, no solo se mantienen relevantes, sino que siguen afilando sus espadas musicales con cada lanzamiento.

Cuando los vi en vivo en el Graspop Metal Meeting de 2016, quedó claro que la banda posee una energía arrolladora y un dominio escénico que pocos pueden igualar. Esa misma potencia se siente en Sunraven, donde la voz de JB Christofersson, con su característico tono grave y poderoso, guía al oyente a través de una serie de historias cargadas de fuerza y espíritu vikingo. A diferencia de su anterior álbum, Wolf God, que parecía indicar cierto estancamiento en su fórmula, Sunraven representa un renacimiento sonoro, volviendo a lo básico pero con una renovada intensidad.

El álbum destaca por ser uno de los más breves en la carrera del trío sueco, pero eso no significa que escatime en calidad o en potencia. Cada uno de los 9 temas que lo componen tiene un propósito claro, sin material de relleno, y muchos ya lo consideran el mejor trabajo de la banda en la última década (Sin desmerecer: Triumph and Power o Sword Songs, que son muy buenos discos). Su coqueteo con las raíces de la NWOBHM es más evidente que nunca, haciendo guiños a leyendas como Iron Maiden o Judas Priest, pero sin perder su toque personal, que mezcla heavy metal tradicional con elementos de doom y una mística pagana.

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La portada de Sunraven, con su evocadora iconografía nórdica, es un perfecto anticipo del contenido del álbum: canciones como “The Wheel of Pain” y “To Heorot” son himnos épicos que rescatan la fuerza de los antiguos héroes, mientras que el sonido robusto y directo recuerda a sus primeros trabajos. El disco logra equilibrar a la perfección la nostalgia de sus álbumes más pesados del pasado con la frescura de nuevas ideas, algo que pocas bandas logran después de tantos años en la industria.

En este nuevo álbum, Grand Magus se mantiene fiel a su identidad: riffs poderosos, ritmos que marcan la pauta y coros que parecen diseñados para ser coreados en directo. La banda demuestra, una vez más, que son maestros en la construcción de estribillos épicos que retumban en la mente del oyente mucho después de terminar la última canción. A lo largo de Sunraven, se percibe una energía renovada que impulsa a la banda a nuevas alturas, haciendo justicia a su legado sin repetir fórmulas.

Para quienes han seguido su trayectoria, Sunraven es un recordatorio del poderío que siempre ha definido a Grand Magus. Este álbum ofrece una sólida segunda juventud para la banda, mostrando que aún tienen mucho que decir en la escena del heavy metal. Con una colección de canciones pegadizas, una producción impecable y una duración justa para mantener al oyente atrapado de principio a fin, Sunraven es un digno sucesor de su historia y una prueba de que estos veteranos todavía pueden sorprender.

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Elestigia – El r​í​o de los muertos y el barquero del sufrimiento existencial (2024)
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Elestigia es el proyecto personal de Noctus Nihil, un enigmático músico mexicano (es hasta ahí donde llegan los datos) que nos hizo llegar su LP El rí​o de los muertos y el barquero del sufrimiento existencial, editado de manera independiente y metido, según su mismo creador, dentro del “black metal depresivo”, una corriente que es medio un meme dentro del mundo del metal negro pero que al mismo tiempo tiene sus seguidores fieles. Yo podría contarme entre sus fans, o al menos como alguien a quien le atrae mucho la idea detrás de este estilo: esos riffs distantes y helados de la ola noruega se prestaban muy bien para las atmósferas melancólicas, al punto de que creo que álbumes como Hvis Lyset Tar Oss y sobre todo Filosofem de Burzum se pueden contar entre sus pioneros, más allá de ese fuera el intento del loquito neonazi de Varg Vikernes. Pero estoy muy consciente de por qué a muchos le puede provocar rechazo, como ya detallé anteriormente en mi reseña de Innocence.Love.Sadness de Sorry…, con todos sus clichés un tanto insoportables.

Pero me estoy yendo de tema, así que centrémonos en este particular álbum. Y “particular” es una buena manera de describirlo, porque lo de Elestigia parece venir por otro lado, incluso juzgando con sólo ver la portada y la lista de canciones: no recuerdo muchos discos de black depresivo con tantos tracks, a menos que hablemos de uno con interludios entre canciones más largas. Pero no, El río… nos presenta 18 canciones de duración media, manteniéndose casi sin excepciones entre los 3 y 4 minutos, lo cual es una rareza en un estilo tan dado a las meditaciones sonoras largas.

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Y ya metiéndonos en el álbum, Elestigia arranca las cosas sorprendentemente rápido, ya que “Elestigia”, en esta caso la canción que la comienzo a El río…, es una patada a los dientes de riffs bajo cero, blast beats y voces gritadas al límite de las cuerdas vocales. Hay más variantes y balance de los blast beats con ritmos más lentos, o al menos un toque menos salvajes, pero tanto en esta canción como en la primera parte del álbum este es el ritmo dominante. Puede que eso suene como que lo estoy tildando de “monótono”, y no sería una interpretación equivocada: justo antes de escucharlo hice una repasada rápido y no fue hasta “Antichristus” que una canción no comenzó con una catarata de blast beats. pero también sería engañoso, porque a pesar de siempre comenzar a los palos los tracks de esa primera mitad van variando internamente, incorporando secciones con más melodía y ritmos más definidos. pero ciertamente esa primera mitad puede hacerse un tanto larga a primera escucha, incluso para un fan del blast beat y esos riffs del black metal que parecen riffs de los Ramones tocados al doble de la velocidad en medio de una tormenta, y ni me imagino para alguien menos experimentado.

Las cosas comienzan a cambiar durante la segunda mitad, que es cuando Noctus Nihil comienza a experimentar más con los ritmos y hasta a tener ganchos más definidos desde el comienzo de la canciones: sigue habiendo blast beats y riffs que suenan como si estuviera frotando dos pedazos de metal, obviamente, pero también está la casi doom “Medium” y la riffera “Oraculum”, a la que sumaría la pesadillesca “Catharsis”, que alterna entre las partes ruidosas y el dejar a las voces desgarradas en solitario.

Hablando de ruido, El río… es ciertamente un disco ruidoso: no sé cuánto vendrá de la grabación misma y cuánto vendrá de la post producción, pero constantemente suena como si estuviera sonando en medio de una catedral abandonada, algo que en el mundo del black metal siempre me parece un plus ¿Eso haría que las voces fueran las de un demonio en medio de un exorcismo?

Y ya que mencionamos las voces, no esperen interludios recitados ni voces limpias: en El río… las voces están siempre en modo “vomitar sangre”, como es casi indispensable en el estilo. pero debo admitir que aprecio el que pueda entenderlas bastante, no sólo porque Noctus Nihil decidió escribir en español, una rareza en el estilo, sino también porque trata de vocalizar mejor que la media. No digo que lo haya entendido al 100%, pero no siempre necesitaba tener las letras presentes para poder entender los distintos pasajes.

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Como nota aparte, el álbum cierra con “Mastemah”, que aparece como un bonus track y con justa razón: tiene un estilo más marchoso y riffero, por momentos cercano al thrash e incluso con más diferenciación entre las distintas secciones. ¿Está mal que diga que es de mis momentos favoritos del álbum?m No es que me dé la misma pena que decir que un cover fuera la mejor canción de un disco, una de esas situaciones a las que siempre tememos enfrentarnos en el mundo de las reseñas musicales, pero este bonus track tiene un estilo que le queda sorprendentemente bien a Elestigia, y que hace un buen contraste entre el estilo atmosférico en el que se mueve casi todo el resto del lanzamiento.

Como primer álbum, El río… tiene sus cosas a mejorar. Uno de ellos es que algunas de las canciones tienen finales un tanto repentinos que no estoy seguro que hayan sido buscados adrede, como si hubiera algún problema durante la mezcla, y también hay algunas cosas que no cierran con respecto al ritmo, no tanto en el sentido musical de las composiciones sino más en la secuenciación, en cómo el álbum fluye entre canciones. Esto es algo que hasta grupos grandes se olvidan, porque parecen estar más centrados en las canciones de manera individual que en su conjunto, y la segunda mitad del lanzamiento demuestra que con un par de ajustes Elestigia estaría un paso adelante de muchos en ese aspecto.

El río… es claramente un álbum para fans del black y más específicamente para los del black depresivo. Esto puede sonar como una terrible obviedad, pero está claro que sólo una persona ya experimentada podrá apreciar sus sutilezas y tendrá un estómago fuerte como para obviar ciertas falencias que serían obstáculos imposibles de esquivar para muchos. Pero si usted es fan del estilo, El río… es un buen lanzamiento para ir conociendo una propuesta con más que un par de características como para formar un estilo propio en un género que tantas veces suele seguir un manual demasiado repetido.

 

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Allt – From The New World (2024)
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Allt llega por lo alto con su nuevo álbum From The New World, una propuesta que fusiona con destreza elementos del metal progresivo, deathcore y post-metal, con una identidad muy marcada que busca un sonido expansivo y emocionalmente denso; el conocido Thall. Este trabajo se caracteriza por una atención al detalle en la construcción de atmósferas y una técnica instrumental sobresaliente que va más allá de los clichés del género.

Líricamente, el álbum explora temas existenciales, crisis personales y la lucha contra la alienación, todo bajo un enfoque introspectivo y filosófico. Las letras son reflexivas y cargadas de un lenguaje poético que canaliza frustraciones, deseos de trascendencia y la confrontación con uno mismo.

La narrativa se construye en torno a un sentimiento de renacimiento o reconfiguración interna, lo cual se alinea perfectamente con el título From The New World. En canciones clave como “Rebirth” y “Echoes of the Lost,” Allt ofrece una mirada hacia la deconstrucción de antiguas creencias, mientras su música evoca un renacimiento tanto lírico como musical.

Reivindicando el thall

Desde un punto de vista ya más técnico, Allt demuestra una notable habilidad para combinar complejidad y agresión. La estructura de las canciones, aunque sigue un esquema progresivo, no se desvía en exceso hacia la experimentación abstracta. En cambio, la banda opta por momentos de cambio dinámico cuidadosamente pensados, lo que proporciona tanto intensidad como espacios para la introspección sonora.

Los guitarristas muestran una maestría en la ejecución de riffs contundentes y polirrítmicos, combinados con pasajes atmosféricos. Hay un uso frecuente de afinaciones bajas y técnicas como el djent para generar grooves pesados, que alternan con acordes amplios y texturas limpias. Esta combinación le da al álbum un tono que oscila entre lo aplastante y lo etéreo. Los breakdowns están cuidadosamente elaborados para mantener una intensidad equilibrada sin caer en la repetición, y los solos son técnicos pero melódicamente expresivos.

En cuanto a la batería, encontramos un uso generoso de bombos dobles y blast beats, pero la técnica no se limita a la velocidad: hay un juego constante entre los tiempos y los contratiempos que refuerza la sensación de urgencia y tensión en las canciones. La batería actúa como columna vertebral, dirigiendo los cambios de tempo y las transiciones abruptas que caracterizan el álbum. Además, los bajos están presentes de manera clara, con líneas que no solo refuerzan los riffs, sino que aportan un elemento de profundidad al espectro sonoro.

La parte vocal oscila entre gritos desgarradores y voces limpias. El enfoque vocal refleja la dualidad presente en las letras, con transiciones abruptas entre la furia y la melancolía. Este juego de texturas vocales se ve complementado por los arreglos instrumentales, que suelen ceder protagonismo a la voz en los momentos clave para realzar la narrativa emocional de cada canción.

Sello de la casa Odeholm

Buster Odeholm (Vildhjarta, Humanity’s Last Breath, Thrown) ha sido el encargado de la producción de From The New World el cual presenta un sonido nítido y expansivo, con una mezcla que permite discernir cada capa instrumental. El sueco hace un uso inteligente de efectos y reverberación, sobre todo en las secciones más atmosféricas, que generan un ambiente casi cinematográfico. El ingeniero de sonido optó por darle un carácter envolvente a los interludios y finales de canción, manteniendo la tensión entre las explosiones de agresión y los momentos de calma.

From The New World de Allt es un álbum que logra un balance entre la agresividad y la introspección, combinando técnicas de metal moderno con una narrativa lírica profunda y emotiva. Las letras invitan a la reflexión sobre temas de autodescubrimiento y lucha interna, mientras la música se presenta como un viaje dinámico e inmersivo. Allt ha creado un trabajo con un claro dominio técnico que no sacrifica la expresividad y que se perfila como una de las propuestas más interesantes dentro del metal progresivo contemporáneo.

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Vildhjarta – Måsstaden Under Vatten (2021)
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Måsstaden Under Vatten” es el segundo álbum de la banda sueca de Vildhjarta, lanzado en 2021, una secuela directa de su primer álbum “Måsstaden” (2011). Este trabajo fue muy profundo para mí, porque no solo consolida a la banda como pionera dentro del subgénero thall, sino que también expande sus capacidades sonoras y narrativas, con un enfoque técnico impresionante y un profundo sentido atmosférico.

Aspectos Técnicos y Musicales

Desde el punto de vista técnico, “Måsstaden Under Vatten” es una obra maestra del género, con un enfoque obsesivo en la precisión rítmica, patrones polirrítmicos complejos, y riffs sincopados que son característicos del thall. La afinación extremadamente grave de las guitarras y el uso de contratiempos te dan realmente una sensación de caos controlado, mientras que las baterías, en muchos momentos, parecen ser casi matemáticas en su ejecución.

A lo largo de sus 80 minutos, el álbum despliega pasajes que van desde riffs altamente técnicos hasta momentos más atmosféricos y etéreos, introduciendo una experiencia que es tan sofocante como hipnótica.

Vildhjarta utiliza una combinación de guitarras de 8 cuerdas y técnicas avanzadas de producción, lo que da lugar a una mezcla densa y detallada. Esto se refleja en la producción a cargo de Daniel Bergström y Buster Odeholm (Este último considerado como uno de los mejores productores en la actualidad), los propios miembros de la banda, que logran una claridad soberbia en medio de la muralla de sonido.

Contrastes de dinámicas y atmósferas oscuras se combinan con momentos más suaves, como puentes instrumentales ambientales, lo que te permite respirar antes de sumergirte nuevamente en la agresividad:

 

  • “lavender haze”: El segundo álbum de la banda comienza de manera contundente con un riff agresivo y una atmósfera opresiva que te introduce de lleno en el caos más puro. La extremadamente baja afinación de las guitarras, establecen el tono sombrío del álbum, mientras que la batería de Odeholm se siente casi industrial en su precisión. La sección vocal alterna entre growls profundos y voces gritadas, reflejando el tormento emocional y la tensión interna que predominará a lo largo del disco.

 

  • “när de du älskar kommer tillbaka från de döda”: Este tema destaca por su estructura impredecible, comenzando con una atmósfera ambiental inquietante antes de explotar en una tormenta de riffs polirrítmicos y breakdowns pesados. Las letras evocan imágenes sombrías, posiblemente relacionadas con el regreso de seres queridos desde el más allá, lo que añade un matiz de horror a la narrativa. En mi opinión una de las canciones que mas fuerte impactan en tu interior.

 

  • “kaos2”: Como su nombre lo indica, “kaos2” es pura energía destructiva. Las guitarras y la batería se entrelazan en patrones rítmicos que desafían la métrica convencional, creando un sentido de caos bien estructurado. La producción en este tema es particularmente notable, ya que logra que los múltiples elementos disonantes se sientan cohesionados sin perder claridad.

 

  • “toxin”: Aquí, Vildhjarta ofrece uno de los momentos más dinámicos del álbum. El tema alterna entre secciones pesadas y más melódicas, con pasajes instrumentales atmosféricos que permiten al oyente respirar antes de sumergirse nuevamente en la agresión. Las letras parecen explorar los efectos corruptivos de las emociones tóxicas, tanto en un plano personal como en un contexto social.

 

  • “brännmärkt”: Este es uno de los momentos más desoladores del álbum. Las guitarras crean una textura atmosférica densa, mientras que la batería y el bajo construyen un muro de sonido que se siente aplastante. Las guturales de Vilhelm Bladin refuerzan el tono desesperanzado de las letras, que parecen hablar de una marca o cicatriz emocional indeleble.

 

  • “vagabond”: Quizás el tema más accesible del álbum, “vagabond” mezcla elementos de groove con la característica afinación baja de Vildhjarta. El ritmo es más constante, aunque mantiene la complejidad técnica en los riffs. Las letras hablan de una búsqueda continua, tal vez de sentido o de un lugar en este mundo caótico, lo que añade una capa filosófica a la canción.

 

  • “mitt trötta hjarta”: Este tema introduce una atmósfera más reflexiva y melódica, aunque no pierde el carácter oscuro del álbum. El título, que se traduce como “mi cansado corazón”, refuerza el sentimiento de agotamiento emocional que atraviesa la narrativa lírica. Musicalmente, es uno de los momentos más introspectivos del álbum, con un uso más prominente de las melodías limpias y guitarras en tonos más bajos.

 

  • “detta drömmars sköte en slöja till ormars näste”: Con un título tan poético como inquietante, este tema es uno de los más densos del álbum, tanto en términos de producción como de contenido emocional. Las guitarras alternan entre riffs machacantes y paisajes sonoros etéreos, mientras que las voces parecen narrar una especie de descenso a lo desconocido o a un mundo surrealista lleno de serpientes y sueños rotos.

 

  • “pärlor”: Los de Hudiksvall vuelven a ofrecernos un tema atmosférico con un sentido de opresión creciente. La instrumental crean una textura densa, mientras que las vocales parecen luchar por salir a la superficie. Es una de las piezas más experimentales del álbum, jugando con el contraste entre lo melódico y lo caótico.

 

  • “måsstadens nationalsång (under vatten)”: Esta es una reimaginación del tema principal del álbum debut “Måsstaden”. El tema sirve como una especie de himno oscuro y solemne que cierra el círculo narrativo iniciado en su álbum anterior. Musicalmente, es uno de los temas más grandiosos y épicos, con guitarras que crean paisajes sonoros expansivos y una batería que refuerza el sentido de finalización y resolución.

 

  • “heartsmear”: Aquí encontramos un tema que encapsula perfectamente el sonido de Vildhjarta. Es agresivo, pero también profundamente melódico y atmosférico. Los riffs sincopados y los cambios de tempo añaden una tensión constante, mientras que las letras parecen explorar el dolor emocional de una forma abstracta pero evocadora.

 

  • “sunset sunrise”: El final del álbum cierra de forma apoteósica. Los elementos ambientales y los riffs pesados se mezclan para crear una sensación de viaje a través de un mundo oscuro y surrealista. La alternancia entre las voces guturales y limpias refuerza la narrativa dual del álbum: caos y belleza coexistiendo en un mismo espacio.

 

La historia sigue siendo críptica y abierta a la interpretación, pero parece explorar temas de aislamiento, fatalismo y ciclos de destrucción y renacimiento. En contraste con la música, las letras son abstractas, llenas de imágenes que evocan la naturaleza sombría del mundo que han creado.

El ámbito vocal alterna entre guturales profundos y voces agudas, creando una dualidad emocional que refuerza la naturaleza bipolar de la música. Los momentos más melódicos en las voces añaden un toque de desesperanza que contrasta con los violentos estallidos de los versos más agresivos. No es un álbum que se pueda entender de manera directa, ya que su narrativa depende tanto de las sensaciones provocadas como de las palabras mismas.

Impacto y Conclusión

Måsstaden Under Vatten” no es un álbum fácil de escuchar debido a su complejidad si, pero es precisamente su intrincada composición lo que lo convierte en una obra magna dentro del propio género. Es una evolución significativa respecto a su predecesor y demuestra una madurez musical impresionante. Personalmente diría que “inmersión” es la palabra indicada para definir el trabajo de los de Hudiksvall

Este trabajo se siente como una odisea musical a través de un paisaje apocalíptico, y si bien no es accesible para todos, quienes disfruten de la música técnica y atmosférica como yo encontrarán una obra maestra en este álbum.

thall.

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Manes – Pathei Mathos (2024)
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Por lo general, evito afirmar que hay bandas “sobrevaloradas” o “infravaloradas”, pues considero que cada cual tiene su audiencia y los gustos son siempre subjetivos. No obstante, sí creo que algunos proyectos, por el motivo que sea, terminan quedando bastante relegados en la marea de la escena musical moderna, a pesar de que, a mi entender, muchas más personas gozarían de su arte si los conocieran. Eso es exactamente lo que opino de Manes, un grupo que se formó en Noruega en 1992 y empezó tocando black metal, para luego atravesar una metamorfosis creativa comparable a la de Ulver (quizás esa sea parte de la explicación del problema).

La transformación ya se notó con claridad desde 2003, cuando la banda inició su experimentación con el jazz, trip-hop y la electrónica, sin perder la referencia del metal y, en ocasiones, con un enfoque progresivo y atmosférico. Sus dos últimos discos, “Slow Motion Death Sequence” (2018) y “Be All End All” (2014) fueron de una belleza increíble. En este punto, cabe aclarar que las incesantes mutaciones de Manes además supusieron una constitución más como “colectivo” que como banda, si bien hay un núcleo de integrantes que se mantiene relativamente constante: Tor-Helge Skei (todos los instrumentos y electrónica), Rune Hoemsnes (batería y percusión), Asgeir Hatlen, Torstein Parelius (bajo) y Eivind Fjøseide (guitarra).

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“Submerged” es una canción de una melancolía misteriosamente dulce. La voz femenina a cargo de M. Hellem es mesmerizante y las melodías de sintetizador y de guitarra son de tremendo poder con un notable minimalismo. La base de batería y bajo es precisa y versátil. Tras un principio bastante enigmático, el conjunto total se impone abruptamente en “Fallen”, para luego ir generando climas más calmos. Al igual que sucedió en el track anterior, aparecen algunos samples vocales, aunque es el cautivante canto de sirena lo que sigue enamorando. Las líneas de guitarra y de bajo adquieren mayor potencia y tiene una sonoridad casi de black metal, como ecos ancestrales de los orígenes.

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Las cualidades mágicas del canto alcanzan nuevas dimensiones en “A Vessel for Change”, recordando bastante a la época más popular de The Gathering. Unos machaques hacen que todo se vuelva más pesado. El aporte de los sintetizadores, por momentos ruidosos, y en otros armónicos, resulta muy valioso.

El final llega con “End of the River” y queda claro que este EP es una colección de cuatro excelentes canciones, todas cantadas por una mujer, a diferencia de los trabajos anteriores. La veta del track anterior se profundiza, con ese espíritu que busca hundirnos en insondables profundidades emocionales. Algunos tramos de electrónica casi drum and bass, más samples, guitarras intensas, y la voz, esa voz… Si suelen tomar en cuenta mis recomendaciones, denle una oportunidad a Manes.

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Sumac – The Healer (2024)
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Sumac es un trío que bien puede considerarse un supergrupo. Fue fundado en 2014 por mi adorado Brian Cook (Botch, Russian Circles), Aaaron Turner (Isis, Old Man Gloom) y Nick Yasyshin (Baptists, Hard Feelings). Para el público amante del post-metal, sin dudas hay aquí una confluencia de figuras legendarias. La música de la banda es una mezcla de sludge metal, death doom y noise rock con una actitud muy similar a la del free jazz (no es casualidad que hayan colaborado, en más de una ocasión, con el mítico guitarrista improvisador Keiji Haino. Otra vez, la portada es una pintura abstracta, lo cual resulta coherente con el contenido del disco.

Los cuatro tracks que se desarrollan a lo largo de más de una hora dan cuenta del abordaje musical que Sumac propone: el arte de componer improvisando al tocar todos juntos en el estudio. Quizás pueda sonar contradictorio para algunas personas, pero lograr un nivel de improvisación tan efectivo creativamente implica niveles de control que solo pueden lograr músicos muy experimentados como los que grabaron este excelente quinto álbum.

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Desde ya que la extensa duración de cada track supone un recorrido por pasajes de lo más diversos, totalmente conectados con la emotividad personal y grupal que surge espontáneamente interactuando con otros. “World of Light” comienza con el bajo saturado de Cook, generando amplias vibraciones de proporciones sísmicas. Rápidamente se suman la batería de Yasyshin y la ruidosa, aunque en principio minimalista, guitarra de Turner, cuya voz gutural aparece más tarde: corrosiva, desgarradora, quebrada. Cada instrumento tiene un despliegue que responde a una intencionalidad exploratoria muy atenta a los matices, las texturas, los silencios y las disonancias, algo que es típico en músicos que se dedican a la improvisación libre. Así como hay tramos de relativa quietud, hay otros de vertiginosa convulsión. Estas búsquedas sonoras suelen entrar en territorios que podríamos llamar drone.

El canto se destruye, se rompe, se tortura hasta la disfonía, mientras suenan acordes terriblemente melancólicos. La apuesta por hacer música de esta manera implica una honestidad brutal, una transparencia de enorme valentía, una glorificación de la intuición colectiva.  Hay una crudeza espiritual en lo que Sumac genera, hasta podría decirse una psicodelia angustiante. La manipulación de los pedales de efectos y la precisión cacofónica parecen apuntar a alterar la conciencia hasta disolverla en un final abrumador.

A continuación empieza “Yellow Dawn”, casi como el acompañamiento de una peregrinación a tierras desconocidas. La incorporación de un sintetizador colabora con un clima introspectivo y la delicadeza de la guitarra evoca misticismo. Pronto irrumpen un machaque aplastante y los gritos catárticos. La base rítmica es tan sólida como versátil. Se percibe una más clara impronta en cuanto a riffs, pero también de solos desenfrenados, frenéticos.

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En “New Rites” la voz de Turner aparece más rápido que nunca antes y, por momentos, lleva el registro a puntos reminiscentes de Isis. Al cantar en el marco de improvisaciones, su enfoque es más dramático que melódico. Emerge otro riff bastante pregnante, tras un lapso de bastante liviandad en la instrumentación. Posteriormente todo se acelera con un halo casi de post-hardcore, para ralentizarse hasta la desesperación a pocos minutos de terminar.

“The Stone’s Turn” es una pieza casi tan extensa como la que abre el disco. El ruido se impone amenazante, al igual que la vociferación casi animal. Se desencadena el caos contenido en los límites de una trinidad mental. Prosigue la investigación psíquica mediante el sonido socializado, la magia de la comunicación musical sin partir de construcciones preestablecidas. Otros dos solos de guitarra alcanzan dimensiones lisérgicas y se nos ofrecen nuevos riffs más que meritorios.

La de Sumac es una invitación a adentrarnos en una estética que, sin alejarnos del metal, nos aproxima a formas más propias de la música contemporánea vanguardista. Quienes gozan al dejarse llevar por los avatares del arte, encontrarán en este álbum una obra que podrán disfrutar sin que el desafío llegue a resultarles desbordante.

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