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Kim Dracula en Barcelona: “El Diablo de Tasmania arrasó con la sala Razzmatazz”

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El pasado 27 de enero asistimos a uno de los conciertos que considero que ha pasado más desapercibido debido al gran número de shows que tenemos en este inicio de […]

Lorna Shore en Praga: “Desatando el infierno”

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Texto: Christopher Wilke Ir de Bratislava a Praga para cubrir a Lorna Shore tenía un punto especial, primer cobertura para Track To Hell (si bien ya he acompañado a nuestro […]

Electric Callboy en Madrid: “haciendo vibrar el Movistar Arena”

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Maria Salido Ruiz El viernes 23 de enero, el Movistar Arena de Madrid acogió una de las paradas más esperadas del tour europeo de Electric Callboy, con un recinto prácticamente […]

Alter Bridge en Copenhague: “cuando el público convierte la distancia en hogar”

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En el marco de un frío polar desorbitante asistimos a una cita esperada por muchos. Tres exponentes del hard rock hicieron vibrar las paredes del K.B. Hallen, una sala que […]

Dark Tranquillity en Buenos Aires: “Brutal lección de Melodeath de Gotemburgo”

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Continuando con la primera ola de recitales internacionales del año dentro del mes de enero, el lunes pasado fue el turno de Dark TranquiLlity. Los suecos que hacía mucho tiempo […]

Sylosis en Copenhague: “Cuando la expectativa se vuelve violencia”

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Un tour muy esperado por las tierras europeas era el de Sylosis, ya que esta banda inglesa se está posicionando como una de las propuestas más importantes del sonido actual […]

Satanic Surfers en Barcelona: “Rompiendo Olas de Cerveza y Sudor”

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Al igual que en su anterior visita hace tan solo unos meses, los suecos llegaron en medio de una semana pasada por agua en toda Catalunya, en esta ocasión refugiados […]

Orchid en Buenos Aires: “Baile y revolución el mismo día”

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El 9 de julio de 2002, el cuarteto Orchid dio un recital para acompañar la salida de su tercer álbum, cuya portada apenas tenía el nombre de la banda acompañado […]

Epica, Amaranthe y Charlotte Wessels en Glasgow: “Tres formas de dominar un escenario”

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Los fans del metal power y sinfónico de Glasgow disfrutaron de una velada excepcional en el O2 Academy, donde los gigantes holandeses del metal sinfónico Epica y los suecos rompe-géneros […]

The Supersuckers en Barcelona: “Gasolina, sudor y rock and roll”

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La noche aún no había empezado a sudar cuando Wicked Dog subió los tres escalones del escenario. No eran los dueños de la casa, pero venían a encender la chimenea […]


Free City y Ezpalak en Madrid: “Destellos de adrenalina”
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El olor a cerveza y sudor se mezcla con los acordes desgarradores de la guitarra. Las luces estroboscópicas tiñen de rojo la sala, creando una atmósfera densa y opresiva. El sonido es tan intenso que vibra en mis huesos. Esta noche, en la Nazca, todos mis sentidos están a flor de piel. Con el gran angular montado me acerco todo lo que mi pudor me permite para fotografiar a los músicos. Siento su calor y me llega su aliento. El cable del micro me golpea mientras disparo tratando de coger foco en la cara. Jóvenes en estado exaltado me empujan hacia delante cantando en euskera, gritando las líneas de Ezpalak.

Con cada tema me meto más en el trance y no puedo parar de disparar como loco, fotos al cantante con sus expresiones y giros constante, fotos al guitarrista que con cada puente se lanza hacia delante y hacia tras en espasmos visualmente espectaculares. Fotos al bajista, más estático y con la cabeza hacia el techo. La batería queda lejos y detrás de la cortina de humo, imposible alcanzar las expresiones y movimientos. No me siento cómodo con lo capturado por el momento y quiero más tomas. Cambio al 35mm para buscar las expresiones de cerca,  mientras siguen escupiendo las letras y ritmos, el público corea los temas, no paro de mirar atrás, qué bello es una sala entera disfrutando.

Mis ojos se desvían constantemente entre el escenario y la multitud. El público es un mar de cabezas que se mueven al ritmo de la música, un océano de energía que me arrastra. Veo caras llenas de éxtasis, puños en el aire, cuerpos que se contorsionan al compás de la batería. Intento capturar esos momentos de conexión, esos instantes en los que la música traspasa una barrera invisible y une a todos en una sola vibración. Busco las miradas que se cruzan, las sonrisas que se contagian, las lágrimas que brotan de la emoción (nadie en realidad, son las mías). Cada rostro es una historia, cada cuerpo una danza. Y yo, con mi cámara, cronista de esta fiesta pagana.

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Respiro, recuperando el aliento en la pausa, sigo sudando, concentrado, hace calor y creo que ha llegado más gente. Free City entre bambalinas.  La expectación se palpa y algunos ya están por la cuarta birra. Las luces se apagan, la penumbra deja ver alargadas figuras entrar al escenario. Comenzando los primeros acordes, como un pistoletazo de salida, la masa se abalanza contra el escenario, comienza el viaje por las letras y ritmos. “Baptisterio romano” al ritmo dé White Stripes, risas generalizadas. Sigo disparando con el 35mm, pero están saltando sin parar, pronto vuelvo al 12mm, esto requiere mayor campo de visión. La vitalidad es generalizada, líneas coreadas, saltos, golpes, sonrisas y puños al aire. Sigue el olor a humo aplastando todo. La entrega es total por parte de la banda, por parte del público es pasión. Dejo el centro del escenario abrumado por el peso del mosh, salgo arrastrado por la masa y llego al fondo de la sala. Con el tele capturo expresiones mezclando los músicos con las sombras chinescas que forma el personal. Pienso en la preciosa estampa, la unión, la catarsis total.

Soy uno más del grupo, somos una tribu unida por la música, por la pasión, por la necesidad de expresarnos. La barrera entre el escenario y el público se disuelve, y todos nos convertimos en un solo organismo vibrante. Instantes de comunión, con letras, con riffs, con artistas, el verdadero poder de la música. Y aunque la noche llegue a su fin, la sensación de pertenencia a algo más grande que nosotros mismos perdurará, por eso vuelvo y por el engancha, soy adicto.

El concierto se desvanece como un sueño, dejando tras de mí una colección de imágenes que intentan capturar el instante. Ninguna fotografía podrá igualar la intensidad de lo vivido. Ninguna lleva el calor, la emoción, la entrega y la pasión. Con las manos en los bolsillos y la cámara al cuello salgo a la calle. La noche es fría y me devuelve a la realidad, en mi interior, la llama de la música, de “afotar”, sigue quemando.

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Free City y Ezpalak en Madrid: “Destellos de adrenalina”
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El olor a cerveza y sudor se mezcla con los acordes desgarradores de la guitarra. Las luces estroboscópicas tiñen de rojo la sala, creando una atmósfera densa y opresiva. El sonido es tan intenso que vibra en mis huesos. Esta noche, en la Nazca, todos mis sentidos están a flor de piel. Con el gran angular montado me acerco todo lo que mi pudor me permite para fotografiar a los músicos. Siento su calor y me llega su aliento. El cable del micro me golpea mientras disparo tratando de coger foco en la cara. Jóvenes en estado exaltado me empujan hacia delante cantando en euskera, gritando las líneas de Ezpalak.

Con cada tema me meto más en el trance y no puedo parar de disparar como loco, fotos al cantante con sus expresiones y giros constante, fotos al guitarrista que con cada puente se lanza hacia delante y hacia tras en espasmos visualmente espectaculares. Fotos al bajista, más estático y con la cabeza hacia el techo. La batería queda lejos y detrás de la cortina de humo, imposible alcanzar las expresiones y movimientos. No me siento cómodo con lo capturado por el momento y quiero más tomas. Cambio al 35mm para buscar las expresiones de cerca,  mientras siguen escupiendo las letras y ritmos, el público corea los temas, no paro de mirar atrás, qué bello es una sala entera disfrutando.

Mis ojos se desvían constantemente entre el escenario y la multitud. El público es un mar de cabezas que se mueven al ritmo de la música, un océano de energía que me arrastra. Veo caras llenas de éxtasis, puños en el aire, cuerpos que se contorsionan al compás de la batería. Intento capturar esos momentos de conexión, esos instantes en los que la música traspasa una barrera invisible y une a todos en una sola vibración. Busco las miradas que se cruzan, las sonrisas que se contagian, las lágrimas que brotan de la emoción (nadie en realidad, son las mías). Cada rostro es una historia, cada cuerpo una danza. Y yo, con mi cámara, cronista de esta fiesta pagana.

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