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Texto y fotos: Jaume Estrada La visita de Hamlet a la sala Salamandra de Barcelona volvió a confirmar que su relación con el directo sigue siendo uno de sus mayores […]

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En el metal, siempre hubo bandas que cambiaron con el tiempo. Grupos que mutaron su sonido o cambiaron su propuesta. Que sintieron inquietudes y por decisiones artísticas, decidieron explorar otros […]

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Y un día el rock sureño volvió a arribar en Argentina. Esta vez, proveniente de Georgia. Y es que tras varios años de espera, finalmente se dio el debut de […]

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Llegar justo siempre tiene algo de derrota antes de empezar, y esta vez nos tocó a nosotros. Por temas de horarios, nos perdimos el arranque del partido y la primera […]

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Hypocrisy pasó con su ‘Mass Hallucination’ tour por Dinamarca, acompañado por nada menos que el legendario Abbath, Vreid y Vomitory. La banda de Peter Tägtgren encabeza esta nueva gira europea […]

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Los alemanes Pink Turns Blue se habrán adelantado dos décadas a los títulos de blogs de Tumblr, uno que tomaron de la canción del mismo nombre de Hüsker Dü, pero […]

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Texto por Tom Muir Si bien el género del black metal puede estar hoy asociado a escandinavos de gesto serio, cubiertos de pinchos metálicos y corpse paint, algunas bandas todavía […]

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The Crown en Barcelona: “35 años de furia”
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Aún siento el latido rítmico de la sangre en mi rodilla izquierda, una pulsación que compite con el zumbido eléctrico que me dejaron los amplificadores en los oídos. La noche de aquel viernes invernal quedará marcada en mi cabeza —literalmente— como el día en que la voluntad venció al asfalto.

Todo empezó con un error de cálculo. El pavimento de Barcelona, traicionero y brillante por la lluvia, decidió que mi bicicleta y yo no éramos compatibles. Al frenar, en un segundo volé sobre el manillar en una imitación patética de Superman, aterrizando con todo el peso sobre mi rodilla y las palmas de las manos. Me levanté entre el dolor sordo y el calor de la abrasión, viendo cómo restos de mi piel se quedaban pegados al cemento, pero la misión era innegociable. No importaba la hinchazón que empezaba a deformar mi pierna ni el escozor de las manos raspadas: la gira de despedida “No Tomorrow” de The Crown no iba a suceder sin mí. La última vez que los había visto había sido en Wacken, en 2003, y esta despedida no me la iba a perder.

El sacrificio de llegar semicojeando y empapado en adrenalina tuvo un precio: el silencio de las dos primeras bandas, Reticulate y Heldave, que me perdí por el incidente. Pero en cuanto puse un pie en la Lennon’s y bajé las escaleras supe que el infierno me estaba esperando con los brazos abiertos.

Entré justo cuando la formación definitiva —parte de esa alineación sagrada que grabó The Burning en 1995 y que ahora camina con paso firme hacia su disolución tras 35 años de trayectoria— tomaba posiciones de combate sobre el escenario. El ambiente en la sala era ya denso, cargado de esa electricidad previa que solo aparece cuando el público sabe que está a punto de presenciar algo irrepetible.

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Ver a Johan Lindstrand plantado en el centro como un auténtico maestro de ceremonias del apocalipsis, con esa mirada que siempre ha mezclado locura, desafío y una gratitud casi tangible hacia el público, me hizo olvidar al instante el dolor físico que arrastraba. En cuestión de segundos la adrenalina sustituyó cualquier molestia.

Arrancaron con la violencia quirúrgica de “Killing Star (Superbia Luxuria XXX)” y la mítica “Deathexplosion”, dos piezas que funcionaron como un manifiesto inmediato de lo que estaba por venir. Bastaron esos primeros minutos para recordar por qué esta banda ha sobrevivido tres décadas y media en la cima del culto underground sin perder un ápice de ferocidad.

El sonido era una auténtica apisonadora. No se trataba de volumen sin control, sino de un caos perfectamente calibrado, afinado en Re, que golpeaba el esternón con cada doble bombo de Mikael Norén. El batería tocaba como si quisiera reventar cada parche en su última vuelta al mundo, descargando una potencia física que convertía cada tema en un martillazo continuo sobre la caja torácica del público.

Las guitarras de Marko Tervonen y Marcus Sunesson se entrelazaban con una precisión casi quirúrgica, alternando riffs serrados y aceleraciones fulminantes que recordaban por qué The Crown siempre ha estado un paso más allá del death metal sueco convencional. La ejecución de “Executioner (Slayer of the Light)” e “In Bitterness and Sorrow” fue el recordatorio perfecto de que The Crown no se retira por decadencia ni por cansancio: lo hacen por pura integridad artística, escogiendo desaparecer cuando aún están en el punto más alto de su brutalidad.

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El despliegue de Mattias Rasmussen al bajo aportaba esa mugre punk y crust que siempre ha diferenciado a esta banda del sonido más pulido de Göteborg. Su forma de tocar no era solo una base rítmica; era una capa de suciedad sonora que daba profundidad al conjunto, un rugido grave que se sentía en las vibraciones del suelo y en las costillas de quienes estábamos pegados al escenario.

Cada palm mute, cada aceleración y cada frenazo repentino tenía una respuesta inmediata en el público, que empezaba a moverse como una única criatura colectiva. Sin embargo, el aire de la sala cambió de densidad y temperatura cuando llegó “Satanist”. A partir de ese primer acorde, el concierto dejó de ser simplemente una presentación de despedida para transformarse en un viaje psicotrópico directo a lo más visceral de los años noventa.

Los mosh pits en la pequeña sala de L’Hospitalet dejaron de ser empujones coordinados para convertirse en auténticos remolinos humanos. Era una marea de cuero, parches y sudor girando sin control, un torbellino de cabezas agitadas al ritmo de blast beats implacables.

En medio de ese caos perfectamente natural, mi rodilla herida era solo un recordatorio táctil de que estaba vivo y presente en el epicentro del ruido. Había algo profundamente primitivo en la experiencia: la sensación de estar participando en un ritual colectivo donde la música funcionaba como catalizador de toda la energía acumulada durante años escuchando a esta banda.

El momento de mayor carga espiritual y emocional llegó con el tributo a Tomas Lindberg. Con su fallecimiento en septiembre de 2025 aún demasiado reciente, el peso de su legado flotaba en cada rincón de la sala. Johan, con una honestidad que cortó el ambiente como una cuchilla, hizo una pausa para recordar cómo “Tompa” salvó la integridad de la banda en 2002 con aquel legendario Crowned in Terror.

Sus palabras no fueron largas ni grandilocuentes, pero bastaron para que el silencio se volviera absoluto durante unos segundos. Cuando sonaron los primeros acordes de ese tema, la Lennon’s rugió en un homenaje colectivo a la leyenda de At The Gates. Fue una comunión de respeto old school que nos erizó la piel a todos: el reconocimiento tácito de que sin aquella breve pero intensa etapa quizá la banda no habría llegado hasta este 2026.

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Después de ese instante cargado de memoria, la maquinaria volvió a ponerse en marcha sin concesiones. Siguieron machacándonos los sentidos con “At the End” y la blasfema “Kill (The Priest)”, mientras Marcus Sunesson disparaba solos técnicos y melódicos que elevaban el ruido a la categoría de alta ingeniería musical.

No era solo velocidad o agresividad: había una claridad compositiva en cada fraseo que recordaba por qué The Crown siempre ha sabido equilibrar brutalidad con precisión. El público respondía con una intensidad casi física, como si cada riff fuese una orden directa de movimiento.

Al llegar a “Blitzkrieg Witchcraft” ocurrió algo que rara vez se ve en un concierto de death metal de esta intensidad. Entre la nube de humo, luces rojas y cabezas agitándose, vi a los fundadores Marko Tervonen y Sunesson intercambiar una mirada fugaz y esbozar una pequeña sonrisa de complicidad y triunfo.

Fue un instante breve, casi invisible para quien no estuviera atento, pero tremendamente significativo. Estaban observando a su ejército de metalheads entregados al cien por cien: un hervidero humano que validaba treinta y cinco años de sudor, furgonetas, carreteras interminables y escenarios sofocantes. Aquella sonrisa era el reflejo de una hermandad que se despedía en sus propios términos, sin concesiones y sin nostalgia impostada.

Tras la descarga final de “Angels Die”, “The Poison” y la despedida oficial con la devastadora “Total Satán”, la banda abandonó el escenario envuelta en una ovación que parecía querer derribar las paredes de la sala. Durante unos segundos las luces permanecieron bajas y el ruido del público no disminuyó.

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No era el típico aplauso educado de final de concierto; era un clamor visceral, casi desesperado, como si nadie quisiera aceptar que aquello estaba terminando. Y, de alguna manera, esa energía terminó imponiéndose.

El público en L’Hospitalet se negó a aceptar el final, y la intensidad de esa reacción era tan tangible, tan eléctrica, que los suecos decidieron romper su propio protocolo de “sin bises artificiales”. Volvieron al escenario entre vítores ensordecedores y, sin demasiadas palabras, atacaron un encore que aparentemente no estaba en los planes: “1999 – Revolution 666”.

Escuchar ese himno de Hell Is Here fue la culminación perfecta de una noche que ya se sentía histórica. El riff principal cayó sobre la sala como un último bombardeo sonoro, y el público respondió con una última explosión de energía colectiva.

Cuando todo terminó de verdad, salí de la sala bajo la fría lluvia de marzo, cojeando visiblemente y con las manos ardiendo por las heridas abiertas de la batalla en el foso. Pero también con la absoluta certeza de que no hay mejor forma de presenciar el final de una era que desde la primera línea de fuego.

Había pagado el precio de la entrada con mi propia piel, sí, pero también me llevaba algo imposible de comprar: la memoria imborrable de haber vivido una despedida honesta, brutal y gloriosa, con la retina y los oídos completamente saciados de death metal sueco de alto octanaje.

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The Crown en Barcelona: “35 años de furia”
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Todo empezó con un error de cálculo. El pavimento de Barcelona, traicionero y brillante por la lluvia, decidió que mi bicicleta y yo no éramos compatibles. Al frenar, en un segundo volé sobre el manillar en una imitación patética de Superman, aterrizando con todo el peso sobre mi rodilla y las palmas de las manos. Me levanté entre el dolor sordo y el calor de la abrasión, viendo cómo restos de mi piel se quedaban pegados al cemento, pero la misión era innegociable. No importaba la hinchazón que empezaba a deformar mi pierna ni el escozor de las manos raspadas: la gira de despedida “No Tomorrow” de The Crown no iba a suceder sin mí. La última vez que los había visto había sido en Wacken, en 2003, y esta despedida no me la iba a perder.

El sacrificio de llegar semicojeando y empapado en adrenalina tuvo un precio: el silencio de las dos primeras bandas, Reticulate y Heldave, que me perdí por el incidente. Pero en cuanto puse un pie en la Lennon’s y bajé las escaleras supe que el infierno me estaba esperando con los brazos abiertos.

Entré justo cuando la formación definitiva —parte de esa alineación sagrada que grabó The Burning en 1995 y que ahora camina con paso firme hacia su disolución tras 35 años de trayectoria— tomaba posiciones de combate sobre el escenario. El ambiente en la sala era ya denso, cargado de esa electricidad previa que solo aparece cuando el público sabe que está a punto de presenciar algo irrepetible.

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Arrancaron con la violencia quirúrgica de “Killing Star (Superbia Luxuria XXX)” y la mítica “Deathexplosion”, dos piezas que funcionaron como un manifiesto inmediato de lo que estaba por venir. Bastaron esos primeros minutos para recordar por qué esta banda ha sobrevivido tres décadas y media en la cima del culto underground sin perder un ápice de ferocidad.

El sonido era una auténtica apisonadora. No se trataba de volumen sin control, sino de un caos perfectamente calibrado, afinado en Re, que golpeaba el esternón con cada doble bombo de Mikael Norén. El batería tocaba como si quisiera reventar cada parche en su última vuelta al mundo, descargando una potencia física que convertía cada tema en un martillazo continuo sobre la caja torácica del público.

Las guitarras de Marko Tervonen y Marcus Sunesson se entrelazaban con una precisión casi quirúrgica, alternando riffs serrados y aceleraciones fulminantes que recordaban por qué The Crown siempre ha estado un paso más allá del death metal sueco convencional. La ejecución de “Executioner (Slayer of the Light)” e “In Bitterness and Sorrow” fue el recordatorio perfecto de que The Crown no se retira por decadencia ni por cansancio: lo hacen por pura integridad artística, escogiendo desaparecer cuando aún están en el punto más alto de su brutalidad.

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Cada palm mute, cada aceleración y cada frenazo repentino tenía una respuesta inmediata en el público, que empezaba a moverse como una única criatura colectiva. Sin embargo, el aire de la sala cambió de densidad y temperatura cuando llegó “Satanist”. A partir de ese primer acorde, el concierto dejó de ser simplemente una presentación de despedida para transformarse en un viaje psicotrópico directo a lo más visceral de los años noventa.

Los mosh pits en la pequeña sala de L’Hospitalet dejaron de ser empujones coordinados para convertirse en auténticos remolinos humanos. Era una marea de cuero, parches y sudor girando sin control, un torbellino de cabezas agitadas al ritmo de blast beats implacables.

En medio de ese caos perfectamente natural, mi rodilla herida era solo un recordatorio táctil de que estaba vivo y presente en el epicentro del ruido. Había algo profundamente primitivo en la experiencia: la sensación de estar participando en un ritual colectivo donde la música funcionaba como catalizador de toda la energía acumulada durante años escuchando a esta banda.

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Cuando todo terminó de verdad, salí de la sala bajo la fría lluvia de marzo, cojeando visiblemente y con las manos ardiendo por las heridas abiertas de la batalla en el foso. Pero también con la absoluta certeza de que no hay mejor forma de presenciar el final de una era que desde la primera línea de fuego.

Había pagado el precio de la entrada con mi propia piel, sí, pero también me llevaba algo imposible de comprar: la memoria imborrable de haber vivido una despedida honesta, brutal y gloriosa, con la retina y los oídos completamente saciados de death metal sueco de alto octanaje.

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