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The Sword en Copenhague: “Del groove hipnótico al riff aplastante”
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El conjunto stoner americano está de gira europea acompañados por Earthless para aportar el costado más psicodélico y lisérgico de la noche. Fue un lunes primaveral en el sur de Copenhague cuando, a las 19 en punto, las puertas del Amager Bio comenzaron a abrirse y el recinto empezó a llenarse lentamente de battle jackets, barbas, remeras desteñidas y esa calma tan particular que suele envolver a los conciertos de stoner y doom. No había ansiedad descontrolada ni corridas hacia la valla; el ambiente era mucho más relajado, casi ritualístico, como si todos los presentes supieran perfectamente que la música iba a cocinarse a fuego lento.

Earthless fue la banda encargada de abrir la jornada y, fiel a su costumbre, arrancó el show improvisando durante varios minutos antes de enganchar con “Uluru Rock”, un auténtico himno psicodélico de más de quince minutos cargado de groove, fills imposibles, feels hipnóticos y solos eternos. Desde el primer minuto quedó claro que el trío no venía a tocar canciones, sino a construir atmósferas. La guitarra de Isaiah Mitchell parecía flotar entre capas infinitas de fuzz mientras la base rítmica sostenía cada cambio de tiempo con una naturalidad impresionante.

Los pasajes lentos se arrastraban densos y pesados, casi narcóticos, para luego explotar en aceleraciones frenéticas donde cada músico encontraba su espacio sin invadir al otro. Todo sonaba orgánico, libre y completamente improvisado, pero al mismo tiempo increíblemente preciso. Ese equilibrio entre caos y control es justamente lo que convierte a Earthless en una experiencia tan particular en vivo.

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El setlist, limitado apenas a cinco canciones, terminó sintiéndose como un único viaje de casi una hora. Las dos primeras composiciones ocuparon cerca de treinta y siete minutos del show, llevando al público por un recorrido psicodélico de largos jams y desarrollos instrumentales que remitían tanto al space rock como al stoner más clásico de los noventa. No había apuro por llegar a ningún lado; la gracia estaba justamente en perderse dentro de cada riff.

Para el cierre, el trío decidió bajar un poco la intensidad con dos covers mucho más directos y cortos: “The Ides of March” de Iron Maiden y “Cherry Red” de The Groundhogs. Dos elecciones que, aunque breves, sirvieron para recordar las raíces más clásicas y setenteras sobre las que Earthless construye toda su identidad.

La atmósfera que transmitía la banda era la de un recital under, íntimo y cercano, como si en lugar de un venue reconocido estuvieran tocando en un pequeño antro escondido. Y, sin embargo, el Amager Bio estaba completamente entregado. Mucha gente simplemente cerraba los ojos y dejaba que la música hiciera efecto; otros acompañaban cada riff moviendo la cabeza lentamente, mientras algunos más delirantes parecían completamente absorbidos por el trance psicodélico que el trío generaba desde el escenario.

A eso de las 21 comenzó finalmente el turno de The Sword, que abrió el show con “Empty Temples”. La canción arranca sobre un crescendo cargado de groove que va creciendo lentamente hasta explotar en ese sonido gigantesco que caracteriza a la banda, impulsado principalmente por una batería inmensa y aplastante. Ese recurso —el de construir tensión progresivamente hasta desembocar en un muro de sonido— estuvo presente durante gran parte del concierto y funcionó a la perfección en vivo.

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Desde el comienzo, la banda sonó magníficamente. Cada instrumento ocupaba su espacio con claridad absoluta, pero al mismo tiempo todo se fusionaba en una masa sonora demoledora, pesada y cálida. Los riffs caían uno detrás de otro provocando headbanging constante en la valla, mientras el público respondía con una energía que fue creciendo canción tras canción.

El primer tercio del setlist estuvo enfocado principalmente en su material más moderno, repasando composiciones de sus últimos trabajos de estudio. Aunque esa etapa más reciente de The Sword suele dividir opiniones entre quienes prefieren el costado más clásico y doom de la banda, en vivo esas canciones encontraron una nueva dimensión. El groove se volvió mucho más pesado y físico, permitiendo que incluso los temas más rockeros conservaran esa sensación densa y monolítica que caracteriza al grupo texano.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó con “Celestial Crown”. El instrumental marcó un cambio clarísimo en la dinámica del concierto y abrió definitivamente la puerta al costado más doom y épico de la banda. A partir de allí, el show se transformó en una sucesión de clásicos que hicieron explotar al Amager Bio.

The Sword comenzó entonces a alternar canciones de “Age of Winters”, “Gods of the Earth” y “Apocryphon”, construyendo probablemente el tramo más fuerte de toda la noche. Cada riff parecía más pesado que el anterior, y la conexión con el público terminó alcanzando otro nivel. Temas como “Freya” o “Cloak of Feathers” desataron una reacción inmediata en la sala, con decenas de personas coreando riffs mientras la banda mantenía una ejecución prácticamente impecable.

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Lo más impresionante fue cómo The Sword logró sonar enorme sin necesidad de exagerar nada. No hubo grandes discursos ni una producción desmedida; toda la atención estaba puesta en las canciones y en la potencia del sonido. Y eso terminó siendo más que suficiente. El cuarteto entendió perfectamente cómo administrar la intensidad del setlist, alternando momentos más densos y lentos con otros mucho más directos y cargados de groove.

Visualmente, el concierto también acompañó muy bien la propuesta musical. Las luces cálidas, los tonos rojizos y las sombras permanentes reforzaban esa sensación casi desértica y mística que siempre rodeó a la estética de la banda. Todo parecía pensado para potenciar la experiencia inmersiva que los riffs generaban por sí solos.

Hacia el final del show, el Amager Bio ya estaba completamente entregado. Lo que había comenzado como un lunes tranquilo terminó convirtiéndose en una verdadera ceremonia stoner donde el tiempo parecía avanzar a otra velocidad. Entre jams psicodélicos eternos, riffs aplastantes y una pared de fuzz constante, Earthless y The Sword construyeron una noche pesada, hipnótica y profundamente envolvente, de esas que dejan los oídos destruidos pero la cabeza flotando durante horas.

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The Sword en Copenhague: “Del groove hipnótico al riff aplastante”
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Earthless fue la banda encargada de abrir la jornada y, fiel a su costumbre, arrancó el show improvisando durante varios minutos antes de enganchar con “Uluru Rock”, un auténtico himno psicodélico de más de quince minutos cargado de groove, fills imposibles, feels hipnóticos y solos eternos. Desde el primer minuto quedó claro que el trío no venía a tocar canciones, sino a construir atmósferas. La guitarra de Isaiah Mitchell parecía flotar entre capas infinitas de fuzz mientras la base rítmica sostenía cada cambio de tiempo con una naturalidad impresionante.

Los pasajes lentos se arrastraban densos y pesados, casi narcóticos, para luego explotar en aceleraciones frenéticas donde cada músico encontraba su espacio sin invadir al otro. Todo sonaba orgánico, libre y completamente improvisado, pero al mismo tiempo increíblemente preciso. Ese equilibrio entre caos y control es justamente lo que convierte a Earthless en una experiencia tan particular en vivo.

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Para el cierre, el trío decidió bajar un poco la intensidad con dos covers mucho más directos y cortos: “The Ides of March” de Iron Maiden y “Cherry Red” de The Groundhogs. Dos elecciones que, aunque breves, sirvieron para recordar las raíces más clásicas y setenteras sobre las que Earthless construye toda su identidad.

La atmósfera que transmitía la banda era la de un recital under, íntimo y cercano, como si en lugar de un venue reconocido estuvieran tocando en un pequeño antro escondido. Y, sin embargo, el Amager Bio estaba completamente entregado. Mucha gente simplemente cerraba los ojos y dejaba que la música hiciera efecto; otros acompañaban cada riff moviendo la cabeza lentamente, mientras algunos más delirantes parecían completamente absorbidos por el trance psicodélico que el trío generaba desde el escenario.

A eso de las 21 comenzó finalmente el turno de The Sword, que abrió el show con “Empty Temples”. La canción arranca sobre un crescendo cargado de groove que va creciendo lentamente hasta explotar en ese sonido gigantesco que caracteriza a la banda, impulsado principalmente por una batería inmensa y aplastante. Ese recurso —el de construir tensión progresivamente hasta desembocar en un muro de sonido— estuvo presente durante gran parte del concierto y funcionó a la perfección en vivo.

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