


Barcelona vivió una noche de pura demencia musical con la llegada de Sungazer. El proyecto de electro-jazz/prog-fusión liderado por el bajista (y estrella de YouTube) Adam Neely y el baterista Shawn Crowder desató un vendaval de virtuosismo extremo, humor geek y energía desbordante.
El ambiente en la sala ya anticipaba algo único: una marea de estudiantes de conservatorio y fanáticos de la teoría musical listos para el “juego mental”. El inicio con “Against the Fall of Night” sumergió al público en una atmósfera synthwave futurista y cinemática, con sintetizadores envolventes y un bajo profundo que preparó el terreno para la locura.
A partir de ahí, el concierto fue una montaña rusa de métricas imposibles. Con “Cool 7″, la banda demostró que un compás de 7/8 puede ser sumamente bailable, logrando que la sala entera cabeceara… aunque cada uno en una subdivisión diferente.
La adrenalina explotó con “Macchina”, un trallazo cyberpunk a ritmo de drum and bass donde la agresividad del bajo puso a todos a saltar, seguido por la densidad psicodélica y las brutales improvisaciones espaciales de “Hot Saturn” y la hipnótica “Whiskey and Mes”.
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Tras el clímax polirítmico de “Threshold”, llegó un respiro experimental con un hipnótico Solo de Jared Yee en saxo cargado de loops y microtonalidad.
Pero el momento más divertido de la noche llegó con “Paydusko Horo”: tras una divertida explicación teórica de Neely, la banda retó al público a aplaudir el endiablado ritmo folclórico búlgaro en 5/16. El resultado fue un colapso colectivo de palmas descoordinadas y risas compartidas.
El broche de oro fue antológico. Sungazer revivió “Hymn of the Seventh Galaxy” (homenaje a Chick Corea y Return to Forever) inyectándole esteroides modernos.
El duelo final entre la velocidad absurda del bajo de Neely y la batería explosiva de Crowder cerró una noche electrizante. Mitad rave electrónica, mitad clase magistral; un despliegue sobrehumano que dejó a Barcelona con la boca abierta.
Hay conciertos que se miden en decibelios, sudor y pogos descontrolados. Lo ocurrido en la Sala Salamandra de L’Hospitalet de Llobregat se evaluó con otra escala: la de la fascinación absoluta, la precisión quirúrgica y una calidez poco habitual en el metal progresivo instrumental.
Plini Roessler-Holgate regresó a Barcelona en 2026 para presentar An Unnameable Desire, publicado apenas semanas atrás, y convirtió la velada en una demostración de cómo la música técnicamente compleja puede sonar cercana, orgánica y profundamente emocionante.
Desde la apertura de puertas se respiraba un ambiente especial. Entre el público convivían devotos del djent, amantes de las polirritmias imposibles, estudiantes de conservatorio y curiosos atraídos por la sensibilidad melódica del australiano.
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Cuando las luces se apagaron, apareció el cuarteto que acompaña a Plini en directo: Jake Howsam Lowe en la guitarra, Simon Grove al bajo y Chris Allison a la batería. Más que una banda de apoyo, funcionan como un organismo perfectamente sincronizado.
La noche arrancó con “An Unnameable Desire”, tema homónimo del nuevo disco. Bastaron unos compases para comprobar la impecable acústica de Salamandra: lejos del habitual muro de distorsión del metal moderno, cada nota sonó cristalina y definida.
Plini, sereno y sonriente en el centro del escenario, manejó dinámicas y silencios con una naturalidad asombrosa, mientras las texturas de jazz fusión y sintetizadores envolvían la sala en una atmósfera hipnótica.
Desde el inicio dejó claro que el concierto tendría un tono especial: entre bromas y comentarios improvisados, pidió al público que aquella noche funcionará “en modo sitcom”, sustituyendo los aplausos tradicionales por carcajadas colectivas cada vez que terminara una canción. El guiño, tan absurdo como encantador, terminó marcando buena parte del espíritu de la velada.
Sin pausa llegó “Cascade”, extraída del celebrado EP The End of Everything (2015). El contraste fue inmediato: riffs más agresivos, métricas imposibles y una demostración absoluta del talento de Chris Allison, auténtico metrónomo humano capaz de ejecutar cambios rítmicos delirantes con una facilidad insultante.
La reacción del público fue instantánea; las primeras ovaciones de la noche convivieron con risas espontáneas y cabezas balanceándose al ritmo del groove, abrazando por completo el juego planteado por la banda.
La intensidad encontró su contrapunto emocional con “Ciel”, una pieza delicada y atmosférica donde las guitarras de Plini y Jake Howsam Lowe dialogaron con una elegancia casi cinematográfica.
Durante unos minutos, Salamandra dejó de parecer una sala de conciertos para convertirse en un espacio suspendido entre la contemplación y el trance colectivo. La sutileza de los arreglos y el impecable control de las dinámicas confirmaron que el australiano entiende el virtuosismo no como un ejercicio de exhibición, sino como una herramienta narrativa.
Uno de los momentos más celebrados apareció con “Paper Moon”. El bajo de Simon Grove retumbó con fuerza mientras el público, lejos de limitarse a observar con admiración técnica, coreaba los riffs principales como si fueran himnos cantados.
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Ese es uno de los grandes logros de Plini: transformar composiciones instrumentales complejas en piezas emocionalmente inmediatas y memorables. El solo final, extendido y cargado de matices, confirmó por qué el australiano está considerado uno de los guitarristas más influyentes de su generación.
La faceta más experimental del concierto emergió con “Impulse Voice”. Grove sostuvo un muro sonoro imponente mientras Plini moldeaba la atmósfera mediante efectos y texturas electrónicas.
Esa exploración enlazó con “After Everything”, segunda parada en el material de 2026, donde la banda alternó pasajes cinematográficos con explosiones de metal progresivo técnico sin perder cohesión ni fluidez.
Más allá del virtuosismo, uno de los rasgos que distinguen a Plini es su cercanía. Entre canciones bromeó constantemente con el público, agradeció el recibimiento en Barcelona y volvió varias veces sobre la idea del “sitcom concert”, arrancando carcajadas genuinas cada vez que simulaba esperar una gran reacción dramática tras terminar los temas.
Esa energía relajada se trasladó a “I’ll Tell You Something”, composición luminosa y juguetona que sonó como una conversación improvisada entre músicos de jazz atrapados dentro de una tormenta progresiva.
La temperatura volvió a subir con “Manala”, una de las joyas de An Unnameable Desire. En directo ganó peso y contundencia, acercándose por momentos al djent más oscuro, aunque siempre filtrado por la sensibilidad armónica que caracteriza a Plini.
Acto seguido, “Vespertine” desató una de las mayores exhibiciones técnicas de la noche: las guitarras de Plini y Howsam Lowe se movieron a velocidades imposibles con una sincronización casi irreal, mientras Allison y Grove sostenían el vendaval sin una sola fisura.
El tramo final llegó con “Pan”, dueño de uno de los grooves más demoledores del repertorio. La gran incógnita era cómo resolverían en directo la célebre sección de saxofón de la versión de estudio.
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La solución fue brillante: guitarras cargadas de sustain y sintetizadores perfectamente integrados reprodujeron la esencia del tema sin perder impacto. Salamandra estalló —entre aplausos, risas y gritos— antes de que la banda abandonara brevemente el escenario.
Los bises terminaron de elevar la experiencia. “Selenium Forest” resumió toda la identidad sonora de Plini: un inicio delicado que crece progresivamente hasta desembocar en un clímax monumental.
Después llegó “The Time Will Pass Away”, cargada de melancolía y sensibilidad, antes del cierre definitivo con “Electric Sunrise”. La icónica melodía inicial provocó una última explosión de júbilo colectivo; el público saltó, tarareó cada fraseo de guitarra y respondió con carcajadas cómplices cuando Plini recordó, una vez más, las “normas” de aquel peculiar concierto-sitcom.
Con las luces encendiéndose y los músicos despidiéndose entre aplausos interminables, quedó una sensación evidente: Plini ya ha trascendido la etiqueta de “guitarrista para guitarristas”.
Lo vivido en Salamandra no fue una fría exhibición técnica, sino una experiencia emocional, cercana y comunitaria donde el virtuosismo actuó como puente, no como barrera.
En tiempos en los que la complejidad musical suele confundirse con distancia, el australiano demostró que la música instrumental todavía puede conectar con una claridad y una humanidad capaces de dejar sin palabras —y también entre risas— a toda una sala.



Barcelona vivió una noche de pura demencia musical con la llegada de Sungazer. El proyecto de electro-jazz/prog-fusión liderado por el bajista (y estrella de YouTube) Adam Neely y el baterista Shawn Crowder desató un vendaval de virtuosismo extremo, humor geek y energía desbordante.
El ambiente en la sala ya anticipaba algo único: una marea de estudiantes de conservatorio y fanáticos de la teoría musical listos para el “juego mental”. El inicio con “Against the Fall of Night” sumergió al público en una atmósfera synthwave futurista y cinemática, con sintetizadores envolventes y un bajo profundo que preparó el terreno para la locura.
A partir de ahí, el concierto fue una montaña rusa de métricas imposibles. Con “Cool 7″, la banda demostró que un compás de 7/8 puede ser sumamente bailable, logrando que la sala entera cabeceara… aunque cada uno en una subdivisión diferente.
La adrenalina explotó con “Macchina”, un trallazo cyberpunk a ritmo de drum and bass donde la agresividad del bajo puso a todos a saltar, seguido por la densidad psicodélica y las brutales improvisaciones espaciales de “Hot Saturn” y la hipnótica “Whiskey and Mes”.
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Tras el clímax polirítmico de “Threshold”, llegó un respiro experimental con un hipnótico Solo de Jared Yee en saxo cargado de loops y microtonalidad.
Pero el momento más divertido de la noche llegó con “Paydusko Horo”: tras una divertida explicación teórica de Neely, la banda retó al público a aplaudir el endiablado ritmo folclórico búlgaro en 5/16. El resultado fue un colapso colectivo de palmas descoordinadas y risas compartidas.
El broche de oro fue antológico. Sungazer revivió “Hymn of the Seventh Galaxy” (homenaje a Chick Corea y Return to Forever) inyectándole esteroides modernos.
El duelo final entre la velocidad absurda del bajo de Neely y la batería explosiva de Crowder cerró una noche electrizante. Mitad rave electrónica, mitad clase magistral; un despliegue sobrehumano que dejó a Barcelona con la boca abierta.
Hay conciertos que se miden en decibelios, sudor y pogos descontrolados. Lo ocurrido en la Sala Salamandra de L’Hospitalet de Llobregat se evaluó con otra escala: la de la fascinación absoluta, la precisión quirúrgica y una calidez poco habitual en el metal progresivo instrumental.
Plini Roessler-Holgate regresó a Barcelona en 2026 para presentar An Unnameable Desire, publicado apenas semanas atrás, y convirtió la velada en una demostración de cómo la música técnicamente compleja puede sonar cercana, orgánica y profundamente emocionante.
Desde la apertura de puertas se respiraba un ambiente especial. Entre el público convivían devotos del djent, amantes de las polirritmias imposibles, estudiantes de conservatorio y curiosos atraídos por la sensibilidad melódica del australiano.
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Cuando las luces se apagaron, apareció el cuarteto que acompaña a Plini en directo: Jake Howsam Lowe en la guitarra, Simon Grove al bajo y Chris Allison a la batería. Más que una banda de apoyo, funcionan como un organismo perfectamente sincronizado.
La noche arrancó con “An Unnameable Desire”, tema homónimo del nuevo disco. Bastaron unos compases para comprobar la impecable acústica de Salamandra: lejos del habitual muro de distorsión del metal moderno, cada nota sonó cristalina y definida.
Plini, sereno y sonriente en el centro del escenario, manejó dinámicas y silencios con una naturalidad asombrosa, mientras las texturas de jazz fusión y sintetizadores envolvían la sala en una atmósfera hipnótica.
Desde el inicio dejó claro que el concierto tendría un tono especial: entre bromas y comentarios improvisados, pidió al público que aquella noche funcionará “en modo sitcom”, sustituyendo los aplausos tradicionales por carcajadas colectivas cada vez que terminara una canción. El guiño, tan absurdo como encantador, terminó marcando buena parte del espíritu de la velada.
Sin pausa llegó “Cascade”, extraída del celebrado EP The End of Everything (2015). El contraste fue inmediato: riffs más agresivos, métricas imposibles y una demostración absoluta del talento de Chris Allison, auténtico metrónomo humano capaz de ejecutar cambios rítmicos delirantes con una facilidad insultante.
La reacción del público fue instantánea; las primeras ovaciones de la noche convivieron con risas espontáneas y cabezas balanceándose al ritmo del groove, abrazando por completo el juego planteado por la banda.
La intensidad encontró su contrapunto emocional con “Ciel”, una pieza delicada y atmosférica donde las guitarras de Plini y Jake Howsam Lowe dialogaron con una elegancia casi cinematográfica.
Durante unos minutos, Salamandra dejó de parecer una sala de conciertos para convertirse en un espacio suspendido entre la contemplación y el trance colectivo. La sutileza de los arreglos y el impecable control de las dinámicas confirmaron que el australiano entiende el virtuosismo no como un ejercicio de exhibición, sino como una herramienta narrativa.
Uno de los momentos más celebrados apareció con “Paper Moon”. El bajo de Simon Grove retumbó con fuerza mientras el público, lejos de limitarse a observar con admiración técnica, coreaba los riffs principales como si fueran himnos cantados.
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Ese es uno de los grandes logros de Plini: transformar composiciones instrumentales complejas en piezas emocionalmente inmediatas y memorables. El solo final, extendido y cargado de matices, confirmó por qué el australiano está considerado uno de los guitarristas más influyentes de su generación.
La faceta más experimental del concierto emergió con “Impulse Voice”. Grove sostuvo un muro sonoro imponente mientras Plini moldeaba la atmósfera mediante efectos y texturas electrónicas.
Esa exploración enlazó con “After Everything”, segunda parada en el material de 2026, donde la banda alternó pasajes cinematográficos con explosiones de metal progresivo técnico sin perder cohesión ni fluidez.
Más allá del virtuosismo, uno de los rasgos que distinguen a Plini es su cercanía. Entre canciones bromeó constantemente con el público, agradeció el recibimiento en Barcelona y volvió varias veces sobre la idea del “sitcom concert”, arrancando carcajadas genuinas cada vez que simulaba esperar una gran reacción dramática tras terminar los temas.
Esa energía relajada se trasladó a “I’ll Tell You Something”, composición luminosa y juguetona que sonó como una conversación improvisada entre músicos de jazz atrapados dentro de una tormenta progresiva.
La temperatura volvió a subir con “Manala”, una de las joyas de An Unnameable Desire. En directo ganó peso y contundencia, acercándose por momentos al djent más oscuro, aunque siempre filtrado por la sensibilidad armónica que caracteriza a Plini.
Acto seguido, “Vespertine” desató una de las mayores exhibiciones técnicas de la noche: las guitarras de Plini y Howsam Lowe se movieron a velocidades imposibles con una sincronización casi irreal, mientras Allison y Grove sostenían el vendaval sin una sola fisura.
El tramo final llegó con “Pan”, dueño de uno de los grooves más demoledores del repertorio. La gran incógnita era cómo resolverían en directo la célebre sección de saxofón de la versión de estudio.
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La solución fue brillante: guitarras cargadas de sustain y sintetizadores perfectamente integrados reprodujeron la esencia del tema sin perder impacto. Salamandra estalló —entre aplausos, risas y gritos— antes de que la banda abandonara brevemente el escenario.
Los bises terminaron de elevar la experiencia. “Selenium Forest” resumió toda la identidad sonora de Plini: un inicio delicado que crece progresivamente hasta desembocar en un clímax monumental.
Después llegó “The Time Will Pass Away”, cargada de melancolía y sensibilidad, antes del cierre definitivo con “Electric Sunrise”. La icónica melodía inicial provocó una última explosión de júbilo colectivo; el público saltó, tarareó cada fraseo de guitarra y respondió con carcajadas cómplices cuando Plini recordó, una vez más, las “normas” de aquel peculiar concierto-sitcom.
Con las luces encendiéndose y los músicos despidiéndose entre aplausos interminables, quedó una sensación evidente: Plini ya ha trascendido la etiqueta de “guitarrista para guitarristas”.
Lo vivido en Salamandra no fue una fría exhibición técnica, sino una experiencia emocional, cercana y comunitaria donde el virtuosismo actuó como puente, no como barrera.
En tiempos en los que la complejidad musical suele confundirse con distancia, el australiano demostró que la música instrumental todavía puede conectar con una claridad y una humanidad capaces de dejar sin palabras —y también entre risas— a toda una sala.

















