


Hanabie vuelve a la carga en formato breve con Hot Topic, un EP que funciona como una descarga directa y sin rodeos dentro de su particular universo sonoro. Lejos de plantearlo como un simple relleno entre discos largos, el lanzamiento se siente pensado para el impacto inmediato: canciones cortas, dinámicas y diseñadas para convivir tanto en playlists como en el directo. Aquí no hay introducciones largas ni desarrollos innecesarios; todo entra rápido y con intención clara, reforzando esa identidad híbrida donde el metalcore moderno se cruza sin complejos con el J-Pop, la electrónica y el caos kawaii que define a la banda.
El arranque con “Iconic” marca el tono desde el primer segundo: riffs contundentes, bases electrónicas bien integradas y un juego vocal constante entre agresividad y melodía pop. Hanabie entiende perfectamente el lenguaje del metalcore actual, pero lo filtra a través de una estética propia que evita caer en fórmulas occidentales recicladas. La producción es limpia, potente y muy enfocada al golpe rítmico, algo que permite que los cambios bruscos de tempo y estilo no suenen forzados, sino naturales dentro de su ADN musical.
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A medida que avanza el EP, temas como “Spicy Queen”, “トキメキ About You” y “Girl’s Talk” refuerzan ese carácter explosivo y adictivo que ha hecho crecer a la banda fuera de Japón. Aquí conviven breakdowns pesados con estribillos pegajosos, líneas casi rap y detalles electrónicos que rozan el synthpop sin diluir la pegada metalera. El uso del japonés no es un obstáculo, sino un elemento más que suma personalidad y convierte cada canción en algo reconocible al instante, incluso para oyentes que no entienden el idioma.
El cierre con “はなびえんちゃん。のテーマ” introduce un tono más desenfadado y casi lúdico, rompiendo cualquier expectativa de solemnidad y recordando que Hanabie también juega con el humor y la autoimagen sin perder identidad. Hot Topic se mueve así entre la agresión, la inmediatez pop y la actitud irreverente, consolidando una propuesta que sigue creciendo en visibilidad internacional y que demuestra que, incluso en formato EP, la banda sabe cómo dejar huella canción tras canción.


The Ruins of Beverast vuelve a escena con Tempelschlaf, nuevo lanzamiento a través de Van Records y una duración que ronda la hora repartida en siete cortes extensos. Detrás del proyecto sigue estando Alexander von Meilenwald, quien una vez más se encarga de dar forma a un disco de desarrollo pausado, atmósferas cargadas y una producción que encaja perfectamente con el carácter oscuro del material.
Si algo ha definido la trayectoria del proyecto es la falta de repetición entre discos. Desde Unlock the Shrine hasta Exuvia, cada etapa ha mostrado cambios claros en sonido y enfoque. Tempelschlaf se apoya en composiciones largas, con estructuras que se transforman constantemente y evitan la inmediatez, apostando más por la construcción progresiva de climas que por el impacto directo.
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El tema que da nombre al disco, “Tempelschlaf”, abre con un tono ritual y denso, alternando pasajes pesados con otros más contenidos. “Day of the Poacher” eleva el ritmo con guitarras más rápidas y un tratamiento vocal más agresivo, dejando ver una base de black metal más marcada. En “Cathedral of Bleeding Statues” el protagonismo recae en las melodías y las voces limpias, con un aire sombrío que se mueve entre lo gótico y lo feroz sin perder coherencia.
La parte central del álbum se vuelve más directa en lo instrumental. “Alpha Fluids” descarga riffs contundentes y una batería que empuja con fuerza, mientras las voces vuelven a jugar entre registros limpios y rasgados. “Babel, You Scarlet Queen!” mantiene un tono caótico y agresivo durante casi todo su recorrido, resultando uno de los cortes más fáciles de asimilar dentro del conjunto. “Last Theatre of the Sea” continúa esa línea, aunque su desarrollo se oscurece y baja la intensidad en su tramo final.
El cierre llega con “The Carrion Cocoon”, una pieza extensa que combina momentos introspectivos, voces habladas y acordes melancólicos con irrupciones más violentas bien dosificadas. Tempelschlaf se perfila como uno de los trabajos más accesibles de The Ruins of Beverast, manteniendo su complejidad habitual pero con una estructura que permite una escucha más fluida y continua.


Si hay algo que siempre engancha del metal no es solo el volumen ni la velocidad, es la honestidad brutal en las guitarras y en la garganta, y Dreamcrush es eso multiplicado por diez. MØL no viene a ser “otro disco más de metal mezclado con shoegaze”; hay bandas que nacen para repetir una fórmula y hay otras que aparecen desde un lugar incómodo, como si nunca hubieran querido encajar del todo. MØL es de esas.
Desde Aarhus, Dinamarca, lejos del ruido de las escenas grandes, fueron armando su identidad en silencio. Desde su primer EP hasta hoy, se nota que no les interesa la complacencia fácil. Han tomado el abanico del metal, black, post, shoegaze y alt-rock, y lo han fusionado hasta que ya no se pueda separar en partes: esa es su identidad.
Dreamcrush no es un disco que te explique cosas. Es un disco que te pone frente a ellas. Su sonido, siempre entre el filo cortante y la atmósfera expansiva, deja en claro que hoy en día están más afilados y maduros que nunca.
Lo que más vuela la cabeza del disco es cómo logra abarcar contradicciones sin sentirse incoherente. Hay momentos casi cinematográficos y otros que te sacuden la médula. Hay riffs que golpean como la vida misma: no piden permiso, te atrapan y te obligan a sentir.
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Las guitarras siguen siendo densas, pero ahora respiran. Hay mucho más espacio, más aire, más melodía. Se sienten influencias que no vienen del metal extremo puro, sino del shoegaze y del alt-rock noventero, de bandas que entendían que la emoción también puede ser ruidosa. No es suavizar el golpe: es hacerlo más profundo.
La voz de Kim Song Sternkopf es clave en todo esto. El grito sigue ahí, rasposo, visceral, negro. Pero ahora convive con momentos donde canta de verdad, donde se expone. Esa dualidad es el alma del disco: el choque constante entre lo que querés decir y lo que te cuesta aceptar.
Dreamcrush tiene picos de violencia emocional y también momentos de introspección. Hay temas que te empujan y otros que te obligan a quedarte quieto y escuchar. El disco no corre todo el tiempo: sabe cuándo frenar, y eso lo hace más pesado que muchos discos que no bajan un cambio jamás.
Y si hay que señalar un punto donde todo el disco termina de cerrar, es “Crush”.
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No es solo el cierre, es la síntesis. Todo lo que MØL viene construyendo desde sus comienzos termina de tomar forma ahí. Es un tema que no necesita explotar desde el segundo uno; se arma de a poco, te envuelve, te desgasta emocionalmente. Tiene agresión, sí, pero también una especie de belleza rota, casi resignada. Es ese momento donde entendés que los sueños no siempre te salvan… a veces también te aplastan. Y aun así, seguís adelante.
Para mí, “Crush” representa exactamente lo que hace grande a este disco: no busca impresionar, busca decir algo verdadero. Es un tema que queda dando vueltas después de que termina, de esos que te hacen volver atrás y escuchar todo el álbum otra vez, pero con otra cabeza.
Los instrumentos acompañan todo este viaje con inteligencia, sin caer en el exceso. Cuando tienen que ser demoledores, lo son. Todo está al servicio de la narrativa, no del lucimiento individual.
Si alguna vez charlamos de cómo el metal puede ser más que furia física —cómo puede ser furia emocional, reflexión, catarsis y poesía distorsionada al mismo tiempo—, Dreamcrush lo demuestra sin pretensiones. No se trata de competir en brutalidad, se trata de construir intensidad y profundidad juntas.
No hay nostalgia forzada ni intento de competir con nadie. Hay identidad.
Y eso, en el metal actual, vale oro.
Dreamcrush no busca gustar a todos. Busca conectar. Y si sos de los que sienten el metal como una herramienta para decir lo que cuesta decir, este disco te va a agarrar fuerte.


2026 marca el décimo aniversario del trío londinense Urne, y Setting Fire to the Sky llega como la declaración definitiva de una banda que finalmente ha encontrado su voz única dentro del panorama del metal progresivo. Después de dos álbumes sólidos que establecieron al grupo como uno de los secretos mejor guardados del underground británico, este tercer trabajo representa no solo un perfeccionamiento técnico, sino también una evolución artística completa.
Si sus trabajos anteriores se caracterizaron por un proceso de autodescubrimiento y experimentación, este disco es inequívocamente el destino: una culminación confiada de lecciones duramente ganadas y la realización más clara hasta ahora del sonido que Urne siempre buscó. El álbum, que cuenta con 8 canciones (9 si tomamos en cuenta el bonus track), suena exponencialmente más grande como unidad, con una producción limpia y clara, que permite que cada instrumento respire de manera precisa.
Desde el primer acorde acústico de “Be Not Dismayed”, queda claro que Urne no tiene intención de jugar seguro. El tema de apertura funciona como una declaración de intenciones perfecta: tras el preludio contemplativo, la banda irrumpe con una demoledora avalancha de riffs precisos y devastadores, mientras el vocalista/bajista Joe Nally demuestra un salto cuántico en su entrega vocal, alternando sin esfuerzo entre guturales aguerridos y pasajes limpios melódicos que se elevan muy por encima de un coro satisfactorio.
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“Weeping to the World” continúa el asalto con patrones de batería acelerados y una estructura progresiva que fusiona elementos de thrash metal con momentos más ligados al sludge, todo envuelto en un machaque que golpea como un tren de carga. La canción es una representación perfecta de lo que Urne representa musicalmente: complejidad sin pretensión, brutalidad con propósito.
La comparación con Mastodon y Gojira es inevitable y, en cierto sentido, completamente justificada. Urne bebe abiertamente del pozo de las grandes bandas del progressive metal, incorporando su combinación de salvajismo y toque melódico, pero lo hace con suficiente personalidad propia como para evitar sonar como meros imitadores.
Lo que distingue a “Setting Fire to the Sky” es la capacidad de Urne para tejer un groove irresistible a lo largo de todo el álbum. Mientras el disco se mueve sin esfuerzo entre pasajes de calma y agresividad, la banda mantiene una atención cautivadora con cada nota. Pueden ofrecer riffs y ritmos tumultuosos, estrellándose a un ritmo atronador, pero luego cambiar hábilmente hacia una sutileza que mantiene la música siempre vigorizante.
Justo cuando creés que ya sabés hacia dónde se dirige el álbum, la banda lanza casualmente su sección más extensa, comenzando con “Towards The Harmony Hall”, una pista de dos mitades, con una segunda parte completamente inesperada, cargada de pasajes e instrumentación enormemente emotivos.
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Esto conduce directamente a la épica de nueve minutos “Harken The Waves”, que presenta la participación de Troy Sanders de Mastodon. Y aquí es donde la colaboración brilla genuinamente: a diferencia de otras bandas que utilizan los feats para apenas unas pocas líneas y un estribillo, Urne reclutó a Sanders vocalmente para casi toda la canción, con las voces de Nally y Sanders entrelazándose de forma intermitente, generando un ida y vuelta realmente convincente. Es una empresa enorme que rinde dividendos en cada escucha, y también una demostración de cuán sólida es la composición de la banda.
El cierre “Breathe”, con la participación de la innovadora chelista Jo Quail, se desvía ligeramente del camino que el resto del álbum ha seguido, pero sigue siendo un final fantástico. La pieza propone un descenso lento y crudo en comparación con el resto del disco, que se mostró agresivo y poderosamente ambiental en varias secciones. Hay olas de serenidad cargadas de emoción, y se percibe que hubo un trabajo muy cuidado en la entrega delicada del cierre.
A pesar de estas pequeñas objeciones, Setting Fire to the Sky es un gran álbum dentro del progressive metal moderno. Es ajustado, cuenta con una producción sólida y resulta sumamente disfrutable, cimentando el estatus de Urne como una de las bandas más emocionantes del circuito actual y posicionándose como un contendiente temprano a disco del año, aunque solo el tiempo lo dirá.
La composición, el lirismo y la musicalidad general del trío han envejecido como un vino fino. Este es un álbum que exige atención completa, recompensando al oyente con nuevos detalles en cada escucha.


Mayhem, pilar fundamental del género extremo, regresa con su séptimo álbum de estudio, Liturgy of Death, lanzado el 6 de febrero de 2026. Con 49 minutos de duración y ocho cortes, esta entrega demuestra que tras cuarenta años de actividad, la banda no solo persiste, sino que domina su oficio con una ferocidad renovada y acá la destripamos.
Liturgy of Death es una experiencia inmersiva en la oscuridad filosófica. El disco funciona como un ritual de desacralización; no busca la velocidad gratuita ni teatralidades vacías, sino que entiende la contención como un arma. La producción marca un hito respecto a sus crudos inicios: cada instrumento respira en una mezcla soberbia. La batería de Hellhammer es una clínica de precisión, mientras que las guitarras de Teloch y Ghul alcanzan una densidad comparable a los trabajos tardíos de Emperor, canalizando florituras técnicas de la escuela de Necrophobic.
A diferencia de la brevedad de Daemon (2019), este álbum adopta un enfoque épico. “Ephemeral Eternity” abre con un preludio ambiental que estalla en una tormenta de rabia nórdica, moviéndose entre ráfagas de velocidad y pasajes asfixiantes. Le sigue “Despair”, que aumenta en disonancia y la amenaza sin dar tregua al oyente. “Weep For Nothing” cierra la trilogía inicial con un despliegue de guitarras repletoss de complejidad, donde el enfoque thrash del black metal brilla con una raspeza que llena todo el espectro sonoro. Se puede escuchar como la garganta de Attila demuestra ser su mayor activo, alternando entre voces limpias, ásperas y matices que llegan a lo operístico.
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En “Aeon’s End” combinan motivos melódicos gélidos con riffs que evocan el pico de Immortal, incluyendo un solo de guitarra desgarrador. “Funeral Existence” se inclina hacia el thrash con cambios de ritmo, mientras que “Realm of Endless Misery” otorga protagonismo al bajo de Necrobutcher. El cierre, “The Sentence of Absolution”, lanza cada elemento decrépito cubierto en el disco contra la pared, culminando en una percusión tribal que podría estar evocando a alguna ceremonia pagana de una era olvidada.
Este nuevo material de los noruegos camina la línea entre la crudeza que piden los puristas y una producción de alto calibre. Representa la expresión por excelencia de lo que el black metal ha llegado a ser en las últimas dos décadas. Puede que no posea la mística de sus obras seminales de los 90, pero confirma que el legado de Mayhem es hoy una realidad auditiva incuestionable.


Crystal Lake regresa en 2026 con “The Weight of Sound”, un álbum que no se limita a marcar una simple vuelta, sino que ha tratado de funcionar como una reafirmación identitaria tras años de silencio, cambios internos (con la salida de Ryo) y una escena que no ha dejado de evolucionar. Ocho años después de Helix, la banda japonesa vuelve con un trabajo que carga y abraza el peso de su propia historia, tanto a nivel sonoro como emocional.
Desde los primeros compases queda claro que este no es un disco diseñado para mirar atrás con nostalgia. Los japoneses optan por un enfoque más amplio y ambicioso, donde el metalcore sigue siendo el eje central, pero se ve constantemente tensionado por elementos de hardcore, deathcore e incluso groove metal. La producción es limpia, musculosa y moderna, sin caer en la sobrecompresión típica del género actual (que hace que gran parte de los nuevos álbumes se vuelvan pesados de escuchar), permitiendo que cada golpe rítmico y cada riff respiren con contundencia.
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Uno de los aspectos más llamativos del álbum es su planteamiento colaborativo. Lejos de sentirse como un reclamo oportunista, las apariciones de Taylor Barber (Left to Suffer), Jesse Leach (Killswitch Engage), David Simonich (Signs Of The Swarm), Myke Terry (Volumes) o Karl Schubach (Misery Signals) se integran de forma orgánica, aportando matices sin diluir la identidad de la banda. Estos cruces vocales refuerzan la sensación de comunidad y escena, algo que Crystal Lake siempre ha sabido manejar con inteligencia.
Los singles adelantan bien el tono general del disco. Hay espacio para la agresividad directa, con breakdowns diseñados para el directo, pero también para estructuras más dinámicas y pasajes melódicos que no rompen la tensión, sino que la canalizan. “Neversleep” destaca especialmente por su enfoque oscuro y su carga emocional, mientras que otros cortes apuestan por un groove casi hipnótico que demuestra que la banda sigue sabiendo escribir temas memorables sin caer en fórmulas agotadas.
A nivel conceptual, este album gira en torno a la carga emocional, el desgaste físico y mental, y la perseverancia. No es un disco explícitamente conceptual, pero sí coherente en tono y mensaje. Se percibe una banda consciente de su legado, pero también de sus limitaciones pasadas, intentando construir algo más sólido y duradero. La figura de YD como arquitecto sonoro vuelve a ser clave, dotando al álbum de una cohesión que evita que la variedad estilística se convierta en dispersión.
No todo es perfecto. En algunos tramos, la acumulación de ideas y colaboraciones puede generar la sensación de estar escuchando una sucesión de golpes efectivos más que un viaje completamente orgánico. Hay temas que funcionan mejor de manera individual que dentro del conjunto, algo que puede restar profundidad a escuchas completas para los oyentes más exigentes.
Aun así, el balance es claramente positivo. “The Weight of Sound” no pretende reinventar el metalcore, pero sí demostrar que Crystal Lake sigue siendo relevante, peligrosa y creativamente viva en 2026. Es un disco sólido, intenso y honesto, que funcionará tanto para los seguidores veteranos como para una nueva generación que busca algo más que agresividad vacía.
Un regreso convincente, cargado de músculo y carácter, que confirma que Crystal Lake no ha vuelto para ocupar espacio, sino para recordarle a la escena por qué su nombre sigue pesando en el metalcore actual.


Con motivo de su décimo aniversario, Elwood Stray presenta Descending, publicado el 23 de enero de 2026 a través de Out of Line Music. El quinteto alemán formado por Maik, Fabi, Niels, Ralle y Raphael encara este nuevo trabajo con una propuesta directa y medida, apostando por un equilibrio entre agresividad y accesibilidad. El álbum funciona como una reafirmación de su identidad dentro del metalcore moderno, incorporando matices que amplían su registro sin romper con sus bases.
La apertura con “Doom” marca el tono inicial desde una introducción difusa que pronto se ve atravesada por los gritos de Maik, preparando el terreno para “Evolve”, donde los riffs adquieren mayor protagonismo y encadenan secciones de fuerte gancho. Aquí se hacen evidentes tanto las raíces metalcore como influencias post-hardcore, especialmente en los estribillos con voces limpias que contrastan con la dureza general. “Shattered” continúa esta dinámica, arrancando de forma más contenida y coloreando el ritmo antes de volver a la agresión.
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A lo largo del disco aparecen momentos de aparente ligereza que conviven con quiebres más contundentes, como sucede antes del impacto de “Crocodile Tears”. Este tema retoma un enfoque más energético y colectivo, incorporando elementos electrónicos sampleados en los coros. La intensidad se mantiene hasta el pasaje de mosh y enlaza con “Error”, donde la colaboración de Timo, de Our Mirage, refuerza el frente vocal mientras la base rítmica se vuelve especialmente activa.
“Nevermind” sostiene un tempo elevado y deja entrever influencias old school inesperadas pero eficaces, contrastando con la pausa que introduce “Detached”. Este corte comienza como una balada sustentada en voces y programaciones electrónicas, aunque la saturación aparece progresivamente en su segunda mitad. El enlace con “Ivory Tower”, de duración breve, devuelve la furia mediante frases vocales frenéticas y un cierre apoyado en patrones beatdown densos.
En el tramo final, “Neon Fade” avanza en oleadas de intensidad hasta un clímax central, seguido por un solo de carácter más atmosférico que aporta un respiro. El cierre llega con “Genesis”, que recupera una estructura sencilla y efectiva, culminando en un quiebre dominado por los gritos más exigidos de Maik. Descending se desarrolla a través de canciones concisas y directas, manteniendo una energía constante a lo largo de su ajustada duración.


Desde las profundidades de Italia emerge Moon Wisdom, un trío que con su álbum debut Let Water Flow demuestra que en el black metal contemporáneo, la contención puede ser devastadora. Este ritual de 29 minutos, lanzado el 16 de enero de 2026 a través de Hypnotic Dirge Records, es una declaración de principios: aquí no hay excesos innecesarios, solo oscuridad destilada y propósito inquebrantable.
Faith (voces, bajo, sintetizador), Kaelos (guitarras, bajo, voces secundarias) y Hexis (batería) han forjado un disco que respira con el espíritu ancestral de la segunda ola del black metal. Las sombras de Immortal, Darkthrone, Mayhem y Dissection acechan en cada rincón, pero Moon Wisdom no se conforma con ser meros discípulos. En cambio, toman esa herencia y la refinan hasta convertirla en algo que se siente tanto reverente como personal.
Lo que distingue al contenido de este material es su disciplina. Cada nota parece colocada con intención deliberada, cada sección construida para maximizar la tensión en lugar de simplemente abrumar con velocidad. “Ashen Winds” ejemplifica esta filosofía con su interacción entre riffs inquietantes y pasajes demoledores. Las voces de Faith son particularmente efectivas, sonando exhaustas y amargas, como una presencia espectral que acecha desde las sombras de la mezcla.
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“Frozen Soul”, la canción más larga con 5:47, es donde la banda coquetea con el blackgaze. El bajo toma protagonismo en una exhibición melancólica que invita a la contemplación hipnótica, demostrando la paciencia compositiva que caracteriza al disco.
Pero es “Dark Shades” donde Moon Wisdom alcanza su punto más alto. Con 6:31 de duración, conviven todos los elementos que hacen grande a la banda: cambios dinámicos entre brutalidad y delicadeza, hay muy buenos solos de Kaelos, un trabajo de batería versátil de Hexis que va desde blast beats furiosos hasta juegos de platillos impredecibles, y las voces de Faith que alcanzan niveles de intensidad hasta llegar a lo visceral. Es black metal épico sin caer en lo pretencioso.
El álbum cierra con “Lullaby of Woods”, un interludio dominado por violín que aporta melancolía misteriosa, aunque también deja una sensación agridulce: justo cuando la banda alcanza su máximo potencial, el disco termina.
Esta brevedad es tanto la mayor fortaleza como la debilidad más notable. Hace que el álbum sea inmediatamente re-escuchable, combatiendo la “fatiga metálica” de discos extremos excesivamente largos, pero también expone ciertas inconsistencias compositivas. Las proclamadas influencias de punk y blackgaze son más sutiles de lo esperado, manteniéndose el disco firmemente en territorio black metal tradicional.
Para los fanáticos de Vinterland, Dödsrit o Lamp of Murmuur, Let Water Flow es una escucha esencial que refina admirablemente el género, recordándonos que a veces lo más pesado es desacelerar y dejar que la corriente arrastre todo bajo la superficie.


EP “debut” de los estadounidenses I Promised The World, editado este 16 de enero a través de Rise Records. Las comillas ahí se deben a que estos texanos están lejos de ser una banda nueva, porque se hicieron conocidos con Fear Of The Fall, el álbum que editaran en 2024 bajo el nombre Sinema. Aquel álbum fue muy bien recibido, pero en mayo de 2025 el grupo anunció que había decidido cambiarse el nombre, argumentando que había demasiadas bandas llamadas de esa manera. Que este fuera el segundo cambio de nombre en la historia del grupo de la ciudad de Denton no parece haber sido tan comentado, aunque sospecho que eso será porque “Sw!tch” era un nombre horrible desde el inicio.
Más allá del cambio de nombre, esta nueva etapa en la carrera de los ahora I Promised The World no marca grandes cambios con respecto a aquel álbum debut. Como pasara en Fear Of The Fall, I Promised The World muestra al grupo en la misma línea de metalcore “nostálgico”. Puede que suene extraño porque el metalcore nunca se fue, pero ya desde el primer segundo está clara la diferencia: mientras en el metalcore más moderno son más obvias las influencias de estilos como el djent o incluso el nu metal, I Promised The World beben directamente de esa ola de metalcore melódico que se hiciera popular a principios y mediados del nuevo milenio, al punto tal de que estoy sorprendido que este EP haya salido de verdad este año y que no sea en realidad un disco perdido de un MySpace del 2008 que fuera recuperado a través de la magia de la Internet.
La inicial “Proud” arranca con una intro acústica y se mantiene con un estilo más “medio tiempo” de lo normal, un contexto donde I Promised The World aprovechan para mostrar algunas de sus influencias más Deftones, no sólo con la mezcla entre las guitarras ultra pesadas y la dualidad de voces gritadas y limpias (sobre todo ese estilo específico de voces limpias) sino también directas, porque hacia el minuto 2:31 una de las secciones vocales melódicas me dio un deja vu a “Sextape”. Ese fue un buen momento, y toda la canción funciona muy bien, aunque no sé si la hubiera puesto al inicio.
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Las influencias deftonianas se repiten en “A Pure Expression”, aunque acá ya dan la primera patada con una intro bien hardcore de toque Killswitch Engage y unos breakdowns como para hacerse el karateca en el mosh. Y junto en el medio tenemos “Bliss In 7 Languages”, que los tiene metidos de lleno en el sonido de ese primer metalcore melódico, aquel que ya había marcado claramente una línea diferente del death melódico pero que en muchos casos seguía sonando como un rejunte de bandas de post hardcore queriendo tocar riffs de At The Gates, en especial la sección media con el spoken word seguido de las voces limpias y los riffs ultra melódicos.
“Future Worth Dying For” sigue en esa onda, aunque ahora con otra introducción lenta y melódica que de repente explota en un breakdown que la hace parecer como una canción perdida de Underoath de la época de They’re Only Chasing Safety. ¿Robo? Para nada, ese es un sonido que me gusta mucho y que creo que I Promised The World tienen bien estudiado e implementado. Y ya que estamos, la final “Emerald Waltz” es lo más cercano a una “balada” que vamos a tener acá, manteniendo la dualidad de voces y los riffs “épicos” pero con una velocidad más lenta y llevando las guitarras a un nivel de melosidad melódica que de alguna manera logran que funcione, con esa parte cerca del final
Este EP es un lanzamiento muy sólido, y donde por suerte la nostalgia no es lo único que lo mantiene a flote porque se nota que I Promised The World tienen bien en claro que las canciones están primero que todo. Buen sonido, buenas voces, riffs que dan ganas de estar en un Warped Tour en 2006 y breakdowns br00tales. ¿Son originales? Poco y nada, pero se nota que el grupo no sólo gusta de ese sonido sino que también lo conoce profundamente y sabe lo que funciona. Esperemos a ver cómo serán las cosas con un disco completo, pero vayan sabiendo que estaré a la espera con ansias para escucharlo.


El regreso de Textures no es solo una novedad discográfica: es un reencuentro con una era. Para quienes crecimos con el surgimiento del djent y el metal progresivo moderno, Textures fue parte de esa primera camada junto a Tesseract y Periphery que cambió las reglas del juego. Después de Phenotype (2016) y un silencio larguísimo, Genotype aparece como un disco de vuelta al ruedo, no como una despedida, sino como una reafirmación.
El álbum muestra una banda más enfocada en la melodía, el clima y la canción. Siguen estando los riffs angulares y los grooves mecánicos, pero ahora conviven con sintetizadores espaciales y estructuras más abiertas. “At the Edge of Winter” funciona como carta de presentación y regreso en grande: moderna, épica y accesible, con un estribillo pensado para quedarse. El cruce vocal con Charlotte Wessels (Delain) le suma una dimensión especial al tema, generando un diálogo que potencia el dramatismo y refuerza ese costado más atmosférico que atraviesa todo el disco.
A partir de ahí, el álbum se mueve entre pasajes más densos y otros más contemplativos, como “Vanishing Twin”, “Measuring the Heavens” o “A Seat for the Like-Minded”, donde Textures prioriza el groove, el espacio y la construcción de climas por sobre la demostración técnica.
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El gran eje del disco es Daniel de Jongh. Sus voces limpias dominan Genotype y lo hacen con mucha personalidad. Los guturales aparecen menos que en otras etapas, pero cuando entran —especialmente en “Closer to the Unknown”— recuerdan que Textures sigue siendo una banda pesada. Instrumentalmente, el nivel es altísimo: Stef Broks vuelve a demostrar por qué su forma de tocar batería fue clave en el desarrollo del género, los riffs mantienen identidad y los teclados aportan una profundidad real, no decorativa.
No todo fluye perfecto. Hay finales que se estiran más de la cuenta y algunas decisiones que le quitan impacto a momentos que ya habían dicho todo lo que tenían para decir. “Walls of the Soul”, por ejemplo, alcanza un clímax enorme, pero luego pierde fuerza en su tramo final.
Escuchado desde la nostalgia, Genotype funciona como un puente directo a aquellos años donde el metal moderno se sentía nuevo y desafiante. Escuchado desde el presente, es un disco sólido, bien producido y coherente, aunque más contenido y menos arriesgado que el Textures más salvaje. No busca reinventar el género, pero sí confirma que la banda sigue viva, con identidad y con algo para decir después de tantos años de silencio.



Hanabie vuelve a la carga en formato breve con Hot Topic, un EP que funciona como una descarga directa y sin rodeos dentro de su particular universo sonoro. Lejos de plantearlo como un simple relleno entre discos largos, el lanzamiento se siente pensado para el impacto inmediato: canciones cortas, dinámicas y diseñadas para convivir tanto en playlists como en el directo. Aquí no hay introducciones largas ni desarrollos innecesarios; todo entra rápido y con intención clara, reforzando esa identidad híbrida donde el metalcore moderno se cruza sin complejos con el J-Pop, la electrónica y el caos kawaii que define a la banda.
El arranque con “Iconic” marca el tono desde el primer segundo: riffs contundentes, bases electrónicas bien integradas y un juego vocal constante entre agresividad y melodía pop. Hanabie entiende perfectamente el lenguaje del metalcore actual, pero lo filtra a través de una estética propia que evita caer en fórmulas occidentales recicladas. La producción es limpia, potente y muy enfocada al golpe rítmico, algo que permite que los cambios bruscos de tempo y estilo no suenen forzados, sino naturales dentro de su ADN musical.
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A medida que avanza el EP, temas como “Spicy Queen”, “トキメキ About You” y “Girl’s Talk” refuerzan ese carácter explosivo y adictivo que ha hecho crecer a la banda fuera de Japón. Aquí conviven breakdowns pesados con estribillos pegajosos, líneas casi rap y detalles electrónicos que rozan el synthpop sin diluir la pegada metalera. El uso del japonés no es un obstáculo, sino un elemento más que suma personalidad y convierte cada canción en algo reconocible al instante, incluso para oyentes que no entienden el idioma.
El cierre con “はなびえんちゃん。のテーマ” introduce un tono más desenfadado y casi lúdico, rompiendo cualquier expectativa de solemnidad y recordando que Hanabie también juega con el humor y la autoimagen sin perder identidad. Hot Topic se mueve así entre la agresión, la inmediatez pop y la actitud irreverente, consolidando una propuesta que sigue creciendo en visibilidad internacional y que demuestra que, incluso en formato EP, la banda sabe cómo dejar huella canción tras canción.


The Ruins of Beverast vuelve a escena con Tempelschlaf, nuevo lanzamiento a través de Van Records y una duración que ronda la hora repartida en siete cortes extensos. Detrás del proyecto sigue estando Alexander von Meilenwald, quien una vez más se encarga de dar forma a un disco de desarrollo pausado, atmósferas cargadas y una producción que encaja perfectamente con el carácter oscuro del material.
Si algo ha definido la trayectoria del proyecto es la falta de repetición entre discos. Desde Unlock the Shrine hasta Exuvia, cada etapa ha mostrado cambios claros en sonido y enfoque. Tempelschlaf se apoya en composiciones largas, con estructuras que se transforman constantemente y evitan la inmediatez, apostando más por la construcción progresiva de climas que por el impacto directo.
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El tema que da nombre al disco, “Tempelschlaf”, abre con un tono ritual y denso, alternando pasajes pesados con otros más contenidos. “Day of the Poacher” eleva el ritmo con guitarras más rápidas y un tratamiento vocal más agresivo, dejando ver una base de black metal más marcada. En “Cathedral of Bleeding Statues” el protagonismo recae en las melodías y las voces limpias, con un aire sombrío que se mueve entre lo gótico y lo feroz sin perder coherencia.
La parte central del álbum se vuelve más directa en lo instrumental. “Alpha Fluids” descarga riffs contundentes y una batería que empuja con fuerza, mientras las voces vuelven a jugar entre registros limpios y rasgados. “Babel, You Scarlet Queen!” mantiene un tono caótico y agresivo durante casi todo su recorrido, resultando uno de los cortes más fáciles de asimilar dentro del conjunto. “Last Theatre of the Sea” continúa esa línea, aunque su desarrollo se oscurece y baja la intensidad en su tramo final.
El cierre llega con “The Carrion Cocoon”, una pieza extensa que combina momentos introspectivos, voces habladas y acordes melancólicos con irrupciones más violentas bien dosificadas. Tempelschlaf se perfila como uno de los trabajos más accesibles de The Ruins of Beverast, manteniendo su complejidad habitual pero con una estructura que permite una escucha más fluida y continua.


Si hay algo que siempre engancha del metal no es solo el volumen ni la velocidad, es la honestidad brutal en las guitarras y en la garganta, y Dreamcrush es eso multiplicado por diez. MØL no viene a ser “otro disco más de metal mezclado con shoegaze”; hay bandas que nacen para repetir una fórmula y hay otras que aparecen desde un lugar incómodo, como si nunca hubieran querido encajar del todo. MØL es de esas.
Desde Aarhus, Dinamarca, lejos del ruido de las escenas grandes, fueron armando su identidad en silencio. Desde su primer EP hasta hoy, se nota que no les interesa la complacencia fácil. Han tomado el abanico del metal, black, post, shoegaze y alt-rock, y lo han fusionado hasta que ya no se pueda separar en partes: esa es su identidad.
Dreamcrush no es un disco que te explique cosas. Es un disco que te pone frente a ellas. Su sonido, siempre entre el filo cortante y la atmósfera expansiva, deja en claro que hoy en día están más afilados y maduros que nunca.
Lo que más vuela la cabeza del disco es cómo logra abarcar contradicciones sin sentirse incoherente. Hay momentos casi cinematográficos y otros que te sacuden la médula. Hay riffs que golpean como la vida misma: no piden permiso, te atrapan y te obligan a sentir.
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Las guitarras siguen siendo densas, pero ahora respiran. Hay mucho más espacio, más aire, más melodía. Se sienten influencias que no vienen del metal extremo puro, sino del shoegaze y del alt-rock noventero, de bandas que entendían que la emoción también puede ser ruidosa. No es suavizar el golpe: es hacerlo más profundo.
La voz de Kim Song Sternkopf es clave en todo esto. El grito sigue ahí, rasposo, visceral, negro. Pero ahora convive con momentos donde canta de verdad, donde se expone. Esa dualidad es el alma del disco: el choque constante entre lo que querés decir y lo que te cuesta aceptar.
Dreamcrush tiene picos de violencia emocional y también momentos de introspección. Hay temas que te empujan y otros que te obligan a quedarte quieto y escuchar. El disco no corre todo el tiempo: sabe cuándo frenar, y eso lo hace más pesado que muchos discos que no bajan un cambio jamás.
Y si hay que señalar un punto donde todo el disco termina de cerrar, es “Crush”.
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No es solo el cierre, es la síntesis. Todo lo que MØL viene construyendo desde sus comienzos termina de tomar forma ahí. Es un tema que no necesita explotar desde el segundo uno; se arma de a poco, te envuelve, te desgasta emocionalmente. Tiene agresión, sí, pero también una especie de belleza rota, casi resignada. Es ese momento donde entendés que los sueños no siempre te salvan… a veces también te aplastan. Y aun así, seguís adelante.
Para mí, “Crush” representa exactamente lo que hace grande a este disco: no busca impresionar, busca decir algo verdadero. Es un tema que queda dando vueltas después de que termina, de esos que te hacen volver atrás y escuchar todo el álbum otra vez, pero con otra cabeza.
Los instrumentos acompañan todo este viaje con inteligencia, sin caer en el exceso. Cuando tienen que ser demoledores, lo son. Todo está al servicio de la narrativa, no del lucimiento individual.
Si alguna vez charlamos de cómo el metal puede ser más que furia física —cómo puede ser furia emocional, reflexión, catarsis y poesía distorsionada al mismo tiempo—, Dreamcrush lo demuestra sin pretensiones. No se trata de competir en brutalidad, se trata de construir intensidad y profundidad juntas.
No hay nostalgia forzada ni intento de competir con nadie. Hay identidad.
Y eso, en el metal actual, vale oro.
Dreamcrush no busca gustar a todos. Busca conectar. Y si sos de los que sienten el metal como una herramienta para decir lo que cuesta decir, este disco te va a agarrar fuerte.


2026 marca el décimo aniversario del trío londinense Urne, y Setting Fire to the Sky llega como la declaración definitiva de una banda que finalmente ha encontrado su voz única dentro del panorama del metal progresivo. Después de dos álbumes sólidos que establecieron al grupo como uno de los secretos mejor guardados del underground británico, este tercer trabajo representa no solo un perfeccionamiento técnico, sino también una evolución artística completa.
Si sus trabajos anteriores se caracterizaron por un proceso de autodescubrimiento y experimentación, este disco es inequívocamente el destino: una culminación confiada de lecciones duramente ganadas y la realización más clara hasta ahora del sonido que Urne siempre buscó. El álbum, que cuenta con 8 canciones (9 si tomamos en cuenta el bonus track), suena exponencialmente más grande como unidad, con una producción limpia y clara, que permite que cada instrumento respire de manera precisa.
Desde el primer acorde acústico de “Be Not Dismayed”, queda claro que Urne no tiene intención de jugar seguro. El tema de apertura funciona como una declaración de intenciones perfecta: tras el preludio contemplativo, la banda irrumpe con una demoledora avalancha de riffs precisos y devastadores, mientras el vocalista/bajista Joe Nally demuestra un salto cuántico en su entrega vocal, alternando sin esfuerzo entre guturales aguerridos y pasajes limpios melódicos que se elevan muy por encima de un coro satisfactorio.
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“Weeping to the World” continúa el asalto con patrones de batería acelerados y una estructura progresiva que fusiona elementos de thrash metal con momentos más ligados al sludge, todo envuelto en un machaque que golpea como un tren de carga. La canción es una representación perfecta de lo que Urne representa musicalmente: complejidad sin pretensión, brutalidad con propósito.
La comparación con Mastodon y Gojira es inevitable y, en cierto sentido, completamente justificada. Urne bebe abiertamente del pozo de las grandes bandas del progressive metal, incorporando su combinación de salvajismo y toque melódico, pero lo hace con suficiente personalidad propia como para evitar sonar como meros imitadores.
Lo que distingue a “Setting Fire to the Sky” es la capacidad de Urne para tejer un groove irresistible a lo largo de todo el álbum. Mientras el disco se mueve sin esfuerzo entre pasajes de calma y agresividad, la banda mantiene una atención cautivadora con cada nota. Pueden ofrecer riffs y ritmos tumultuosos, estrellándose a un ritmo atronador, pero luego cambiar hábilmente hacia una sutileza que mantiene la música siempre vigorizante.
Justo cuando creés que ya sabés hacia dónde se dirige el álbum, la banda lanza casualmente su sección más extensa, comenzando con “Towards The Harmony Hall”, una pista de dos mitades, con una segunda parte completamente inesperada, cargada de pasajes e instrumentación enormemente emotivos.
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Esto conduce directamente a la épica de nueve minutos “Harken The Waves”, que presenta la participación de Troy Sanders de Mastodon. Y aquí es donde la colaboración brilla genuinamente: a diferencia de otras bandas que utilizan los feats para apenas unas pocas líneas y un estribillo, Urne reclutó a Sanders vocalmente para casi toda la canción, con las voces de Nally y Sanders entrelazándose de forma intermitente, generando un ida y vuelta realmente convincente. Es una empresa enorme que rinde dividendos en cada escucha, y también una demostración de cuán sólida es la composición de la banda.
El cierre “Breathe”, con la participación de la innovadora chelista Jo Quail, se desvía ligeramente del camino que el resto del álbum ha seguido, pero sigue siendo un final fantástico. La pieza propone un descenso lento y crudo en comparación con el resto del disco, que se mostró agresivo y poderosamente ambiental en varias secciones. Hay olas de serenidad cargadas de emoción, y se percibe que hubo un trabajo muy cuidado en la entrega delicada del cierre.
A pesar de estas pequeñas objeciones, Setting Fire to the Sky es un gran álbum dentro del progressive metal moderno. Es ajustado, cuenta con una producción sólida y resulta sumamente disfrutable, cimentando el estatus de Urne como una de las bandas más emocionantes del circuito actual y posicionándose como un contendiente temprano a disco del año, aunque solo el tiempo lo dirá.
La composición, el lirismo y la musicalidad general del trío han envejecido como un vino fino. Este es un álbum que exige atención completa, recompensando al oyente con nuevos detalles en cada escucha.


Mayhem, pilar fundamental del género extremo, regresa con su séptimo álbum de estudio, Liturgy of Death, lanzado el 6 de febrero de 2026. Con 49 minutos de duración y ocho cortes, esta entrega demuestra que tras cuarenta años de actividad, la banda no solo persiste, sino que domina su oficio con una ferocidad renovada y acá la destripamos.
Liturgy of Death es una experiencia inmersiva en la oscuridad filosófica. El disco funciona como un ritual de desacralización; no busca la velocidad gratuita ni teatralidades vacías, sino que entiende la contención como un arma. La producción marca un hito respecto a sus crudos inicios: cada instrumento respira en una mezcla soberbia. La batería de Hellhammer es una clínica de precisión, mientras que las guitarras de Teloch y Ghul alcanzan una densidad comparable a los trabajos tardíos de Emperor, canalizando florituras técnicas de la escuela de Necrophobic.
A diferencia de la brevedad de Daemon (2019), este álbum adopta un enfoque épico. “Ephemeral Eternity” abre con un preludio ambiental que estalla en una tormenta de rabia nórdica, moviéndose entre ráfagas de velocidad y pasajes asfixiantes. Le sigue “Despair”, que aumenta en disonancia y la amenaza sin dar tregua al oyente. “Weep For Nothing” cierra la trilogía inicial con un despliegue de guitarras repletoss de complejidad, donde el enfoque thrash del black metal brilla con una raspeza que llena todo el espectro sonoro. Se puede escuchar como la garganta de Attila demuestra ser su mayor activo, alternando entre voces limpias, ásperas y matices que llegan a lo operístico.
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En “Aeon’s End” combinan motivos melódicos gélidos con riffs que evocan el pico de Immortal, incluyendo un solo de guitarra desgarrador. “Funeral Existence” se inclina hacia el thrash con cambios de ritmo, mientras que “Realm of Endless Misery” otorga protagonismo al bajo de Necrobutcher. El cierre, “The Sentence of Absolution”, lanza cada elemento decrépito cubierto en el disco contra la pared, culminando en una percusión tribal que podría estar evocando a alguna ceremonia pagana de una era olvidada.
Este nuevo material de los noruegos camina la línea entre la crudeza que piden los puristas y una producción de alto calibre. Representa la expresión por excelencia de lo que el black metal ha llegado a ser en las últimas dos décadas. Puede que no posea la mística de sus obras seminales de los 90, pero confirma que el legado de Mayhem es hoy una realidad auditiva incuestionable.


Crystal Lake regresa en 2026 con “The Weight of Sound”, un álbum que no se limita a marcar una simple vuelta, sino que ha tratado de funcionar como una reafirmación identitaria tras años de silencio, cambios internos (con la salida de Ryo) y una escena que no ha dejado de evolucionar. Ocho años después de Helix, la banda japonesa vuelve con un trabajo que carga y abraza el peso de su propia historia, tanto a nivel sonoro como emocional.
Desde los primeros compases queda claro que este no es un disco diseñado para mirar atrás con nostalgia. Los japoneses optan por un enfoque más amplio y ambicioso, donde el metalcore sigue siendo el eje central, pero se ve constantemente tensionado por elementos de hardcore, deathcore e incluso groove metal. La producción es limpia, musculosa y moderna, sin caer en la sobrecompresión típica del género actual (que hace que gran parte de los nuevos álbumes se vuelvan pesados de escuchar), permitiendo que cada golpe rítmico y cada riff respiren con contundencia.
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Uno de los aspectos más llamativos del álbum es su planteamiento colaborativo. Lejos de sentirse como un reclamo oportunista, las apariciones de Taylor Barber (Left to Suffer), Jesse Leach (Killswitch Engage), David Simonich (Signs Of The Swarm), Myke Terry (Volumes) o Karl Schubach (Misery Signals) se integran de forma orgánica, aportando matices sin diluir la identidad de la banda. Estos cruces vocales refuerzan la sensación de comunidad y escena, algo que Crystal Lake siempre ha sabido manejar con inteligencia.
Los singles adelantan bien el tono general del disco. Hay espacio para la agresividad directa, con breakdowns diseñados para el directo, pero también para estructuras más dinámicas y pasajes melódicos que no rompen la tensión, sino que la canalizan. “Neversleep” destaca especialmente por su enfoque oscuro y su carga emocional, mientras que otros cortes apuestan por un groove casi hipnótico que demuestra que la banda sigue sabiendo escribir temas memorables sin caer en fórmulas agotadas.
A nivel conceptual, este album gira en torno a la carga emocional, el desgaste físico y mental, y la perseverancia. No es un disco explícitamente conceptual, pero sí coherente en tono y mensaje. Se percibe una banda consciente de su legado, pero también de sus limitaciones pasadas, intentando construir algo más sólido y duradero. La figura de YD como arquitecto sonoro vuelve a ser clave, dotando al álbum de una cohesión que evita que la variedad estilística se convierta en dispersión.
No todo es perfecto. En algunos tramos, la acumulación de ideas y colaboraciones puede generar la sensación de estar escuchando una sucesión de golpes efectivos más que un viaje completamente orgánico. Hay temas que funcionan mejor de manera individual que dentro del conjunto, algo que puede restar profundidad a escuchas completas para los oyentes más exigentes.
Aun así, el balance es claramente positivo. “The Weight of Sound” no pretende reinventar el metalcore, pero sí demostrar que Crystal Lake sigue siendo relevante, peligrosa y creativamente viva en 2026. Es un disco sólido, intenso y honesto, que funcionará tanto para los seguidores veteranos como para una nueva generación que busca algo más que agresividad vacía.
Un regreso convincente, cargado de músculo y carácter, que confirma que Crystal Lake no ha vuelto para ocupar espacio, sino para recordarle a la escena por qué su nombre sigue pesando en el metalcore actual.


Con motivo de su décimo aniversario, Elwood Stray presenta Descending, publicado el 23 de enero de 2026 a través de Out of Line Music. El quinteto alemán formado por Maik, Fabi, Niels, Ralle y Raphael encara este nuevo trabajo con una propuesta directa y medida, apostando por un equilibrio entre agresividad y accesibilidad. El álbum funciona como una reafirmación de su identidad dentro del metalcore moderno, incorporando matices que amplían su registro sin romper con sus bases.
La apertura con “Doom” marca el tono inicial desde una introducción difusa que pronto se ve atravesada por los gritos de Maik, preparando el terreno para “Evolve”, donde los riffs adquieren mayor protagonismo y encadenan secciones de fuerte gancho. Aquí se hacen evidentes tanto las raíces metalcore como influencias post-hardcore, especialmente en los estribillos con voces limpias que contrastan con la dureza general. “Shattered” continúa esta dinámica, arrancando de forma más contenida y coloreando el ritmo antes de volver a la agresión.
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A lo largo del disco aparecen momentos de aparente ligereza que conviven con quiebres más contundentes, como sucede antes del impacto de “Crocodile Tears”. Este tema retoma un enfoque más energético y colectivo, incorporando elementos electrónicos sampleados en los coros. La intensidad se mantiene hasta el pasaje de mosh y enlaza con “Error”, donde la colaboración de Timo, de Our Mirage, refuerza el frente vocal mientras la base rítmica se vuelve especialmente activa.
“Nevermind” sostiene un tempo elevado y deja entrever influencias old school inesperadas pero eficaces, contrastando con la pausa que introduce “Detached”. Este corte comienza como una balada sustentada en voces y programaciones electrónicas, aunque la saturación aparece progresivamente en su segunda mitad. El enlace con “Ivory Tower”, de duración breve, devuelve la furia mediante frases vocales frenéticas y un cierre apoyado en patrones beatdown densos.
En el tramo final, “Neon Fade” avanza en oleadas de intensidad hasta un clímax central, seguido por un solo de carácter más atmosférico que aporta un respiro. El cierre llega con “Genesis”, que recupera una estructura sencilla y efectiva, culminando en un quiebre dominado por los gritos más exigidos de Maik. Descending se desarrolla a través de canciones concisas y directas, manteniendo una energía constante a lo largo de su ajustada duración.


Desde las profundidades de Italia emerge Moon Wisdom, un trío que con su álbum debut Let Water Flow demuestra que en el black metal contemporáneo, la contención puede ser devastadora. Este ritual de 29 minutos, lanzado el 16 de enero de 2026 a través de Hypnotic Dirge Records, es una declaración de principios: aquí no hay excesos innecesarios, solo oscuridad destilada y propósito inquebrantable.
Faith (voces, bajo, sintetizador), Kaelos (guitarras, bajo, voces secundarias) y Hexis (batería) han forjado un disco que respira con el espíritu ancestral de la segunda ola del black metal. Las sombras de Immortal, Darkthrone, Mayhem y Dissection acechan en cada rincón, pero Moon Wisdom no se conforma con ser meros discípulos. En cambio, toman esa herencia y la refinan hasta convertirla en algo que se siente tanto reverente como personal.
Lo que distingue al contenido de este material es su disciplina. Cada nota parece colocada con intención deliberada, cada sección construida para maximizar la tensión en lugar de simplemente abrumar con velocidad. “Ashen Winds” ejemplifica esta filosofía con su interacción entre riffs inquietantes y pasajes demoledores. Las voces de Faith son particularmente efectivas, sonando exhaustas y amargas, como una presencia espectral que acecha desde las sombras de la mezcla.
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“Frozen Soul”, la canción más larga con 5:47, es donde la banda coquetea con el blackgaze. El bajo toma protagonismo en una exhibición melancólica que invita a la contemplación hipnótica, demostrando la paciencia compositiva que caracteriza al disco.
Pero es “Dark Shades” donde Moon Wisdom alcanza su punto más alto. Con 6:31 de duración, conviven todos los elementos que hacen grande a la banda: cambios dinámicos entre brutalidad y delicadeza, hay muy buenos solos de Kaelos, un trabajo de batería versátil de Hexis que va desde blast beats furiosos hasta juegos de platillos impredecibles, y las voces de Faith que alcanzan niveles de intensidad hasta llegar a lo visceral. Es black metal épico sin caer en lo pretencioso.
El álbum cierra con “Lullaby of Woods”, un interludio dominado por violín que aporta melancolía misteriosa, aunque también deja una sensación agridulce: justo cuando la banda alcanza su máximo potencial, el disco termina.
Esta brevedad es tanto la mayor fortaleza como la debilidad más notable. Hace que el álbum sea inmediatamente re-escuchable, combatiendo la “fatiga metálica” de discos extremos excesivamente largos, pero también expone ciertas inconsistencias compositivas. Las proclamadas influencias de punk y blackgaze son más sutiles de lo esperado, manteniéndose el disco firmemente en territorio black metal tradicional.
Para los fanáticos de Vinterland, Dödsrit o Lamp of Murmuur, Let Water Flow es una escucha esencial que refina admirablemente el género, recordándonos que a veces lo más pesado es desacelerar y dejar que la corriente arrastre todo bajo la superficie.


EP “debut” de los estadounidenses I Promised The World, editado este 16 de enero a través de Rise Records. Las comillas ahí se deben a que estos texanos están lejos de ser una banda nueva, porque se hicieron conocidos con Fear Of The Fall, el álbum que editaran en 2024 bajo el nombre Sinema. Aquel álbum fue muy bien recibido, pero en mayo de 2025 el grupo anunció que había decidido cambiarse el nombre, argumentando que había demasiadas bandas llamadas de esa manera. Que este fuera el segundo cambio de nombre en la historia del grupo de la ciudad de Denton no parece haber sido tan comentado, aunque sospecho que eso será porque “Sw!tch” era un nombre horrible desde el inicio.
Más allá del cambio de nombre, esta nueva etapa en la carrera de los ahora I Promised The World no marca grandes cambios con respecto a aquel álbum debut. Como pasara en Fear Of The Fall, I Promised The World muestra al grupo en la misma línea de metalcore “nostálgico”. Puede que suene extraño porque el metalcore nunca se fue, pero ya desde el primer segundo está clara la diferencia: mientras en el metalcore más moderno son más obvias las influencias de estilos como el djent o incluso el nu metal, I Promised The World beben directamente de esa ola de metalcore melódico que se hiciera popular a principios y mediados del nuevo milenio, al punto tal de que estoy sorprendido que este EP haya salido de verdad este año y que no sea en realidad un disco perdido de un MySpace del 2008 que fuera recuperado a través de la magia de la Internet.
La inicial “Proud” arranca con una intro acústica y se mantiene con un estilo más “medio tiempo” de lo normal, un contexto donde I Promised The World aprovechan para mostrar algunas de sus influencias más Deftones, no sólo con la mezcla entre las guitarras ultra pesadas y la dualidad de voces gritadas y limpias (sobre todo ese estilo específico de voces limpias) sino también directas, porque hacia el minuto 2:31 una de las secciones vocales melódicas me dio un deja vu a “Sextape”. Ese fue un buen momento, y toda la canción funciona muy bien, aunque no sé si la hubiera puesto al inicio.
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Las influencias deftonianas se repiten en “A Pure Expression”, aunque acá ya dan la primera patada con una intro bien hardcore de toque Killswitch Engage y unos breakdowns como para hacerse el karateca en el mosh. Y junto en el medio tenemos “Bliss In 7 Languages”, que los tiene metidos de lleno en el sonido de ese primer metalcore melódico, aquel que ya había marcado claramente una línea diferente del death melódico pero que en muchos casos seguía sonando como un rejunte de bandas de post hardcore queriendo tocar riffs de At The Gates, en especial la sección media con el spoken word seguido de las voces limpias y los riffs ultra melódicos.
“Future Worth Dying For” sigue en esa onda, aunque ahora con otra introducción lenta y melódica que de repente explota en un breakdown que la hace parecer como una canción perdida de Underoath de la época de They’re Only Chasing Safety. ¿Robo? Para nada, ese es un sonido que me gusta mucho y que creo que I Promised The World tienen bien estudiado e implementado. Y ya que estamos, la final “Emerald Waltz” es lo más cercano a una “balada” que vamos a tener acá, manteniendo la dualidad de voces y los riffs “épicos” pero con una velocidad más lenta y llevando las guitarras a un nivel de melosidad melódica que de alguna manera logran que funcione, con esa parte cerca del final
Este EP es un lanzamiento muy sólido, y donde por suerte la nostalgia no es lo único que lo mantiene a flote porque se nota que I Promised The World tienen bien en claro que las canciones están primero que todo. Buen sonido, buenas voces, riffs que dan ganas de estar en un Warped Tour en 2006 y breakdowns br00tales. ¿Son originales? Poco y nada, pero se nota que el grupo no sólo gusta de ese sonido sino que también lo conoce profundamente y sabe lo que funciona. Esperemos a ver cómo serán las cosas con un disco completo, pero vayan sabiendo que estaré a la espera con ansias para escucharlo.


El regreso de Textures no es solo una novedad discográfica: es un reencuentro con una era. Para quienes crecimos con el surgimiento del djent y el metal progresivo moderno, Textures fue parte de esa primera camada junto a Tesseract y Periphery que cambió las reglas del juego. Después de Phenotype (2016) y un silencio larguísimo, Genotype aparece como un disco de vuelta al ruedo, no como una despedida, sino como una reafirmación.
El álbum muestra una banda más enfocada en la melodía, el clima y la canción. Siguen estando los riffs angulares y los grooves mecánicos, pero ahora conviven con sintetizadores espaciales y estructuras más abiertas. “At the Edge of Winter” funciona como carta de presentación y regreso en grande: moderna, épica y accesible, con un estribillo pensado para quedarse. El cruce vocal con Charlotte Wessels (Delain) le suma una dimensión especial al tema, generando un diálogo que potencia el dramatismo y refuerza ese costado más atmosférico que atraviesa todo el disco.
A partir de ahí, el álbum se mueve entre pasajes más densos y otros más contemplativos, como “Vanishing Twin”, “Measuring the Heavens” o “A Seat for the Like-Minded”, donde Textures prioriza el groove, el espacio y la construcción de climas por sobre la demostración técnica.
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El gran eje del disco es Daniel de Jongh. Sus voces limpias dominan Genotype y lo hacen con mucha personalidad. Los guturales aparecen menos que en otras etapas, pero cuando entran —especialmente en “Closer to the Unknown”— recuerdan que Textures sigue siendo una banda pesada. Instrumentalmente, el nivel es altísimo: Stef Broks vuelve a demostrar por qué su forma de tocar batería fue clave en el desarrollo del género, los riffs mantienen identidad y los teclados aportan una profundidad real, no decorativa.
No todo fluye perfecto. Hay finales que se estiran más de la cuenta y algunas decisiones que le quitan impacto a momentos que ya habían dicho todo lo que tenían para decir. “Walls of the Soul”, por ejemplo, alcanza un clímax enorme, pero luego pierde fuerza en su tramo final.
Escuchado desde la nostalgia, Genotype funciona como un puente directo a aquellos años donde el metal moderno se sentía nuevo y desafiante. Escuchado desde el presente, es un disco sólido, bien producido y coherente, aunque más contenido y menos arriesgado que el Textures más salvaje. No busca reinventar el género, pero sí confirma que la banda sigue viva, con identidad y con algo para decir después de tantos años de silencio.



