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A Pale Horse Named Death – Infernum In Terra (2021)
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Desde las entrañas del doom metal gótico, finalmente podemos disfrutar de Infernum In Terra, el último trabajo de A Pale Horse Named Death. Lanzado este 24 de septiembre de 2021, de la mano de Long Branch Records.

Sin ser fanática del doom metal, puedo dar fe del éxtasis que provocan algunas canciones en este nuevo álbum, como el tema “Believe in Something”, que tiene una melodía de tempos lentos combinados de una manera majestuosa. Es el tipo de canción que amarías escuchar para crear el ambiente de resiliencia de tus malos momentos.

La intro de este trabajo, es una melodía de sonidos ancestrales hermosa y escalofriante, es un embrujo, cierra los ojos durante esos dos minutos, presta atención a cada sonido que oigas, mentalízalos, siéntelos y vuelve a abrir tus ojos cuando haya acabado. Si ves una vieja parada frente a ti… es porque ese embrujo funcionó, y atrajo a la vieja loca de tu vecina.

La canción “Cast Out From The Sky” tiene presente un piano que acompaña los acordes de la guitarra, dándole un toque gótico/ vampírico, perfecto para encarnar al personaje de Lucifer. Dudo que haya un gótico, emo, metalhead, o que haya un ser humano que me niegue que esta pieza no es una obra maestra adorable.

Las siguientes canciones, “Shards of Glass” y “Lucifer’s Sun” tienen una lirica maravillosa, de esas que quieres cantarle a la monjita con cara de culo de la parroquia, para que entienda que uno se cansa del cuento católico y manipulador que tiene la religión. Lucifer´s sun, tiene además un solo de guitarra que bendecirá los oídos, después de cinco canciones, finalmente las guitarras tienen su momento propio.

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Una pausa instrumental con las campanas de una iglesia sonara y hazte un favor, ponte los auriculares y sube el volumen y aprecia la sensación de incomodidad que puede llegar a brindar esta melodía.

“Two Headed Snake (Propofol Dreams)”: ¿Alguna vez tuviste una operación y te durmieron? ¿Alguna vez tuviste lo que llamamos “Un mal viaje”? Pues de esa maravilla habla esta canción, un sueño extraño, húmedo, temeroso y descompuesto atrapa a nuestros protagonistas.

Nuevamente, en “Slave to the Master”, un piano lleva la intro, su melodía de tempos lentos marca el paso de la depresión que la desesperanzada letra dice. La batería de ritmo monótono acompaña a la perdida de control que sufre nuestro personaje principal al sentirse un esclavo.

“Devil’s Deed” sería una de las canciones más largas del álbum, dura siete minutos. Aquí podrás encontrar los momentos de cada instrumento, el bajo proporciona el peso ideal para esa canción, las guitarras resaltan en los estribillos y tienen sus momentos de protagonismo y la batería toma parte por momentos. En mi opinión, un solo de batería no habría estado mal en esta canción, en vez de unos simples “pum pum purupupum”. El vocalista se da el lujo de encarnar al mismo Satanás en esta canción.

Otra de las canciones largas es la que le sigue: “Reflections of the death”. Los reflejos de la muerte que aparecen en distintas partes de la naturaleza siendo la mayor evidencia… de que ya no estás vivo. Quizás aquí hacen algo de justicia a la batería, pero en esta canción es finalmente el bajo quien se roba la mayor atención y le brinda a la melodía esa oscuridad deseada.

“Souls in the Abyss” es una melodía de piano, donde además oirás los desesperados gritos del abismo… ¿por no haber hecho un solo de batería? ¡Debería ser así! Pero no, esta es la despedida y el cierre ideal para este álbum.

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Dream Theater – A View from the Top of the World (2021)
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¿Qué decir de “A View From the Top of the World”, el flamante decimoquinto registro discográfico de estudio de los proclamados titanes del metal progresivo, que difiera un poco de lo dicho en reseñas de discos anteriores? No mucho, para ser honesto. A esta altura del partido, Dream Theater es, salvando las (kilométricas) distancias, como AC/DC. Es decir una banda que si bien busca reinventarse disco a disco, terminan cayendo siempre en la misma fórmula. Una y otra vez. Para muchos, entre los que me incluyo, esta fórmula es la ganadora. No podemos esperar un disco thrashero de los neoyorkinos, así “Train Of Thought” haya sido el disco más pesado y oscuro de la banda. Ni aproximado al death metal. Ni al heavy tradicional. Ni a ningún otro subgénero. Hoy por hoy, Dream Theater es el perfecto sinónimo de “metal progresivo”. Cada vez que alguien habla del subgénero en cuestión, es una sola la banda que viene a la cabeza. Claro: los de Petrucci y compañía. Incluso, para muchos de sus detractores, decir “metal progresivo” es sinónimo de mala palabra, de aburrimiento, de música para músicos. La realidad es que el subgénero es muy rico como para pensar solo en Dream Theater. Aunque la realidad sea otra.

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“A View From the Top of the World” es Dream Theater en su máxima expresión musical, ampliando el sonido que ayudaron a crear, mientras mantienen la esencia de los elementos que les han otorgado hordas de devotos fanáticos alrededor del globo. El registro en cuestión marca el segundo disco de estudio de la banda en ser editado bajo el sello InsideOutMusic /Sony Music. El arte de tapa fue creado por el eterno colaborador de la banda, Hugh Syme, quien ha trabajado con popes tales como RushIron Maiden y Stone Sour, entre otros. El disco fue producido por el mismísmo John Petrucci, acompañado adicionalmente por James “Jimmy T” Meslin, mientras que la mezcla y masterización estuvieron a cargo del reconocido músico y productor Andy Sneap, actual “hired gun” de Judas Priest para sus conciertos en vivo.

Desde el arranque, de la mano de “The Alien”, primer corte dado a conocer por la banda, es inevitable pensar automática e inmediatamente en Dream Theater. El sonido, inmaculado como siempre. Aunque personalmente percibí un sonido mucho más pulido en los parches y platillos, comandados por el gran Mike Mangini. De hecho, hacía tiempo que no escuchaba en la banda un sonido tan perfecto en materia de batería y percusión. Me animo a decir incluso que me recordó a su antecesor, el siempre inquieto Mike Portnoy, miembro fundador de la banda pero que dejó de pertenecer a la misma hace ya once años.

Antes que sigan leyendo, preguntándose cuánto duran los temas, el más corto es “Trascending Time”, quinto track del álbum, el cual no llega a los seis minutos y medio de duración y que recuerda muchísimo a Rush. Incluso es el más melódico del disco, aunque se sabe la melodía abunda en los discos de Dream Theater. Mientras que el más largo del opus es el último track, el cual le da nombre al disco y que acusa la friolera de veinte minutos con veintitrés segundos. El famoso último-tema-de-disco-de-Dream-Theater-que-se-dura-todo. Algo a lo cual la banda nos tiene sumamente acostumbrados. ¿Pero cuánto dura todo el disco? Exactos 4.215 segundos. O sea 70 minutos con 25 segundos. Es decir poquito más de una hora y diez minutos. Y estamos hablando de tan solo siete temas. Volviendo al tema que le da nombre al disco, al igual que todos los temas bien largos de la banda, es un medley épico que resume en veinte minutos los setenta que dura el álbum y en donde James LaBrie aparece recién promediando los tres minutos del tema. Creo que a esta altura no es necesario detenerme en la cantidad de cambios de tempo y climas a lo largo y ancho del tema. Quienes siguen a la banda, saben exactamente a qué me estoy refiriendo. Recién a los nueve minutos de duración, el tema se apaga, dándole respiro a la mayoría de los músicos de la banda, quedando solo John Petrucci y un emotivo arpegio limpio, sobre la constante base propuesta por el siempre magnífico Jordan Rudess en teclados. Lógicamente, la calma dura poco. Poco en relación a lo que dura el tema, porque en realidad estoy hablando de cinco minutos de tranquilidad, lo cual puede parecer una eternidad para muchos pero no para los Dream Theater. El final, una vez más, épico por donde se lo escuche.

Pero antes de esta verdadera obra de arte, está “Awaken The Master”, sexto tema y el segundo más largo del disco, con sus 09:47 de duración y que se lleva el premio al track más pesado de “A View From the Top of the World”. El único suavizante del tema es Jordan Rudess, quien pone paños fríos sobre un tema que explota desde el inicio y que luego se calma apenas un momento, siempre de la mano de los teclados, que pasan a predominar. Pero que también duran un momento, volviendo a predominar el resto de los instrumentos.

“Abordamos cada álbum como si fuera el primero”, dijo LaBrie. “Ha sido un gran viaje, pero no vamos a parar”. Y todo parece indicar que así será, ya que la banda planea salir de gira en apoyo del nuevo disco. La gira norteamericana de “Top Of The World Tour”  comienza el 28 de octubre en Mesa, Arizona, y termina el 14 de diciembre en St. Petersburg, Florida. La gira hará paradas en Seattle, Chicago, Washington, Nueva York y  Orlando, entre otras. Por ahora, no hay noticias sobre el resto de la gira, aunque no dudo que los llevará por prácticamente todo el mundo.

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LLNN – Unmaker (2021)
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Si algo le faltaba a este año, era que un sismo con epicentro en Dinamarca sacudiera a gran parte del planeta. O podría haberse tratado del impacto de un meteorito, pero no: la causa es el lanzamiento de “Unmaker”, tercer disco de estudio de la banda LLNN, editado por Pelagic Records.  

El grupo oriundo de Copenhague, es un cuarteto que ejecuta un Sludge Metal extremadamente pesado y atmosférico gracias a la importancia otorgada a los teclados. Sus integrantes son Christian Bonnesen (voz y guitarra), Rasmus Furbo (bajo), Ketil G. Sejersen (sintetizadores) y Rasmus G. Sejersen (batería). El álbum fue grabado en Gravitated Sound Studio, perteneciente a Ketil y Rasmus Sejersen. Como posibles coordenadas para permitir cierta anticipación a la audiencia, podríamos mencionar a Meshuggah, Cult Of Luna, Fear Factory y Type O Negative, aunque como si lograran fusionarse originando algo diferente.

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A lo largo de todo el disco, la voz es furiosa, las cuerdas tienen una afinación baja, las teclas un rol protagónico y la batería una precisión temeraria. La banda presenta una obra atravesada por la angustia que supone la amenaza de que las creaciones de la cultura humana representen la propia destrucción de la especie, o peor aún: la del mundo entero. Y no hablamos solamente de la tecnología, sino también de los sistemas políticos y económicos que degradan los valores morales. En este sentido, se despliega un escenario propio de la ciencia ficción más distópica, aunque en clave sonora.  

“Obsidian”, que fue el corte de difusión con un videoclip de enorme calidad visual y claras reminiscencias de la estética de Stanley Kubrick, es el ejemplo más conciso de la brutalidad conceptual de la banda, lo aplastante del sonido de las guitarras y los climas melódicos, y a la vez sofocantes, evocados por los sintetizadores.  

No obstante, el disco empieza con “Imperial” que, tras unos ominosos compases introductorios, abruptamente deja caer el peso aplastante de lo siniestro traducido en musicalidad. “Desecrator” continúa con la masacre, el derrumbe existencial que resuena con la vibración de cuerdas que literalmente impactan como mazazos, tirando abajo las estructuras que supimos construir en base a principios efímeros. La voz se vuelve cavernosamente gutural con la participación de especial de Matt McGachy de Criptopsy.

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“Vakuum” hace las de interludio en este recorrido por escenarios post-apocalípticos que se nos presentan como en una epifanía auditiva. Cabe mencionar que gran parte del trabajo de los sintetizadores partió de grabar y modular el sonido de herramientas industriales, y posteriormente superponer capas, lo cual resulta coherente, no solo con la búsqueda de la instrumentación en general, sino también con el concepto del disco. Esto es muy notable también en “Forger”, que combina bronca y melancolía de manera excelsa. 

Al escuchar “Scion” se revela nuevamente, con gran fuerza, el protagonismo de los teclados, mientras en “Interloper” nos encontramos con un track más tensamente nostálgico, como lamento por la irreversibilidad de lo que era evitable: un retroceso disfrazado como progreso.  

“Division” despliega otro riff de excesiva crueldad, sobre sierras eléctricas que cortan sin piedad las ilusiones que se cruzan en su camino. El sonido del bajo también merece una mención especial: corpóreo, grueso y áspero, con una presencia constantemente notoria.  

Para terminar, “Theters” va acelerando la precipitación al abismo, mientras suena lo que parece un réquiem tocado en un órgano de algún templo inútil, hasta sumergirnos en la triste espesura de “Resurrection”.  

Una obra de una estética integral impactante, que mientras nos transporta a espacios dramáticos, trágicos, desoladores, erige un monolito negro a modo de tumba y recordatorio de una culpabilidad imposible de eludir. Sin dudas, un trabajo sobresaliente y totalmente recomendable.

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1914 – Where Fear and Weapons Meet (2021)
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Where Fear And Weapons Meet es el tercer álbum de los ucranianos 1914, editado por el sello austríaco Napalm Records. Este quinteto oriundo de la ciudad de Lviv es parte de un puñado minúsculo, pero interesante por la simple condición de existir, de bandas extremas modernas que decidieron centrar su atención en la Primera Guerra Mundial como eje temático, al que también podemos sumar a los estadounidenses Minenwerfer y los alemanes Kanonenfieber.

Hablar sobre guerra en el heavy metal no es algo nuevo: bandas como Bolt Thrower, Sodom y Sabaton son ejemplos de bandas que tratan este tema de manera casi exclusiva desde hace décadas. Y canciones como “Paschendale” de Iron Maiden, “1916” de Motörhead, “One” de Metallica y todo el álbum The Great War de Sabaton son sólo un par de las obras que se centraron en la Primera Guerra Mundial. 1914 toman el paso más lógico al centrarse de lleno en este conflicto bélico, el más sangriento de toda la historia de Europa hasta que su hermano menor pero más grande y famoso tomó su lugar apenas 20 años después.

El sonido de 1914 se apoya en una mezcla bien pesada de death y doom metal, con un puñado grande de oscuridad blackmetalera. Pero detrás de los riffs de los guitarristas Vitalis Winkelhock y Liam Fessen, la poderosa base rítmica del baterista Rusty Potoplacht y el bajista Armin von Heinessen y la desgarradora voz de Ditmar Kumarberg (disculpen si no incluyo los grados militares de estos valientes soldados), Where Fear And Weapons Meet es una obra acerca de la vida, más que de la muerte, o al menos así lo expresa la misma banda: a lo largo de las canciones, casi todos los protagonistas son soldados que sobrevivieron a la guerra, y estas son historias de supervivencia.

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Es así que tenemos canciones como “Don’t Tread on Me (Harlem Hellfighters)”, acerca de una unidad del ejército estadounidense formada de manera casi exclusiva por soldados negros, o “Vimy Ridge (In Memory of Filip Konowal)”, que trata sobre un soldado ucraniano-canadiense que recibió la Cruz Victoria del Imperio Británico.

Eso sí, la muerte no está completamente ausente en este nuevo álbum, como debería esperarse de una obra sobre la guerra. Pero una característica importante de 1914 es la humanidad con la que se trata: es muy común que, al describir escenas de batallas las bandas parezcan estar glorificando estas acciones, algo tan común que a esta altura es difícil de juzgarlo en términos morales. 

En contraste con eso, este quinteto ucraniano demuestra la futilidad de la guerra, de la carnicería humana: es imposible pensar en la idea de morir en el campo de batalla como algo heroico después de escuchar el track acústico “Coward”, que incluye al cantante country ucraniano Sasha Boole y que trata acerca de un soldado del ejército británico que escapa del campo de batalla luego de ver a sus compañeros siendo destrozados por el fuego enemigo, y que finalmente es ejecutado por ser “una rata, un cobarde”. ¿Y qué decir de “…And a Cross Now Marks His Place”? Con Nick Holmes (Paradise Lost) como invitado, esta canción está basada en una carta enviada a los padres de Arthur George Harrison, un soldado del imperio británico que murió en 1918 en el campo de batalla de Bélgica.

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Dejando ya de lado el contenido de las letras, vamos a enfocarnos en lo que es de verdad importante: la música. Como dije antes, 1914 practican un estilo en el punto medio entre el death metal, el doom y el black: voces guturales y riffs serpenteantes que de vez en cuando agarran velocidad, pero que la mayor parte del tiempo se mantienen en una marcha a medio tiempo. Cuando no incluyen samples sonoros de canciones, elementos acústicos o discursos de la época, este quinteto es pura violencia sonora: blast beats, guitarras gruesas, y una voz gutural violenta pero perfectamente inteligible. Es más, la canción “Pillars of Fire (The Battle of Messines)” tiene toda una sección dedicada a un verdadero acto de ataque auditivo, simulando el efecto de una explosión cercana.

No todas son guitarras y baterías en este álbum: tracks como “FN .380 ACP#19074” (nombrada así por el modelo de pistola usada por el estudiante serbio-bosnio Gavrilo Princip para matar al archiduque Francisco Fernando y a su esposa Sofía Chotek en Sarajevo, hecho que desató la guerra) y “Corps d’autos-canons-mitrailleuses (A.C.M)” (sobre las unidades motorizadas belgas), por poner dos ejemplos, utilizan acompañamientos orquestales que el sentimiento épica de las composiciones.

Todos los elementos utilizados a lo largo del álbum son ejecutados con mucha habilidad y muy buen gusto, algo donde ayuda un sonido claro y profesional: este es un caso donde el salto a un sello mucho más grande benefició a la obra de la banda. Esto es importante, siendo que Where Fear And Weapons Meet es un álbum largo, alcanzando los 63 minutos, y por lo tanto necesita algo más que un sonido básico para mantener la atención.

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Es difícil elegir un solo momento de este tercer disco de 1914, siendo que los tracks están íntimamente relacionados más allá de la línea conceptual. Pero si tuviera que hacerlo, tendría que elegir la canción “Green Fields of France”, que no fue hasta investigar para esta reseña que me enteré que es un cover del cantautor australiano Eric Bogle, publicada en 1976 con el nombre “No Man’s Land”

Lejos del sonido folk de Bogle, la versión de los ucranianos incorpora una introducción de gaitas, una marcha deathmetalera lenta y violenta y una lenta transición a toda una sección de pesadilla sonora, por lejos la más extrema en ese sentido de todo el álbum, con algunas influencias de experimentación industrial, cerrando con la banda tocando en medio del sonido de disparos y explosiones.

Where Fear And Weapons Meet tiene algo para todos. Incluso si el lector no es un “geek” bélico, tiene que saber que es un disco que cualquier fan de la música extrema podrá disfrutar. Atmosférico y atrapante, es un viaje casi cinematográfico a través del horror de la guerra. Esperen verlo en varias listas de lo mejor del año, porque es un álbum finamente trabajado y compuesto, y un homenaje a todos los que murieron en una de los conflictos bélicos más sanguinarios, destructivos, trágicos y absurdos de la historia.

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Carcass – Torn Arteries (2021)
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Torn Arteries
, luego de una espera relativamente larga (8 vueltas alrededor del Sol), fue el resultado final de esta búsqueda que los llevó a entregar un disco muy sólido de 49 minutos de duración, repartidos en 10 canciones, a través de Nuclear Blast Records.  Musicalmente podemos encontrar distintas fases del trío inglés, con pasajes plenos de metal extremo donde el blast beat habita y se desarrolla en una ejecución magistral por parte de Daniel Wilding.  Por otra parte, podemos encontrar elementos grooveros a un tempo más lento que se amalgaman en con la voz gutural de Jeff Walker. Por último, a nivel general del disco,  podemos escuchar muchas composiciones hardrockeras e incluso bluseras, generando arreglos e intros de un alto contenido melódico que son interrumpidas por riff violentos.

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Adentrándonos en el listado de canciones, el disco comienza con su homónimo “Torn Arteries”, una canción de buen ritmo, agresiva y clásica para los fans de huesos amarillos de la banda. Desde el minuto inicial podemos apreciar que el nivel rítmico de Dan Wilding marca el paso de las canciones, y esto será un hilo conductor en todo el álbum. Rápidamente llegamos al segundo track de esta lista, “Dance of Ixtab”, la cual fue el segundo adelanto de esta placa, el título hace referencia a la diosa maya Ixtab, la divinidad del suicidio y la horca. Musicalmente podemos destacar el riff de guitarra groovero, pero a la vez muy técnico, que sigue la misma línea de las canciones clásicas de CARCASS“Eleanor Rigor Mortis”, tiene un comienzo muy voraz con un solo de guitarra que da introducción al riff principal. En líneas generales, no es una canción de speed metal, pero tiene un marcado incremento en su velocidad en el momento de los solos de guitarra, que resalta en una ejecución impecable de Bill Steer. El título hace referencia a Eleaonor Rigby, canción de THE BEATLES, así como también un personaje del folklore inglés; solo que esta vez con una vuelta de tuerca siniestra. “Under the Scalpel Blade” es una de las canciones más famosas de este álbum,  con arreglos de tempos lentos y marcadas atmósferas densas son brevemente interrumpidos por lapsos donde el blast beat habita, nuevamente es destacable el trabajo de Bill en la construcción del solo de guitarra y posteriores arreglos, pero más relevante aún es el scream gutural por parte de Jeff Walker que amalgama esa densidad atmosférica en su voz. La canción número cinco del álbum se titula “The Devil Rides Out”, nombrada así por la película británica de horror de 1968 que lleva ese título. Según palabras de Jeff,  no está compuesta en base a la película, sino que es una crítica al satanismo: “Siempre ha habido canciones anti-religiosas, pero esta es una canción anti-satánica. El satanismo es tan jodidamente estúpido como el cristianismo o cualquier otro “ismo”, ¿sabes? Realmente me apetecía la idea de hacer una canción que los cristianos pudieran escuchar y luego corrían a la ciudad pensando que era una canción procristiana”.

Musicalmente es compleja, con muchos arreglos de cuerdas, jugando un contrapunto entre los canales (derecho/izquierdo) para conseguir esa sensación de direccionamiento. Otro detalle compositivo es que la canción tiene un pequeño encore en sí misma para un cierre muy poderoso. A esta altura del recorrido, nos encontramos a la mitad de la entrega discográfica. Esta segunda mitad abre con la canción más compleja en todos los sentidos. “Flesh Ripping Sonic Torment Limited” tiene una duración de 9:42 minutos, donde a modo de intro aparece un arreglo en guitarra clásica (criolla) que concluye en un riff pesado entre lo técnico y lo groovero. Una canción llena de detalles y arreglos, dentro de los que podemos mencionar: distintas capas de voz, arreglos de platillos y cambios de tiempos. Realmente es una canción para hacer un análisis propio para poder disfrutarla en su totalidad.

Es aquí donde nos encontramos con el primer corte adelanto que CARCASS lanzó en la espera de su séptimo álbum, coincidencia o no, “Kelly’s Meat Emporium” es el track número siete de esta lista , la cual empieza con una intro de batería que roza con lo jazzero, la cual tras un par de fills, da el ataque necesario para esta canción rápida y violenta. Con el video de esta canción, CARCASS nos presentó el arte de tapa y el concepto tras él. Este corazón hecho de verduras y vegetales que se descompone dio mucho que hablar, y en breve retomaremos este tema para finalizar este análisis.  En definitiva, es una canción muy efectiva que cumple en varios niveles. El octavo track es “In God we Trust”, que, si bien podría ser una de las menos llamativas dada a su intro suave, sabe remontar para el estribillo principal, y al ser una canción relativamente corta, hace que su escucha sea amena y no provoque esa fatiga característica que suele darse para el final de los discos de música extrema. Nuevamente un solo de guitarra le da el cierre de genialidad a la composición y un detalle para los más atentos es que se pueden apreciar pequeñas palmadas (aplausos) para el final del sol.

El anteúltimo tema es “Wake up And Smell the Carcass”, sin dudas es la canción más groovera de la placa, en el marco de una canción de CARCASS obviamente; es efectiva y deja el camino bien sembrado para el cierre del disco. Torn Arteries tiene un cierre que a mi criterio es muy acertado, y para el cual emplearon la canción que fue el último corte de difusión de la placa “The Scythe ‘s Remorseless Swing”.  Es un track que tiene un comienzo muy blusero, que crea un blend entre blues, hard rock y estrofas death metaleras. Una canción movida, con grandes arreglos que te deja deseando más.
Sin dudas, este disco fue un gran viaje por parte de una de las bandas pioneras del death metal melódico, y que la espera de ocho años tuvo su excelente resultado. Esperemos poder tener la posibilidad de ver a CARCASS en vivo nuevamente presentando este gran disco.

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Terdor – De Goddeloze Tolgaarder (2021)
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Terdor es un dúo neerlandes que viene dando catedra musical desde 2005, con varios discos en su haber desde LP, EP, y splits entre otros tenemos material suficiente para saber que esta banda sabe muy bien lo que hace y que no se quedaron estancados ni en tiempo ni en sonido ya que supieron evolucionar desde su primer trabajo hasta hoy que nos encontramos con su trabajo mas reciente “De Goddeloze Tolgaarder” en cual consta de 2 canciones solamente pero que nos lleva por un viaje de climas, sonidos y ambientes varios haciendo que el tiempo que duran las canciones no sea para nada pesado y totalmente llevadero.

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Simplemente nombradas como Lado A y Lado B estas dos canciones nos hacen entrar de lleno en el sonido podrido y oscuro de la banda pasando por muchas variantes dentro del black metal. Desde el comienzo en Lado A pasamos por un clima lento que rápidamente se vuelve violento y sin vueltas pasando por varios cortes y vueltas pesadas la canción no para en ningún momento, si bien la canción dura 14 minutos los climas que nos trae durante su desarrollo nos atrapa en todo momento sin hacer que se pierda el hilo conductor del tema en ningún punto.

En Lado B  nos encontramos con una escena mas progresiva con algunos arreglos mas complejos no tan simples como en el black mas convencional  con cortes mas marcados, partes recitadas y otros detalles mas interesantes nos encontramos con un tema completamente diferente al del comienzo demostrando que esta banda puede pasar por el black mas avant-garde para luego irse al black mas roquero e incluso a un black mucho mas cerca del doom haciendo que todos los estilos se conecten igual de bien siempre.

En cuanto a la masterización de la placa nos encontramos con un muy buen trabajo ya que si bien se trata de un disco de black metal cada uno de los instrumentos se logra diferenciar muy bien en cada momento que se necesita escucharlo.

Así paso el nuevo trabajo de estudio de la gente de Terdor dejando claro que esta banda tiene mucho mas para dar en cada nueva entrega y mostrando además que el tiempo es efímero para ellos porque tengamos en cuenta que este disco se empezó a gestar entre 2013 y 2020 por lo que vemos que la espera valió completamente la pena con algo diferente a lo que estamos acostumbrados pero que funciona muy bien solo nos queda esperar que nueva magia nos traerá este dúo poderoso pero mientras tanto tenemos toda su basta discografia para deleitarnos.

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Mastiff – Leave Me the Ashes of the Earth (2021)
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Segundo disco de Mastiff, banda británica de Sludge Metal, tras su excelente debut con “Plague” en 2019. El grupo está conformado por Jim Hodge (voz), James A. Lee (guitarra), Phil Johnson (guitarra), Daniel Dolby (bajo) y Michael Sheperd (batería).  

El álbum fue grabado en No Studio con el productor Joy Clayton, que también trabajó en proyectos tales como Wren y Leeched, y fue editado por el sello Entertainment One (eOne) en todos los formatos físicos, además de los digitales que ya son costumbre.  

“The Hiss” funciona como una sofocante introducción en la negra espesura sonora que contiene la totalidad del disco. Luego “Fail” y “Repulse” ya empiezan a golpear desde el inicio, y nos encontramos nuevamente con los rasgos que ya conocíamos quienes escuchamos el álbum anterior: voces furiosas, riffs de guitarra agresivos, un bajo de gran impacto y una batería intensa y precisa. Los machaques son centrales en la toda propuesta musical.

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“Midnight Creeper” hace que todo se vuelva más vertiginoso, sin dar respiro en cuanto a la densidad que envuelve al oyente y “Beige Sabbath” –guiño en el título- hace dos cosas interesantes en simultáneo: expone un costado sarcástico (bien propio de otras bandas como Eyehategod, por ejemplo) y sigue consolidando una idea que resulta clara: la de ejecutar un estilo bien delimitado que es el Sludge Metal: esa combinación de Doom y Hardcore que vienen cultivando hace tiempo grupos como Crowbar o Superjoint Ritual, y más recientemente Primitive Man, aunque también hay ecos del Hardcore Metálico de Nails, algo que Mastiff reconoce explícitamente, tanto como la resonancia de Brutal Truth y Napalm Death. Vienen a la mente también los ya separados haarp o incluso Integrity.  

“Futile” es una canción en la que aparecen cualidades tímbricas que, como en el primer track del disco, sobresalen entre el resto y marcan vetas que sería muy interesante que continuaran en el futuro, lo mismo que la que se vislumbra en el riff que abre “Endless”, el primer corte de difusión con el videoclip más logrado en cuanto a representar la esencia cruda y sombría de la banda.  

En “Scalped and Salted” y “Lung Rust”  también asoman otros particulares sonidos de guitarra en medio de la brutalidad generalizada, aunque el último expone, al mismo tiempo, algunas reminiscencias clásicas, en términos de las influencias que pueden rastrearse, y con lentitud, todo va desintegrándose caóticamente.  

Obra de escucha recomendada para el público amante de todas las referencias mencionadas, que transmite sentimientos acordes a los oscuros tiempos que estamos viviendo, donde cada nueva catástrofe vuelve a mostrar que, en el fondo, siempre la peor tragedia es la desgracia que puede encarnar el propio ser humano.

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Yes – The Quest (2021)
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Es indudable que Yes son uno de los pilares más importantes en lo que se refiere al rock progresivo de los setentas, tanto que señalarlo bien puede constituir una redundancia. Ni siquiera hace falta listar la enorme cantidad de álbumes clásicos en su haber, con trabajos como Fragile (1971) y Close To The Edge (1972) sirviendo como las muestras más obvias de un grupo que se cuenta entre las leyendas del estilo.

Yendo de la mano con su estatus legendario también está una historia complicada y problemática: separaciones, álbumes controversiales y cambios de estilo y formación no faltan a lo largo de sus cinco décadas de historia. Y la última década de Yes se ha visto marcada por estos últimos ítems: la edición de Fly From Here en 2011 cortó una racha de diez años sin nuevos álbumes y el debut detrás del micrófono del cantante canadiende Benoît David, reemplazante del histórico Jon Anderson.

El trabajo tuvo críticas mayormente positivas aunque algo tibias, pero el despido de David en 2013 y la regrabación del álbum con el productor Trevor Horn en 2018, retitulada Fly From Here — Return Trip, demostró que las cosas en el seno de la banda no estaban del todo bien. 

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En el medio de estos dos álbumes se dio la llegada del cantante estadounidense Jon Davison, cuyo parecido con Anderson iba más allá de tener el mismo primer nombre y apellidos casi iguales, teniendo una voz de características muy similares. Sin embargo, su debut Heaven & Earth (2014) estuvo lejos de tener el mejor recibimiento: “soso”, “excesivamente suave”, “falto de energía”, las reseñas parecían buscar cualquier manera para no decir que era simplemente “aburrido”. Ese trabajo también sería el último junto a su bajista Chris Squire, quien moriría en 2015 víctima de una eritroleucemia, por lo que de ahora en más Yes se manejarían no sólo sin el último de sus miembros originales, sino también sin su líder histórico. 

Con todo esto, es entendible que The Quest tuviera una enorme expectativa detrás. Ahora con el estadounidense Billy Sherwood, quien fuera guitarrista de Yes entre 1997 y 2000, ocupando el puesto detrás de las cuatro cuerdas dejado por Squire, este vigésimo segundo trabajo de los británicos tendría que probar que el quinteto no estaba equivocado al decidir continuar sin su mente maestra, más allá de invitar a un debate filosófico acerca de si un conjunto sigue “siendo” luego de reemplazar a todos sus componentes.

El anuncio de que sería un álbum doble, el primero desde Tales From Topographic Oceans, trajo bastante interés, aunque este fuera más un tecnicismo: las once canciones del álbum acumulan 62 minutos, por lo que podría haber entrado en un único CD. De cualquier forma, el disco sería editado el 1ro de octubre a través de InsideOut, una de las casas del rock progresivo actual.

No puedo decir que haya tenido las mejores impresiones cuando escuché “The Ice Bridge” por primera vez, siendo no sólo el primer adelanto del álbum sino también una canción que despertó una controversia de plagio con el compositor inglés Francis Monkman (Curved Air). Eso se resolvió cuando se determinó que había sido por la inclusión equivocada de un demo de Monkman en una grabación que el tecladista Geoffrey Downes asumió que era suya, así que eso parece arreglado. 

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Centrándonos en la canción, esos teclados ochentosos de regusto AOR al inicio, como algo sacado de un tema de Asia, me dieron algo de miedo, como si la banda fuera a repetir los errores de Heaven & Earth. Pero, por suerte, las cosas fueron por un mejor camino que el que esperaba: el bajo de Sherwood se complementa bien con la batería de White, y Howe dibuja melodías con su guitarra con su sello característico, con teclados mucho menos empalagosos acompañando todo.

Sobre esto, Davison hace lo suyo con su imitación de Anderson, con su voz suave y angelical, aunque por momentos excesivamente retocada. No es una canción que vaya volarle la cabeza a uno, pero es una implementación mucho mejor de la “suavidad” que la banda buscó en su anterior álbum.

“Dare To Know” fue el segundo adelanto de The Quest y también la segunda canción del álbum. Arañando los seis minutos, en esta canción Yes hace más énfasis en la parte sinfónica de su sonido, con colchones de teclados de todo tipo acompañando las sutiles guitarras acústicas de Howe, con un par de secciones de compases irregulares. Los momentos de teclados cinematográficos, incluso si por momentos se ponen un tanto “banda sonora de película de Disney”, son un toque interesante, y en su conjunto este segundo track se siente mejor trabajo y de mejor realización que su antecesor.

Sin embargo, arrancar este trabajo con los dos adelantos, en mi opinión, no fue la mejor estrategia, pero a partir de este momento vamos a poder ver lo que la banda británica le tenía guardado a su público.

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“Minus The Man” es la primera canción “nueva” del álbum, aunque continúa la onda relajada de las dos primeras. Teclados y punteos suaves, Jon Davison hace lo suyo sin salirse su zona de confort pero tampoco estorbando, y poco más habría para hablar de manera específica: no la llamaría necesariamente “aburrida”, pero sí creo que la apreciación del oyente se verá afectada por cuánto le hayan gustado “The Ice Bridge” y “Dare To Know”, por lo que en este punto se podría acusar al álbum de variar poco los ritmos. 

Hay algo para destacar en esta canción en la letra: Yes no es una banda muy lírica, no necesariamente porque las suyas sonaran mal sino porque, al menos junto a Jon Anderson, parecían construir las letras más con el sonido que con el significado en mente, pero en esta canción es interesante que decidan meterse en la discusión de la influencia de la tecnología de manera muy clara. “Tecnología post-humana”, “la clave de nuestra supervivencia”, el hablar de cómo todo esto es un arma de doble filo y demás, es interesante incluso si Yes no ahondan de manera super profunda en ninguno de estos puntos, pero no causa la vergüenza ajena que otras bandas igual de veteranas hablando sobre la tecnología moderna.

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La introducción de “Leave Well Alone” parecía preparar al oyente para otra ronda de rock sinfónico suave, pero apenas pasan unos segundos hasta que la cosa se pone más movida. No digo que se vuelva un himno de discoteca, pero no viene mal para variar un poco las cosas, sobre todo con un bajo prominente. E incluso cuando la canción vuelve a incluir las secciones de teclados y guitarras acústicas, hay más variedad de ritmos que en tracks anteriores. Sin embargo, ya para esta altura es bastante difícil no tachar a Davison como el punto más flojo de The Quest: hablando de manera completamente sincera el estadounidense no me parece un mal cantante, pero pocas veces logra hacer algo más que una versión más “light” de su casi tocayo, nunca deslumbrando y manteniéndose en una parte muy acotada de su rango vocal.

Como nota aparte, la versión oficial que me llegó de esta canción parece tener un error en el minuto 7:19, donde aparece un ruido que no parece venir de ningún instrumento. Espero que eso se arregle para el lanzamiento final.

“The Western Edge” agarra velocidad y aumenta la intensidad con algunos fills de batería y teclados setentosos. Las voces a lo Peter Gabriel, cortesía de Billy Sherwood, ayudan a balancear la suavidad del estilo de Davison, y los arreglos de guitarra acústica le dan cierta atmósfera de ensueño por momentos. Al igual que las canciones anteriores, no le vendría mal algo más de pompa y energía, pero lo que intenta hacer lo hace bastante bien.

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“Future Memories” es el momento acústico de The Quest, e inaugura la segunda mitad del disco tanto en el tracklist como en el estilo: esta sexta canción es la única completamente acústica, pero a partir de este momento sus sucesoras se basan mucho en las guitarras acústicas. De estas, “Future Memories” es la mejor, gracias a su ambiente pastoral y sus agradables melodías vocales que contrastan con la atmósfera de rock suave de los setentas de los siguientes tracks. En mi opinión, acá funciona mucho mejor porque Yes se comprometen a este formato acústico, en vez de quedar en un punto medio incómodo entre la pomposidad progresiva y la intimidad de la guitarra criolla.

“Music To My Ears” es un track de rock suave que es, por lejos, el momento más aburrido de The Quest. No es que me oponga a este formato musical simplemente por la parte “suave”, porque puedo escuchar a America o Paul Williams sin problemas, pero esta séptima canción no tiene nada como para captar la atención: las melodías no son lo suficientemente pegadizas como para atrapar, no es melosa como para ser un gusto culpable, e incluso el breakdown progresivo de la segunda mitad se siente poco inspirado y falto de energía. A la producción le falta fuerza, y la frase “it’s music to my ears” se repite tanto que parece perder todo significado en cierto punto.

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Cerrando el primer disco, “A Living Island” es una balada lenta, acompañada por teclados y guitarra acústica, donde Yes parecen querer mandar un mensaje de apoyo a todo el mundo. Y puede que me esté volviendo viejo o que el último año y medio me haya afectado en exceso, pero no pude evitar que la canción me robara una sonrisa: es un mensaje meloso pero sincero, y que se eleva junto a las melodías vocales, percusión y un buen solo de guitarra. A diferencia del anterior, este track se compromete a su idea sin que le avergüence.

Ya arrancando con el trío que ocupa el segundo CD, “Sister Sleeping Soul” es otro track de atmósfera pastoral, que se ve acompañada por los precisos punteos de guitarra y un lindo solo de teclado. Con la falta de variantes en este disco no hay mucho más para decir sin repetir sobre esta canción, pero al menos acá las melodías son lo suficientemente fuertes como para justificar la composición.

“Mystery Tour” es un homenaje a los Beatles, no sólo en el título sino también en la letra, que referencia una montaña de canciones de los cuatro de Liverpool y un teclado con regusto a “Strawberry Fields Forever”. Es un experimento interesante y puede dar lugar a un juego de adivinar todas las canciones referenciadas, pero no creo que necesitara su propio espacio en el álbum. ¿Podría funcionar mejor como un track oculto? No sé, pero sí sé que las intenciones fueron mejores que la ejecución.

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Cerrando el álbum, Jon Davison le acerca el micrófono a Steve Howe para compartir voces en “Damaged World”. Al momento de escribir una reseña, siempre me planteo ser completamente sincero, más allá de mi fanatismo o no por la banda en cuestión, y es por eso que tengo que decir que no me gusta para nada la manera de cantar de Howe: será un mago de la guitarra, pero su voz es muy débil y no tiene química con Davison, que incluso utilizando apenas una fracción de su potencial lo termina arrollando en poder y claridad. Aunque tenga una idea de riff de guitarra decente y un solo de teclado agradable, no hay mucho más que pueda contrarrestar esa falla en las voces, cerrando The Quest con el peor track del disco.

The Quest es un álbum con muchas fallas, como seguramente habrán deducido por la forma en la que describí cada canción: producido por el mismo Steve Howe, estoy seguro que un productor externo hubiera metido mano y dirigido mejor qué material incluir y cuál dejar en el estudio. “Damaged World” y “Music To My Ears”, ambas composiciones acreditadas en solitario a Howe, hubieran quedado afuera y también alguna de las múltiples baladas lentas, como para que no se sienta tan repetitivo.

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Sin embargo, este vigésimo segundo lanzamiento de estudio de los londinenses tiene sus aciertos, hasta diría que con más peso que el de sus fallos: la producción es clara y elegante (más allá de ese error que mencioné antes), la orquesta tiene apariciones correctas, y a pesar de que me quejé de la falta de variantes en la manera de cantar de Davison, no hay ninguna canción que empeore con su presencia, aunque tampoco eleve alguna.

Es un álbum que es estrictamente para fanáticos de Yes, y sólo aquellos que puedan soportar la atmósfera ultra relajada y suave en la que la banda parece haber tanto énfasis en sus últimos trabajos. 

Para los que temían un segundo Heaven & Earth, hay que decirles que es bastante mejor que aquel pifie… aunque tampoco esperen algo completamente diferente. Esta formación actual de Yes carece de ambición, pero después de cinco décadas de carrera y con sus músicos clave acercándose a la edad de retiro, no hay que sorprenderse por eso: es el viejo “no tener que probarle nada a nadie”. Es un disco que pasa sin pena ni gloria, que busca aprobar con un “6” y que suena más como una excusa para realizar una nueva gira y mantener la máquina rodando con el fuego mínimo, con lo justo y necesario.

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Tremonti – Marching In Time (2021)
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Si yo hubiera sido un crítico de rock en el año 2004, estoy seguro de que no le hubiera tenido muchas esperanzas a un álbum de Mark Tremonti.  Está claro que vender 50 millones de discos con una banda no es poca cosa y que es algo que poquísimos músicos logran, pero que esa banda fuera Creed bien podría sentirse como un deseo otorgado por una pata de mono. 

Luego de la separación del cuarteto estadounidense en 2004 Tremonti formó un nuevo proyecto junto al resto de los instrumentistas de la banda, sumando ahora al cantante Myles Kennedy. Cualquiera hubiera apostado a que todo lo que estos músicos hicieran de ahora en más estaría marcado por el estigma de haber sido parte de una de las bandas más criticadas y menos respetadas del rock pesado de cambio de siglo. Sin embargo, Alter Bridge terminó yendo en contra de los prejuicios y, aunque no estén ni de cerca de tener el éxito comercial de Creed, por primera vez se ganaron el favor de una gran parte de los críticos. Tan es así que hay cierto sector de la crítica dispuesto a reevaluar de manera más positiva la carrera de Creed, cosa que me parece ir un poquito lejos con el “poptimismo”, incluso si me puedo contar entre los adherentes de este último movimiento. Como prueba de esto, en 2009 Creed se reunió para editar su cuarto álbum Full Circle, disco que demostró lo mal que le hace a estos músicos (o a cualquier otro, a juzgar por el fiasco de Art of Anarchy) estar a menos de 500 metros del cantante Scott Stapp. Y poco después de la segunda separación de Creed, Tremonti comenzaría una carrera solista paralela a Alter Bridge, bautizada sólo con su apellido.

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Marching In Time, editado el 24 de septiembre a través de Napalm Records, es el quinto álbum solista de Tremonti. Mientras que el anterior A Dying Machine, de 2018, había sido un trabajo conceptual que había estado acompañado por un libro, este nuevo trabajo trata cada canción de manera individual, aunque no por eso pierde fuerza.

Aunque es fácil desconfiar de un disco solista cuando el músico en cuestión todavía forma parte de su banda madre, por la cantidad de veces que alguno de los dos lados termina con material descartado del otro, la frontera entre Tremonti y Alter Bridge es bastante clara, siendo que el primero es un proyecto mucho más pesado. Esto queda claro con el inicio de “A World Away”, donde un riff a lo Meshuggah da paso a una sección bien thrashera, acompañada de un doble bombo asesino, para luego desembocar en unos versos rockeros. Esta mezcla de elementos extremadamente pesados con otros mucho más rockeros es una de las características principales de la obra de Tremonti.

“Now and Forever” es una canción más melódica, con algunos elementos orientales en sus líneas vocales. La faceta pesada de la banda sigue estando presente a pesar de todo, no sólo gracias a la enorme tarea del segundo guitarrista Eric Friedman (que también se encargó de los teclados y la orquestación) y de la base rítmica, compuesta por el baterista Ryan Bennett y el bajista Tannet Keegan, sino también al gran trabajo de producción, que logra que las canciones suenen fuertes, pero todavía accesibles.

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Las canciones se apoyan en su mayoría en esos riffs bien pesados: “Under The Sun”, “Thrown Further” e “In One Piece” continúan con esa mezcla de elementos melódicos y pesados, con la voz suave pero rockera de Tremonti combinada con esos riffs distorsionados. Pero hay algunas que se salen de la norma al incluir elementos más acústicos, como “Bleak” o “The Last One of Us”, que ayudan a romper con cierta monotonía de estilo que se puede sentir en Marching In Time. En ningún momento el disco se vuelve aburrido, aclaro, pero que dure casi una hora puede llegar a ser demasiado para un oyente con menos paciencia.

La mejor canción del álbum viene al final, con el tema título: “Marching In Time” es una composición de más de siete minutos, que funciona como un cúmulo de todo lo hecho a lo largo del disco. Los riffs rockeros, las guitarras acústicas, algunos elementos electrónicos y sinfónicos y un solo conmovedor, es una gran manera de cerrar todo. Podría decirse que es una canción de tendencias progresivas, y es un experimento muy interesante que no me quejaría de ver más a futuro en otros trabajos del guitarrista. 

Marching In Time no plantea grandes cambios en la fórmula de Tremonti, pero es un disco extremadamente sólido: los riffs son muy trabajados y las composiciones están llenas de detalles en la instrumentación, combinado con estructuras accesibles y cancioneras. Como dije antes, puede llegar a ponerse un poquito largo, pero la manera en la que recompensa al oyente al final lo vale. Recomendado para aquellos que busquen buenas propuestas rockeras modernas.

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Aborted – ManiaCult (2021)
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Aborted ha creado la banda sonora perfecta para esta secta enferma, que exige sacrificios humanos para convocar a los demonios lovecraftianos. El sonido siniestro gruñe acertadamente es el mismo tipo de autoridad que Aborted ha tenido sobre las masas del death metal durante los 26 años desde que el vocalista Sven de Caluwé formó la banda en Bélgica. Como el único miembro original, ha dirigido a la banda como un director demente: cada músico que filtra entre las filas un zarcillo lo agita como un bastón.

En el undécimo álbum ManiaCult, dividieron la diferencia entre el fragmento exagerado de TerrorVision y la atmósfera oscura y goteante lograda en la continuación de La Grand Mascarade. Ese EP fue el primero como la formación actual de cuatro piezas, completada por el baterista Ken Bedene, el guitarrista Ian Jekelis y el bajista Stefano Franceschini. Los miembros de Aborted son cambiaformas, que evolucionan de un deathgrind ardiente a un estilo más groovier antes de establecerse en un enfoque técnico sobre el death metal.

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“Hay un gran aumento en la dinámica a lo largo de las canciones”, explica Caluwé. “Aumentamos el aspecto y la atmósfera ‘oscuros’ de la música sin sacrificar ninguno de los extremos. Tiene nuestras canciones más rápidas hasta la fecha, pero al mismo tiempo queríamos asegurarnos de no perder ningún ritmo o pegajosidad”.

ManiaCult es insidioso. Los gusanos de las orejas se asoman a través de la oscuridad, el arrastramiento se hace más fácil en pistas ennegrecidas como “Impetus Odi” y “Portal To Vacuity”. En los ataques de Aborted más estándar como la canción principal, “I Prediletti – The Folly of the Gods” o “Grotesque”, esquivan la sutileza y empujan a los gusanos a través de las grietas de tu cráneo ahora aporreado. Eso es aún más sucio en este último, debido a su posición como una de sus canciones de caca de marca, con “A Vulgar Quagmire” convirtiéndolo en dos pistas sobre el número dos para compensar la falta de, ejem, gas de TerrorVision.

La diversa gama de sonidos es exactamente lo que ha permitido a Aborted trascender subgéneros, influyendo en bandas de death metal brutales, primitivas y en ninguna de las dos, así como en el grindcore e incluso en el deathcore. Este amplio alcance se resume en “Dementophobia”, el riffing clásico de melodeath que recuerda a los grandes del siempre creciente grind y gore Carcass.

Hablando de sangre, la banda tiene una visión de ángulo más amplia líricamente esta vez, en lugar de hundir sus dedos en heridas sangrientas. Eso no quiere decir que la muerte no esté sobre la mesa (sacrificios humanos, ¿recuerdas?), Pero se trata más de los horribles actos cometidos por ManiaCult que de la ejecución. También existe otra posibilidad: que todo esté sucediendo en la cabeza del líder Wayland Thurston. Más profundo que la historia, el álbum aborda la enfermedad mental y sus consecuencias, pero también sirve como una declaración sobre cómo las masas son controladas por la iglesia y el estado.

Es algo sorprendentemente embriagador para una banda más conocida por tocar los suyos junto a los antes mencionados Carcass, Cannibal Corpse, The Black Dahlia Murder, Suffocation, Decapitated, Despised Icon, Ingested, Sepultura, Kreator y más. Su próxima gira “Hell Over Europe 4” los encontrará apoyados por The Acacia Strain, Benighted, Hideous Divinity (la otra banda de Franceschini) y Fleddy Melculy.

Aborted son conocidos por tener el apoyo de grandes figuras s no solo en el escenario sino también en el estudio. Las apariciones pasadas de invitados han venido a cuidar de algunos de sus compañeros de gira mencionados anteriormente, así como de miembros de Cattle Decapitation, Revocation, Misery Index, Rotten Sound, Septicflesh, Origin, Wormed, Cytotoxin.

A este álbum, se les une una casta de personajes igualmente prominente pero a veces sorprendente. “Me gusta mucho tener amigos y ex compañeros de gira en nuestras canciones”, exclama Caluwé. “No solo es más divertido compartir la emoción de crear algo brutal con los compañeros, sino que más voces ayudan a agregar dinámica. A medida que avanzaba nuestra carrera, nos hemos centrado más en el crecimiento “. De su sonido, es decir, no de las siniestras serpientes que se deslizan de la espalda de Thurston. Sin embargo, probablemente deberían centrarse más en eso pronto, antes de que traigan el fin del mundo.

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A Pale Horse Named Death – Infernum In Terra (2021)
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Desde las entrañas del doom metal gótico, finalmente podemos disfrutar de Infernum In Terra, el último trabajo de A Pale Horse Named Death. Lanzado este 24 de septiembre de 2021, de la mano de Long Branch Records.

Sin ser fanática del doom metal, puedo dar fe del éxtasis que provocan algunas canciones en este nuevo álbum, como el tema “Believe in Something”, que tiene una melodía de tempos lentos combinados de una manera majestuosa. Es el tipo de canción que amarías escuchar para crear el ambiente de resiliencia de tus malos momentos.

La intro de este trabajo, es una melodía de sonidos ancestrales hermosa y escalofriante, es un embrujo, cierra los ojos durante esos dos minutos, presta atención a cada sonido que oigas, mentalízalos, siéntelos y vuelve a abrir tus ojos cuando haya acabado. Si ves una vieja parada frente a ti… es porque ese embrujo funcionó, y atrajo a la vieja loca de tu vecina.

La canción “Cast Out From The Sky” tiene presente un piano que acompaña los acordes de la guitarra, dándole un toque gótico/ vampírico, perfecto para encarnar al personaje de Lucifer. Dudo que haya un gótico, emo, metalhead, o que haya un ser humano que me niegue que esta pieza no es una obra maestra adorable.

Las siguientes canciones, “Shards of Glass” y “Lucifer’s Sun” tienen una lirica maravillosa, de esas que quieres cantarle a la monjita con cara de culo de la parroquia, para que entienda que uno se cansa del cuento católico y manipulador que tiene la religión. Lucifer´s sun, tiene además un solo de guitarra que bendecirá los oídos, después de cinco canciones, finalmente las guitarras tienen su momento propio.

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Una pausa instrumental con las campanas de una iglesia sonara y hazte un favor, ponte los auriculares y sube el volumen y aprecia la sensación de incomodidad que puede llegar a brindar esta melodía.

“Two Headed Snake (Propofol Dreams)”: ¿Alguna vez tuviste una operación y te durmieron? ¿Alguna vez tuviste lo que llamamos “Un mal viaje”? Pues de esa maravilla habla esta canción, un sueño extraño, húmedo, temeroso y descompuesto atrapa a nuestros protagonistas.

Nuevamente, en “Slave to the Master”, un piano lleva la intro, su melodía de tempos lentos marca el paso de la depresión que la desesperanzada letra dice. La batería de ritmo monótono acompaña a la perdida de control que sufre nuestro personaje principal al sentirse un esclavo.

“Devil’s Deed” sería una de las canciones más largas del álbum, dura siete minutos. Aquí podrás encontrar los momentos de cada instrumento, el bajo proporciona el peso ideal para esa canción, las guitarras resaltan en los estribillos y tienen sus momentos de protagonismo y la batería toma parte por momentos. En mi opinión, un solo de batería no habría estado mal en esta canción, en vez de unos simples “pum pum purupupum”. El vocalista se da el lujo de encarnar al mismo Satanás en esta canción.

Otra de las canciones largas es la que le sigue: “Reflections of the death”. Los reflejos de la muerte que aparecen en distintas partes de la naturaleza siendo la mayor evidencia… de que ya no estás vivo. Quizás aquí hacen algo de justicia a la batería, pero en esta canción es finalmente el bajo quien se roba la mayor atención y le brinda a la melodía esa oscuridad deseada.

“Souls in the Abyss” es una melodía de piano, donde además oirás los desesperados gritos del abismo… ¿por no haber hecho un solo de batería? ¡Debería ser así! Pero no, esta es la despedida y el cierre ideal para este álbum.

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Dream Theater – A View from the Top of the World (2021)
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¿Qué decir de “A View From the Top of the World”, el flamante decimoquinto registro discográfico de estudio de los proclamados titanes del metal progresivo, que difiera un poco de lo dicho en reseñas de discos anteriores? No mucho, para ser honesto. A esta altura del partido, Dream Theater es, salvando las (kilométricas) distancias, como AC/DC. Es decir una banda que si bien busca reinventarse disco a disco, terminan cayendo siempre en la misma fórmula. Una y otra vez. Para muchos, entre los que me incluyo, esta fórmula es la ganadora. No podemos esperar un disco thrashero de los neoyorkinos, así “Train Of Thought” haya sido el disco más pesado y oscuro de la banda. Ni aproximado al death metal. Ni al heavy tradicional. Ni a ningún otro subgénero. Hoy por hoy, Dream Theater es el perfecto sinónimo de “metal progresivo”. Cada vez que alguien habla del subgénero en cuestión, es una sola la banda que viene a la cabeza. Claro: los de Petrucci y compañía. Incluso, para muchos de sus detractores, decir “metal progresivo” es sinónimo de mala palabra, de aburrimiento, de música para músicos. La realidad es que el subgénero es muy rico como para pensar solo en Dream Theater. Aunque la realidad sea otra.

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“A View From the Top of the World” es Dream Theater en su máxima expresión musical, ampliando el sonido que ayudaron a crear, mientras mantienen la esencia de los elementos que les han otorgado hordas de devotos fanáticos alrededor del globo. El registro en cuestión marca el segundo disco de estudio de la banda en ser editado bajo el sello InsideOutMusic /Sony Music. El arte de tapa fue creado por el eterno colaborador de la banda, Hugh Syme, quien ha trabajado con popes tales como RushIron Maiden y Stone Sour, entre otros. El disco fue producido por el mismísmo John Petrucci, acompañado adicionalmente por James “Jimmy T” Meslin, mientras que la mezcla y masterización estuvieron a cargo del reconocido músico y productor Andy Sneap, actual “hired gun” de Judas Priest para sus conciertos en vivo.

Desde el arranque, de la mano de “The Alien”, primer corte dado a conocer por la banda, es inevitable pensar automática e inmediatamente en Dream Theater. El sonido, inmaculado como siempre. Aunque personalmente percibí un sonido mucho más pulido en los parches y platillos, comandados por el gran Mike Mangini. De hecho, hacía tiempo que no escuchaba en la banda un sonido tan perfecto en materia de batería y percusión. Me animo a decir incluso que me recordó a su antecesor, el siempre inquieto Mike Portnoy, miembro fundador de la banda pero que dejó de pertenecer a la misma hace ya once años.

Antes que sigan leyendo, preguntándose cuánto duran los temas, el más corto es “Trascending Time”, quinto track del álbum, el cual no llega a los seis minutos y medio de duración y que recuerda muchísimo a Rush. Incluso es el más melódico del disco, aunque se sabe la melodía abunda en los discos de Dream Theater. Mientras que el más largo del opus es el último track, el cual le da nombre al disco y que acusa la friolera de veinte minutos con veintitrés segundos. El famoso último-tema-de-disco-de-Dream-Theater-que-se-dura-todo. Algo a lo cual la banda nos tiene sumamente acostumbrados. ¿Pero cuánto dura todo el disco? Exactos 4.215 segundos. O sea 70 minutos con 25 segundos. Es decir poquito más de una hora y diez minutos. Y estamos hablando de tan solo siete temas. Volviendo al tema que le da nombre al disco, al igual que todos los temas bien largos de la banda, es un medley épico que resume en veinte minutos los setenta que dura el álbum y en donde James LaBrie aparece recién promediando los tres minutos del tema. Creo que a esta altura no es necesario detenerme en la cantidad de cambios de tempo y climas a lo largo y ancho del tema. Quienes siguen a la banda, saben exactamente a qué me estoy refiriendo. Recién a los nueve minutos de duración, el tema se apaga, dándole respiro a la mayoría de los músicos de la banda, quedando solo John Petrucci y un emotivo arpegio limpio, sobre la constante base propuesta por el siempre magnífico Jordan Rudess en teclados. Lógicamente, la calma dura poco. Poco en relación a lo que dura el tema, porque en realidad estoy hablando de cinco minutos de tranquilidad, lo cual puede parecer una eternidad para muchos pero no para los Dream Theater. El final, una vez más, épico por donde se lo escuche.

Pero antes de esta verdadera obra de arte, está “Awaken The Master”, sexto tema y el segundo más largo del disco, con sus 09:47 de duración y que se lleva el premio al track más pesado de “A View From the Top of the World”. El único suavizante del tema es Jordan Rudess, quien pone paños fríos sobre un tema que explota desde el inicio y que luego se calma apenas un momento, siempre de la mano de los teclados, que pasan a predominar. Pero que también duran un momento, volviendo a predominar el resto de los instrumentos.

“Abordamos cada álbum como si fuera el primero”, dijo LaBrie. “Ha sido un gran viaje, pero no vamos a parar”. Y todo parece indicar que así será, ya que la banda planea salir de gira en apoyo del nuevo disco. La gira norteamericana de “Top Of The World Tour”  comienza el 28 de octubre en Mesa, Arizona, y termina el 14 de diciembre en St. Petersburg, Florida. La gira hará paradas en Seattle, Chicago, Washington, Nueva York y  Orlando, entre otras. Por ahora, no hay noticias sobre el resto de la gira, aunque no dudo que los llevará por prácticamente todo el mundo.

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LLNN – Unmaker (2021)
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Si algo le faltaba a este año, era que un sismo con epicentro en Dinamarca sacudiera a gran parte del planeta. O podría haberse tratado del impacto de un meteorito, pero no: la causa es el lanzamiento de “Unmaker”, tercer disco de estudio de la banda LLNN, editado por Pelagic Records.  

El grupo oriundo de Copenhague, es un cuarteto que ejecuta un Sludge Metal extremadamente pesado y atmosférico gracias a la importancia otorgada a los teclados. Sus integrantes son Christian Bonnesen (voz y guitarra), Rasmus Furbo (bajo), Ketil G. Sejersen (sintetizadores) y Rasmus G. Sejersen (batería). El álbum fue grabado en Gravitated Sound Studio, perteneciente a Ketil y Rasmus Sejersen. Como posibles coordenadas para permitir cierta anticipación a la audiencia, podríamos mencionar a Meshuggah, Cult Of Luna, Fear Factory y Type O Negative, aunque como si lograran fusionarse originando algo diferente.

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A lo largo de todo el disco, la voz es furiosa, las cuerdas tienen una afinación baja, las teclas un rol protagónico y la batería una precisión temeraria. La banda presenta una obra atravesada por la angustia que supone la amenaza de que las creaciones de la cultura humana representen la propia destrucción de la especie, o peor aún: la del mundo entero. Y no hablamos solamente de la tecnología, sino también de los sistemas políticos y económicos que degradan los valores morales. En este sentido, se despliega un escenario propio de la ciencia ficción más distópica, aunque en clave sonora.  

“Obsidian”, que fue el corte de difusión con un videoclip de enorme calidad visual y claras reminiscencias de la estética de Stanley Kubrick, es el ejemplo más conciso de la brutalidad conceptual de la banda, lo aplastante del sonido de las guitarras y los climas melódicos, y a la vez sofocantes, evocados por los sintetizadores.  

No obstante, el disco empieza con “Imperial” que, tras unos ominosos compases introductorios, abruptamente deja caer el peso aplastante de lo siniestro traducido en musicalidad. “Desecrator” continúa con la masacre, el derrumbe existencial que resuena con la vibración de cuerdas que literalmente impactan como mazazos, tirando abajo las estructuras que supimos construir en base a principios efímeros. La voz se vuelve cavernosamente gutural con la participación de especial de Matt McGachy de Criptopsy.

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“Vakuum” hace las de interludio en este recorrido por escenarios post-apocalípticos que se nos presentan como en una epifanía auditiva. Cabe mencionar que gran parte del trabajo de los sintetizadores partió de grabar y modular el sonido de herramientas industriales, y posteriormente superponer capas, lo cual resulta coherente, no solo con la búsqueda de la instrumentación en general, sino también con el concepto del disco. Esto es muy notable también en “Forger”, que combina bronca y melancolía de manera excelsa. 

Al escuchar “Scion” se revela nuevamente, con gran fuerza, el protagonismo de los teclados, mientras en “Interloper” nos encontramos con un track más tensamente nostálgico, como lamento por la irreversibilidad de lo que era evitable: un retroceso disfrazado como progreso.  

“Division” despliega otro riff de excesiva crueldad, sobre sierras eléctricas que cortan sin piedad las ilusiones que se cruzan en su camino. El sonido del bajo también merece una mención especial: corpóreo, grueso y áspero, con una presencia constantemente notoria.  

Para terminar, “Theters” va acelerando la precipitación al abismo, mientras suena lo que parece un réquiem tocado en un órgano de algún templo inútil, hasta sumergirnos en la triste espesura de “Resurrection”.  

Una obra de una estética integral impactante, que mientras nos transporta a espacios dramáticos, trágicos, desoladores, erige un monolito negro a modo de tumba y recordatorio de una culpabilidad imposible de eludir. Sin dudas, un trabajo sobresaliente y totalmente recomendable.

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1914 – Where Fear and Weapons Meet (2021)
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Where Fear And Weapons Meet es el tercer álbum de los ucranianos 1914, editado por el sello austríaco Napalm Records. Este quinteto oriundo de la ciudad de Lviv es parte de un puñado minúsculo, pero interesante por la simple condición de existir, de bandas extremas modernas que decidieron centrar su atención en la Primera Guerra Mundial como eje temático, al que también podemos sumar a los estadounidenses Minenwerfer y los alemanes Kanonenfieber.

Hablar sobre guerra en el heavy metal no es algo nuevo: bandas como Bolt Thrower, Sodom y Sabaton son ejemplos de bandas que tratan este tema de manera casi exclusiva desde hace décadas. Y canciones como “Paschendale” de Iron Maiden, “1916” de Motörhead, “One” de Metallica y todo el álbum The Great War de Sabaton son sólo un par de las obras que se centraron en la Primera Guerra Mundial. 1914 toman el paso más lógico al centrarse de lleno en este conflicto bélico, el más sangriento de toda la historia de Europa hasta que su hermano menor pero más grande y famoso tomó su lugar apenas 20 años después.

El sonido de 1914 se apoya en una mezcla bien pesada de death y doom metal, con un puñado grande de oscuridad blackmetalera. Pero detrás de los riffs de los guitarristas Vitalis Winkelhock y Liam Fessen, la poderosa base rítmica del baterista Rusty Potoplacht y el bajista Armin von Heinessen y la desgarradora voz de Ditmar Kumarberg (disculpen si no incluyo los grados militares de estos valientes soldados), Where Fear And Weapons Meet es una obra acerca de la vida, más que de la muerte, o al menos así lo expresa la misma banda: a lo largo de las canciones, casi todos los protagonistas son soldados que sobrevivieron a la guerra, y estas son historias de supervivencia.

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Es así que tenemos canciones como “Don’t Tread on Me (Harlem Hellfighters)”, acerca de una unidad del ejército estadounidense formada de manera casi exclusiva por soldados negros, o “Vimy Ridge (In Memory of Filip Konowal)”, que trata sobre un soldado ucraniano-canadiense que recibió la Cruz Victoria del Imperio Británico.

Eso sí, la muerte no está completamente ausente en este nuevo álbum, como debería esperarse de una obra sobre la guerra. Pero una característica importante de 1914 es la humanidad con la que se trata: es muy común que, al describir escenas de batallas las bandas parezcan estar glorificando estas acciones, algo tan común que a esta altura es difícil de juzgarlo en términos morales. 

En contraste con eso, este quinteto ucraniano demuestra la futilidad de la guerra, de la carnicería humana: es imposible pensar en la idea de morir en el campo de batalla como algo heroico después de escuchar el track acústico “Coward”, que incluye al cantante country ucraniano Sasha Boole y que trata acerca de un soldado del ejército británico que escapa del campo de batalla luego de ver a sus compañeros siendo destrozados por el fuego enemigo, y que finalmente es ejecutado por ser “una rata, un cobarde”. ¿Y qué decir de “…And a Cross Now Marks His Place”? Con Nick Holmes (Paradise Lost) como invitado, esta canción está basada en una carta enviada a los padres de Arthur George Harrison, un soldado del imperio británico que murió en 1918 en el campo de batalla de Bélgica.

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Dejando ya de lado el contenido de las letras, vamos a enfocarnos en lo que es de verdad importante: la música. Como dije antes, 1914 practican un estilo en el punto medio entre el death metal, el doom y el black: voces guturales y riffs serpenteantes que de vez en cuando agarran velocidad, pero que la mayor parte del tiempo se mantienen en una marcha a medio tiempo. Cuando no incluyen samples sonoros de canciones, elementos acústicos o discursos de la época, este quinteto es pura violencia sonora: blast beats, guitarras gruesas, y una voz gutural violenta pero perfectamente inteligible. Es más, la canción “Pillars of Fire (The Battle of Messines)” tiene toda una sección dedicada a un verdadero acto de ataque auditivo, simulando el efecto de una explosión cercana.

No todas son guitarras y baterías en este álbum: tracks como “FN .380 ACP#19074” (nombrada así por el modelo de pistola usada por el estudiante serbio-bosnio Gavrilo Princip para matar al archiduque Francisco Fernando y a su esposa Sofía Chotek en Sarajevo, hecho que desató la guerra) y “Corps d’autos-canons-mitrailleuses (A.C.M)” (sobre las unidades motorizadas belgas), por poner dos ejemplos, utilizan acompañamientos orquestales que el sentimiento épica de las composiciones.

Todos los elementos utilizados a lo largo del álbum son ejecutados con mucha habilidad y muy buen gusto, algo donde ayuda un sonido claro y profesional: este es un caso donde el salto a un sello mucho más grande benefició a la obra de la banda. Esto es importante, siendo que Where Fear And Weapons Meet es un álbum largo, alcanzando los 63 minutos, y por lo tanto necesita algo más que un sonido básico para mantener la atención.

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Es difícil elegir un solo momento de este tercer disco de 1914, siendo que los tracks están íntimamente relacionados más allá de la línea conceptual. Pero si tuviera que hacerlo, tendría que elegir la canción “Green Fields of France”, que no fue hasta investigar para esta reseña que me enteré que es un cover del cantautor australiano Eric Bogle, publicada en 1976 con el nombre “No Man’s Land”

Lejos del sonido folk de Bogle, la versión de los ucranianos incorpora una introducción de gaitas, una marcha deathmetalera lenta y violenta y una lenta transición a toda una sección de pesadilla sonora, por lejos la más extrema en ese sentido de todo el álbum, con algunas influencias de experimentación industrial, cerrando con la banda tocando en medio del sonido de disparos y explosiones.

Where Fear And Weapons Meet tiene algo para todos. Incluso si el lector no es un “geek” bélico, tiene que saber que es un disco que cualquier fan de la música extrema podrá disfrutar. Atmosférico y atrapante, es un viaje casi cinematográfico a través del horror de la guerra. Esperen verlo en varias listas de lo mejor del año, porque es un álbum finamente trabajado y compuesto, y un homenaje a todos los que murieron en una de los conflictos bélicos más sanguinarios, destructivos, trágicos y absurdos de la historia.

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Carcass – Torn Arteries (2021)
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Torn Arteries
, luego de una espera relativamente larga (8 vueltas alrededor del Sol), fue el resultado final de esta búsqueda que los llevó a entregar un disco muy sólido de 49 minutos de duración, repartidos en 10 canciones, a través de Nuclear Blast Records.  Musicalmente podemos encontrar distintas fases del trío inglés, con pasajes plenos de metal extremo donde el blast beat habita y se desarrolla en una ejecución magistral por parte de Daniel Wilding.  Por otra parte, podemos encontrar elementos grooveros a un tempo más lento que se amalgaman en con la voz gutural de Jeff Walker. Por último, a nivel general del disco,  podemos escuchar muchas composiciones hardrockeras e incluso bluseras, generando arreglos e intros de un alto contenido melódico que son interrumpidas por riff violentos.

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Adentrándonos en el listado de canciones, el disco comienza con su homónimo “Torn Arteries”, una canción de buen ritmo, agresiva y clásica para los fans de huesos amarillos de la banda. Desde el minuto inicial podemos apreciar que el nivel rítmico de Dan Wilding marca el paso de las canciones, y esto será un hilo conductor en todo el álbum. Rápidamente llegamos al segundo track de esta lista, “Dance of Ixtab”, la cual fue el segundo adelanto de esta placa, el título hace referencia a la diosa maya Ixtab, la divinidad del suicidio y la horca. Musicalmente podemos destacar el riff de guitarra groovero, pero a la vez muy técnico, que sigue la misma línea de las canciones clásicas de CARCASS“Eleanor Rigor Mortis”, tiene un comienzo muy voraz con un solo de guitarra que da introducción al riff principal. En líneas generales, no es una canción de speed metal, pero tiene un marcado incremento en su velocidad en el momento de los solos de guitarra, que resalta en una ejecución impecable de Bill Steer. El título hace referencia a Eleaonor Rigby, canción de THE BEATLES, así como también un personaje del folklore inglés; solo que esta vez con una vuelta de tuerca siniestra. “Under the Scalpel Blade” es una de las canciones más famosas de este álbum,  con arreglos de tempos lentos y marcadas atmósferas densas son brevemente interrumpidos por lapsos donde el blast beat habita, nuevamente es destacable el trabajo de Bill en la construcción del solo de guitarra y posteriores arreglos, pero más relevante aún es el scream gutural por parte de Jeff Walker que amalgama esa densidad atmosférica en su voz. La canción número cinco del álbum se titula “The Devil Rides Out”, nombrada así por la película británica de horror de 1968 que lleva ese título. Según palabras de Jeff,  no está compuesta en base a la película, sino que es una crítica al satanismo: “Siempre ha habido canciones anti-religiosas, pero esta es una canción anti-satánica. El satanismo es tan jodidamente estúpido como el cristianismo o cualquier otro “ismo”, ¿sabes? Realmente me apetecía la idea de hacer una canción que los cristianos pudieran escuchar y luego corrían a la ciudad pensando que era una canción procristiana”.

Musicalmente es compleja, con muchos arreglos de cuerdas, jugando un contrapunto entre los canales (derecho/izquierdo) para conseguir esa sensación de direccionamiento. Otro detalle compositivo es que la canción tiene un pequeño encore en sí misma para un cierre muy poderoso. A esta altura del recorrido, nos encontramos a la mitad de la entrega discográfica. Esta segunda mitad abre con la canción más compleja en todos los sentidos. “Flesh Ripping Sonic Torment Limited” tiene una duración de 9:42 minutos, donde a modo de intro aparece un arreglo en guitarra clásica (criolla) que concluye en un riff pesado entre lo técnico y lo groovero. Una canción llena de detalles y arreglos, dentro de los que podemos mencionar: distintas capas de voz, arreglos de platillos y cambios de tiempos. Realmente es una canción para hacer un análisis propio para poder disfrutarla en su totalidad.

Es aquí donde nos encontramos con el primer corte adelanto que CARCASS lanzó en la espera de su séptimo álbum, coincidencia o no, “Kelly’s Meat Emporium” es el track número siete de esta lista , la cual empieza con una intro de batería que roza con lo jazzero, la cual tras un par de fills, da el ataque necesario para esta canción rápida y violenta. Con el video de esta canción, CARCASS nos presentó el arte de tapa y el concepto tras él. Este corazón hecho de verduras y vegetales que se descompone dio mucho que hablar, y en breve retomaremos este tema para finalizar este análisis.  En definitiva, es una canción muy efectiva que cumple en varios niveles. El octavo track es “In God we Trust”, que, si bien podría ser una de las menos llamativas dada a su intro suave, sabe remontar para el estribillo principal, y al ser una canción relativamente corta, hace que su escucha sea amena y no provoque esa fatiga característica que suele darse para el final de los discos de música extrema. Nuevamente un solo de guitarra le da el cierre de genialidad a la composición y un detalle para los más atentos es que se pueden apreciar pequeñas palmadas (aplausos) para el final del sol.

El anteúltimo tema es “Wake up And Smell the Carcass”, sin dudas es la canción más groovera de la placa, en el marco de una canción de CARCASS obviamente; es efectiva y deja el camino bien sembrado para el cierre del disco. Torn Arteries tiene un cierre que a mi criterio es muy acertado, y para el cual emplearon la canción que fue el último corte de difusión de la placa “The Scythe ‘s Remorseless Swing”.  Es un track que tiene un comienzo muy blusero, que crea un blend entre blues, hard rock y estrofas death metaleras. Una canción movida, con grandes arreglos que te deja deseando más.
Sin dudas, este disco fue un gran viaje por parte de una de las bandas pioneras del death metal melódico, y que la espera de ocho años tuvo su excelente resultado. Esperemos poder tener la posibilidad de ver a CARCASS en vivo nuevamente presentando este gran disco.

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Terdor – De Goddeloze Tolgaarder (2021)
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Terdor es un dúo neerlandes que viene dando catedra musical desde 2005, con varios discos en su haber desde LP, EP, y splits entre otros tenemos material suficiente para saber que esta banda sabe muy bien lo que hace y que no se quedaron estancados ni en tiempo ni en sonido ya que supieron evolucionar desde su primer trabajo hasta hoy que nos encontramos con su trabajo mas reciente “De Goddeloze Tolgaarder” en cual consta de 2 canciones solamente pero que nos lleva por un viaje de climas, sonidos y ambientes varios haciendo que el tiempo que duran las canciones no sea para nada pesado y totalmente llevadero.

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Simplemente nombradas como Lado A y Lado B estas dos canciones nos hacen entrar de lleno en el sonido podrido y oscuro de la banda pasando por muchas variantes dentro del black metal. Desde el comienzo en Lado A pasamos por un clima lento que rápidamente se vuelve violento y sin vueltas pasando por varios cortes y vueltas pesadas la canción no para en ningún momento, si bien la canción dura 14 minutos los climas que nos trae durante su desarrollo nos atrapa en todo momento sin hacer que se pierda el hilo conductor del tema en ningún punto.

En Lado B  nos encontramos con una escena mas progresiva con algunos arreglos mas complejos no tan simples como en el black mas convencional  con cortes mas marcados, partes recitadas y otros detalles mas interesantes nos encontramos con un tema completamente diferente al del comienzo demostrando que esta banda puede pasar por el black mas avant-garde para luego irse al black mas roquero e incluso a un black mucho mas cerca del doom haciendo que todos los estilos se conecten igual de bien siempre.

En cuanto a la masterización de la placa nos encontramos con un muy buen trabajo ya que si bien se trata de un disco de black metal cada uno de los instrumentos se logra diferenciar muy bien en cada momento que se necesita escucharlo.

Así paso el nuevo trabajo de estudio de la gente de Terdor dejando claro que esta banda tiene mucho mas para dar en cada nueva entrega y mostrando además que el tiempo es efímero para ellos porque tengamos en cuenta que este disco se empezó a gestar entre 2013 y 2020 por lo que vemos que la espera valió completamente la pena con algo diferente a lo que estamos acostumbrados pero que funciona muy bien solo nos queda esperar que nueva magia nos traerá este dúo poderoso pero mientras tanto tenemos toda su basta discografia para deleitarnos.

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Mastiff – Leave Me the Ashes of the Earth (2021)
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Segundo disco de Mastiff, banda británica de Sludge Metal, tras su excelente debut con “Plague” en 2019. El grupo está conformado por Jim Hodge (voz), James A. Lee (guitarra), Phil Johnson (guitarra), Daniel Dolby (bajo) y Michael Sheperd (batería).  

El álbum fue grabado en No Studio con el productor Joy Clayton, que también trabajó en proyectos tales como Wren y Leeched, y fue editado por el sello Entertainment One (eOne) en todos los formatos físicos, además de los digitales que ya son costumbre.  

“The Hiss” funciona como una sofocante introducción en la negra espesura sonora que contiene la totalidad del disco. Luego “Fail” y “Repulse” ya empiezan a golpear desde el inicio, y nos encontramos nuevamente con los rasgos que ya conocíamos quienes escuchamos el álbum anterior: voces furiosas, riffs de guitarra agresivos, un bajo de gran impacto y una batería intensa y precisa. Los machaques son centrales en la toda propuesta musical.

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“Midnight Creeper” hace que todo se vuelva más vertiginoso, sin dar respiro en cuanto a la densidad que envuelve al oyente y “Beige Sabbath” –guiño en el título- hace dos cosas interesantes en simultáneo: expone un costado sarcástico (bien propio de otras bandas como Eyehategod, por ejemplo) y sigue consolidando una idea que resulta clara: la de ejecutar un estilo bien delimitado que es el Sludge Metal: esa combinación de Doom y Hardcore que vienen cultivando hace tiempo grupos como Crowbar o Superjoint Ritual, y más recientemente Primitive Man, aunque también hay ecos del Hardcore Metálico de Nails, algo que Mastiff reconoce explícitamente, tanto como la resonancia de Brutal Truth y Napalm Death. Vienen a la mente también los ya separados haarp o incluso Integrity.  

“Futile” es una canción en la que aparecen cualidades tímbricas que, como en el primer track del disco, sobresalen entre el resto y marcan vetas que sería muy interesante que continuaran en el futuro, lo mismo que la que se vislumbra en el riff que abre “Endless”, el primer corte de difusión con el videoclip más logrado en cuanto a representar la esencia cruda y sombría de la banda.  

En “Scalped and Salted” y “Lung Rust”  también asoman otros particulares sonidos de guitarra en medio de la brutalidad generalizada, aunque el último expone, al mismo tiempo, algunas reminiscencias clásicas, en términos de las influencias que pueden rastrearse, y con lentitud, todo va desintegrándose caóticamente.  

Obra de escucha recomendada para el público amante de todas las referencias mencionadas, que transmite sentimientos acordes a los oscuros tiempos que estamos viviendo, donde cada nueva catástrofe vuelve a mostrar que, en el fondo, siempre la peor tragedia es la desgracia que puede encarnar el propio ser humano.

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Yes – The Quest (2021)
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Es indudable que Yes son uno de los pilares más importantes en lo que se refiere al rock progresivo de los setentas, tanto que señalarlo bien puede constituir una redundancia. Ni siquiera hace falta listar la enorme cantidad de álbumes clásicos en su haber, con trabajos como Fragile (1971) y Close To The Edge (1972) sirviendo como las muestras más obvias de un grupo que se cuenta entre las leyendas del estilo.

Yendo de la mano con su estatus legendario también está una historia complicada y problemática: separaciones, álbumes controversiales y cambios de estilo y formación no faltan a lo largo de sus cinco décadas de historia. Y la última década de Yes se ha visto marcada por estos últimos ítems: la edición de Fly From Here en 2011 cortó una racha de diez años sin nuevos álbumes y el debut detrás del micrófono del cantante canadiende Benoît David, reemplazante del histórico Jon Anderson.

El trabajo tuvo críticas mayormente positivas aunque algo tibias, pero el despido de David en 2013 y la regrabación del álbum con el productor Trevor Horn en 2018, retitulada Fly From Here — Return Trip, demostró que las cosas en el seno de la banda no estaban del todo bien. 

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En el medio de estos dos álbumes se dio la llegada del cantante estadounidense Jon Davison, cuyo parecido con Anderson iba más allá de tener el mismo primer nombre y apellidos casi iguales, teniendo una voz de características muy similares. Sin embargo, su debut Heaven & Earth (2014) estuvo lejos de tener el mejor recibimiento: “soso”, “excesivamente suave”, “falto de energía”, las reseñas parecían buscar cualquier manera para no decir que era simplemente “aburrido”. Ese trabajo también sería el último junto a su bajista Chris Squire, quien moriría en 2015 víctima de una eritroleucemia, por lo que de ahora en más Yes se manejarían no sólo sin el último de sus miembros originales, sino también sin su líder histórico. 

Con todo esto, es entendible que The Quest tuviera una enorme expectativa detrás. Ahora con el estadounidense Billy Sherwood, quien fuera guitarrista de Yes entre 1997 y 2000, ocupando el puesto detrás de las cuatro cuerdas dejado por Squire, este vigésimo segundo trabajo de los británicos tendría que probar que el quinteto no estaba equivocado al decidir continuar sin su mente maestra, más allá de invitar a un debate filosófico acerca de si un conjunto sigue “siendo” luego de reemplazar a todos sus componentes.

El anuncio de que sería un álbum doble, el primero desde Tales From Topographic Oceans, trajo bastante interés, aunque este fuera más un tecnicismo: las once canciones del álbum acumulan 62 minutos, por lo que podría haber entrado en un único CD. De cualquier forma, el disco sería editado el 1ro de octubre a través de InsideOut, una de las casas del rock progresivo actual.

No puedo decir que haya tenido las mejores impresiones cuando escuché “The Ice Bridge” por primera vez, siendo no sólo el primer adelanto del álbum sino también una canción que despertó una controversia de plagio con el compositor inglés Francis Monkman (Curved Air). Eso se resolvió cuando se determinó que había sido por la inclusión equivocada de un demo de Monkman en una grabación que el tecladista Geoffrey Downes asumió que era suya, así que eso parece arreglado. 

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Centrándonos en la canción, esos teclados ochentosos de regusto AOR al inicio, como algo sacado de un tema de Asia, me dieron algo de miedo, como si la banda fuera a repetir los errores de Heaven & Earth. Pero, por suerte, las cosas fueron por un mejor camino que el que esperaba: el bajo de Sherwood se complementa bien con la batería de White, y Howe dibuja melodías con su guitarra con su sello característico, con teclados mucho menos empalagosos acompañando todo.

Sobre esto, Davison hace lo suyo con su imitación de Anderson, con su voz suave y angelical, aunque por momentos excesivamente retocada. No es una canción que vaya volarle la cabeza a uno, pero es una implementación mucho mejor de la “suavidad” que la banda buscó en su anterior álbum.

“Dare To Know” fue el segundo adelanto de The Quest y también la segunda canción del álbum. Arañando los seis minutos, en esta canción Yes hace más énfasis en la parte sinfónica de su sonido, con colchones de teclados de todo tipo acompañando las sutiles guitarras acústicas de Howe, con un par de secciones de compases irregulares. Los momentos de teclados cinematográficos, incluso si por momentos se ponen un tanto “banda sonora de película de Disney”, son un toque interesante, y en su conjunto este segundo track se siente mejor trabajo y de mejor realización que su antecesor.

Sin embargo, arrancar este trabajo con los dos adelantos, en mi opinión, no fue la mejor estrategia, pero a partir de este momento vamos a poder ver lo que la banda británica le tenía guardado a su público.

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“Minus The Man” es la primera canción “nueva” del álbum, aunque continúa la onda relajada de las dos primeras. Teclados y punteos suaves, Jon Davison hace lo suyo sin salirse su zona de confort pero tampoco estorbando, y poco más habría para hablar de manera específica: no la llamaría necesariamente “aburrida”, pero sí creo que la apreciación del oyente se verá afectada por cuánto le hayan gustado “The Ice Bridge” y “Dare To Know”, por lo que en este punto se podría acusar al álbum de variar poco los ritmos. 

Hay algo para destacar en esta canción en la letra: Yes no es una banda muy lírica, no necesariamente porque las suyas sonaran mal sino porque, al menos junto a Jon Anderson, parecían construir las letras más con el sonido que con el significado en mente, pero en esta canción es interesante que decidan meterse en la discusión de la influencia de la tecnología de manera muy clara. “Tecnología post-humana”, “la clave de nuestra supervivencia”, el hablar de cómo todo esto es un arma de doble filo y demás, es interesante incluso si Yes no ahondan de manera super profunda en ninguno de estos puntos, pero no causa la vergüenza ajena que otras bandas igual de veteranas hablando sobre la tecnología moderna.

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La introducción de “Leave Well Alone” parecía preparar al oyente para otra ronda de rock sinfónico suave, pero apenas pasan unos segundos hasta que la cosa se pone más movida. No digo que se vuelva un himno de discoteca, pero no viene mal para variar un poco las cosas, sobre todo con un bajo prominente. E incluso cuando la canción vuelve a incluir las secciones de teclados y guitarras acústicas, hay más variedad de ritmos que en tracks anteriores. Sin embargo, ya para esta altura es bastante difícil no tachar a Davison como el punto más flojo de The Quest: hablando de manera completamente sincera el estadounidense no me parece un mal cantante, pero pocas veces logra hacer algo más que una versión más “light” de su casi tocayo, nunca deslumbrando y manteniéndose en una parte muy acotada de su rango vocal.

Como nota aparte, la versión oficial que me llegó de esta canción parece tener un error en el minuto 7:19, donde aparece un ruido que no parece venir de ningún instrumento. Espero que eso se arregle para el lanzamiento final.

“The Western Edge” agarra velocidad y aumenta la intensidad con algunos fills de batería y teclados setentosos. Las voces a lo Peter Gabriel, cortesía de Billy Sherwood, ayudan a balancear la suavidad del estilo de Davison, y los arreglos de guitarra acústica le dan cierta atmósfera de ensueño por momentos. Al igual que las canciones anteriores, no le vendría mal algo más de pompa y energía, pero lo que intenta hacer lo hace bastante bien.

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“Future Memories” es el momento acústico de The Quest, e inaugura la segunda mitad del disco tanto en el tracklist como en el estilo: esta sexta canción es la única completamente acústica, pero a partir de este momento sus sucesoras se basan mucho en las guitarras acústicas. De estas, “Future Memories” es la mejor, gracias a su ambiente pastoral y sus agradables melodías vocales que contrastan con la atmósfera de rock suave de los setentas de los siguientes tracks. En mi opinión, acá funciona mucho mejor porque Yes se comprometen a este formato acústico, en vez de quedar en un punto medio incómodo entre la pomposidad progresiva y la intimidad de la guitarra criolla.

“Music To My Ears” es un track de rock suave que es, por lejos, el momento más aburrido de The Quest. No es que me oponga a este formato musical simplemente por la parte “suave”, porque puedo escuchar a America o Paul Williams sin problemas, pero esta séptima canción no tiene nada como para captar la atención: las melodías no son lo suficientemente pegadizas como para atrapar, no es melosa como para ser un gusto culpable, e incluso el breakdown progresivo de la segunda mitad se siente poco inspirado y falto de energía. A la producción le falta fuerza, y la frase “it’s music to my ears” se repite tanto que parece perder todo significado en cierto punto.

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Cerrando el primer disco, “A Living Island” es una balada lenta, acompañada por teclados y guitarra acústica, donde Yes parecen querer mandar un mensaje de apoyo a todo el mundo. Y puede que me esté volviendo viejo o que el último año y medio me haya afectado en exceso, pero no pude evitar que la canción me robara una sonrisa: es un mensaje meloso pero sincero, y que se eleva junto a las melodías vocales, percusión y un buen solo de guitarra. A diferencia del anterior, este track se compromete a su idea sin que le avergüence.

Ya arrancando con el trío que ocupa el segundo CD, “Sister Sleeping Soul” es otro track de atmósfera pastoral, que se ve acompañada por los precisos punteos de guitarra y un lindo solo de teclado. Con la falta de variantes en este disco no hay mucho más para decir sin repetir sobre esta canción, pero al menos acá las melodías son lo suficientemente fuertes como para justificar la composición.

“Mystery Tour” es un homenaje a los Beatles, no sólo en el título sino también en la letra, que referencia una montaña de canciones de los cuatro de Liverpool y un teclado con regusto a “Strawberry Fields Forever”. Es un experimento interesante y puede dar lugar a un juego de adivinar todas las canciones referenciadas, pero no creo que necesitara su propio espacio en el álbum. ¿Podría funcionar mejor como un track oculto? No sé, pero sí sé que las intenciones fueron mejores que la ejecución.

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Cerrando el álbum, Jon Davison le acerca el micrófono a Steve Howe para compartir voces en “Damaged World”. Al momento de escribir una reseña, siempre me planteo ser completamente sincero, más allá de mi fanatismo o no por la banda en cuestión, y es por eso que tengo que decir que no me gusta para nada la manera de cantar de Howe: será un mago de la guitarra, pero su voz es muy débil y no tiene química con Davison, que incluso utilizando apenas una fracción de su potencial lo termina arrollando en poder y claridad. Aunque tenga una idea de riff de guitarra decente y un solo de teclado agradable, no hay mucho más que pueda contrarrestar esa falla en las voces, cerrando The Quest con el peor track del disco.

The Quest es un álbum con muchas fallas, como seguramente habrán deducido por la forma en la que describí cada canción: producido por el mismo Steve Howe, estoy seguro que un productor externo hubiera metido mano y dirigido mejor qué material incluir y cuál dejar en el estudio. “Damaged World” y “Music To My Ears”, ambas composiciones acreditadas en solitario a Howe, hubieran quedado afuera y también alguna de las múltiples baladas lentas, como para que no se sienta tan repetitivo.

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Sin embargo, este vigésimo segundo lanzamiento de estudio de los londinenses tiene sus aciertos, hasta diría que con más peso que el de sus fallos: la producción es clara y elegante (más allá de ese error que mencioné antes), la orquesta tiene apariciones correctas, y a pesar de que me quejé de la falta de variantes en la manera de cantar de Davison, no hay ninguna canción que empeore con su presencia, aunque tampoco eleve alguna.

Es un álbum que es estrictamente para fanáticos de Yes, y sólo aquellos que puedan soportar la atmósfera ultra relajada y suave en la que la banda parece haber tanto énfasis en sus últimos trabajos. 

Para los que temían un segundo Heaven & Earth, hay que decirles que es bastante mejor que aquel pifie… aunque tampoco esperen algo completamente diferente. Esta formación actual de Yes carece de ambición, pero después de cinco décadas de carrera y con sus músicos clave acercándose a la edad de retiro, no hay que sorprenderse por eso: es el viejo “no tener que probarle nada a nadie”. Es un disco que pasa sin pena ni gloria, que busca aprobar con un “6” y que suena más como una excusa para realizar una nueva gira y mantener la máquina rodando con el fuego mínimo, con lo justo y necesario.

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Tremonti – Marching In Time (2021)
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Si yo hubiera sido un crítico de rock en el año 2004, estoy seguro de que no le hubiera tenido muchas esperanzas a un álbum de Mark Tremonti.  Está claro que vender 50 millones de discos con una banda no es poca cosa y que es algo que poquísimos músicos logran, pero que esa banda fuera Creed bien podría sentirse como un deseo otorgado por una pata de mono. 

Luego de la separación del cuarteto estadounidense en 2004 Tremonti formó un nuevo proyecto junto al resto de los instrumentistas de la banda, sumando ahora al cantante Myles Kennedy. Cualquiera hubiera apostado a que todo lo que estos músicos hicieran de ahora en más estaría marcado por el estigma de haber sido parte de una de las bandas más criticadas y menos respetadas del rock pesado de cambio de siglo. Sin embargo, Alter Bridge terminó yendo en contra de los prejuicios y, aunque no estén ni de cerca de tener el éxito comercial de Creed, por primera vez se ganaron el favor de una gran parte de los críticos. Tan es así que hay cierto sector de la crítica dispuesto a reevaluar de manera más positiva la carrera de Creed, cosa que me parece ir un poquito lejos con el “poptimismo”, incluso si me puedo contar entre los adherentes de este último movimiento. Como prueba de esto, en 2009 Creed se reunió para editar su cuarto álbum Full Circle, disco que demostró lo mal que le hace a estos músicos (o a cualquier otro, a juzgar por el fiasco de Art of Anarchy) estar a menos de 500 metros del cantante Scott Stapp. Y poco después de la segunda separación de Creed, Tremonti comenzaría una carrera solista paralela a Alter Bridge, bautizada sólo con su apellido.

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Marching In Time, editado el 24 de septiembre a través de Napalm Records, es el quinto álbum solista de Tremonti. Mientras que el anterior A Dying Machine, de 2018, había sido un trabajo conceptual que había estado acompañado por un libro, este nuevo trabajo trata cada canción de manera individual, aunque no por eso pierde fuerza.

Aunque es fácil desconfiar de un disco solista cuando el músico en cuestión todavía forma parte de su banda madre, por la cantidad de veces que alguno de los dos lados termina con material descartado del otro, la frontera entre Tremonti y Alter Bridge es bastante clara, siendo que el primero es un proyecto mucho más pesado. Esto queda claro con el inicio de “A World Away”, donde un riff a lo Meshuggah da paso a una sección bien thrashera, acompañada de un doble bombo asesino, para luego desembocar en unos versos rockeros. Esta mezcla de elementos extremadamente pesados con otros mucho más rockeros es una de las características principales de la obra de Tremonti.

“Now and Forever” es una canción más melódica, con algunos elementos orientales en sus líneas vocales. La faceta pesada de la banda sigue estando presente a pesar de todo, no sólo gracias a la enorme tarea del segundo guitarrista Eric Friedman (que también se encargó de los teclados y la orquestación) y de la base rítmica, compuesta por el baterista Ryan Bennett y el bajista Tannet Keegan, sino también al gran trabajo de producción, que logra que las canciones suenen fuertes, pero todavía accesibles.

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Las canciones se apoyan en su mayoría en esos riffs bien pesados: “Under The Sun”, “Thrown Further” e “In One Piece” continúan con esa mezcla de elementos melódicos y pesados, con la voz suave pero rockera de Tremonti combinada con esos riffs distorsionados. Pero hay algunas que se salen de la norma al incluir elementos más acústicos, como “Bleak” o “The Last One of Us”, que ayudan a romper con cierta monotonía de estilo que se puede sentir en Marching In Time. En ningún momento el disco se vuelve aburrido, aclaro, pero que dure casi una hora puede llegar a ser demasiado para un oyente con menos paciencia.

La mejor canción del álbum viene al final, con el tema título: “Marching In Time” es una composición de más de siete minutos, que funciona como un cúmulo de todo lo hecho a lo largo del disco. Los riffs rockeros, las guitarras acústicas, algunos elementos electrónicos y sinfónicos y un solo conmovedor, es una gran manera de cerrar todo. Podría decirse que es una canción de tendencias progresivas, y es un experimento muy interesante que no me quejaría de ver más a futuro en otros trabajos del guitarrista. 

Marching In Time no plantea grandes cambios en la fórmula de Tremonti, pero es un disco extremadamente sólido: los riffs son muy trabajados y las composiciones están llenas de detalles en la instrumentación, combinado con estructuras accesibles y cancioneras. Como dije antes, puede llegar a ponerse un poquito largo, pero la manera en la que recompensa al oyente al final lo vale. Recomendado para aquellos que busquen buenas propuestas rockeras modernas.

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Aborted – ManiaCult (2021)
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Aborted ha creado la banda sonora perfecta para esta secta enferma, que exige sacrificios humanos para convocar a los demonios lovecraftianos. El sonido siniestro gruñe acertadamente es el mismo tipo de autoridad que Aborted ha tenido sobre las masas del death metal durante los 26 años desde que el vocalista Sven de Caluwé formó la banda en Bélgica. Como el único miembro original, ha dirigido a la banda como un director demente: cada músico que filtra entre las filas un zarcillo lo agita como un bastón.

En el undécimo álbum ManiaCult, dividieron la diferencia entre el fragmento exagerado de TerrorVision y la atmósfera oscura y goteante lograda en la continuación de La Grand Mascarade. Ese EP fue el primero como la formación actual de cuatro piezas, completada por el baterista Ken Bedene, el guitarrista Ian Jekelis y el bajista Stefano Franceschini. Los miembros de Aborted son cambiaformas, que evolucionan de un deathgrind ardiente a un estilo más groovier antes de establecerse en un enfoque técnico sobre el death metal.

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“Hay un gran aumento en la dinámica a lo largo de las canciones”, explica Caluwé. “Aumentamos el aspecto y la atmósfera ‘oscuros’ de la música sin sacrificar ninguno de los extremos. Tiene nuestras canciones más rápidas hasta la fecha, pero al mismo tiempo queríamos asegurarnos de no perder ningún ritmo o pegajosidad”.

ManiaCult es insidioso. Los gusanos de las orejas se asoman a través de la oscuridad, el arrastramiento se hace más fácil en pistas ennegrecidas como “Impetus Odi” y “Portal To Vacuity”. En los ataques de Aborted más estándar como la canción principal, “I Prediletti – The Folly of the Gods” o “Grotesque”, esquivan la sutileza y empujan a los gusanos a través de las grietas de tu cráneo ahora aporreado. Eso es aún más sucio en este último, debido a su posición como una de sus canciones de caca de marca, con “A Vulgar Quagmire” convirtiéndolo en dos pistas sobre el número dos para compensar la falta de, ejem, gas de TerrorVision.

La diversa gama de sonidos es exactamente lo que ha permitido a Aborted trascender subgéneros, influyendo en bandas de death metal brutales, primitivas y en ninguna de las dos, así como en el grindcore e incluso en el deathcore. Este amplio alcance se resume en “Dementophobia”, el riffing clásico de melodeath que recuerda a los grandes del siempre creciente grind y gore Carcass.

Hablando de sangre, la banda tiene una visión de ángulo más amplia líricamente esta vez, en lugar de hundir sus dedos en heridas sangrientas. Eso no quiere decir que la muerte no esté sobre la mesa (sacrificios humanos, ¿recuerdas?), Pero se trata más de los horribles actos cometidos por ManiaCult que de la ejecución. También existe otra posibilidad: que todo esté sucediendo en la cabeza del líder Wayland Thurston. Más profundo que la historia, el álbum aborda la enfermedad mental y sus consecuencias, pero también sirve como una declaración sobre cómo las masas son controladas por la iglesia y el estado.

Es algo sorprendentemente embriagador para una banda más conocida por tocar los suyos junto a los antes mencionados Carcass, Cannibal Corpse, The Black Dahlia Murder, Suffocation, Decapitated, Despised Icon, Ingested, Sepultura, Kreator y más. Su próxima gira “Hell Over Europe 4” los encontrará apoyados por The Acacia Strain, Benighted, Hideous Divinity (la otra banda de Franceschini) y Fleddy Melculy.

Aborted son conocidos por tener el apoyo de grandes figuras s no solo en el escenario sino también en el estudio. Las apariciones pasadas de invitados han venido a cuidar de algunos de sus compañeros de gira mencionados anteriormente, así como de miembros de Cattle Decapitation, Revocation, Misery Index, Rotten Sound, Septicflesh, Origin, Wormed, Cytotoxin.

A este álbum, se les une una casta de personajes igualmente prominente pero a veces sorprendente. “Me gusta mucho tener amigos y ex compañeros de gira en nuestras canciones”, exclama Caluwé. “No solo es más divertido compartir la emoción de crear algo brutal con los compañeros, sino que más voces ayudan a agregar dinámica. A medida que avanzaba nuestra carrera, nos hemos centrado más en el crecimiento “. De su sonido, es decir, no de las siniestras serpientes que se deslizan de la espalda de Thurston. Sin embargo, probablemente deberían centrarse más en eso pronto, antes de que traigan el fin del mundo.

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