


Bajo el firmamento eléctrico de una Barcelona que todavía respira rebeldía, la noche del 9 de mayo de 2026 quedó suspendida en el aire como una descarga emocional imposible de domesticar. Hay un hilo invisible que une las cálidas madrugadas de primavera con el sudor condensado en el techo de la Sala Razzmatazz; un hilo tejido con casetes gastados, mp3 ripeados y carreteras infinitas hacia el siglo pasado. Un hilo que nace exactamente en el instante en que descubres a Barricada y entiendes que aquello no era solo música, sino una forma de mirar el mundo. Una escuela de pensamiento crítico, de dignidad obrera y de resistencia emocional. Ese hilo lleva el nombre de El Drogas.
La gira de El Drogas en este 2026 se ha convertido en la continuación natural del fenómeno que supuso el 40.º aniversario de Barricada. Enrique Villarreal continúa dejándose la piel sobre los escenarios con una honestidad casi salvaje, sosteniendo vivo un repertorio que ya forma parte del ADN sentimental del rock estatal. A su lado permanece Txus Maraví, guitarrista y auténtico arquitecto del sonido actual de la banda; Eugenio Aristu, “Flako”, al bajo y coros, aportando esa contundencia áspera y precisa que sostiene cada canción; y Nahia Ojeta a la batería, convertida en un motor implacable capaz de empujar el directo hacia adelante sin conceder un solo segundo de tregua.
La introducción grabada que sonó por los altavoces antes de que la banda apareciera en escena fue una melodía circense de tono oscuro y descompasado, inquietante y decadente, como la banda sonora de un carnaval derrumbándose lentamente. Las luces permanecían apagadas mientras aquella música enfermiza envolvía la sala en una tensión eléctrica cada vez más palpable. Entonces irrumpió “Sean Bienvenidos”. Tras un telón negro, iluminado únicamente por un foco cenital que proyectaba su silueta sobre la tela, Txus Maraví comenzó a desgranar un solo de guitarra cargado de dramatismo y tensión. Apenas unos segundos después, el telón cayó de golpe y reveló a la banda al completo, con El Drogas sentado sobre la tarima de la batería antes de abalanzarse hacia la primera fila como quien regresa exactamente al lugar al que pertenece, desatando desde el primer instante la explosión definitiva en la Sala Razzmatazz.
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El asalto continuó con “Problemas”, convertida desde el primer acorde en una declaración de principios. Le siguió “Animal caliente”, incendiando definitivamente una Razzmatazz ya entregada al exceso, al sudor y a la celebración colectiva. “Tentando a la suerte” transformó el azar en un pulso constante entre destino y supervivencia, mientras “Esperando en un billar” devolvía el sabor áspero de las madrugadas interminables, de los bares de barrio y de aquella generación que aprendió a resistir entre humo, asfalto y desencanto.
Entonces llegó “Esta es una noche de Rock & Roll”, y la sala entera terminó de explotar. No fue solo una canción: fue un ritual generacional, un grito de guerra compartido por cientos de gargantas que parecían expulsar décadas enteras de frustración acumulada. Durante unos minutos desaparecieron el cansancio, el tiempo y las heridas cotidianas. Solo existía el ruido, el sudor y la sensación de pertenecer a algo verdadero.
La intensidad continuó creciendo con “Fue 24 D… ¿y qué?”, desafiante y callejera, antes de desembocar en la violencia festiva de “Empujo pa’kí”, donde el pogo dejó de ser un simple movimiento físico para convertirse en una ceremonia tribal de empujones fraternales, abrazos y liberación colectiva. “Todos mirando” convirtió a Razzmatazz en un gigantesco espejo emocional donde cada asistente parecía reconocerse en el rostro ajeno, compartiendo la misma rabia, el mismo desencanto y la misma necesidad urgente de libertad.
Con “Víctima”, la banda golpeó directamente en el nervio de la memoria colectiva, áspera y descarnada, antes de que “Frío” congelara el corazón de la sala con una belleza devastadora. El homenaje a Alarma!!! volvió a sentirse como una herida abierta que nunca termina de cerrarse: una canción capaz de erizar la piel y humedecer los ojos incluso después de tantos años. “Todo lo enamora” aportó un instante de melancolía luminosa antes de que “La hora del carnaval” derribara definitivamente todas las máscaras. Bajo las luces rojizas de la sala, el bajo hipnótico de Flako parecía marcar el ritmo de una ciudad entera latiendo bajo tierra. “Barrio conflictivo” devolvió la fotografía exacta de la periferia obrera, de las calles donde nacieron tantas historias de supervivencia y dignidad, mientras “Campo amargo” levantó el polvo seco de la tierra y la memoria de quienes siempre vivieron al margen de cualquier privilegio.
Con “Okupación”, la banda terminó de conquistar emocionalmente la sala. Fue mucho más que una canción: una declaración de resistencia colectiva envuelta en guitarras afiladas y coros coreados con rabia y orgullo. Después llegó “Azulejo frío”, melancólica y urbana, dibujando sobre las paredes de Razzmatazz el mapa emocional de todas nuestras derrotas compartidas y de esas pequeñas esperanzas tercas que se niegan a desaparecer.
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El bis fue directamente un terremoto sentimental. “Oveja negra” reivindicó el derecho a la disidencia frente al rebaño con una fuerza que sigue resultando necesaria décadas después. Pero el verdadero estallido llegó con “No hay tregua”, convertida ya en un himno inmortal contra la resignación. Toda la sala rugía cada verso como si le fuera la vida en ello, confirmando que las canciones de Barricada no pertenecen al pasado: siguen latiendo en el presente con una vigencia brutal.
El cierre con “En blanco y negro” alcanzó el nivel de comunión absoluta. Los vasos volaron sobre nuestras cabezas como pequeñas explosiones de cristal mientras la distorsión y el júbilo se mezclaban en una última sacudida colectiva. Durante unos minutos, la revuelta social volvió a sentirse como la única forma posible de felicidad verdadera.
La salida hacia la calle Almogàvers fue lenta, casi silenciosa. Barcelona seguía ahí fuera, intacta y cruel como siempre, pero algo había cambiado dentro de todos los que abandonábamos la sala. Nos llevábamos encima el eco de un concierto convertido en exorcismo colectivo, en reconciliación emocional con los noventa y en una declaración de guerra definitiva contra la apatía. Porque después de más de dos horas de puro nervio y corazón, quedó claro que Barricada nunca fue solamente una banda. Fue —y sigue siendo— una hermandad construida a golpe de calle, cicatrices y canciones que todavía pertenecen a todos. Y mientras Enrique Villarreal continúe empuñando su guitarra y su cachava sobre un escenario, la memoria de Barricada jamás será un museo: seguirá siendo un incendio vivo capaz de calentarnos el alma en las noches más oscuras de este siglo XXI.



Bajo el firmamento eléctrico de una Barcelona que todavía respira rebeldía, la noche del 9 de mayo de 2026 quedó suspendida en el aire como una descarga emocional imposible de domesticar. Hay un hilo invisible que une las cálidas madrugadas de primavera con el sudor condensado en el techo de la Sala Razzmatazz; un hilo tejido con casetes gastados, mp3 ripeados y carreteras infinitas hacia el siglo pasado. Un hilo que nace exactamente en el instante en que descubres a Barricada y entiendes que aquello no era solo música, sino una forma de mirar el mundo. Una escuela de pensamiento crítico, de dignidad obrera y de resistencia emocional. Ese hilo lleva el nombre de El Drogas.
La gira de El Drogas en este 2026 se ha convertido en la continuación natural del fenómeno que supuso el 40.º aniversario de Barricada. Enrique Villarreal continúa dejándose la piel sobre los escenarios con una honestidad casi salvaje, sosteniendo vivo un repertorio que ya forma parte del ADN sentimental del rock estatal. A su lado permanece Txus Maraví, guitarrista y auténtico arquitecto del sonido actual de la banda; Eugenio Aristu, “Flako”, al bajo y coros, aportando esa contundencia áspera y precisa que sostiene cada canción; y Nahia Ojeta a la batería, convertida en un motor implacable capaz de empujar el directo hacia adelante sin conceder un solo segundo de tregua.
La introducción grabada que sonó por los altavoces antes de que la banda apareciera en escena fue una melodía circense de tono oscuro y descompasado, inquietante y decadente, como la banda sonora de un carnaval derrumbándose lentamente. Las luces permanecían apagadas mientras aquella música enfermiza envolvía la sala en una tensión eléctrica cada vez más palpable. Entonces irrumpió “Sean Bienvenidos”. Tras un telón negro, iluminado únicamente por un foco cenital que proyectaba su silueta sobre la tela, Txus Maraví comenzó a desgranar un solo de guitarra cargado de dramatismo y tensión. Apenas unos segundos después, el telón cayó de golpe y reveló a la banda al completo, con El Drogas sentado sobre la tarima de la batería antes de abalanzarse hacia la primera fila como quien regresa exactamente al lugar al que pertenece, desatando desde el primer instante la explosión definitiva en la Sala Razzmatazz.
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Entonces llegó “Esta es una noche de Rock & Roll”, y la sala entera terminó de explotar. No fue solo una canción: fue un ritual generacional, un grito de guerra compartido por cientos de gargantas que parecían expulsar décadas enteras de frustración acumulada. Durante unos minutos desaparecieron el cansancio, el tiempo y las heridas cotidianas. Solo existía el ruido, el sudor y la sensación de pertenecer a algo verdadero.
La intensidad continuó creciendo con “Fue 24 D… ¿y qué?”, desafiante y callejera, antes de desembocar en la violencia festiva de “Empujo pa’kí”, donde el pogo dejó de ser un simple movimiento físico para convertirse en una ceremonia tribal de empujones fraternales, abrazos y liberación colectiva. “Todos mirando” convirtió a Razzmatazz en un gigantesco espejo emocional donde cada asistente parecía reconocerse en el rostro ajeno, compartiendo la misma rabia, el mismo desencanto y la misma necesidad urgente de libertad.
Con “Víctima”, la banda golpeó directamente en el nervio de la memoria colectiva, áspera y descarnada, antes de que “Frío” congelara el corazón de la sala con una belleza devastadora. El homenaje a Alarma!!! volvió a sentirse como una herida abierta que nunca termina de cerrarse: una canción capaz de erizar la piel y humedecer los ojos incluso después de tantos años. “Todo lo enamora” aportó un instante de melancolía luminosa antes de que “La hora del carnaval” derribara definitivamente todas las máscaras. Bajo las luces rojizas de la sala, el bajo hipnótico de Flako parecía marcar el ritmo de una ciudad entera latiendo bajo tierra. “Barrio conflictivo” devolvió la fotografía exacta de la periferia obrera, de las calles donde nacieron tantas historias de supervivencia y dignidad, mientras “Campo amargo” levantó el polvo seco de la tierra y la memoria de quienes siempre vivieron al margen de cualquier privilegio.
Con “Okupación”, la banda terminó de conquistar emocionalmente la sala. Fue mucho más que una canción: una declaración de resistencia colectiva envuelta en guitarras afiladas y coros coreados con rabia y orgullo. Después llegó “Azulejo frío”, melancólica y urbana, dibujando sobre las paredes de Razzmatazz el mapa emocional de todas nuestras derrotas compartidas y de esas pequeñas esperanzas tercas que se niegan a desaparecer.
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El bis fue directamente un terremoto sentimental. “Oveja negra” reivindicó el derecho a la disidencia frente al rebaño con una fuerza que sigue resultando necesaria décadas después. Pero el verdadero estallido llegó con “No hay tregua”, convertida ya en un himno inmortal contra la resignación. Toda la sala rugía cada verso como si le fuera la vida en ello, confirmando que las canciones de Barricada no pertenecen al pasado: siguen latiendo en el presente con una vigencia brutal.
El cierre con “En blanco y negro” alcanzó el nivel de comunión absoluta. Los vasos volaron sobre nuestras cabezas como pequeñas explosiones de cristal mientras la distorsión y el júbilo se mezclaban en una última sacudida colectiva. Durante unos minutos, la revuelta social volvió a sentirse como la única forma posible de felicidad verdadera.
La salida hacia la calle Almogàvers fue lenta, casi silenciosa. Barcelona seguía ahí fuera, intacta y cruel como siempre, pero algo había cambiado dentro de todos los que abandonábamos la sala. Nos llevábamos encima el eco de un concierto convertido en exorcismo colectivo, en reconciliación emocional con los noventa y en una declaración de guerra definitiva contra la apatía. Porque después de más de dos horas de puro nervio y corazón, quedó claro que Barricada nunca fue solamente una banda. Fue —y sigue siendo— una hermandad construida a golpe de calle, cicatrices y canciones que todavía pertenecen a todos. Y mientras Enrique Villarreal continúe empuñando su guitarra y su cachava sobre un escenario, la memoria de Barricada jamás será un museo: seguirá siendo un incendio vivo capaz de calentarnos el alma en las noches más oscuras de este siglo XXI.
















