

Texto: Matías Frank
Como argentino viviendo en Dinamarca, una de las cosas que más pueden chocar es el clima. A mí, particularmente, el frío no me molesta, así que rara vez me quejo. Pero este último invierno se fue de rosca y ya se hacía necesario que la temperatura empiece a subir un poco.
Lo que ocurrió el viernes 20 en Copenhague fue una respuesta totalmente desmedida: el “Freedom or Death Tour 2026” de Kataklysm convirtió una noche más en un auténtico infierno que quedó grabado en la piel de todos los presentes.
Las puertas del infierno se abrieron puntuales con Blood Red Throne, quienes pisaron el escenario con un set ajustado de media hora y siete canciones. Demostraron rápidamente que en Noruega no todo es black metal. Con miembros ligados a Satyricon y Emperor, desplegaron un death metal brutal y podrido que hizo agitar al puñado de gente que había llegado temprano.
De la mano de su guitarrista —un calco de Dimebag Darrell— empuñando una icónica Dean, la banda mostró un estilo cercano a Cannibal Corpse, con destellos técnicos muy sólidos. Se ganaron al público hablando en danés y dejaron la vara alta desde el inicio.
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Luego fue el turno de los legendarios Vader. Durante 50 minutos dieron una verdadera cátedra de cómo mezclar death metal con pinceladas de thrash y speed cargado de groove. Resumir más de cuatro décadas en menos de una hora no es tarea fácil, pero lo lograron repasando clásicos de todas sus épocas sin perder potencia.
Mención especial para el sonido en Pumpehuset. Un lugar que a veces flaquea en shows de este tipo, pero que esta vez respondió a la perfección. Vader sonó nítido y aplastante, manteniendo a la audiencia en un pogo constante.
El cierre quedó en manos de los canadienses Kataklysm, que no solo mantuvieron el nivel, sino que lo elevaron. Con su característico death metal melódico y técnico, liderados por la voz áspera pero sorprendentemente clara de Maurizio Iacono, transformaron la sala en una caldera.
Abrieron con “Push the Venom”, seguida por “Thy Serpent’s Tongue”, y sin bajar la intensidad encadenaron “Goliath” con “Die as a King”, ambas del material más reciente.
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La batería fue, sin dudas, una de las grandes protagonistas. James Payne desplegó el famoso “Northern Hyperblast” con una precisión y velocidad demoledoras, incluyendo varios pasajes solistas que dejaron al público atónito. Tras semejante desgaste físico, no sorprende que varios de sus predecesores hayan sufrido lesiones.
El momento más reflexivo llegó con “The Rabbit Hole”, donde Iacono bajó la intensidad para compartir un mensaje sobre la situación actual del mundo, generando una conexión más profunda con la audiencia.
La recta final fue un festín para los fans de la vieja escuela. “The Resurrected” y “In Shadows & Dust” llevaron el pogo a su punto máximo, seguidas por “As I Slither”. La brutalidad continuó con “Bringer of Vengeance” y “Crippled & Broken”, manteniendo una cohesión sonora impecable.
Para el cierre, eligieron “At the Edge of the World”, junto con “Narcissist”, “The Black Sheep” y finalmente “Elevate”, completando un recorrido sólido por más de dos décadas de carrera.
En definitiva, fue una de esas noches donde la euforia se respiraba en el aire. Salir a la calle con los oídos zumbando y la adrenalina todavía al máximo es la mejor prueba de que el death metal sigue más vivo que nunca. Entre el mosh constante, la brutalidad sin concesiones y ese sentido de hermandad que se generó durante el show, quedó claro que no fue solo un recital: fue un ritual.



Texto: Matías Frank
Como argentino viviendo en Dinamarca, una de las cosas que más pueden chocar es el clima. A mí, particularmente, el frío no me molesta, así que rara vez me quejo. Pero este último invierno se fue de rosca y ya se hacía necesario que la temperatura empiece a subir un poco.
Lo que ocurrió el viernes 20 en Copenhague fue una respuesta totalmente desmedida: el “Freedom or Death Tour 2026” de Kataklysm convirtió una noche más en un auténtico infierno que quedó grabado en la piel de todos los presentes.
Las puertas del infierno se abrieron puntuales con Blood Red Throne, quienes pisaron el escenario con un set ajustado de media hora y siete canciones. Demostraron rápidamente que en Noruega no todo es black metal. Con miembros ligados a Satyricon y Emperor, desplegaron un death metal brutal y podrido que hizo agitar al puñado de gente que había llegado temprano.
De la mano de su guitarrista —un calco de Dimebag Darrell— empuñando una icónica Dean, la banda mostró un estilo cercano a Cannibal Corpse, con destellos técnicos muy sólidos. Se ganaron al público hablando en danés y dejaron la vara alta desde el inicio.
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Luego fue el turno de los legendarios Vader. Durante 50 minutos dieron una verdadera cátedra de cómo mezclar death metal con pinceladas de thrash y speed cargado de groove. Resumir más de cuatro décadas en menos de una hora no es tarea fácil, pero lo lograron repasando clásicos de todas sus épocas sin perder potencia.
Mención especial para el sonido en Pumpehuset. Un lugar que a veces flaquea en shows de este tipo, pero que esta vez respondió a la perfección. Vader sonó nítido y aplastante, manteniendo a la audiencia en un pogo constante.
El cierre quedó en manos de los canadienses Kataklysm, que no solo mantuvieron el nivel, sino que lo elevaron. Con su característico death metal melódico y técnico, liderados por la voz áspera pero sorprendentemente clara de Maurizio Iacono, transformaron la sala en una caldera.
Abrieron con “Push the Venom”, seguida por “Thy Serpent’s Tongue”, y sin bajar la intensidad encadenaron “Goliath” con “Die as a King”, ambas del material más reciente.
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El momento más reflexivo llegó con “The Rabbit Hole”, donde Iacono bajó la intensidad para compartir un mensaje sobre la situación actual del mundo, generando una conexión más profunda con la audiencia.
La recta final fue un festín para los fans de la vieja escuela. “The Resurrected” y “In Shadows & Dust” llevaron el pogo a su punto máximo, seguidas por “As I Slither”. La brutalidad continuó con “Bringer of Vengeance” y “Crippled & Broken”, manteniendo una cohesión sonora impecable.
Para el cierre, eligieron “At the Edge of the World”, junto con “Narcissist”, “The Black Sheep” y finalmente “Elevate”, completando un recorrido sólido por más de dos décadas de carrera.
En definitiva, fue una de esas noches donde la euforia se respiraba en el aire. Salir a la calle con los oídos zumbando y la adrenalina todavía al máximo es la mejor prueba de que el death metal sigue más vivo que nunca. Entre el mosh constante, la brutalidad sin concesiones y ese sentido de hermandad que se generó durante el show, quedó claro que no fue solo un recital: fue un ritual.





















