


Cruzar el umbral de centro cultural Roca Umbert Fàbrica de les Arts, donde nos encontramos con la sala Nau B1 aquel 17 de abril no fue simplemente entrar a un recinto, sino despojarme de la luz para abrazar un vacío necesario en el corazón de Granollers, donde la modernidad se rinde finalmente ante el eco de lo ancestral. Allí, 720 almas nos convertimos en una sola sombra para el Winds of Agony II, un santuario que en apenas dos ediciones ya exhala el aroma del azufre más auténtico. El aire pesaba ya a las 15:30 cuando las puertas se abrieron como fauces hambrientas, y a las 16:00, los locales Opositor tuvieron el encargo de encender la mecha; su Death Metal crudo fue una descarga de violencia corta, un estallido que sacudió mi letargo inicial y preparó el terreno para lo que vendría desde el abismo. La atmósfera mutó con Sætaier; sus raíces colombianas nos entregaron una experiencia de elevado Black Metal donde las notas de Underworld Oath se sintieron como un susurro solemne en una catedral en ruinas, con una ejecución vocal tan desgarradora que el nudo en la garganta era casi tangible, antes de que los irlandeses Coscradh irrumpieron para asfixiarnos bajo una pared de sonido masiva, un caos controlado que apestaba a horror y me recordó que la muerte es, ante todo, desorden puro.
La tarde avanzó hacia la agresividad purista de los alemanes Bloody Vengeance, quienes desataron un torbellino de odio donde el pogo fue nuestra única trinchera mientras “Genocidal Cleansing”, “Mass Suezide” y “Stuka Deathstrike” resonaban como disparos de artillería pesada sobre nuestras cabezas. Sin darnos tregua, Thorybos me hundió en sus cuevas ritualísticas; su Death Metal, una masa densa y sucia que parecía emerger de las grietas del suelo, hizo el aire irrespirable con la llegada de “Kephalomantic” y “Black Grail”, cargando el ambiente de una energía telúrica que solo la veteranía técnica de Ares Kingdom pudo canalizar después, impartiendo una lección de precisión quirúrgica con la épica de “Ashen Glory” y la elegancia letal de “Dye by Power”.
Al caer las 22:00, el incienso comenzó a nublar mi vista y Grave Miasma surgió como una aparición fúnebre; su Occult Death Metal fue un péndulo hipnótico entre la lentitud de la tumba y la brutalidad del despertar, el rito místico necesario para recibir el gran hito de la noche: Urgehal. Los noruegos, custodiando el espíritu de Trondr Nefas sobre la Nau B1, celebraron el 20º aniversario de Goatcraft Torment con un Black Metal rudo y sin concesiones; desde el inicio homónimo hasta el cierre con “Mirror Satan”, pasando por la furia incendiaria de “Satanic Black Metal in Hell”, cada nota fue un tributo al odio más puro, una llama que no se apaga sino que se hereda.
Ya de madrugada, los suecos Craft impusieron su ley nihilista con una actitud gélida que cortó el ambiente como una hoja de afeitar pasando lentamente por la piel, haciéndome sangrar con “I Want to Commit Murder” y ese himno a la nada que es “Fuck the Universe”. Finalmente, cuando el agotamiento amenazaba con devorarnos, Tabula Rasa nos regaló a las 02:00 el epílogo perfecto; su Black Metal atmosférico y melancólico fue el sudario que cubrió los restos de la batalla, una nana oscura de pasajes envolventes que me acompañó hacia la noche, dejando tras de mí solo el eco de una devoción profana, como si al salir no abandonara la sala, sino que la sala se quedara latiendo infinitamente.
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